—¿Estás con ellos? –repitió Natasha, a pesar de que le había advertido que no iba a hacerlo. Dio un paso hacia él, para quedar así aún más cerca.

El rostro de su compañera estaba tenso; sus labios dibujaban una dura línea y tenía la barbilla ligeramente levantada, casi desafiante. Una de sus manos estaba escondida dentro de la cazadora y él sabía que Natasha solía guardar ahí una de sus glocks cuando iba con sus ropas de civil. Clavando sus ojos en los de ella, Clint la miró con fijeza. Natasha no rehuyó su mirada y eso hizo que pudiese volver a respirar. No se había percatado de que, desde que la vio, segundos atrás, el aire se había quedado congelado en sus pulmones, con la navaja que había intentado vender apretada en una mano y la otra convertida en un puño, pegado a su pierna.

Él también dio un paso hacia ella. Quería que leyera en sus ojos que no, que no estaba con ellos, que nunca lo había estado y que había tenido sus motivos para hacer lo que hizo. Le obsequió con una mueca torcida que intentó que se asemejara a una sonrisa. No estaba muy seguro de haberlo conseguido.

—Nunca te ha gustado ir por las ramas, Nat —le contestó, sintiéndose terriblemente cansado.

—Contéstame –insistió ella.

Negando con rotundidad, Clint bajó la cabeza.

—No. No estoy con ellos.

Por unos instantes temió que Natasha no creyera en sus palabras. Temió que aún siguiera creyendo aquellas otras que le obligaron a decir. Si no fuera porque aún seguía en pie y respirando, Clint podría haber dicho que su corazón se había parado. Su compañera se quedó en el mismo lugar, sin mover un solo músculo hasta que, al fin, la mano que mantenía escondida en la cazadora salió de entre los pliegues de la prenda y cayó a su lado, como un peso muerto. La expresión de su rostro cambió ante sus ojos. Un segundo después, Natasha había recorrido la breve distancia que los separaba y él estaba encerrado entre sus brazos, con la sangre corriéndole desenfrenada por sus venas.

La navaja que tenía en su mano resbaló al suelo. Clint ni siquiera lo notó, pese a que el metal tintineó al chocar contra el empedrado, junto a sus pies. Todo lo que le importaba en aquel preciso instante era sentir los brazos de Natasha envolviéndolo y el aliento de ella sobre la piel de su cuello.

Con sus manos apoyadas al fin en la espalda de Natasha, la atrajo hacia él tanto como se lo permitió su brazo herido, pegándola a su cuerpo. Temió hacerle daño cuando sus dedos, inconscientes, apretaron la cintura femenina bajo la chaqueta, pero ella no se quejó. Cerró los ojos mientras descansaba la barbilla sobre el rojo cabello.

Se quedaron allí, parados y abrazados, un tiempo que a Clint le pareció una fracción de segundo. Notó los brazos de su compañera relajarse en torno a él, poniendo fin a aquel abrazo que no deseaba que terminara.

Natasha dio un paso atrás. En efecto, la expresión de su rostro había cambiado sustancialmente, suavizándose. Entonces vio las marcas oscuras bajos sus ojos, producto de no haber descansado, y aquella sombra en su semblante, que tan bien conocía y que aparecía cuando estaba terriblemente preocupada por algo. Se maldijo en silencio por haberle hecho pasar por aquello. Natasha alzó una ceja, con sus manos aún posadas sobre sus antebrazos.

—Vas a tener que darme algunas explicaciones —le dijo en tono bajo, para que nadie más los oyera.

Clint miró a su alrededor. Unos cuantos parroquianos los miraban con interés, aunque fingían estar enfrascados en sus asuntos. Volvieron la cabeza como accionados por un resorte cuando Clint los miró de frente, haciéndolos regresar así a sus quehaceres.

—Lo haré, no temas. Pero no aquí. Es largo de contar y creo que me caeré al suelo si doy un paso más. He andado…

—Sé cuánto has andado. He encontrado el lugar en donde te quedaste anoche —le interrumpió Natasha. Clint giró la cabeza hacia ella.

—¿El joven Yeung?

Ella asintió, sin ocultar una breve sonrisa que apareció de improviso en sus labios.

—Si no llega a ser por él, no lo hubiese sabido. Su madre se lo pensó antes de decirme que estuviste allí.

Clint le correspondió con otra sonrisa.

—Me gustó esa mujer. Es del tipo de personas en las que puedes confiar —le contestó mientras clavaba de nuevo los ojos en ella. No podía parar de mirarla. Temía que, si pestañeaba, la visión de Natasha junto a él se desvanecería en el aire y él volvería a quedarse solo en aquel lugar que no conocía, y sin más ayuda que de sus propios recursos.

Como si le hubiese leído el pensamiento, Natasha le rozó la mano con sus dedos. Clint se fijó en ellos. Eran largos y delgados, fuertes, capaces de asesinar a un hombre al igual que lo eran de prodigar caricias que lo dejaban desarmado. El roce apenas duró unos segundos pero fue lo suficiente para darse cuenta de cuánto había añorado su contacto. Levantó la cabeza para encontrar los ojos verdes de Natasha fijos en él.

—Déjame ver qué encuentro para poder pasar esta noche, ¿de acuerdo? ¿Me esperas aquí?

Clint asintió. Antes de que su compañera se hubiese alejado un par de pasos, añadió:

—Y algo de comer, por favor.

Natasha giró la cabeza y sonrió.

—Algo de comer, de acuerdo.

Clint había buscado un lugar en donde poder sentarse. No había sido consciente de cuán cansado estaba hasta que la llegada de Natasha se lo había hecho entender. Sabía que, sólo entonces, su cuerpo se permitió relajarse al darse cuenta de que ella estaba allí, para hacerse cargo de la situación. Los pies lo estaban matando y si daba un paso más tendrían que cortárselos. Quince minutos después, Natasha regresó.

Llegó con varios paquetes en las manos y una pieza de pan que olía de maravilla envuelta en un papel marrón. El estómago de Clint rugió sólo con aquel aroma.

—He encontrado un lugar en donde quedarnos esta noche —le dijo Natasha apenas hubo llegado al lugar en donde Clint se encontraba—. No es gran cosa pero te servirá para descansar.

Clint dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

—Ahora mismo podría quedarme a vivir en este asiento. Lo digo en serio. No sé si puedo dar un paso más.

Natasha dejó los paquetes a su lado y se cruzó de brazos.

—¿En serio prefieres quedarte aquí en lugar de descansar en una cama? ¿Te han lavado el cerebro, Clint?

Clint la miró por el rabillo del ojo, conteniendo la carcajada que se estaba formando en el fondo de su garganta.

—Si me lo pintas de esa manera, no tendré más remedio que hacerte caso.

Los ojos de Natasha se pusieron en blanco.

—Vamos —le dijo, girando sobre los tacones bajos de sus botas y encaminándose hacia el coche aparcado al otro lado de la plaza.

Clint la siguió a unos pasos de distancia. Dejó caer el peso de su cuerpo en el asiento del copiloto.

—Bonito todoterreno.

—Dale las gracias a Stark —contestó Natasha, mientras ponía el coche en marcha—. Por el coche y por haber buscado la fórmula para que yo pudiese venir hasta aquí. Sin él no sé cómo lo habría hecho. Las cosas están un poco difíciles en casa.

Clint apretó los labios. Tenía que contarle muchas cosas a Natasha, pero intuía que ella tendría que contarle algunas a su vez.

—Se las daré en cuanto volvamos a casa, descuida.

El lugar que Natasha había conseguido para pasar la noche era poco más que un hostal modesto. Los recibió un hombre con una sonrisa complaciente y una verborrea de la cual Clint no entendió ni una sola palabra. Saludó a Natasha varias veces con una exagerada inclinación antes de entregarles la llave de la habitación, que se encontraba en el primer piso.

Clint subió tras Natasha, despacio. Cada paso que daba era como si le clavaran finas agujas en las plantas de los pies y el dolor le llegaba hasta la base del cuello.

La escalera moría en un estrecho pasillo poco iluminado, en donde se encontraban dos únicas puertas, señaladas con caracteres que Clint no supo identificar. Natasha se dirigió a una de ellas, metió la llave en la cerradura y abrió la puerta.

Decir que aquella habitación era sencilla era quedarse bastante corto, pensó Clint desde la entrada. Un único sofá bastante bajo y una mesa más baja aún dominaban el centro del espacio. Un mueble de madera oscura lacada y finamente tallado, ocupaba la pared que había a su derecha. Frente a la puerta, al fondo de la habitación, una ventana con las cortinas echadas, pero que dejaba entrar la poca luz que quedaba del día. En la pared de la izquierda había dos puertas. A través de la abertura de una de ellas, Clint pudo ver una cama baja, casi a ras del suelo. No le importaba la altura que tuviese, con tal de poder dormir y descansar unas horas.

Natasha entró delante de él y dejó los paquetes sobre la pequeña mesa. Cuando Clint cerró la puerta tras de sí, se acercó hasta el sofá y se sentó en él, con cuidado. El brazo estaba sanando, pero tenerlo todo el día en cabestrillo, y sin haber descansado, le estaba pasando factura. Cerró los ojos y dejó caer la cabeza en el respaldo. Por unos momentos olvidó dónde estaba y todo lo que había pasado para llegar hasta allí; respiró profundamente, llenando los pulmones de aire.

—Hay un pequeño baño. No es gran cosa, pero nos servirá.

Clint apenas abrió un ojo cuando notó a Natasha sentarse a su lado.

—¿Qué prefieres, comer algo antes o la ducha?

Él incorporó un poco la cabeza para mirarla. La sonrisa y la expresión en las hermosas facciones de Natasha habían cambiado desde que lo encontrara y allí estaba de nuevo aquella máscara de espía rusa que Clint conocía tan bien como la palma de su mano. Hizo una mueca con los labios antes de responderle.

—No pueden ser las dos cosas al mismo tiempo, ¿verdad?

Natasha alzó una ceja en señal de advertencia.

—¿Tú qué crees? —expresó ella.

Muy a su pesar, Clint se incorporó, exhalando el aire.

—Comida y ducha. En ese orden. Si lo hago al contrario, puede que me quede dormido debajo del agua sin cenar, y mi estómago no estaría muy de acuerdo.

Antes de que pudiese replicar, Natasha extendió sobre la mesa uno de los paquetes, cuidadosamente envueltos. En su interior había algo que Clint identificó como una especie de jamón curado. En realidad no le importaba lo que fuera; tenía tanta hambre que se lo comería igualmente. Natasha cortó un pedazo de aquel pan que le había olido tan bien y se lo entregó. El sabor acompañaba al olor, pensó Clint, cerrando los ojos y deleitándose con él. De otro de los paquetes, Natasha sacó dos pequeñas botellas y le ofreció una de ellas. El té verde le supo de maravilla aunque nunca había sido su favorito. En lugar de comenzar con su comida, Natasha se levantó y rodeó el sofá. Clint la siguió con la mirada.

—Nat…

Ella giró la cabeza para mirarlo.

—Voy al baño. Sigue sin mí.

—Puedo esperarte —repuso Clint, sin apartar la vista de ella. Natasha negó con un único gesto de cabeza.

—No, come. No tardaré.

Sin darle tiempo a nuevos argumentos, Natasha entró en el baño y cerró la puerta tras de si.

Los ojos de Clint se mantuvieron clavados en la superficie lisa de la puerta por unos largos segundos, como si así Natasha fuese a salir antes. Tomó aire despacio, llenando sus pulmones para exhalarlo con la misma lentitud. El alivio que viera en el rostro de ella al encontrarlo parecía haberse evaporado y ahora ese lugar lo ocupaba una nueva emoción que no era capaz de catalogar. Sólo sabía que le hacía tener un nudo en las entrañas. Dejó caer la cabeza hacia adelante y cerró los ojos mientras apretaba los labios para convertirlos en una dura línea. Tras un minuto de espera, Clint entendió que debía proseguir la comida sin ella.

Natasha salió del baño cuando Clint ya casi había terminado su ración. La espía se limitó a tomar la botella de té verde y bebérsela sin prestar atención a los alimentos que la esperaban sobre la mesa, mientras se dirigía hacia la ventana para mirar a través de ella. Clint la observó detenidamente: tenía la cabeza muy erguida, los hombros tensos y la espalda envarada como si le hubiesen pegado un palo a ella.

—¿Vas a comer, Nat?

Ella apenas lo miró por encima del hombro cuando contestó.

—No tengo hambre.

Clint dejó sobre la mesa el último trozo de pan que le quedaba. Se levantó despacio; los pies le recordaron en forma de dolorosas punzadas los muchos kilómetros que había andado. Dio un paso hacia Natasha; quería estar cerca de ella, preguntarle qué le sucedía, y que no se le ocurriese contestarle que no le pasaba nada cuando él sabía que algo rondaba por su cabeza. Antes de dar un nuevo paso, se miró a sí mismo, al manchado pantalón que le diera la madre de Yeung y a las botas llenas de polvo. De repente, se sintió sucio y deseoso de quitarse todo aquello del camino. Dio un par de pasos hacia atrás.

—Voy… voy a darme una ducha.

Natasha giró de nuevo la cabeza en su dirección.

—En ese paquete tienes unos pantalones, una camiseta y ropa interior. Es lo mejor que he podido encontrar en tan corto tiempo, y en este pueblo, donde los comercios parecen estar contados.

Con un gesto de cabeza, Clint agradeció el hecho de que ella se hubiese tomado la molestia de buscarle una nueva muda. Sin añadir una sola palabra más, se encerró en el baño mientras Natasha continuaba con la mirada fija en el exterior.

El agua arrastró el polvo, pero el cansancio seguía allí, atornillado a sus músculos y a su cerebro mientras el agua resbalaba por su cuerpo. Había estado en duchas mucho mejores, pensó Clint, pero también se había duchado en otras tantas que apenas eran un reguero de agua de una cañería oxidada. Al menos aquí el agua estaba caliente y tenía jabón para lavarse. Era lo único que le importaba.

El roce del agua le molestaba en los pies hinchados. Aceleró el proceso y salió de la estrecha ducha en cuanto se sintió limpio. Las toallas estaban algo recias y le rasparon la piel cuando se secó pero poco le importó; a esas alturas casi no podía tener abiertos los ojos de puro cansancio. Se embutió en las ropas que le había proporcionado Natasha, a excepción del pantalón. Se pasó la toalla de manera descuidada por el pelo, y la dejó sobre el lavabo antes de abandonar el cuarto de baño.

Al salir, el pequeño salón estaba a oscuras, iluminado únicamente por la escasa luz que entraba por la ventana. Clint miró a su alrededor. Natasha ya no estaba allí. Ella había recogido los pocos bártulos que habían usado para la comida y debía haberse acostado. Con paso cansado, se encaminó hacia el dormitorio. Como la salita principal, la habitación tenía sólo los muebles necesarios. En la cama baja, la figura de Natasha descansaba bajo las sábanas, tumbada sobre su lado derecho y aparentemente dormida. Con lentitud, intentando hacer el menor ruido posible, se dirigió hacia el lado contrario y se sentó en la cama, dejando el pantalón que no había usado a los pies de ella. Cerró los ojos de puro deleite al sentir el firme aunque confortable colchón hundirse bajo su peso. Se tumbó en la cama despacio y se cubrió con las sábanas; el mero roce en los pies del algodón le incomodó. Giró la cabeza hacia donde dormía Natasha y la observó por un largo momento. Tenía el pelo más largo que la última vez que la vio, y también más liso, aunque su brillante color rojo no había cambiado ni un ápice. Levantó una mano para acariciarle el brazo pero, antes de que las yemas de sus dedos la tocaran, la retiró. Le hubiese gustado que ella estuviera despierta para poder hablar sobre lo que le ocurría; porque estaba tan claro como el agua, al menos para él, que algo le pasaba. Se giró sobre el costado derecho, teniendo cuidado con su brazo herido, y se acercó hacia ella. Con suavidad, apoyó la frente sobre ella, sobre la porción de piel en donde el cuello se encontraba con la espalda. Notó la tibieza de su cuerpo y ese inconfundible aroma que desprendía y que nada tenía que ver con ninguna fragancia que ella usara. Sonrió lánguidamente mientras sus ojos se cerraban, pesados y vencidos por el sueño. Se quedó dormido con aquella sonrisa prendida en los labios.

Natasha abrió un ojo en el momento en que notó que Clint se levantaba de la cama y salía de la habitación. Según su reloj de muñeca, sólo habían pasado tres horas desde que se hubiera metido entre las sábanas. Se giró sobre su espalda, con la mirada fija en la puerta por la que él había salido.

Él no había hecho ningún ruido y sólo lo había percibido gracias a su largo entrenamiento y a algo que ella denominaba "deformación profesional". Muy poco se escapaba a aquel instinto de antigua espía rusa que yacía bajo la piel de agente de SHIELD. "O ex agente", pensó con tristeza. Había recorrido mucho para llegar hasta allí, para convertirse en lo que se había convertido, para aceptar su pasado con serenidad y afrontar lo que le deparara el futuro; un futuro algo incierto si tenía que ser sincera.

Clint había tenido mucho que ver en ambas etapas.

Se pasó una mano por el rostro, con su mente hecha un lío y resopló. Se había marchado a la cama antes de que él saliese del baño, sin sentirse capaz de enfrentarlo ni de entender qué le estaba pasando. Clint significaba mucho para ella; si no fuera así, no estaría en aquel pueblo perdido de la mano de Dios en lo más recóndito de China, aguardando que él regresara a la habitación.

Natasha se movió inquieta en el ligero colchón. No se sentía bien con cómo había actuado. Cualquier persona que la viera podría interpretar que estaba enfadada, pero nada más lejos de la realidad. Se había marchado porque, después de tanta incertidumbre, después de tanta tensión, no había sabido decirle lo mucho que había estado preocupada por él. Y lo enfadada que estaba consigo misma por haber dudado de él, aunque hubiese sido una milésima de segundo.

Volvió a mirar el reloj tras un rato de estar simplemente mirando el techo y las sombras que se proyectaban desde la ventana. Habían pasado más de quince minutos. Natasha incorporó la cabeza de la almohada y miró hacia la puerta. No se escuchaba ningún sonido en el exterior, ni ningún sonido procedente del baño. Silencio absoluto. Sin querer esperar más, se levantó de la cama sin preocuparse en ponerse las botas ni sus pantalones, y salió al pequeño salón.

Natasha se detuvo nada más cruzar el umbral. Allí estaba Clint, delante de la ventana por la que ella había estado mirando aquella tarde, vestido únicamente con la camiseta y la ropa interior que ella le había buscado. Clint miraba hacia el exterior, pensativo, con la mandíbula apretada y concentrado en Dios sabía qué. Dio un paso hacia él y se detuvo.

—¿Clint? –lo llamó.

Como si lo hubiera sacado abruptamente de sus pensamientos, Clint giró la cabeza hacia ella con un rápido gesto.

—¿Sí?

Natasha entrecerró los ojos y los clavó en él.

—¿Qué haces aquí? –le preguntó en voz tan baja que temió que él no la hubiese escuchado.

Despacio, Clint volvió a girar la cabeza hacia la ventana, apretando la mandíbula.

—No… no podía dormir.

Un millón de alarmas aparecieron de la nada en la mente de Natasha. Los últimos días habían sido una constante lucha entre lo que debía creer y sus sentimientos. "Clint no era un secuaz de HYDRA". Se había repetido aquella cantinela una y otra vez durante los últimos días, y aquella mañana, cuando al fin él se lo había asegurado, lo había creído, ¡por supuesto que lo había creído! Pero verle delante de aquella ventana, enfrascado en sus reflexiones, había hecho que la sombra del miedo anidara otra vez en su pecho, enroscándose como una serpiente venenosa.

Dio un nuevo paso hacia él, quedando a poco más de un metro.

—Vuelve a la cama. Mañana saldremos temprano para Pekín y te conviene descansar.

Clint asintió antes de contestar, como si de una respuesta automática se tratara.

—Sí. Ahora voy.

Natasha lo miró durante unos largos segundos. Él se mantuvo en su lugar, sin mirarla, observando la calle desierta y en penumbra. Lentamente, Natasha dio media vuelta, dispuesta a regresar a la habitación. Aún no había dado un paso cuando la voz de Clint la detuvo.

— ¿Nat?

Ella miró por encima de su hombro en su dirección.

—¿Sí?

—¿Me crees? —preguntó—. ¿Me crees cuando te digo que no estoy con ellos, con HYDRA?

Natasha cerró los ojos y bajó la cabeza, sintiéndose de repente culpable porque aquel pensamiento había cruzado por su cabeza no hacía ni diez minutos. Sintió la boca seca y el flujo de sangre amartillándole los oídos.

—No es eso, Clint.

—¿Ah, no? —el tono de voz de Clint varió sustancialmente, elevándose un poco. El continuó hablando mientras ella se giraba para enfrentarlo—. Pues diría que sí es así. Vi tu expresión de alivio al encontrarnos en ese mercado. ¿Qué ha pasado, qué es lo que ha pasado por tu cabeza para que eso haya cambiado, Nat?

Con paso lento, Natasha cubrió la distancia que los separaba, deteniéndose delante de él. Levantó la cabeza y encontró la mirada de Clint fija en ella; aquellos ojos que la solían mirar con alegría ahora estaban empañados por una sombra de tristeza que le pesó en el alma. Bajó la cabeza hasta posar la mirada en las manos masculinas, pegadas a sus muslos y convertidas en puños. Los tomó entre sus manos, sintiendo la tibieza y la fuerza que ellas emanaban. Sin pensar, apoyó la frente en su pecho. Oyó a Clint tomar aire y notó cómo se hinchaban sus pulmones. Se pasó la lengua por los labios resecos antes de hablar.

—Yo… el día que tuvimos aquella conversación por Skype, yo te creí —le confesó, sintiéndose como si, en realidad, lo hubiese traicionado por haber pensado que él podía estar realmente con HYDRA. Una sonrisa sesgada y fugaz, más una mueca que otra cosa, apareció en el rostro de Natasha.—Puedes ser muy convincente cuando quieres, Clint. Me creí cada palabra que dijiste, y no sabes cómo me dolió.

Los puños en los que estaban convertido las manos de Clint se disolvieron, revolviéndose dentro de las suyas y agarrándolas con fuerza.

—Nat…

Ella negó con sutileza, sin interrumpir el contacto de su frente con el pecho de Clint.

—Déjame continuar—. Su propia voz regresaba a sus oídos, ronca y profunda al chocar contra el pecho de Clint. Cerró los ojos y continuó—: Me lo creí todo. ¡Maldita sea, me lo creí! Pero después vino aquel ataque al senador Granters y ya no supe qué creer y me sentí mal por ello. Tony y yo entramos de incógnito en la Oficina del FBI para saber si aquellas flechas con las que lo habían matado eran tuyas. No lo eran. Y entonces supe que algo raro estaba ocurriendo y, quien quiera que esté detrás de ese asesinato que quieren achacarte, aún no ha terminado. —Al fin, Natasha levantó la cabeza. Los ojos de Clint estaban fijos en ella y la boca era una dura línea en su pétreo rostro. Tomó aire antes de volver a hablar—. Te creo, Clint. Estoy enfadada, sí, pero no es contigo sino conmigo misma. Y estoy preocupada. Porque es preocupación lo que ves ahora en mi rostro, no otra cosa. Confío en ti. Pase lo que pase, confío en ti.

Ante sus ojos, las facciones de su compañero se relajaron. Natasha le sonrió y los labios de Clint se curvaron en otra similar como respuesta antes de volver a hablar.

—Entonces, ¿podrías besarme?

En el rostro de Natasha afloró una nueva sonrisa, una genuina y que le nacía del acelerado corazón que martilleaba detrás de sus costillas. Los ojos de Clint no cesaban de mirarla, y ella no quiso romper aquel lazo entre ambos. Alzó una mano que, lentamente, viajó hasta la mejilla de su compañero, áspera por la barba de días sin afeitar. Pero no le importó; lo acarició con toda la delicadeza de la que era capaz. Vio cómo Clint cerraba los ojos y se apoyaba sobre su mano, buscando su pleno contacto. Sin esperar un segundo más, sus labios salieron al encuentro de los de Clint.

No tenía ni idea de cuánto lo había echado de menos hasta que su boca rozó la de él. Durante aquellos días de desasosiego, en los que no sabía qué pensar o creer, había echado de menos a Clint a su lado, apoyándola y diciéndole que todo iba a salir bien, y siendo aquella persona que solía ver siempre el vaso medio lleno y que se reía hasta de su propia sombra. Pero sólo en ese momento, cuando encontró sus labios, aquella sensación se revelaba en toda su extensión, dejándola sin aire en los pulmones y con el corazón latiéndole alocado dentro del pecho.

El roce se convirtió en un beso auténtico apenas unos segundos después. Clint le respondió de inmediato, ahogando un gruñido que le nació de la garganta y que estremeció a Natasha, provocando que un escalofrío recorriera su espina dorsal de arriba abajo. Se agarró con más fuerza a las manos de Clint y pegó su cuerpo al de él, ahondando el beso.

Clint se acercó más a ella, si aquello fuese físicamente posible. Ni una brizna de aire cabía entre ellos. Él se soltó de sus manos y la abrazó con fuerza, pegándola a su cuerpo. Natasha pasó sus brazos alrededor de la cintura masculina y lo imitó, apretándolo contra ella. Necesitaba sentirlo cerca y saber que nada había cambiado; que seguía siendo Clint. Nada de HYDRA, nada de asesinatos sin sentido, su mismo Clint de siempre.

El beso se fue haciendo más exigente. Bocas que apresaban y dientes que arañaban. Lenguas que salían al encuentro una de la otra, y ambas respiraciones cada vez más hondas y pesadas. Clint abandonó sus labios dejando un reguero de besos por su mandíbula hasta detenerse en el hueco de su cuello, donde el pulso del latido de la sangre corriendo por sus venas debía ser casi visible.

—Natasha —le susurró al oído. Y ella sintió que sus rodillas flaqueaban.

Se sostuvo con más fuerza del cuerpo de Clint, apretando sus manos contra su espalda. Bajo las palmas sintió los músculos tensarse y se tomó su tiempo para pasearlas sobre el tejido de la camiseta, notando el calor que emanaba del cuerpo de Clint. Cuando aquella interminable caricia se hizo insuficiente, buscó el extremo de la camiseta e introdujo las manos bajo el cálido algodón. La piel de la espalda se erizó bajo su contacto. Clint levantó la cabeza, cerró los ojos y suspiró profundamente. Aquello arrancó una sonrisa, amplia y satisfecha, de los labios de Nat. Con deleite, paseó sus manos por toda la extensión de la espalda, arriba y abajo, del centro a los costados. Clint volvió a besarla en el cuello y, como queriendo copiar sus movimientos, introdujo sus manos bajo la camiseta que le había servido de pijama y la acarició. Por un momento, Natasha olvidó dónde estaban o por qué estaban allí. Olvidó que alguien había querido manchar el nombre de Clint, endosándole aquel asesinato. Parecía haberlo olvidado todo pero, al parecer, su cuerpo no había olvidado cómo reaccionar a sus caricias.

Pronto, aquellas caricias y aquellos besos fueron insuficientes. Las manos de Natasha paseaban por la espalda de Clint, posesivas y exigentes, desde los omóplatos hasta los glúteos, y sus cortas uñas dibujaban líneas que provocaban gemidos de placer en él. Clint por su parte, imitaba punto por punto todo lo que Natasha le estaba provocando. Hizo que sus anchas y poderosas manos viajaran por su espalda, cerrándose sobre sus nalgas y acercándola a él.

Separándose sólo lo justo para poder maniobrar, Natasha se deshizo de su camiseta. No quería nada entre ambos, ni tan siquiera aquel fino tejido. Sintió la mirada de Clint clavada en ella y en su piel pero observó cómo, de repente, su expresión cambiaba por completo, tornándose seria, cuando vio el apósito que cubría parcialmente su hombro izquierdo. Ella giró la cabeza hacia la ahora pequeña herida.

—¿Te han herido? —le preguntó buscando sus ojos. Ella se encogió de hombros y le sonrió.

—Recuerdo del amigo de Steve.

—Que acaba de pasar a ser mi enemigo si te hirió —añadió él a renglón seguido.

Natasha clavó sus ojos en los labios de Clint.

—No tengo ganas de hablar de él. No ahora.

Buscó de nuevo la boca de él. Su compañero correspondió su beso de inmediato, con más ahínco si aquello era posible.

La camiseta de Clint le estorbaba. Paseó las palmas de sus manos por sus costados para buscar el bajo de la prenda de algodón y tiró hacia arriba. Cuando él intentó deshacerse de ella, sus movimientos algo torpes y la mueca de dolor en el rostro de él le recordaron que Clint había sufrido una herida en su brazo, o eso era lo que le había referido el muchacho de la granja que encontrara en el camino. Se separó de él con preocupación dibujada en su rostro.

—Clint, tu brazo. Sé que te hiciste daño. No quiero que vuelvas a hacértelo.

Él buscó de nuevo sus labios.

—Si tengo que elegir entre mi brazo y tú, creo que mi brazo sale perdiendo. Tengo muy claro sin lo que no podría seguir viviendo —susurró contra ellos.

La respiración de Natasha se hizo más pesada. Un segundo después, lo ayudaba a quitarse la prenda, dejándolo con el torso desnudo, y sólo con la ropa interior.

Un enorme hematoma, que ya había comenzado a volverse amarillento por los bordes, le cubría la totalidad del hombro izquierdo. Natasha pasó las yemas de sus dedos por él, despacio, deseando que con aquel gesto fuese capaz de proporcionarle algún alivio.

—¿Te duele? —le preguntó. Levantó la mirada para encontrar los ojos de Clint fijos en ella.

—No.

Natasha levantó una ceja.

—Te lo he dicho: mientes muy mal.

Los labios de Clint se curvaron con una mueca que asemejó a una sonrisa contenida.

—No, no duele. Al menos, ahora no me duele.

Fue todo lo que necesitó Natasha para volver a asaltar sus labios unos instantes después. Encerró la cabeza de Clint entre sus manos y ladeó la suya para tener pleno acceso a su boca.

Ya no eran besos medidos; tan pronto como los labios de Natasha tomaron los de Clint, todo el deseo contenido afloró. La habitación se llenó de gemidos y susurros que Natasha no sabía bien a cuál de ellos dos pertenecía. Con soltura se deshizo de la última prenda de ropa que llevaba puesta, e hizo lo mismo con la de Clint. Sin que sus labios abandonaran los de él, lo guió hasta la habitación, sin importarle si chocaba con el marco de la puerta o con el borde del sofá.

No supo en qué momento llegaron a la cama, sólo que unos segundos después ambos estaban tendidos en ella, uno en los brazos del otro, piernas entrelazadas y sin dejar de besarse ni por un instante. Con todo el cuidado del que era capaz, ayudó a Clint a tumbarse sobre su espalda. Los ojos de él no la abandonaban en ningún momento. Se miró en ellos. Siempre le ofrecían la mejor versión de sí misma, la que la hacía sentirse la persona más especial del mundo. O tal vez era porque él la veía así y eso la hacía sentirse feliz. Volvió a atrapar sus labios con un beso que lo reclamaba del todo, pero que también se ofrecía por completo. Sólo había transcurrido un instante cuando ya estaba sentada a horcajadas sobre las caderas de él. No necesitaba esperar más; ninguno de los dos lo quería. Como quien conoce el cuerpo del otro tan bien como el suyo propio, tomó el miembro de Clint con una mano y, descendiendo sobre él con frenesí, lo tuvo dentro de ella de inmediato.

El tiempo se detuvo en aquellos instantes. Un gemido de placer se quedó suspendido en el fondo de su garganta. Echó la cabeza hacia atrás, enderezándose y siendo plenamente consciente de la intromisión del cuerpo de Clint dentro del suyo. No había otra sensación mejor en todo el mundo.

Las manos de Clint viajaban por su vientre y sus caderas, erráticas, provocándole escalofríos que recorrían su espina dorsal a la velocidad de la luz. Ascendían para atrapar sus pechos, pellizcando con ternura los pezones erectos para, a continuación, bajar por sus costados hasta sus muslos. Cerró los párpados con fuerza y dejó que continuara. Aquellas eran manos hábiles, que sabían dónde tocaban y cómo hacerlo para conseguir que su cabeza diera vueltas. Impaciente, comenzó a moverse, arriba y abajo, despacio primero, haciendo que saliera de su cuerpo lentamente para volver a introducirlo en ella con el siguiente movimiento e ir incrementando el ritmo poco a poco. Natasha abrió los ojos para mirar a Clint. Él no apartaba la vista de ella, con la mirada oscurecida por el deseo. Le sonrió y él le correspondió. Natasha aceleró el movimiento y Clint, con un brusco movimiento y un sonido gutural procedente de su garganta, echó la cabeza hacia atrás.

—¡Tasha! No…

Ella atacó su boca, tragándose la negativa que acababa de salir de sus labios.

—¿No qué, Clint? —murmuró contra la boca masculina.

Él no fue capaz de decir nada coherente. Si lo que había pretendido con aquella exclamación era que se detuviera o que se condujera con más lentitud, estaba muy equivocado. Sólo consiguió así que ella acelerara el vaivén de sus caderas, apoyándose a ambos lados de la cabeza de él. Plantando firmemente los dos pies sobre el colchón, Clint empujó sus caderas hacia arriba, hundiéndose más si cabía dentro del cuerpo de Nat, con todo el arrebato del que era capaz. Un segundo después, Clint se corría en su interior entre estremecimientos que aceleraron su propia liberación. Un poderoso orgasmo hizo que Natasha lo siguiera de inmediato, mientras apretaba la almohada entre sus manos y se dejaba llevar por él.

Se desplomó sobre el pecho de Clint, exhausta y satisfecha, teniendo cuidado de no hacerlo sobre el hombro herido. Clint la besó en la sien con la respiración entrecortada. Natasha no podía evitar sonreír. Lo abrazó con más fuerza y colocó la cabeza en el hueco de su cuello.

—¿Te hago daño? —preguntó, tomando aire para normalizar su respiración—. Si quieres puedo levantarme.

Antes de que contestara, el brazo derecho de Clint se ciñó con más fuerza a su cintura.

—Estás bien ahí. No quiero que te muevas.

No iba a ser ella quien le llevara la contraria. Se acomodó sobre el cuerpo de él y cerró los ojos.

Natasha no quería que aquel abrazo finalizara pero estaba comenzando a sentir cómo la película de sudor que cubría su espalda se estaba enfriando. A desgana, rodó hacia el lado derecho, se incorporó lo justo para alcanzar la sábana, arrollada a los pies de ambos, y los cubrió con ella. El brazo derecho de Clint le sirvió de almohada cuando volvió a tenderse. Natasha lo abrazó por la cintura y se pegó a él tanto como pudo, enlazando una pierna con la de él.

Permanecieron un rato en aquella postura. De vez en cuando, Clint depositaba un beso fugaz en su sien y ella cerraba los ojos mientras sonreía. Pensó en que deberían dormir y descansar pero su cuerpo aún estaba cargado de las endorfinas que habían liberado y le estaba costando conciliar el ansiado sueño. Sin ganas de insistir en ello, levantó un poco la cabeza y miró a Clint. Él tampoco dormía; mantenía la mirada fija en el techo, con el semblante serio pero de distinta manera a cuando lo había encontrado aquella misma tarde.

—¿No puedes dormir?

Clint negó con la cabeza antes de contestar.

—No. Demasiadas emociones seguidas — le dijo, y le sonrió mirándola de reojo.

Ella le respondió con una sonrisa. Se giró sobre el costado y se incorporó, apoyando el codo sobre la almohada y descansado la cabeza sobre la palma de su mano.

Sus miradas se entrelazaron como minutos antes lo habían hecho sus cuerpos. Ella le ofreció una lánguida sonrisa que él correspondió de inmediato.

Despacio, Clint acarició su cuello, deteniéndose en el colgante de plata en forma de flecha que ella llevaba.

—Aún lo llevas puesto.

Natasha alzó una ceja, inquisitiva.

—¿Esperabas que me lo hubiese quitado? —preguntó Natasha mientras acariciaba la pequeña pieza de joyería, que él le había regalado un tiempo atrás, y que pendía de su cuello. La notó tibia y suave al tacto cuando la atrapó entre las yemas de sus dedos.

Clint tomó aire.

—¿Después de nuestra conversación por Skype? Sí.

La expresión de Clint era seria; había apretado la mandíbula y una profunda arruga apareció en su mente, partiéndola por la mitad. Nat bajó la mirada.

—Dime una cosa; de haber sido al contrario, de estar yo en tu lugar y que tú llevases colgado al cuello algo mío, ¿te lo hubieras quitado? ¿Antes de comprobar nada?

Clint giró la cabeza hacia la pared de su izquierda y respiró hondo.

—No, no lo hubiera hecho.

Despacio, Natasha le acarició la áspera mejilla a causa de la barba incipiente. Clint volvió la cabeza de nuevo hacia ella.

—Entonces no esperes que yo lo hiciese.

La respuesta de él fue un ligero beso que le supo a poco. Se separaron en silencio y Natasha lo observó durante unos breves segundos.

—¿Qué fue lo que pasó? —le preguntó. No sabía si él tendría ganas de comenzar a contarle todo lo que le había ocurrido y que ella estaba deseando saber. Porque necesitaba llenar todos aquellos huecos que tenía en su mente.

Clint suspiró largamente. Se pasó la lengua por los labios antes de comenzar.

—Estaba en la misión que me encomendaron, cerca de la frontera de Polonia con Lituania. Era la última parada y ya casi había terminado. Estaba recogiendo mis cosas para regresar a casa cuando llegaron unos tipos y se presentaron como agentes de SHIELD. Ya sabes cómo pueden ser algunos de esos tipos que tenemos en las oficinas, que parecen que tienen palos metidos por el culo y la cara de estar chupando un limón. Me extrañó, claro, porque no conocía a ninguno de ellos, pero dijeron que venían de parte del director Fury y parecían conocer el procedimiento y los detalles de mi misión, así que cometí el error de bajar la guardia y confiar en ellos—. Clint levantó el brazo izquierdo con cuidado para pasarse la mano por el rostro—. No sé, Nat, puede que me esté haciendo mayor.

La ceja de Natasha le llegó casi al nacimiento del pelo.

—He escuchado muchas tonterías últimamente. Esta gana por goleada. Continúa —lo instó. Clint dejó de mirarla de reojo y se pasó la lengua de nuevo por los labios.

—Lograron dejarme inconsciente antes de abandonar el lugar en el que estábamos. Lo siguiente que recuerdo es despertarme en una especie de búnker, atado de pies y manos, y con alguien al otro lado de una lámpara. Te prometo que parecía sacado de una peli James Bond. De las malas.

Clint la miró de reojo y le sonrió. Ella volvió la mirada hacia el techo, poniendo los ojos en blanco.

—Ni esto te puedes tomar en serio, Clint.

Aquel resto de sonrisa que había permanecido en el rostro de Clint desapareció por completo en los instantes siguientes. Sus facciones se ensombrecieron ante su mirada. Giró la cabeza y fijó la vista en ella

—Es mi manera de quitarle hierro al asunto, Nat. Deberías saberlo —le contestó con seriedad.

Despacio, Natasha llevó una mano hasta su mejilla y la acarició con ternura.

—Lo sé.

Él cerró los ojos y se apoyó en ella. Clint podía ser algo payaso en ocasiones, ser esa persona a quien le gustaba gastarles bromas a los demás y no tomarse en serio nada que no fuera estrictamente necesario. Pero ella lo conocía bien y sabía cuándo esas frases jocosas y socarronas eran sólo apariencia, que pretendían esconder mucho más detrás de lo que él quería mostrar a las demás personas. Pero ella no era ninguna de esas personas; era su compañera en todos los sentidos en los que se pudiera aplicar y no podía engañarla.

—¿Qué más ocurrió? —quiso saber Natasha. Clint volvió a exhalar el aire de sus pulmones de manera ruidosa antes de continuar.

—Me dijeron que debía hablar contigo y convencerte de que había cambiado de bando. Que ya no estaba con SHIELD, sino con HYDRA.

Escucharlo de boca de Clint no le resultó tan doloroso en esa ocasión, pero sintió un fuerte pellizco en su estómago al recordar los dos días en los que esa idea había vagado por su mente sin control. Apretó los dientes.

—Gilipollas —masculló, sintiendo hervir la sangre en sus venas—. ¿No les escupiste a la cara?

Clint le sonrió de manera sesgada.

—Lo hice. No les gustó.

La mirada de Natasha vagó desde el rostro de Clint hacia sus hombros desnudos. El hematoma que había visto con anterioridad tomaba otra dimensión. Con todo el cuidado del que era capaz, paseó las yemas de los dedos por aquella porción de piel. Sentía el calor bajo sus dedos. Dibujó el contorno de la herida hasta su clavícula. Era extensa y pensó que, cuando se lo hicieron, debió haberle dolido como todos los infiernos. La cólera que sentía en su interior no hizo más que crecer.

—Ellos te hicieron eso —dijo entre dientes y sin mirarlo a la cara, porque no quería que él supiera lo mucho que le afectaba ver aquello.

Clint tomó la mano de Nat entre la suya. Natasha levantó la mirada y la clavó en los ojos de Clint, fijos en ella. El azul de sus pupilas apenas era distinguible en la penumbra de la habitación, pero no por ello sus ojos dejaban de ser tan expresivos como siempre.

—Te amenazaron, Nat. Querían separarnos, esa era su intención —le dijo, con la mandíbula apretada y en voz tan baja que le costó un segundo comprender que había dicho—. Amenazaron con matarte si no cooperaba y te convencía de que estaba con ellos.

Ella retiró la mano del hombro de Clint y se enderezó sobre su codo, poniendo algo más de distancia entre ambos.

—Sabes que soy muy capaz de cuidarme sola.

Clint levantó la cabeza hacia el techo y tragó saliva.

—No conozco a nadie, hombre o mujer, que pueda cuidar de sí mismo mejor que tú —le contestó. Regresó la mirada de nuevo hacia ella; aquella seriedad de unos segundos atrás había desaparecido, dando paso a una nueva e incipiente sonrisa que le arrancó una idéntica. Clint continuó—: Creo que me pudo mi síndrome de macho alfa, Nat. No puedes juzgarme por querer cuidar de ti. Al menos, un poco.

Natasha se dejó caer de nuevo sobre la almohada y sobre el brazo extendido de Clint. Se acercó hasta él y se acurrucó a su lado.

—No te juzgo, Clint. Ahora mismo me debato entre dejarte sin aliento con un beso o hacerlo de una patada en el pecho.

Él apoyó los labios contra su cabeza y ella sintió el calor de su aliento al hablar.

—Si me preguntas, prefiero la primera opción.

Natasha sonrió abiertamente aunque él no podía verla.

—Ya lo suponía.

Despacio, Natasha se inclinó sobre Clint y buscó sus labios. Aquel nuevo beso nada tenía que ver con los que ambos habían compartido hacía apenas unos minutos. La urgencia y el hambre habían sido reemplazados por algo que calentó del mismo modo el pecho de Natasha. Sus manos se ciñeron a los costados de Clint y continuó besándolo, con languidez. Unos instantes después, un tiempo que le pareció demasiado corto, Clint se separó de ella y la miró directamente a los ojos.

—Tasha…

Un dedo admonitorio de Natasha delante de la nariz de Clint lo detuvo de finalizar la frase, que terminó muriendo en los labios masculinos antes de ser pronunciada. Era lo malo de conocer a alguien tan bien, pensó Natasha, pues sabías qué era lo que esa persona iba a decir antes de que terminara la frase. Aunque cabía la posibilidad, claro estaba, de que se hubiera equivocado.

—Como me des las gracias, además de ese brazo, vas a tener que sumar a tus molestias el dolor en el estómago por el puñetazo que podría llegar a darte.

La expresión de sorpresa del rostro de Clint le dijo que, en efecto, no se había equivocado. Una sonrisa de medio lado vino a sustituirla después de unos instantes.

—Bueno es saberlo.

Natasha no pudo evitar corresponderle con una sonrisa idéntica, que la hizo morderse el interior de su mejilla y componer un gesto de inocencia que, desde luego, no poseía.

—No creas que soy una santa y que no quiero que me restituyas el favor ni me lo pagues. Me lo cobraré, antes o después —le dijo con cierto tono de sorna en su voz.

Clint depositó en sus labios un beso fugaz.

—Y yo estaré encantado de saldar mi deuda.

Rebuscando en su mente, Natasha sólo podía catalogar aquel sentimiento que sintió anidar en el pecho como felicidad. O, al menos, lo más cercano que ella había podido establecer como esa sensación. Se acurrucó de nuevo junto a Clint y, pasando su brazo sobre la cintura de él, lo pegó todo lo que pudo a su cuerpo, escondiendo su rostro en el hueco de su cuello.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó, acariciándole el brazo dañado, desde la muñeca hasta el hombro y repitiendo el proceso una y otra vez.

—Mejor. Gracias.

Ella alzó inmediatamente la cabeza y enarcó una ceja.

—Lo dijiste.

Clint se encogió de hombros, disimulando una sonrisa que se moría por soltar.

—En el orfanato me enseñaron a ser agradecido.

Una vez más, Natasha volvió a acurrucarse junto a él; estaba comenzando a sentirse cansada de todo el día y una conocida languidez se estaba adueñando de sus miembros y de sus párpados. Luchando contra el sueño, acarició el cuello de Clint con la punta de su nariz.

—¿Algún día me contarás cómo era?

Clint tardó en contestar unos segundos; cuando lo hizo, su voz era un poco más pastosa que minutos atrás.

—¿El qué?

Ella esbozó una sonrisa que abandonó su rostro un segundo después.

—Tu vida en el orfanato.

De nuevo, Clint no contestó inmediatamente y Natasha supuso que se había quedado dormido. En cambio, él le respondió despierto solo a medias, arrastrando las palabras al hacerlo.

—Algún día, sí. Uno en que no tenga tanto sueño.

Con suavidad, Clint apoyó la mejilla sobre la cabeza de Natasha y ella notó cómo su cuerpo se relajaba por completo. La respiración cambió sustancialmente cuando él se quedó dormido al fin. Natasha esbozó una sonrisa lánguida. Cerró los ojos y se arrebujó contra el cuerpo cálido de Clint, dejando que el suyo descansara también.

Tony se sentía una fiera enjaulada mientras paseaba de un lado a otro por el salón de su apartamento en la Torre Vengadores. Si continuaba de aquella manera, terminaría por gastar la cara moqueta con la que habían alfombrado el suelo.

Miró de soslayo la botella de coñac a medio vaciar. Dio un paso en su dirección, pero recapacitó a medio camino. Acabar con aquel licor no iba a solucionar nada, pensó haciendo una mueca cargada de frustración. Ni tampoco iba a traer a Natasha de regreso con noticias, con alguna noticia, las que fueran.

Se pasó la mano por el rostro. No era su estilo quedarse en la retaguardia; él era de los que toman la iniciativa, de los que golpean primero y preguntan después, consideró sintiéndose algo enfadado consigo mismo. Ése había sido su lema en su vida hasta ese momento y le estaba costando Dios y ayuda hacer aquel ejercicio de contención y no tomar parte activa en la búsqueda de Barton.

Había dejado ir a Natasha sola a China a regañadientes. Confiaba plenamente en ella y en sus capacidades. En realidad, no podía haber otra persona en la que confiara más para encomendarle aquel tipo de misión. Igualmente, si en lugar de Barton hubieran desaparecido Banner o Steve, le habría confiado a ella ir en busca de cualquiera de los dos, para qué engañarse. Pero se trataba de Barton y eso, por sí mismo, tomaba otro cariz.

Habían sabido que aquella relación entre los maestros asesinos iba más allá de lo puramente profesional antes de que ocurriese algo entre ellos. Desde el momento en que los caminos de todos los miembros de la Iniciativa Vengadores se cruzaron a causa del incidente con Loki en Nueva York. Después había llegado aquella misión en Panamá, que casi le cuesta la vida a Romanoff. No recordaba haber visto tan preocupado y abatido a Clint como el día en que llegaron de aquella misión con la espía gravemente herida y casi al borde de la muerte. Desde entonces, por si no lo eran ya, los dos espías se habían vuelto inseparables y no había que ser muy listos para darse cuenta de qué pasaba entre ellos.

Después de que Loki hubiera reducido a ruinas una buena parte de la Torre, y tras reconstruirla, Tony les había cedido a todos sus compañeros el uso de los apartamentos que había hecho construir para ellos. Sabía que el de Natasha no había sido usado en todo aquel tiempo. Cuando Barton estaba en alguna misión sin ella, Natasha solía alojarse en el apartamento que aún conservaba en el centro de la ciudad, y cuando Barton regresaba, ella lo hacía también, alojándose en el del arquero. Nunca nadie dijo nada, porque no era asunto de nadie más excepto de ellos dos. Por todo aquello, Tony podía entender a la perfección la desesperación de Natasha con todo aquel asunto.

Nunca había sido muy dado a ponerse en la piel de los demás. Recordaba a la perfección las palabras de la agente Romanoff, aquellas que utilizara en la evaluación a la que le sometió cuando Fury lo consideró para unirse a la Iniciativa Vengadores. "Narcisista. No trabaja bien con los demás. Conducta compulsiva". Había estado en lo cierto en aquel momento de su vida pero, desde que trabajaba con aquel equipo de personas a las que había llegado a considerar sus amigos, la cosa había cambiado sustancialmente. Aquellas personas, aunque él quisiese hacerse el duro y negarlo, se habían convertido en sus amigos, en su familia casi. Se ayudaban y se protegían, y si alguien quería hacerle daño a alguno de ellos, era como si quisiese hacérselo al resto. Eran un equipo.

Pero la desazón que sentía Tony tenía un rasgo más en común con la que viera en Natasha antes de marcharse. La imagen de Pepper acudía una y otra vez a su mente, mirándole con aquella preciosa sonrisa suya prendida en el rostro, que le hacía olvidar por un momento en qué lío se había metido o lo que había estado tramando encerrado en su laboratorio. Pepper, a la que abiertamente le había confesado que sería incapaz de vivir sin ella. Así que sí, entendía la preocupación de Natasha mejor de lo que la espía podría llegar a creer nunca porque, si en lugar de ser Natasha y Clint, hubiesen sido Pepper y él, no habría lugar en la tierra que él no pusiera patas arriba para recuperarla.

Tony se detuvo en su deambular frenético de improviso. Miró hacia ambos lados y giró en redondo.

—¡Jarvis!

La inteligencia artificial no tardó en contestar.

—¿Sí, señor Stark?

—Póngame con la señorita Potts.

—La señorita Potts está…

Tony puso los ojos en blanco.

—Sé dónde está la señorita Potts, Jarvis. Sólo quiero hablar con ella.

—Iba a decirle que, según su agenda y dada la hora local de Los Ángeles, la señorita Potts se encuentra en estos momentos en una reunión —contestó la inteligencia artificial con perfecta dicción y sin ningún atisbo de recriminación.

Tony exhaló aire ruidosamente. Sacó del bolsillo su teléfono móvil y pulsó la pantalla con ahínco.

—Está visto que si quieres algo bien hecho, lo tiene que hacer uno mismo. O que se haga inmediatamente —masculló en voz alta, para que su asistente virtual lo escuchara. Pulsó de nuevo la pantalla y miró a su alrededor con enfado, apuntando con su dedo índice al aire—. Te puedo convertir en una yogurtera cuando quiera, Jarvis.

—Sí, señor Stark —se apresuró a contestar Jarvis condescendiente.

Dejó que el teléfono sonara. Cuando ya estaba a punto de darse por vencido, oyó la voz de Pepper al otro lado de la línea.

—¡Tony! ¡Le envié a Jarvis mi agenda para que supieras cuándo podías llamarme y cuándo no! — contestó la mujer, con la voz contenida.

Una sonrisa involuntaria afloró a los labios de Tony.

—Hola.

Era como si la estuviera viendo, pensó. Pepper habría mirado la pantalla del teléfono con ojos desorbitados y ligeramente enfadada.

—¡Tony! ¡Estoy trabajando! ¿Y tú llamas para decirme "hola"? —respondió ella.

Asintió, sabiendo que ella no podía verle.

—Así es.

Tony escuchó un ligero murmullo al otro lado. Un segundo después, de nuevo la voz de Pepper.

—¿Qué ocurre, Tony? Tú no eres de los que llaman para eso.

"¡Mierda, había olvidado lo perspicaz que puede ser esta mujer!", pensó mientras sus labios se torcían en una forzada mueca.

—Eh… nada, ¿por qué lo preguntas? Sólo quería decirte hola y que te echaba de menos.

—No me engañas, Tony. ¿Qué ha ocurrido?

Antes de que él pudiese intervenir, la voz de Pepper lo interrumpió.

—He visto las noticias. He visto lo que le ha ocurrido al senador Granters y las especulaciones sobre que haya sido Barton. ¿Ha sido él, Tony?

Tony sólo pudo parpadear una y otra vez. Buscó el sofá, se sentó en él sintiéndose terriblemente cansado de repente. Se pasó la mano por la cara para intentar alejar aquella sensación.

—No, no ha sido él. O eso creemos.

—¿Y Natasha? ¿Cómo está ella? ¿Sabe algo?

¡Dios, aquella mujer era una pregunta andante!, pensó en silencio, retirando el móvil de su rostro y mirando la pantalla con la foto de contacto de Pepper. Regresó el aparato a su oído y se acomodó en el asiento.

—Natasha… ella está bien. Está intentando averiguar por qué ha pasado todo esto y dónde está Barton.

—¿Cómo que dónde está Barton? ¿Ha desaparecido?

Antes de que pudiese contestarle, la televisión emergió sobre el aparador.

—Señor Stark, debería escuchar las noticias…

Tony dejó el móvil por unos momentos a su lado, aunque podía seguir oyendo de fondo la voz de Pepper llamándolo insistentemente. Volvió a tomar el móvil sin apartar la vista de la pantalla de la televisión.

—Cariño, volveré a llamarte, no te preocupes. Cuídate.

—¡Pero no me… —escuchó decir a la voz de la mujer a la que amaba, antes de cortar la llamada, y dejar definitivamente el teléfono olvidado sobre la mesa de café que tenía delante de él.

En la pantalla, una mujer joven, muy maquillada, ofrecía las noticias en la cadena CNN. En la esquina derecha de la televisión, en un pequeño recuadro, unas imágenes en blanco y negro grabadas por lo que debía ser una cámara de seguridad.

—…el forense se personó en el domicilio lo antes posible, pero sólo pudo certificar el muerte del congresista Harper —dijo la mujer modulando la voz, y sin mover ningún otro músculo facial que los estrictamente necesarios—. La imágenes que les ofrecemos en exclusiva han sido obtenidas por las cámaras de seguridad del domicilio del congresista y autorizadas por el FBI, que se ha hecho cargo de la investigación, dado que es la segunda muerte de estas características que se produce en pocos días. En ella pueden observar a una mujer, vestida con un atuendo negro, que entra a hurtadillas en el domicilio del congresista por una de las ventanas del piso bajo, y sale pocos minutos después a toda prisa.

Tony se refregó los ojos con dos dedos. Quería asegurarse de que veía bien y que sus ojos no le estaban engañando. Repitieron las imágenes una y otra vez. Eran apenas una fracción de quince segundos mostrada en bucle. O mucho se equivocaba o aquella mujer que había entrado en el domicilio del senador asesinando no era otra que Natasha Romanoff.

—¡Apágalo!—dijo en voz alta para que pudiese escucharlo Jarvis—. ¡Apágalo!

Un segundo después, la enorme pantalla se volvió totalmente negra.

Era imposible. Si sus ojos no lo habían engañado, aquella mujer vestida de negro no era otra más que la Viuda. Su desenvoltura, la agilidad que mostraba en las escasas imágenes que había visto… incluso su pelo parecía ser rojo, aunque eso no podía garantizarlo. Pero sí tenía su mismo corte y longitud. Era totalmente imposible; él sabía que Natasha había tomado un avión hacía casi dos días hacia China y allí debía de estar en aquellos precisos momentos, buscando a Barton.

Se puso en pie de un salto.

—¡Ponme con la agente Romanoff, Jarvis! ¡Enseguida!

Natasha abrió un ojo en la oscuridad de la habitación y se esforzó en escuchar. Apenas había sido un roce pero fue suficiente para hacerle levantar la cabeza de la almohada y que sacudiera mentalmente el sueño en el que se había sumido las cuatro últimas horas.

Todo estaba a oscuras, a excepción de la poca luz que entraba por la ventana de la habitación. La luna estaba en su cuarto menguante y apenas había farolas en la calle en la que se encontraba el hotelucho donde se habían hospedado. Con todos sus sentidos alertas, se acodó sobre la almohada y esperó. Junto a ella, Clint dormía ajeno aún a su desvelo, con la cabeza ladeada hacia el lado izquierdo, pero con su mano derecha escondida bajo el cuerpo de Natasha, como si así quisiese asegurarse de que ella estaba aún junto a él. Si por ella fuera, no iría a ningún sitio en las próximas horas, o tal vez días. Se quedaría con él en aquella escueta habitación hasta que el hambre los hiciese salir a buscar algo de comida. Pero su sexto sentido, ése que había cultivado siendo una espía para la Habitación Roja y la KGB, se había disparado y la estaba avisando de que algo no iba bien.

Un segundo después ahí estaba otra vez. Un suave sonido, como si alguien estuviese tratando de subir por las escaleras de manera cuidadosa y se hubiese rozado contra la pared. No iba a quedarse allí a escuchar un tercer sonido. Otro segundo más tarde, Natasha había dejado la cama con un ágil movimiento. Clint se despertó de inmediato al no sentir el cálido cuerpo de Natasha junto a él.

—¿Qué ocurre? —preguntó inquieto, a medias entre la modorra y el comienzo de estar en alerta.

—Levántate —le urgió con parquedad—. Creo que nos han encontrado.