Justin Hammer oyó a su secretaria entrar en la oficina.
—Señor Hammer, ¿necesita…?
El hombre no la dejó finalizar la frase. Se giró hacia ella, con el rostro en tensión, enrojecido y apuntándola con un dedo de manera admonitoria.
—¡Fuera! ¡Largo! ¡No quiero ver a nadie!
La secretaria dio un paso hacia atrás con rapidez, y luego otro más, con una expresión en su rostro que rayaba en el pánico absoluto. Hammer dio un nuevo y largo paso en dirección a ella.
—¡Largo!
Sin esperar ni un segundo más, la mujer giró sobre los altos tacones de sus zapatos y corrió hacia la puerta, cerrando de un portazo tras ella.
Justin se obligó a tomar aire, despacio, una y otra vez, intentando calmar los alocados latidos de su corazón. Se giró hacia el mueble en donde estaban los vasos y la botella de whisky Cuando llegó hasta él se sirvió uno y se lo tomó de un trago.
El licor le calentó la garganta al bajar por ella y le golpeó el estómago. Cerró los ojos y los apretó con fuerza, conteniendo unas diminutas lágrimas que se formaron tras sus párpados.
"Eres un hijo de puta, Stark". Eso era todo en lo que podía pensar.
Se sirvió una nueva copa que tardó en desaparecer lo mismo que había tardado la primera: nada. Despacio, se acercó hasta su mesa. Sobre ella estaba el vaso de whisky que se había servido Tony Stark y que no había tocado. Lo agarró con furia, arrojándolo lejos. El cristal se hizo añicos al estrellarse contra el suelo, derramándose todo el licor.
Se quedó mirando durante unos segundos los trozos de cristal translúcido convertidos en pedacitos. "Si pudiese se los haría tragar, uno a uno".
Rodeó la mesa y se dejó caer en su cómodo sillón. El asiento amortiguó la caída, deslizándose unos pocos metros hacia atrás. Se pasó la mano por el rostro, despacio. No tenía idea de cómo Stark había sabido todo aquello: lo de HYDRA, lo de Barton, lo de los dos asesinos… El hecho era que lo sabía. Ahora tendría que apresurar sus siguientes pasos.
Ya no podía dejar que Barton y Belova se quedasen esperando en las sombras. Tony Stark lo había precipitado todo. Tenía que tomar la delantera si quería que su plan de acabar con él, y de paso con todos los Vengadores, tuviese éxito. Cogió su móvil de encima de la mesa y buscó en el directorio el teléfono que había facilitado a Barney para que estuviese localizable cuando lo necesitara. Había llegado ese momento.
El timbre sonó insistentemente. Justin tenía, por regla general, poca paciencia, pero tras lo que había ocurrido hacía pocos minutos atrás, aquella casi inexistente paciencia se había evaporado de su lista de virtudes. Estaba a punto de colgar cuando la voz de Barney Barton contestó al otro lado.
—¿Quién es? —preguntó con la respiración entrecortada.
Hammer se inclinó hacia adelante con fiereza.
—¡¿Quién crees que puede ser, estúpido, si nadie más conoce tu puto número?!
—Hey, calma. Es muy temprano para tener tan mala leche.
Justin miró la pantalla como si, con aquel gesto, pudiese ver al hombre que estaba al otro lado de la línea.
—¿Temprano? ¡Dice que es temprano! Me cago en… ¿A quién cojones he contratado yo? ¡¿A la Bella Durmiente?! —le gritó sin medirse en absoluto—. Para tu información, no es tan temprano como para ya haber recibido la visita del puto Tony Stark. ¡Así de temprano es!
—¿Stark ha estado ahí? —preguntó Barney.
—Y tu hermano podría haber estado también. Ha regresado de China, sano y salvo, gracias a ella, a la Viuda Negra.
—¿Te lo ha dicho él? —quiso saber Barton. El tono de su voz había cambiado susceptiblemente y parecía que, al fin, tenía toda su atención. Hammer hizo un ademán hacia el techo, levantando la mano que tenía libre.
—¡No, claro que no me lo ha dicho él! Me lo ha dicho la puñetera bola de cristal que tengo como pisapapeles.
Hammer oyó un suave sonido al otro lado del teléfono y una voz femenina que murmuraba algo que no logró entender.
—¿Qué hay que hacer? —le dijo simplemente Barney, con voz ronca y seria.
Por primera vez en toda la mañana, una sonrisa acudió a los labios de Justin Hammer.
—Te quiero aquí tan pronto como puedas.
—¿Quieres a Belova también?
Hammer hizo una mueca con los labios. Sí, por supuesto que la necesitaba a ella también. Las cosas se habían precipitado y tendrían que actuar antes de lo previsto. Asintió antes de contestarle.
—Sí. A ella también la necesito. La llamaré en cuanto cuelgue de hablar contigo.
Se oyó un nuevo murmullo y, de nuevo, la voz de Barney.
—Ya lo sabe. Estaremos allí en media hora —y colgó la llamada.
Hammer se quedó mirando durante unos instantes el teléfono, ya en silencio. ¿Así que aquellos dos habían pasado la noche juntos? En realidad, le daba lo mismo a quién se follara Barton siempre y cuando estuviese allí cuando él lo requiriese y cumpliera con sus órdenes. El resto le importaba bien poco.
Se levantó del asiento, despacio. Lejos de estar aun completamente tranquilo, al menos comenzó a sentir cómo sus nervios volvían a tomar el control de la situación. No servía de nada dejarse llevar por el pánico o por el odio, aunque fuera eso en realidad lo que le movía para concebir toda aquella venganza. Tal vez el momento se había apresurado un poco, y tuvieran que acortar los plazos de su plan, pero no tenía la más mínima duda de que lograría lo que se había propuesto: acabar con todos ellos.
Barton y Belova llegaron juntos cuando la media hora estaba a punto de cumplirse.
Le había dicho a su secretaria que no los anunciara y que los hiciese pasar sin más. Ambos entraron en su despacho con paso firme y seguro, con la mirada al frente y las barbillas ligeramente levantadas, orgullosas.
Cuando Barney llegó hasta su mesa no se sentó en ninguno de los sillones que había a aquel lado del escritorio, dejándolos a un lado y permaneció en pie.
—¿Qué te dijo Stark? —preguntó sin tapujos ni paños calientes.
Justin miró a Belova, al lado de Barton, casi rozándose los brazos. Ella alzó una ceja cuando su mirada se encontró con la de Hammer y, con un casi imperceptible movimiento, la mujer asintió. Justin volvió la vista hacia el hermano de Ojo de Halcón.
—Saben que estás aquí. Y tú también —le dijo dirigiéndose directamente a Yelena—. Saben que estamos a las órdenes de HYDRA. Saben que fuisteis vosotros quienes cometisteis esos asesinatos.
Ningún músculo del rostro de Barton se inmutó. Justin estaba trastornado por la visita que le había hecho Tony Stark; lo sabía. Pensó en que debería calmarse e intentar aclarar las ideas. Pero al fijarse en la expresión de Barney, en cómo los ojos del hombre habían cambiado, tornándose más oscuros, como si la pupila hubiese engullido el color del iris, supo que lo que acababa de decirle lo había puesto igualmente en alerta.
Después de unos momentos, Barton asintió, como si hubiese pasado todo aquel tiempo reflexionando sobre lo que él le acababa de contar.
—¿Qué quiere que hagamos? —preguntó con una profesionalidad que sorprendió a Hammer.
Justin se levantó de un impulso.
—Hacerle frente, por supuesto. Cuanto antes.
Barton y Belova se miraron el uno al otro, casi al unísono. Y con un gesto casi idéntico, regresaron sus miradas hacia Hammer.
—¿Cree que es lo más oportuno? ¿Ahora, ya? Si saben que…
Con un fuerte golpe sobre la mesa con ambas manos, Hammer silenció al hombre que tenía frente a él. Se apoyó en sus dos brazos extendidos, inclinándose hacia adelante y haciendo más corta la distancia entre él y los dos asesinos.
—¡Aquí nadie cree nada si yo no digo que hay que creerlo! ¿Está claro?
Justin sentía que su rostro ardía de pura rabia. Incluso el cristal de sus gafas de diseño se habían empañado debido al calor.
Barton y Belova no respondieron ni en uno ni en otro sentido. Se quedaron mirándolo en silencio, con idénticas expresiones calma en sus rostros. Se obligó a serenarse. Todo se había acelerado por la revelación de Stark y ahora era el momento de pasar al contraataque. Debían golpear, y golpear duro, en los cimientos.
—Quiero a Ojo de Halcón y a esa otra Viuda Negra —dijo con los ojos clavados en Belova—muertos, liquidados. Quiero que os deshagáis de ellos cuanto antes. Quiero que sean sólo un recuerdo de una época que no va a regresar, y que HYDRA nos ayudará a sustituir.
Se incorporó de nuevo mientras tomaba aire, llenado plenamente sus pulmones. Miró a los otros dos ocupantes de aquel despacho. Ni Tony Stark ni nadie iba a negarle su destino.
—¿Ha quedado claro? —preguntó con los dientes apretados. Barton y Belova tardaron sólo unos instantes en responderle afirmativamente. Una amplia sonrisa apareció en el rostro de Hammer, satisfecho. Con cierto desdén, hizo un gesto con su brazo.
—Marchaos. Quiero noticias vuestras cuanto antes. O seréis vosotros los que podéis daros por muertos.
Sin agregar ninguna palabra más, Barton y Belova giraron casi a la misma vez y abandonaron el despacho, dejándolo a solas, satisfecho y seguro de que sus órdenes iban a ser cumplidas.
Clint abrió la puerta de su antiguo apartamento de Brooklyn, en Bedford-Stuyvesant; un edificio de cinco plantas que había adquirido hacía algún tiempo y que había reformado. Aunque Tony les había regalado aquel magnifico piso en la Torre Vengadores cuando la rehicieron después de la Batalla de Nueva York, Clint no había querido deshacerse de su apartamento. Dejó caer la bolsa que llevaba en la mano izquierda y se quedó bajo el vano de la puerta, paseando la vista por todo el lugar.
Era un apartamento grande y espacioso, aunque decorado con bastante sobriedad. La luz de medio día apenas traspasaba las pesadas cortinas que tapaban las ventanas que había en la habitación. Pulsó el interruptor de la luz que tenía a su derecha, pero nada ocurrió. Entonces recordó que había dado de baja el servicio eléctrico cuando se marchó. Recogió la bolsa y entró, cerrando la puerta detrás de él.
Miró a su alrededor cuando apenas había dado dos pasos en la sala y sonrió. Había vivido allí algunos años, cuando sólo era un agente de SHIELD y aún no era miembro de la Iniciativa Vengadores. Tenía muy buenos recuerdos de aquel lugar, sobre todo porque allí fue la primera vez que pasó la noche con Natasha después de regresar de aquel infierno de misión en Panamá.
Desde que Tony les había ofrecido el apartamento en la Torre Vengadores, Clint había dejado aquel lugar para mudarse a la Torre. Consideraba que era mucho más práctico estar allí, en donde podía entrenar y estar junto a sus compañeros, sin la pérdida de tiempo que le supondría ir y venir cada día.
Los pocos muebles que aún había estaban cubiertos por sábanas blancas. Se acercó hasta el que había en el centro de la estancia, tomó el extremo del paño y tiró de él, dejando al descubierto un viejo sofá que había visto tiempos mejores. Giró para encaminarse hacia la cocina. Abrió la nevera y la encontró vacía. Todos los muebles de la cocina estaban igual que el interior del frigorífico. Lo cierto era que no había una gran diferencia a cuando realmente vivía allí. Pasaba poco tiempo en casa y, cuando lo hacía, solía comprar sólo lo que necesitaba, o encargaba comida a domicilio.
Eso le hizo recordar que casi había pasado la hora de comer y él aún no había almorzado. Volvió a mirar a su alrededor y suspiró, pensado qué lo había llevado de regreso a aquel lugar.
Se había sorprendido mucho cuando Tony le había contado que Barney estaba detrás del asesinato de aquel senador. Pocas veces pensaba en Barney. Había quedado muy escondido en su mente desde que muriera… o lo que fuese que ocurrió en aquella cárcel en la que estuvo recluido.
Cuando se lo dijeron, casi había suspirado de alivio. Barney siempre había sido algo problemático aunque, para hacer justicia, tenía que admitir que había sido un buen hermano. Hasta que intentó que Clint lo siguiera en el camino de delincuencia por el cual él había optado. Entonces ya era lo bastante mayor como para plantarse ante su hermano y negarse a hacerlo.
Le costaba pensar que seguía vivo. La última vez que lo había visto, Barney era poco más que un jovencito con acné, tal y como lo era él. Ahora sería un hombre adulto en la cuarentena. ¿Lo reconocería si lo viese por la calle?, se preguntó, mirando a algún punto del pequeño pasillo que daba al dormitorio. No lo sabía. No sabía si reconocería aquellos ojos azules, heredados de su padre, o aquella manera en que le sonreía con picardía cuando vivían en el circo y se escondían bajo la carreta de Chisholm.
Algo le decía que, si Barney quería buscarle, no lo haría en la Torre Vengadores. Aquel lugar era demasiado grande, por no hablar de las medidas de seguridad con las que lo había dotado Tony. No, si Barney iba a buscarlo, lo haría allí.
Tampoco sabía cuándo iba a suceder. Podría ser aquella misma tarde, o al día siguiente, o al otro. La idea de Tony de ir a ver a Justin Hammer para obligarlo a dar el siguiente paso le había parecido lo mejor que podían hacer. No querían perder tiempo y, si era tal y como Stark le había contado sobre Hammer, el ego de aquel hombre le haría dar un paso en falso, obligando a sus compinches a hacer lo propio. Esperaba que Tony no se hubiese equivocado con sus suposiciones.
Su estómago rugió. Sólo había tomado un café aquella mañana y nada más. Era hora de comer algo. Recordó la pizzería que había cerca, al girar la esquina, donde hacían una fantástica pizza de peperoni. Con una sonrisa en los labios, salió del apartamento, cerrando tras él de un portazo.
El olor de la masa recién hecha y del peperoni caliente se escabullían de la caja de cartón, llegando hasta su nariz. Clint aceleró el paso para regresar cuanto antes al apartamento. Se había tomado una porción de pizza antes de salir del local pero, lejos de ser suficiente por el momento, le había abierto aún más el apetito.
Sólo necesitó abrir la puerta del apartamento para saber que había alguien más allí.
En un rincón del salón, resguardada hábilmente de cualquier fuente de luz, había una figura sentada en una silla. Clint dejó la caja de la pizza sobre el mueble que había junto a la entrada, sin que sus ojos se desviaran del otro ocupante. Cerró despacio tras él. Entonces vio su bolsa abierta a los pies de aquella otra persona y masculló una maldición entre dientes: allí había llevado su arco retráctil, que ahora descansaba en manos ajenas a las suyas.
—Bonito arco —oyó decir con voz ronca, como si le hubiesen leído el pensamiento—. Es muy diferente a aquel con el que comenzamos a entrenarnos en el circo. ¿Lo recuerdas, Clint?
Su hermano se inclinó hacia adelante, saliendo de la total oscuridad en la que se había resguardado. Clint lo miró con fijeza, clavando sus ojos en él. Barney hizo lo mismo.
Había cambiado con los años, pensó Clint. Su pelo estaba cortado a cepillo, y no había ni rastro de aquel largo flequillo rubio que se le metía en los ojos cuando corrían por el sendero que los llevaba hasta su casa. Su rostro había madurado y sus rasgos se habían afilado. Ahora tenía una expresión dura, con mirada penetrante rodeada de pequeñas arrugas y mandíbula apretada. Clint asintió, despacio.
—Sí. Lo recuerdo.
Barney regresó su mirada hacia el arco, acariciándolo como si fuera el cuerpo de una mujer.
—Has tenido mucha suerte en la vida, Clint.
El ex agente de SHIELD dio un paso al frente, con la barbilla levantada y el cuerpo en tensión.
—Nada de suerte. He trabajado muy duro para estar donde estoy, Barney.
Clint creyó oír una especie de risotada.
—¡Oh, claro que sí! El bueno de Clint Barton ha trabajado muy duro, se ha partido los cuernos para llegar a ser el gran Ojo de Halcón, miembro de la difunta SHIELD y de esa panda de maricas que son los Vengadores.
Clint apretó la mano con fuerza junto a su muslo, convirtiéndolo en un puño al oír las agrias palabras de su hermano y su beligerante tono. Tomó aire despacio por la nariz, para expulsarlo por la boca con la misma lentitud, intentando calmar así sus nervios. El latido de su corazón se había acelerado y era importante que volviera a su ritmo normal. No podía dejarse llevar por la ira que estaba comenzando a anidar en su estómago. Tragó saliva antes de hablar.
—Vamos dejarnos de tonterías, Barney. ¿Qué haces aquí?
El hombre se levantó y dio un paso hacia él, abandonando por completo la penumbra. Su cuerpo se había consolidado: tenía los hombros anchos y trabajados, y brazos musculosos, como los suyos. Estaba en una espléndida forma física. Vestía completamente de negro, con pantalones de muchos bolsillos, parecidos a los que él solía vestir, y botas militares de caña alta.
Barney le sonrió con una mueca sesgada.
—Sabes perfectamente lo que hago aquí, hermanito. Tu querido Iron Man se ha cuidado de que lo sepas.
Clint llevó, despacio, la mano hacia la parte trasera de la cintura de su pantalón, donde solía llevar escondida su pistola. Solo que, en aquella ocasión, no la llevaba. Estaba junto al arco, en aquella bolsa.
El rostro de Barney se contrajo en una nueva sonrisa. Hizo un gesto con el brazo y sacó del bolsillo interior de su cazadora la pistola de Clint.
—¿Buscas esto? —le preguntó, tendiendo el arma en su dirección—. Has sido un poco descuidado dejando tus armas aquí. Supongo que no esperabas que yo me presentase tan pronto, ¿no es así?
Barney llevaba razón; no había esperado que se presentase a plena luz del día. Esperaba que lo hiciese cuando el sol ya hubiese caído, escondido entre las sombras. Había subestimado a su hermano y esperaba no tener que pagar muy caro su descuido.
—Vale, sé qué haces aquí. Ahora, dime, ¿qué quieres?
Barney se encogió de hombros.
—¿No está claro? Quiero que desaparezcas, Clint. He estado todos estos años soñando con el momento en que volvía a ver a mi querido hermano pequeño y le hacía pagar por dejarme tirado como a un perro —le reprochó, con la voz cargada de hiel.
—Yo no te dejé tirado, Barney.
El mayor de los Barton dio un rápido paso al frente, reduciendo la distancia que los separaba.
—¡Me dejaste tirado en aquella puta cárcel colombiana! ¡Te llamé para que me sacaras de allí y no lo hiciste! —le gritó. Su cara se volvió roja y una vena sobresalió en su sien derecha.
Clint negó despacio con la cabeza.
—¡Te habían condenado por contrabando! ¡Y por extorsión! ¡Y tú querías que mintiese por ti! ¿Para qué? ¿Para salir de allí y volver a hacerlo? ¿Para arruinar mi vida por ti?
—¡Me lo debías, maldita sea! —le gritó, apretando un puño delante de la cara—. ¡Me lo debías después de salvar tantas veces tu pequeño cuello de la ira del cabrón de nuestro padre!
Clint intentó serenarse. No podía seguirle el juego.
—Éramos unos niños, Barney, y nos molía a palos. ¿A quién querías que recurriese cuando nuestro padre llegaba borracho a casa? ¿A mamá? Bastante tenía ella con intentar esconderse de él.
—¡Era yo el que se llevaba esas palizas por ti! ¡Y así me lo pagaste!
—¡A mí también me pegaba! ¿O lo has olvidado?—. Clint se enderezó. Su pecho subía y bajaba agitado—. Entonces, ¿de eso va todo esto? ¿De quererme hacer pagar por una deuda que tú crees contraje contigo cuando éramos niños? ¿Por eso te has hecho pasar por mí y has matado a ese senador?
Barney dio un par de pasos largos en dirección a Clint y la distancia entre ellos se hizo casi inexistente.
—¡Sí, maldita sea, sí! Voy a arruinar tu nombre y tu reputación y, después de eso, voy a acabar con tu triste existencia, pedazo de ingrato.
El puño de Barney se estrelló sin previo aviso contra la mandíbula de Clint.
La inercia del golpe lo hizo trastabillar hacia atrás. Clint intentó equilibrarse, agitando sus brazos, pero fue en vano y dio con sus huesos contra el suelo de manera contundente. Tuvo a Barney sobre él casi al instante.
—¡Eres una mierda, Clint, una mierda! —le gritó—. ¡Te ayudé y te protegí en casa y luego, cuando nos vimos en la calle! ¡Y tú te desentendiste de mí!
Volvió a golpearle una y otra vez, haciendo que su cabeza se balanceara a un lado y a otro. El cuerpo pesado de su hermano le inmovilizaba en el suelo. Cuando notó el regusto acre de la sangre en su boca decidió que ya había tenido suficiente.
Con un giró de la pierna y elevando el tronco, Clint empujó a su hermano, haciéndolo caer hacia un lado con ímpetu. Se levantó y se retiró el hilo de sangre de la comisura de la boca con el dorso de la mano.
—Ya no soy aquel niño que te pedía que lo ayudases, Barney. Ya no estoy indefenso.
Los ojos de Barney eran dos pozos oscuros en su desencajado rostro. La sonrisa que le ofreció fue amarga como la hiel e hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Clint de arriba abajo.
—Ya supongo que no eres ese niño, hermanito. Ahora eres el jodido Ojo de Halcón, maestro asesino y Vengador. Va a ser una gran medalla en mi solapa cuando acabe contigo.
Y se arrojó de nuevo hacia él. El hombro de Barney chocó contra el estómago de Clint, quitándole momentáneamente la respiración. Clint se agarró a su hermano y le golpeó en el costado con toda la fuerza de la que fue capaz, una y otra vez.
Barney se soltó con un ágil movimiento; dio varios pasos hacia atrás, recomponiéndose con ambos brazos levantados ante él, cubriéndose el rostro y el cuerpo. Tenía la respiración agitada, al igual que la tenía Clint. Con un bramido, Barney arremetió de nuevo.
En esta ocasión, Clint estaba preparado. Su puño encontró la mandíbula de su hermano pero, con un inesperado giro, Barney se desvió hacia un lado, haciéndole perder el equilibrio. Barney aprovechó aquella momentánea ventaja para golpearlo en la espalda y en los riñones. Un agudo dolor le atravesó el hombro que, por lo visto, aún no había terminado de curarse. Todo se volvió negro de repente, con destellantes pequeños puntos de luz brillando tras sus párpados. Clint apretó los dientes y cayó hacia adelante, llevándose la mano hacia el hombro izquierdo.
Oyó la pesada respiración de su hermano a su espalda. Se había colocado detrás de él, con el antebrazo derecho sobre su cuello, forzándolo en un ángulo doloroso en el que no podía ver el rostro de Barney. Clint se quedó tumbado, intentando que el aire entrara en sus pulmones y con la mejilla pegada al suelo cubierto de moqueta.
—Vaya visión patética tengo ante mí ahora mismo. El gran Ojo de Halcón vencido por su hermano —lo oyó decir en su oído con la voz preñada de satisfacción. Sin esperarlo, Barney se levantó y Clint aguardó en la misma postura, sin moverse. Se preparó para recibir una patada pero ésta no llegó. Su hermano se movió hacia un lado. Clint alzó la mirada y lo vio, parado ante él, con una sonrisa torcida en sus labios.
—¿Sabes qué? Esto está siendo demasiado fácil. Creo que vamos a dejarlo por ahora. Terminaremos esto cuando menos te lo esperes, hermanito. Estate preparado, porque ten por seguro que volveré. Y será el último día que veas a tu preciosa novia y la luz del día.
Sin dedicarle ni una mirada más, Barney dio media vuelta y salió por la puerta, dejándola abierta.
El aire del pasillo exterior entró en el apartamento, haciendo que un escalofrío recorriera la espalda de Clint. Cerró los ojos e intentó moverse. Lo logró a la tercera vez. El hombro que le habían herido en China volvía a dolerle. Con esfuerzo, se puso en pie y se arrojó sobre el sofá, respirando con dificultad. Se tocó el pómulo y lo notó hinchado, al igual que el labio inferior. Masculló una maldición. Su hermano le había prometido volver y él estaba seguro de que cumpliría su promesa antes o después. Aunque se inclinaba a pensar que sería antes.
La vista de Nueva York desde su habitación en la Torre Vengadores era impresionante. Y aunque técnicamente era la habitación que Tony le había dado a Clint cuando reformó la Torre, ella la consideraba como suya. Era allí donde ella dormía, descansaba y tenía toda su ropa y sus armas. Así que sí, aquella era también su habitación.
El sol se estaba ocultando y el cielo estaba comenzando a tomar esos tonos naranjas y rojizos que tanto le gustaban. Cruzó los brazos ante su pecho y miró el reflejo de sí misma que le ofrecía el cristal de la ventana. La habitación estaba templada pero, aun así, ella sentía frío. No le gustaba en absoluto que Clint se hubiese marchado solo a su apartamento en el Bed Stuy. A ella le habría gustado acompañarlo y esperar junto a él que Barney apareciera.
Pero, en el fondo, sabía que había hecho lo correcto dejándolo marchar sin ella, por mucho que le pesara. Él tenía que ir solo y enfrentarse a su hermano cuando fuese el momento.
No había querido llamarlo al móvil y preguntarle qué tal estaba. Eso no era propio de ella, como tampoco lo era estar tan preocupada como lo estaba. Clint había demostrado en multitud de ocasiones que era muy capaz de cuidarse solo. Incluso en China había sabido escapar de HYDRA. Cuando ella llegó, lo único que hizo fue ponerle las cosas más fáciles; lo más importante ya lo había manejado él.
No veía el momento en que todo aquello acabase, en que todo volviese a esa normalidad relativa que eran sus vidas de agentes de SHIELD. O ex agentes. Levantó la barbilla y tomó aire. Ya pensarían en qué harían con sus vidas y con sus inexistentes trabajos cuando Barney y Yelena fuesen reducidos, y Justin Hammer estuviese de regreso en la cárcel.
La voz de Jarvis la devolvió a la realidad.
—Señora Romanoff, hay una brecha en la seguridad de la Torre. Tenemos un intruso en el nivel -2.
Natasha se giró con rapidez y se encaminó con paso resuelto hacia la pantalla que había en la habitación.
—¿El garaje? —preguntó.
—Así es, señora —contestó Jarvis con diligencia.
Con un gesto de la mano, Natasha señaló hacia la pantalla.
—Muéstramelo.
La pantalla se encendió sin previo aviso y la imagen general del garaje de la Torre apareció. Entornó los ojos, clavando la mirada en ella.
—Ve cambiando de cámara hasta que yo te diga, Jarvis.
—Sí, señora.
La siguiente imagen le mostró otra perspectiva del garaje. Los coches que poseía Tony, así como el de Natasha, estaban allí, en penumbras, iluminados sólo por las luces de emergencia que arrancaban pequeños destellos de las carrocerías. La imagen volvió a cambiar, y otra vez después de ésa, hasta que algo llamó la atención de Natasha.
—Alto, Jarvis —le dijo, entornando los párpados para fijar más la mirada en la pantalla—. ¿Puedes enfocar más esa cámara?
La imagen se distorsionó momentáneamente para volver a encuadrarse a continuación. El objetivo se fue acercando hasta que Natasha la vio.
—¡Para! Enfoca de nuevo.
Era una pequeña figura, agazapada entre dos coches. Natasha dio un paso hacia atrás para poder ver la pantalla con más perspectiva. Entonces la figura se movió de un lugar a otro, subrepticiamente, y Natasha supo nada más verla moverse de quién se trataba.
Conocía aquellos movimientos como si fueran los propios. Los conocía tan bien porque los habían aprendido en el mismo lugar: en la Habitación Roja. Yelena Belova volvió a cambiar de posición, corriendo entre los vehículos.
Iba vestida de negro, como bien les habían enseñado cuando las estaban instruyendo. Era primordial que el objetivo no las detectara hasta que ellas estuviesen encima, sin darle oportunidad de prepararse para su ataque. El único punto más visible era el pelo rubio que llevaba recogido en una coleta baja.
—Jarvis, bloquea todas las salidas del nivel -2.
Un segundo después, la inteligencia artificial creada por Tony Stark contestó.
—Nivel -2 bloqueado.
Natasha dio un nuevo paso hacia atrás. La pantalla estaba ahora más lejos pero ella podía ver la escena con más amplitud. Tendría que bajar allí y vérselas con Yelena. La sonrisa que apareció en su rostro no podía ocultar que lo estaba deseando.
—¿Dónde está Tony? —preguntó Natasha sin dejar de mirar la pantalla.
—El señor Stark no se encuentra en la Torre —respondió con su habitual tono—. ¿He de avisarlo de esta intromisión?
Ella negó con la cabeza.
—No, no lo hagas. Deja que me encargue de esto.
—¿Quiere que llame a la policía, señora Romanoff?
Se giró con ímpetu y miró hacia el techo involuntariamente.
—Nada de policía. Sólo lo harás cuando yo te lo indique. ¿Está claro?
—Sí, señora.
Natasha cruzó la habitación con paso rápido, dejando atrás la enorme cama para dirigirse hacia el vestidor. Allí, en su bolsa de trabajo, estaban los brazaletes que constituían una parte muy importante de su indumentaria y que le daban aquel mortal apodo de Viuda Negra. Los brazaletes podían levantar del suelo a un hombre fornido, de una descarga electro estática. Se los colocó con agilidad y volvió a cruzar el amplio dormitorio.
—Jarvis, no quiero que me hables a menos que yo te pregunte algo. ¿Entendido? No quiero que ella pueda escucharte y alertarse. Contéstame sólo si te pregunto, ¿de acuerdo?
Jarvis contestó presto.
—Entendido, señora Romanoff.
Natasha abrió la puerta del dormitorio y cruzó el pasillo.
—Jarvis, ¿qué otro ascensor puedo usar que no llegue hasta ese nivel?
—El ascensor de la cocina llega sólo hasta el vestíbulo.
Natasha asintió con los labios apretados y el ceño fruncido.
—Entonces, cogeré ése —y se dirigió a él apretando el paso.
Cuando el ascensor llegó al nivel del vestíbulo, Natasha salió de él a toda prisa en dirección a las escaleras que la llevarían directamente hasta el garaje. Bajó los escalones con agilidad, controlando cada movimiento y cada latido de su corazón. Cuando llegó a la puerta, tomó la manija entre sus manos.
—Jarvis, abre esta puerta. Cuando entre, vuelve a cerrar.
En lugar de oír la respuesta de la inteligencia artificial, Natasha oyó el click al desbloquearse.
Con cuidado, Natasha abrió sólo lo indispensable para poder colarse por el hueco que había dejado. Cerró tras ella y escuchó de nuevo el click del bloqueo.
Natasha se agazapó entre las sombras, agudizando el oído. Yelena debía estar por alguna parte, pero ella no podía verla y no podía preguntarle a Jarvis en dónde se encontraba la mujer. La encontraría antes o después. O Yelena la encontraría a ella.
Dio una pequeña carrera y se apostó junto al maletero de uno de los vehículos de Tony; un Audi TT de brillante carrocería roja. Hasta su nariz llegó el olor a aceite y a neumático. Pasó una mano por el costado del automóvil, con todos los sentidos en alerta. Se irguió un poco para mirar a su alrededor por encima del coche. Los demás vehículos estaban unos junto a los otros, aparcados en batería, ajenos a las dos mujeres que parecían jugar al escondite entre ellos. Natasha volvió a agacharse, dominando su respiración. Giró la cabeza y corrió hacia el siguiente coche para colocarse a su lado, con la espalda pegada a una de las puertas traseras. Entonces vio un pequeño y casi imperceptible movimiento al otro lado del siguiente coche. Se aseguró los brazaletes a ambas muñecas y caminó hacia el lugar, poniendo especial cuidado en no hacer ningún ruido.
Llegó hasta Yelena por su espalda. La mujer estaba agazapada junto a la rueda de un viejo Chevy al que Stark le tenía especial cariño. Natasha se irguió en toda su estatura cuando llegó hasta ella.
—Volvemos a encontrarnos, Belova.
La mujer se quedó congelada donde estaba. Lentamente, giró la cabeza para mirar sobre su hombro. En su rostro apareció una sonrisa torcida que, si Natasha hubiese sido de otro tipo de personas, le habría helado la sangre en las venas. Yelena se levantó despacio, controlando por completo cada movimiento de su ágil y esbelto cuerpo.
—Маленький Natalia —le dijo con esa voz nasal suya que, afortunadamente, había olvidado —. La pequeña Natalia. Cuánto tiempo sin vernos.
Natasha hizo un gesto con sus hombros.
—Me habría gustado que hubiese seguido así.
Yelena se giró por completo para enfrentarla. Sabía que, pese a que parecía que le había dado caza, no podía fiarse ni lo más mínimo de su compatriota. Vio a la mujer alzar la barbilla, orgullosa, antes de hablar.
—Seguimos teniendo una charla pendiente.
Natasha se cruzó de brazos.
—Y Justin Hammer te lo ha puesto en bandeja, ¿no es así?
La espía rusa escupió en el suelo a su lado.
— глупый! Ese hombre es un estúpido. Sólo acato sus órdenes porque me conviene.
Una sonrisa apareció en el rostro de Natasha.
—Ha sido muy conveniente que él te encontrara, Belova.
Con fingida ingenuidad, Yelena se encogió de hombros.
—Era una magnífica oportunidad, любимая. No pensaba dejarla pasar.
—Sabes que no voy a dejarte marchar, Yelena.
—No, claro que no. No lo esperaba. Es más, esperaba que ofrecieras resistencia como la putita que eres —espetó entre dientes, con las palabras cargadas de veneno—. Voy a acabar contigo de una vez por todas, Natalia. Yo seré la única Viuda Negra.
Y la mujer arremetió contra ella. Natasha la estaba esperando y placó su avance con el brazo. Yelena insistió, retorciéndose. Se agachó para estirar la pierna, golpeando a Natasha en la parte posterior de la rodilla y haciéndole perder momentáneamente el equilibrio.
Natasha atacó con todo el ímpetu del que era capaz. Conocía a Yelena y su forma de pelear. Era tan similar a la suya que, en ocasiones, temía que la mujer supiera qué movimientos iba a hacer o dónde iba a golpearla.
Con un salto, Yelena pasó por encima del capó de uno de los coches para aterrizar al otro lado. Natasha fue tras ella. No se esperaba la patada que la mujer le propinó bajo la barbilla y que la dejó sin respiración por unos momentos. Yelena aprovechó aquella ligera ventaja para correr hacia ella y, de una embestida, colgarse del brazo de Natasha y arrastrarla al suelo tras hacer una pirueta que la desestabilizó. El codo de Yelena habría encontrado la nariz de Natasha si ésta no hubiese girado sobre sí misma en el suelo para alejarse de la espía rusa.
Ambas mujeres se levantaron, con la mirada fija la una en la otra, respirando con dificultad. Yelena hizo una mueca de disgusto con sus labios.
—Has progresado mucho estos años, Natalia.
Natasha le ofreció una sonrisa falsa, esforzándose por no hacer notar que le costaba articular las palabras. Carraspeó y tragó saliva antes de hablar.
—¿Eso es un cumplido, Yelena? ¿Acaso te estás ablandando?
La respuesta de Yelena fue arremeter de nuevo contra ella con un grito que salió del fondo de su garganta.
El brazo de Natasha detuvo el avance, propinándole un fuerte golpe en la espalda, en donde el cuello se encontraba con los hombros. Yelena cayó hacia adelante y dio con su rostro contra el suelo.
Natasha corrió a colocar una rodilla sobre la espalda de la mujer.
—Déjalo ya, Yelena. Has perdido —le dijo entre dientes.
La mujer se retorció bajo su peso y, haciendo gala de su extraordinaria elasticidad, se zafó de Natasha, retorciéndole la pierna y dejándola de rodillas en el suelo. Yelena apoyó un pie con firmeza en el suelo y con el otro barrió el aire, describiendo un amplio giro que terminó impactando contra la garganta de Natasha.
Natasha se echó hacia atrás por instinto, sin respiración. No lograba que el aire entrara en sus pulmones. El golpe le había cerrado la tráquea. Intentó ponerse en pie, pero le fallaron las piernas. Se tambaleó hasta encontrar el apoyo de uno de los coches. Natasha seguía intentando tomar aire con fiereza. Yelena estaba frente a ella, con aquella sonrisa cínica dibujada en su rostro. Natasha temió que, si no lograba llenar completamente de aire sus pulmones, iba a terminar desmayándose.
Con un rudo gesto, Belova retiró el hilo de sangre que había empezado a bajar por su mejilla, procedente de un feo corte que se había hecho al impactar contra el suelo. Natasha pensó que aquellos segundos de tregua le estaban viniendo de perilla para reponerse. Poco a poco sentía que podía respirar mejor, pero la garganta le dolía muchísimo. Volvió a tomar aire y sonrió, alzando una ceja.
—¿Te diviertes, Natalia?
Con un decisivo gesto, Natasha asintió.
—Me estoy divirtiendo. Y más voy a hacerlo cuando todo esto termine.
Belova apretó los dientes y volvió a arremeter contra ella, intentando que uno de sus puños encontrara la mandíbula de Natasha.
— ничто из этого —la oyó decir. Entonces se percató de que un cuchillo se había materializado en su mano derecha. Yelena giró sobre su espalda con fuerza y su brazo describió un amplio arco. El cuchillo cortó la camiseta de Natasha, llegando hasta la piel de su costado. Con un siseo, Natasha se apresuró a levantarse, llevándose la mano hacia el lugar en donde Yelena la había herido.
La sangre del profundo corte manchó de inmediato el tejido de algodón y resbaló por sus manos. Natasha miró el rojo oscuro que teñía la palma. Levantó la mirada para encontrar la de Yelena, que tenía una amplia y satisfecha sonrisa dibujada en su rostro delgado.
—¡Vaya, te has hecho pupa, arañita! —y volvió a atacarla con todas sus fuerzas.
Natasha la detuvo alzando una pierna y golpeándola en el centro del pecho. Yelena rebotó hacia atrás y cayó de espaldas al suelo.
La herida había comenzado a dolerle de inmediato y la sangre no paraba de salir. La notaba caliente correr por su costado, manchando sus pantalones. Natasha levantó la mirada cuando Yelena estaba saliendo de su momentánea conmoción. Se dirigió hacia ella y se agachó a su lado.
—Ya está bien por hoy, любимая —y le aplicó la Mordida de la Viuda. Yelena se agitó con rabia y cayó inconsciente al momento.
Natasha volvió a levantarse, esta vez con más esfuerzo. Sentía que sus pulmones hacían un ímprobo esfuerzo por llenarse, sin logarlo plenamente. Apretó los dientes cuando un dolor lacerante le atravesó el costado. Levantó la mirada.
—¡Jarvis!
La inteligencia artificial respondió de inmediato.
—Está herida, señora Romanoff.
—Ya me he dado cuenta —le dijo, controlando la respiración—. Llama a la policía y a una ambulancia.
—Sí, señora.
Natasha comenzó a sentir que la cabeza se le aligeraba. Cerró los ojos y e intentó respirar profundamente, pero sin conseguirlo.
—Y llama también al agente Barton —acertó a decir antes de que todo se volviese negro a su alrededor.
