II
Siglo XIX

Era difícil discernir su entorno. El suelo parecía estar cubierto con un material ligeramente áspero y frío. Su visión se hizo cada vez menos borrosa conforme pasaban los segundos. Trató de ponerse de pie, pero su cabeza dio vueltas y se quedó como estaba, de espaldas en el suelo.

Pasaron otros cinco minutos para que pudiera ponerse de pie sin hacer eses. Estaba oscuro. Apenas podía discernir las otras dos figuras que todavía estaban tiradas en el suelo. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, notó, para su alivio, que nada había salido horriblemente mal.

Pero la oscuridad le causaba inquietud.

Recordaba que hace minutos atrás era de día. Recordaba estar metida en un extraño campo temporal antes de perder el conocimiento. Se podía considerar afortunada de no haber muerto como aquel pobre científico, pero seguía desconcertada por el hecho que era de noche. Luego, divisó unas pequeñas luces que sólo podían provenir de una ciudad y se dio cuenta que estaba en medio del campo, y que el material áspero y frío era pasto. Casi a tientas, movió a Luna y a Ginny para que despertaran, aunque eso no hizo falta.

—Ya estamos despiertas —gruñó Ginny, quien sentía unas ganas abrumadoras de vomitar—. No me muevas o te voy a manchar la blusa con el desayuno.

Luna, por otro lado, se había puesto de pie sin ayuda.

—¿Cómo anocheció tan rápido?

—Eso es lo que quiero averiguar —repuso Hermione, quien no podía esperar un segundo más para irse a algún lugar con luz—. Ginny, no tenemos todo el día... digo... toda la noche.

—Tengo el estómago revuelto —se quejó Ginny, pero se puso de pie de todas formas. Luego, un desagradable sonido de salpicadura le dijo a Hermione que Ginny acababa de esparcir el desayuno sobre el pasto.

—¿Necesitas aligerar más carga?

—Tengo la boca amarga, pero creo que me siento algo mejor —dijo Ginny con cierta dificultad.

El trío tardó una hora en llegar a la ciudad pero algo no andaba bien. No era necesario siquiera puntualizar que no había edificios, ni centros comerciales ni nada que luciera remotamente moderno.

—Bien —dijo Hermione, mirando a su alrededor como si no pudiera creer lo que estaba viendo—. Una de dos: o estamos en el rodaje de alguna película o, de algún modo, llegamos a la Inglaterra Victoriana.

—¿Qué mierda es una película? —quiso saber Ginny débilmente.

—Es una... digamos... representación audiovisual de alguna escena, real o ficticia. Los muggles ven eso a modo de entretención. —A Hermione le parecía increíble que Ginny estuviera más preocupada de lo que era una película que del hecho de haber viajado más de cien años hacia el pasado.

—Pues yo creo que estamos en una película —dijo Ginny como si eso zanjase la cuestión.

—Por lo que he leído sobre esta época... creo que estamos en Whitechapel—. Cuando Ginny y Luna miraron con curiosidad a Hermione, ella agregó—. Ya saben, el East End, Jack el Destripador...

Pero sólo Luna fue capaz de hacer la asociación. O así pareció.

—¿No es ese el tipo feo de las garras y que usaba un sombrero?

Hermione rodó los ojos.

—No, Luna. Ese es Freddy Krueger.

—Entonces no sé quién es.

Hermione parecía pensativa.

—Siempre he querido saber si eso de Jack el Destripador es un mito o un hecho. —Hermione se quedó en silencio, pensando en si había llegado en el año correcto—. Tiene que haber algún periódico en este tiempo, algo que me diga si los asesinatos ya ocurrieron o están por suceder.

Tal parecía que Hermione era la única que sabía lo que estaba haciendo, porque Ginny y Luna la seguían como si fuesen un par de perros particularmente leales. Obviamente, el desconcierto de saber, o al menos tener la sospecha, que las tres estaban metidas en uno de los barrios más pobres y sucios del Londres Victoriano, no se había desvanecido. Ginny sentía un olor a estiércol y a orina y a carne en descomposición, y estuvo a punto de vomitar la cena del día anterior. Luna sentía curiosidad por la forma en que se vestía la gente de ese tiempo, pero aún no había desestimado por completo la teoría del estudio de cine.

—Mmm... 29 de julio de 1887 —murmuró Hermione para sí misma—. Falta un año para que se encuentre la primera víctima.

A Ginny se le cayó el alma a los pies. Luna seguía mirando a los transeúntes como si fuesen ejemplares de alguna especie en peligro de extinción, aunque sí abrió los ojos más de la cuenta.

—¿Un año? ¿Y cómo nos iremos?

—Tenemos que encontrar el Ministerio de la Magia —dijo Hermione, haciendo señas a sus dos compañeras para que la siguieran—. Estoy bastante segura que existía en la Inglaterra Victoriana. Allá sabremos qué hacer... aunque nos costará un poco de trabajo convencer a los magos de este tiempo que venimos del futuro.

—Yo pienso que deberíamos mezclarnos —sugirió Luna—, ya saben, mientras hallamos una forma de volver a nuestro tiempo.

—Sí, y unas identidades falsas nos vendrían de perlas.

—No creo que haya necesidad de hacerlo —dijo Ginny después de una larga diatriba mental que concluyó en una amarga resignación—. Nadie sabe quiénes somos en verdad. Basta con que nos consigamos ropas de la época y asunto arreglado.

Cinco minutos más tarde, Hermione, Ginny y Luna eran tres mujeres de la época, ataviadas con vestidos que no llamaran mucho la atención o que fuesen demasiado ostentosos. La gente pobre de Whitechapel no tenía una muy buena opinión del statu quo en esos tiempos... como si alguna vez se tuviera una buena opinión de ellos.

No fue difícil hallar una posada en el lado mágico del distrito. El dueño era un hombre alto y barbudo que hacía imaginar por momentos a Hagrid, incluso por la expresión de su cara.

—Buenas noches, señoritas. ¿Buscan alojamiento?

—Si tiene tres piezas —dijo Hermione tentativamente.

—Solamente tengo dos. Afortunadamente, nuestras habitaciones tienen baño privado y agua caliente, no como esas letrinas hediondas que usan los muggles para hacer sus... cosas. ¿Llevan equipaje?

—Ehh... no, nada.

—Entonces aquí tienen sus llaves —dijo el dueño alegremente—. Son quince Sickles la noche, aunque si planean quedarse más tiempo, puedo hacerles un precio mensual de veinticinco Galeones por habitación.

Hermione consultó su afamada e infalible bolsa extensible y le tendió unas cuantas monedas doradas al dueño de la posada.

—Pero... pero esto es suficiente para tres meses —farfulló el dueño, apenas atreviéndose a creer que semejante cantidad de dinero podía estar junta en un sólo lugar.

—Lo sé —dijo Hermione con una sonrisa—. Suficiente tiempo para encontrar un trabajo y comprar una propiedad.


La predicción de Hermione se hizo realidad dos semanas antes de tiempo.

Por extraño que pudiera parecer, Luna había sido la primera en encontrar un empleo. Trabajaba cuidando animales mágicos en un zoológico mágico y, a juzgar por las apariencias, era un trabajo que no muchos magos querían hacer. Al parecer, tener como amigo a Rolf Scamander había rendido sus frutos.

—Lo único que lamento es no poder darle las gracias —dijo Luna mientras daba de comer a un hipogrifo. Hermione estaba realmente sorprendida por la habilidad de Luna para calmar animales salvajes y, más que nunca, lamentó haberla llamado "Lunática" tantas veces. Ginny, mientras tanto, había acabado con los trámites de adquisición de la vivienda (estaba a su nombre) pero, a diferencia de Hermione, aquella cualidad de Luna no le era foránea para nada.

—¿Qué puedo decir? Rolf es un buen maestro.

Hermione recordó la vez que vio a Rolf y a Luna paseando por un parque y frunció el ceño—. ¿Y qué hay de ustedes? ¿Están juntos?

—Digamos que no es mi tipo —repuso Luna, quien había acabado con su labor y encaró a Hermione y a Ginny con una sonrisa sincera. Hermione, sin previo aviso, se sintió extraña. Casi podía jurar que Luna había mirado brevemente en su dirección cuando terminó de hablar.

—Pero él parecía mirarte bastante —insistió Hermione. No obstante, Luna hizo un gesto con la mano como si el hecho careciese de importancia.

—Sí, pero no como alguien que se siente atraído por mí. Además, todos sabemos que yo no soy atractiva. —Luna dijo todo eso como si estuviera hablando de alguien más.

—Claro que lo eres —dijo Hermione, sin pensar en lo que había salido de su boca. Cuando se dio cuenta de cómo había sonado, se apresuró a añadir—. Hallarás a alguien que se vuelva loco por ti. Ya lo verás.

—Hermione tiene razón —añadió Ginny alegremente—. Dale tiempo al tiempo.

Luna compuso una expresión inquisitiva en su rostro por el más breve de los momentos antes de dirigirse a una jaula que contenía un escarbato que había sido maltratado por su anterior dueño.

—No me importa no ser atractiva —dijo Luna distraídamente mientras buscaba entre sus utensilios alguna pócima para curar heridas—. De todas formas, si brillas mucho en el exterior, nadie podrá ver lo que hay en tu interior.

Tres horas más tarde, Luna ya había terminado con el trabajo del día y acompañó a sus dos amigas a la que sería su nueva casa en el siglo XIX. Hicieron una pequeña parada en una mueblería para comprar decoraciones, cuando vieron a una mujer llamando con la mano a un transeúnte, mostrando buena parte de sus piernas. Hermione sabía que el distrito de Whitechapel en esos tiempos se caracterizaba por sus burdeles y, por supuesto, por la prostitución. La vida muggle durante la época victoriana era como un caleidoscopio económico y social, donde los ricos vivían en grandes casas adornadas pomposamente y los pobres se revolcaban en la mierda y sobrevivían de acuerdo a la ley más antigua de la naturaleza. Poco consuelo le daba a Hermione que los gérmenes más agresivos en el mundo muggle fuesen completamente inocuos para los magos; le apenaba ver que el mundo mágico viviese en una condición social tan brutalmente distinta.

—Bueno, hogar dulce hogar —dijo Ginny, abriendo la puerta a Hermione y Luna en un gesto apropiado para un caballero—. Solamente tiene dos habitaciones, por lo que alguien va a tener que dormir acompañada.

—Por mí no hay problema —dijo Luna como si no hubiera otra cosa mejor que compartir dormitorio con otra persona—. Pero no sé con quién dormiré.

Dos minutos después, gracias a la versión mágica del piedra-papel-tijera, Hermione acompañó a Luna hacia el segundo piso. Había una razón por la que ella se sentía incómoda al respecto, y no tenía nada que ver con la excentricidad de su nueva compañera de cuarto. Sin embargo, la habitación que ambas iban a ocupar era la más grande. Había espacio suficiente para que ninguna de las dos sintiera su privacidad invadida, por cualquier razón.

—Te noto tensa —observó Luna, quien se había sentado a la turca sobre su propia cama, mirando cómo Hermione desempacaba sus cosas y las ordenaba en su respectivo armario—. ¿Necesitas un masaje?

—No, no... gracias, Luna —dijo Hermione, tratando de no sonar demasiado a la defensiva—. Estoy bien.

—No, no estás bien —contradijo Luna, mirando inquisitivamente a Hermione—. Te molesta compartir esta habitación conmigo. Piensas que voy a aburrirte hablando de cosas que sabes que no existen o que te parezcan estupideces sin lógica.

Y está eso también agregó Hermione en su interior. La franqueza de Luna era la cualidad que más le ponía incómoda, pues era como si ella pudiese leer sus pensamientos o intenciones. Y, pese a que llevaba años conociéndola, jamás dejaba de sorprenderla, a veces para mal y otras para bien.

—Me acostumbraré —dijo Hermione lacónicamente.

Luna no dijo nada por un buen rato. Se quedó mirando a Hermione directamente a los ojos, lo cual la puso incómoda nuevamente.

—Eres una buena persona, Hermione —dijo Luna, quien se puso de pie y puso una mano sobre el hombro de su amiga—. Trataré de hacer que te sientas bien aquí.

—Gracias —murmuró Hermione, deseando que Luna sacara su mano de su hombro. Para su sorpresa, ella lo hizo, frunciendo levemente el ceño—. Yo... trataré de no ser tan dura contigo.