Con cada nueva muestra recolectada y en análisis, Geo se ponía más y más alerta. No era ni la mitad de experto en el tema que los científicos que venían en camino, pero no por eso estaba menos impactado ante la seriedad de lo que veía. ¿Cómo era posible? El agua del planeta estaba verdaderamente plagada de ese organismo, o lo que fuera, al que llamaban "torrentes de la desolación". No tenía cómo saber si siempre había sido así, pero ahora parecía reproducirse, si podía decirse así, de manera exponencial y su impacto en los minerales de las distintas capas de suelo era simplemente devastador; no había una sola que se salvara y mientras más profundas, en peor estado estaban. No eran de extrañar los desplazamientos repentinos, así como el aumento en la frecuencia y fuerza de movimientos telúricos.

Pero eso no era lo que preocupaba más al autozamita. Su verdadero motivo de ansiedad era lo que la falta de nutrientes podía acabar causando en la salud de los habitantes de Chizeta. Aún no había ningún muerto o persona infectada, pese a que para haberse extendido de esa forma, era un hecho que esa cosa debía de haber estado en el agua del planeta durante generaciones; muy longevas generaciones. Sin embargo, a pesar de no dañar directamente a otros organismos, su destrucción de los nutrientes finalmente había alcanzado al nivel donde se asentaban la mayoría de las raíces de la fauna del planeta. Cultivos de todo tipo ya sufrían las consecuencias, igual que los brotes silvestres. La calidad de la última cosecha estaba muy por debajo de la de hacía un año y ya esa había causado sorpresa y varios ceños fruncidos; el sultán se había visto obligado a reforzar las medidas de racionamiento en todas las ciudades y poblados. Gracias a los cuidados de Marcus y la gestión de sus ministros, el pueblo contaba con suficientes reservas de alimento y no había padecido hambre, ¿pero por cuánto más? ¿Cuánto más hasta que tuvieran que dejar morir a los animales por representar un consumo de recursos excesivo? ¿Cuánto más para que, sin importar la cantidad que lograran cosechar, los productos no tuvieran ningún valor alimenticio?

El rostro del militar se ensombreció. Tatra tenía razón, la vitalidad y el sistema inmune de chizetanos eran simplemente envidiables. Difícilmente una enfermedad cualquiera hubiera logrado abatirlos, pero la falta de nutrientes… Eso era algo muy distinto.

"Maldito intento de usurpador". El puño de Geo dio con fuerza contra el suelo de su última muestra. "Hacinamiento y hambruna… ¡¿Así es cómo pretendes hacer tu trabajo sucio?! ¡¿Tantas ganas tienes de acabar con tu propio planeta?!" Estaba furioso. No podía entenderlo. Él y cada autozamita hubieran dado lo que fuera por un mundo sin cúpulas donde el aire y el agua no fueran veneno. No podía entenderlo… Jamás podría…

-¡Geo, tu labio! –sin quererlo, Tatra lo sobresaltó. Su mente había sido tal caos de emociones apenas unos segundos antes, que se había olvidado por completo de la compañía de la princesa. Aún estaba algo desorientado cuando los dedos de ellas rozaron la piel de su rostro.

-Tatra, ¿qué-?

-Estás sangrando –le informó al tiempo que lo revisaba –Te mordiste.

-¿Ah, sí?

-Sí y bien feo. Tienes buenos dientes.

-Eso dice mi dentista –no pudo evitar dar una de sus clásicas sonrisas despreocupadas… y darse cuenta de que ella tenía toda la razón; la puntada fue inmediata y profunda -¡Auch! –"¡Qué vergüenza! Un sub-comandante no debería quejarse por tan poco. Cualquiera diría que nunca has estado en un campo de batalla".

-Te lo advertí –le dijo al tiempo que sacaba un pequeño frasco del botiquín que había llevado con ella. Luego de abrirlo, volvió a concentrar su atención en el área afectada –Ahora quieto –sentenció –Nada de comentarios ni burlas hasta que termine.

-Mandona –prácticamente ni movió los labios, pero ni así se salvó del correspondiente castigo corporal. No volvió a emitir sonidos de dolor, sin embargo a Tatra no le pasó nada desapercibida la tensión en la musculatura circundante.

-¿Qué te acabo de decir? –meneó la cabeza y lo miró ligeramente divertida. Con solo verla era evidente que su naturaleza juguetona no le daría tregua una vez hubiera terminado con su labio.

Geo suspiro resignado a su suerte. Y también aliviado. Si pensaba en todo el estrés emocional por el que ella estaba pasando, la verdad es que un labio roto y ser blanco de sus bromas le parecían un precio muy pequeño con tal de ver restaurado aunque fuera un solo poco su buen ánimo. "¿Quién sabe? Tal vez lo mío es retirarme de la milicia y hacer carrera como bufón profesional". Tuvo que hacer uso de todo el control que poseía sobre sus facciones para evitar que estas se contorsionaran en una mueca divertida ante ese pensamiento. Por vergonzoso que fuera, incluso hubiera estado dispuesto a eso con tal de no volver a verla tan decaída como en la mañana.

Nada más aterrizar en Chizeta, al militar le quedó claro que la situación era grave. O más bien, ya sabía que lo era, pero solo entonces fue totalmente consciente de hasta qué punto. Difícilmente podría olvidar su primera impresión al ver a gran parte de las naves reales utilizadas como albergues temporales o almacenes de alimento. No había quedado de otra; con la mayoría de los poblados en los bordes exteriores amenazando con sucumbir ante la próxima sacudida, Marcus se había dado a la tarea de reubicar a toda la población. Las ciudades más centrales y sin peligro inminente ya estaban atestadas; hubiera sido impensable que estuvieran en condiciones de recibir más gente. Así que lo que había comenzado como una medida provisoria, ahora era la única salida y naves tan enormes como el Bravada se habían convertido en la casa de pueblos enteros.

Con todo, los habitantes de Chizeta no se veían ni la mitad de amargados de lo que podrían haber estado. Geo incluso podría haber jurado que se alegraban de la oportunidad de estar tan cerca de la familia real y poder recorrer el palacio a gusto y casi sin restricciones. Los niños en particular parecían bastante entusiasmados de tener un contacto tan directo con la guardia real y aprender sobre la historia y detalles técnicos de cada nave. Con esa actitud, cualquiera hubiera jurado que estaban teniendo las vacaciones de sus vidas. Y era evidente su gran aprecio hacia Marcus por todos sus esfuerzos de mantenerlos a todos a salvo y lo más cómodamente posible dadas las circunstancias. Las cosas no estaban bien, pero ahí estaban su gratitud y lealtad incondicional hacia el sultán y toda su familia. "Ojalá algunos de nuestros militares y políticos tuvieran la mitad de esa actitud".

Y esas muestras de carácter jovial se extendían a cualquiera que tuviera lazos con sus gobernantes o un mínimo de interés en ayudarles, como comprobó en carne propia. Se esperaba un gran recibimiento para Tatra; era natural tanto regocijo por la vuelta de su princesa después de tanto tiempo fuera de casa. Pero nada lo preparó para que tanto gozo lo alcanzara también a él. Incluso lo entendía sin problemas en el caso de Gurú Clef, ¿pero él? Había anticipado la acogida llena de gratitud por parte de Marcus y su séquito oficial, pero tanto afecto y exaltación por parte del común de los civiles lo descolocó… y conmovió. Simplemente no lo vio venir.

Y luego aquel encantador sismo… Todo hubiera sido tan distinto de no haber sido por culpa de eso. Con todo y felicidad por el reencuentro, no pudo evitar notar la agitación de Tatra al ver en vivo hasta qué punto habían llegado las cosas en su tierra natal. Si solo hubiera tenido un poco más de tiempo para disfrutar del bálsamo de la calurosa bienvenida ofrecida por su gente y familia, Geo sabía que ella se habría recuperado sin duda. Lamentablemente no habían pasado ni tres minutos en tierra cuando esta se estremeció violentamente. Fue tan repentino que de no haber sido gracias a que las colisiones eran una parte integral de su experiencia al interior de robots y naves de combate, muy probablemente hubiera terminado en el suelo.

Tan pronto como terminó y lograron estar de pie sin tambalearse, la bienvenida quedó en pausa y el motivo de la presencia de los visitantes se hizo manifiesto de inmediato. Gurú Clef partió raudo con Marcus hacia el recinto donde estaba sellado Yasha y habían depositado el resto de sus artefactos. Geo por otra parte, fue escoltado por Tatra derechito hacia el laboratorio de Álcar para que le diera una mirada a las muestras y datos que ya tenían. En cuanto a Rayla y Tata, ambas se dedicaron a cuantificar daños y verificar el bienestar de sus súbditos. También tenían que averiguar el lugar exacto del epicentro y cómo estaban las cosas en sus cercanías.

-Lamento mucho esta bienvenida por parte de mi planeta –fue lo primero que salió de los labios de Tatra tan pronto estuvieron en el pasillo que llevaba a su destino. Pocas veces, o más bien nunca, la había visto tan mortificada.

-Tatra… pero sí es precisamente por este tipo de cosas que Gurú Clef y yo estamos aquí –le respondió un sorprendido Geo –Además, no es como si hubieras hecho llamar a ese temblor expresamente para nosotros, ¿verdad?

-No, claro que no, pero… -no pudo seguir; él la cortó poniéndole ambas manos sobre los hombros y dirigiéndole una mirada firme, pero con profunda empatía.

-Princesa, nada de eso fue culpa tuya o de tu gente y lo sabes. Tampoco de tu planeta, ¿entendido? No soy un turista al que debas convencer de no huir despavorido y difamar a Chizeta.

-Tendrías todo el derecho –su voz no tenía ni una pizca de su música habitual.

-Se necesita algo más que un remezón para asustarme –contestó con orgullo –Y lo mismo va para Gurú Clef. Siento decirte que no te va a quedar otra que aguantarnos.

Ella le sonrió débilmente. No era su sonrisa más brillante, pero era sincera e igualmente hermosa. Acto seguido, lo abrazó y apoyó la cabeza sobre su pecho –Gracias.

-No hay motivos para darlas, princesa… pero de nada –le devolvió el abrazo, aunque no sin haber vacilado un poco –Ahora… –se separó lo bastante para mirarla a la cara –si mal no recuerdo, tu padre ordenó que me escoltaras a los aposentos de tu primo –nuevamente la sostuvo por los hombros -¿Podríamos continuar antes de que alguien me acuse de desacato a las órdenes de Silver y la autoridad de tu padre? ¿Eso sin mencionar posible intento de seducción a la heredera al trono? –le dedicó su mejor sonrisa insolente acompañada de una ceja en alto.

Eso le ganó una mirada sorprendida y luego una melódica carcajada por parte de la princesa, que reanudó la marcha con paso ligero y él caminando a su lado –No creo que a nadie se le ocurriera pensar eso de ti. Aun si quisieras, eres demasiado honorable. Además… -ladeó el rostro para mirarlo mejor –técnicamente, ¿no debería ser yo la que intentó seducirte a ti? –le dio gusto ver un rubor apenas perceptible apareciendo en sus mejillas.

Geo cerró los ojos y exhaló con fuerza –Tu pueblo te conoce bien, alteza. Saben de tu carácter travieso, pero también saben que no eres ninguna descarada –ya volvía a mirarla –No, si llega la hora de buscar culpables, adivina a quién estarán dispuestos a linchar por proteger tu honra.

Para cuando terminó esa oración ya estaban a las puertas de los aposentos de Álcar. Tatra se encargó de guiarlo a través de las habitaciones hasta llegar al laboratorio, donde Geo procedió inmediatamente con su tarea. Mientras más datos tenía, más quería saber… Al momento de reunirse nuevamente con la comitiva chizetana y Gurú Clef, manejaba gran cantidad de información, pero tenía muchas más preguntas que respuestas. Fue entonces que le pidió autorización a Marcus para ir a recolectar muestras al epicentro del último sismo, a lo que él accedió sin problemas. Jamás imaginó que también accedería a la petición de Tatra para acompañarlo.

-No quiero cuestionar su autoridad, señor –en efecto le tenía un gran respeto -¿Pero no sería mejor que ella se quedará y descansara un poco? –preguntó aprovechando que se había retirado en busca del botiquín.

-Conozco a mi hija un poco mejor que eso, joven Geo –contestó sin que su voz se alterara en lo más mínimo –Estarse quieta no es lo suyo. La verdad, ninguna de mis hijas es buena en eso –suspiró.

-Pero podría ser peligroso, señor.

-Ella también sabe eso, Geo. Necesitarás algo mejor que eso para hacerla desistir –miró compasivo al militar mientras este soltaba un resignado suspiro –Además, sé que estará bien si va contigo.

-Puede contar ello, majestad –y solo por el tono de su voz, Marcus supo que podía estar tranquilo. Su primogénita jamás estaría más segura que con él.

Y ahí estaban ahora, en la zona segura del epicentro; él con un parche en el labio inferior, introduciendo en la tierra la jeringa de un pequeño dispositivo que mostraba y registraba las lecturas de distintas variables, en tanto Tatra permanecía a su lado, con el botiquín y el contenedor donde él iba depositando las muestras recolectadas. Geo no estuvo conforme hasta haber utilizado el último contenedor y le hubiera gustado contribuir un poco más con el equipo de investigación, pero sabía que ya era bastante, al menos por ese día. No quería arriesgarse a una réplica tan cerca del peligro. ¡Mucho menos con Tatra!


Agua, una vez más. Agua y niebla. Ya iban cinco noches en que el elemento, su elemento, dominaba sus sueños. Al menos no había vuelto a ser víctima de ataques asfixiantes ni despertares a gritos. Menos mal. Nada le hubiera desagradado más que preocupar a su compañera de camarote o que acabara creyéndola loca. Todos en la nave estaban al tanto de su calidad de emisaria de Ferio y condición de Guerrera Mágica del Agua, pero aun así no se hubiera sentido cómoda explicando la naturaleza algo más que onírica de esas visiones. Todavía no. Además… le hubiera sido imposible hacerlo sin pensar en Eagle y en la seguridad y protección de sus brazos… la calidez de su cuerpo… el ritmo sereno y tranquilo de sus latidos y respiración… su olor… Al despertar siempre encontraba su mano aferrada al colgante. Su conexión con él.

Umi suspiró y luego una mueca divertida se dibujó en su rostro ante su propia inocencia. Probablemente ponerse a observar las estrellas a bordo de una nave autozamita no era la manera más efectiva de mantener a cierto comandante lejos de su cabeza. Y su mano, nuevamente sobre el colgante, evidentemente estaba de acuerdo. Pero… ¿lo quería realmente fuera de su cabeza? Y mucho más importante: ¿lo quería fuera de su vida? Pensar que apenas una semana atrás esa pregunta le hubiera parecido ridícula. Ahora en cambio… Esa respuesta lo era todo. Y no tenía idea de cuál era.

Así la encontró la Doctora Delta, su compañera de camarote. Casi parecía un fantasma, plantada así frente a una de las ventanas de la zona de descanso, mirando hacia algo que evidentemente no eran los cuerpos celestes –Ahí estás –con eso Umi regresó a la realidad y le fue imposible no notar la bandeja con comida para dos en las manos de la mujer de pelo negro –Me preguntaba dónde te habías metido tan temprano y sin desayunar.

-Aren, –desde el primer momento le había dejado claro que nada de llamarla por su apellido si estaban solas –lo lamento –No tenías que traerme nada –se disculpó.

-Muy tarde –dijo en un tono cantarino que le recordó en parte a la voz de Tatra –Y tranquila, no todo es por ti. Iba a desayunar en el camarote de todas formas –explicó –El comedor es demasiado deprimente cuando casi todos siguen durmiendo.

-¿Y la segunda ración? –insistió.

-No te vi en tu cama, tampoco en el comedor. Y ayer no comiste nada hasta la hora del almuerzo –la amonestó –Simple medida preventiva.

-Lo siento –volvió a soltar con un leve sonrojo mientras la seguía rumbo a los camarotes. "Ya soy toda una hermana menor irresponsable".

-Ya para de disculparte. Realmente no es nada. Si ya habías desayunado pensaba guardarla para más tarde –le guiñó el ojo.

En poco tiempo estuvieron comiendo en su camarote. Solo al mirar la pantalla del reloj, que también hacía las veces de una especie de video teléfono, se dio cuenta de lo temprano que realmente era. Para ponerlo en términos terrestres, era como si estando en Japón se hubiera levantado antes de las 5:00 am. Mucho antes a decir verdad.

-Deberías hablar de ello con tus amigas en Céfiro –dijo como si nada para después darle un buen y apreciativo sorbo a su café.

-¿Qué? ¿De qué hablas? –parpadeó Umi.

-Entiendo que no puedas hablar de ello conmigo. Nos llevamos bien, pero todavía no somos tan cercanas –comenzó –Pero otra cosa es no conversarlo con nadie de tu círculo cercano –la miró con genuina preocupación –Te haría bien contarles lo que sea que haya salido mal con Vision.

-¿Tan… tan obvio es? –apenas si murmuró la pregunta mientras miraba sus pies.

-No realmente –la tranquilizó –La única razón por la que me di cuenta es porque compartimos el camarote y yo misma llevo demasiado tiempo junto a un soldado como para no notar las señales –al ver que su compañera seguía igual de confundida, la doctora hizo a un lado su ración y se dispuso a explicarse –Lo extrañas, pero no has hecho ningún intento por comunicarte con él.

-¿Cómo sabes eso? –ya llevaba tiempo de práctica enmascarando sus emociones, incluso desde mucho antes de siquiera imaginar que se enamoraría del hijo de un presidente extraterrestre. El círculo al que pertenecía su familia así lo exigía: las emociones más profundas solo se demostraban frente a las personas más cercanas. Era cierto que había se había mostrado insolente con Gurú Clef en su primer día en Céfiro, ¡¿pero quién no en esas circunstancias?!

-Por la forma que tienes de evitar mirar la pantalla si no es para saber la hora. Siempre tratas de darme privacidad cuando hablo con Blue –casi nunca se refería a él como Airdom –pero aun así me has visto usar la video llamada suficientes veces como para saber cómo funciona. Y también está el comunicador que fabricó Zazu –continuó -Hasta ahora solo lo has usado para hablar con tus padres y cada vez que preguntan por Vision contestas de forma general o con evasivas –Umi la miraba cada vez más atenta –Al principio creí que podía ser por mí o por todo el tema del General Wing: sería totalmente comprensible… Pero –le dirigió una mirada culpable –ayer cuando iba a entrar para buscar algo, sin querer escuché cuando tus amigas se comunicaron contigo.

El suspiro de Umi no se hizo esperar –Entiendo –le dio un profundo sorbo al té que casi había quedado olvidado –Entonces oíste como me escapé de sus preguntas con la excusa de que debía ir a informarme sobre el último comunicado urgente de Geo –"Qué mentira más patética" ¿Desde cuándo estaba bien usar desgracias de un pueblo amigo para evitar hablar de sus sentimientos? ¡Qué linda embajadora!

-Se preocupan por ti, Umi –le dijo colocando su mano sobre la suya –Y definitivamente te haría bien hablar con ellas. ¡Nada confunde ni saca más de quicio que los actos incoherentes de un comandante enamorado! –lo último había sido dicho mirando al techo con bastante convicción y pasión. Eso sin mencionar irritación.

A pesar de sí misma, Umi no pudo evitar reírse -¿El tuyo también?

-No tienes ni idea…

Ambas se miraron por apenas unos segundos antes de estallar en sonoras carcajadas. Luego de eso terminaron de desayunar y la doctora le dijo que la esperaba más tarde en el laboratorio. Normalmente siempre la acompañaba para estar al día de lo que ocurría en Chizeta y conocer los planes de los investigadores, además de aprovechar de aprender de Autozam. Pero esa mañana era claro que Umi tenía que hacer algo antes…

Aren Delta caminaba con el fantasma de una sonrisa en los labios. No tenía ni idea del tipo de lío en el que se había metido el colega de su pareja (llevaba bastante con un militar para saber quién era el penitente), pero sabía que era buena persona y era un hecho que la joven agraviada no había dejado de amarlo ni un poco. De todas las formas en que podría haber preguntado si Blue Airdom también le daba dolores de cabeza, Umi había escogido "¿El tuyo también?", lo quería decir que al menos una parte de ella todavía consideraba a Eagle Vision como suyo. Además, estaba el colgante que siempre llevaba puesto…

"Eagle Vision, ni idea de cuánto tiempo tengas que estar castigado, pero algo me dice que cuando termine estarás más que feliz de haber pagado el precio".


Esa noche Umi durmió bien y profundo. Aren había tenido razón: nada se comparaba a una charla sincera con Hikaru y Fuu. Debería haberlo hecho día atrás, pero entonces aún estaba procesando la pelea, el rompimiento, la carta… sin mencionar que todo le parecía una tontería de lo más infantil al lado de todo lo que estaba viviendo la gente de Chizeta. Había tenido tanto miedo de que Hikaru le hiciera recriminaciones en relación a Eagle o que Fuu se decepcionara de ella por la forma tan poco diplomática en que había manejado todo y la situación se le había salido de las manos. Pero nada de eso ocurrió. Claro que no estaban felices con la situación, pero su preocupación principal era ella y como tal la escucharon y permitieron desahogarse. Había resultado tan agradable deshacerse por fin de toda esa tensión emocional. Ahora al fin podría concentrase del todo en la misión diplomática que tenía al frente. Y tal vez… ya sin toda la tormenta emocional reprimida… ver con calma su propia situación, sin ningún velo oscureciendo sus sentimientos. Y así poder responder las preguntas que había estado haciéndose esa mañana mientras observaba las estrellas.