Natasha y Clint saltaron de la cama casi al unísono, cada uno por su lado, como si se tratara de un movimiento ensayado mil veces a lo largo del tiempo. Clint se pasó la camiseta por la cabeza de un tirón, sin considerar las consecuencias de tal acción en su brazo. Aguantó como pudo el pinchazo que le atravesó pero, si tenía que ser justo, había esperado que fuese a dolerle más con aquel movimiento tan poco medido. Afortunadamente, pensó con cierta alegría, el brazo estaba sanando.
Natasha se había vestido totalmente y estaba abrochándose sus botas con celeridad cuando un nuevo sonido, más cercano, los hizo detenerse. Se buscaron la mirada en la penumbra de la habitación en un acto reflejo.
—Están aquí —le dijo Natasha. Clint no supo bien si la había oído o sólo había leído sus labios.
Sin perder un segundo, Clint asintió. Natasha agarró su chaqueta de la silla que había en la habitación y sacó de ella las dos glocks. Le tendió una sin apenas mirarlo y él la tomó.
—¿Qué hacemos: los esperamos y nos enfrentamos a ellos o…?
—Mejor nos vamos—. Natasha finalizó la frase, diciendo justamente lo que él había pensado.
Ambos miraron a su alrededor. Entrar en una contienda en aquella habitación, tan cerrada y con tan poco espacio para moverse con libertad, no sería nada inteligente, a pesar de que tenían el elemento sorpresa a su favor. Los atacantes no tenían manera de saber que habían sido descubiertos y que ellos estaban esperándolos. Había poco espacio para iniciar una lucha cuerpo a cuerpo, y Clint suponía que los secuaces de HYDRA irían bien pertrechados. Además, debían evitar los daños colaterales a toda costa. Sabía que debían alejarse de allí tan pronto como pudieran.
Salieron al salón. Allí pudieron oír con más claridad unos pasos lentos y cuidadosos, acercándose hasta el otro lado de la puerta y deteniéndose tras ella. Natasha miró a su alrededor, con unas de sus pistolas alzada y amartillada delante de su rostro por si debía usarla. Parándose a pocos pasos de ella, al otro lado de la mesa baja,
Clint la imitó. Aquella habitación no tenía otra salida que no fuese aquella puerta que daba al pasillo. A no ser…
Como si se hubieran leído la mente, ambos se miraron en ese preciso momento y señalaron con sus cabezas en dirección a la ventana, que conformaba la única vía de escape que no estaba comprometida.
Sin dilación, ambos se dirigieron hacia ella, cubriendo la distancia con un par de pasos. Natasha la abrió de par en par. La brisa de la madrugada les dio de lleno en el rostro. Afortunadamente, el tiempo ya era cálido para aquella época del año en aquel país, y aunque había bajado bastantes grados con respecto a la temperatura diurna, no hacía frío. Con agilidad, Natasha trepó al alféizar de la ventana. Era lo suficientemente ancha como para que los dos pudiesen estar encaramados en ella, así que le tendió la mano y él subió, acuclillándose a su lado.
Clint miró hacia abajo. El salto no era demasiado grande. La habitación se encontraba en un primer piso. No era una gran altura para ninguno de los dos, pero tenía que tener en cuenta que no se encontraba en óptimas condiciones. Un golpe sordo en la puerta los hizo mirar hacia el interior de la habitación a la vez.
En el vano de la puerta, un hombre fornido, con gorra, uniforme oscuro y el escudo de HYDRA en la solapa de la chaqueta barrió la habitación con la mirada nada más abrirla. Los vio al momento y alzó la pistola que llevaba en la mano. Natasha lo imitó con asombrosa rapidez y disparó antes de que él pudiese hacerlo. La bala impactó en el hombro, haciéndolo trastabillar hacia un lado y soltar una exclamación. En una fracción de segundo, Natasha miró a los ojos a Clint y lo agarró por el antebrazo.
—¿Preparado?
Si lo estaba o no, no era importante. Un instante después, ambos saltaron al vacío.
Una voltereta antes de que sus cuerpos tocaran el suelo disminuyó el impacto del aterrizaje. Afortunadamente, el tiempo y el entrenamiento al que ambos se habían sometido todos aquellos años en SHIELD bien les había servido para saber cómo debían caer desde unos pocos metros de altura. Aún en cuclillas, Natasha se giró hacia Clint.
—¿Cómo está tu brazo? —le preguntó.
Instintivamente, Clint se llevó la mano sana al hombro herido. El golpe le había hecho apretar los dientes, pero no ocurrió nada que fuese insoportable. Asintió con vigor.
—Aún sigue pegado a mi cuerpo.
Natasha le dedicó una media sonrisa que le alegró el momento.
—Entonces, vámonos.
Apenas se habían puesto en pie, una ráfaga de disparos salió por la ventana desde la que habían saltado. Agachándose y cubriéndose la cabeza, ambos corrieron para ponerse a cubierto tras una esquina cercana. La falta de luz en la calle se había convertido en su aliada. Oyeron voces procedentes de la que había sido su habitación.
—¿Dónde está el coche? —preguntó Clint sin perder de vista la ventana.
—En la calle que cruza a ésta. Tenemos que volver a pasar por ahí debajo para llegar hasta él —le respondió Natasha, agazapada a su lado mientras señalaba con la cabeza en dirección a la ventana.
Clint apretó la mandíbula. Sólo habían visto a un esbirro de HYDRA, pero eso no significaba que no hubiera algún otro. Más aún: estaba seguro de que habría más; aquella escoria nunca iba sola. Miró alternativamente a la ventana y al callejón en donde estaba la entrada al hotel. No podían esperar allí, agachados, hasta que los secuaces de HYDRA salieran del edificio. "Bueno, como poder, podemos hacerlo aquí también pero ¿para qué?", se dijo. Miró de reojo a Natasha y ella alzó una ceja en su gesto más característico
—Aquí no hacemos nada a menos, claro está, que quieras verte en una posible encerrona.
Sin pensárselo dos veces, Clint negó con la cabeza.
—Mejor nos marchamos, ¿no crees?
Como respuesta, Natasha se levantó y disparó en dirección a la ventana.
—¡Vámonos!
Su compañera no tuvo que decírselo dos veces; Clint se puso en pie y comenzó a correr tras los talones de Natasha.
Afortunadamente, la calle estaba desierta y no tuvieron que sortear ningún obstáculo para alcanzar el vehículo con el que Natasha había llegado hasta allí.
El coche estaba aparcado en una calle más ancha. Antes de que ambos estuviesen cerca, las luces de los faros y del interior del habitáculo se encendieron. No sabía si había sido su compañera desde la distancia o si el puñetero coche de Stark era tan listo como su dueño. Pero le daba igual, con tal de que los sacara de allí tan rápido como pudiera, cualquiera de las dos opciones le valían.
Sin preguntarlo, Natasha corrió hacia el lado del conductor y tomó asiento. Clint lo hizo a su lado. Aún no había terminado de abrocharse el cinturón de seguridad cuando Natasha pisó a fondo el pedal del acelerador y el coche, precedido por un sonido de chirriar de neumáticos, salió disparado. Con destreza, Natasha condujo por las calles de aquel pequeño pueblo hasta que logró salir de él unos minutos después a toda prisa.
Los potentes faros del todoterreno alumbraban el oscuro camino. Clint se sujetó al marco de la ventanilla con una mano y al salpicadero con la otra para evitar así darse algún golpe. El firme de la carretera no estaba en demasiadas buenas condiciones y, sin poder hacer nada por remediarlo, iba dando botes sobre el asiento del pasajero.
El cielo estaba comenzando a teñirse de un naranja vivo, anunciando así que el amanecer estaba cercano. Su vista iba alternativamente del parabrisas al espejo retrovisor, para comprobar una y otra vez si los agentes de HYDRA los habían seguido.
—¿Cuánto tiempo nos queda para llegar a Pekin? —le preguntó a su compañera.
Natasha hizo una mueca con los labios.
—No lo recuerdo. ¡Jarvis! —dijo en voz alta mientras mantenía la mirada fija en el tramo de calzada que tenía delante de sí.
Como si hubiese estado esperando la llamada, la voz del asistente virtual de Tony Stark le respondió al instante.
—Me alegra oírla de regreso, señora Romanoff —le dijo con la misma educación con la que siempre se manejaba—. El señor Stark quiere…
Natasha lo silenció alzando una mano.
—Luego. Ahora necesitamos tu ayuda.
—Debo insistir en que, en palabras del señor Stark, es muy importante que se ponga en contacto con él en cuanto usted esté disponible.
Natasha resopló con fuerza.
—¡Pues dile que aún no estoy disponible, Jarvis! —le gritó al aire, aferrándose con fuerza al volante—. Necesito que me muestres el camino más corto para llegar a Pekín.
Clint miró de reojo a Natasha, concentrada en la conducción. Jarvis contestó tras unos instantes.
—Señora Romanoff, los sensores de proximidad del vehículo me indican que la persiguen tres coches.
Casi en el mismo instante, Clint giró la cabeza para mirar por la luneta trasera. A lo lejos, tres pares de faros se estaban acercando a ellos. Soltando un bufido, miró en dirección al techo del coche.
—¡Oh, venga ya! ¿En serio? No nos habíamos fijado —masculló en voz alta.
—Señor Barton, me alegra comprobar que sigue vivo y saber que, por el tono de su voz, está en perfecto estado de salud.
Como si se tratara de un pez fuera del agua, Clint abrió y cerró la boca varias veces antes de acertar a responderle a la inteligencia artificial.
—Vaya, muchas gracias.
De reojo, Clint vio a Natasha negar taxativamente con la cabeza y resoplar.
—¿Podríamos dejar los saludos y la cortesía para más tarde y centrarnos en esos tres coches que tenemos detrás, Jarvis, por favor?
—Por supuesto —respondió Jarvis con la misma y esmerada dicción.
Clint giró de nuevo la cabeza, para poder ver qué ocurría tras ellos. Dos de los tres coches conducían en paralelo, pero podía adivinar las luces del tercero de ellos tras esos dos. Habían logrado reducir de manera considerable la distancia que los separaba. Giró la cabeza hacia Natasha.
—Nat, nos están ganando terreno.
La única respuesta que ella le ofreció fue un acelerón que le hizo tambalearse en el asiento.
A pesar de haber interpuesto nueva distancia entre ellos, Clint sabía que aquello era momentáneo. La luz del incipiente día cada vez era mayor y, por ende, ellos resultaban más visibles y un blanco más fácil. Que los secuaces de HYDRA sacaran algún tipo de armamento era cuestión de minutos.
—Necesitamos quitárnoslos de en medio o no llegaremos nunca a Pekín.
Natasha asintió con rotundidad.
—Estoy de acuerdo —le dijo, con la vista clavada en la carretera que tenía por delante—. ¡Jarvis! Dime que Stark no se olvidó de montarle a esto algo con lo que podamos defendernos. O el regreso a casa será más difícil de lo que pensaba.
—Señora —respondió Jarvis al instante—, el señor Stark no se olvidó dotar a este coche de la última tecnología que Industrias Stark podía…
—¡Al grano, Jarvis! —lo interrumpió Clint, impaciente—. ¿Hay algo con lo que podemos mandar al infierno a los que nos están siguiendo? ¿Sí o no?
—El señor Stark adaptó la mini-torreta Gatling del quinjet para ajustarla a este vehículo. Sólo tienen que accionar los botones bajo el panel del climatizador.
Clint le dirigió a Natasha una mirada un tanto desconcertada.
—¿Debajo del climatizador?
Natasha se encogió de hombros.
—Si sirve, me da igual dónde esté. Pásate al asiento de atrás y veamos qué puede hacer esa adaptación que ha hecho Tony.
Sin pensárselo dos veces Clint desabrochó su cinturón de seguridad y pasó a la parte de atrás del habitáculo entre ambos sillones delanteros. Retuvo un pie en alto antes de ponerlo en el suelo. Entre los asientos estaban su arco y su carcaj, aquellos que creyó haber perdido cuando lo apresaron. Giró la cabeza hacia Natasha con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en su rostro.
—¡Mi arco!
Aunque Natasha continuaba con la mirada y la atención en el camino que tenían delante de ellos, Clint pudo vislumbrar una media sonrisa en el rostro de su compañera.
—Lo encontré en donde te retuvieron. Pensé que te gustaría recuperarlo.
Clint se giró de nuevo hacia su arma, rozándola con la punta de los dedos.
—Cariño, te he echado de menos —le dijo, incapaz de deshacerse de aquella sonrisa estúpida y completamente inoportuna que sabía tenía prendida en su rostro.
—¿Eso es a tu arco o tengo que ponerme sentimental? —le preguntó Natasha.
La mirada de Clint se encontró con la de Natasha a través del retrovisor. Una sonrisa divertida había aparecido en el bello rostro de su compañera. Él le correspondió la sonrisa.
—Era a mi arco, pero tú puedes ponerte sentimental luego, en cuanto estemos en algún lugar seguro. Puedo volver a repetir esas palabras, si quieres —le contestó, dispuesto a cumplir su palabra.
Pese a que el momento no era el más indicado, con aquellos tres coches pisándoles los talones, aquel intercambio no era algo extraño entre ellos. Incluso en circunstancias parecidas.
—No me gusta repetirme, pero no te puedes tomar nada en serio —le respondió Natasha, aferrándose al volante y haciéndolo maniobrar para esquivar un socavón en el pavimento.
Debió haber estado preparado para ello, pero el primer disparo tomó a Clint por sorpresa.
—Eso sí que me lo tomo en serio —dijo con gravedad. El buen ánimo había desaparecido de un plumazo al fijarse en la marca, redonda y perfecta, que la bala había dejado al impactar en el cristal blindado del vehículo, y que estaba en la misma trayectoria que su rostro. Resuelto, Clint se arrodilló en el amplio sillón trasero del todoterreno y, con cuidado de no perder el equilibrio, retiró la bandeja que cubría el maletero—. Veamos qué tiene escondido esta preciosidad de coche.
Sin que tuviese que comunicárselo a su compañera, Natasha accionó el botón bajo el climatizador, tal y como le había indicado Jarvis, y el cristal de la luneta trasera bajó con un ligero siseo hasta esconderse dentro del chasis del portón trasero. Del fondo del maletero emergió una pequeña torreta Gatling, muy similar a la que portaba el Quinjet, con dos cañones idénticos de medio alcance. Las dimensiones habían sido modificadas para adaptarlas a un espacio tan reducido como aquel maletero.
A lo lejos, un nuevo disparo sonó proveniente de uno de los coches e, instintivamente, Clint se encogió de hombros, escudándose tras el cañón que tenía delante de él. Natasha, al escuchar el sonido inequívoco del disparo, había cambiado sustancialmente la trayectoria del todoterreno, esquivándolo con maestría.
—¿Cómo van las cosas ahí atrás, Clint? —gritó la mujer, sin retirar la vista de su camino.
Clint hizo una mueca.
—¡En un segundo irán mejor, Nat!—le respondió igualmente a gritos—. En cuanto reviente a esos tipos.
Clint calibró con precisión el disparador, asió con sus manos los dos mandos de la torreta y accionó los gatillos con energía. Los proyectiles salieron disparados con un sonido sordo que, al estar tan cerca, hizo que Clint encogiese los párpados en un acto reflejo. Volvió a disparar en dirección a los dos primeros coches, que habían frenado su avance al comprobar que aquel coche al que perseguían no estaba tan indefenso como ellos debían haber pensado. Desafortunadamente para Clint, los disparos erraron el blanco.
—¡Mierda!
—¿Qué ocurre? —preguntó Natasha por encima de su hombro.
—La mira de la torreta. Tiene una ligera desviación a la derecha —le respondió mientras revisaba los mandos del arma. Se giró hacia Natasha con un fluido volteo—. ¿Seguro que esto lo ha montado Stark?
—Quéjate ante él cuando lleguemos a casa. Ahora, asegúrate de que regresemos algún día. ¡Y preferiblemente vivos!
Los agentes de HYDRA les respondieron con una nueva oleada de disparos, que Natasha esquivó con la misma habilidad con la que una bailarina cambia de dirección sobre un escenario. Clint volvió a disparar, apretando los dientes e intentando no errar el blanco. Era importante deshacerse de ellos lo antes posible. Era muy temprano y aquella carretera estaba desierta, pero suponía que todo el camino hasta Pekín no iba a ser así y debían terminar con aquello. Giró la cabeza hacia Natasha, agarrado con fuerza a los mandos de la torreta.
—Señora Romanoff, el camino por el que circulan desemboca en una carretera principal en diez kilómetros. Y está bastante transitada —le dijo Jarvis de improviso.
"¡Joder, ni que me hubiera leído el pensamiento!", masculló entre dientes Clint. Pero no había que ser demasiado listo para saber que aquella situación no podía prolongarse indefinidamente hasta que llegaran a la ciudad.
—¡Clint! ¿Has oído eso?— gritó Natasha, reclamando su atención.
Él asintió sin mirarla, con la vista puesta en los coches que los perseguían.
—¡Lo he oído, Nat!
Disparó de nuevo. Uno de los coches se desvió hacia el arcén para esquivar los proyectiles y de la garganta de Clint salió un quejido de pura frustración.
—¡No podemos llegar a esa carretera con esos pegados al culo! —le oyó decir a Natasha. Miró de reojo sobre su hombro: su compañera no apartaba los ojos de la carretera por donde transitaban a toda velocidad. Clint arrugó los labios, contrariado.
—¿Te crees que no lo sé? —le respondió—. Hay que deshacerse de ellos cuanto antes.
Clint disparó una nueva andanada. El sonido sordo y repetitivo de los proyectiles al salir del corto cañón le retumbaba en los oídos. De nuevo, los conductores de ambos vehículos maniobraron, evitando así ser alcanzados por el fuego procedente del todoterreno. Clint se tenía por una persona paciente, que aguardaba siempre el momento oportuno y que no desesperaba con los errores que cometía, aunque ésos fuesen escasos. Pero aquella situación estaba pasando de castaño oscuro. Escuchó un disparo procedente de uno de los coches que los perseguían e, instintivamente, se encogió tras la torreta. Afortunadamente, las únicas armas que parecían poseer eran de corto alcance y tenían que estar cerca de ellos si querían hacer algo de daño. ¡Malditos fueran todos ellos! Giró la cabeza hacia Natasha antes de gritarle.
—¡Sal del camino, Nat!
Sin cuestionarlo, Natasha giró el volante y, con un brusco vaivén que hizo que Clint se tambaleara enérgicamente en la parte de atrás del todoterreno, abandonó la carretera. Algún campesino se encontraría aquel día, cuando fuera a revisar sus campos, con que sus cultivos habían sido destrozados. "Pero mejor que sea un poco de maíz y no nosotros", pensó Clint.
Nuevos disparos salieron de los dos coches que llevaban la ofensiva. Clint les respondió a ambos, primero hacia uno y luego hacia el otro. Uno de los proyectiles impactó contra la parrilla de refrigeración de uno de los todoterrenos que los seguía. Con un impresionante vuelco, el vehículo saltó por los aires para, unos instantes después, caer al suelo con violencia dando varias vueltas de campana, convertido en una enorme bola de fuego. Clint sonrió ampliamente.
—¡Uno menos! —gritó para que lo oyera su compañera, satisfecho consigo mismo.
—Quedan dos más. Ponte las pilas o no llegaremos muy lejos — le respondió Natasha, haciéndose oír sobre el estruendo de disparos y ruidos de motor.
Clint hizo una mueca.
—Te aseguro que me he fijado, Nat.
El todoterreno que iba más rezagado tomó la posición del que acababa de derribar. Aceleraron uno junto al otro, acortando la distancia que los separaba del coche de Clint y Nat, haciendo revolucionar los motores. El ruido del impacto de una bala contra el marco de metal de la ventana sorprendió a Clint. En respuesta, asió con fuerza el gatillo de la Gatling y disparó con energía. El segundo vehículo voló por los aires al recibir el disparo certero en el motor, convertido en una gran bola de humo, metal y fuego.
—¿A qué distancia estamos de esa carretera, Jarvis? —gritó Clint, haciéndose oír sobre el incesante ruido del motor del todoterreno y los golpes de cañas de cereales contra el chasis del vehículo en el exterior.
—Unos dos kilómetros, señor Barton —respondió presto la inteligencia artificial, totalmente calmada.
No tenía tiempo que perder. Debían acabar con aquel último coche antes de desembocar en la carretera. Clint direccionó la torreta hacia el único vehículo que aún quedaba en la persecución. Fijó el blanco y disparó. El todoterreno cambió bruscamente de trayectoria, esquivando así la ráfaga. Clint se afianzó en su posición, agarrando con fuerza las empuñaduras de la torreta, dispuesto a abrir fuego en cuanto el vehículo de HYDRA volviera a acercarse. Pero, en lugar de ello, el coche se encaminó hacia el este, retrocediendo en el campo de cereal y alejándose de ellos. Clint se irguió de hombros, observando por la mira de la Gatling. El viento le daba en el rostro. Agudizó la vista. En efecto, el vehículo se estaba batiendo en retirada. Lejos de sentirse contento por ello, ahogó una maldición que se le quedó encajada en el fondo de la garganta.
—Los muy cabrones se largan, Nat.
—Sé que te hubiese gustado acabar con ellos, pero ahora mismo, nuestra prioridad es llegar a Pekín, al aeródromo en donde nos espera el avión que me trajo hasta aquí. Debemos regresar lo antes posible a casa, Clint —le contestó su compañera, haciéndose oír por encima de todo aquel ruido. Él sabía que Natasha tenía razón: era primordial salir de aquel país y regresar a los Estados Unidos.
El cristal del portón trasero comenzó a levantarse al mismo tiempo que la torreta descendía hasta esconderse bajo el maletero. Clint dejó el sillón posterior, pasó entre ambos asientos delanteros y ocupó la posición del pasajero junto a Natasha, acomodándose.
—Es cierto. Regresemos a casa —le contestó, girando la cabeza hacia ella y asintiendo a la vez.
Por el rabillo del ojo vio como una sonrisa de satisfacción surcaba el hermoso rostro de su compañera.
Para Justin Hammer, fingir era tan natural como respirar.
Lo aprendió siendo muy pequeño, en el colegio de barrio al que asistía a clase, en donde era preferible reírle las gracias al matón de turno que ser el blanco de sus burlas y golpes. Se recordaba a sí mismo palmeando en el aire con vigor, riéndose a carcajada limpia de la última fechoría que habían cometido mientras, en su fuero interno, estaba maldiciéndoles entre dientes, deseando que un rayo apareciera en el cielo y los fulminara allí mismo a todos ellos. Sin ninguna excepción. Que ardieran sin remedio.
El paso del tiempo no había hecho sino hacerle un profesional del fingimiento. No creía que hubiese nadie en el mundo que dominara aquel arte mejor que lo hacía él. Se reclinó en su caro asiento de cuero del recién estrenado despacho y sorbió un poco del whisky que habían traído de Escocia especialmente para él.
Antes de dejar el vaso sobre la pulida mesa de exótica madera africana, clavó los ojos en el líquido ambarino, moviéndolo despacio. El alcohol dejó una marca iridiscente contra el cristal. Sí, era un farsante, un mago de las mentiras pero, gracias a ello, había llegado hasta donde se encontraba en aquel preciso instante. Miró en redondo a aquel vasto despacho, casi tan grande como una cancha de baloncesto, y se sintió tremendamente orgulloso de ello.
En el pasado no le había importado tener que bailar con la más fea. Y con eso se refería a que, cuando había tenido que hacer negocios, no le importaba la procedencia del dinero, mientras que fuera dinero que pudiese acabar en sus cuentas corrientes y engrosando su patrimonio. "¿De dónde viniera?", pensó divertido; eso le había dado exactamente igual. Y así seguía siendo.
Fingir era su lema en la vida. Y había aprendido que, además de fingir, debía aprender a tener paciencia para conseguirlo. Eso lo aprendió en la cárcel, cuando los negocios de Industrias HAMMER fueron puestos en la palestra y desmantelados gracias a Tony Stark. Durante su estancia en la cárcel se había jurado que Tony Stark pagaría bien caro por aquello. Y su momento había llegado.
Tony siempre había sido un bocazas; un bocazas con mucho talento y dinero, para ser justos, pero un bocazas al fin y al cabo, pensó torciendo el gesto y entrelazando los dedos de ambas manos sobre su abdomen. Que Tony fuera Iron Man, el hombre de hierro, el salvador de gatitos y ancianitas que cruzaban las calles por donde no debían, había sido la gota que colmó el vaso. Tony, el borracho, mujeriego y comerciante de armas. Tony, tan farsante como él.
La única diferencia que podría tener con Stark estaba en aquel estúpido grupo al que se había unido: Los Vengadores. "¡Venga ya! ¡Si parecía el nombre de una serie de los años 60!". Se rió con ganas, haciendo que el sillón se moviera hacia atrás. Patético Tony y patéticos todos los demás vengadores. Del primero al último.
A Tony, durante la mayor parte de su vida, los demás le habían importado una mierda. Había vendido armas a quien mejor le pagara, al igual que había hecho él. Pero la cosa cambió y, extrañamente, aquel dispar grupo parecía importarle al bueno de Stark, el reformado, el ahora decente y moral señor Stark. El soldado, el arquero, la espía, el doctor y el dios. ¡Valiente grupo! Dicho así parecían una reunión de frikis. Sólo que aquellos frikis tenían súper poderes, o algo así y que, cuando se unían, podían cargarse a un ejército todos juntos, aunque fuese un ejército alienígena. Y ahí entraba su plan maestro y el de HYDRA: dividirlos y vencerlos, uno a uno.
La caída de SHIELD y el resurgimiento de HYDRA le habían venido como anillo al dedo. Le daba lo mismo cuáles fueran los ideales de aquella organización; le daba igual qué persiguieran. Si ellos querían acabar con Los Vengadores, y ya de paso con Tony Stark, que era lo que él quería, aquellos serían sus propios ideales. Le era igual decir "Hail, Hydra" que "Ábrete, Sésamo".
Quería ver a los Vengadores desacreditados, humillados y menospreciados. Los quería ver hundidos. Tony Stark era cosa suya pero, para los demás, iba a necesitar ayuda. Y la había conseguido.
Justin abrió el dossier que tenía sobre la mesa con desgana, dio un nuevo trago al whisky, vaciando el vaso. Lo volvió a llenar y fijó su atención en la primera fotografía.
Steve Rogers, el soldado. El Capitán América.
—¡Ay, qué asco me das, guaperas! Tanto como Stark —dijo en voz alta con un disgusto mal disimulado. Afortunadamente, Rogers estaba cavando su propia tumba cuando había sido acusado de traicionar a su país y había corrido tras aquel asesino, El Soldado de Invierno. Nada, de Steve Rogers no tenía que preocuparse. Sería hombre muerto en cuanto HYDRA, o el gobierno, dieran con él. El que primero llegara.
Pasó la página. Otra fotografía reclamó su atención. Había leído el dossier que HYDRA había redactado de Thor, el dios asgardiano, unas diez veces. Ese tipo le caería bien si no fuera porque parecía tener predilección por querer hacer las cosas de la manera correcta. Aún no había decidido qué iba a hacer para acabar con él. Sabía que existía una mujer; una tal Jane Foster, astrofísica, que SHIELD había quitado estratégicamente de en medio y enviado a Londres. Si tenía que ir a por ella para doblegar a aquel dios de otro mundo, lo haría.
A decir verdad, él preferiría poder acudir a su hermano. O hermanastro, Loki. Justin sonrió al mirar aquella otra pequeña fotografía de un hombre moreno y de pelo largo, con la misma pose majestuosa que un rey y la misma sonrisa que tendría Maquiavelo en su carnet de identidad. Loki parecía un tipo como él, dispuesto a lo que hiciese falta; amoral y sin escrúpulos. Estaba seguro de que se llevaría bien con él.
Bruce Banner sería un hueso duro de roer. Tenía la mala costumbre de convertirse en "otro tío", un ser increíble cuando se enfadaba, un ser al que era imposible vencer. "¿Imposible? ¡Nada lo es! No para mí", pensó. Encontraría la solución para acabar con Banner, aunque tuviese que meterlo dentro de un silo de plutonio enriquecido o mandarlo al espacio en una nave espacial sin posibilidad de que regresara.
Iba a pasar la página del dossier cuando la puerta de su despacho se abrió sin previo aviso.
Entrando con paso calmado y las manos metidas en los bolsillos, se acercaba la solución para acabar con el arquero, Clint Barton. La había encontrado en su propio hermano; su hermano mayor. "Ah, no hay nada más poderoso que la propia sangre", pensó mientras me mecía en su asiento y miraba al hombre que se aproximaba hacia él. En realidad, no le importaba qué cuentas tenía pendiente el mayor de los Barton con el arquero vengador, pero si eso le servía para que acabase con él, bienvenido fuese.
Además, y como truco en la recámara, para acabar con Barton había recurrido al viejo ardid –pero efectivo- de atacar donde parecía que más le dolía: Natasha Romanoff, la Viuda Negra.
Que aquellos dos estaban liados era de sobra conocido. Pasó una página más del dossier y allí estaban: fotografías robadas de los dos vengadores, paseando por Nueva York como una pareja más, de la mano, ocultos bajo unas gorras de béisbol que impedían que los identificaran fácilmente, y compartiendo algún beso creyendo que nadie los miraba. "¡Pero qué dos idiotas!" Levantó la vista de la fotografía cuando Barney Barton llegó hasta él y se detuvo frente a su escritorio. Cerró el dossier y lo miró.
—Tu secretaria me ha dicho que querías verme —dijo el hombre que acababa de entrar, con el rostro impertérrito y sin mover un músculo más del necesario.
A Justin aquel tipo no le gustaba.
Antes de que Barney Barton pudiese sentarse, la puerta del inmenso despacho de Justin volvió a abrirse. Justin se reclinó hacia un lado para ver quién había entrado, pues la silueta de Barton le obstaculizaba el campo de visión.
Una mujer entró sin ser anunciada. Menuda, se movía con pasos gráciles y medidos y, cual bailarina del Bolshoi, parecía flotar en lugar de andar. Iba enfundada en un ajustado mono negro que resaltaba a la perfección sus curvas, aunque no eran demasiado voluptuosas. Tenía una media melena rojiza que casi le sobrepasaba los hombros y que se mecía al caminar. Pómulos marcados y nariz recta destacaban en su bello rostro. La barbilla levantada, desafiante y altanera, con la mirada fija y decidida. No podía afirmar de qué color eran aquellos intrigantes ojos, pero le parecían de un azul hielo que, estaba seguro, podrían dejar congelado al desafortunado que tuviese la mala suerte de ser el objetivo de su mirada. Llegó hasta ellos y se detuvo junto a Barney, sin prestarle a éste la más mínima atención.
Justin se acomodó en su asiento de cuero, descansando los codos en los reposabrazos. La persona que se iba a hacer cargo de deshacerse de la Viuda Negra acababa de hacer acto de presencia.
Con una amplia sonrisa, Justin se incorporó hacia adelante, sin levantarse de su sillón.
—Es un placer conocerla al fin. Y veo que ha cumplido su primer encargo a la perfección.
La mujer ni se inmutó. Su rostro era una máscara de seriedad. Justin alzó una ceja ante aquel mutismo. Dirigió la mirada hacia Barney, que la observaba con interés y suspicacia, paseando sus ojos sobre ella de la cabeza a los pies.
—Señor Barton, déjeme presentarle a Yelena Belova. Ella se encargará de acabar con la Viuda Negra.
Como si hubiesen obrado un milagro, aquellas palabras parecieron romper la máscara de estoicismo que era el rostro femenino.
—No se equivoque, Hammer, porque no voy a tolerárselo más veces: yo soy la Viuda Negra y no esa impostora de Romanova.
Los ojos de Justin se abrieron como platos, así como su boca, que cerró inmediatamente, asemejándose a un pez fuera del agua. Había leído sobre Yelena Belova en documentos clasificados, robados a la KGB. Espía sin escrúpulos: fría, calculadora, y con una especial inquina por Natasha Romanoff, a quien decía odiar a muerte. Pero tenía que decir que, de todo lo que había leído, nada parecía hacerle justicia. La miró casi con descaro y a ella no pareció importarle pues una sonrisa torcida apareció en su rostro. Con teatralidad, se llevó la mano a la cabeza y se desprendió de la peluca pelirroja que llevaba, revelando su auténtico cabello rubio ceniza.
Barney Barton aprovechó aquel interludio para sentarse. Se apoltronó en el amplio sillón, con los brazos abiertos y apoyados en el reposabrazos de manera indolente.
—Vaya, la otra Viuda Negra —dijo mientras también la miraba de arriba abajo, despacio.
Yelena se giró hacia él y bajó la cabeza para fijar la vista en Barton. Justin aprovechó para reclinarse sobre el respaldo y observar a aquellos dos asesinos que debían trabajar juntos si querían acabar con el arquero y Romanoff.
—Y tú eres Barton. El otro Barton —respondió ella, sin apenas ningún acento, aunque Justin conocía su ascendencia rusa.
La sonrisa que había aparecido minutos atrás en el rostro de Barton desapareció como por ensalmo. Se enderezó, como si le hubiesen pegado un palo a la espalda.
—Sí.
Las comisuras de los labios de la mujer se alzaron con una pequeña sonrisa que a Justin le recordó la de una serpiente a punto de lanzarse a por su presa.
—No te ofendas, pero tu hermano es más guapo que tú.
Barney Barton se echó hacia delante, apoyando los codos sobre las rodillas y señalando con un dedo hacia su propio rostro.
—¿Lo dices por la nariz rota? Me la rompieron por su culpa. No todo en esta vida es ser una cara bonita, guapa.
Los dos asesinos se mantuvieron la mirada por unos segundos. Justin los observó alternativamente, primero al uno y luego a la otra, para terminar dando una palmada en el aire, de manera triunfal.
—¡Vaya! ¡Tanta tensión sexual no resuelta en el ambiente! ¡Guau! Casi se puede cortar con un cuchillo. Oíd, si queréis os doy una habitación en el Hilton para que echéis un polvo. Puede que os venga bien para ir conociéndoos. Como vuestros alger egos, ya sabéis —y les guiñó un ojo de manera cómplice.
Yelena regresó la mirada de inmediato hacia él como si la hubiese pinchado con una aguja. Apretó la mandíbula y dijo algo en algún idioma que Justin no pudo comprender; con toda probabilidad en su lengua materna. Barney estalló en una fuerte carcajada que lo hizo reclinarse sobre el asiento.
—¿Qué cojones ha dicho? No hablo ruso —preguntó Justin, mirando directamente hacia el hombre.
Barney se incorporó, secándose las lágrimas.
—Yo tampoco hablo ruso, pero ten por seguro que no ha dicho que hace buen tiempo.
—Te he llamado gilipollas, estúpido —casi le escupió Yelena a renglón seguido, con la cabeza en alto, la mandíbula en tensión, los puños fuertemente apretados contra sus muslos y fulminándolo con la mirada.
Justin se inclinó hacia delante, apoyándose contra el borde de la mesa. Todo resto de sonrisa y cordialidad anterior habían desaparecido de su rostro. Levantó una mano y apuntó a la mujer con un dedo acusador.
—Ten cuidado, Belova. Ahora soy tu jefe. Y no voy a consentir ciertas cosas.
—Y yo tampoco voy a consentir que me insultes —replicó la mujer—. Estoy aquí únicamente porque quiero acabar de una vez por todas con Natalia. Me necesitas para ello. No lo jodas. Tú y tus amenazas me importáis una mierda.
Sintió el acero de la mirada de Belova clavado en él. La fama de la mujer no era infundada, desde luego. Quienes habían tenido la dicha de trabajar con ella y salir vivos la definían como una mujer implacable, resentida y letal. Estaba seguro de que hacía honor a todos aquellos calificativos.
Despacio, se retiró hacia atrás, estableciendo espacio entre él y la mujer.
—Está bien. No más bromas.
Aquellas palabras parecieron apaciguar el ánimo de la espía. Sus hombros se relajaron, así como su postura. Justin le sonrió.
—Has hecho un buen trabajo con el congresista.
Belova tomó asiento en el sillón que aún estaba desocupado, junto a Barton.
—El resto ahora corre de tu parte, Hammer.
Justin asintió con convicción.
—¡Por supuesto! Ahora nos toca hacer creer a todo el mundo que ha sido Romanoff quien lo ha matado. Que está siguiendo los pasos de Ojo de Halcón en una vendeta personal contra los poderes de este país. Y si los medios no llegan a esas conjeturas por sí mismos, mi gente sembrará esa semilla.
Barney se unió a la conversación.
—Tienen que creer que ambos se han tomado la justicia por su mano.
Justin se levantó con un movimiento ágil, que hizo que el sillón rodara hacia atrás unos metros.
—Esa es nuestra prioridad. La prensa, la opinión pública, el poder político… todos tienen que creer que Los Vengadores se están tomando la justicia por su mano, que ya no son miembros honorables y respetables de la sociedad y que deben ser detenidos. Es ahí donde entra HYDRA, como sucesora de la obsoleta y patética SHIELD. Nosotros les ofreceremos esa tranquilidad que tanto van a ansiar. Les venderemos una organización en la que puedan confiar para que los protejan. Sólo que nosotros tendremos nuestros propios planes.
Yelena apenas se movió en su asiento. Tan sólo asintió con un gesto contenido. Sin esperar más, se levantó.
—Si ha terminado, me marcho. Hágame saber en qué momento vuelve a necesitarme. Y espero que sea pronto.
Belova rodeó el asiento, saludó primero a Justin y luego a Barton apenas inclinando la cabeza, y se marchó de la misma manera en la que había llegado.
Justin siguió los pasos de la mujer con la mirada hasta que la puerta se cerró tras ella, consciente de que Barton había hecho lo mismo. Barney se levantó y se acercó hasta la mesa.
—Me gusta esa mujer —le dijo con voz ronca, sin que ninguna expresión cruzara por su rostro—. Puede que sí necesitemos esa habitación en el Hilton.
Sin esperar una respuesta por parte de Hammer, Barton giró sobre los talones de sus botas y en encaminó hacia la puerta, tras Belova.
Antes de que el hombre llegara hasta el umbral, Justin alzó la voz, llamando su atención.
—¡Barton, tenemos que buscarte un nombre de guerra! ¡Como tiene tu hermano! Algo que suene bien, ¿no estás de acuerdo?
Barton no se molestó en girarse; alzó el dedo medio de su mano derecha y le respondió:
—No me interesa.
Natasha se movió en el asiento del todoterreno e intentó buscar una nueva postura que le desentumeciera la espalda y los brazos. Meneó la cabeza de un lado a otro, desentumeciendo el cuello pero sin perder detalle del tráfico.
—¿Quieres que conduzca yo un poco? —le preguntó Clint, mirándola. Ella negó con la cabeza antes de contestar.
—No hace falta. Estoy bien. Además, debes descansar tu brazo —le contestó mirándolo por el rabillo del ojo.
Clint frunció los labios e hizo un pequeño movimiento con el brazo herido.
—Está mucho mejor. No sé qué demonios me untó esa mujer en él, pero la mejoría fue casi instantánea. En algún momento, debería regresar allí y enterarme de qué es exactamente, Nat. Lo digo en serio.
—Medicina tradicional china, supongo —dijo ella, medio sonriendo.
—Pues es una maravilla.
Natasha continuó con la sonrisa en los labios. Desde que lo encontrara el día anterior, la mejoría física de Clint había sido notable. Todavía mantenía esa barba de varios días que le daba un aspecto más descuidado, pero las ojeras de debajo de los ojos se habían atenuado un poco, aún cuando habían dormido sólo unas pocas horas. En efecto, ella también había advertido que tenía más soltura y movilidad en el brazo. Se alegraba mucho por él. Por lo que le había contado de su cautiverio, no había sido nada fácil para él y solo con pensar en lo que tuvo que pasar se le revolvía el estómago. Recordaba lo mal que ambos lo pasaron en aquel cuartucho en la guarida de Madrox, durante la misión de Panamá. Habían pasado casi dos años pero aún, cuando lo venía a su mente, algo se revolvía en su interior.
Volvió a mirarle de reojo, sin que se diera cuenta; estaba sentado con las piernas estiradas y la postura relajada, pero ella sabía que no cesaba de mirar por el espejo exterior. Clint no había llegado a ser uno de los mejores agentes de SHIELD por nada.
—¿Crees que aparecerán? —le preguntó mientras relajaba los dedos que asían el volante. Clint giró la cabeza hacia ella.
—¿El otro coche? Por supuesto. ¿Van a dejarnos marchar así como así, después de todas las molestias que les hemos causado? Ni de coña nos dejarían ir.
Natasha asintió mientras miraba hacia la carretera. Puso el intermitente y adelantó al vehículo que la precedía para regresar al carril al terminar la maniobra. Clint tenía razón y ella lo sabía: no iban a dejarlos ir sin antes intentar acabar con ellos. En su mundo, rara vez se desistía de un objetivo. Podían aparecer antes o después, pero siempre volvían.
Llevaban casi una hora circulando por aquella carretera. Había seguido las indicaciones de Jarvis para llegar a Pekín en el menor tiempo posible. Había cambiado la ruta varias veces según le había ido aconsejando. En un principio, habían escogido carreteras poco transitadas pero, conforme se acercaban a la cuidad, las carreteras se convirtieron en anchas autopistas llenas de vehículos que minaban la paciencia de Natasha cuando tenía que reducir la velocidad.
Estaba deseando llegar al aeródromo. Jarvis se había puesto en contacto con el controlador del avión y el personal de tierra, así como con el piloto, y todos ellos ya les estaban esperando, preparados para llevarles de regreso a casa lo antes posible.
El tráfico era un caos y Natasha tuvo que esforzarse en seguir con detenimiento el navegador del coche para no saltarse la salida que debían tomar para el aeropuerto. Tenía miedo de confundir alguno de los caracteres de los paneles indicadores y acabar en algún otro lugar. Pero parecía que iban por la ruta correcta y, según el GPS, la salida estaba a poco más de un kilómetro de distancia.
Cuando llegó el momento, Natasha puso el indicador y tomó el carril de la derecha que anunciaba el desvío para la zona del aeropuerto donde los aviones privados solían aterrizar, aunque aún les restaría un pequeño trecho hasta que llegaran a él.
Apenas quedaban un par de kilómetros cuando ambos los vieron. El coche que se había batido en retirada cuando Clint hizo saltar por los aires a los otros dos apareció tras ellos, como surgido de la nada.
—¡Nat! —le gritó Clint, enderezándose en su asiento. Su compañero se giró para poder mirarlos por la ventanilla trasera.
Natasha asintió con vigor, mirando por el espejo retrovisor.
—Los he visto. Sujétate.
Con decisión, Natasha pisó el acelerador y el potente motor del todoterreno respondió de inmediato, subiendo las revoluciones y hundiéndolos a ambos contra sus respectivos sillones. Natasha agarró con fuerza el volante, intentando evitar que la velocidad excesiva los hiciese tener un accidente.
De inmediato, la distancia con el otro coche se hizo mayor, la silueta del que los perseguía se empequeñeció en el espejo retrovisor. Frente a ellos apareció el edificio donde estaba el avión que la había llevado hasta allí, aguardándolos.
—¡No podemos entrar allí con éstos pegados al culo y disparando! —le dijo a su compañero—. Pondríamos en peligro a mucha gente y al avión.
Sin previo aviso, Clint se deshizo de su cinturón de seguridad y se giró en el asiento. El coche comenzó a emitir un rítmico pitido de advertencia cuando entendió que uno de los cinturones había sido desabrochado. Clint extendió una mano y cogió el arco y el carcaj que aún continuaban en el suelo, entre los sillones.
—¡Aquí dentro no tienes maniobrabilidad, Clint! —le gritó.
—Pues ya sabes qué tienes que hacer —le respondió su compañero, sacando una de las flechas del carcaj.
Natasha volvió a pisar el acelerador. El hangar estaba cada vez más cercano, a apenas unos cientos de metros. Natasha pulsó el botón de su cinturón de seguridad y se deshizo de él; debía actuar con rapidez cuando detuviese el coche y no podía entretenerse en quitárselo en ese momento. Miró de reojo el compartimento junto a la palanca de cambio. Sus glocks descansaban allí. A ellas y a Clint era todo lo que necesitaba.
La puerta del hangar estaba abierta de par en par, pero Natasha no tenía intención de entrar allí como una tromba con aquel otro coche pisándole los talones. Asió con fuerza el volante y giró apenas la cabeza hacia Clint, que mantenía a su vez su vista clavada en el coche que los perseguía.
—¿Estás listo? Porque nos bajamos aquí.
Clint tan sólo asintió.
Natasha frenó en seco, haciendo derrapar el vehículo y levantando una nube de humo negro procedente de los neumáticos. Antes de que se hubiese detenido del todo, ella y Clint abandonaron el cubículo, armas en ristre, cada uno por su lado.
El otro todoterreno continuó su alocada carrera hacia ellos, acortando peligrosamente la distancia. Clint se separó con rapidez del vehículo unos pasos y colocó la flecha contra la cuerda de su arco con maestría. Disparó sin pensárselo dos veces. La flecha cruzó el aire, acertando a uno de los neumáticos delanteros y haciéndolo estallar al instante. El vehículo perdió el control de inmediato, cabeceando de un lado a otro con violencia. Un par de hombres saltaron del coche antes de que el todoterreno volcara con un atronador ruido.
Natasha les disparó desde su posición, antes de que los hombres se incorporaran. Desde el suelo, ambos hombres respondieron con sus armas, haciendo que Natasha buscase la protección del todoterreno. Los impactos de las balas contra el chasis del vehículo resonaron con estrépito.
—¿Qué tal por ahí? —oyó preguntar a Clint desde el otro flanco del coche. Natasha alzó la cabeza, buscándolo con la mirada.
—¡Estoy bien! ¡Hay que terminar con esto y salir de aquí cuanto antes!
—¡Eso mismo pienso yo! —respondió su compañero. Natasha oyó el siseo de una nueva flecha abandonar el arco recurvo de Clint, que se clavó a poco menos de un metro de uno de los matones. Al clavarse en el suelo, la cabeza de la flecha hizo explosión. Natasha encogió los ojos ante la deflagración. El hombre que había estado tendido en el suelo continuó allí, sin moverse, con la cara contra el suelo.
El otro hombre se incorporó aprovechando la confusión de la explosión y corrió hacia el todoterreno, buscando refugio. Abrió una de las puertas y se agazapó tras ella. Usándola de escudo, disparó a Clint una y otra vez.
El eco de los disparos resonaba en el campo abierto. Clint giró sobre sus talones y corrió a salvaguardarse. Natasha se levantó de donde había estado agachada y disparó contra el hombre. Giró la cabeza hacia su izquierda cuando oyó el ruido de las botas de Clint contra el capó del coche. Su compañero se había subido a él para tener una mejor perspectiva para disparar. Alzó el arco y, una fracción de segundo después, una nueva flecha cruzaba el aire, clavándose contra la puerta tras la que el hombre estaba escondido.
Nadie respondió a aquel nuevo ataque. A lo lejos, en el coche caído, y tras unos segundos de silencio, Natasha vio cómo el brazo del hombre aparecía pegado al marco de la puerta y cómo la pistola caía al suelo desde la mano ya sin vida.
Nada siguió a aquel disparo. El hombre ya no respondió. Natasha se quedó aguardando unos segundos pero nada sucedió. Alzó la mirada para buscar a su compañero, subido aún en el coche, con el arco apuntando hacia el suelo.
—Creo que hemos terminado aquí —le dijo Clint, dando media vuelta y saltando del coche hasta el suelo. Se paró a su lado y ambos volvieron a mirar el vehículo que había quedado a lo lejos. Sin cruzar palabra, los dos emprendieron la carrera hacia el hangar donde los esperaba el avión, sin tiempo que perder.
Algunos operarios aparecieron con cara de sorprendidos y actitud cauta. Sin duda habían escuchado el intercambio de balas que se había producido en el exterior y, con seguridad, muchos habrían corrido a ponerse a salvo. Y, con la misma seguridad, la policía estaría a punto de aparecer. Debían darse prisa.
Natasha vio el avión en la entrada opuesta del hangar y corrió hacia él, con Clint pegado a sus talones. El aparato tenía la escalerilla colocada en el costado y, a sus pies, una azafata con cara de preocupación les estaba aguardando cuando llegaron ante ella.
—Les estábamos esperando. Tenemos orden de despegar de inmediato.
—Bien —asintió Natasha, ascendiendo por ella con rapidez.
Clint entró tras ella. En el interior, una nueva azafata los recibió en el pasillo.
—Abróchense los cinturones, por favor—. Clint dejó su arco en un asiento vacío y se sentó a su lado.
La puerta del avión se cerró con un sordo sonido. Después sólo pudieron escuchar las turbinas del avión.
Comenzaron a moverse de inmediato. El avión abandonó el hangar y enfiló hacia una pista de despegue. Unos segundos más tarde estaban en el aire, dejando atrás China. Sólo entonces, Natasha pudo volver a respirar con tranquilidad.
Dejando caer la cabeza contra el respaldo, se apoyó en ambos reposabrazos. Buscó a Clint con la mirada.
—Bueno, lo hemos conseguido.
El rostro de su compañero estaba iluminado por una genuina sonrisa.
—Lo hemos conseguido. Gracias a ti.
—Y a Tony —se apresuró a decir ella—. Sin él, no habríamos podido salir de allí. Ni llegar, en primer lugar.
Clint asintió y buscó la mano de Natasha, apretándola con fuerza.
—Ya le daré las gracias adecuadamente cuando lleguemos— le dijo acercándose a ella y dándole un suave beso en los labios que la hizo sonreír.
Una azafata apareció en ese preciso instante con un teléfono móvil algo extraño en sus manos.
—Señora, el señor Stark está al otro lado. Le gustaría hablar con usted.
Natasha recogió el aparato y le agradeció el gesto con un movimiento de cabeza. Pulsó el botón de manos libres antes de contestar.
—Tony.
—¡Por el amor de Dios, Natasha! ¡¿No te ha dicho Jarvis que tenía que hablar contigo?!
Natasha asintió, aún cuando su amigo no podía verla.
—Estábamos en un pequeño apuro y no podía contestarte.
Un extraño silencio se hizo al otro lado de la línea. Natasha levantó una ceja. Silencio y Tony Stark nunca iban de la mano.
—¿Tony?
—Sí, sí, estoy aquí. ¿Todo ha ido bien? Quiero decir si…
Clint se incorporó hacia adelante, acercándose hasta el teléfono.
—Sí, Stark, todo ha ido bien.
—¡Barton! —contestó el hombre al otro lado de la línea—. ¿Cómo estás? Buena la has liado, colega.
Los ojos de Clint pasaron del teléfono a Natasha. Ella le sonrió.
—Algo me ha contado Nat, sí.
—Vas a tener que dar muchas explicaciones cuando llegues.
Clint asintió antes de contestar.
—Lo haré, no te preocupes.
—Bien —respondió Tony a renglón seguido—. Romanoff, más vale que ese avión se dé prisa por llegar aquí.
Instintivamente, Natasha encogió los ojos, alarmada.
—¿Qué ha pasado, Tony?
El millonario tardó unos largos segundos en contestar.
—Han asesinado a un congresista, Nat —le respondió Tony, para luego añadir—: Y quien lo haya hecho se ha querido asegurar de que crean que ha sido la Viuda Negra.
