—Venga, levántate —escuchó decir a Natasha desde el otro lado de la habitación.

Clint arrugó la nariz. Quería seguir durmiendo. Con desgana y sin abrir los ojos, se cubrió la cabeza con la almohada y gimió por lo bajo. Aún con la cabeza tapada, pudo oír la risa de Natasha.

—Después arrugarás la nariz cuando los demás te digan que siempre llegas tarde, Barton.

Odiaba que lo conociera tan bien. Odiaba tener que levantarse cuando todo lo que quería era pasar la mañana en la cama junto a ella y levantarse sólo para comer. Y puede que, incluso, comieran en la cama. Una sonrisa que Natasha no pudo ver se materializó en sus labios al imaginar la situación. Se removió bajo las sábanas.

—¿Es necesario que me levante?

Notó cómo el colchón se rendía en el borde junto a él cuando ella se sentó.

—Sabes que es necesario. Nos están esperando. Arriba —le respondió ella, mientras su mano le acariciaba la espalda.

Un pequeño escalofrío recorrió la columna de Clint, desarmándolo. El delicado roce de su mano le erizó la piel de todo el cuerpo y le hizo contener la respiración. Se giró sobre su costado, con la sonrisa aún dibujada en el rostro. Abrió los ojos en cuanto estuvo boca arriba, deseando encontrarla sentada a su lado. En cambio, sólo había una habitación vacía.

Clint se pasó la mano por el rostro y, despacio, exhaló el aire de sus pulmones. La escena había sido tan vívida en su mente que había podido sentir la mano de Natasha sobre su espalda, como ella solía hacerlo. Aún podía notar el calor que había dejado a su paso y la delicadeza de su gesto. La echaba tanto de menos que, por un momento, pensó que podía estar comenzando a volverse loco.

Incorporó la cabeza y dirigió la mirada hacia la ventana abierta. Había tenido la intención de levantarse temprano y emprender camino de nuevo antes de que el sol apretara en el cielo. Pero se había quedado dormido. Los días en aquella celda, la noche al raso y el hombro dislocado le habían pasado factura. Durante la noche el dolor había dejado de ser constante y había podido dormir toda la noche de un tirón. Dejó caer la cabeza pesadamente sobre la almohada y resopló.

Unos segundos después estaba levantado y listo para marcharse.

En la cocina lo esperaban Yeung y su madre. Algo se cocía en el fuego e hizo que su estómago rugiera de hambre ante el buen olor que desprendía. Yeung se puso en pie al verlo entrar y se inclinó hacia él, con ceremonia.

—Buenos días, señor.

Clint lo saludó a su vez.

—Yeung –le dijo. Se giró hacia la mujer y la saludó de la misma manera—: Señora.

La mujer le sonrió y, sin mediar palabra, le indicó que tomara asiento ante la mesa. Clint la obedeció de inmediato. Dejó a su lado, hechos un hatillo, el pantalón con el que llegara el día anterior. En su interior escondía la pistola y la navaja, envueltos con cuidado para que ni Yeung ni su madre se percataran de su presencia. Tan pronto como estuvo sentado, tuvo ante sí un gran cuenco de leche y una pasta blanquecina que olía de maravilla. Le sonrió y se lo agradeció en silencio antes de comenzar a comer.

Casi se había terminado el desayuno cuando la mujer le dijo algo que su hijo se apresuró a traducir.

—Madre dice que le volverá a curar el hombro en cuanto haya terminado.

Clint asintió con la cabeza, con la boca aún llena. Se limpió con la servilleta que tenía junto a él y se apresuró a contestar.

—Le estaría muy agradecido, señora. En cuanto lo haga, debería ponerme en marcha.

Aunque Clint no entendía las palabras de la mujer, podía intuir que ella estaba de acuerdo con su decisión. No podía culparla; había dejado entrar en su casa a un completo extraño que había encontrado en el camino. Y herido. Cuanto antes saliera de sus vidas, mejor para todos, pensó.

La mujer se colocó frente a él, de rodillas, tal y como hizo el día anterior. Y, al igual que entonces, le ayudó con la camiseta. Clint se asombró por el hecho de que podía mover el brazo con mayor soltura y sin que lo atravesase un dolor constante. No estaba curado, ni mucho menos; el hematoma estaba más oscuro y se había extendido hasta la parte superior del pecho, pero la mejoría había sido notable desde el día anterior. De mejor talante, dejó que la mujer se desenvolviera con el ungüento y las vendas.

Unos minutos después el vendaje estaba en su lugar. El cabestrillo era menos opresivo y la movilidad del brazo era mayor. La mujer se levantó despacio, llevándose con ella todos los útiles, y lo dejó sentado a la mesa. Yeung se sentó a su lado.

—¿Qué piensa hacer ahora, señor Barton? –le preguntó, genuinamente preocupado.

Clint lo miró de frente.

—Tengo que marcharme. Tú y tu madre habéis sido muy amables acogiéndome cuando no me conocéis de nada. Yo sólo he sido un estorbo.

Yeung bajó la mirada hacia sus manos y sonrió.

—Mi madre es buena analizando a las personas. Si no hubiese visto algo bueno en usted, no hubiese dejado que se quedase en nuestra casa.

Clint levantó la vista hacia aquella mujer menuda. Estaba enfrascada recogiendo las cacerolas y los utensilios del desayuno. Sonrió para sí.

—Os estoy muy agradecido por todo, en serio.

Se levantó del asiento, sin olvidar el hatillo con sus ropas. El joven lo imitó de inmediato.

—Dime hacia dónde tengo que dirigirme y me marcharé.

El joven salió al porche y Clint fue tras él.

—Siga hacia adelante por el camino por el que llegó. A unos 20 kilómetros hay una pequeña población. Tardará varias horas en llegar andando, pero desde allí podrá tomar un autobús.

Clint miró hacia la carretera. El muchacho se colocó a su lado.

—Siento no poder llevarlo hasta allí.

Clint asintió, sabiendo que el chico lo decía de corazón.

—Lo sé, Yeung. Habéis hecho mucho por mí, de verdad.

Se giró sobre los talones, hacia el interior de la casa. La madre los observaba con interés desde dentro. Clint se inclinó con ceremonia.

—Gracias por todo, señora.

Yeung se apresuró a traducir sus palabras. La mujer se inclinó levemente, correspondiendo la cortesía; le sonrió y desapareció en el interior de la casa. Un minuto después apareció con un paquete envuelto en las manos. Le dijo algo a su hijo que Clint no entendió, pero quiso creer que le estaba deseando buena suerte, y le entregó lo que llevaba en las manos. Yeung sonrió a su vez, desviando la mirada hacia Clint.

—Madre le ha preparado algo de comida para el camino. Y agua. Son muchos kilómetros andando.

Clint se sintió realmente conmovido. Volvió a saludarla con la cabeza y, despacio, bajó los escalones del porche, listo para marcharse.

Había dado un par de pasos cuando volvió a girarse. El muchacho estaba aún de pie en la escalinata.

—No dejes tus estudios, chico. Quién sabe qué te depara el futuro.

Yeung asintió con vigor y con una amplia sonrisa dibujada en su joven rostro.

—Eso haré, señor Barton. Cuídese.

Nueva York

Era poco más de medio día y Tony ya necesitaba un trago. En realidad, lo venía necesitando desde que dejara a Natasha en aquel avión, rumbo a China. No le había gustado lo más mínimo dejarla partir sola, pero ella había tenido razón en cuanto a que alguien debía quedarse en el país e intentar descubrir qué era lo que estaba ocurriendo. Alguien quería involucrar a Clint en un asesinato que no había cometido y ellos no iban a quedarse de brazos cruzados.

Hacía ya un día que la antigua agente de SHIELD se había marchado y todavía no tenía noticias de ella ni de Barton. Suponía que esas noticias tardarían en llegar. China era un país enorme y Natasha tendría que haber tenido mucha suerte si ya había dado con Clint, cosa que dudaba.

No era bueno con las esperas, convino torciendo el gesto. Cuando quería algo, lo quería inmediatamente y hacía lo que fuese necesario para que esa espera fuese la menor posible. No estaba acostumbrado a que las cosas se le escapasen de las manos, como en aquella ocasión.

Enfiló hacia el mueble donde guardaba las botellas. Necesitaba algo que le ayudara a centrar las ideas de por dónde comenzar a buscar. Lo único que tenían por el momento eran las imágenes que Jarvis había tomado de las flechas que encontraron en el edificio del FBI.

Creía a Natasha cuando le decía que aquellas no eran las flechas de Clint. Más aún, él también estaba plenamente convencido de su inocencia. Conocía a Barton desde hacía dos años, había trabajado con él y no lo creía capaz de haberse pasado a las filas de HYDRA. Ni de dejar a Natasha atrás. Eso era, en realidad, lo más impensable de todo. Pero debía admitir que las cosas no pintaban bien.

Se sirvió un generoso de la primera botella que encontró, le daba lo mismo y se lo llevó a los labios. No había tenido tiempo de dar el primer sorbo cuando la voz de Jarvis llamó su atención.

—Señor, creo que debería ver las noticias.

Tony dejó el vaso de nuevo sobre el mueble y cerró los ojos. Suponía qué era lo que Jarvis tenía interés en que viera. Se giró sobre sus talones con gesto cansado.

—Conéctalo, Jarvis.

Aún no había terminado de pronunciar la frase y la pantalla gigante emergió del mueble donde solía estar escondida.

Las imágenes aparecieron de inmediato. En ellas, el cámara se afanaba en abrirse paso entre una marabunta de compañeros periodistas. El rótulo al pie de imagen hizo que Tony buscara el asiento más cercano y se sentara dejando caer todo su peso.

—Pero qué demonios…

La imagen al fin se enfocó y una bonita reportera rubia apareció en pantalla.

—"Estamos ante las puertas de la sede de lo que en su momento fueran Industrias Hammer. Su director y propietario, Justin Hammer, ha sido absuelto de todos los cargos que se le imputaban de…"

Tony se pasó la mano por el rostro. Ahora sí que necesitaba una copa. Doble. Con paso largo, fue hasta el mueble donde había dejado el vaso, se lo bebió de un solo trago y regresó hacia el sofá.

La imagen había cambiado. En ella, Justin Hammer sonreía a diestro y siniestro, ofreciéndole a la multitud que se agolpaba ante él la más amplia y reluciente de sus sonrisas. Tony hizo una mueca de disgusto.

—Que hijo de... —. Antes de terminar su frase, Justin hizo un gesto para que todos los congregados hicieran silencio. La muchedumbre enmudeció casi al instante.

—Muchas gracias por responder a mi invitación —comenzó diciendo, con una sonrisa que amenazaba con desencajarle la mandíbula, saludando a unos y a otros con efusividad. Justin tomó el micrófono que descansaba sobre el atril delante de él y se irguió de hombros. La multitud que se agolpaba a su alrededor, casi todos profesionales del periodismo, extendieron sus brazos, acercando así sus micrófonos y sus teléfonos móviles. Justin Hammer los miró a todos.

—Les he convocado aquí, hoy, para manifestar lo agradecido que estoy a la ciudad de Nueva York y a la justicia de este estado que hayan creído en mi inocencia y me hayan absuelto de los cargos que me imputaban. Amo esta ciudad, señores —les dijo, paseando la mirada por todos ellos—, ¡Amo este país! Es mi país y quiero que sea un lugar mejor para todos lo que aquí viven. Por eso, y para intentar devolver la confianza que el estado ha depositado en mí, me comprometo a crear y a patrocinar a un nuevo grupo, ahora que la agencia SHIELD ha caído y se ha convertido en HYDRA. Me comprometo a velar por la seguridad y el bienestar de todo hombre, mujer o niño, y hacerlo un lugar mejor para todos nosotros y nuestros hijos.

Una parte del gentío que lo rodeaba estalló en vítores y palmas. Justin alzó ambas manos y los saludó de manera efusiva, mostrando la satisfacción que lo embargaba. Los periodistas acercaron aún más sus micrófonos hacia él.

—¡Señor Hammer! ¡Señor Hammer! –le gritaban, casi al unísono.

Justin continuaba saludando sin hacerles caso.

—¿Es cierto que va a desarticular el grupo de Los Vengadores? –se oyó preguntar a una voz por encima de las demás.

El rostro de Hammer se ensombreció de momento. Miró al periodista que le había formulado la pregunta y clavó sus ojos en él.

—¿Acaso no han demostrado ser unos farsantes? Rogers está siendo buscado por la justicia. La mujer, la que hacen llamar la Viuda Negra, manejándose con total descaro en el Senado. Y ese otro, el arquero… han encontrado a un senador muerto por flechas. Puede decirse más alto pero no más claro. ¡Son unos farsantes todos! Mi nueva organización y yo nos encargaremos de que todo el peso de la ley de este país caiga sobre ellos y sobre sus actos.

Lejos de calmar a la muchedumbre, el sonido de voces sobre otras voces se hizo más caótico.

—¡Señor Hammer!

Justin se hizo hacia atrás, con una pletórica expresión de satisfacción prendida en su rostro.

—Esto es todo por hoy, señores. Si lo desean, pueden pasar a recoger un dossier de prensa en el vestíbulo de lo que será el centro neurálgico de la nueva organización. ¡Buenos días a todos!

Y se retiró entre gritos de exclamación y más aplausos.

Tony se hundió en el sofá.

—Apaga el televisor, Jarvis, por favor.

Justin Hammer había regresado y sería un dolor de cabeza. Tony lo conocía, era un niñato sediento de protagonismo y con un ego que no cabía en el Empire State. Y allí estaba de nuevo, de regreso de la cárcel, más crecido que nunca. Tony había aprendido muchas cosas en su vida: una de ellas era que nada sucede al azar. Si hacía unos minutos se quejaba mentalmente de que no tenía casi nada por dónde empezar a buscar para demostrar la inocencia de Clint Barton, ahora tenía el lugar por dónde hacerlo. Mucho debería equivocarse para que Justin Hammer no estuviese detrás de todo aquel montaje. Y él estaba dispuesto a descubrirlo.

Natasha redujo la velocidad de su coche en cuanto vio a lo lejos el otro todoterreno en el arcén de la carretera.

Paró a unos metros detrás de él. Con cautela, y sin perder de vista la silueta del vehículo, sacó la pistola que estaba escondida debajo de la chaqueta que había dejado en el asiento del copiloto. Con ella pegada a su muslo derecho, bajó del coche.

No había indicio alguno de que alguien estuviese en su interior pero, aún así, tomó todas las precauciones. Se acercó lentamente, intentando ver a través de las ventanillas. Cuando llegó junto al coche, adelantó el arma, apuntando a quien pudiese estar dentro. Con lentitud rodeó el vehículo. El motor estaba frío y parecía que lo habían dejado allí hacía unos días, pues el polvo del camino se había aposentado sobre el parabrisas. Con la misma cautela con la que se había conducido, abrió la puerta del conductor.

En efecto, el interior estaba vacío. O todo lo vacío que podía estar aquel estercolero andante. Había cajas de comida vacías por todas partes, de comida occidental para más señas. Lo que quedaba de una camiseta estaba tirado delante del asiento del copiloto. Entró en el coche y se sentó tras el volante.

De inmediato, algo llamó su atención entre tanta basura. Un par de correas de plástico, usadas y cortadas por la mitad, estaban tiradas delante de la palanca del cambio de marcha. Sabía por experiencia propia que solían utilizarse para inmovilizar a rehenes. Ella las había utilizado y las habían utilizado con ella. Casi estaba en el manual del buen espía. Las tomó con cuidado y las examinó con detenimiento y llegó a la conclusión de que no encajaban en aquel lugar. Aquellas correas le confirmaban que Clint había utilizado aquel vehículo para huir. Natasha trató de encenderlo y el testigo de la gasolina le corroboraban su presentimiento: estaba vacío. Si Clint había logrado escapar con él, había continuado el camino a pie. Con rapidez bajó del coche y se subió al suyo. Sin pensárselo dos veces, se cambió de nuevo a su ropa de civil y puso el coche en marcha. Clint aún podía estar caminando por aquellos campos y ella iba a encontrarlo.

Casi dos horas más tarde, aún no había rastro de Clint.

Natasha había aminorado la marcha. Dio gracias al cielo en silencio porque aquella carretera no estaba transitada. Miraba a través el parabrisas, para luego pasar a hacerlo por una y otra ventanilla alternativamente. Y volvía a comenzar. Notaba el estómago cerrado, como si un puño invisible lo estuviese estrujando.

No podía negar que el paisaje era bonito: prados de cultivos verdes más allá de donde se extendía la vista y pequeñas colinas ondulantes que se perdían en la lejanía. Pero no podía apreciarlo en su justa medida; estaba allí por una razón: encontrar a Clint y, hasta que no lo encontrara y supiese qué había ocurrido, no podría relajarse y disfrutar de aquel precioso país.

Miró el salpicadero del coche con preocupación. El reloj le dijo que eran más de las tres de la tarde. Había salido muy temprano del aeropuerto y la última comida que había tomado había sido en el avión. Curiosamente, no sentía hambre. Todo lo que quería era encontrar a su compañero. Apretó el volante con ambas manos hasta que los nudillos se pusieron blancos, se revolvió en el asiento buscando una mejor postura y continuó mirando por las ventanillas.

Un largo rato después, a lo lejos, apareció un pequeño punto de tonos rojizos en medio del mar verde de cereales, y que interpretó como algún tipo de edificación; una casa de labor, pensó. Inconscientemente, Natasha apretó el acelerador. Le dolían los ojos de mirar con tanta intensidad a un lado y a otro del camino; le dolía la espalda por la tensión de las últimas horas y le dolían las piernas por guardar la misma postura durante todo ese tiempo. Estaba exhausta pero, a pesar de ello, no iba a rendirse hasta que lograra su objetivo.

Unos minutos después el todoterreno llegó a un pequeño camino que partía del principal, lo tomó y paró el vehículo justo a la puerta de un patio en donde corrían unos niños detrás de un balón y en donde un hombre mayor trenzaba un cesto con concentración y maestría. Cerró la puerta tras de sí con cuidado, sin perder detalle de las personas que allí se encontraban.

Una mujer menuda, con el pelo negro y lacio, dejó las prendas que había estado tendiendo al sol y salió a su encuentro antes de que Natasha hubiese dado unos pocos pasos dentro del patio. Con ceremonia, Natasha se inclinó ante ella.

—Buenas tardes, señora —le dijo en su idioma. La mujer la saludó de igual manera aunque mirándola con suspicacia.

—Buenas tardes. ¿Desea algo?

Natasha miró a su alrededor. Los niños continuaban jugando, ajenos a la llegada de una extraña. De uno de los laterales de la casa apareció un joven, no mucho más alto que la mujer y que debía ser su hijo. Se dirigió hacia ella y se colocó a su lado.

—¿Sería tan amable de ayudarme? Estoy buscando a alguien.

A ojos de cualquier otro, la reacción de la mujer habría sido de total indiferencia, pero no para los de Natasha. Ella estaba entrenada para ver las pequeñas diferencias entre una respiración normal y otra que no lo era tanto; entre un pestañeo regular y otro que fuese fruto del nerviosismo. En aquella ocasión fue apenas un ligero movimiento en sus labios y un sutil arqueo de ceja, pero ahí estaba. Los hombros de la mujer se tensaron de manera casi imperceptible.

—Dígame, ¿a quién busca? —le preguntó, mientras colocaba su mano sobre su frente a modo de visera para protegerse así del resplandor del sol.

Natasha dio un paso hacia ella.

—Busco a un hombre. Occidental. Tiene el pelo castaño claro y es de esta estatura —le dijo, mientras sacaba su móvil del bolsillo y le enseñaba una fotografía de su compañero.

La mujer se tomó unos segundos para observarla. Tras ese tiempo, se encogió de hombros.

—No hemos visto a nadie por aquí. Lo siento mucho.

Si el lenguaje corporal de la mujer le decía que estaba escondiendo algo, el del hijo se lo aseguró. El muchacho giró la cabeza hacia su madre repentinamente, aun cuando no le llevó la contraria.

Natasha insistió.

—¿Está segura? Es importante que lo encuentre. Es…

La mujer la detuvo.

—Estoy segura. No ha venido nadie por aquí desde hace mucho tiempo, señora —le contestó, endureciendo un poco el tono.

Natasha no quería, ni podía, rendirse. Era necesario que encontrase a Clint. Había muchas cosas en juego. Pero no iba a conseguir nada si la presionaba. Se cerraría en banda y no le diría lo que ella necesitaba saber. Bajó la cabeza y asintió, despacio.

—Ya veo –dijo, haciendo un pequeño surco en el suelo con la puntera de su bota—. Entonces, ¿podría dejarle un mensaje por si aparece por aquí? Su nombre es Clint Barton. Dígale, si le ve, que su compañera, Natasha, lo está buscando. Que es muy, muy importante que lo encuentre.

La mujer no reaccionó.

—¿Se lo dirá si le ve? ¿Por favor? —insistió, intentando demostrarle con aquellas pocas palabras la importancia que tenía para ella.

Aguardó hasta que la mujer asintió, despacio, unos segundos después. Sintiéndose como si hubiese fracasado en la misión más importante de su carrera, Natasha dio media vuelta y se encaminó de nuevo hacia su coche. Justo antes de llegar a él, oyó unos pasos apresurados tras ella. Se giró para encontrar al joven que corría en su dirección.

—¡Señora! ¡Espera un momento! —la llamó en un inglés correcto, antes de llegar hasta donde Natasha se encontraba.

—¿Sí?

El joven tomó aire.

—Madre tiene algo que decirle.

El corazón de Natasha saltó dentro de su pecho. Pensó que, tal vez, Clint estaba allí, escondido en algún lugar, atendido por aquellas personas. Sin pronunciar palabra, acompañó al joven de regreso hasta donde estaba su madre.

La mujer había permanecido estática en el porche, con las manos unidas con fuerza delante de ella y un rictus de seriedad dibujado en su rostro.

—Ese hombre que busca, Barton, ha estado aquí —dijo la mujer en su propio idioma.

Natasha dio un paso hacia ella, inconsciente de su movimiento. Creía que el corazón se le había parado al escuchar el apellido de Clint en boca de aquella mujer. Se acercó más a ella, deteniéndose a los pies de los dos escalones.

—¿Ha estado aquí? ¿Cómo estaba? ¿Se encontraba bien?

La mujer asintió una y otra vez.

—Sí, sí, estaba bien. Le curé un hombro que tenía herido. Creo que se lo había dislocado. Tenía un feo color morado.

Natasha tomó aire varias veces, intentando controlar sus nervios. La expresión de la mujer cambió sustancialmente, mostrando una preocupación que antes no había podido ver en ella.

—Mire —continuó, visiblemente incómoda—. No sé si he hecho bien en decirle que ha estado aquí…

Ella la detuvo.

—Ha hecho bien, créeme.

El chico sonrió apenas.

—Me cayó bien el señor Barton. Dijo que mi hijo hablaba bien su idioma.

Natasha sonrió con ternura.

—Barton suele caerle bien a la gente, es cierto. Y seguro que llevaba razón en cuanto a su hijo.

Natasha miró de reojo al muchacho y vio cómo un ligero rubor le cubría las mejillas. Apretando los puños, Natasha los mantuvo pegados a ella. Estaba perdiendo un tiempo muy valioso.

—Dígame, ¿cuándo se ha marchado? ¿Y hacia dónde?

Fue el chico el que señaló con el dedo hacia el camino por el que Natasha había llegado.

—Se fue por esa misma carretera.

—¿Cuándo? –insistió Natasha.

El chico torció el gesto.

—Se marchó hace unas horas. Puede que cuatro o cinco.

La noticia sorprendió a Natasha. Eran muchas horas de ventaja. Miró primero al camino y luego al muchacho, para regresar de nuevo al camino. Entonces el chico añadió:

—Se ha marchado a pie. Mi padre tiene nuestro único coche y no hay otro medio de transporte hacia el lugar en donde tiene que tomar el autobús hacia la capital.

Si había algo que pudiese alegrarle el día a Natasha eran aquellas noticias. Le ofreció una profunda reverencia en señal de agradecimiento.

Xie Xie —le dijo al muchacho en su propio idioma—. Muchas gracias por todo, de verdad. Significa mucho para mí.

El chico le correspondió con un saludo idéntico.

Natasha le sonrió para, a continuación, sonreír a su madre, que permanecía en el mismo lugar.

—Ha decidido decirme que Clint ha estado aquí. ¿Por qué?

La mujer se encogió de hombros.

—He visto la preocupación en tu rostro. Nadie que tenga esa expresión de preocupación quiere el mal para el otro. ¿Me equivoco?

Natasha asintió bajando la mirada.

—No, no se equivoca.

Antes de girar sobre sus talones para emprender el regreso hacia la casa, el chico le habló de nuevo:

—Son apenas veinte kilómetros hacia ese lugar. Puede que lo encuentre aún por el camino.

—Eso espero –le contestó con efusividad. Giró sobre sus talones y corrió hacia el todoterreno. Antes de cerrar la puerta, le sonrió al muchacho que había quedado a las puertas del patio—. Muchas gracias.

No aguardó ninguna respuesta. Natasha abandonó el camino antes de que el muchacho emprendiera el regreso a su casa.

Clint estaba cansado de caminar. Aunque no hacía demasiado calor, ya llevaba bastante tiempo en el camino. Le dolían los pies, y gruesas gotas de sudor debido al esfuerzo constante le caían por la espalda. El polvo se levantaba un poco a cada paso que daba. Su pisar no era tan resuelto como lo había sido cuando salió de la casa de Yeung. Afortunadamente, el dolor del hombro había disminuido de manera considerable gracias a los cuidados de la madre del muchacho. No sabía bien qué había sido aquel bálsamo que le había aplicado, pero había obrado maravillas. Aún no podía moverlo con soltura, pero aquel dolor que una vez tuvo había desaparecido.

Se detuvo bajo la sombra de un árbol, descansando contra el tronco por unos minutos. Sacó la cantimplora con agua que le había dado la madre de Yeung y bebió con empeño, esperando tener suficiente hasta que llegase a aquel pequeño pueblo. Dejó caer la cabeza hacia adelante, hasta que su barbilla casi tocó el pecho. Pensó que mataría por un lugar en donde poder descansar y una ducha en la que refrescarse. Pero debía seguir caminando y llegar a esa población de la que le había hablado Yeung , donde podría tomar un autobús que lo llevaría hasta Beijing. Allí tendría otros problemas, pero ya los encararía cuando estuviese allí.

Se incorporó a regañadientes. Miró hacia el cielo despejado con los ojos entornados y respiró profundamente. Lo único que le movía en aquel instante era que, con cada paso que daba, con cada paso que le acercaba hacia aquel lugar, más cerca estaba de regresar a casa y a Natasha.

Los ojos de Natasha viajaban de la pantalla del GPS a la carretera, una y otra vez. La pequeña población a la que se había referido aquel joven apenas era un minúsculo punto en el mapa de carreteras.

Su primera intención había sido pisar a fondo el acelerador y cubrir cuanto antes la distancia que la separaba de su destino, pero pensó que, en el caso de que Clint hubiese escogido viajar por una ruta paralela, alejada un poco del camino, ella no sería capaz de verlo debido a su velocidad, así que levantó el pie del pedal y puso el coche en una marcha corta.

Natasha giraba la cabeza hacia un lado y hacia otro de manera alternativa. El sol estaba en lo más alto y apenas ofrecía ninguna sombra. Su corazón bombeaba con fuerza en el pecho y sentía la respiración agitada, como si hubiese estado corriendo todo el camino en lugar de ir sentada en el coche. Las manos se agarraban con fuerza al volante, tanto que le dolían los antebrazos de la presión que ejercía. Tenía las palmas de las manos algo húmedas y, de manera compulsiva, se las secaba en el tejido de su pantalón.

Esperaba que todo aquello mereciese la pena y que encontrase a Clint cuanto antes. No quería pensar en la posibilidad de no hallarlo. Ni en que, después de todo, su paso a HYDRA fuese real.

Apretó la mandíbula con fuerza y continuó conduciendo. El GPS le decía que tan sólo diez kilómetros la separaban del pueblo. Era una distancia suficiente para que Clint aún estuviese en el camino y ella no podía perder la esperanza.

Se removió en el asiento, incómoda; bajó una marcha el motor del coche y continuó mirando por las ventanillas hacia los campos por los que pasaba.

Cuando Clint divisó al fin la silueta del pequeño pueblo, su primera intención fue frotarse los ojos. Temía que, al igual que un caminante en el desierto, aquello que al fin tenía al alcance de las manos, fuese un espejismo. Pero no lo era. Echó la cabeza hacia atrás y suspiró aliviado.

No sabía cuánto tiempo le había llevado llegar hasta allí pero, por la posición del sol, estaba comenzando a atardecer y la tarde había empezado a refrescar, cosa que agradecía después de llevar todo el día bajo aquel sol.

Cogió la cantimplora que llevaba atada a la cinturilla del pantalón y la movió. Apenas le quedaban unas gotas de agua. La ración de comida que le habían dado para el viaje se había acabado algunos kilómetros atrás y su estómago estaba pidiendo algo que lo calmase. Con resolución se puso de nuevo en camino, viendo su meta cada vez más cerca.

Casi cinco minutos después entraba por la carretera principal del pueblo. Se cruzó con algunos aldeanos; unos lo miraron de soslayo y otros giraron la cabeza al verlo pasar, extrañados de ver a alguien con aquella apariencia por aquel lugar.

Clint miró a su alrededor. A simple vista, el pueblo le parecía bastante pequeño; apenas una calle central bastante bulliciosa y diversas calles adyacentes, largas y rectas. Se sorprendió por la cantidad de comercios que había en ella. Había esperado un lugar tranquilo y anclado en el pasado pero, en cambio y a pesar de su tamaño, aquella población rebosaba vida.

No sabía cómo se las iba a apañar para conseguir que alguien le dijera cómo llegar hasta el autobús que lo llevaría a la capital. No entendía nada del idioma y volver a tener la suerte de encontrarse a alguien que entendiese su idioma sería demasiado pedir. Siguió caminando, fijándose en los escasos escaparates. Las tiendas eran tradicionales pero colmadas de productos. Al pasar por una panadería, el olor le volvió a recordar que hacía bastante tiempo que no comía. Se llevó la mano al estómago y siguió caminando.

Comprar la comida y el billete de autobús iba a ser un nuevo problema, pensó cuando dejó la panadería atrás. No tenía dinero ni nada que le sirviese para hacer un trueque. Estaba bastante jodido.

Había llegado a la mitad de la calle cuando ésta se ensanchó por su derecha, abriéndose en una espaciosa plaza. Allí, como si se tratase de la plaza principal del pueblo, estaba la parada de autobuses y algunos tenderetes que ofrecían frutas, verduras y quesos. El olor de la fruta fresca le hizo la boca agua. Se acercó a un puesto y lo observó. Había frutas que no conocía; otras las había visto en algún restaurante asiático en el que había comido con anterioridad. Como fuese, no podía comprarlas.

Entonces recordó la navaja que tenía escondido en el lateral de su bota. Era de buena factura, robusta y casi nueva. Suponía que podrían darle algo por ella en alguna parte. Se giró y miró a su alrededor, decidiéndose por cuál lugar comenzaría su singular transacción.

Natasha recorrió todo el camino con la esperanza de encontrar a Clint antes de llegar al destino final. Pero había llegado al pueblo y no había hallado rastro de él. Aminoró la marcha cuando entró en la población. Los transeúntes continuaban con sus quehaceres. Sólo unos pocos le habían dedicado una segunda mirada cuando pasó por su lado. Natasha sonrió con desgana, estirando el cuello tanto como podía, observando de esa manera a las personas que paseaban por las aceras.

La calle principal era larga y llena de gente. Los lugareños salían y entraban de los comercios locales. Se fijó en lo ajetreada que parecía una panadería al otro lado de la calle. O lo relajado que se veía a un barbero, mientras le cortaba el pelo a un cliente casi a la puerta de su local.

Apenas había atravesado la calle cuando ésta se convirtió en una amplia plaza. Natasha detuvo el coche. Había un montón de tenderetes con productos locales. Sin pensárselo dos veces, aparcó el coche y bajó de él.

Las piernas le temblaron ligeramente. No por el tiempo que había estado conduciendo, sino porque, si no encontraba a Clint en ese lugar, no sabía bien dónde podría hacerlo y la situación se le complicaría demasiado. Se aseguró de que su pistola estaba escondida en el interior de su cazadora.

Antes de cruzar, miró a un lado y a otro de la calle. De repente, el olor dulce de la fruta le inundó la nariz. Se paseó entre los puestos. Había mucha gente para la hora de la tarde que era, aunque algunos tenderetes ya estaban recogiendo sus mercancías y embalándolas para otra ocasión.

Natasha se detuvo y giró sobre sus talones casi en redondo. Antes de completar una vuelta, una señora se interpuso en su camino, chocando contra ella. Se disculpó como pudo y, cuando volvió a levantar la vista hacia el frente, allí estaba él, al otro lado de la plaza, a apenas unos metros de distancia, hablando mediante gestos con el dependiente de un puesto de cuchillos.

De repente, no sabía qué debía hacer. Su primera intención había sido salir corriendo hacia él, palmearle el hombro y abrazarlo hasta que se le pasara aquel temblor que casi no podía dominar. Pero, a pesar de sus deseos, debía ser cauta. Era Clint, por supuesto, pero no podía olvidar la situación que la había llevado hasta allí. ¿Y si, después de todo, era cierto? ¿Y si, en efecto, Clint se había pasado al bando de HYDRA? Con su mente negándose en redondo a creerlo, en encaminó hacia él.

Apenas le faltaban unos metros para llegar hasta donde estaba él cuando Clint, como si hubiese presentido su presencia, enderezó la espalda y giró la cabeza, mirando hacia atrás por encima del hombro. Su expresión cambió por completo cuando sus ojos recayeron en ella.

Natasha se detuvo en seco, dejando aquellos metros de distancia entre ambos. Clint se giró por completo, olvidando aquello que estaba hablando con el hombre, que lo miraba con cara de no entender qué ocurría. Natasha apretó la mandíbula y respiró hondo, levantando la barbilla. Su mano viajó con voluntad propia hasta donde había escondido la pistola, en el interior de su chaqueta.

Los ojos de Clint siguieron sus movimientos sin perder detalles, mirándola fijamente. Natasha dio unos pocos pasos y se apostó frente a él.

—Te lo voy a preguntar sólo una vez, Clint – le dijo, con voz ronca, temiendo la respuesta que podría recibir—. ¿Estás con ellos?