Durante todo el viaje hacia China Natasha durmió a intervalos, interrumpidos por la llegada de imágenes por satélite del complejo a donde debía ir, que Jarvis le enviaba cada pocas horas.
Estudió cada una de ellas, con sumo cuidado y atención. Las instalaciones se asemejaban a un búnker adosado a la falda de una montaña. No sabía cuánto se extendía bajo ella, pero en las imágenes por infrarrojo podía ver la presencia de cuatro o cinco puntos rojos que corresponderían a otros tantos sujetos. Y, tal vez, Clint podría ser uno de ellos. Tomó aire y lo dejó escapar con lentitud. Dos días atrás, tras la conversación que había tenido con su compañero, había optado por aparcarla en el fondo de su mente, justo hasta que lo encontrase y él le dijera de frente que se había pasado a HYDRA. Porque tenía que escucharlo de viva voz. Nunca había sido mujer de seguir corazonadas; lo era de hechos contrastados pero, en esta ocasión, quería seguir ese pálpito que le decía que aquello que le contara Clint con la pantalla de por medio, no era cierto. Se aferró a esa idea y cerró los ojos, buscando de nuevo el sueño que se negaba a acudir a ella.
Las turbinas no se habían detenido del todo cuando Natasha se desabrochó el cinturón de seguridad, antes incluso de que el indicador luminoso así se lo dijera. Estaba impaciente por estirar las piernas después de tantas horas anclada en aquel sillón. Pero era consciente de que su impaciencia radicaba en que la búsqueda de Clint podría, al fin, dar inicio.
La asistente de vuelo se asomó desde la cabina del piloto, con una enorme y estudiada sonrisa prendida de su rostro. Natasha ya estaba en pie, acomodándose la ropa y tomando la escueta bolsa que había llevado con ella.
—El señor Stark nos pidió que le entregásemos esto una vez llegásemos a tierra –le dijo, mientras ponía en su mano una tarjeta gruesa de plástico negro. La mujer le sonrió—. Se encuentra en la bodega. El personal de tierra lo está descargando en este instante.
Cuando se abrió la escotilla del avión, Natasha ya tenía puesto un pie en la escalerilla. Miró hacia el cielo. Apenas había comenzado a amanecer, aunque el cielo sobre la ciudad de Beijing aún estaba cuajado de estrellas.
La rampa de la bodega ya estaba desplegada cuando Natasha bajó del avión. Ningún miembro del personal de tierra le preguntó quién era o qué hacía allí. Y, tal vez, era mejor así. Ellos se limitaban a hacer su trabajo sin importarles para quién lo hacían.
En cuanto todo estuvo listo, Natasha vio aparecer por la rampa el reluciente guardabarros de un todoterreno, un coche robusto que parecía recién salido de un túnel de lavado. Sus labios se curvaron en una sonrisa. Tony no podía dejar nada al azar, iba en contra de su naturaleza. Y que fuese de aquella manera le venía de perlas, pensó, observando cómo el coche era descargado. Anotó mentalmente el agradecérselo cuando estuviese de vuelta.
Unos instantes después, un miembro de la tripulación le indicó con un simple gesto que la maniobra había concluido. Natasha se dirigió al coche y se sentó tras el volante.
El motor apenas se escuchó cuando pasó la tarjeta por el lector. Nunca había visto aquel coche en el garaje de Tony. A decir verdad, puede que nunca nadie lo hubiese utilizado; tenía pocos kilómetros y olía a nuevo. El testigo del combustible le informó de que el depósito estaba completo. Echó un vistazo a su alrededor. Junto al volante encontró un sistema de navegación por GPS, una pantalla de siete pulgadas, un montón de indicadores y pulsadores que le recordaron a los del quinjet, y un sofisticado teléfono que, con toda seguridad, aún era un prototipo. Lo encendió y pulsó el botón.
—Buenas noches, señora Romanoff. Buenos días en Beijing –le dijo la voz que identificó inmediatamente como la de Jarvis. Natasha bajó la mirada y sonrió.
—Buenos días, Jarvis. Dile a Stark que es un bonito coche.
—Así se lo diré, señora – le contestó la voz, con un tono de satisfacción en ella.
Natasha miró a su alrededor.
—Bien, háblame del coche.
El asistente personal de Tony Stark no se hizo esperar.
—Carrocería blindada con acero altamente endurecido. Cristales balísticos de policarbonato que se lamina a un escudo interior. Dos ametralladoras camufladas en el maletero y un lanzador de granadas. Es, según el señor Stark, la versión mejorada del todoterreno del Coronel Fury.
—Bueno es saberlo. Nunca se sabe cuándo podré necesitarlo –convino Natasha, complacida por el préstamo de Tony.
—Tiene en el asiento trasero un botiquín de primeros auxilios y una pequeña nevera con algún refrigerio.
Los ojos de Natasha viajaron, involuntarios, al asiento trasero. En efecto, ahí estaban el botiquín y la pequeña nevera.
—Tengo a su disposición la última imagen por satélite del emplazamiento de HYDRA. ¿Desea verla?
Natasha asintió con la cabeza antes de contestar.
—Por favor, Jarvis.
Bajo la pantalla que dominaba la consola central apareció la impresión en papel del recinto de HYDRA. Natasha la estudió con detenimiento. Como en las anteriores tres imágenes, podía apreciar cinco puntos que destacaban en un color rojo brillante. Sus posiciones variaban ligeramente de una imagen a otra.
Todas, salvo una.
En todas ellas había un punto que siempre permanecía en el mismo lugar. Ese punto podía ser Clint, apresado en aquel recinto, pensó, tomando aire lentamente. Sería lógico intuir que, de estar allí de manera forzosa, lo tuviesen apresado en alguna celda o habitación. Se resistía a creer que su compañero estuviese allí por propia iniciativa. Lo conocía desde hacía años; no confiaba en nadie tanto como lo hacía en Clint y él confiaba en ella, o eso había pensado hasta dos días atrás. Le dolía pensar que toda esa confianza que ella había puesto en él había sido traicionada.
—Me temo que ya no podré facilitarle ninguna imagen más –se disculpó cortésmente Jarvis, sacando a Natasha de sus pensamientos—. El satélite aún no habrá completado su órbita hasta que usted llegue hasta el recinto.
—Lo entiendo, Jarvis –se apresuró a decir Natasha—. Tendré que arreglármelas con éstas. Has hecho más que suficiente.
—El señor Stark me ha pedido que mantenga esta línea abierta y que le ayude en lo que pudiese necesitar.
Natasha sonrió.
—Dile a Stark que se lo agradezco mucho.
—Así se lo diré. Señora, tiene a su disposición las coordenadas de las instalaciones. Se las estoy enviando en este instante.
La suave luz del teléfono se apagó, iluminándose la pantalla del GPS casi al mismo instante. En ella apareció un mapa de la ruta que debía seguir hasta las antiguas minas en la provincia de Hebei.
—Tenga cuidado, por favor –oyó decir a la voz de Jarvis con su perfecta dicción.
Los labios de Natasha se curvaron con una tenue sonrisa. Era agradable tener a gente que se preocupara por el bienestar de una, pensó complacida. Aunque uno de ellos fuese una inteligencia artificial.
—Lo tendré. Gracias, Jarvis.
Antes de encender el motor, echó una mirada hacia el asiento posterior. Estiró la mano y abrió la nevera. Estaba repleta de botellines de agua y varios bocadillos. Quien quisiera que hubiese preparado su llegada, no había dejado nada al azar. Sonrió, pensando en que debía agradecérselo a Tony en cuanto regresara a casa. Tomó una botella y dio un gran trago, dejándola en el sillón, al alcance de su mano. Regresó la vista al GPS. Un punto brilló en el plano. En cuanto se activó el sistema de navegación, Natasha puso en marcha el coche, dispuesta a llegar a la provincia de Hebei cuanto antes.
Agarró el volante con una mano y se pasó la otra por los ojos. Llevaba cinco horas conduciendo y los músculos del cuello se estaban resistiendo. El tráfico había ido descendido notablemente conforme había dejado atrás el cinturón de carreteras de la gran ciudad. El paisaje también había cambiado de manera drástica. Había visto amanecer en la carretera. Hubiese sido un espectáculo más bonito de lo que ya lo había sido si no estuviese tan preocupada por Clint y por dónde encontrarlo. No se detuvo y continuó conduciendo.
De vez en cuando, Natasha alejaba la vista de la carretera y del tráfico, y miraba el navegador para asegurarse de que seguía la ruta correcta. Equivocarse sería muy fácil. Podría entender el idioma con facilidad, pero leerlo en señales de tráfico era muy distinto.
Las carreteras habían ido cambiando conforme se adentraba en el país y se acercaba a la montaña. El aire que entraba por la ventanilla abierta y que le enredaba el pelo era más limpio, el paisaje se había vuelto más verde y el cielo estaba más azul. A ambos lados de la carretera, la vegetación había pasado de ser simples arbustos a frondosos árboles.
Se detuvo al llegar a un cruce de caminos. La carretera continuaba hacia adelante, pero el navegador le indicaba que tomara un ramal más pequeño, que se perdía a su izquierda. Sin pensárselo dos veces, Natasha tomó el camino indicado.
Condujo una hora más por aquella carretera de arena. La amortiguación del coche era excelente y apenas notaba los baches que abundaban en el pavimento. Tuvo que reducir la velocidad aunque ella hubiese preferido lo contrario. El corazón bombeaba en su pecho más rápido que unos minutos atrás. En la pantalla del navegador podía ver el final del camino. Abandonó el sendero por unos instantes, aparcando el coche en el arcén. Del interior de su bolsa sacó su mono de kevlar, compañero inseparable de tantas misiones, y se lo puso con rapidez. Se ajustaba a su cuerpo como un guante. Se sintió mejor en cuanto notó el tejido contra su piel. Era como estar en casa. Con un poco más de ánimo, pulsó el botón que la conectaba con Jarvis.
—¿Sí, señora Romanoff? —oyó decir de inmediato a la inteligencia artificial.
Natasha se removió en su asiento, mirando al camino que aún le quedaba por recorrer.
—¿Puedes decirme qué ves en el complejo?
Un par de segundos después, la pantalla de la consola central del ordenador se encendió, mostrándole una imagen térmica del interior de las instalaciones.
—Hay cinco individuos en las instalaciones. Dos en una habitación y otros tres en una más alejada. Hay un único coche en el exterior.
Natasha asintió con suavidad.
—Será fácil inutilizarlo. ¿Algo más de relevancia antes de que entre ahí?
—Sólo una cosa más. El señor Stark me pide que le diga que, cito palabras textuales, "encuentre al señor Barton y saque su culo de allí".
Encendió el motor de nuevo antes de contestar con contundencia.
—Eso mismo pienso hacer.
Unos minutos después, Natasha llegó al inicio de una planicie no muy extensa, rodeada de arbustos, que casi ocultaban a los ojos la entrada a un pequeño complejo. Aparcó el coche en un lateral, asegurándose de que no podía ser visto desde la entrada. Apagó el motor sin perder detalle de lo que la rodeaba y bajó, cerrando con cuidado tras de sí. Sus botas crujieron al pisar la arena. Miró a su alrededor con atención, fijándose en cada punto y cada sombra. Había visto tantas cosas a lo largo de su vida profesional que no daría nada por hecho. No iban a cogerla con la guardia baja.
Tal y como le había dicho Jarvis, un coche estaba estacionado cerca de la entrada. Anduvo hacia él, ocultándose como podía. Manipuló el capó y lo levantó, como si éste hubiese estado abierto para ella. Cortó algunos cables y correas, dejándolos fuera de la vista y, con igual cuidado cerró la cubierta del motor. Echó mano a las glocks que llevaba y las amartilló.
La puerta de entrada al complejo estaba abierta de par en par. Natasha pensó que HYDRA se había llevado hacia sus filas a los agentes más incompetentes que una vez habían pertenecido a SHIELD. Era un error de principiante tener aquella entrada desprotegida y sin vigilancia. Pero no iba a quejarse. Tomaría todas las precauciones necesarias que ellos habían olvidado. Se adentró con sumo cuidado al interior.
El contraste entre la luz resplandeciente de fuera y la casi total oscuridad de dentro le hizo encoger los ojos, que tardaron unos segundos en adaptarse. Con ambas pistolas cerca de su rostro, preparadas para entrar en acción si fuese necesario, se pegó a la pared, donde sería más difícil distinguirla. Había memorizado los planos que Jarvis le había facilitado centímetro a centímetro. Se orientó y, tomando aire, resolvió seguir el pasillo que se abría frente a ella.
El pasillo estaba desierto, y así creería que debían estar aquellas instalaciones si no supiese por las imágenes del satélite que no era así. Siguió avanzando, poniendo especial cuidado en cada paso que daba.
Tras un recodo, aquella negrura se vio interrumpida por el haz de luz que se proyectaba en el pasillo, proveniente de una habitación. Natasha se detuvo. No oía nada más que su leve respiración y el sonido de la sangre bombeada por su corazón al pasar por sus tímpanos. Aguzó un poco más el oído y oyó a alguien caminando en el interior de la estancia, despreocupado e ignorante de que estaba a punto de ser neutralizado.
Natasha cubrió los pocos pasos que la separaban del umbral de la puerta y esgrimió ambas pistolas delante de ella. Justo enfrente, un hombre que aún no se había percatado de su presencia, examinaba con atención un historial clínico. Natasha dio un paso al frente.
—Ponga esas manos donde pueda verlas.
Los folios cayeron al suelo cuando el hombre los soltó, tremendamente sorprendido. Alzó las manos tal y como ella le había pedido, con una expresión que mediaba entre la estupefacción y el miedo simple y puro.
—Yo… yo no he hecho nada —tartamudeó, con los ojos abiertos como platos y las manos extendidas sobre la cabeza.
Natasha miró a su alrededor por el rabillo del ojo. Estaba en una enfermería. Todo pretendía ser muy aséptico pero se quedaba sólo en eso, en una pretensión. Las paredes eran de azulejos blancos, fríos y sin personalidad. No olía a limpio como debería oler una instalación como aquella; olía a aire viciado y a algo más que no supo identificar. En la pared a su derecha había una enorme mesa de aluminio gris y, en la otra, una camilla vacía y un soporte alto para colocar bolsas de suero. Lo más llamativo de aquel lugar se encontraba justo en medio: escondida tras una cortina había una cama. Y parecía haber alguien en ella. Natasha contuvo la respiración y agarró con más fuerza sus dos glocks.
—Póngase a un lado –le dijo Natasha al hombre, con sus ojos yendo y viniendo de la figura que se adivinaba tras las cortinas.
El corazón comenzó a bombearle con fuerza en el pecho. ¿Y si quien estuviera en aquella cama resultaba ser Clint? Podría serlo, por supuesto. Podrían haberlo obligado a entrar en las filas de HYDRA y que él se hubiese negado. Eso tendría sentido para ella. Desde aquella noche en que él se lo dijera por videoconferencia, algo no le encajaba y, pese a todas los indicios, no le había creído. Tenía la impresión de que estaba muy cerca de conocer la verdad.
Dejó una de sus pistolas en la cartuchera que tenía atada a su muslo y estiró la mano para descorrer la cortina, pero no llegó a ello. Volteó su cabeza en el instante en que oyó a los otros tres efectivos de la base entrar en la habitación.
Los tres hombres, como si se tratasen de uno solo, alzaron sus pistolas y le dispararon. Natasha corrió a resguardarse tras una mesa de acero. Contraatacó de inmediato, hiriendo a uno de los guardianes en un hombro y dejándolo fuera de combate.
Tenía que alejar el fuego del interior de aquella habitación, pensó con rapidez. Una bala furtiva podría perderse y herir a Clint, o a quien estuviese en aquella cama. Con resolución, Natasha agarró el soporte del gotero vacío y, con un fuerte impulso y sirviéndose de la fuerza de sus brazos, se alzó sobre el suelo pateando a los dos hombres restantes en el cuello y haciéndoles perder el equilibrio. Tras volver a poner sus pies en el suelo, Natasha aprovechó aquellos segundos de desconcierto para correr en dirección a la salida.
Como había esperado, los agentes corrieron en su búsqueda. Cuando éstos aparecieron en el pasillo, Natasha los estaba esperando. Ambos sujetos intentaron aunar fuerzas para derrotarla, pero el entrenamiento y las aptitudes de Natasha eran muy superiores, así como su resolución. Hizo un barrido con su pierna extendida, apoyándose en la otra, alcanzando a uno de ellos bajo el mentón y derribándolo al suelo. El otro hombre se sirvió de sus reflejos y esquivó el golpe, atacándola de inmediato. El puño cerrado golpeó a Natasha sobre el costado izquierdo.
Pese a que el golpe le había dolido, Natasha se valió de la pared a su derecha para impulsarse hacia atrás y, dando una voltereta sobre sí misma, se alejó de sus atacantes unos metros. Los hombres levantaron las armas, disparándole a la vez. Una de las balas se hundió en el cemento de la pared, cerca de la cabeza de Natasha. Sin darles tiempo para un segundo disparo, Natasha contraatacó, alzando sus armas delante de ella. Uno de ellos cayó al suelo como un fardo, ya sin vida. El otro se lanzó al suelo, volteando sobre un costado, intentando replegarse para volver a atacar. Antes de que pudiera hacerlo, una bala proveniente de una de las glocks de Natasha lo paralizó, dejándolo retorciéndose entre espasmos en el suelo, hasta que, unos segundos después, dejó de respirar.
Tardó unos pocos segundos en recomponerse. Natasha respiró aliviada, mirando a sus dos oponentes tendidos en medio del pasillo. No podía entretenerse mucho. Las imágenes por satélite le habían dicho que sólo cinco personas ocupaban las instalaciones, pero nunca se sabía. Además, si finalmente era Clint quien estaba en aquella cama, con total seguridad estaría herido e iba a necesitar tiempo para sacarlo de allí. No tenía ni un minuto que perder. Con resolución, pasó sobre los cuerpos y entró en la enfermería.
El médico estaba aún allí, sobresaltado y estudiando al atacante que aún permanecía en el suelo, sin sentido. Natasha se hizo con un rollo de esparadrapo que encontró sobre el mueble de aluminio y se acercó hasta ellos.
—Lo siento, doctor. Espero que lo comprenda.
Sin darle tiempo a responder, hizo que se sentara en el suelo, le tapó la boca con una banda y le ató las manos a la espalda. Hizo lo mismo con los tobillos y con el agente que estaba inconsciente, a su lado. Cuando estuvo segura de que ninguno de los dos sería un problema para ella, se levantó para acercarse a la cama escondida tras las cortinas.
Las manos de Natasha temblaron ligeramente antes de agarrar el tejido. Tomó aire y obligó a su estómago a tranquilizarse.
Lo primero que vio Natasha al descorrer la cortina fue que, en efecto, en la cama había alguien tendido. Pero no era Clint.
La figura era bastante más corpulenta que su compañero. Se acercó con cautela. El hombre tenía media cabeza vendada, un apósito le cubría la nariz reventada y tenía un ojo tapado. La sábana le cubría sólo hasta media pierna. Un ostentoso vendaje en la pierna derecha era bien visible, así como las escayolas que cubrían sendas rodillas y que terminaban a mitad de los muslos. En su brazo tenía conectada una vía por donde le suministraban el suero y los antibióticos que colgaban de un soporte junto a la cama. Una pequeña pantalla dibujaba el gráfico de su pulso, que parecía estable. Dio un paso más hacia él, luego otro más, hasta colocarse junto a la cabecera de la cama.
Había creído que el hombre estaba dormido. Lo estudió más detenidamente hasta que, sin previo aviso, giró la cabeza hacia ella y la miró con el único ojo que tenía destapado. Una sonrisa lenta y desagradable se dibujó en su grotesca cara.
—Vaya, vaya. Si es la famosa Viuda Negra en persona –comenzó diciendo, pasándose la lengua por los labios resquebrajados y secos, mostrándole una sonrisa desdentada y mirándola de arriba abajo. Natasha sintió el súbito deseo de golpearle el ojo sano por mirarla de aquella manera. Se contuvo apenas, apretando los puños junto a la cama. El hombre continuó mirándola a gusto. Su mirada recayó al fin en el rostro de Natasha—. El muy cabrón tenía razón.
Natasha apretó la mandíbula.
—¿Qué quieres decir?
El hombre tosió con violencia y su fornido cuerpo se estremeció. Natasha temió por unos instantes que se ahogara y que no pudiese decirle nada que le fuera útil.
—Dijo que no te ibas a tragar que se hubiese pasado al bando de HYDRA —respondió cuando se hubo recuperado del acceso de tos.
Natasha sintió que el corazón se le disparaba dentro del pecho, pero se esforzó por mantener una expresión neutra en su rostro. Por fin una pista sólida, una posibilidad de confirmar sus sospechas. Levantó la barbilla y miró de nuevo a aquel guiñapo humano con estudiada superioridad.
Repasó lo que sabía. En primer lugar, Clint había estado en aquellas instalaciones, de eso estaba segura, porque la transmisión había partido de allí. En segundo lugar, ahora ya no estaba, eso también era un hecho: los cinco puntos térmicos revelados por el satélite estaban todos localizados, allí no había nadie más. Y en tercer lugar, al tipo de la cama le habían dado la paliza de su vida.
Sólo había que sumar dos más dos: Clint había estado allí, pero retenido por la fuerza. Y, o bien había escapado, o había causado tantos problemas que se lo habían llevado a un lugar más seguro.
Si todavía le hubiera quedado alguna duda de que su corazonada era cierta, en ese momento se hubiera disipado.
—Por supuesto que tenía razón —contestó—. ¿Dónde está Barton?
Aunque el hombre intentó moverse, el esfuerzo fue totalmente en vano y sólo consiguió que su pecho subiera y bajara con espasmódicos movimientos.
—Pues siento decirte que has hecho el viaje para nada, bonita –le dijo. Tomó aire antes de seguir hablando—: Le vi muy contento diciendo "Hail, Hydra".
Natasha se negó a permitir que sus palabras le afectaran, concentrándose en estudiar lo poco que podía ver de su expresión facial. A pesar de la venda y de los moratones, el muy cabrón sonreía, satisfecho. Saltaba a la vista que estaba disfrutando con todo aquello. La miraba con cierto aire lascivo que le daba ganas de partirle la cara, pero no sería ni el primero ni el último.
—No te creo —dejó que su voz temblara lo justo, que su rostro se alterase durante un segundo antes de recuperar su impasibilidad. Incluso cruzó los brazos por delante del pecho en un gesto defensivo—. Si de verdad es de los vuestros, ¿por qué no está aquí?
Las comisuras de los labios del hombre se elevaron en una suerte de sonrisa macabra.
—Oh, no llores, palomita. Así es la vida: el príncipe azul casi siempre acaba saliendo rana. Te diré algo que a lo mejor te consuela: has sido el mejor polvo de su vida. Lo dijo él mismo.
Esta vez no tuvo que fingir la rabia y la indignación que le subieron por la garganta. El tipo de la cama intentó echarse a reír, aunque el movimiento se transformó en espasmos de dolor que le proporcionaron a Natasha una perversa satisfacción.
No iba a conseguir nada con aquel hilo de conversación. Aquel cerdo se lo estaba pasando en grande, podría prolongarlo durante horas sin soltar ni una sola pizca de información útil. Era hora de cambiar de estrategia.
—Ah, así que sois muy amiguitos, ¿eh? —respondió con sarcasmo—. Entonces, ¿por qué te ha hecho esto? Y no intentes siquiera negar que ha sido él, reconozco su estilo.
El rostro del hombre dibujó un rictus de ira por un instante, antes de encogerse de hombros fingiendo indiferencia.
—Tuvimos un pequeño desacuerdo. Ocurre en las mejores familias.
Natasha chasqueó la lengua, negando con pequeños gestos de su cabeza.
—Debió de ser frustrante —continuó Natasha, como si él no hubiera dicho nada—. Un tipo grande y fuerte como tú, derrotado por alguien a quien le sacas al menos treinta kilos y quince centímetros de estatura… ¿Cómo lo hizo? ¿Tenía algún arma, o le bastaron sus manos desnudas? ¿O es que la cagaste y por eso te dejó así?
—¡Yo no la cagué, maldita sea! —estalló el hombre—. ¡El bastardo de tu novio me la jugó! ¡Espero que ese cabronazo esté muerto en alguna cuneta, y que se lo estén comiendo las moscas! ¡Y ojalá seas tú quien lo encuentre!
Natasha alzó una ceja.
—¿Y por qué razón iba a estar muerto en alguna cuneta, si es de los vuestros? —preguntó, manteniendo la voz cuidadosamente controlada.
El hombre no contestó. Se limitó a mirarla con odio desde el único ojo que era visible bajo los vendajes, respirando a grandes bocanadas como un toro a punto de embestir.
El hombre se echó a reír de nuevo, con dificultad, terminando en un acceso de tos que le sacudió todo el cuerpo y le provocó una mueca de dolor.
—Bien jugado, Viuda Negra —reconoció, consiguiendo de algún modo que sonara como un insulto—, pero no te va a servir de nada. Tu novio tampoco se fue de rositas, ¿sabes?
Natasha lo miró con suspicacia.
—¿Así que está herido?
La expresión del hombre mudó de una sonrisa satisfecha a otra de contrariedad por haber dicho aquello. Despacio, una nueva sonrisa volvió a aparecer en su rosto mientras asentía.
—No es tan gallito cuando no tiene su arco y sus flechas, ¿sabes? Puede que yo perdiera la pelea, pero creo que le rompí un brazo antes de que me dejara allí tirado —confesó, alzando la cabeza de la almohada tanto como podía y escupiendo mientras hablaba—. Oh, sí que se lo rompí. Y no hay hospitales por aquí cerca. Ni teléfonos, ni gasolineras… Nada. Sólo campo y más campo, en un montón de kilómetros a la redonda. Lo más probable es que te lo encuentres muerto dentro del coche que robó para escaparse.
Con lentitud, Natasha se acercó cuanto pudo al borde de la cama, haciendo que el hombre modificara la postura de su cabeza para mirarla. Por unos instantes se sostuvieron las miradas y la respiración del hombre comenzó a hacerse más superficial y el gráfico de su pulso comenzó a acelerarse en la pantalla. Despacio, Natasha tocó el abultado vendaje de la pierna, presionando con fuerza. El hombre emitió un agudo grito que lo sacudió por entero.
—¡¿Qué estás haciendo, zorra?! ¡Duele! ¡Suéltame!
Una sonrisa torcida apareció en el bello rostro de Natasha.
—Piensa en que podría ser peor —le dijo mientras apretaba la herida con más fuerza. El ritmo del corazón del hombre se disparó en el monitor, y segundos después perdía el conocimiento.
Despacio, Natasha se incorporó sin dejar de mirar el cuerpo sin sentido. Clint había salido de allí con vida, era todo lo que necesitaba saber.
Rodeó la cama, deteniéndose junto a los dos hombres. El médico había seguido toda la escena con los ojos como platos. Estaba claro que no era un agente de HYDRA entrenado. Pero si estaba con ellos, se merecía que ella lo dejase allí. Se aseguró de que el otro agente aún estaba inconsciente y se levantó. A grandes zancadas salió de la enfermería, llevando consigo el rollo de esparadrapo y resuelta a averiguar lo que pudiese de aquella instalación antes de marcharse.
En el pasillo, pasó sobre los cuerpos de los dos hombres contra los que había peleado. Ató y amordazó al que aún seguía con vida y, cuando terminó, arrojó la cinta adhesiva lejos, continuando por el pasillo hasta el vestíbulo. Una vez allí, se adentró en el otro pasillo que partía de éste. Aferró sus glocks y siguió caminando.
Apenas hubo avanzado unos pocos metros, vislumbró una sutil luz proveniente de una habitación cuya puerta estaba abierta. Amartilló el arma y anduvo hasta ella.
El interior de la pequeña estancia era un desastre. Una mesa estaba volcada en el suelo, rodeada de trozos de madera de lo que le pareció fue alguna vez una silla. Natasha miró alrededor. En un rincón había un ordenador portátil, abierto y destrozado. Se acercó hasta él e intentó encenderlo. No tuvo suerte. La pantalla estaba rota y colgaba separada del resto de la máquina. Se levantó, observando el ordenador. Aquella debía de ser la celda donde habían tenido cautivo a Clint y aquel debía de ser el ordenador desde donde se puso en contacto con ella.
Natasha miró a su alrededor. En un rincón, oculto entre las sombras, había un armario metálico. Se dirigió hacia él e intentó abrirlo. Fue en vano, pues tenía echada la llave. Natasha apuntó a la cerradura con su arma y la voló por los aires. Una de las puertas se abrió levemente por el impacto. Aun por aquella rendija, pudo ver lo que se encontraba en su interior. Con violencia, tiró de la puerta hacia sí y ésta cedió. Dentro estaba el arco de Clint, junto a su carcaj.
Lo agarró con reverencia. Clint no se separaba nunca de aquella arma, que casi era una extensión de si mismo, a menos que tuviese una excusa muy buena para hacerlo. Si era cierto lo que le había contado aquel tipo de la enfermería, Clint había dejado ese lugar con mucha prisa, olvidando así su preciosa arma. No tendría más remedio que encontrarlo y devolvérsela pensó con una sonrisa aflorando en sus labios, la primera desde que había aterrizado en aquel país. Con determinación, giró sobre los talones de sus botas y, con el arco y el carcaj colgando de su hombro, dejó la instalación.
