Clint maldijo por lo bajo la falta de electricidad, el no tener hielo disponible para su magullada cara y que el sol saliera por el este, ya que estaba puesto a maldecir.
Buscó con la mirada dónde había terminado cayendo su bolsa, se acercó a ella y sacó una de las camisetas que había llevado. Regresó a la cocina y la mojó bajo el grifo mascullando entre dientes. La escurrió y, haciendo un hatillo con ella, se la puso con cuidado sobre el pómulo izquierdo.
Dio un respingo y siseó de dolor al notar la tela sobre la hinchazón. Iba a tener un bonito morado al día siguiente, gentileza de su resucitad hermano. ¡Maldita fuera su suerte!
Fue hasta el sofá y se dejó caer en él pesadamente, ahogando una nueva exclamación. El hombro volvía a dolerle como el demonio. Dejó la camiseta mojada a su lado y se pasó la mano por el hombro, buscando el punto más doloroso. Al palparlo no notó nada más que un pinchazo en la parte posterior, cerca de la articulación. Nada que no se curara con un antiinflamatorio y un analgésico… si los tuviese en ese momento. Recordó a la madre de Yeung y su maravilloso ungüento, y pensó en lo que daría por tenerlo a mano de nuevo.
Había dejado escapar a su hermano y no sabía por qué lo había hecho. Barney podría haber creído que le estaba perdonando la vida por el momento, pero no era cierto. Si Clint no se había levantado para enfrentarlo era porque no se había sentido emocionalmente capaz de hacerlo, no porque no hubiera podido. Podía parecer que le había dejado fuera de juego, pero aquello no había sido nada comparado con lo que Clint llevaba padecido a lo largo de sus años como agente de SHIELD, o como Vengador
"Te dan, escupes y te levantas, sin más; una y otra vez. Así es como funciona esto".
Pero aquello había cambiado cuando se había enfrentado a su hermano. Había desaprovechado una oportunidad de oro para detener los planes que tuviera. Esperaba no tener que arrepentirse de ello. Ahora tendría que buscarlo y enfrentarse a él, esta vez para detenerlo de una vez por todas. Barney se había impuesto la misión de acabar con él y, si recordaba bien cómo era su hermano cuando era más joven, no pararía hasta lograrlo.
De repente, el móvil que llevaba en el bolsillo interior de su cazadora vibró. Era un milagro que no se hubiese hecho añicos cuando su hermano le pateó el costado. Lo sacó, miró la pantalla y vio que la llamada provenía de la Torre Vengadores. Pulsó el botón verde y contestó.
—Barton.
—Agente Barton —oyó decir a la siempre correcta voz de Jarvis—, la agente Romanoff requiere su presencia en la Torre.
Clint se incorporó hacia delante, sintiendo como cada músculo de su espalda se tensaba. Contuvo el aire en los pulmones, incapaz de respirar. Natasha no lo buscaría si no fuese por algo muy importante.
—¿Nat? ¿Qué le ocurre? ¿Qué ha pasado? —preguntó, elevando una octava su tono de voz.
—La agente Romanoff ha sido herida. La llevan en este momento en ambulancia hacia el Hospital Presbite…
Clint no escuchó nada más. La puerta se estrelló con un sonoro golpe contra la pared cuando la abrió con ímpetu y salió corriendo escaleras abajo casi sin poner los pies sobre los escalones.
Entró por el acceso de Urgencias como una exhalación, sin importarle que el vigilante de la puerta le gritara que se detuviera. No pensaba hacerlo. Si quería detenerlo, que fuese tras él. Cuando llegó al mostrador, buscó con la mirada a la administrativa, una mujer sentada delante de un ordenador con las gafas a punto de resbalar por su nariz.
—¡Perdone! ¿Sabe dónde está Natasha Romanoff? La han traído hace un rato —preguntó mientras palmeaba una y otra vez el mostrador de manera nerviosa.
La mujer hizo un gesto de desaprobación con los labios pero, aun así, se puso las gafas con total parsimonia y tecleó algo en el ordenador. Un segundo después asintió con los labios apretados y sin dejar de mirar la pantalla.
—La llevaron a quirófano hace media hora. Segunda plan…
Antes de que la mujer terminara su frase, Clint ya había emprendido de nuevo su carrera hacia las escaleras, que tardó en encontrar. El corazón le bombeaba en el pecho con rabia y en sus oídos sólo podía escuchar el paso alocado de su sangre.
Cuando llegó a la planta y salió al pasillo, miró a derecha y a izquierda. No tenía ni idea de dónde se encontraban los malditos quirófanos. Entonces, a lo lejos, vio una figura familiar y, sin esperar un solo segundo, corrió hacia ella.
Tony lo vio llegar cuando aún estaba a mitad del corredor, zigzagueando entre los pacientes y visitas, esquivándolos en su carrera. Llegó hasta su compañero con la respiración entrecortada.
—Nat… ¿dónde está?
En contraposición a él, Tony estaba sereno, con las manos metidas dentro de los bolsillos de sus pantalones. Lo miró de arriba abajo como si le extrañase verlo allí.
—Relájate, Legolas, tu chica está bien.
Clint miró hacia la doble puerta metálica que había detrás de Tony y que indicaba el acceso restringido a la zona de quirófanos. Se acercó y miró por la pequeña ventana redonda que había en una de ellas, sin lograr ver nada en el interior más que otro largo pasillo.
—Me han dicho abajo que la habían llevado a quirófano —le dijo mientras se giraba para enfrentarlo.
Tony asintió con seguridad.
—Y ya ha salido de él. Apenas le han dado unos puntos y ella se ha negado a que la seden. Han utilizado anestesia local y ahora está descansando.
Clint se llevó la mano a las caderas mientras se movía de un lado a otro del pasillo. Una enfermera pasó entre ellos y les sonrió a ambos. Tony hizo lo propio para volver a mirar a su compañero y continuar:
—También me han dicho que le han hecho una radiografía del cuello. Ha recibido un fuerte golpe en la garganta y fue por eso que perdió el conocimiento. Pero todo está bien. No hay traumas en la laringe ni en las cervicales.
Clint se pasó la mano por el pelo.
—¡Dios! Casi me da un infarto mientras venía hacia aquí —dijo cuando estuvo seguro de que había recobrado de todo el aliento y la cordura.
Tony le palmeó el hombro.
—Es una mujer fuerte —le dijo—. En algunas ocasiones no me gustaría estar en tu pellejo, colega— y le guiñó un ojo de manera cómplice.
Clint no tenía ganas de bromas. Tan sólo quería ver a Natasha y asegurarse él mismo de que estaba bien.
Se dejó caer en la pared con un gesto cansado.
—¿Qué es lo que ha pasado? La dejé esta tarde en la Torre.
Tony se apoyó en la pared opuesta, con los brazos tras su cuerpo.
—Yelena Belova.
Los ojos de Clint se abrieron como platos.
—¿Belova? ¿Ha aparecido en la Torre?
Su compañero asintió.
—Tengo que decir que no merece el apodo de Viuda Negra. ¿Creyó que podía entrar en la Torre y burlar la seguridad? Debe de ser novata. Las alarmas saltaron apenas violó el perímetro.
Clint volvió a pasarse la mano por el pelo, despeinándose aún más de lo que ya lo estaba.
—Natasha la encontró.
—Sí, Natasha la encontró. Tuvieron una pelea muy fea en el garaje, y Belova consiguió herir a Natasha en un costado con un cuchillo después de darle una patada en el cuello. Pero Nat pudo reducirla y ya está en manos de la policía. La retendrán momentáneamente por allanamiento de morada e intento de homicidio pero, en cuanto podamos demostrar que está detrás del asesinato del congresista, se pasará una larga temporada en suelo norteamericano, entre rejas.
De todo aquello que Tony le había dicho, Clint sólo había podido retener algunas palabras sueltas, porque su mente iba una y otra vez hacia detrás de aquellas puertas, en donde se suponía que estaba Natasha.
Todo lo que quería era entrar y ver cómo se encontraba. Se dejó caer hacia delante y apoyó las manos en sus muslos. Tony le había dicho que ella estaba bien, pero él necesitaba verlo con sus propios ojos. Por su propia salud mental.
—Natasha me dijo algo sobre que habías regresado a tu apartamento en el Bed Stuy. ¿Qué hay de eso? —le preguntó Tony, sin un gramo de sorna. Clint alzó la cabeza y asintió.
—Sí. Estaba allí.
—¿Algún problema?
Clint se encogió de hombros.
—Ninguno. Solo que creí que, si mi hermano iba a venir a por mí, no lo iba a hacer en la Torre y lo haría en mi apartamento.
Tony se encogió de hombros.
—Demostraría ser más listo que Belova. ¿Y llevabas razón?
El arquero asintió con gravedad.
—Sí.
Mostrándose impaciente por la parquedad de la respuesta de su compañero, Tony se adelantó un par de pasos, quedando delante de Clint.
—Odio cuando te pones en plan críptico, plumitas—le dijo mientras elevaba las manos levemente hacia el techo—. Dime, tu hermano, ¿apareció o no?
Clint cabeceó afirmativamente.
—Lo hizo. Y se fue.
Tony pasó el peso de su cuerpo de una pierna a otra, mirándolo de manera sesgada.
—¿Qué es eso de que se fue?
Clint se incorporó de un fluido movimiento, cansado e impaciente.
—En serio, Tony, no tengo ganas de hablar de ello ahora. Todo lo que quiero es ver a Nat, ¿de acuerdo?
Muy a su pesar, Tony compuso una mueca y asintió.
—Claro, colega. Ya hablaremos de ello.
La puerta que había a su espalda se abrió y un enfermero salió de ella.
—¿Alguno de ustedes es Clint Barton? —preguntó a los dos hombres.
Clint dio un paso hacia él.
—Yo soy Clint Barton.
El enfermero asintió con desgana.
—Natasha Romanoff ha pedido verlo. Si quiere, puede pasar.
Clint creyó que respiraba por primera vez desde que había pisado el suelo de aquel hospital.
—¿Dónde está?
El enfermero señaló hacia una puerta que había a la derecha, nada más cruzar las dobles.
—Está ahí. Puede pasar —y miró a Tony con gravedad—. Usted solo, por favor.
Y sin esperar a que Clint se lo agradeciera, desapareció por el largo camino que llevaba de nuevo hacia el interior de los quirófanos.
Clint palmeó a Tony en el hombro y sostuvo la puerta medio abierta.
—Voy a ver cómo está.
—Claro. Yo regresaré a la Torre. Hay cosas que hacer allí. Dejé a la policía toqueteando mis coches.
Antes de cruzar, Clint se giró hacia él y le sonrió.
—Por cierto, Tony, Nat te cortará las pelotas y se hará unos pendientes con ellas cuando sepa que te has referido a ella como "mi chica".
Vio como Tony se quedaba congelado en el lugar, lívido, con una reveladora expresión de casi terror pintada en su rostro.
—¡Barton, venga ya, no le digas nada! ¡En serio, tío!
Tony alegó al compañerismo y al espíritu de unión entre los hombres, aunque Clint no se molestó en responderle. Le saludó al otro lado del cristal con una amplia sonrisa y un toque en su frente al más puro estilo militar y se encaminó hacia la habitación en donde se encontraba Natasha, dejando fuera a su compañero balbuceando en silencio como si fuera un actor de cine mudo.
Clint abrió la puerta, lentamente, intentando no hacer ruido. Nat estaba en la cama, con los ojos cerrados. Estaba vestida con un camisón de hospital, semiincorporada y tapada hasta la cintura por una sábana. En su brazo derecho tenía conectado un gotero, que introducía los medicamentos que contenían las dos bolsas que pendían de un soporte junto a la cabecera de la cama. Con cuidado de no hacer ruido se acercó a ella.
—Haces el mismo ruido que un elefante —le dijo Natasha con la voz algo áspera y con los ojos aún cerrados. Despacio, abrió un ojo y luego el otro, sonriéndole. Clint le sonrió a su vez.
—Hey, ¿cómo estás? —le preguntó al llegar hasta ella. Le tocó el pie con ternura y rodeó la cama hasta detenerse a su lado. Clint se inclinó sobre ella y la besó en la frente con suavidad—. Si llego a saber que estabas tan cerca de la entrada, me hubiese colado antes.
Natasha le sonrió cuando él se incorporó para mirarla.
—La herida me pica, pero mañana estará bien, ya lo sabes —le contestó mientras arrugaba la nariz—. La próxima vez que vayamos a la playa voy a tener que ponerme el traje de submarinista.
Clint no pudo evitar sonreír y asintió con un cabeceo certero.
—Me parece bien. Así tendré más ganas de quitártelo que con el bikini.
Por suerte o por desgracia, para Natasha ninguna herida parecía importante, aunque creía que era más una muestra de su carácter que obra del suero que probaron con ella en la Habitación Roja para acelerar su recuperación cuando era solo una niña. En sus labios siempre terminaba aflorando un "estoy bien", aunque se estuviese doblando de dolor, para no preocuparlo a él ni a ninguno de sus compañeros. Ésa era una de las muchas cosas que amaba de ella. Volvió a besarla, esta vez en los labios, recreándose en ellos.
Cuando abandonó su boca, Natasha también estaba sonriendo.
—Siempre tienes que buscarle el lado positivo al asunto, ¿no es así, Ojo de Halcón?
Sin poder reprimir aquella sonrisa boba que tenía en el rostro, Clint se sentó en el borde de la cama, de espaldas a la puerta, con la mano de Natasha fuertemente apretada en la suya. Miró aquella mano pequeña, que parecía frágil y casi indefensa, pero él sabía bien que era todo lo contrario; era una mano letal, capaz de empuñar un arma pero también de dejarlo desarmado con sus caricias. Volvió a apretarla y ella hizo lo mismo.
—Creí que teníamos un acuerdo —le dijo serio, levantando la cabeza y buscando los ojos de ella. Natasha hizo un pequeño gesto de desconcierto con el rostro, como si no hubiese comprendido sus palabras.
—¿Cómo dices? —le preguntó.
Clint tomó aire. Hacía dos años de aquello, dos años de una visita parecida, en un hospital parecido, pero a la vez, muy diferente. En esa ocasión, Natasha había estado al borde de la muerte por culpa de una asesina sádica llamada Madrox. Aquellos recuerdos acudieron a él sin convocarlos: la incertidumbre, el miedo a perderla… Cuando ella salió de la unidad de Cuidados Intensivos, le había pedido que no volviera a asustarlo de aquella manera. Era un buen momento para recordarle aquel trato.
—Que no intentarías morirte —le dijo bajando un poco la voz, como si le doliese sólo el mencionarlo.
Natasha abrió la boca para cerrarla a continuación, como si acabase de recordar a qué se refería él.
—Ese acuerdo, sí—asintió con gravedad. Apretó la mano de Clint con más fuerza y él entrelazó sus dedos con los de ella—. Bueno, ya ves que he cumplido mi palabra. Por cierto, ¿qué te ha pasado en la cara?
Clint alzó un dedo admonitorio delante de su rostro.
—No cambies de conversación, Nat. ¿Qué ha ocurrido?
La mujer giró la cabeza hacia un lado y movió el brazo, teniendo cuidado de no obstaculizar el funcionamiento del gotero. Arrugó un poco los labios.
—Yelena. Vino a buscarme a la Torre.
Clint esperó a que ella agregara algo más, pero no lo hizo. Bajó la mirada a las manos de ambos, con los dedos entrelazados con fuerza.
—¿Cómo logró herirte?
Natasha suspiró.
—Sacó un cuchillo que no había visto hasta ese momento. Intentó clavármelo pero fui más rápida que ella.
—Te desmayaste —le dijo Clint. Y ella asintió a su pesar, bajando la cabeza.
—Me golpeó en el cuello. No pude respirar por unos instantes. Pero ya estoy bien.
Clint no supo qué podría contestarle salvo que se alegraba enormemente de que hubiese sido más rápida que Belova. Se removió en el borde de la cama, buscando una postura un poco más cómoda.
—Tony me ha dicho que la policía se la ha llevado para interrogarla y que intentaremos encontrar las pruebas que la incriminen del asesinato del congresista.
Sin perder tiempo, Natasha asintió.
—Fue ella. No hay dudas.
—Pero el juez necesitará pruebas además de nuestro testimonio.
Ella volvió a asentir.
—Lo sé.
Con un gesto cariñoso, Clint reclamó su atención, acariciándole la mejilla.
—Bueno, podemos despedirnos de Belova hasta otra ocasión, que creo que será dentro de mucho tiempo.
Mostrándole una sonrisa, Natasha giró la cabeza hacia él.
—Sí, eso espero.
Ambos se quedaron en silencio, cómodamente, el uno junto al otro, hasta que los ojos de Natasha reposaron en él.
—¿Ahora vas a decirme cómo te has hecho eso de la mejilla?
Clint no tenía muchas ganas de hablar sobre lo que le había ocurrido con Barney, pero no tendría más remedio que hacerlo. O lo hacía, o tendría que aguantar los ojos inquisidores de Natasha y su ceño fruncido hasta que se lo contara.
—Ha sido mi hermano. Se presentó en mi apartamento, como yo había supuesto que haría.
Nat suspiró y buscó los ojos de Clint.
—Supongo que no habrá sido un encuentro muy fraternal.
Clint bajó la cabeza y negó con vehemencia.
—No, no lo ha sido.
—¿Quieres contármelo? —le preguntó ella en voz baja e íntima.
Clint alzó la cabeza, componiendo una sonrisa.
—Se supone que soy yo el que tiene que darte ánimos a ti, no al contrario.
Ella se irguió un poco en la cama, todo lo que se lo permitió su postura.
—Perdone usted, señor hombre de las cavernas. No era mi intención ofenderle.
Clint soltó una carcajada que le hizo echar la cabeza hacia atrás. Fue entonces cuando escuchó la puerta de la habitación abrirse a su espalda. Natasha giró la cabeza hacia aquella dirección de manera casi automática, con una sonrisa en su hermoso rostro que murió al instante en sus labios. Los ojos de su compañera se abrieron desmesuradamente, como si hubiese visto un fantasma. Clint miró sobre su hombro mientras se levantaba para ver quién acababa de entrar y su expresión debió ser igual a la que lucía Natasha. Si quien había abierto la puerta se hubiera anunciado, ninguno de los dos hubiese tomado el anuncio en serio.
Parado bajo el dintel de la puerta, con el pomo aún en la mano, estaba el desaparecido agente de SHIELD, Phil Coulson.
Los ojos de Clint se abrieron como platos para, a continuación, convertirse en apenas dos rendijas en su rostro. No podía ser cierto, no podía ser Phil Coulson; aquel que una vez fue su superior y su amigo. Coulson había muerto en el helitransporte a manos de Loki, el semidiós asgardiano, hermanastro de Thor, en los prolegómenos de la Batalla de Nueva York. Había muerto defendiendo la fortaleza volante y, durante mucho tiempo, él se había sentido responsable de ello. Porque fue él quien le facilitó la entrada a los activos de Loki al helitransporte, y fue él quien lo inutilizó. El hombre, quien quiera que fuese, entró en la habitación y cerró tras de sí.
—Clint. Natasha —les dijo a modo de saludo.
Clint soltó la mano de Natasha, se levantó de la cama y se separó un par de pasos, con el cuerpo rígido y las manos apretadas en puños, pegados a sus muslos. "No puede ser Phil", se dijo una y otra vez en silencio. Pero tenía su misma voz.
—No puedes ser Phil. Phil está muerto —le dijo, más para sí mismo que para que lo escuchara el hombre que acababa de entrar, y que Clint se resistía aún a identificar como su difunto supervisor.
El hombre le sonrió casi con timidez, bajando un poco la cabeza, tal y como Coulson solía hacer.
—Es una larga historia, Clint. Pero soy yo.
Notó la mirada de Natasha fija en él. Ella sabía cuánto había significado para él la desaparición de aquel hombre, que había sido su amigo dentro de la organización, que había vivido con él buenos y malos momentos. Coulson fue la primera persona a la que le habló de Natasha, La Viuda Negra, cuando no fue capaz de terminar la misión que le encomendaron de eliminarla. Y fue a él a quien le pidió que intercediera por ella ante SHIELD para que le diesen una oportunidad.
Sintió cómo todos los músculos de su cuerpo se contraían.
—¿Una larga historia? ¡¿Una larga historia, dices?! —exclamó entre dientes—. ¿Tan larga como que te has tomado dos putos años en decirnos que seguías vivo?
Coulson volvió a bajar la mirada hacia sus impolutos zapatos.
—Tienes razón en estar enfadado, Barton.
Clint elevó los brazos hacia el cielo en un gesto de exasperación, sin importarle el dolor que le produciría en el hombro.
—¡Por supuesto que tengo razón! —le dijo, mientras rodeaba la cama en donde se encontraba Natasha y se paraba a un par de metros de su antiguo supervisor—. Podrías habernos dicho que seguías con vida, Phil. Una llamada hubiese servido.
La expresión del rostro del antiguo agente de SHIELD se hizo más grave.
—Lo sé, Clint. Y lo siento. De veras.
Fue el turno de Natasha para hablar.
—¿Sabes cómo nos sentimos cuando nos enteramos de que Loki te había asesinado, Phil? —le dijo. Clint se giró hacia ella para mirarla. Se había enderezado en la cama y tenía la mano izquierda pegada a su costado, como si protegiese la herida que le acababan de atender. Prosiguió, apretando los dientes—. ¿Sabes acaso por lo que pasó Clint cuando se enteró de ello? ¿Sabes por cuántas sesiones, por cuantos exámenes tuvo que pasar, Phil?
Coulson iba a contestar pero la mano alzada de Clint lo detuvo.
—No. No vuelvas a decir que lo sientes.
El hombre asintió.
—Muy bien, no lo haré.
Clint dio un giro rápido para dirigirse de nuevo hacia la cama en donde descansaba Natasha, para volver otra vez a desandar el camino. Sentía el corazón latirle con fuerza dentro de su pecho y la adrenalina correr por sus venas. Notaba la tensión de los músculos de su espalda y de sus brazos, y un incipiente dolor de cabeza instalándose en sus sienes. Se detuvo ante su amigo con expresión dolida.
—¿Por qué, Phil? No lo entiendo.
Coulson dio un paso hacia él.
—Fury creyó que era lo mejor para los planes que él tenía. Mantener en secreto que aún estaba vivo.
Clint notó que su espalda se envaraba.
—Explícate, porque de verdad debo de estar volviéndome tonto.
Coulson asintió con reservas.
—Durante unos días no… no estuvieron seguros de si iba a funcionar —les dijo para terminar asintiendo con gravedad, mirando primero a uno para pasar a mirar a la otra—. Al final, lo hizo.
Clint extendió ambas manos, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante.
—¿Qué cojones es eso de "iba a funcionar"?
Phil se encogió de hombros.
—Una tecnología avanzada que utilizaron de manera experimental en mí. No sabían si iba a funcionar y devolverme a la vida. Y si lo hacía, no sabían si iba a sobrevivir a ella.
—Bien, si funcionó, ¿por qué cojones no te pusiste en contacto? —quiso saber Clint.
Phil miró hacia la pared de la derecha, como si estuviese buscando las palabras adecuadas. Los nervios de Clint no hacían más que saltar bajo su piel. Su antiguo supervisor continuó hablando.
—Fury pensó que sería buena idea el crear un grupo dentro de SHIELD, un grupo que sólo respondiera ante él y que se enfrentara a aquellos casos a los que la propia organización no llegaba. Y yo reunía el perfil para hacerme cargo de ellos.
Clint bajó la cabeza, negando una y otra vez.
—El bueno de Fury, creando grupitos como si esto fuese la parroquia.
Coulson continuó:
—Me pidió que me hiciese cargo de él y la agente May me ha ayudado en todo este tiempo.
Clint oyó un crujido de la cama en donde estaba Natasha cuando ésta cambió de postura.
—¿Así que es ahí en donde está ahora? ¿Ese ha sido su misterioso destino? Nadie sabía dónde había sido trasladada. Ni ella misma quiso contármelo cuando la llamé.
Coulson asintió con convicción.
—Sí. Lo cierto es que la existencia de nuestro grupo ha hecho que SHIELD no se extinga del todo. Nosotros seguimos en activo, aunque trabajando en la clandestinidad. Y yo soy ahora quien lo dirige.
Despacio, Clint se acercó hasta la cama de Natasha y se apoyó en ella mientras cruzaba los brazos delante de su pecho.
—O sea que SHIELD sigue operativo.
—Sí —le respondió—, aunque bastante mermado.
—Y tú eres el director de este… SHIELD, ¿es eso?
Coulson asintió, despacio. Clint echó la cabeza hacia atrás.
—El golpe que me he dado me está haciendo escuchar tonterías, una detrás de otra, ¡joder! —exclamó Clint girándose de nuevo hacia Natasha y deteniéndose a su lado.
Coulson los miró a ambos y continuó.
—Entiendo que te parezca eso, una tontería. Pero todo tiene un sentido si se lo buscas. HYDRA nos ha hecho mucho daño. No hemos sabido darnos cuenta de que estaba debajo de nuestro techo hasta que todo nos ha estallado en la cara y nos ha mordido el culo.
—Tal vez Fury sí lo supiera, si tuvo la previsión de crear vuestro grupo —intervino Natasha.
Coulson se encogió de hombros.
—Puede que sí. Lo cierto es que creí que había llegado el momento de que supieseis que seguía vivo. Tony insistió bastante en que merecíais saberlo.
—¿Tony lo sabe? —preguntó Clint.
—Se enteró hace dos días. Cuando fui a verle con la información sobre Justin Hammer e HYDRA.
Comenzando a entender algunas cosas sobre cómo se había enterado Tony de la existencia de su hermano y de Belova, Clint asintió.
—Así que has sido tú el que se la ha proporcionado.
Coulson pareció restarle importancia, encogiéndose de hombros.
—No me gusta dejar a mi gente sin apoyo.
—Si Fury ha muerto, entonces… espera, ¿tampoco eso es cierto?
Coulson desvió la mirada hacia Natasha. Clint siguió los ojos del hombre hasta recalar en su compañera.
—¿Tú lo sabías? Y no me digas también que es una larga historia.
Natasha torció el gesto y asintió, mientras le sostenía la mirada. Clint clavó sus ojos en ella. No era tonto, Natasha tenía sus secretos como él también tenía los suyos, por muy compañeros, amigos y amantes que fueran. Tal vez, si ella no le había dicho nada, o si Coulson no les había revelado que seguía vivo, debía de ser por algo. En SHIELD las cosas no eran al azar; nadie guarda esos secretos de no ser por una buena causa.
—Hablaremos más tarde ello, ¿de acuerdo? —le propuso Natasha.
Clint se pasó la mano por el rostro y asintió sin mirarla, sintiéndose realmente cansado. Aquello lo estaba sobrepasando un poco. Dejó caer la mano junto a él con pesadez, sintiendo que el enfado inicial comenzaba a mitigarse un poco y que era reemplazado por otra cosa que aún no sabía identificar.
—Entonces, fuiste tú el que le proporcionó a Tony la información sobre HYDRA Y Hammer. Sobre Belova y mi hermano.
Coulson asintió, sin moverse del lugar en donde había estado apostado desde que entró en la habitación.
—Sí.
Clint volvió a deshacer la distancia que lo separaba de su antiguo amigo.
—Es curioso, tres regresos de la muerte. El infierno debe de estar quedándose vacío.
A su espada escuchó la voz de Natasha, recriminatoria.
—Clint, por favor.
El nuevo director de SHIELD alzó un brazo en un fluido movimiento.
—No, está bien, Natasha. Tiene derecho sentirse así. Lo entiendo.
Clint asintió y alzó la barbilla apretando la mandíbula.
—Pues tienes suerte, porque eres el único que parece entender algo en todo esto.
Un silencio pesado e incómodo se hizo en la habitación. Clint no podía mirar de frente al que una vez fuese su amigo. Coulson intentó dar un paso hacia el frente pero se quedó en eso, en un mero intento.
—Creo que es hora de que me vaya —dijo al fin—. Sólo… sólo quería ver cómo estabais.
Clint lo miró de reojo.
Después de unos instantes de permanecer callados los tres, Coulson hizo un gesto de negación con su cabeza, como si hubiese respondido a una muda pregunta.
—Barton. Romanoff. Ya nos veremos —les dijo y se giró para encaminarse hacia la puerta por la que había entrado.
Antes de que pudiese poner la mano en el pomo, Clint se giró hacia él. No podía dejar que Coulson se marchase de aquella manera. No podía seguir siendo cómplice de aquella farsa que había comenzado con su muerte en el helitransporte. Debería sentirse aliviado por aquello; debería sentirse liberado. Y así era.
—Coulson —lo llamó. El tono de su voz había cambiado, dejando de ser tan duro y cortante.
El agente de SHIELD se giró con una esperanzadora media sonrisa asomando en su rostro.
—¿Sí?
Clint bajó la cabeza, sintiéndose apesadumbrado por cómo había manejado la súbita aparición de Philip Coulson.
—Me… me alegro que estés de vuelta.
Aquella sonrisa que apenas se había adivinado en las facciones de Coulson se hizo más reveladora. Con un seguro cabeceo, el nuevo director de SHIELD se despidió.
—Adiós.
El hombre salió dejándolos de nuevo solos.
Clint se acercó a la cama de Natasha y se sentó en el filo del colchón, de frente a ella. Clint mantuvo la mirada baja, fija en las manos de su compañera. La vio acercarlas hasta él y tomar las suyas con firmeza.
—¿Cómo estás? —preguntó Natasha en un susurro.
Clint dejó escapar el aire que le quemaba en el pecho. Se dejó caer hacia adelante, apoyando su frente contra el pecho de Natasha.
—Son demasiadas cosas que digerir, Nat.
La mujer le acarició el pelo y la nuca, despacio y con suavidad.
—Lo sé —le contestó al oído, dándole un delicado beso en su sien izquierda.
Clint se levantó para mirarla a los ojos.
—Sólo quiero irme a casa contigo. ¿Cuándo crees que te dejaran salir de aquí? —le preguntó. Ella pasó una mano por su rostro y Clint cerró los ojos con fuerza, buscando el apoyo firme de la palma de Natasha.
—Espero que cuanto antes. Yo estoy bien. No pienso pasar la noche aquí.
Clint asintió, creyéndole.
—Bien.
