El personal de la Torre Stark había acondicionado una de las salas que había junto al gran salón, a petición del propio Tony, para que Clint aguardase allí hasta que fuese la hora de salir. Mientras llegaba ese momento, Clint se entretenía mirando por los grandes ventanales que se asomaban a Nueva York, aunque no podía decir que estuviese viendo nada en concreto.
Vio su propio reflejo en el cristal de la ventana. Tony lo había ayudado a elegir un traje gris de dos piezas, de solapa estrecha, que llevaba la firma de alguien llamado Tom Ford, aunque él no sabía quién era. La corbata negra le apretaba, implacable. Se pasó una mano por la garganta, tratando de despegar el duro cuello de la camisa de su piel para que le permitiera respirar como era debido. Estaba intentando hacer un esfuerzo para domar los nervios que amenazaban con apoderarse de su estómago y de todos los miembros de su cuerpo, pero por el momento estaba fracasando de manera clamorosa.
Respiró despacio, al igual que hacía cuando tenía un arco entre las manos y estaba a punto de disparar una flecha. Cerró los ojos y sus dedos se movieron instintivamente, como si estuviese acariciando la cuerda. Volvió a tomar aire y a expulsarlo, una y otra vez. Poco a poco sintió su cuerpo relajarse y sonrió.
Se giró con rapidez cuando escuchó la puerta de la habitación abrirse. Por ella aparecieron Bruce y Thor, charlando amigablemente, uno junto al otro.
—Sería… sería estupendo que un día pudiese ir a Asgard, en serio —oyó decir a Bruce con el mismo entusiasmo con que un niño le pedía a sus padres que lo llevaran al circo—. De verdad que me encantaría.
Thor colocó una de sus enormes manos sobre el hombro del científico con afecto mientras caminaban en dirección a Clint.
—Algún día quizás podamos.
Ambos se detuvieron a la vez para quedar a unos pocos pasos de él, sonriéndole de idéntica manera. Bruce vestía un traje gris que tenía toda la impronta del sastre personal de Stark. Clint no entendía mucho de confección ni de telas, pero se veía a la legua que aquel no tenía nada que ver con los típicos trajes baratos y en serie que solía vestir el científico.
Thor, en cambio, vestía su vestimenta asgardiana, capa y peto incluidos, y sostenía el reluciente casco bajo su brazo izquierdo. Clint lo observó de arriba abajo, de manera casi insolente. Levantó la mirada.
—¡Hombre, muchas gracias por aparecer así! ¡Ahora voy a parecer el camarero de la fiesta! —exclamó señalando su propia vestimenta. Thor lo miró a su vez y estalló en una poderosa carcajada que hizo que tanto Clint como Bruce entornaran los ojos.
—Éste es el uniforme de gala de Asgard, Barton. Siempre se usa en ceremonias especiales —le explicó con una sonrisa. Dio un paso hacia él y le colocó una mano sobre su hombro—. Y ésta lo es.
—Nadie va a confundirte con el camarero, Clint —le dijo Banner, poniéndole la mano sobre el otro hombro—. Tranquilízate, ¿de acuerdo?
Clint hizo una mueca con los labios y lo miró de reojo.
—Bueno, si el consejo viene de ti, es mejor tomarlo.
Ambos giraron la cabeza hacia Thor, que había estallado en otra sonora carcajada. Clint volvió a mirar al científico y torció el gesto, visiblemente arrepentido de sus palabras.
—Lo siento, Banner —se disculpó, pasándose la mano por la nuca—. No pretendía…
El hombre hizo un aspaviento con una mano.
—No te preocupes. Te entiendo. Además, estás nervioso.
Clint miró a sus dos amigos y rezongó. Sí, estaba nervioso y no sabía bien por qué. Había estado esperando aquel día desde hacía dos semanas. Y ahora que había llegado, su estómago se empeñaba en jugar al pinball con su hígado y su páncreas. "Esto no es justo", pensó ahogando un bufido.
La puerta de la sala volvió a abrirse y Steve hizo aparición, con una enorme sonrisa en su rostro. Se encaminó hacia todos ellos con pasos largos y decididos. Había elegido para la ocasión un traje azul de tres piezas y, en el ojal de la chaqueta, llevaba prendido un pequeño arreglo floral, idéntico al que Clint lucía en la suya.
Llegó hasta ellos y estrechó las manos a Bruce y a Thor, para palmear luego el brazo de Clint con más efusividad de la que hubiese sido necesaria.
—¿Qué tal estás, compañero? —le preguntó.
Tras unos segundos, Clint asintió.
—Creo que bien.
Los ojos de Steve se abrieron como platos.
—¿Sólo lo crees? Amigo, deberías estar feliz.
Clint se apresuró a asentir.
—¡Y lo estoy! Solo que…
—Está nervioso —se apresuró a intervenir Bruce—. Es normal…
Casi a la vez, Thor y Steve miraron al científico con cara de asombro. Bruce se encogió de hombros y asintió con reservas.
—Bueno, es normal que el día de tu boda te pongas nervioso, ¿no? ¿O acaso vosotros tenéis experiencia en esto?
El capitán miró a Thor e hicieron una mueca casi idéntica para, inmediatamente, volver a mirar a Clint.
—No te preocupes, todo va a salir bien. Stark se ha encargado de todo —le dijo Steve.
Clint se giró hacia el Capitán y señaló al pecho de su compañero con ambos dedos índices.
—Eso es exactamente lo que me preocupa. Conociendo a Tony es capaz de llenar la terraza de pequeña figuras de cupidos.
Vio cómo Steve reprimía una carcajada.
—Tony no se atrevería —intervino Thor, dando un paso hacia ellos—. Creo que le gustaría terminar este día con todos sus miembros pegados a su cuerpo.
Steve, Clint y Bruce giraron la cabeza despacio hacia el semidiós, con ojos entornados. Thor los miró a ambos con una expresión de incredulidad.
—¿O sí se atrevería?
Como si lo hubiesen convocado por arte de magia, Stark apareció por la puerta con aire resolutivo y una amplia, y satisfecha, sonrisa prendida en su rostro.
—Si hubiese podido disponer de tiempo, podría haberles organizado el festejo de su boda en Asgard —les dijo Thor con la expresión de quien ha tenido la mejor de las ideas, antes de que Stark llegara hasta donde se encontraban los demás—. Habría sido difícil para Clint y para Natasha que lo olvidaran algún día.
Tony se detuvo en seco cuando se paró en donde estaban sus compañeros, con su inteligente mirada clavada en el semidiós.
—¿Y cómo hubiésemos ido hasta allí, Thor? —replicó—. ¿En autobús?
Clint miró uno a uno a sus amigos. Hacía mucho tiempo que no estaban todos juntos. Y aquella era una ocasión especial para él y para Natasha; no podía estar más feliz porque todos estuviesen allí.
—Thor —volvió a decir Tony, colocando una mano sobre el hombro cubierto por la capa roja—, querían casarse en el ayuntamiento, sin más testigo que el conserje. Me doy por satisfecho por haberles hecho cambiar de idea y que hayan accedido a casarse aquí, en la Torre.
Steve se giró hacia Stark y aplaudió con efusividad.
—¡Hey! ¿Cómo está la novia?
—Tranquila.
Clint resopló.
—Muy Romanoff —respondió, sintiendo que cada vez le estaba costando más respirar.
Stark miró a Clint y le guiñó un ojo.
—No te voy a contar nada del vestido, no temas, Legolas. Pero está… espectacular.
Volvió a resoplar, aún más fuerte.
—No ayudas, Stark —le dijo Clint con ojos entornados.
Todos los demás rieron y Clint los terminó imitando aunque no había sido su intención.
—¿Está Pepper con ella? —preguntó Steve.
Tony asintió con efusividad.
—Lo está. Creo que está más nerviosa que la propia Natasha.
Despacio, Clint se acercó a Tony y le dio un suave codazo.
—Lo estás deseando, cabeza de lata, admítelo —le dijo Clint a su compañero con una enorme sonrisa en sus labios. Colocó una mano sobre su brazo y lo apretó con efusividad.
Como si la afirmación le hubiese ofendido, Tony hinchó el pecho para, un segundo después, dejar escapar el aire ruidosamente y hundirse de hombros.
—¿Tanto se nota? —preguntó mirando al arquero de reojo.
Steve dio un paso hacia ellos, con las manos metidas en los bolsillos y balanceándose sobre las punteras de sus relucientes zapatos.
—Nah, sólo un poquito. Tranquilo, guardaremos tu secreto.
Tony miró de soslayo al Capitán y compuso una mueca de disgusto.
—Estás muy chistoso, Rogers.
Con una sonrisa radiante en su rostro, Steve hizo un gesto con los hombros, restándole importancia.
—Estoy contento porque dos de mis amigos quieren ser felices juntos. Se lo merecen.
Clint pasó a mirar a Tony. Éste se giró hacia Rogers, enfrentándolo, con ambas manos metidas en los bolsillos de sus pantalones.
—¿No tiene nada que ver el hecho de que Barton te escogiera como su padrino de bodas, verdad? —le preguntó componiendo una mueca. Steve sonrió de medio lado.
—¿Estás molesto por ello, Stark? —le preguntó—. Natasha te eligió a ti para que hicieras las veces de su dama de honor. Conociéndola, llámate afortunado de que no haya insistido en que te pusieras un smoking de algún color extravagante. Sólo para irritarte.
Aunque intentó reprimirla, una carcajada salió de la garganta de Clint, sabiendo que el Capitán llevaba toda la razón.
Tony miró a ambos, primero a uno y después a otro, para a continuación girar sobre sus zapatos y extender los brazos en una actitud de rendición.
—¡Vaya por Dios! Parece que el sentido del humor de Barton se pega.
La puerta de la sala se abrió lo justo para que la cabeza de Pepper apareciera por ella y Clint sintió que su cuerpo se ponía en tensión. La mujer carraspeó para llamar la atención de todos.
—Ya estamos listas —les dijo sin entrar—. Cuando quieras, Clint.
Sus compañeros, sin excepción, se giraron hacia él con unas enormes sonrisas prendidas de sus rostros, y todos, uno a uno, se acercaron hasta él y le dieron un efusivo abrazo en señal de aprecio.
Thor y Bruce salieron los primeros, seguidos de Tony y Steve. Clint aguardó a tomar aire por última vez. Antes de dar el primer paso hacia la terraza, Tony se giró hacia él.
—Oye, no te preocupes, no he encontrado los cupidos que quería para la decoración. Da las gracias a que se agotaron las existencias en San Valentín—. Antes de girarse de nuevo, Stark le apuntó con el dedo y entornó los ojos—. ¿Cabeza de lata? ¿En serio, Clint? Puedes hacerlo mejor que eso.
Clint alzó la barbilla un poco y sonrió ampliamente. Tomó una nueva bocanada de aire y palmeó con fuerza delante de sí antes de dar el primer paso.
—Vámonos. Mi novia me espera.
Tenía que admitir que Tony se había esmerado con la decoración de la terraza. O tal vez había sido la mano de Pepper la que había terminado guiando a su compañero. Nada de extravagancias ni ornamentos recargados. Lo mejor de todo: nada de angelitos en pañales con arcos y flechas.
Clint paseó la vista por la amplia terraza. Habían dispuesto una pequeña tarima, flanqueada por cuatro arreglos de flores rosadas, frente a la balaustrada. Delante de la tarima había varias filas de sillas, forradas con telas blancas que, gracias a la luz del atardecer, parecían tener un bonito tono anaranjado.
Su mirada se desvió hacia la gran pantalla que Tony había encargado colocar sobre la puerta que comunicaba con el interior de la Torre. No sabía quién podría estar tomando aquellas imágenes pero se vio a sí mismo en ella, en aquel preciso instante. Su imagen cambió por la de los invitados que ya aguardaban sentados, departiendo amigablemente. Fue entonces cuando alguien tocó sobre su hombro. Sorprendido, Clint se giró para enfrentar a quien lo hubiese llamado.
—Clint —le saludó Coulson con una sonrisa en su rostro. Clint apretó los labios y correspondió al saludo.
—Phil.
Coulson miró hacia donde se encontraban sentados los invitados.
—Gracias por invitarme. No me lo hubiese querido perder por nada del mundo.
Clint asintió varias veces con la cabeza, bajando la mirada.
—De nada —le respondió con parquedad—. La verdad es que, sabiendo que… sabiendo que estás vivo, quería que estuvieses con nosotros.
Una sonrisa apareció en el rostro del nuevo director de SHIELD. Clint lo miró de frente.
—Phil, siento mi reacción del otro día en el hospital. Debí… debí alegrarme porque estuvieras vivo en lugar de auto compadecerme por lo que me sucedió. Supongo que no nos contaste nada de lo que sucedió porque no podías hacerlo —soltó de sopetón.
Coulson apretó los labios y asintió.
—Olvidemos eso, ¿quieres? Ahora es momento de estar felices —le dijo mientras apoyaba su mano sobre el hombro de Clint—. Me alegro enormemente por ti y por Romanoff.
Clint le sonrió con afectuosidad.
—Gracias —le dijo, para después abrazar al hombre que había sido, y para él seguía siendo, uno de sus mejores amigos. Coulson le correspondió el abrazo, palmeando suavemente su espalda. Unos instantes después, el agente se separó de él y, con un gesto contenido, señaló sobre su hombro en dirección al lugar en donde los invitados estaban tomando asiento.
—Voy a sentarme. May está deseando hablar con Nat después. Hace mucho tiempo que no se ven.
Con un gesto que denotaba seguridad, Clint asintió.
—De acuerdo.
Antes de dar un paso, Coulson colocó una mano sobre su antebrazo.
—Felicidades, Clint.
Sonriendo, Clint siguió con la mirada a su amigo. Su última conversación con Coulson le había dejado un regusto agridulce que había estado deseando eliminar. Se sentía feliz por haber podido arreglar las cosas entre ellos finalmente.
Tomó aire y paseó de nuevo la mirada por las filas de asientos. Había un hombre de color al que no conocía, con grandes gafas de sol y una perilla, que hablaba con Steve. Coulson había llegado hasta donde se encontraba la agente May, quien le sonrió con amabilidad cuando se sentó junto a ella. También vio al chófer de Tony, Happy, que estaba más pendiente de quién entraba por la puerta que de la ceremonia que se iba a celebrar. A lejos, Pepper apareció por el pasillo alfombrado de rojo que habían dispuesto entre los asientos, con paso apremiante. La mujer tocó el brazo de Steve y, con un suave gesto, le indicó que subiera a la tarima, para colocarse junto a Clint.
Steve se acercó a él hasta que sus brazos casi se rozaron.
—¿Tranquilo? —le preguntó disimuladamente, sin mirarlo y sin dejar de sonreír ni un solo instante.
Clint hizo un gesto confuso con la cabeza que ni él supo qué significaba.
Por el lateral de la tarima apareció el hombre al que Tony había escogido para celebrar la ceremonia, un hombrecillo delgado y no muy alto, con una sonrisa que era más amplia que su propio rostro, ya curtido por los años y las arrugas. Unas grandes gafas cuadradas de montura metálica y cristales tintados sobresalían por encima de sus pómulos. Llevaba el pelo blanco bien peinado hacia atrás y un traje azul de dos piezas que le estaba bastante holgado. Subió a la tarima y dio palmas, mirando a Clint.
—¿Qué, hijo, estás preparado? —preguntó con júbilo.
Clint lo miro y asintió, convencido.
—Sí. Cuando quiera—. Tomó aire antes de mirar hacia donde se encontraba Pepper, al fondo del pasillo, y asentir.
La mujer se giró e hizo una seña a alguien que Clint no pudo ver. Una música suave comenzó a sonar y Clint miró a su alrededor. Steve se había apostado tras él, a unos pocos pasos de distancia. El Capitán le sonrió ampliamente y le guiñó un ojo, cómplice. Clint le respondió con un cabeceo y regresó la mirada hacia el pasillo alfombrado.
Al fondo, por la puerta que daba al interior de la Torre, apareció Tony recreándose con cada paso que daba. Atravesó el pasillo, saludando a derecha e izquierda con cortesía y una enorme sonrisa a todos los congregados. Cuando llegó hasta la tarima, se acercó a Clint.
—Romanoff quería que llevara un ramo de flores. He salido pitando antes de que me endosara uno.
Clint miró a su amigo, que se colocó frente a él, a la derecha del anciano celebrante.
Entonces, la música cambió y Natasha salió de la Torre en dirección a la tarima.
Creyó que había olvidado cómo se respiraba cuando la vio, acercándose con paso calmado. Sus miradas se encontraron en la distancia y ya no pudo retirar los ojos de ella, ni Natasha hizo ningún intento por dejar de mirarlo. Si antes había estado sólo un poco nervioso, ahora su estómago había comenzado a dar saltos mortales dentro de su abdomen.
Extrañamente, Clint pensó en su trabajo como espía y agente de SHIELD y en cuántas miles de flechas había disparado en su vida; flechas que habían sabido mantenerlo a salvo, cada una de las cuales había sido importante en su momento. Sin embargo, se sentía como si estuviese a punto de disparar la flecha más importante de todas.
Creyó por unos momentos que su corazón había dejado de latir para, de repente, bombear con fuerza dentro de su pecho.
Natasha caminaba lentamente y él se recreó en mirarla. Sostenía una única flor blanca, de tallo largo, que era igual a la que él llevaba en la solapa de su chaqueta aunque de mayor tamaño. El vestido, largo y del color de las burbujas del champán, se adaptaba a cada curva de su cuerpo como un guante. El suave tejido flotaba a su alrededor a cada paso que daba, y los rayos de sol del atardecer le arrancaban brillos más intensos. Los estrechos tirantes que cubrían sus hombros dejaban al descubierto su pálida piel y el nacimiento de sus senos. Había recogido su pelo de manera casi informal y algunos mechones se habían escapado, acariciando su cuello. En él, llevaba una única joya: la cadena de plata con la flecha que él le regalara. Clint no recordaba haberla visto tan hermosa como en ese momento.
Sin deshacer el lazo que se había establecido entre sus miradas, Natasha llegó hasta el pie de la tarima. Clint se apresuró a bajar de ella y le tendió la mano. Natasha la tomó con una radiante sonrisa en sus labios, apretándola con fuerza. Sin poder contenerse, Clint la besó con ansia.
—Muchacho, creo que aún no es el momento de besar a tu novia —oyó decir al anciano que iba a oficiar la ceremonia.
Clint se separó a regañadientes para clavar los ojos en Natasha. Ella le respondió, divertida, alzando una ceja y con un frunce de los labios. Clint miró de reojo hacia el hombre sobre la tarima para volver su atención inmediatamente a Natasha.
—¿Qué tal? —le preguntó ella en voz baja, sólo para sus oídos.
Él le sonrió.
—Creo que me he quedado sin palabras —le dijo inclinándose hacia ella para susurrarle al oído.
Una mirada traviesa apareció en los ojos de la que pronto iba a ser su mujer.
—Será la primera vez que te deje mudo, Ojo de Halcón.
Clint asintió con convicción.
—Siempre hay una primera vez para todo. Además, puedes volver a hacerlo cuando quieras, prometo no quejarme.
Clint se alejó un paso de ella sin soltar su mano y ambos subieron a la tarima. Por el rabillo del ojo puedo ver cómo tanto Tony como Steve contenían una amplia sonrisa. Entonces, Natasha le tendió a Stark la flor que conformaba su ramo de novia. Stark arrugó el ceño y la tomó con reticencia. Fue el momento de Clint y Natasha para sonreír.
—Muy bien, es hora de comenzar, ¿os parece? —dijo el celebrante con una cálida y amplia sonrisa en su ajado rostro.
No estaba muy seguro de estar escuchando las palabras de aquel vivaracho anciano, que se dirigía a ellos alternativamente con una enorme sonrisa. Clint sólo tenía ojos para Natasha, y la Torre tendría que caerse a pedazos para que él dejara de mirarla.
La mano de Nat aún estaba entre las suyas, sujetándolo con fuerza, sintiendo su calor y su firmeza, como un ancla que lo mantenía pegado al suelo. Le acarició despacio los nudillos con su pulgar y ella giró un poco la cabeza hacia él, con una mirada llena de promesas que él sabía que cumpliría.
—Bien, queridos, es hora de tomar vuestros votos —dijo el juez de paz. Se irguió y miró a uno y a otro alternativamente hasta que sus ojillos recayeron en Clint.
—Clinton Francis Barton, ¿quieres…?
Clint levantó ligeramente una mano para detener al hombre. Notó cómo la mano de Natasha se tensaba entre la suya.
—Un momento.
Natasha giró la cabeza hacia él con un rápido giro.
—¿Clint? —la oyó preguntar con un tinte de inseguridad en su voz.
Él se giró hacia el hombre y alzó la barbilla.
—He… he escrito mis votos. ¿Puedo…?
El anciano asintió con vigor.
—Adelante.
Natasha se giró hacia él, con una expresión de no comprender absolutamente nada dibujada en su rostro. Clint se colocó frente a ella para poder mirarla a los ojos. Tomó su otra mano y, juntas, las llevó hasta él, posándolas sobre su pecho.
—Tasha, no ha sido fácil llegar hasta aquí —comenzó diciendo, olvidando a todos los que estaban a su alrededor, sin importarle que lo estuvieran escuchando. Había escrito aquellas palabras para Natasha la noche anterior, mientras ella dormía a su lado, y era el momento de que ella las oyera— Miro hacia atrás y veo por cuánto hemos pasado; todos esos buenos y malos momentos. Y aunque los malos puede que hayan sido los más recurrentes en nuestras vidas desde que nos conocimos, han sido los buenos los que me han hecho seguir hacia adelante. El saber que pese a todos esos días que no sabía si iba a seguir vivo y todas las noches en algún lugar lejano, me sostenía el pensar que tú me esperabas y aguardabas a que regresara. Que aunque estuviéramos a medio mundo de distancia, tú estarías ahí si yo te lo pedía, como un constante susurro en mi oído. Y eso me ha dado fuerzas durante todo este tiempo, Nat. Quiero ser también ese susurro que te sostenga en las horas difíciles, que te dé fuerzas cuando creas que no las tienes y que te cuide cuando las cosas se pongas feas.
En todo aquel tiempo, no había dejado de mirarla ni un solo instante. Los ojos de Natasha brillaban, fijos en él. Tenía los labios apretados y veía cómo su pecho subía y bajaba con cada respiración que daba. Le apretó de nuevo las manos para agregar:
—Te quiero, Nat. ¿Quieres ser mi mujer?
Sin esperarlo, Nat se soltó de sus manos; rodeándole el cuello con sus brazos, lo atrajo hacia ella y lo besó. Las manos de Clint se cerraron automáticamente en la cintura de Natasha.
—Eso es un poco más tarde, querida —oyó decir al hombre que los estaba casando. Natasha se separó de él y dio un paso atrás.
—Lo siento —respondió Nat, dirigiéndose hacia el hombre con cierta timidez que a Clint le pareció encantadora. Aquello hizo que su corazón se derritiera un poco más.
El celebrante carraspeó y ambos giraron la vista hacia él.
—Es tu turno —le dijo dirigiéndose a Natasha—. ¿Quieres hacerlo de la manera tradicional o vas a darle la réplica a tu novio?
Natasha se giró de nuevo para mirarlo.
—No me lo has puesto nada fácil —señaló ella con una mueca en sus labios. La vio tomar aire y asentir—. Es cierto, tú lo has dicho: las cosas no han sido sencillas. Pero aquí estamos. Tú me complementas, Clint. Haces que todo lo pasado merezca la pena sólo por haber llegado hasta aquí. Quiero estar cerca de ti cuando mires sobre tu hombro, quiero sostenerte en esas horas difíciles y que tú me sostengas a mí. Y quiero estar junto a ti cuando las cosas vayan bien. Sólo quiero estar contigo.
Las manos de Clint volvieron a buscar las de Natasha y las apretó con fuerza, porque temía que, si no estaba sujeto a ella, si no la tocaba, podría pensar que aquello era el más dulce sueño que jamás había tenido.
Y, entonces, ella continuó:
—Te quiero, Clint. ¿Quieres ser mi marido?
—¡Ah, nada de besos ahora! —se adelantó el anciano antes de que pudiese acercarla hasta él y besarla. Cuando estuvo seguro de que ambos iban a hacerle caso, el hombre sonrió plenamente—. Muy bien, y después de estas bonitas palabras, pasemos a los anillos.
Clint vio cómo Steve le entregaba al hombre las dos sencillas bandas de oro blanco. El anciano las recibió con una sonrisa y, acto seguido, le tendió a Clint el anillo más pequeño.
—Clint, ¿quieres a Natasha como tu mujer…? —comenzó preguntando el juez de paz. Clint no le dejó finalizar.
—Sí, quiero —contestó con su mirada clavada en la de Natasha.
Sintiendo que el pulso le traicionaba, Clint deslizó el anillo en el dedo de Natasha, que se ajustó a la perfección. Entonces, Natasha recibió el que ella debía entregarle.
—Natasha…
Ella alzó una ceja al mirar al anciano; era un gesto que era tan suyo que Clint tuvo que sonreír. El hombre no pudo proseguir pues ella se adelantó a ofrecer su respuesta.
—Sí, quiero.
Le tomó la mano izquierda y le colocó el anillo en su dedo anular. Antes de que ella pudiese retirarla, la tomó de la mano y entrelazó sus dedos con los de ella. Ambos giraron la cabeza al unísono hacia el juez de paz.
—Por el poder que me ha conferido el estado de Nueva York, yo os declaro marido y mujer. Ahora sí que podéis besaros.
La mirada de Clint recayó en la de Natasha al instante. Con una enorme sonrisa, que amenazaba con dejarle los músculos del rostro entumecidos, Clint se acercó hasta ella, la atrapó entre sus brazos con fuerza y la besó. Los brazos de Natasha lo atrajeron hacia ella y no le importaron ni los vítores ni las palmas que prorrumpieron en la terraza de la Torre Vengadores.
La vio cerrar la última maleta y colocar los brazos en jarras, como si se estuviese asegurando de que tenía todo bajo control. Natasha le había dicho que no estaba dispuesta a pasar su luna de miel con una única maleta como equipaje, que ya era suficiente soportar eso cuando no tenía más remedio al salir para una misión. Así que dos bultos repletos con sus ropas estaban aguardando a que los bajaran de la cama para emprender viaje hacia el aeropuerto.
Sobre el mueble de su dormitorio descansaban los pasajes que habían comprado para China, junto con sus pasaportes y las reservas del hotel en Beijing. Quería regresar allí, quería ver aquel país sin tener que recorrer sus carreteras a toda prisa, seguidos por unos matones que querían matarlos, y darle las gracias en persona a Yeung y su familia por haberle ayudado cuando más lo necesitaba. Además, le había parecido un país digno de visitar con calma y Natasha creyó que era una buena idea.
Se acercó hacia ella y la agarró desde atrás, tomándola por la cintura. Apoyó la barbilla sobre el hombro de Natasha y susurró a su oído.
—¿Qué tal va todo? —le preguntó en voz baja, besándola en el cuello, bajo la oreja.
Sintió cómo el cuerpo de ella se reclinaba sobre él y se relajaba automáticamente.
—Todo listo. Deberíamos salir en una hora. No sé cómo va a estar el tráfico hasta el aeropuerto.
La besó de nuevo, despacio, y la escuchó suspirar antes de que volviese a hablar.
—Tony me preguntó por qué habíamos querido ir en una línea regular. Que él nos hubiese dejado su jet para…
Los brazos de Clint la atrajeron más hacia él, pegándola todo lo posible a su cuerpo. Le acarició el vientre y el estómago, y sus manos subieron por sus costillas hasta acariciarle la parte baja de sus pechos.
Natasha se inclinó más sobre él, alzando los brazos y rodeando su cuello.
—Clint, vamos a llegar tarde al aeropuerto. Para o…
Sonrió mientras le soplaba en el lugar en donde la había besado. Natasha se estremeció entre sus brazos.
—Muy bien —le dijo Natasha mientras se deshacía de sus zapatos de un puntapié—. Llama a Tony y pídele el avión prestado. Creo que vamos a perder ese vuelo.
De la garganta de Clint salió una carcajada genuina que no pudo evitar. Natasha se giró entre sus brazos y, sonriéndole con una expresión de absoluta felicidad dibujada en el rostro, atrapó sus labios con fiereza.
China podía esperar unas horas más.
FIN
N/A: Muchas gracias a todas esas personas que han ido leyendo el fic y que me han dejado algún comentario. No imagináis lo mucho que significa para esta humilde ficker 333
A todos, espero que os haya gustado y gracias por leer y acompañarme.
Marion.
