Hola a todos los lectores y muchas gracias por seguir esta historia. A Mia Ryuzaki, el cambio de Clef a Eagle fue gradual y pasó por darse cuenta de que aunque admiraba mucho a Clef nunca llegó a amarlo realmente, no de esa forma.
Espero que disfruten esta entrega.
-¡Mi querida Umi, por favor cásate conmigo! –los ojos de Geo brillaban con gran felicidad mientras contemplaba el paquete que sus manos sostenían en lo alto.
-¡Ey, Metro! –la voz de Eagle había sonado casi como un trueno ante eso y detrás de él Umi reprimía unas risitas mientras intentaba controlar al "indignado" comandante -¿Qué acto de alta traición es este?
-En ninguna parte del juramento dice que mis superiores tengan autorización para elegir a mi esposa –le espetó un descarado y bastante divertido Geo.
-Tal vez, pero soy yo el que tiene que firmar el permiso de matrimonio y luna de miel –claramente no tenía intención de ceder en ese juego -¡Así que ni lo sueñes, futuro desertor!
Umi ya no pudo más y su risa le llegó a todo el mundo en el puerto espacial, causando que ambos militares se pusieran aún más serios (por lo menos sus semblantes) durante dos minutos para luego pasar a sonoras carcajadas.
-¡Ustedes dos son terribles! Pero sin duda el peor eres tú –los ojos de Umi estaban fijos en Eagle y nada borraba su expresión alegre.
-¿Tú también me traicionas, Umi? –el comandante había adoptado la voz más lastimera que pudo y sus ojos recordaban bastante a los de un cachorro abandonado, cosa que solo volvió a provocar risotadas muy mal disimuladas por parte de ella -¡Mujer, eres el colmo!
-¡Ya basta, Eagle! –lo apartó con suavidad para colocarse entre ambos hombres y aumentar la distancia entre ellos –Vaya espectáculo –varios integrantes de la comitiva diplomática y del personal militar tenían severos problemas para permanecer serios y seguir cada uno en lo suyo –Por favor discúlpalo, Geo.
-Descuida. Yo también me pondría celoso si tuviera una novia tan bonita –y le guiñó el ojo.
-¡Metro!
-Muchas gracias por el cumplido –le sonrió.
-¡Umi! –nadie prestaba la menor atención, o eso fingían.
-Gracias a ti por los dulces. Así da gusto viajar.
-No hay de qué. Eres mi amigo –se encargó de recalcar la última palabra –Además, de alguna forma tengo que agradecerte todo lo que has hecho a la fecha por cierto atolondrado –miró de reojo al rubio que de pronto estaba muy interesado en sus botas –Muchas gracias por cuidarlo y mantenerlo vivo.
-Bueno, es mi deber como sub-comandante –volvió a guiñarle el ojo –Aunque creo que esa será tu responsabilidad de ahora en adelante. Me alegro –ya más serio, colocó ambas manos sobre sus hombros –Es un trabajo difícil, pero vale la pena y tienes muchas más probabilidades que yo de hacer que coopere –ante eso la joven se sonrojó –Aun así, no dudes en avisarme de cualquier problema que tengas. No tardaré en volver de dónde sea que esté para ayudarte a controlarlo.
-Gracias, Geo.
Ya había liberado sus hombros y se encontraba completamente erguido -Cuídalo mucho.
-De eso no tienes que preocuparte. Buen viaje, Geo.
-Buen viaje, amigo –Eagle ya se encontraba al lado de Umi y le extendía la mano al moreno.
-Lo será –Geo le dio un buen apretón de despedida –O Zazu pagará las consecuencias. La Senadora Kya no es alguien a quien impacientar. Como su sobrino debes saberlo, ¿no? –su mueca reveló sus blanquísimos dientes.
-Claro que sí –dio su clara sonrisa de niño bueno.
-Dale mis saludos a Tatra cuando la veas.
-Lo haré. Así tenga que amarrarla para lograrlo –bromeó. Y con eso, se dirigió a abordar la nave que transportaría a los enviados diplomáticos de Autozam hasta Céfiro. Ya en la entrada se giró para dar con la mano un último adiós y mirar a sus amigos. No pudo menos que sentirse satisfecho. En verdad, los dos se veían muy bien juntos.
-Mi querida prima, hora descansar y de un buen té –Alcar por fin había conseguido que la heredera al trono se sentara y no pensaba dejarla abandonar tan fácilmente sus aposentos. Antes de que siquiera se le pasara la idea de continuar con sus obligaciones por Céfiro, el joven ya le había instalado una taza en las manos y comenzaba a verter el té en ella.
-Gracias, Alcar –Tatra solo le había sonreído y ahora disfrutaba el aroma y sabor del líquido –Delicioso… Me hacía tanta falta.
-Ya lo creo –el tono de su primo era serio y preocupado –La futura reina se preocupa tanto por sus súbditos que se olvida de cuidarse ella misma.
-Hay tanto que hacer…
-Y se hará. Ya lo haces –remarcó –pero debes saber cuándo parar. Te necesitamos fuerte y sana –y le dio un buen sorbo a su té, seguido de un claro sonido de apreciación –Debes darte más tiempo para estas cosas. ¿Hace cuánto que no disfrutábamos en calma de una buena taza de té?
-Creo que mucho –respondió mirando melancólica el líquido.
-Demasiado. Me preocupas y no solo porque seas mi futura reina –dijo con ternura y cariño forjado a punta de anécdotas familiares y risas y penas compartidas –Solo te pido una o dos horas de tu tiempo para ti misma. ¡Mucho mejor si lo compartimos! –ambos rieron –Pero si quieres ocuparlo en meditación, lectura o una simple siesta, está bien. Es tu tiempo, por favor tómatelo.
-Lo haré. Pero no te sorprendas si es que tienes que recordármelo –Tatra le dio una sonrisa culpable.
-Tranquila. Estoy preparado para echarle somnífero a tu té si hace falta –bromeó.
-¡Pero que audaz! –lo decía todo risueña como siempre –Creo que te enviaré a una de las celdas de Bravada como precaución.
Ambos rieron y disfrutaron del momento. Era cierto, hacía mucho que la princesa iba y venía por todo Céfiro asegurándose de que su gente estuviera bien. La pobre no había parado desde Marcus la nombrara su enviada diplomática en ese mundo. Era eficiente y tenía todo el apoyo y comprensión tanto del soberano y el Gurú de ese mundo, como el de las Guerreras Mágicas, además de la asistencia de Varda y Alcar, que siempre la acompañaban en todo. Pero incluso así, parecía que para Tatra no era suficiente y su primo ya había comenzado a preocuparse ante los evidentes signos de cansancio que mostraba la joven. Tal vez su sonrisa lograra engañar a todo el resto, pero él la conocía de toda la vida y podía ver detrás de su hábil máscara. Varda también estaba preocupado, cosa que no hacía más que darle la razón al príncipe. Era hora bajar el ritmo.
Por su parte, Tatra sabía que tenía razón, pero no podía evitar actuar así. Cada vez que pensaba en su mundo desmoronándose, su corazón se llenaba de angustia. Los terremotos y las malas cosechas iban en aumento y como no estaba en casa, hacía cuanto podía en Céfiro para asegurar el bienestar de su gente. Sabía que a veces era demasiado, pero simplemente no sabía que más hacer. Además de eso estaban sus problemas para dormir… Alcar tenía razón. Tenía que darse un poco más de tiempo para ella misma o pronto no sería útil para nada ni para nadie. Ese té era una bendición y pensaba aprovecharlo. Además, a pesar de estar constantemente con él, tenía tan descuidado a su primo que ya llegaba a ser maleducado. Imperdonable.
-¿Qué has sabido de Umi? ¿Vision la está tratando bien? –la sonrisa de Alcar no podía ser más sincera que la que esbozaba en ese momento.
-¡Por supuesto que sí! –la duda era absurda –Eagle sería incapaz de dañarla.
-Lo sabías desde mucho antes, ¿no es verdad?
-Tuve mis primeras sospechas cuando la envió de vuelta a Céfiro para que no tuviera problemas con su familia. Se veía tan decidido a protegerla… dudo que él mismo lo haya sabido entonces –se rio –Y luego, cuando llevó a sus padres a Autozam… fue como si le devolvieran algo que no sabía que le habían sacado de su interior. Sé que lo sabía cuando nos fuimos –suspiró llevando una mano a su corazón. Recordó con cariño y emoción cada relato de Umi sobre sus conversaciones por el comunicador… había sido tan gradual, pero con cada secreto y anécdota compartida la complicidad e intimidad había ido creciendo. La peliazul había estado tan emocionada por sorprenderlo en el torneo. Tatra no pudo evitar sonreír –¡Al final fue más sorpresa para ella que para él!
-¿Lo habrá sabido?
-No. No conscientemente al menos –miró su taza de té –Pero lo sintió. Sé que lo hizo. Cada vez más fuerte, día con día… -la observó pensativa, con una extraña mezcla de felicidad y tristeza (¿añoranza tal vez?) que hasta entonces no sabía que podía expresar su mirada.
-Ya encontrarás a alguien tú también, Tatra –dijo con suavidad y su prima solo se rio –Pero para eso necesitas tiempo para ti misma. Es difícil que aparezca un novio si la cara de la novia se llega a ver borrosa de tanto correr –se burló ladeando la cabeza y provocando la risa musical de su prima.
Ya habían pasado tres días desde la partida de Geo y una vez más Umi se encontró disfrutando del área recreacional cera del palacio presidencial. La joven ya le había tomado cariño a ese lugar. Tenía razones de sobra para ello. No solo era uno de los lugares más bellos bajo la cúpula de esa de esa ciudad cubierta, también era uno de los lugares de ambos. Ahí era donde por primera vez se había abierto con ella respecto a las sombras que por un tiempo habían plagado sus sueños y robado su energía durante el día. Era uno de los lugares que a él le gustaba visitar para despejar sus pensamientos. Y también… era donde se habían abrazado como pareja por primera vez… Aún le costaba creer que ya llevaran juntos tres semanas, ¡pero era cierto! Sonrió como no muchos la habían visto hacerlo al pensar en eso bajo la sombra del árbol de Eagle.
De la nada, solo vio oscuridad y sintió el calor de dos palmas que ya conocía muy bien sobre sus párpados -¿Puedo sentarme?
-Como si hubiera alguien capaz de pararte una vez que te decides –intentó retirar las manos, pero él no la dejó
-Aún no –dijo mientras se sentaba –Voy a soltarte, pero no quiero que los abras todavía, ¿entendido?
-Eagle…
-¿Entendido?
Un suspiró escapó de los labios de la quinceañera –Entendido, comandante.
-Bien.
La soltó y por unos segundos no hizo nada más que contemplarla. En verdad tenía suerte, no solo era leal e inteligente, sino también hermosa. Se veía bien prácticamente con todo, pero la ropa autozamita realmente le sentaba. Llevaba un traje parecido al que Hikaru había vestido abordo de su nave, pero el suyo era azul y en vez de terminar en una falda corta, caía en una tela que se abría por ambos costados desde la cadera y le llegaba justo debajo de las rodillas. Por debajo llevaba un pantalón negro de tela delgada, pero resistente que desaparecía dentro de unas largas botas blancas y en la cintura, completamente blanco, un cinturón con un ovalo coronando su centro. A diferencia de muchos, no llevaba guantes, pero sus brazos estaban totalmente cubiertos por unas finas mangas negras que terminaban en triángulo sobre sus manos. Perfecta… ¿De verdad ya llevaban tres semanas? ¡Bendito dolor de cabeza que los había sacado de esa fiesta!
Sonriendo, extrajo algo desde debajo de su manto y tomó sus manos para dejarlo dentro de ellas.
-¿Qué…?
-Ábrelos.
Lo hizo y vio que sostenía una pequeña caja negra. Le dirigió una mirada de curiosidad, pero el comandante estaba muy interesado en el pasto con el que sus dedos jugaban. Cada vez más intrigada, examinó la caja hasta encontrar la abertura. Y al levantar la tapa, una exclamación de sorpresa escapó de sus labios al encontrarse con un pequeño colgante con forma de rombo de un mineral que brillaba igual que la plata. En el centro había una piedra cuyo origen también le era desconocido, pero que era simplemente hermosa y sus ojos no podían dejar de ver; a ratos parecía verde, a ratos azul, luego ambos. Pero lo que más le gustó fueron el águila y el dragón que estaban grabados alrededor de la piedra de forma que las garras de ambos parecían sostener la piedra y quedaban conectadas por ellas.
Sonrió todavía mirándolo al sacarlo de la caja -¿Intentas decirme algo, Vision? –lo miró.
-Solo digamos –retiró con cuidado el colgante de sus manos –que no voy a dejarte ir tan fácil –el regalo ya se encontraba seguro en su cuello y él la miraba con intensidad.
-¿Y quién te dijo a ti…–apoyó la cabeza en su hombro y le dedicó una mirada y sonrisa que eran solo para él -… que pretendía irme a alguna parte? –apenas lo había terminado de decir cuando los brazos de Eagle la rodearon y capturó sus labios con los suyos. Sonriendo, le rodeó el cuello y comenzó a devolver el beso.
