Happy había insistido en llevarlo hasta allí, y lo había amenazado con estropearle algunos de sus coches que sin decirle a cuál de ellos. Tony no tuvo más remedio que claudicar y dejar que su amigo de toda la vida, y chófer, lo llevara hasta las puertas del edificio en donde Justin Hammer había enclavado su cuartel general.
Tony se movió inquieto en el asiento de atrás del Lincoln. Aquella misma tarde había tenido una reunión con miembros del FBI y de la policía. Tanto unos como otros habían escuchado con atención su teoría acerca de los asesinatos. Ellos también habían aportado bastantes datos de la investigación que habían desarrollado y, de esa manera, todas las piezas parecían estar al fin encima de la mesa y comenzaban a encajar como un gigantesco puzzle. Y todos habían coincidido en que no debían dejar pasar ni un día más para empujar a Justin Hammer a que diese un paso en falso y se revelara como la mente pensante detrás de todos los incidentes de los últimos días.
Clint había estado allí con él, en un discreto segundo plano pero atento a todo lo que se hablaba y ocurría en aquella sala. Sabía que se estaban jugando mucho con aquella visita. No sólo esclarecer ambos asesinatos, sino limpiar su nombre y el de Natasha. Para alivio tanto del arquero como suyo, las autoridades los escucharon y les dieron la razón sin reservas.
Happy paró el motor del coche y se giró hacia él.
—¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí? —le preguntó.
Tony miró por la ventanilla que estaba junto a él, hacia la acera.
—Hasta que Hammer aparezca —le respondió, con la vista puesta en los viandantes que iban y venían.
Escuchó a su amigo moverse incómodo tras el volante del coche.
—No me gusta Hammer. Nunca me ha gustado y si tengo oportunidad de chafarle esa nariz suya, te juro que lo haré, Tony.
Entendía la animosidad que Happy sentía por Justin Hammer. Él había estado allí cuando Hammer intentó hundirlo con aquello de las armaduras para el ejército. Se incorporó hacia delante y, estirando un brazo, palmeó a su amigo en el hombro.
—Relájate, ¿quieres? Nadie le romperá la nariz a nadie, ¿entendido? —le dijo intentando calmar los ánimos. Entonces, con fingida inocencia, se encogió de hombros—. Y si alguien tiene que romperle la nariz, voy a ser yo.
Happy lo miró de reojo por encima de su hombro con cara de pocos amigos.
—No tienes gracia, Tony.
—Ni pretendo tenerla. Vamos a andarnos con cuidado, ¿quieres?
Su amigo lo miró a través del espejo retrovisor con los ojos entornados y la mandíbula apretada. Agarró con fuerza la gorra por la visera y se la caló hasta las orejas.
—Lo que tú digas; eres el jefe.
Tony se arrellanó de nuevo en el asiento de cuero de su coche. Junto con la policía y el FBI habían estudiado detenidamente los movimientos de Hammer desde que dejó la cárcel. Por ello, conocían a qué hora entraba por la mañana y cuándo salía para comer; a qué hora regresaba o cuándo se marchaba definitivamente del edificio. Y, según todas aquellas indicaciones, Hammer debía abandonar la torre de oficinas en cualquier momento.
Volvió a mirar hacia la entrada del edificio. El coche de Justin aguardaba delante de la puerta. El chófer, que había salido del interior y se había apostado de manera relajada contra una de las puertas, parecía ocupado en la pantalla de su móvil, con una sonrisilla boba en su rostro.
El plan era que Tony lo interceptara antes de que llegara hasta el vehículo y se marchara.
Le estaban comenzando a sudar las manos cuando lo vio salir del edificio. Se tocó el oído derecho con disimulo y sonrió.
—Comienza el espectáculo.
Tony salió del coche con un andar fluido y seguro de sí mismo, encaminándose en dirección al hombre que andaba hacia él. Justin lo vio de inmediato y ralentizó el paso. Tony metió las manos en los bolsillos de sus caros pantalones y siguió andando. Se detuvo cuando los separaban apenas dos metros.
—¡Vaya, esto sí es una casualidad! —le dijo Tony con manifiesta falsedad en su voz. Palmeó una vez delante de sí, para mirar a uno y otro lado de la acera—. El bueno de Justin saliendo del trabajo como un ciudadano decente. ¡Quién lo diría!
Vio cómo el rostro de Hammer se contraía.
—¿Qué cojones haces aquí, Stark?
Tony separó los brazos de su cuerpo y se giró a derecha y a izquierda con una mueca en el rostro que se asemejaba a una sonrisa. Pero no lo era.
—Estaba dando un paseo. ¡Y mira a quién me encuentro, a mi querido amigo Justin Hammer!
El hombre cambió de mano el maletín que portaba y miró por encima del hombro de Tony en dirección a su coche. Con disimulo, Tony desvió la vista hacia el mismo lugar. El chofer se había incorporado y tenía toda su atención puesta en los dos hombres.
—Déjate de gilipolleces, Stark. Nada de lo que tú haces es casual.
Tony torció el gesto, y tras unos segundos, asintió.
—Puede que lleves razón.
Los dos hombres se sostuvieron la mirada por unos instantes, sin importarles quiénes pasaban a su alrededor. Justin se enderezó.
—Si no tienes inconveniente, me marcho.
Antes de que Hammer pasara por su lado, Tony dio un paso en su dirección, interceptándolo e impidiéndole seguir su camino.
—En realidad sí que tengo inconveniente.
Hammer caminó hacia atrás, separándose de él, con la cara contraída por el incipiente enfado que, Tony suponía, estaba comenzando a sufrir.
—¿Sabes qué? Me importa una mierda que…
Tony le puso una mano sobre el hombro, impidiéndole continuar.
—Yo no tendría tanta prisa, Hammer.
Con un arrebato, Hammer se deshizo del agarre de Tony.
—¿Ah, no? ¿Y eso por qué? —preguntó con la mandíbula apretada.
—Belova ha sido detenida —le dijo sin contemplaciones, sin mirarlo a la cara y con expresión neutra. Tony se quedó donde estaba y observó por el rabillo del ojo la reacción del hombre.
Hammer intentó no pestañear, ni casi respirar. Intentó mantenerse impertérrito ante la declaración de Tony, pero un apenas perceptible pulso en su sien derecha le dijo a Tony que había tocado uno de los barquitos de su tablero.
—Intentó matar a la Viuda Negra. A la verdadera Viuda Negra. No tengo que decir que Natasha le dio lo que se merecía.
Hammer miró a un lado y a otro, y se encogió de hombros.
—Ya te dije cuando viniste a verme que no sabía de qué me estabas hablando. Sigo igual, Stark, sin saber de qué me hablas. Siento desilusionarte.
Tony dio un par de pasos para colocarse a la izquierda del hombre. Se acercó a su oreja para hablarle, como si no quisiese que nadie más se enterara.
—Oh, y yo creo que sí lo sabes —repuso Tony en voz baja, con ambas manos metidas en los bolsillos de sus pantalones. Miró hacia un lado y hacia otro de la amplia acera para fijar la vista de vuelta en Hammer—. Y ahora le toca el turno al otro Barton. A esa copia barata de Ojo de Halcón.
El pulso que Tony viera unos instantes atrás se hizo más visible y hubiese jurado que un intenso color rojo había comenzado a cubrir el rostro del hombre. Con una sonrisa satisfecha, Tony le apuntó con el dedo índice, presionando en la solapa de su chaqueta.
—Y el siguiente serás tú. Se te van a quitar las ganas de decir "Hail, Hydra" durante una buena temporada, la misma que pases entre rejas.
Lentamente, una sonrisa ladeada apareció en el rostro de Hammer. Bajó la mirada mientras su cabeza se meneaba de un lado a otro.
—El bueno de Tony Stark. Tengo que suponer que vas a ser tú quien va devolverme a esa cárcel, ¿no es así? ¿O va a ser Iron Man? ¿Dónde está Iron Man, Tony? Yo esperaba verte con tu traje de gala.
Tony torció el gesto.
—Iron Man no tiene nada que hacer aquí. Esto es algo entre tú y yo. Yo me basto y me sobro contigo, Hammer.
Justin echó la cabeza hacia atrás al tiempo que una intensa carcajada salía de su garganta. Volvió a mirar a Tony después de sacar un pañuelo del bolsillo de su pantalón y limpiarse una lágrima ficticia.
—¡Oh, que magnánimo y que honorable, Tony! El bueno de Tony —le dijo, conteniendo la risa—. ¿Sabes que eres muy divertido?
—No tenía ni idea —le respondió.
—¿Qué te hace pensar que los de HYDRA me van a dejar caer? —le preguntó mientras se acercaba a él y le hablaba al oído—. ¿Por qué crees que me va a pasar lo mismo que le ha ocurrido a Belova? No, Tony, no. HYDRA me necesita para limpiar su imagen, para que todos crean que estamos haciendo algo bueno por esta ciudad. ¡Anda!, ¿no es lo mismo que pasó con SHIELD? ¿Que la ciudad y el mundo creyó estar a salvo y fíjate cómo quedaron Nueva York y Washington, reducidas a escombros? HYDRA es la solución, Tony. ¡Es el futuro! Y vosotros, los Vengadores, no vais a tener nada que hacer. Cuando termine con Romanoff y con Barton, te llegará tu turno. Y habrá unos nuevos Vengadores, unos que les sean fieles a HYDRA. Yo me encargaré de ello. Yo estaré al frente de ellos, Stark. Y tú no serás más que un recuerdo.
—O sea, que querías a Belova y al otro Barton para que tomaran el lugar de Ojo de Halcón y la Viuda Negra.
Hammer asintió con energía.
—¡Así es! ¿No es ingenioso?
—Y los enviaste a matar al senador y al congresista imitando la manera en que ellos trabajan.
Hammer se tocó levemente la nariz y señaló a Tony con el dedo índice.
—Eres muy listo, Stark.
Tony lo escuchó con ojos entornados. Tomó aire tras unos instantes y asintió con pesadez. Volvió a cambiar de posición, colocándose a la derecha del hombre. Con un dedo apuntó hacia arriba con una sonrisa en los labios.
Una profunda arruga apareció en el centro de la frente de Hammer, sin comprender lo que pasaba. Con reticencia miró hacia donde apuntaba Stark.
—¿Ves aquello de allí arriba? Son drones. Apenas cien dólares en una juguetería. Y están equipados con una cámara de súper alta definición y un sistema de sonido que ya lo quisieran en el Carnegie Hall. La releche. ¿Y sabes qué? Te acaban de grabar confesando que has sido tú, arropado por HYDRA, el que está detrás de los asesinatos de los dos congresistas.
"Tocado y hundido".
Ambos hombres se quedaron mirando a los dos pequeños aparatos que se mantenían estáticos en el aire, a unos quince metros por encima de ellos. Hammer bajó la cabeza como si la hubiera accionado con un resorte.
—¡Eres un hijo de puta!
Tony miró hacia su coche y vio a Happy apostado junto a él, con las manos pegadas a los costados y la mirada fija en él y en Hammer. Regresó la vista hacia Justin y le sonrió a medias.
—Puede ser. Ahora, es hora despedirse, Justin. Que te lo pases muy bien en la cárcel.
Un par de coches patrulla con las sirenas encendidas se detuvieron junto al coche de Hammer, impidiéndole de ese modo que se pudiese incorporar al tráfico. Aparecieron otros dos coches más, oscuros y enormes, que Tony supo eran de la Oficina del FBI en Washington. Cuatro agentes vestidos con uniforme de la policía y otros tantos trajeados se acercaron a ellos.
—Adiós, Justin. Espero que tardemos mucho en vernos.
Girando sobre las punteras de sus zapatos, Tony emprendió camino hacia su coche con paso lento pero resuelto. Happy le salió al encuentro.
—¿Qué hacemos ahora, Tony?
Stark le colocó la mano sobre el hombro, invitándolo a que se dirigiera con él hacia el coche.
—Nos volvemos a casa. Aquí hemos terminado.
Clint no tenía muy claro cómo había subido los cinco pisos del bloque de apartamentos en el Bed Stuy. No recordaba haber entrado por el portal como una exhalación, ni haber subido las escaleras a la carrera. El momento en que se dio cuenta de que estaba allí fue cuando se paró frente a la puerta de su apartamento, sin aliento y con el cuerpo completamente en tensión.
Se contuvo de echar abajo la puerta de una patada. Si lo hacía, sería un blanco fácil para Barney pues no llevaba ninguna de sus armas. Se colocó de espaldas a la pared, con la mirada puesta en la puerta e intentando controlar su respiración agitada. Agudizó su oído. Barney debía haber llevado a Natasha hasta aquel lugar y Clint no podía ponerla en riesgo. Acercó la oreja al marco de la puerta pero no logró oír nada. O bien Barney era muy silencioso, o bien allí no había nadie. Con cautela, puso la mano en el pomo de la puerta. Él solía dejarla cerrada con la llave; en cambio, el pomo giró y la cerradura cedió bajo su mano con facilidad.
Se acercó al hueco que había quedado y miró hacia el interior. Seguía sin escuchar nada ni a nadie. Con el cuerpo rígido y las manos apretadas en puños, se aventuró a empujar de manera comedida la puerta para poder ver casi todo el salón de su apartamento.
En efecto: allí no había nadie. Entró despacio, paseando la mirada por todos los rincones hasta que sus ojos recayeron en la mesa que había en un lateral de la sala y lo que había sobre ella: allí estaba su arco, el que él llevara el día anterior metido en su bolsa. Junto al arco había una única flecha y una pequeña nota manuscrita.
Esto puede que te sea útil. Te esperamos en la azotea. No tardes. Barney.
Clint arrugó la nota nada más leerla y la arrojó con furia al suelo. Había tenido razón al pensar que Barney había ido allí y que había llevado a Natasha con él. Tomó el arco y la flecha, y volvió a salir al rellano para dirigirse a la puerta que comunicaba con la azotea.
En cuanto la abrió, la brisa del atardecer le abofeteó el rostro. En el cielo apenas quedaban vestigios del sol de la tarde y el color anaranjado había dado paso a un morado intenso que combinaba a las mil maravillas con su oscuro estado de ánimo.
Anduvo un par de metros, alejándose de la entrada. Los conductos de ventilación se alzaban metro y medio sobre el suelo de la azotea, desperdigados por toda la extensión de la misma. Un pretil de la misma altura la delimitaba; cables oxidados de antenas antiguas cruzaban aquí y allá. El sonido de una sirena en la calle llegó con nitidez a sus oídos. Clint dio un par de pasos más y se detuvo.
—Has tardado en llegar —oyó decir una voz a su espalda.
Clint se giró de inmediato y vio a su hermano de pie frente a él, a unos diez metros de distancia, junto a una de las bocas de ventilación. Llevaba un arco en una mano parecido al suyo y, en la otra mano, un carcaj lleno de flechas.
Miró a su alrededor por el rabillo del ojo, buscando la figura de Natasha, pero no logró dar con ella.
—¿Dónde está? —preguntó sin querer que su hermano detectara en su voz la preocupación que sentía por ella.
Barney compuso una sonrisa torcida y, con teatralidad, se llevó al corazón la mano que sujetaba el arco.
—¡Oh, qué tierno! Estás preocupado porque a ella puede haberle pasado algo —le dijo con sorna—. Me enterneces, hermanito… y me da asco.
Clint hizo un esfuerzo por no seguirle el juego. Apretó con fuerza el arco que portaba, afianzando en el suelo su postura con las piernas abiertas y equilibradas.
—Me la trae floja lo que sientas, Barney. Dime dónde está Natasha.
Con una mueca en su rostro que le revolvió el estómago, Barney dio un par de pasos en dirección a la boca de ventilación sin quitarle la vista de encima. Extendió el brazo que portaba el arco y tiró del cuerpo de Natasha, hasta que la tuvo junto a él.
La mujer tenía la cabeza gacha y la melena pelirroja le cubría su rostro. Se tambaleaba a duras penas de un lado a otro con pequeños pasos, como si estuviese borracha, con las manos atadas delante de ella. Barney la tomó por el pelo y le alzó la cabeza con rudeza, mostrándosela a Clint.
—¿Ves? Aún no la he tocado. Tenía que asegurarme de que ella no ponía impedimentos para venir conmigo, así que la dormí un poco.
Clint tuvo que obligarse a tomar aire y respirar con tranquilidad. La mano derecha apretó con fuerza el arco, tanto que un dolor agudo le subió hasta el antebrazo al cerrarse sus dedos sobre la empuñadura.
En cuanto Barney soltó la melena de Natasha, ella dejó caer con pesadez la cabeza hacia adelante, perdiendo un poco el equilibrio. Clint temió por unos instantes que se cayera.
—Ya estoy aquí, has logrado lo que te proponías. Ahora, deja que se vaya —le espetó a través de la distancia que los separaba.
Tras unos instantes, Barney estalló en una carcajada que hizo que su cabeza rebotara hacia atrás durante unos cortos segundos.
—¡Ah, el caballero de la brillante armadura! ¿Has venido a salvarla? —Barney la tomó del brazo y la puso delante de él.
Clint dio un paso hacia ellos y se detuvo.
—Ella no tiene nada que ver con lo nuestro, Barney.
Su hermano se encogió de hombros.
—Cierto. Pero lo hace todo más divertido —volvió a tomarla del pelo y tiró de ella hacia atrás. Los ojos de Nat apenas eran dos rendijas en su rostro, tenía la boca entreabierta y los hombros caídos—. Bueno, tienes una flecha, veamos si eres capaz de matarme antes de que le haga algo. No sé, tal vez le corte esta bonita oreja.
Los pies de Nat parecían haber emprendido una tortuosa danza de la cual no se sabía la coreografía. Clint notaba su corazón golpearle con fuerza en el pecho. Su hermano estaba dispuesto a lo que fuera con tal de tener una excusa para entrar en batalla con él. Y él lo haría, por supuesto que lo haría, pero cuando llegara el momento y no mientras Natasha estuviese en medio; mucho menos, en ese estado.
Con rabia, arrojó lejos el arco y la única flecha que Barney le había dejado.
—Suéltala, Barney. No voy a repetírtelo más veces.
Los labios de su hermano conformaron un círculo casi perfecto que desapareció a continuación, transformándose en una sonrisa socarrona.
—O si no ¿qué, Clint? ¿Vas a venir a darme un cachete? —espetó con los dientes apretados—. No tienes los cojones que hay que tener para vértelas conmigo.
Clint volvió a fijar su mirada en Natasha, incapaz de apartar los ojos de ella. Entonces, los labios de Nat formaron una dura línea y la expresión de su rostro varió. Alzó una ceja y le guiñó un ojo. Clint tuvo que reprimir la exhalación que le nació en el pecho al ver cómo su compañera empezaba a reponerse de lo que quisiera que le hubiese hecho su hermano.
—Mira, Barney, si lo que quieres es provocarme, vale, pero por lo que más quieras ahórrame la charla. Ven a por mí si te atreves y no hagas más preguntas —dijo al tiempo que asentía con un escueto y casi imperceptible gesto de cabeza que sólo ella sería capaz de interpretar.
Natasha reconoció de inmediato su señal, aquella que habían acordado tantos años atrás. Sin perder ni un solo segundo echó la cabeza hacia atrás con tanta fuerza que impactó contra el mentón de Barney, haciendo que el hombre emitiera un gruñido de dolor y trastabillara hacia atrás, liberándola de su agarre y soltando a su vez el arco y el carcaj. Ella alzó su pierna izquierda y, apoyándose sobre la derecha, barrió el espacio, golpeándolo en el pecho con el pie. Clint aprovechó aquellos segundos para echar a correr hacia ellos.
—¡Maldita zorra! —exclamó Barney, llevándose ambas manos hacia la barbilla, intentando contener el hilo de sangre que brotaba del labio en el que se había clavado los dientes.
Antes de que se hubiera recuperado, Clint arremetió contra él, golpeándolo con el codo en el lateral del cuello, con toda la inercia que traía de la carrera. Barney rodó por el suelo y se llevó la mano hacia el lugar en donde su hermano lo había embestido, quedando momentáneamente aturdido.
Clint regresó hacia Natasha e intentó zafarla de la cuerda que mantenía apresadas sus muñecas, con su atención puesta a medias en la figura de su hermano, que maldecía a voz en grito sin poder ponerse en pie.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó mientras la ayudaba a liberar el nudo de sus muñecas.
Ella resopló. La expresión de su rostro había cambiado de nuevo, volviéndose otra vez lívida.
—¿Quieres la verdad? Aún no estoy bien —y se desvaneció un poco.
—¡Nat! —Clint la agarró bajo los brazos, sosteniendo su peso. Ella hizo un esfuerzo por levantar la cabeza para fijar la mirada en algún punto sobre el hombro de Clint.
—Clint, tu… —comenzó diciéndole ella a modo de advertencia. No pudo terminar la frase: Barney impactó contra él y lo empujó con toda su fuerza, haciéndolos rodar.
Cuando Clint logró equilibrarse, con una rodilla sobre el pavimento y una mano junto a su bota, lo primero que hizo fue dirigir su mirada hacia Natasha. Ella se había incorporado con dificultad, sentándose en el suelo. Había apoyado su espalda contra una de los conductos de ventilación, con la cabeza caída hacia adelante y la melena rojiza ocultándole el rostro. Quiso correr hacia ella para ver cómo se encontraba, pero la figura imponente de Barney se cernió sobre él.
—He estado esperando este momento durante años, hermanito. Voy a disfrutar cada segundo de él hasta que te mate.
Clint lo miró de arriba abajo. Se levantó con lentitud, clavando la mirada ceñuda en él.
—Bien, ahora podemos hablar de tú a tú, sin nada con lo que puedas amenazarme.
Una sonrisa ladeada apareció en los labios de Barney. Con un estudiado y lento movimiento se llevó la mano al cinturón y sacó un enorme cuchillo de hoja dentada, que paseó de una mano a otra, amenazante.
Clint se contuvo de correr hacia él y enfrentarlo. No podía entrar en aquella batalla con la cabeza caliente y la sangre hirviendo en su pecho. Debía mantener una actitud fría y estudiar cada movimiento, cada pequeño gesto que hiciese Barney y que pudiese anticiparle qué iba a hacer a continuación. Se irguió de hombros, plantándose ante él.
—No quiero pelear contigo, Barney. Entrégate a la policía y buscaremos la manera de que te rebajen los cargos.
El rostro del hombre pareció amoratarse.
—¿Y volver a una puta cárcel? ¡¿Eso es lo que estás insinuando?!
Clint apretó los labios, convirtiendo su boca en una dura línea en su rostro.
—Has matado a un congresista de los Estados Unidos.
Una profunda risa salió de la garganta de su hermano, helándole la sangre.
—¡¿Y qué?! Es una muesca más en la culata.
—Entrégate, Barney. O…
El mayor de los Barton no lo dejó continuar.
—¿O qué, Clint? ¿O tú vas a encargarte de mí? ¡Es lo que estoy deseando! —dijo mientras desplegaba sus brazos y se echaba un poco hacia atrás, sosteniéndose sobre las piernas, ligeramente separadas.
Clint volvió a mirar de reojo hacia donde estaba Natasha. Afortunadamente, ella había tenido la fuerza suficiente para levantar la cabeza y descansarla contra el conducto de ventilación. Parecía que el color había regresado un poco a sus mejillas, pero distaba mucho de estar en perfectas condiciones.
—Cuando termine contigo, voy a ir a por ella. Y bien sabe Dios que me voy a divertir un rato con la Viuda Negra.
Despacio, Clint giró la cabeza hacia su hermano, sintiendo la garganta apretada y una furia ciega anidar en su estómago. Llenó sus pulmones de aire, apretó los puños y echó a correr en su dirección. ¿Necesitaba un último empujón para enfrentarse a él? Pues bien, ahí lo tenía.
Su hermano lo recibió con el cuchillo en alto delante de él. Clint sólo tenía sus puños, sus pies y sus piernas, y la firme resolución de que no iba a poder con él. En cambio, su hermano esgrimía aquel mortífero cuchillo como si estuviese untando mantequilla e intentando encontrar un lugar en la anatomía de Clint en donde encajarlo. Clint se protegió el rostro con el antebrazo y lo golpeó en el costado con una dura patada que hizo que Barney diera un par de pasos hacia atrás, exhalando todo el aire de una vez.
Clint volvió a arremeter con dureza. Él no tenía ningún arma con la que defenderse, al contrario que su hermano, quien blandía el enorme cuchillo delante de él, hacia un lado y hacia otro. Clint se agachó y barrió los pies de su hermano con un ágil y estudiado movimiento que había practicado durante años. Barney rodó por el suelo con soltura, levantándose unos metros más allá, con el cuchillo presto ante él.
—Venga, Ojo de Halcón, no tenemos toda la noche.
Ambos hombres corrieron el uno hacia el otro, chocando con violencia. Clint dio un paso hacia atrás para quitarse del camino del cuchillo. Barney volvió a arremeter y Clint alzó una pierna. Sosteniéndose con la otra, hizo un giro y su bota impactó de lleno en el rostro de su hermano. Cambió rápidamente de apoyo para terminar golpeando la muñeca de Barney con el tacón de la bota, haciéndolo soltar el cuchillo, que rodó por el suelo hasta detenerse junto al murete de la azotea.
Un reguero de sangre y saliva salió despedido por el aire. Barney se detuvo y escupió más sangre al suelo. Lo miró con odio, con los ojos entornados y la mandíbula apretada.
—¿Esto es lo mejor que puedes hacer? —le preguntó y, sin esperar respuesta, volvió a embestir contra él.
Ahora era una lucha de igual a igual, sin aquella amenazante hoja entre ellos. Clint no tenía dudas de que, durante todo el tiempo que no había visto a su hermano, durante el tiempo que lo había dado por muerto, su hermano se había estado entrenando duramente. ¿Con quién? Eso no lo sabía, y tampoco le importaba en realidad, pero el hecho era que Barney iba a ser duro de pelar.
Cada golpe de Clint era interceptado por su hermano y respondido con la misma fiereza. El brazo de Barney describió un amplio círculo y golpeó a Clint en la nuca, haciéndolo trastabillar hacia adelante. Clint aprovechó aquella inercia y, replegándose sobre sí mismo, rodó por el suelo, levantándose a unos cuantos metros, lejos de su hermano.
Se miraron a los ojos durante unos instantes, midiéndose en silencio. Los ojos de Barney eran fríos y duros y le recordaban a los de su padre. Clint tuvo que contener la rabia que sintió en el centro del pecho al darse cuenta de que Barney era igual que aquel hombre que les había dado la vida y que, igualmente, se las había destrozado.
Intentó llenar los pulmones de aire. Apenas había dado dos bocanadas cuando Barney corrió hacia él. Clint lo bloqueó con su propio antebrazo y le lanzó un gancho con su izquierda, directo al hígado de su hermano.
Intercambiaron varios golpes, patadas y giros; Clint saltaba hacia un lado y Barney lo seguía. Barney se cubría el flanco y Clint arreciaba sus golpes en el costado contrario.
Entonces, Barney le lanzó una patada que impactó de lleno en las costillas de Clint y lo dejó sin respiración, haciendo que hincara una rodilla en el suelo. Su hermano aprovechó aquel instante para lanzarse a por el cuchillo perdido. De repente, el cuerpo rudo y pesado de Barney estaba sobre el suyo, apresándolo por atrás, y con el cuchillo rozando peligrosamente la carne de su cuello. Barney lo tomó del pelo y le echó la cabeza hacia atrás.
Podía sentir la respiración agitada en su oído, el aire caliente de cada exhalación y la fuerza bruta de su cuerpo pegado al de él.
—Bien, creo que hemos llegado hasta aquí. Ya estoy cansado de esta patochada —dijo mientras intentaba recuperar el aliento. Clint sintió el cañón de una pistola apuntándole en el centro de la espalda y el inconfundible martilleo del gatillo.
Clint trataba de tomar aire sin que la fina hoja del cuchillo le hiriera la piel. Barney lo retiró un poco para empujarlo hacia adelante, pero continuó amenazándolo con la pistola. Se acercaron al pretil de la azotea.
—Vamos, sube ahí —le ordenó presionando el cañón contra su columna vertebral—. Y hazlo despacio o puede que se me escape el dedo del gatillo y ya no se te vuelva a poner dura nunca más.
Clint subió al murete, despacio, sintiendo en todo momento el cañón clavado en su espalda. Con agilidad, Barney subió tras él, apostándose a su espalda y volviendo a colocar el cuchillo pegado a su cuello. Notó cómo la hoja laceraba su piel y cómo la sangre, cálida, chorreaba por ella.
La brisa era más intensa allí arriba y le revolvía el pelo. La noche lo había cubierto todo y las luces de la ciudad eran mucho más visibles ahora.
—Bueno, Clint, hasta aquí hemos llegado. He soñado mil veces con este día cuando estaba en la cárcel.
Clint intentó humedecerse los labios resecos. Miró a su alrededor, a la distancia que los separaba del suelo y que lo hizo tragar saliva y cerrar los ojos momentáneamente.
—Barney, déjalo. Si me matas no ganarás nada.
El hombre soltó una fuerte carcajada en su oído.
—¿Piensas que no voy a ganar nada? Ganaré el saber que ya no estás sobre la faz de la tierra, pequeño hijo de puta.
Apretando los puños, Clint intentó mirar de reojo a su hermano sin conseguirlo. De repente, el cuchillo se separó de su cuello, aunque el cañón del arma seguía pegado a su espalda.
—Gírate, Clint. Quiero verte la cara cuando te dispare. Despacio. No quiero tonterías.
Clint sintió dos pequeños golpes de la punta de la pistola en su espalda y comenzó a girarse, despacio, teniendo cuidado de en dónde ponía los pies, mientras las punteras de las botas sobresalían un poco del pretil. Un instante después estuvo mirando de frente a Barney.
Le dolió aquella mirada de profundo odio de su hermano mayor, con el brazo extendido hacia él y la pistola apuntándole directamente al corazón. Hubo un momento en sus vidas que sólo se tenían el uno al otro; un momento en que cuidaban el uno del otro. Ahora aquello le parecía la vida de otra persona.
Las aletas de la nariz de Barney se ensancharon al tomar aire y mirarlo.
—Eres igual que nuestro padre: un pedazo de cabrón —espetó entre dientes con rabia contenida.
Barney amartilló la pistola. Clint notó su garganta cerrarse. Miró a su hermano y este lanzó una risotada que le recorrió todo el cuerpo.
—No has podido acabar conmigo, Clint. Eres débil y aún sientes afecto por mí. ¡Qué lástima que yo no sienta nada por ti! Mi afecto murió hace años en aquella cárcel en la que me dejaste tirado. No hay sangre en estas venas que nos una. Te has dejado llevar por los sentimientos que una vez nos unieron, Clinton Francis, y eso te va a llevar a tu propia muerte. Bueno, es hora de comprobar si, además de los ojos, tienes las alas de los halcones.
Clint era muy consciente de la pistola que le apuntaba. Barney clavó el cañón más contra su pecho. La mirada de Clint se fijó en la mano ancha que la sostenía para, lentamente, levantar la vista y posarla sobre su hermano, que lo miraba a su vez. Pensó que, quizás, aquellos bombeos que notaba con fuerza en su pecho iban a ser los últimos que sintiera. Cerró los ojos y aguardó lo inevitable.
De repente, un siseo que conocía bien surcó el aire, surgido de la nada. Abrió los ojos rápidamente para ver cómo una flecha había atravesado la garganta de su hermano de parte a parte.
—Tal vez él no pueda matarte, pero yo no tengo ese problema —oyó sentenciar a Natasha desde la distancia.
Se giró hacia el lugar de donde provenía la voz. Natasha estaba parada a unos metros de distancia. Ella asintió, tranquilizándolo con aquel simple gesto. Los gorgoteos procedentes de la garganta de su hermano le hicieron dejar de mirarla para posar la vista de nuevo en Barney. El cañón de la pistola ahora apuntaba al suelo, sostenido por una mano que se había quedado rígida. Barney abrió la boca y de la comisura de sus labios escapó un hilo de sangre, roja y brillante, y la mueca de horror que había dibujado su boca le daba una expresión grotesca. Los ojos desorbitados tenían una mirada acuosa y vacía.
Como si de una película a cámara lenta se tratase, su hermano se inclinó hacia un lado y cayó al vacío, girando sobre sí mismo mientras descendía vertiginosamente. Clint desvió la mirada cuando el cuerpo impactó contra el suelo desde los cinco pisos de altura.
Miró hacia su izquierda, hacia el lugar de donde había partido la flecha. Natasha estaba en medio de la azotea, con el arco apuntando hacia el suelo y un rictus serio en su hermoso rostro. Ella dejó caer el arco de su mano y corrió hacia él. Le tendió la mano para ayudarlo a bajar; él la tomó y bajó de un salto.
Su compañera se arrojó a sus brazos, apretándolo contra sí, casi haciéndole perder el equilibrio. Natasha estaba temblando y él la abrazó con más fuerza, cerrando los ojos.
—Estabais tan cerca… Podía haberte dado a ti, Clint —la oyó decir con voz entrecortada mientras sus brazos se cerraban en torno a su cintura con firmeza y lo pegaba a ella tanto como le era posible. Clint la besó en el pelo, inhalando su olor.
—Pero no me has dado, Nat. Has hecho lo que debías y lo has hecho bien —le dijo mientras le acariciaba la espalda arriba y abajo, intentando que dejara de temblar.
—Me ha enseñado el mejor —le oyó decir. Una débil sonrisa que no llegó a sus ojos apareció fugazmente en sus labios. Clint respiró con calma por primera vez en toda la noche. Con desgana, Natasha se separó de él unos centímetros y lo miró con preocupación.
—Tu cuello. Estás sangrando.
Clint se llevó la mano hacia el lugar.
—Es superficial. Estoy bien.
Sin pensárselo, y con Natasha pegada a su costado, Clint se acercó al pretil y miró hacia abajo. Varios vecinos se habían congregado alrededor del cuerpo sin vida de Barney Barton. De repente sintió un frío tremendo recorrer su espalda. Como si ella hubiese percibido el escalofrío que lo había sacudido, notó el brazo de su compañera ceñirse fuertemente a su cintura para intentar reconfortarlo y alejarlo de aquel lugar.
—Vámonos de aquí, Clint.
Él giró la cabeza hacia ella y de una manera casi automática asintió, dejando que ella lo guiara hacia la salida.
