Disclaimer: Ni Naruto ni Boruto me pertenecen.

Advertencias: Posibles spoilers.


Paciencia con las espinas


—¿Te gusta nuestro jardín?

Kawaki tensó los hombros al escuchar aquella infantil y molesta voz detrás suyo. Miró por la orilla del ojo la figura diminuta de la Uzumaki, quien cerraba la puerta suavemente y daba pasos graciosos hasta donde se hallaba; por lo menos fue inteligente de quedarse algo lejos.

No le respondió por estar más concentrado en los pensamientos dirigidos al cómo escapar de aquel lugar, aunque por más ideas que planeara ese tonto de naranja siempre intervenía y era más poderoso que él, no debía subestimarlo considerando que aún era un mocoso. De solo pensarlo le hizo apretar los puños. Había escapado de una organización de delincuentes para caer en el algo peor.

Quizá la cárcel hubiera estado mejor.

—Esos girasoles los planté con mamá la semana pasada, la tía Ino recibió varias semillas y nos las regaló. A todos nos gustan los girasoles —explicó la pequeña ante el silencio de parte del chico, quien mantenía fija la mirada hacia el frente, un punto inexistente que Himawari, con sus ojos color cielo diurno intentaba también encontrar pero solo veía lejanía, horizonte y oscuridad.

La pequeña Uzumaki balanceó los pies, incómoda por el silencio, algo de lo cual no estaba acostumbrada. Su familia siempre hacía ruido, su mamá al cocinar y mover los utensilios de cocina, o tarareando; su hermano levantándose de golpe al quedarse dormido o exclamar maldiciones al perder una partida en su consola; o bien su padre cuando se pegaba con el sillón en el dedo pequeño del pie o riendo nerviosamente cuando su madre lo encontraba comiendo ramen instantáneo a hurtadillas. Siempre había ruido en casa, el silencio era extraño, y aunque hubiera lapsos de ello, no eran incómodos ni largos. El silencio de Kawaki sí.

Adentro sus padres discutían respecto a Kawaki y su comportamiento, apenas cumpliría una semana desde que llegó. Pasadas las primeras impresiones, las constantes quejas de parte de Boruto, los señalamientos de tío Shikamaru respecto al peligro que representaba el poder de Kawaki y su escasa información habían hecho que su hogar se sintiera tenso. Kawaki daba miedo, era mal hablado —su madre siempre le tapaba los oídos cuando el chico hablaba o le pedía salir de la habitación en la cual se hallaban mientras su padre carraspeaba fuertemente y Boruto fulminaba con la mirada al mohicano—, casi no comía y siempre parecía un gato arisco ante cualquier ofrecimiento de amabilidad.

Como si la desconociera. Aunque Himawari sabía que debía darle espacio, su naturaleza sociable y curiosidad la movían a acercarse aunque Kawaki pintara una barrera gracias a esas miradas cortantes, muecas de desagrado y un sentimiento agrio desprendiendo de su cuerpo.

La mirada de Himawari cayó en un cactus abandonado, se hallaba escondido entre los girasoles arreglados, rosas y flores silvestres que sus padres habían sembrado y cuidado. Recordó vagamente el cómo su padre se había espinado al trasplantarlo a otra maceta y la sarta de maldiciones que echó cuando intentó regarlo y cortarle algunas espinas. Su madre, con paciencia, le explicó cómo se debía podar un cactus, regarlo y cuidarlo, sonriendo mientras comentaba que cuidar a un cactus era complicado por las espinas pero si se tenía paciencia podría resultar más fácil dedicarse a su cuidado, teniendo como resultado menos dolor ante el contacto de la espinas y una mejor apreciación al florecimiento de sus flores que, pese a hallarse rodeadas de puntiagudas espinas, del interior de aquella planta surgían bellos botones teñidos de colores cálidos.

Himawari sonrió ante el recuerdo, y sin que Kawaki lo esperara, ésta se sentó a su costado, pero sin ser atrevida y guardando la distancia, observando hacia la nada. Divagó sobre dibujar con los dedos y siluetas que solo ella podía ver: figuras de conejos con cuernos de venado, flores, un castillo, o la cara de su hermano cuando comía hamburguesas.

Kawaki no se movió pero era difícil no distraerse con los dibujos imaginarios de la mocosa, los cuales intervenían con su campo de visión.

Le dedicó un fruncimiento de cejas.

—Deja de hacer eso —dijo en un cortante gruñido, como un animal fastidiado ante la invasión de otro—. Es tonto.

—Decoro lo que ves.

—¿Hah? —la respuesta de la niña de cabello azul dejó confundido a Kawaki, que ya pensaba que la idiotez era hereditaria.

—Sea lo que sea que estás viendo, allá —Himawari apuntó a un lugar indefinido que abarcaba todo lo que Kawaki veía, una nada desolada y vacía, representante de recuerdos, pensamientos y planes teñidos de malas experiencia y amargura—, es feo o no te hace sentir bien, creo que con algunas conejos que comen polvo estelar, girasoles que pueden ser soles… ¡O un dinosaurio con dientes de caramelo! Creo que te darían una mejor vista. Si todo eso estuviera en lo que ves, no tendrías esa cara —comentó Himawari al verle.

Kawaki volvió a fruncir el ceño. Bufó y se puso de pie.

—No veía nada y no necesito esas cosas tontas.

Se alejó, caminando hacia el portón de la casa y saliendo de ésta. A Kawaki se le había implantado un detector en su tobillo y tenía permitido acceder a delimitadas zonas de Konoha, aunque su rango no era más allá que la cercanía de la casa del Hokage. Himawari no lo detuvo al saber que no escaparía o iría lejos y que probablemente volvería.

Le había visto cabecear y aspirar el aroma de las rosas presentes en el jardín, estaba segura que tarde o temprano terminaría durmiendo en su cama —y no debajo de ésta o en el suelo— y aceptando que el aroma de aromatizante de telas a rosas era para su comodidad y no una trampa que pudiera herirle la piel.

La pequeña balanceó los pies y miró al cactus. Asintió con determinación.

—Paciencia, debo tener paciencia —se dijo a sí misma.

Si quería aprender a cuidar a un cactus, primero debía tener paciencia de cómo evitar la espinas o acostumbrarse a picarse con una de ellas. Kawaki era un cactus, y tenía muchas espinas, ya se había espinado con un par de ellas pero seguiría intentándolo.

Estaba segura que en su interior guardaba botones de cálidos colores.


Notas: Tengo algo con los cactus.