El tiempo que había pasado durmiendo le había parecido corto. Natasha se despertó al alba y, aunque intentó volver a dormir, no pudo. Tras dar un montón de vueltas en la cama, decidió levantarse y encarar el día, que suponía no iba a ser nada fácil después de todo lo que había ocurrido la noche anterior.

Cuando abandonaron el edificio de Clint en el Bed Stuy, la calle se había llenado de curiosos y una patrulla aventajada de la policía ya estaba acordonando el lugar en donde yacía sin vida Barney Barton.

Recordaba haber sujetado a Clint por la cintura mientras él se agarraba con fuerza a ella, con todos los músculos en tensión y la sangre reseca pegada al cuello. Había tenido que ordenarle que dejara de mirar hacia el lugar en donde el cuerpo de su hermano había caído. Como si lo hubiese sacado de una ensoñación, Clint la había mirado con ojos vacíos y asintió con un escueto gesto de labios apretados.

Un minuto después un coche grande y oscuro, y otro de la policía, llegaron al lugar con las sirenas encendidas. Unos hombres de negro se presentaron ante ellos como agentes del FBI y los llevaron a ambos con amabilidad hacia el vehículo.

El agente del FBI les contó cómo el señor Stark había ayudado a detener a Justin Hammer unas pocas horas atrás, siguiendo el plan que habían trazado aquella misma tarde en la reunión de la cual Clint había participado.

Una ambulancia llegó y las muchas personas que allí se habían congregado se dispersaron, dejándoles espacio para trabajar. El médico forense certificó la muerte de Barney y procedieron a retirar el cuerpo entre un gran despliegue policial. Luego se les había acercado un joven enfermero que los acompañó hacia una ambulancia y que le curó a Clint el corte en el cuello.

Tal y como él le había dicho, el corte no había sido más que un rasguño que había sangrado más de la cuenta. Lo cubrieron con un vendaje y, tras aconsejarle que se fuera a descansar, un agente del FBI los llevó de regreso a la Torre.

Para fortuna de Natasha, el servicio doméstico de Tony parecía estar dispuesto siempre para cualquier cosa que los inquilinos de aquel lugar pudiesen precisar. Pidió un par de sándwiches, que sabía de antemano que Clint iba a negarse a comer, y dos vasos de leche. Obligó a Clint a tomarse la bebida acompañada de un relajante, bajo amenaza de mandarlo a dormir a la terraza si no lo hacía. Clint había preferido no discutir y, con el ceño fruncido, se lo tomó de un gran trago. Diez minutos después estaba dormido. Sin fuerzas siquiera ni para ducharse, Natasha lo siguió hasta la cama para acurrucarse junto a él y quedarse dormida de inmediato.

Harta de estar en la cama si poder volver a dormirse, Natasha se levantó con cuidado de no despertar a Clint. Se duchó con calma, quitándose cualquier vestigio de la noche anterior. No recordaba nada del camino del hospital -donde Barney la secuestró-, al edificio de apartamentos en el Bed Stuy. Recordaba la brisa de la azotea, rozándole la cara y alborotándole el pelo, sacándola de la modorra en la que la había sumido el cloroformo o lo que fuera que Barney hubiera utilizado para dormirla. Aún podía sentir las manos del hombre aprisionándola en aquella azotea, a la espera de que Clint apareciese. Si tenía que ser sincera consigo misma, por unos instantes había deseado que él no se presentara, que no entrara en la lucha con Barney. Había podido ver en los ojos de Clint lo mucho que le dolía aquella situación. Pero, en su fuero interno, sabía que esos deseos no se iban a cumplir. Al igual que ella había ido hasta China para buscarlo, él iría hasta Brooklyn para encontrarla aunque el cielo se cayese a pedazos.

Cuando estuvo lista tras la ducha, Clint aún continuaba durmiendo plácidamente, boca abajo, habiéndose adueñado de toda la cama. Natasha sonrió. Sin querer despertarlo, y conteniendo las ganas de darle un beso en la coronilla, lo miró desde la puerta de la habitación y salió sin hacer ruido, cerrando tras ella.

Natasha entró al salón de la Torre con la sensación de que había pasado una vida entre el día en que llegó allí, tras la charla con Clint por Skype, y ese preciso instante.

Miró a su alrededor. El sol entraba a raudales en aquella amplia sala. El cielo neoyorkino estaba completamente azul y despejado, como si también celebrase a su manera que todo hubiera pasado y que ya sólo fuera un mal recuerdo.

Tony estaba sentado en uno de los amplios sofás, con un café en una mano, la tableta en el regazo y pasando las páginas virtuales con la mano desocupada. Natasha se acercó hasta la máquina del café, se sirvió uno y, con la taza en la mano, se encaminó hacia donde estaba sentado su compañero.

Tony alzó levemente la cabeza cuando la oyó llegar, recibiéndola con una amplia sonrisa.

—Buenos días, Romanoff. ¿Qué tal ese descanso?

Natasha sopló la bebida para enfriarla y dio un sorbo a su café.

—Podía haber estado mejor —le contesto, reclinándose en el cómodo sofá.

Tony dejó a un lado la tableta.

—¿Y Clint? ¿Qué tal ha pasado la noche?

—Le obligué a tomarse una pastilla para que durmiera. No pudo negarse.

Los labios de Tony se curvaron con una sonrisa.

—Podía haberlo hecho, pero es un tipo listo y por eso no se negó.

Natasha asintió, dando buena cuenta del café que aún quedaba en su taza.

—El agente del FBI que fue hasta el Bed Stuy nos dijo que habían detenido a Hammer.

Tony asintió, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Así es. Terminó cantando como Pavarotti cuando se dio cuenta de que HYDRA no iba a mover ni un dedo para sacarlo del atolladero. Habló de los planes que tenían para acabar con la Iniciativa Vengadores, con todos y cada uno de nosotros. Y de cómo iban a reemplazarnos por efectivos fieles a HYDRA. Unos nuevos Vengadores.

Girándose hacia él, Natasha agarró la taza aún caliente con las dos manos.

—Así que era eso todo el tiempo. Les estorbábamos.

Con certeza, Tony asintió.

—Les estorbábamos como un grano en el trasero.

Tony dejó a un lado la tableta y se giró hacia ella.

—¿Recuerdas la noticia que salió ayer en los periódicos, sobre el asesinato de un abogado?

Natasha dio un sorbo a su café y negó con la cabeza.

—No, no lo recuerdo —respondió.

Enderezándose en el asiento, Tony palmeó su pierna de manera casual.

—Al principio la policía no supo relacionarlo pero, cuando estudiaron las grabaciones del bufete, vieron cómo Barney aparecía en escena, junto con Yelena. Fue él quien mató al abogado. Si Barney no hubiese muerto, pasaría el resto de su vida en la cárcel.

Despacio, Natasha tomó aire y lo expulsó con más lentitud aún. Una sonrisa triste elevó la comisura de sus labios.

—Me alegro de que todo esto haya acabado al fin. Al menos lo relativo a Barney y a Belova.

Natasha vio cómo Tony giraba su cabeza hacia la gran cristalera que dominaba toda la pared del salón, ofreciéndole una vista sin igual del horizonte de Nueva York. Tras unos momentos, Tony asintió.

—Yo también me alegro, Romanoff —le dijo, y regresó a la tableta y a su lectura.

La espía se arrellanó en el cómodo sofá, resbalando en el amplio asiento. Le parecía mentira que aquello hubiese acabado al fin. Su mente regresó a hacía poco menos de una semana, cuando aquella pesadilla había comenzado. Había ido hasta el otro lado del mundo a por Clint, poniendo su vida en juego por alguien que, según parecían apuntar todos los indicios, la había traicionado. Pero nada más lejos de la realidad: no sólo no la había traicionado sino que había padecido aquel cautiverio para intentar protegerla. Dejó a un lado el recuerdo de lo que había pasado y se centró en él, que aún dormía en la habitación que ambos compartían.

Apretó los labios al recordar a Clint subido en el pretil de la azotea de su bloque de apartamentos. Si cerraba los ojos aún podía verlos con total claridad: Barney amenazándolo con la pistola en su espalda y el cuchillo contra su cuello. Natasha no había tenido ninguna duda de que Barney iba a acabar con su hermano menor. Lo vio en sus ojos; en el rictus de su boca, en su macabra sonrisa y oído en sus palabras. Conocía aquella mirada de asesinos que nada temían, lo que los hacía del todo imprevisible. Entonces fue cuando Natasha reparó en el arco y la flecha olvidados en el suelo de la azotea. Y supo qué debía hacer.

Con cautela, casi se arrastró para llegar hasta el arco y lo agarró con fuerza con su mano izquierda. Había entrenado en muchas ocasiones con Clint y él le había enseñado cómo debía disparar: cómo debía respirar y cómo debía adecuar los latidos de su corazón a los movimientos de su cuerpo para no fallar el blanco. Ella ni se aproximaba a la maestría de su compañero, pero tampoco era una novata en lo que a puntería se refería. Había cargado la flecha en el arco, tensando la cuerda y apuntado con cuidado.

Hubo algo que jugó a su favor: la inmovilidad de ambos hombres. La superficie del pretil no alcanzaba para que se movieran. Además, tenían puesta toda su atención el uno en el otro como para percatarse de en dónde estaba ella o qué estaba haciendo. Así que Natasha levantó el arco, apuntó, respiró como Clint le había enseñado y, despacio, dejó ir la flecha. Tuvo que confiar en sí misma y no fallar. No podía fallarle a Clint. Contuvo la respiración hasta que la flecha alcanzó su objetivo: atravesar de parte a parte el cuello de Barney. Sólo entonces su corazón se permitió el lujo de volver a bombear sangre en su cuerpo.

Cuando vio caer el cuerpo de Barney fue consciente de lo cerca que había estado de perder a Clint. Lo único que le importó fue correr hacia él, temblando, y abrazarlo con todas sus fuerzas para asegurarse de que seguía allí, con ella. Ya no le importó nada más.

Natasha cerró los ojos y tomó aire. Miró hacia la taza que aún sostenía entre las manos. El café se había terminado pero el calor aún resistía en la porcelana y calentaba sus manos, frías como si estuviera otra vez en aquella azotea.

No lo había perdido; no había perdido a Clint. Ni cuando creyó que la había traicionado al trabajar con HYDRA, ni cuando podría haber muerto en lugar de su hermano. En ese momento Natasha se juró a sí misma que no dejaría que hubiese otra oportunidad para que él desapareciese de su vida.

Levantó la vista de la taza y miró hacia el gran ventanal.

—¿Romanoff?

La voz de Tony la sacó de sus cavilaciones. Giró la cabeza hacia él, sorprendida.

—Dime.

Tony arqueó las cejas.

—¿Has escuchado algo de lo que te he dicho? —preguntó, cruzando las piernas una sobre la otra.

Ella negó con reticencia.

—No. Lo siento.

Los ojos de Tony se elevaron hacia el techo.

—Bien, te preguntaba qué vais a hacer ahora que todo esto ha acabado.

Natasha frunció el ceño y negó con la cabeza.

—No lo sé.

—Ya no tenéis a HYDRA mordiéndoos el culo, ni a hermanos venidos del más allá, o a lunáticas ex compañeras. Ahora podéis descansar un rato hasta que, no sé, Thor vuelva de ese planeta suyo diciendo que tiene problemas familiares de nuevo, o que Steve regrese y vuelva a liarla parda como hizo en Washington.

Natasha sabía que Tony tenía razón: en ese momento todo había terminado. Y ese intervalo no duraría para siempre.

—Ya sé qué podéis hacer: tomaros unos días de descanso. Os prometo que nadie os molestará. O, mejor aún: iros de viaje. Os dejo mi avión. Id a donde queráis, ¡a Fiji, por ejemplo! Podéis simular que estáis de luna de miel. Eso no os costaría un gran esfuerzo, ¿no es cierto? O lo que queráis. Relajaos un rato. Os lo merecéis.

Natasha miró de reojo a su compañero. Se lo merecían; merecían aprovechar el momento, durara lo que durase. Porque igual que podría durar una vida, podría durar un suspiro.

—Tienes razón, Tony.

Entonces supo lo que quería; supo qué era lo que deseaba hacer. Con una amplia sonrisa se levantó del sofá como si la hubiesen accionado con un resorte, dejó la taza sobre la mesa de café y se encaminó hacia la salida con paso resuelto.

—Me gusta tener razón. Pero, ¿en qué la tengo? —le preguntó Tony desde su asiento mientras volvía a llevarse la taza a los labios para terminar su café.

Natasha se detuvo y se giró sólo lo suficiente para observarlo por encima de su hombro.

—En lo de la luna de miel. De hecho, no quiero que finjamos nada. Así que voy a pedirle a Clint que se case conmigo.

Continuó caminando y hasta su oído llegó cómo Tony escupía de improviso el café que se estaba tomando.

Cuando abrió la puerta de la habitación que compartía con Clint, él ya se había levantado. Estaba sentado en el borde del colchón, con la cabeza entre las manos y apoyando los codos sobre sus rodillas. Tenía el torso desnudo y vestía sólo unos pantalones de algodón; además estaba descalzo y tenía el pelo húmedo, como si acabase de salir de la ducha. Natasha cerró despacio la puerta tras ella y se acercó hasta donde estaba él.

Antes de que pudiese llegar, Clint levantó la cabeza para mirarla. Tenía los ojos hinchados, pero no sabía si era producto de las horas de sueño o de si había estado llorando. El corazón de Natasha dio un vuelco en su pecho; cubrió la distancia que aún le quedaba y se arrodilló delante de él.

—¿Cómo estás? —le preguntó en voz baja, con toda la ternura de la que era capaz, y pasó la mano por su pelo mojado.

Clint compuso una mueca que ella no supo descifrar.

—Bien.

Una ceja de Natasha se elevó hasta el nacimiento de su pelo.

—Te lo he dicho en más de una ocasión, Barton: mientes muy mal.

Natasha ladeó la cabeza para mirarlo, brindándole una tenue sonrisa. Ella esperó que él la obsequiara con una idéntica pero ésta parecía resistirse a aflorar en su rostro y quedó en un mero intento.

—¿Quieres algo de comer? ¿O de beber? Puedo…

Él negó con convicción y la miró a los ojos.

—En realidad, lo que quiero es hablar contigo —dijo con seriedad y con sus labios convertidos en una dura línea.

La sonrisa de Natasha se desvaneció por completo. Ella había ido allí con una misión muy concreta; con el ánimo por las nubes y feliz. El rostro de Clint no le auguraba que aquella conversación fuera a terminar bien. Entornó la mirada y enderezó los hombros.

—Esa frase nunca trae nada bueno. Bien, aquí estoy. ¿De qué quieres hablarme? —le dijo con la mandíbula apretada.

Clint hizo un tímido gesto con la cabeza, indicándole que se sentara a su lado. Ella le hizo caso, se levantó del suelo y se sentó a su derecha. Clint se giró para poder mirarla de frente y ella hizo lo mismo, levantando una rodilla para descansarla sobre el colchón.

—Nat… todo lo que ha ocurrido estos días: lo de China, lo de HYDRA, la aparición de mi hermano… me ha hecho pensar.

Ella retuvo el aliento por unos segundos, intentando controlar la respiración.

—¿En qué te ha hecho pensar?

Él bajó la mirada hacia sus propias manos, que tenía unidas entre las piernas.

—Yo no soy un superhéroe, Nat. Muchas veces me pregunto qué cojones hago entre un súper soldado, un hombre con una armadura que puede volar y un semidiós de un planeta que ni sé dónde está. Y del tipo verde ya ni hablemos.

Natasha fijó su mirada en él.

—¿Te estás cuestionando tu pertenencia a los Vengadores?

Su compañero compuso una mueca y se encogió de hombros.

—Sólo soy un tipo normal y corriente que es bueno con el arco y las flechas. Sólo eso.

Ella buscó las manos de Clint. Cuando las encontró las agarró con fuerza y él le retribuyó el gesto, girándolas hacia arriba y entrelazando los dedos con los suyos. No entendía muy bien hacia dónde iba aquella conversación. Parecía como si Clint estuviese desorientado, como si su organismo no se hubiese deshecho del todo del relajante que le diera la noche anterior para dormir. Negó varias veces con la cabeza.

—No sé dónde quieres llegar, la verdad.

Clint soltó sus manos y se las pasó por el rostro, ahogando un gruñido ronco.

—Ni yo mismo sé qué quiero decir. Puede que esté divagando. Volver a ver a mi hermano me ha hecho replantearme algunas cosas —dijo Clint girando la cabeza hacia la ventana y mirando a algún punto más allá del cristal.

Natasha le tomó la barbilla y le obligó a mirarla.

—¿Cómo qué? —le preguntó.

Las facciones del arquero se endurecieron de repente.

—Barney te cogió como rehén. Te utilizó para que yo fuera en su búsqueda. Creyó que eras mi talón de Aquiles y te usó para sus fines. Y lo consiguió. Al igual que hizo HYDRA cuando me retuvo en China.

—Clint —le dijo en voz baja.

Él continuó en el mismo tono que había utilizado.

—Pensó que eras mi punto débil, Natasha.

Sintió como si le hubiesen pateado en el centro del pecho, dejándola sin respiración por unos momentos. Natasha se irguió sobre el colchón todo lo que pudo, hasta parecer que se le había pegado un palo a la espalda. Ahora lo comprendía todo.

—Estás intentando romper conmigo, ¿verdad?—le espetó con los dientes apretados y las manos convertidas en puños junto a ella.

La expresión en el rostro de Clint cambió radicalmente ante sus ojos. La miró como si no comprendiera a qué demonios ella se acababa de referir.

—¿Cómo dices? —preguntó Clint.

Natasha echó los hombros hacia atrás y levantó la barbilla. Notaba unas uñas invisibles clavándose con saña en su corazón. Hizo un esfuerzo para que su voz sonara natural cuando volvió a hablar.

—De eso va todo esto, ¿no? ¿Es eso lo que quieres decirme?

Él hizo un pequeño gesto con la cabeza para mirarla de lado. Las manos de Clint apresaron las suyas, apretándolas con ímpetu.

—Antes de pensar en nada, déjame terminar, por favor.

Lo vio retener el aire, esperando una respuesta por su parte. Natasha asintió con un cabeceo contenido, sin quitar la vista de su compañero. Las manos de Clint la agarraron con más fuerza y él fijó su mirada en ellas.

—Pensó que eras mi punto débil, pero lo cierto es que no lo eres, Nat. Al contrario: eres el punto más fuerte que jamás tendré. No habría podido soportar lo que me hicieron en China si no hubiese sido porque tenía la certeza, la absoluta certeza de que tú creerías en mí y que irías a buscarme. Que sabrías ver a través de todas esas mentiras que no era yo quien hablaba. Que entenderías que aquello no era más que un teatro. No habría podido enfrentarme a mi hermano si no te hubiese retenido. Tú me haces fuerte. Eres tú la que me hace ser capaz de estar codeándome con Thor. O con Steve.

Una expresión de no comprender absolutamente nada se dibujó en el rostro de Natasha.

—No… no te entiendo.

Clint alzó un poco su rostro, haciendo una mueca con los labios, elevándolos por las comisuras. Levantó la mirada hacia ella y buscó sus ojos.

—Tú me haces ser mejor y querer ser mejor. Soy mejor persona cuando estoy contigo. Y soy capaz de cualquier cosa si estás conmigo. Si tengo que ser esto, ser un vengador, quiero que estés conmigo, a mi lado —le dijo, tomando aire—. Lo que intento decirte de esta manera tan torpe es que te cases conmigo, Tasha.

Creyó que algo, o alguien, debía haberle robado la voz porque intentó articular palabra, pero no fue capaz de emitir ni un triste sonido. Natasha se levantó como si la hubiesen pinchado con una aguja. Tomó aire y lo soltó de un tirón por la nariz.

Natasha anduvo hacia el centro de la habitación para regresar sobre sus pasos unos instantes después. Aquella medio sonrisa en el rostro de Clint se había evaporado, dejando paso a una mirada de incertidumbre.

Bajó los ojos para posarlos en la puntera de sus zapatos.

—Estás enfadada —afirmó Clint con voz baja.

Ella asintió sin pensarlo apenas. Entonces levantó la vista de nuevo. Clint se había puesto en pie. Lo oyó mascullar una maldición entre dientes y lo vio pasarse ambas manos por el pelo casi con desesperación. Volvió a mirarla y vio el miedo en sus ojos.

—Mira, Nat, quiero que sepas… Déjalo, ¿quieres? Olvida lo que…

Ella levantó una mano y Clint se detuvo. Natasha cerró los ojos, apretando los labios.

—Espera, Clint, antes de que sigas quiero aclarar algo —le dijo tomando aire y expulsándolo con lentitud—. Sí, es cierto, estoy enfadada, pero no es contigo.

Una profunda arruga partió por la mitad la frente de Clint. Entrecerró los ojos y la miró ladeando la cabeza.

—Ahora soy yo el que no entiende nada, Nat.

Natasha dio un paso hacia él, mirándolo directamente a los ojos.

—Estoy enfadada, sí, pero porque hubiera querido ser yo quien te pidiera que te casases conmigo —le dijo, apretando los labios y elevando la comisura hasta que una tenue sonrisa apareció en ellos—. Te has adelantado, Ojo de Halcón.

La expresión en el rostro de Clint cambió de momento. Enderezó los hombros y arrugó en entrecejo.

—No… no creo haber oído bien.

Toda la seriedad que había oscurecido las facciones de Natasha se evaporó como por arte de magia, siendo sustituida por una enorme sonrisa.

—Vine con la intención de pedirte que te casaras conmigo —le dijo acercándose a él, dejando que los separase tan solo un paso. Se miró en aquellos ojos que tan bien conocía y le sonrió de nuevo—. Tú me haces más fuerte de lo que soy, Clint. Tú sacas lo mejor de mí. Tú lo has dicho: si tengo que hacer esto, ser una heroína, ser una vengadora, quiero que sea contigo a mi lado. De todas las maneras posibles que haya, a mi lado.

Vio cómo la expresión de Clint cambiaba poco a poco, desterrando aquella preocupación que viera cuando entró en la habitación para ser sustituida por una radiante sonrisa que hizo sus ojos más azules.

—Pídemelo —lo oyó decir.

—¿Cómo dices? —preguntó ella sin comprender.

Clint buscó sus manos y las tomó entre las suyas, apretándolas con fuerza mientras su pulgar acariciaba el suave dorso.

—Hazlo. Pídeme que me case contigo.

Natasha alzó una ceja de aquella manera que era tan suya. Lo miró de frente y alzó la barbilla.

—Bien —asintió con convicción—. Clint, ¿quieres casarte conmigo?

—¿Te vas a poner de rodillas para proponérmelo? —le preguntó él con cierta sorna en su tono de voz.

Ella ahogó la risa que se agolpaba en su garganta. Hizo una mueca con los labios.

—Respóndeme —lo acució—: ¿eso es un sí?

Clint cubrió la breve distancia que los separaba y atrapó sus labios con un beso avasallador que la dejó sin aliento al instante. Los brazos de Natasha se cerraron en torno al cuello de él y lo atrajo hacia ella todo lo que pudo.

—Sí, Romanoff. Me casaré contigo —le susurró separando apenas su boca de la de ella. Una enorme y genuina sonrisa le iluminó el rostro.

Volvieron a besarse como si jamás lo hubiesen hecho antes, como si se estuviesen descubriendo el uno al otro en ese mismo instante. Se besaron como si el tiempo fuera todo suyo y no les importara nada más que el presente.

Natasha pasó las manos por los hombros desnudos de Clint, notando bajo las palmas cómo la piel masculina se erizaba allí donde lo tocaba. Envalentonada, sus manos se volvieron más audaces, bajando por sus brazos para deshacer el camino una y otra vez, hasta que notó que los músculos se tensaban.

Era una delicia poder tocar y explorar toda aquella piel a su antojo. Despacio, lo besó en el centro del pecho, haciendo que sus labios se demoraran en él, depositando un beso tras otro y trazando un sendero desde ahí hasta su costado.

De la garganta de Clint salieron pequeños gemidos de placer, disfrazados como un montón de palabras sin sentido que la hicieron sonreír. Regresó sobre sus pasos, sembrando de más besos el pecho de Clint en dirección al costado opuesto.

Los brazos del hombre la atrajeron hacia él, reduciendo la distancia que los separaba a algo puramente anecdótico. Y, aun así, aquella distancia le parecía demasiada. Con agilidad, se deshizo de su propia camiseta.

Clint volvió a abrazarla cuando la prenda cayó a sus pies dejando sólo su sujetador como prenda que separaba su piel de la de él. La besó cerca de la oreja y el aire cálido de su respiración la hizo estremecer. Después de aquel beso muchos más fueron tras él, bajando por el cuello hasta el hueco en donde se unía al hombro. El tirante del sujetador de Natasha resbaló por su hombro y Clint dibujó aquel camino con sus labios.

Las manos de su compañero se desempeñaban sobre su cuerpo igual de bien que lo hacían con el arco: era metódico, concienzudo en sus caricias y no dejaba de insistir hasta que había obtenido todo lo que se proponía. Las yemas de sus dedos subían y bajaban sin piedad por el centro de su espalda, dejando todos los poros de la piel ardiendo y anhelando que continuase. El broche del sujetador se rindió a aquellos dedos expertos y la prenda resbaló del cuerpo de Natasha casi sin darse cuenta. Ella echó la cabeza hacia atrás, dejando su cuello completamente a merced de Clint.

Clint la besó en donde su pulso latía enloquecido. Pasó la punta de la lengua por él y ella se agarró con fuerza a sus brazos. Su boca subió hasta encontrar el lóbulo de su oreja y lo mordisqueó y succionó hasta que Natasha gimió mientras se derretía contra él.

Natasha buscó su boca y la encontró presta para volver a besarla. Los dientes de Clint arañaron con suavidad su labio inferior, mordisqueándolo y apresándolo. Su lengua se adentró en su boca y ella olvidó cómo se respiraba.

Lejos de dejarse llevar, la lengua de Natasha salió a su encuentro, devorándose la una a la otra con hambre y casi con desesperación. Habían sido días duros; días de mucha tensión acumulada y de miedo a perderlo. Ahora que, al fin, todo había acabado, era como abrir la compuerta de una presa después de una riada.

Las manos de Natasha se agarraron con fuerza a sus antebrazos, notando los músculos bajo las palmas. Subió hacia los brazos y los hombros para agarrarlo y atraerlo hacia ella. Clint se pegó a ella tanto como pudo, como si quisiese meterla bajo su piel. Ella no iba a decir que no; quería sentir cada centímetro de aquel cuerpo que tan bien conocía y que tan bien conocía el de ella.

Había llegado al punto de que le estorbaban las pocas prendas que ambos llevaban aún puestas. Natasha metió las manos por la cinturilla elástica del pantalón de Clint, acariciándole las caderas sin nada que se interpusiera. Escuchó un ronroneo procedente de su garganta que la hizo sonreír plenamente. Alentada por aquellos sonidos, las manos de Natasha siguieron su viaje por el vientre de él. De repente, las manos de Clint sobre las suyas la detuvieron. Natasha alzó la mirada para encontrar aquellos ojos azules, oscurecidos por el deseo, fijos en ella.

—Quítame el pantalón.

Ella alzó una ceja, sonriente.

—¿Es una orden? —preguntó Natasha.

La expresión de Clint había cambiado por completo desde que ella entrase a la habitación, minutos atrás. Aquella que mostraba en ese momento era la que más le gustaba, la que ella quería ver siempre en sus labios y en su rostro. Clint sonreía ampliamente, con el pelo revuelto, la mirada entornada y los labios enrojecidos por sus mordiscos y sus besos. Sintió una punzada de deseo entre sus muslos.

—¿Quieres que lo sea? —preguntó él a su vez.

Ella se limitó a mirarlo con fijeza.

—Me da igual que lo sea si, a cambio, tú me quitas el mío.

Las manos de él se apresuraron a buscar el botón del pantalón de ella.

—Será un verdadero placer —le dijo a modo de promesa, que Natasha supo que cumpliría.

Unos segundos después, ambas prendas yacían a sus pies, hechas un ovillo. Natasha se deshizo de un puntapié de sus zapatos y ya nada quedó entre ambos que pudiera separarlos.

Con renovado ímpetu volvieron a besarse. Clint la encerró entre sus brazos y ella lo abrazó con fuerza por la cintura. Natasha no tuvo que esforzarse mucho para lograr que, un segundo después, ambos cayeran sobre la cama deshecha.

Sin tener que imponerse, el peso del cuerpo de Clint la aprisionó contra el colchón. Sus manos estaban por todas partes, como si quisiese memorizar de ese modo cada centímetro de su piel, cada marca y cada cicatriz. Rozó apenas el apósito que aún tenía en el costado a causa de la trifulca con Belova. Clint buscó su mirada, preguntándole en silencio si todavía le dolía. Ella negó con una sonrisa en los labios y él asintió, evitando la herida para continuar con sus caricias. Las yemas de los dedos comenzaron a dibujar senderos imaginarios con fuego líquido, reduciéndola a un montón de pensamientos incoherentes sin otra misión más que arrancarle esos gemidos de placer cuando él la tocaba como lo estaba haciendo en ese preciso instante.

Clint se apoyó sobre sus manos, elevando el torso. Se miraron por unos instantes. Los ojos de él la recorrieron, despacio, recreándose sin prisas. Sintió su mirada sobre su cuerpo y vio el deseo en ella. Los labios de Natasha se curvaron con una sensual sonrisa.

—¿Ves algo que te guste?

Los labios de Clint imitaron su sonrisa y el corazón de Natasha dio un salto dentro de su pecho.

—Ya lo creo que sí —le respondió antes de descender sobre ella y atrapar un duro pezón entre sus labios.

La espalda de Natasha se arqueó sobre el colchón cuando notó la boca cerrarse en torno a su pecho. Se agarró con fuerza a sus hombros y lo atrajo hacia ella tanto como pudo. La lengua de Clint no le concedía tregua: la lamía con sutileza para, después, atrapar la dura punta entre sus labios y tirar suavemente. Con más rudeza de la que era necesaria, las manos de Natasha viajaron hasta la nuca de él y lo apretó contra ella, no dispuesta a que sus atenciones cesaran.

Clint pasó de un pecho al otro sin dejar de besarla, acariciarla y devorarla ni por un instante. Los sentidos de Natasha estaban puestos en el trozo de piel que él besaba en ese momento. Aquellos labios y aquella lengua iban a volverla loca.

Como si lo hubiese sabido, la lengua de Clint dibujó una línea inexistente que descendía por su esternón para acabar unos centímetros por encima de su ombligo. Las manos de Natasha acariciaron el pelo de Clint mientras mantenía los ojos fuertemente cerrados.

La cintura femenina recibió los siguientes halagos. Clint paseaba sus manos por ella, a derecha y a izquierda, subían por los costados hasta las costillas y bajaba hacia las caderas, apretándolas con firmeza.

A esas alturas, el cuerpo de Natasha ya no tenía sangre en sus venas sino lava incandescente. Pasó las palmas de sus manos por los fuertes hombros de Clint, por sus bíceps para volver a ascender y acariciar sus mejillas. Él continuaba besándola, bajando por su cuerpo, descendiendo por su vientre más allá del ombligo. Natasha incorporó la cabeza para mirarlo. En ese instante, Clint alzó la cabeza y sus miradas se encontraron.

Por unos momentos se quedó sin respiración al verse reflejados en ellos, en cómo la observaba él con aquella mirada suya que le hacía creer que no existía más mujer en la Tierra que ella, que la hacía sentirse de verdad especial. Él le dedicó una nueva y juguetona sonrisa y continuó besándola por debajo del ombligo. La cabeza de Natasha cayó con fuerza contra el colchón cuando la lengua de Clint la acarició íntimamente.

Natasha cerró por instinto las piernas, atrapándole la cabeza entre ellas. Clint la tomó de las caderas y la alzó un poco más mientras continuaba devorándola con tesón. Natasha plantó los pies sobre el colchón y empujó hacia arriba, buscando un mayor contacto con aquellos labios y aquella lengua que la estaba volviendo loca. Una de las manos de Clint dejó su cadera y viajó despacio por el muslo. Natasha gimió cuando uno de los dedos entró en ella y se movió en su interior.

No podría soportarlo por más tiempo. Aquel dedo salía y entraba en ella, dejándola sin respiración en cada ocasión; al igual que la lengua que la acariciaba y los labios que pellizcaban la inflamada carne. Natasha cerró con fuerza los ojos y apretó los dientes cuando un poderoso orgasmo le sacudió cada fibra de su ser, haciéndola retorcerse, levantándola de la cama y dejándola caer cuando ya no pudo sostenerse.

Clint ralentizó sus caricias, besándola en el interior del muslo con abandono y paseando sus hábiles manos por el exterior de sus piernas, arriba y abajo. Le costó abrir los ojos y fijar la vista y, cuando lo hizo, lo encontró mirándola con una mueca de orgullosa satisfacción en su rostro.

—¿Estás bien? —le preguntó sin dejar de sonreír.

Ella negó con vigor.

—No. Nada bien —le dijo inicialmente seria, pero un segundo después, su rostro se iluminó con una amplia sonrisa.

Natasha se incorporó para sentarse y buscar su boca. Lo besó con pasión, atrapando su rostro entre sus manos. Se dejó caer hacia atrás, arrastrándolo con ella y no queriéndolo dejar escapar. Sentía la erección de él contra su vientre y se frotó contra él con absoluto descaro, arrancando un gemido de puro deleite de la garganta de Clint. Con agilidad, se giró entre sus brazos y se colocó boca abajo, con él pegado a su espalda.

Con estudiada sensualidad, Natasha se recogió el pelo, dejando al descubierto el punto en donde su espalda y su cuello se unían. Clint no tardó en posar su boca en aquel lugar y todos los poros de su piel se erizaron, enviándole una sacudida desde la cabeza hasta los pies. Notaba el aire caliente de su aliento y el roce de su barba. Aún notaba una maravillosa punzada entre los muslos a causa de aquel orgasmo pero sintió que lo necesitaba de nuevo, dentro de ella. Sin dilación, Natasha se rozó contra él mientras separaba las piernas, en una muda invitación. Sin esperar más, Clint la tomó de las caderas, elevándolas del colchón y se hundió en su interior.

Natasha cerró los ojos de puro placer al sentirlo dentro de ella. Apretó la almohada entre sus dedos y ahogó en ella el gemido que nació en su garganta. Clint se tendió a medias sobre su espalda, con ambas manos a los lados de la cabeza de Natasha. Con lentitud, él volvió a besarla entre los hombros y en aquel punto del cuello que tanto la excitaba y que la hacía estremecerse.

Despacio, él comenzó a moverse dentro de ella, saliendo lentamente para volver a entrar, más hondo, más fuerte cada vez. Clint ocultó su rostro en el hueco de su cuello, besándola sin parar.

—Tasha —le susurró en su oído.

Su voz ronca la hizo hervir la sangre. Levantó un poco más las caderas y Clint se introdujo más en ella. Cada embestida que recibía era más larga y más profunda. Más frenética. Natasha se agarró con fuerza a la almohada, mientras su cuerpo comenzaba a tensarse.

—¡Clint! ¡No pares ahora!

Él no necesitó más; con un potente envite, se hundió en ella todo lo que pudo y se corrió en su interior mientras dejaba escapar un gruñido de satisfacción mezclado con su nombre. Natasha lo siguió un segundo después, con un nuevo orgasmo que hizo que todo su cuerpo se estremeciera por completo.

El peso del cuerpo de Clint no le molestó cuando se dejó caer pesadamente sobre ella. Al contrario: Natasha sonrió con la respiración entrecortada, sintiendo la de él contra su piel. Notó cómo Clint se retiraba de ella con desgana y caía a su lado.

Natasha giró para colocarse de costado, enfrentando a Clint.

—¿Bien? —preguntó con una media sonrisa que le iluminó la mirada.

Clint la miró por el rabillo del ojo, intentando normalizar su respiración.

—Cuando estemos casados, ¿esto va a seguir siendo así?

Ella negó con la cabeza.

—No. Va a ser mejor.

La sonrisa que apareció en el rostro de Clint era lo más maravilloso que había visto Natasha en mucho tiempo. Él giró la cabeza hacia ella y la miró.

—¿Cuánto quieres esperar?

Ella alzó una ceja en aquel gesto suyo tan característico y que encubría una sonrisa.

—¿Para qué? ¿Para casarnos?

Él giró sobre su costado para colocarse completamente frente a ella. Su mirada se posó en ella y atrapó sus labios con un beso lento y lánguido que la hizo suspirar.

—Sí. Ahora que ya lo hemos decidido, estoy deseando que me pongas ese anillo en el dedo —le respondió contra su boca.

Los músculos del rostro de Natasha corrían serio peligro de quedarse siempre así, sonriendo.

—¿Quieres llevar un anillo?

Él asintió con vigor, sin dudarlo ni un instante.

—Por supuesto. Quiero que sepan que ya no estoy en el mercado.

Natasha estalló en una carcajada que no quiso retener. Lo miró por un instante, sin poderse creer que, tras todos aquellos años de compañerismo, de amistad, de largas misiones, de cubrirse las espaldas en todos los sentidos, hubiesen llegado hasta aquel punto.

Se abrazaron durante varios minutos, cómodos el uno en brazos del otro. Natasha se acercó más hacia él y enredó sus piernas entre las suyas, sintiendo el suave vello de las piernas de él cosquillear su piel. Descansó su cabeza contra su hombro y cerró los ojos, dispuesta a rendirse al sueño a pesar de que aún no era ni la hora del almuerzo.

—¿Estás dormida? —le preguntó Clint como si le hubiese leído el pensamiento.

Ella sonrió.

—No, no lo estoy.

Clint se incorporó un poco.

—Bien, porque quiero ir a darle la noticia a Tony. Quiero ver la cara que pone cuando se lo diga.

Natasha giró para colocarse sobre su espalda.

—No sé cómo se le quedará la cara cuando tú se lo digas, pero se atragantó con el café cuando yo le dije que te iba a pedir que te casaras conmigo.

Clint se incorporó sobre el codo para mirarla con ojos abiertos.

—¿Eso le dijiste? ¿Que me ibas a pedir que me casara contigo?

Ella asintió con energía.

Una fuerte risotada salió de la garganta de su compañero y se volvió a tumbar sobre la almohada.

—Una lástima habérmelo perdido —le contestó. Clint incorporó un poco la cabeza y una media sonrisa apareció en sus labios—: Oye, ¿crees que Jarvis tendrá la grabación por alguna parte?