Barney despegó los párpados lentamente y la almohada amortiguó el sonido del bostezo. La luz del sol entraba por una rendija de las cortinas cerradas, como si fuera el filo de un cuchillo. Levantó la cabeza para mirar a su alrededor: estaba en su habitación del hotel. O creía estarlo, porque hubiese jurado que el día anterior la cama estaba orientada hacia el lado contrario.

Había comenzado a incorporarse despacio sobre los codos cuando un escozor agudo le atravesó la espalda de parte a parte. Apretó los labios con fuerza e intentó mirar por encima de su hombro. No podía ver por qué le dolía tanto. Con la misma lentitud, intentó dar la vuelta y tumbarse boca arriba, pero cuando la espalda rozó las suaves sábanas de algodón con las que estaba vestida la cama del hotel, el dolor se hizo más intenso. Instintivamente se giró sobre su lado izquierdo mientras intentaba tocar el lugar de donde provenían los pinchazos

Con cuidado, pasó la yema de los dedos por la zona y, bajo ellas, pudo adivinar tres heridas, largas, paralelas y poco profundas, que picaban como el demonio. Se llevó la mano hasta el otro hombro para encontrar unas marcas similares, que cruzaban desde el omóplato hasta el centro de su espalda. La mueca de dolor dio paso lentamente a una sonrisa satisfecha cuando recordó cómo habían llegado aquellas heridas a su espalda. Giró la cabeza hacia el otro lado de la cama. La causante de aquellas heridas aún dormía a su lado, con el rubio cabello ocultando en parte su bello rostro.

Pese a que la noche había terminado de la forma más placentera, no toda ella se había desarrollado de la misma manera. Cuando Yelena y él llegaron al bufete del abogado, las luces estaban apagadas. Pero él sabía los hábitos de Chadwick porque los había estado estudiando durante un tiempo. Aquella era la noche en la que el hombre solía quedarse para actualizar la documentación de los casos que llevaba entre manos y adelantar el trabajo para la semana siguiente. Un concienzudo hijo de puta.

El hombre no le reconoció cuando emergió de entre las sombras con Yelena a su lado, guardando las distancias. Tuvo que refrescarle la memoria sobre cuándo y cómo sus vidas se habían cruzado. Barney supo que Chadwick había adivinado en aquel momento que las cosas no pintaban bien para él esa noche.

El abogado le seguía desagradando tanto como lo había hecho años atrás. Se había retrepado en su asiento como un vil gusano y se había puesto a sudar. Intentó justificarse, entre balbuceos y medios sollozos. Barney recordó la amarga risotada que había surgido del fondo de su pecho, como si la estuviese escuchando en ese mismo instante. Con las manos temblándole como hojas, le había pedido perdón una y otra vez. La cara del hombre había cambiado drásticamente cuando le dijo que ya era demasiado tarde y que nada le devolvería los años que había pasado en prisión por su ineptitud.

Barney se había dado cuenta en aquel momento de que nada bueno iba a salir de aquel encuentro. Había notado cómo una creciente ira anidaba en el centro de su pecho, volviéndolo todo rojo a su alrededor. Sólo escuchaba el correr alocado de la sangre al pasar por sus oídos y todo el bourbon que había tomado calentándole las entrañas.

Yelena se había mantenido en un inteligente segundo plano, aunque él había sabido en todo momento que los ojos de la mujer estaban fijos en él y en la escena que se desarrollaba en aquel despacho. La había mirado de reojo y ella le había ofrecido una mueca que se asemejaba a una sonrisa y que le prometía en silencio que, cuanto antes terminaran aquel asunto, antes retomarían lo que habían dejado a medias en el pub.

Entonces fue cuando todo se precipitó. Barney se había abalanzado sobre el hombre como un ave de presa, saltando sobre el escritorio con agilidad. Chadwick había intentado levantarse de su asiento, pero Barney había sido más rápido y sus puños chocaron contra la cara del abogado una y otra vez, con furia y con todo el odio que había ido gestando durante todos aquellos años. El hombre no opuso resistencia, con su cabeza balanceándose de lado a lado mientras recibía un puñetazo tras otro hasta que Barney escuchó el sonido sordo y seco de algo al romperse. Soltó al hombre, que cayó desmadejado al suelo sin conocimiento; con la cara hinchada por todos los golpes que le había dado, los labios reventados y la nariz sangrando y rota. A Barney le recordó una máscara grotesca de carnaval.

Yelena se había acercado hasta él y le había colocado la mano en su brazo. El calor que irradiaba la mujer lo encendió de nuevo. La besó con saña, mordiéndole el labio, con sus manos recorriéndola de arriba abajo y apretando los firmes músculos de su cuerpo. Ella le respondió de la misma manera, punto por punto. Casi no se habían quitado las manos de encima en todo el camino de regreso al hotel.

Apenas se había cerrado la puerta de la habitación de ella en el hotel cuando ambos ya estaban desnudos sin dejar de besarse. Y entonces fue cuando sintió el primer arañazo en su espalda. Las uñas de Yelena se clavaron en su piel como agujas. Pero lejos de desagradarle lo excitaron aún más, haciendo que una corriente eléctrica recorriera todo su cuerpo, tensándolo. Recordaba haberla tomado por las nalgas y alzarla para que ella cerrara sus piernas en torno a su cintura. Ambos cayeron en la cama sin que sus bocas se separaran mientras se mordían y lamían. Fue un auténtico espectáculo observarla la primera vez que se corrió bajo las habilidosas caricias que sus dedos le prodigaron. Y volvió a serlo cuando le provocó el segundo orgasmo con la lengua. Después de aquello, él tardó sólo una embestida en estar dentro de ella mientras Yelena volvía a clavarle las uñas, arañándolo sin piedad. Una vez más, aquella mujer fue algo digno de admirar cuando al fin él se derramo en su interior.

Barney miró fijamente a la mujer que todavía dormía. Aún tenía el labio inferior un poco hinchado por sus besos y mordiscos, y la suave piel del rostro un poco enrojecida. Pero nada de ello era importante. Algo que no podía decir de los arañazos, enrojecidos y abultados, que surcaban sus hombros y sus bíceps. Despacio, se giró para bajar los pies de la cama. Se sentó al borde del colchón y se tocó bajo el pecho izquierdo. Vio un pequeño hematoma que no tenía antes de su encuentro con la espía rusa. "Ah, ha sido una noche memorable después de todo", se dijo dejando que una sonrisa se dibujara en su rostro. Estaba a punto de levantarse de la cama cuando una mano acarició su espalda de arriba abajo. Perdiéndose en la sensación que despertó en su cuerpo, Barney cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido de placer que resonó en su fláccido miembro, endureciéndolo a medias.

—¿Te marchas? —oyó preguntar a Yelena con voz algo áspera a causa del sueño. Barney la miró por encima de su hombro.

—Sí —contestó.

El colchón se balanceó detrás de él cuando el peso del cuerpo de la mujer cambió de situación. Yelena se colocó a su espalda, de rodillas, completamente pegada a él, tanto que podía sentir los pechos de la mujer acariciarle la piel. Las manos femeninas se cerraron en torno a sus hombros y él ahogó un quejido cuando rozaron las heridas.

—Creí que eras un hombre de palabra, Barton —le susurró al oído. Barney sintió como cada poro de su piel volvía a despertar. Asintió antes de contestarle.

—Lo soy.

Yelena sopló con suavidad en su oreja antes de atrapar el lóbulo entre sus labios. Lo rodeó con sus brazos desde atrás, hasta que una de sus manos se cerró en torno a sus testículos, que apretó levemente.

—Entonces haz honor a ella, porque aún no has terminado aquí.

Barney sonrió, aunque dicha sonrisa no llegó a sus ojos; se giró hacia la mujer y atrapó su boca. "Bueno, a fin de cuentas no tengo nada mejor que hacer", pensó antes de levantarse, atraerla hacia él y encerrarla entre sus brazos.

Aquella mañana a Tony, el café le sabía especialmente bien, lo cual era extraño porque era el mismo café de siempre, hecho por la misma gente de siempre. Tomó un nuevo sorbo de la taza y miró el brebaje que aún quedaba en su interior, oscuro y algo denso. Sí, estaba muy bueno. Aunque, si lo pensaba con detenimiento, tal vez no fuera el café sino su estado de ánimo.

Después de todas las cosas que habían ocurrido en los últimos días, parecía que iban encajando poco a poco, cada una en su lugar y de la manera adecuada: Natasha había regresado sana y salva de su periplo por China, trayendo con ella a Barton. Sabían, o al menos él sí que lo sabía, a quiénes se iban a tener que enfrentar para aclarar todo aquello, y Coulson seguía vivo. Sonrió satisfecho; sí, sin duda era él y no el café.

Tomó el periódico que tenía a su lado, sobre el sofá, y lo abrió. Por regla general leía las noticias en su tableta, o Jarvis se las mostraba en la pantalla gigante de la sala mientras desayunaba. O le leía simplemente los titulares mientras él estaba ocupado en su laboratorio. Pero aquella mañana había hecho traer el periódico impreso, el tradicional. Tal vez se sintiera nostálgico. "O me estoy haciendo mayor", pensó con una sonrisa prendida en los labios. Desplegó el tabloide y paseó la mirada por la primera plana.

Ya fuese en una edición en papel o digital, daba igual: las historias que contaba eran siempre las mismas: un político corrupto que había defraudado varios millones de dólares al fisco, una estafa millonaria de una agencia que vendía bonos, el asesinato de un abogado en su propio despacho… Nada cambiaba, fuera el que fuese el medio que escogiera para informarse.

No estaba dispuesto a que nada le agriase el carácter aquella mañana. Aunque se habían despejado algunas incógnitas, nada estaba resuelto, y ese mismo día tendría que informar a Barton y Romanoff sobre quiénes estaban detrás del secuestro de éste y la usurpación de identidad de ambos. Pero eso sería cuando los dos maestros asesinos aparecieran.

Había sido duro convencer tanto a Clint como a Natasha para que descansaran la noche anterior, y hacerles entender que debían esperar al día siguiente para que él los pusiese al día de las noticias que poseía. No podía soltarles la bomba sobre Coulson, el hermano de Barton y aquella otra Viuda Negra esa misma noche, cuando había podido ver en sus rostros y en sus movimientos corporales lo cansados que se sentían por todo lo que habían pasado y las horas acumuladas de viaje. No, Tony había insistido en que debían esperar al día siguiente, descansar y que, cuando lo hubiesen hecho, él no tendría ningún problema en compartir con ellos la información.

Tony se levantó de nuevo sin desviar la mirada del periódico. Al llevarse la taza a los labios se dio cuenta de que ya no quedaba café en ella. Con cierta frustración, dejó el periódico sobre el sofá y se dirigió hacia la máquina de café espresso que había hecho traer desde Italia un tiempo atrás. Se sirvió una nueva taza y bebió de ella antes de regresar al sofá. Aún no había tomado asiento cuando escuchó la puerta automática del salón abrirse.

Clint y Natasha entraron en la habitación, uno tras la otra, con pasos calmados y actitud relajada. Natasha aún traía el pelo un poco húmedo y las mejillas sonrosadas, lo que le daba mucho mejor aspecto que la noche anterior. Barton se había quitado aquella sombra de barba que lo avejentaba y llevaba puesto algo más acorde con su manera de vestir que aquel pantalón de algodón con el que llegó la noche anterior. A ambos parecía haberles sentado bien el descanso.

Tony se giró hacia ellos y señaló hacia la máquina de café.

—Podéis prepararos un café, si queréis.

Clint se desvió de inmediato hacia el lugar en donde se encontraba la cafetera mientras Natasha proseguía en dirección a Tony. Cuando llegó hasta él ambos se sentaron a la vez.

—Buenos días.

Natasha lo miró de soslayo, reclinándose contra el asiento.

—Buenos días —respondió ella sin agregar nada más. Clint llegó en ese momento, le tendió una de las tazas que llevaba y ella la aceptó con una sonrisa.

—¿Y bien? ¿Qué tal habéis descansado? —preguntó Tony con desenvoltura, mirando primero a una y luego al otro.

Clint bebió de su taza para asentir con un pesado gesto de cabeza.

—Es bueno estar de nuevo en casa —respondió mientras dejaba escapar el aire lentamente.

Tony miró a su compañero y amigo durante unos instantes. No tenía ni idea de qué había pasado en China, tan sólo sabía lo poco que le había informado Jarvis sobre su huida del país. No había que ser muy listo para saber que Barton no lo había pasado nada bien el tiempo que había estado allí, eso lo podía apreciar a simple vista. Hacía dos años que conocía al arquero y habían pasado juntos buenos y malos momentos; habían trabajado codo con codo, confiando el uno en el otro, y Tony podía ver que aquella actitud desenfadada y casi burlona que solía ser distintiva en él no estaba presente aquella mañana. Los ojos de Clint no abandonaban a Natasha ni un solo segundo y ella parecía hacer lo mismo. Intentando llamar la atención de los dos maestros asesinos, Tony carraspeó intencionadamente.

—Y bien, no voy a pretender que me contéis qué es lo que ha ocurrido y cómo ha llegado a ocurrir. Al menos no ahora.

Nataha respiró hondo y, cruzándose de brazos, se reclinó en el sofá.

—Lo importante es que estamos de vuelta. Ahora mismo me vale con eso —dijo la mujer, alzando un poco la comisura de los labios en una suerte de mueca que se asemejó a una sonrisa.

Tony vio por el rabillo del ojo a Clint hacer un gesto con la cabeza.

—Lo es, Nat —intervino el arquero, mirando a la mujer que estaba sentada frente a él—. Pero sabes lo que tenemos que hacer.

Natasha torció el gesto, miró en dirección al ventanal y asintió. Tony los miró a ambos alternativamente para acabar posando sus ojos en Clint.

—Un momento, alto ahí. ¿Seguís pensando que debéis ir a la policía?

Clint y Natasha fijaron sus miradas en él casi a la vez.

—Sí —intervino Clint mientras se movía incómodo en su asiento—. Creo que lo mejor es ir a la policía, Tony. Sin perder el tiempo. No sé lo que nos tienes que contar, pero creo que debemos aclarar la situación con las autoridades. Y cuanto antes, mejor.

Tony se levantó, alejándose unos pocos pasos del sofá y sabiendo que tenía fijas en él las miradas de los dos espías. Se giró con un fluido movimiento para enfrentarlos. No sabía bien la razón, pero le estaba costando encontrar la manera de revelarles que Coulson le había proporcionado. Y no tenía por qué, pensó, ya que cuanto antes los supieran ambos, antes podrían tomar las riendas y buscar soluciones. Alzó los brazos de manera teatral y los dejó caer pesadamente antes de continuar hablando.

—Desde luego que hay que aclarar la situación. Pero no creo que ir a la policía sea la mejor opción ahora mismo.

Clint se levantó casi de un salto, como si lo hubiesen accionado con un resorte. Con dos largos pasos llegó hasta donde él estaba.

—Es mi reputación la que está en entredicho, Tony —le dijo, con los dientes tan apretados que Tony pudo ver una ligera contracción en los músculos de su mandíbula—. Han sugerido que he sido yo quien mató a ese congresista porque podría haberme pasado a las filas de HYDRA. Han sugerido que ha sido Nat quien ha matado a ese otro hombre —enfatizó sus palabras señalando a la mujer que aún seguía sentada en el sofá con toda su atención fija en ellos—. No quiero que ese rumor se extienda más de lo que ya lo ha hecho.

Tony no podía dejar de pensar que llevaba razón; toda la razón. Cuanto más tiempo tardara en aclararse todo aquello, más daño les haría a las reputaciones de ambos. Pasándose una mano por el pelo, se alejó unos pasos de Clint.

—Tal vez reconsideres esa opción cuando te cuente quién está detrás de todo esto —le dijo girándose de nuevo hacia él.

Clint separó ambos brazos de su cuerpo en una muda interrogación.

—¿Y bien? Si lo sabes, estamos esperando.

Tony tomó aire antes de contestar al fin.

—Justin Hammer.

Fue el momento de Natasha para levantarse del sofá como si la hubiesen pinchado con agujas. Lo miró con ojos entornados.

—¿Justin Hammer? —preguntó con un tono de voz un poco más agudo del que era normal en ella—. ¿El Justin Hammer de Industrias Hammer? ¿Aquel que intentó copiarte la armadura para vendérsela al ejército?

Tony respondió.

—Ése mismo.

Natasha se acercó hasta los dos hombres, pero con su mirada fija en Tony.

—¿Qué pinta él en todo esto? Creía que estaba en la cárcel.

En esta ocasión, Tony negó con vehemencia.

—Ya no está en la cárcel.

De los labios de Natasha emergió un bufido que hizo que ambos hombres posaran sus ojos en ella.

—Debí aplastarle la cabeza más fuerte contra aquella mesa cuando tuve ocasión de hacerlo —masculló ella entre dientes. Barton la miró con la expresión de quien no comprende de qué se está hablando. Natasha le retribuyó la mirada y se encogió de hombros de manera inocente.

Tony recordaba a la perfección como Natalie Rushman lo engaño haciéndose pasar por una eficiente secretaria de dirección. Y cómo, gracias a su ayuda, Hammer dio con sus huesos en la cárcel. No recordaba haberle dado las gracias a Natasha por aquello y anotó mentalmente que, cuando todo aquello acabase y tuviesen a Hammer de nuevo entre rejas, debía dárselas como era debido.

Dio unos pocos pasos hacia el mueble que ocultaba la gran pantalla, ahora escondida, y se giró de nuevo hacia ellos.

—Han levantado todos los cargos contra él. Y se ha erigido en salvador de esta puñetera ciudad —les dijo, alzando un poco la voz.

Clint y Natasha se miraron el uno al otro, sin comprender. Natasha dio un paso al frente.

—¿Quién le ha dicho que tiene que hacer eso? Ese tipo es demasiado tonto para pensar por sí mismo.

Tony tomó aire antes de contestar.

—HYDRA.

Un silencio sepulcral se adueñó del gran salón. Los ojos de Natasha se empequeñecieron cuando entornó los párpados. Dio un nuevo paso hacia donde se encontraba Tony. Clint la imitó.

—¿Cómo dices? —inquirió la espía.

Los hombros de Tony se hundieron un poco.

—HYDRA. HYDRA está detrás de todo esto. Hammer trabaja para ellos.

Natasha giró en redondo, andando en dirección contraria para, acto seguido, regresar sobre sus pasos.

—Maldito hijo de puta —masculló entre dientes.

Tony afirmó con un pesado gesto de cabeza.

—Bueno, estamos de acuerdo en eso.

Por el rabillo del ojo, Tony casi podía ver la maquinaria mental de Natasha trabajando sin cesar. La mujer iba y venía de un lado a otro, con la cabeza gacha, mordisqueándose el labio inferior. Tony la observó con interés.

—¿Qué ocurre, Romanoff? —preguntó, girándose hacia ella.

Natasha se detuvo junto a Clint.

—Algo no encaja, Tony.

—¿Qué quieres decir?

La mujer miró al arquero para regresar la vista hacia él.

—HYDRA puede estar moviendo los hilos y haber puesto al frente de todo esto a Hammer. Pero él no puede ser quien nos ha copiado. No puede ser él quien haya matado a esos dos hombres. No tiene el entrenamiento para ello.

Clint giró la mirada hacia Tony.

—Nat tiene razón. Hammer no puede estar solo en todo esto. Necesita de alguien que le haga el trabajo sucio, que se manche las manos. Alguien que pueda imitar la manera en que nosotros trabajamos —dijo acercándose a Tony—. HYDRA ha debido encontrar a alguien que puede suplantarnos. Tiene que haber alguien más.

Ya no podía postergarlo más. Los dos ex agentes de SHIELD debían conocer la verdad cuanto antes. Tony giró sobre sus talones y llegó hasta el mueble, abrió una de las puertas y sacó el dossier que Coulson le había dejado. Se giró de nuevo hacia ellos.

—Hay algo más, es cierto —les dijo mientras miraba la carpeta que tenía entre las manos.

Clint dio un paso hacia él.

—¿Qué quieres decir con eso de "hay algo más", Tony?

Tony frunció el ceño.

—No es la única información a la que he tenido acceso.

Natasha alzó la barbilla ligeramente.

—Y estás disfrutando dándonosla con cuenta gotas.

A veces envidiaba la franqueza y la manera que tenía Natasha de enfrentarse a las situaciones. "Nada de subterfugios, nada de dejar las cosas para luego. Cuanto antes diera con la información, tanto mejor". Tony se acercó hasta ellos.

—No, Natasha, no es eso —se excusó mientras bajaba la mirada—. Es sólo que es un tanto difícil para mí.

Natasha se colocó junto a Clint, ambos a unos pocos pasos de él.

—¿Por qué es difícil?

Tony dio media vuelta y se alejó de ellos unos metros. Giró sobre sus talones para enfrentarlos.

—En efecto, Hammer no está sólo en esto. Tengo… tengo información sobre dos personas más que lo están ayudando.

—¿Quiénes son? —preguntó Clint, serio.

Tony hizo una mueca con los labios.

—Tu hermano, Barney, es uno de ellos.

El rostro de Barton cambió de expresión de un segundo a otro. Y volvió a cambiar un segundo después conforme el arquero iba procesando la información que Tony acababa de darle. De la sorpresa a la incredulidad, pasando por la negación. Sin intención, dio un paso hacia atrás.

—No puede ser —dijo con un tono de voz que no era más que un murmullo—. Mi hermano está muerto. Hace años que está muerto.

Natasha se acercó hasta él. Su mano se cerró sobre el antebrazo de su compañero.

—¿Quién es el otro?

Tony apretó los labios.

—Otra. Yelena Belova —y le tendió a Natasha el dossier con la información.

Natasha estiró su brazo y cogió de manos de Tony la documentación, casi con rudeza. Sacó de la carpeta la foto de la mujer y la del hermano de Clint. Este la tomó despacio de manos de Natasha, mientras la observaba con la mirada fija en aquel pedazo de cartón.

Por unos instantes nadie dijo nada, tan sólo el silencio. Tony observó a sus dos compañeros, frente a él. El rostro de Natasha tenía una expresión pétrea que no dejaba adivinar qué estaba sintiendo o pensado. En cambio, Clint era otro cantar. No podía apartar la vista de la fotografía, que agarraba con tanta fuerza que se había arrugado por el borde por el que la tenía sujeta. Tenía los labios apretados, casi blancos, y la mandíbula en tensión. Los ojos medio entornados y una rigidez en los hombros que le decían más que mil palabras lo que estaba pasando por su cabeza.

—Se suponía… se suponía que estaba muerto —dijo el arquero en voz tan baja que Tony tuvo que hacer un esfuerzo para entenderlo.

Tony no tenía hermanos, ni le quedaba ninguna familia más que Pepper y la que había construido con aquellas personas tan dispares en la forma pero tan afines en el fondo. Tal vez era debido a eso por lo que podía ponerse en la piel de Clint al saber que su largamente dado por muerto hermano mayor no lo estaba, y que era quien estaba detrás de todo aquel entramado para desacreditarlo y ensuciar su nombre. Sintió cómo un puño invisible retorcía su estómago.

De repente, Clint arrojó la fotografía sobre el sofá con desprecio y, sin decir ninguna palabra, dio media vuelta y se alejó hacia la salida con paso rápido.

—¡Barton! —lo llamó Tony mientras daba un paso hacia la dirección por donde había desaparecido. Una mano de Natasha sobre su antebrazo lo detuvo.

—Déjalo. Necesita estar solo.

—Pero… —intentó añadir Tony. Natasha ladeó la cabeza y compuso una triste mueca.

—Lo sé, Tony. Pero lo conozco. Déjalo ir.

Tony miró a la mujer, que tenía la vista clavada en el lugar por donde había salido Barton, con una preocupación genuina tiñendo sus hermosos rasgos. Ella conocía a Barton mejor que nadie. Si Natasha no había ido tras Clint, él debía creer que ella estaba en lo cierto cuando le decía que su compañero necesitaba estar solo.

Después de unos momentos, Natasha regresó la mirada hacia Tony.

—¿Cómo has sabido esto?

Tomó aire y miró hacia otro lado, rehuyendo aquella mirada inquisitiva. No podía decirle quién se lo había proporcionado. Quería hacerlo, por supuesto, pero no debía. De hacerlo, desvelaría el secreto de Phil Coulson y no estaba seguro de tener aquel derecho. Confiaba en que fuese el propio Coulson el que les dijese que seguía vivo.

—Dejémoslo en que me he enterado. Ahora podemos ponerle solución.

Natasha lo miró con ojos entornados, como si quisiese leer su mente y enterarse así del secreto que guardaba. Tony temió por unos instantes que ella insistiera en saberlo, pero no lo hizo. Tendiéndole la fotografía de la otra Viuda Negra, asintió tras unos interminables segundos de espera.

Tony recogió la instantánea y la metió de nuevo en la carpeta, señalándola con un gesto de cabeza.

—¿Qué tiene Belova contra ti?

Despacio, Natasha giró sobre sus talones y se dirigió hacia el sofá.

—Yelena Belova fue mi compañera cuando ambas fuimos reclutadas por la Habitación Roja —comenzó diciendo. Natasha cruzó una pierna sobre la otra y apoyó una mano en su rodilla. Tony volvió a ver aquella mirada cansada y preocupada de días atrás, antes de que se marchara a China.

Natasha se pasó la mano por el rostro y se frotó los ojos.

—Compañeras. No, aquella palabra no existía en ese lugar —agregó la espía—. Un día estabas viva, y al siguiente podía haberte matado otra de las niñas. Yelena… Yelena no tenía piedad con nadie. Y yo era su objetivo, el espejo en donde se miraba. No soportaba que los instructores me dirigieran una palabra de aliento… o la clase de aliento que conseguías en un lugar como aquel. Ella quería verme muerta. Quiere ser la Viuda Negra, no una cualquiera. Simple y llanamente.

Bajando la mirada hasta posarla en sus zapatos, Tony asintió, comprendiendo al fin.

—Quiere terminar lo que no pudo hacer en aquellos días.

Con irritación y manteniendo la cabeza alta, Natasha asintió.

—Eso es lo que quiere, sí.

Tony anduvo unos cuantos pasos para girarse de nuevo hacia donde Natasha continuaba sentada.

—Tenemos que detenerlos: a Belova. A Hammer. Y a Barton… al hermano de Clint, quiero decir.

Natasha se levantó, aunque tenía la mirada puesta en el lugar por donde había desaparecido su compañero unos minutos atrás.

—Sí —contestó escuetamente.

Tony señaló hacia el mismo lugar al que ella miraba.

—Ve a hablar con él. Tiene… tiene que ser duro enterarte de que no sólo tu hermano, al que creías muerto, no lo está; sino que, además, es él quien quiere verte muerto a ti.

Con reticencia, Natasha se encaminó hacia la salida. Antes de llegar a la puerta, se giró buscando a Tony.

—Aún tienes que contarnos cómo has conseguido esa información.

Tony se encogió de hombros y le hizo un gesto con la mano.

—Ve a buscarle y habla con él, Natasha. ¿Confías en mí?

Los labios de la mujer se curvaron ligeramente. Unos instantes después, asintió.

—Confío en ti, Tony. A veces pienso que no debería, pero sí, confío en ti.

Sin añadir nada más, Natasha giró sobre sus talones y abandonó el salón con paso ágil. Las puertas automáticas se cerraron detrás de ella cuando salió.

La mirada de Tony vagó por unos momentos por la habitación. Se acercó al mueble donde guardaba las bebidas y sacó una pequeña botella de zumo. Pensó que, tal vez, no pasaría nada si le echaba un par de dedos de algo más fuerte, que le templara los nervios, pero lo desechó de inmediato. Necesitaba el pulso firme y la cabeza despejada para saber qué iba a hacer. Dejó la bebida sobre el mueble y se acercó hasta el gran ventanal que le ofrecía una panorámica impagable de Nueva York.

Tenía que sopesar cuál sería su próximo paso. Aunque no tenía a Hammer por un tipo demasiado listo, ahora sabía que HYDRA estaba manejando los hilos. Tal vez, si lo empujase a dar un paso en falso, él se desmarcaría y terminaría por cometer un error que podría hacerle caer. Sonrió satisfecho. Se giró con agilidad para abandonar a toda prisa el salón. "Tengo una visita que hacer".

Clint no podía dejar de moverse de un lado a otro en su habitación. Recorría una línea imaginaria para desandarla a continuación; con pasos largos, todos los músculos de su cuerpo en tensión y las manos convertidas en firmes puños pegados a sus muslos.

No podía creer lo que le había contado Tony. Más aún; no quería creerlo. Barney hacía años que estaba muerto. Lo habían matado en una cárcel colombiana muchos años atrás, mientras cumplía una condena por… ni se acordaba por qué lo habían encerrado allí. Nunca lo tuvo muy claro.

Desde que ambos dejaran el orfanato unos años antes, la vida de los dos había ido dando tumbos hasta que recalaron en el circo ambulante que los acogió sin preguntarles de dónde venían. Ambos encontraron allí una especie de familia, que renegó de ellos cuando las cosas se torcieron con Barney y su tendencia a meterse en líos en cuanto podía.

Le siguió cuando se marchó pero, tras vérselas con la ley, llegó a la conclusión de que no quería seguir a su hermano al fondo del pozo en el cual terminaría si no ponía remedio. Y sus caminos se separaron, aunque siguieron en contacto durante un tiempo. Sólo supo de él un año después, cuando Barney lo localizó e intentó que lo sacara de la cárcel. Clint bajó la cabeza al recordar la mirada de odio de su hermano mayor cuando él le dijo que no estaba dispuesto a encubrir a un ladrón y traficante, por muy hermano suyo que fuera. Recordar los fríos ojos azules de Barney clavados en él, con la mandíbula apretada, agarrado a aquellos barrotes de la celda en donde le tenían preso, hizo que un puño invisible le dejara sin respiración por unos momentos, y tuviese que buscar el apoyo de la cama para sentarse.

Clint bajó la cabeza hasta que su barbilla casi rozó el pecho. "No, no puede ser. Barney está muerto. Barney está muerto", se repetía una y otra vez como si fuese un mantra. Porque si la información de Stark era correcta, era Barney el que quería verle muerto. Y, además, destruir su reputación. Fijó la mirada en el suelo bajo sus pies. Nada tenía sentido: lo habían secuestrado y habían intentado que Natasha creyera que él se había pasado a las filas de la recién resucitada HYDRA. Y ahora le decían que una de las manos que estaba tras aquella locura era su hermano. No, negó con la cabeza, nada tenía sentido para él.

Se levantó como si le hubiesen pinchado con una aguja y se acercó hasta el gran ventanal que dominaba casi toda una pared del dormitorio que compartía con Natasha. La vista de la ciudad era impresionante pero él, en realidad, no la veía. Lo único que podía ver era su propio reflejo en el cristal: el reflejo de alguien cansado y que no podía creer las noticias que acababan de darle. A lo lejos oyó la sirena de un coche de policía pasar por la amplia avenida. Cerró los ojos y apoyó la frente contra el frío vidrio. Lo encontró reconfortante por unos segundos. Tomó aire y lo expulsó lentamente. Cuando abrió los ojos, una nube de vaho había empañado el cristal.

Se incorporó con tranquilidad. Tenía que pensar qué iba a hacer. Iba a ser inevitable verse las caras con Barney si quería arreglar todo aquello. Tenía que enfrentarlo y zanjar lo que hubiese entre ellos. Pero Barney era listo, muy listo. No daría un paso en falso. Aguardaría la ocasión en que supiera que podría encontrarlo con la guardia baja. Clint se giró y miró a su alrededor.

No, Barney no se presentaría allí, en la Torre Vengadores. Esperaría encontrarlo en cualquier otro lugar, cuando él no lo viese venir. Tenía que empujarlo a que fuera a verlo, a que saliese de su escondite. Con paso decidido se dirigió hacia el vestidor que compartía con Natasha.

Rebuscó en la balda superior una bolsa negra. Cuando la encontró, la dejó a su lado y comenzó a recoger algo de ropa. Acababa de meter un pantalón en ella cuando oyó abrirse la puerta de la habitación. Unos instantes después, Natasha se detuvo ante el vestidor, con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones vaqueros.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó mientras descansaba su hombro contra el dintel.

Clint se giró apenas para mirarla. Le enseñó la camiseta que ahora tenía en la mano antes de meterla en la bolsa de mala manera.

—Recojo algunas de mis cosas.

—Eso ya lo veo —rezongó Natasha, en tono áspero—. Mi pregunta es por qué lo estás haciendo.

Regresando a las perchas, Clint tomó una nueva camiseta, que siguió el camino de la anterior al interior de la bolsa.

—Me marcho a mi apartamento, en Brooklyn. Al menos por unos días.

Natasha se incorporó y dio un paso hacia el interior del estrecho cubículo.

—Hasta que tu hermano se presente, ¿no es así? Porque piensas que no va a aparecer mientras estés aquí.

Clint bajó la cabeza antes de asentir. Era inútil negarle algo a Natasha.

—No sé si me gusta que me conozcas tan bien —le dijo mirándola por el rabillo del ojo mientras sentía cómo su mandíbula se tensaba involuntariamente.

—Te aguantas —le contestó Natasha.

Ella volvió a dar un paso hacia él, hasta pararse a poco más de un metro de donde se encontraba.

—¿Es eso lo que piensas hacer? —preguntó ella—. Responde.

Con desgana, Clint arrojó la nueva prenda que tenía entre manos y se giró hacia ella para mirarla de frente.

—Eso es exactamente lo que pienso y lo que voy a hacer.

Por unos instantes se sostuvieron la mirada sin que ninguno de los dos la retirara o parpadeara. Fue Natasha la primera en hacerlo, encogiéndose de hombros.

—Está bien. Déjame pasar. Voy a coger mi bolsa y te acompaño.

Poniéndole una mano sobre su hombro, Clint la detuvo.

—No. Iré yo solo.

Los ojos verdes de Natasha se clavaron en él.

—De eso nada. Voy contigo.

Clint desvió la vista hacia la entrada de aquel reducido espacio. Se acercó hasta la mujer, deteniéndose a poco más de un par de pasos de ella.

—Nat, no quiero discutir contigo, de verdad que no, pero no puedo dejar que vengas conmigo —le dijo mientras el aire escapaba lentamente de sus pulmones—. Esto es algo que tengo que hacer yo solo.

Esperó por unos instantes que ella se quejara y le rebatiera. Pero eso no ocurrió. La expresión dura y decidida de Natasha se relajó y dulcificó. Dejó escapar el aire mientras sus hombros se hundían un poco.

—No quiero que vayas solo, Clint. No después de todo lo que ha pasado.

Clint se acercó más hacia ella hasta que el espacio entre ambos fue insignificante.

—Nat…

—No después de que casi te matan, Clint —continuó ella, con sus hermosos ojos clavados en la boca de Clint—. No quiero tener que volver a pasar por eso. No todavía, cuando está tan reciente, cuando apenas hemos regresado y dejado esa pesadilla atrás.

Despacio, Clint le rozó la mejilla, con dulzura. Natasha cerró los ojos y se apoyó en la palma de la mano que la acariciaba.

—No volverá a ocurrir, Tasha. En aquella ocasión no sabía nada sobre HYDRA, ni sobre el regreso de Barney, ni que había una conspiración en nuestra contra. Ahora es distinto, estoy preparado para enfrentarlo.

Natasha abrió los ojos, clavándolos en él.

—¿Estás seguro de que estás preparado? Es tu hermano, Clint. Un hermano que pensabas que estaba muerto desde hace años.

Clint tomó aire, aunque tenía la sensación de que no era capaz de llenar por completo sus pulmones. Era como si un peso invisible estuviese apoyado sobre su pecho y no le dejase respirar con normalidad. Despacio, rozó los labios de Natasha con los suyos. La mano de ella se cerró en torno a su muñeca, apresándolo y no queriendo dejarle escapar.

—Estoy preparado, Nat —susurró contra su boca—. Ahora sé a quién me enfrento.

Natasha le correspondió el suave beso con uno idéntico, que apenas rozó su labio inferior pero que le calentó el alma. Ella lo miró con aquellos inmensos ojos verdes.

—Está bien. Sé que no voy a poder convencerte de lo contrario —le respondió ella, alejándose unos pocos centímetros, los necesarios para poder mirarlo sin bizquear. Clint asintió con convicción.

—Pero prométeme —añadió ella antes de que él se alejara para terminar de preparar la bolsa—, prométeme que tendrás cuidado, y que si las cosas se tuercen, me llamarás. ¿De acuerdo?

Clint le sonrió con sinceridad.

—De acuerdo, te lo prometo.

Ella asintió.

—Bien, terminemos esa bolsa, porque aún tienes que despedirte de mí como es debido.

Dejando a un lado la bolsa, Clint atrajo a Natasha hacia su pecho.

—Eso no vas a tener que repetírmelo.

Tony se colocó bien el nudo de la corbata aunque, en realidad, no lo necesitaba. Miró hacia la fachada del alto edificio en Nueva York, donde Justin Hammer había establecido su nuevo centro de operaciones. Cruzó el umbral con paso firme y se detuvo ante el puesto de vigilancia que había en el centro del vestíbulo.

—¿Qué desea, señor? —le preguntó con cortesía el vigilante. Tony le sonrió.

—Vengo a ver al señor Hammer.

Antes de contestarle, el hombre negó con la cabeza.

—Me temo que eso no es posible, señor…

Tony metió la mano en su bolsillo y sacó una tarjeta de visita, que le tendió al hombre de inmediato.

—Señor Stark.

Los ojos del vigilante se abrieron desmesuradamente, como si en aquel preciso instante hubiese caído en la cuenta de con quién estaba hablando. Se levantó del sillón, a todas luces incómodo.

—Señor Stark —dijo, aclarándose la garganta—, el señor Hammer no recibe a nadie que no haya concertado una cita con él.

Los ojos de Tony se elevaron hacia el techo mientras una profunda expresión de hastío se dibujaba en su rostro. Miró a uno y otro lado del gran vestíbulo y metió las manos en los bolsillos de sus caros pantalones.

—Mira… ¿cómo es tu nombre?

—Davis, señor Stark —le respondió con diligencia.

Tony asintió exageradamente.

—Mira, Davis, el señor Hammer y yo hace años que somos amigos, y a él no le gustaría que me marchara sin haberle visto. Créeme, no le gustaría.

El vigilante miró al monitor que tenía ante sí para, en seguida, volver a clavar su mirada en él. Vacilando, tomó el auricular del teléfono y se lo llevó al oído.

—Tengo que comprobar que el señor Hammer lo va a recibir.

Tony sacó las manos de sus bolsillos.

—¡Por supuesto! Pregúntale al bueno de Justin.

El hombre pulsó un botón del teléfono y se irguió de hombros a la espera de que quien estuviese al otro lado de la línea contestase. Lo hicieron unos pocos segundos después.

—Susan, soy yo, Davis. ¿Podrías decirle al señor Hammer que el señor Stark quiere verlo? ¿Sí? Claro, espero.

Tony apoyó la cadera en la mesa del vigilante y se cruzó de brazos, obligándose a mostrarse relajado cuando, en realidad, su interior bullía, nervioso. Dedicó aquellos instantes a mirar a su alrededor. Al bueno de Justin siempre le habían gustado las cosas lujosas que proclamaban a los cuatro vientos el poder del dinero que poseía. Al parecer eso no había cambiado con su estancia en la cárcel.

Presidiendo el vestíbulo había un gran cuadro que Tony creyó haber visto el año anterior en una subasta, en Londres. Y un par de esculturas en sus pedestales de mármol, que deberían haber sido traídas de algún palazzo italiano del renacimiento.

Miró más allá del vigilante. Una larga alfombra roja partía desde el centro del vestíbulo hacia la zona en la que, suponía, estaban los ascensores. Había algunas macetas de árboles ornamentales naturales y poco más que pudiese destacar. A pesar de su extravagancia y derroche por el lujo, lo cierto era que vista una entrada ostentosa de edificios, vistas todas.

El timbre del ascensor lo sacó de sus cavilaciones. Al abrirse la puerta, una bonita mujer apareció por ella, con porte elegante y gesto algo serio. Llegó hasta él y lo saludó con un contenido gesto de cabeza.

—¿Señor Stark? —preguntó.

Tony asintió, ofreciéndole la mejor de sus sonrisas.

—El mismo.

Dando un paso hacia atrás, la mujer le hizo un gesto con el brazo, describiendo un pequeño círculo.

—Si es tan amable de seguirme, el señor Hammer lo recibirá ahora.

Lo cierto era que, aunque había ido hasta allí por aquel motivo en concreto, le sorprendía que Justin quisiera verlo. Nunca comprendería bien la manera de pensar de aquel hombre. Tony le sonrió ampliamente a la mujer y la instó a pasar delante de él con un educado gesto de la mano.

—Detrás de usted.

La mujer giró sobre los tacones de sus altos zapatos y se encaminó de regreso al ascensor con un coqueto contoneo de caderas.

Mientras subían, la mente de Tony era un hervidero. Había ido hasta allí con la intención de provocar el siguiente paso de Hammer y sus dos secuaces, Barton y Belova. Tenía que hacerles saber que los auténticos y genuinos Ojo de Halcón y Viuda Negra habían regresado sanos y salvos de su periplo por China y que no habían sido capaces de acabar con ellos. Y que, además, estaban dispuestos a ayudar a las autoridades locales a desenmascarar a los que habían cometido aquellos crímenes, y que se estaban haciendo pasar por ellos. Era, lo que a Tony le gustaba denominar, una encerrona en toda regla.

Si conocía bien a Hammer, y creía conocerlo, Justin se pondría nervioso y aceleraría su siguiente jugada. No era la primera vez que ocurría. Aún recordaba cómo a Hammer se le había ido de las manos aquella presentación de los prototipos de armaduras que Vankov había retocado y rediseñado para él, y todo por querer aparentar lo que no era: un tipo listo.

El ascensor se detuvo en uno de los pisos altos, y las puertas se abrieron con suavidad. La mujer salió, asegurándose de que Tony la seguía. Él lo hizo, manteniendo en todo momento la misma distancia entre ambos.

Recorrieron un amplio pasillo hasta que recalaron en una oficina. Al fondo de ésta, una gran puerta de madera noble barnizada en tono oscuro. La mujer se giró hacia Tony.

—Le ruego que aguarde unos instantes aquí, por favor—. Y sin esperar su respuesta, se encaminó hacia la puerta y entró tras anunciarse con un par de ligeros toques con los nudillos, desapareciendo en el interior.

Tony tan sólo tuvo que esperar menos de un minuto para que la mujer saliera de la habitación, abriera la puerta en su totalidad y se detuviera a un lado de ésta.

—Puede pasar, señor Stark.

Con paso decidido, Tony pasó por delante de la mujer, agradeciendo su trabajo con una radiante sonrisa y un gesto de reconocimiento con la cabeza.

—Muchas gracias.

La puerta se cerró detrás de él en cuanto dio un par de pasos hacia el interior y Tony miró a su alrededor. Un enorme ventanal, del suelo al techo, dominaba toda la pared frontal del gigantesco despacho. Delante de él, dándole la espalda, estaba Justin Hammer.

Se fue acercando lentamente, sin perder de vista todo lo que le rodeaba. Conocía bien a Hammer y si había algo que lo caracterizaba era que no solía jugar limpio. Apenas había llegado a la mitad de la gran estancia cuando su anfitrión se giró sobre sus talones. Una amplia sonrisa, pagada de sí misma, apareció en el rostro del hombre.

Debía admitir que Justin tenía buen aspecto, pese a todo el tiempo que había pasado entre rejas. Tal vez el caro traje de tres piezas hecho a medida tenía algo que ver.

—¡Tony, amigo mío! Me alegra que hayas venido a verme —dijo, abriendo los brazos casi con exageración.

Tony dejó escapar una forzada sonrisa. Se detuvo y miró a Hammer mientras guardaba sus manos en los bolsillos de sus pantalones.

—Déjate de historias, Hammer. Te alegra tanto verme como que te metan cerillas debajo de las uñas.

La sonrisa que hasta ese momento había iluminado el rostro del hombre se desvaneció como por encanto. Hammer rebasó el amplio escritorio, rodeándolo.

—Muy bien, dejémonos de jueguecitos entonces, Stark —le dijo, parándose a unos pocos metros de distancia de Tony—. ¿Qué haces aquí?

Tony volvió a mirar a su alrededor.

—Bonito despacho, Hammer. Seguro que es más cómodo que la celda que tenías en la cárcel.

—¿Para eso has venido, Tony? ¿Para insultarme?

Tony negó con convicción.

—¡Por supuesto que no! ¿Por quién me tomas? —le contestó, componiendo una sonrisa burlona—. He venido aquí para decirte que te hemos calado, colega. Que sabemos qué estás tramando.

Aquella expresión de seriedad en el rostro de Hammer duró poco, y una nueva sonrisa apareció lentamente hasta convertirse en una carcajada, que le hizo echarse hacia atrás y palmear su cadera.

—¡Eres la bomba, Stark! ¡De verdad que eres muy divertido, tío!—le dijo, casi con lágrimas en los ojos a causa de la risa—. Venga, ilumíname y dime qué es eso de que me habéis calado.

Tony miró al hombre de arriba abajo, casi con desprecio. Giró la cabeza hacia un lado, desviando la mirada de él para regresarla a los pocos instantes.

—Sabemos por qué has venido hasta aquí. Y quién te ha traído. Y no va a funcionar, Hammer. Como no funcionó lo de las armaduras de hace unos años, ¿recuerdas?

Hammer anduvo unos pasos hacia él, despacio, con las manos metidas en los bolsillos y una mueca ladeada en su rostro. Negó con la cabeza, una y otra vez, con lentitud.

—¿Así que recordando viejos tiempos, eh? —exclamó Justin, haciendo un aspaviento con ambos brazos.

La expresión de diversión murió muy pronto en el rostro de Justin. Caminó hacia Tony con deliberada lentitud, como si se recreara en cada paso que daba.

—¡Oh, Tony, Tony! No me gusta explotar la burbuja de ilusión que te ha traído hasta aquí, pero siento decirte que, esta vez, eres tú el que se equivoca —le dijo mientras le señalaba con el dedo de manera acusatoria—. Las tornas han cambiado, Iron Man. No tienes el respaldo de SHIELD porque ya no existe. Y, por lo tanto, no puede amparar ni proteger a tu grupito de superhéroes, ni justificar y ocultar vuestras acciones. Ya no existen los Vengadores. Vaya, ¿dije algo de no querer explotar tu burbuja? ¡Pues mentí! ¡Pluff!

Tony apretó los puños dentro de los bolsillos de sus pantalones, conteniendo las ganas de partirle la boca y la nariz a aquel pedazo de hijo de puta que no se merecía ni los zapatos que llevaba puestos. Desviando la atención del hombre hacia el gran ventanal, Tony anduvo hasta la cristalera para mirar la ciudad que se mostraba a sus pies.

—Te equivocas, Hammer, como sueles hacerlo —comenzó diciendo para girarse hacia él y mirarlo—. Puede que ya no exista SHIELD. Y que los Vengadores estén un poco desmembrados últimamente. Pero no que estemos acabados.

Hammer se rió con ganas y aplaudió.

—¡Qué bonitas palabras, en serio! ¿Has pensado alguna vez en dedicarte al teatro? Porque lo harías de maravilla, con ese porte y esa barbita tan cuidada.

Tony asintió.

—Ríete, Hammer. Que tal vez pronto no puedas hacerlo.

Como si le hubiese golpeado el estómago, la sonrisa se evaporó del rostro del hombre. Tony hizo un gesto con los labios antes de continuar.

—Como te decía, puede que los Vengadores estemos ahora mismo algo desmembrados, pero eso no significa que ya no existamos. Y, aun no teniendo a SHIELD para que nos proteja, tenemos algo que tú no tienes: amigos.

Hammer entornó la mirada aunque siguió mirándolo con fijeza.

—¿Qué quieres decir con eso? ¡Yo tengo amigos! ¡Un montón de amigos!

Tony se acercó hacia él, quedando a unos pocos metros de distancia.

—Clint Barton y Natasha Romanoff, ¿los recuerdas? El arquero y la espía —le aclaró Tony y la expresión en el rostro del hombre le dijo que así era. Tony asintió y prosiguió—: Sí, ya veo por tu cara que sabes de quiénes te hablo. ¿Pensabas que habían muerto? Vaya, pues no lo están, siento darte esta noticia. Ah, no, no lo siento en absoluto. Sé que has puesto empeño en que no regresaran de China, pero lo han hecho y están dispuestos a ayudar a las autoridades para desenmascararte. ¿Qué tal ahora? ¿No te ríes? Pues yo sí que lo encuentro divertido.

Alejándose de Hammer, Tony enfiló hacia la pequeña mesa que había tras el escritorio del despacho y se sirvió algo que creyó que era whisky. Meneó el vaso, observando cómo el licor dejaba un círculo tornasolado en el cristal.

El semblante de Hammer había cambiado por completo. Aquella risa falsa y déspota había desaparecido, dejando paso a una mueca de incertidumbre que alegró a Tony.

—No… no sé de qué me hablas.

Tony olió el whisky para dejar el vaso sobre el escritorio de Hammer antes de caminar hacia él, deshaciendo la distancia que los separaba.

—Oh, venga ya, Justin. ¿Qué creíste, que no íbamos a enterarnos de que estás en las filas de HYDRA? ¿Que quieres escalar en ella y tomar el mando? ¿Que no sabemos que te has traído al hermano de Barton y a esa otra espía rusa? Si es así, eres más tonto de lo que pensaba.

Hammer lo miró a través de sus gafas y Tony prosiguió.

—HYDRA es una organización criminal, y muchos de los que querían hacerse cargo de ella y tomar el poder ya han caído, o están entre rejas. Eres el próximo. ¿O te creías que podrías comprar la simpatía de la gente con tu dinero, el dinero de HYDRA, y esa labia tuya proclamando ese supuesto amor por tu país y tu ciudad? ¿Que todo era desinteresado? Lo siento, Hammer, pero no ha colado. Y vamos a desenmascararte ante las autoridades.

Con los labios apretados y el rostro un poco más enrojecido que cuando entró en aquella oficina, Hammer no podía apartar la mirada de Tony, y eso le alegraba sobremanera. Porque quería decir que había dado en el clavo. Ahora sólo tenía que esperar y ver caer la manzana del árbol. Tony giró sobre sus talones y se encaminó hacia la salida.

—Adiós, Hammer. Que te vaya bien.

La secretaria estaba delante de su pequeña mesa cuando él abrió la puerta y salió. Tony giró la cabeza hacia ella y le dedicó una sonrisa.

—Creo que su jefe la va a necesitar. Y no hace falta que me acompañe: conozco el camino.