III
Indicios
Diez meses en el Londres victoriano podían ser diez meses de perro si uno no pertenecía a aquel periodo. Bueno, para Ginny lo fue, pues, de algún modo, había conseguido un trabajo en el Ministerio de la Magia como Auror, o como se llamasen a los cazadores de magos tenebrosos en esa época. Tal vez algún funcionario la vio defendiéndose de algún delincuente que buscaba apoderarse de sus pertenencias y notó que ella tenía habilidades de combate que podían ser útiles para el Departamento de Seguridad Mágica. Lo malo era que, en ese tiempo, Ginny no podía usar el hechizo de su elección, pues varios de ellos no se habían inventado aún. Sus colegas quedaban mudos de espanto cada vez que lo hacía y, desafortunadamente, esa era la única forma de saber cuáles eran.
Hermione, por otro lado, había postulado como sanadora y consiguió el trabajo sin ninguna complicación. Por supuesto, ella sabía cuáles pócimas y encantamientos podía usar y cuáles no, pero aun así, había demostrado una vez más que ella era una de las brujas más inteligentes de su generación.
Sin embargo, lo que más había cambiado era la relación entre Hermione y Luna. Pese a que ambas eran amigas desde que estudiaban en el colegio, había cosas que Hermione no podía soportar de Luna. Ella siempre había desacreditado los "desvaríos" de Luna en cuanto a las cosas que creía o en la existencia de algo que se suponía que no podía existir. Sin embargo, gracias a ella, Hermione había aprendido a pensar de forma poco convencional, a salirse de los parámetros de su propio raciocino y explorar posibilidades que jamás había considerado antes. Y, gracias a ello, Hermione y Luna eran muy unidas, cosa que antes de ese viaje temporal no habría sido posible.
Un día, Hermione tenía turno libre en el hospital y decidió visitar a Luna en su trabajo. Habría ido a ver a Ginny, pero ella estaba enfrascada en un caso bastante peliagudo y una distracción habría causado más mal que bien.
—¡Hola, Luna!
—¡Hermione! Pensé que ibas a ver a Ginny. —Luna lucía sinceramente sorprendida por la presencia de su amiga en el zoológico mágico.
—Lo sé, pero no creo que sea inteligente interrumpirla.
—Entiendo —dijo Luna mientras limpiaba el excremento de un hipogrifo particularmente violento—. ¿Y cómo va tu trabajo?
—Mi jefa quiere aumentarme el sueldo —respondió Hermione como si no quisiera hablar de ello—. No es que no sienta que lo merezca, pero...
—Crees que es injusto que ganes más que yo, lo entiendo —dijo Luna, acercándose al animal y mirándole directamente a los ojos, todo eso mientras extendía sus dos manos—. No escogí este trabajo por ser el más lucrativo, ¿sabes? Lo escogí porque es el que más me gusta. Me gustar cuidar de las cosas que se mueven y crecen y, hasta donde tengo entendido, ese es tu trabajo también.
—Lo sé —dijo Hermione, aunque no podía evitar sentirse un poco apenada por Luna, aunque sabía que no debía hacerlo—. Es que pienso que mereces mucho más que esto. ¿Sabes? He estado pensando en cómo te molestaban en el colegio y en que yo también lo hice. Estos últimos meses he descubierto más de ti que en los años que llevamos siendo amigas. —Hermione observó con asombro que ella no había tenido la necesidad de inclinarse para calmar al hipogrifo, quien se dejaba acariciar por Luna, cerrando los ojos y haciendo ruidos agradables—. Es una lástima que haya tenido que viajar en el tiempo para apreciarte como realmente eres.
Luna miró a Hermione directamente a los ojos, como tratando de descubrir una mentira.
—Eres muy amable, Hermione —dijo Luna—, pero no creo que estés siendo completamente honesta conmigo.
Hermione tragó saliva. No podía imaginar a qué se estaba refiriendo Luna con sus palabras, pues lo que había dicho era completamente cierto. Aquel pensamiento poco convencional, cortesía de Luna, le había ayudado a curar enfermedades que parecían incurables.
—No-no sé a qué te refieres.
Luna sonrió.
—Por favor, Hermione. ¿Crees que no noto cómo me miras? Sospechas algo de mí, pero te da miedo decírmelo. No me voy a ofender, ¿sabes?
Así que eso era. No sabía si sentir sorpresa o miedo sobre lo observadora que era Luna. Sin embargo, esa no era la primera vez que tenía esas sospechas sobre su amiga. No haber salido jamás con un chico era un buen motivo para hacerlo. Y lo más raro era que, cada vez que Ginny trataba que Luna tuviera una cita con alguien, siempre decía que no era su tipo. Podía ser que, simplemente, Luna fuese demasiado idealista —o exigente— en cuanto a encontrar pareja, porque la alternativa era simplemente desconcertante.
—Es que... bueno... jamás has tenido pareja en tu vida...
—Claro que he tenido pareja —contradijo Luna con serenidad.
—Pero Ginny dijo que jamás te ha visto con un chico.
—¿Y quién habló de un chico? —dijo Luna con una calma que Hermione era incapaz de sentir. Entonces, aquello explicaba esas miradas furtivas y esas sonrisas tan sutiles que detectaba cada vez que conversaba con ella y aquella extraña ausencia de hombres en su vida.
—Entonces... eres...
—Sí, lo soy —completó Luna como si el asunto fuese un dilema casero apenas relevante—. Desde que cumplí veinte.
Pero Hermione no se iba a quedar con eso. Quería saber por qué, por qué una chica como Luna tomaría ese camino sin haber probado de la forma normal primero. Al parecer, la obsesión de Hermione por saberlo todo no se limitaba a libros o a la academia. Luna era un rompecabezas, y ahora que era más cercana a ella, sentía curiosidad por ella, por cómo era, qué la hacía ser lo que era, entre otras cosas.
—¿Y no te molesta lo que otras personas podrían decir?
—Los magos son más tolerantes que los muggles al respecto —dijo Luna despreocupadamente—. Y jamás me importa lo que digan los demás. Imagino que tú lo sabes mejor que nadie, dado que todavía no crees que los Snorkacks de Cuernos Arrugados en efecto existan. Y yo sigo insistiendo en que existen.
Pero a Hermione poco o nada le importaban los Snorkacks de Cuernos Arrugados en ese momento. Todos sus pensamientos estaban enfocados en entender el nuevo giro que había tenido su concepto de lo que era Luna.
—Pero... pero nunca me dijiste algo sobre esto —dijo Hermione, sintiendo una profunda incomprensión. Le desconcertaba que Luna se tomara el asunto tan a la ligera—. ¿Por qué ahora?
Luna se tomó su tiempo para contestar. Habría sido completamente sincera si estuviese conversando con Ginny o con cualquier otra persona, pero con Hermione no podía hacerlo. Era... complicado. Requería explicar muchas cosas y no tenía tanto tiempo para pláticas largas.
—¿Recuerdas esa reunión que tuvimos con Ginny el año pasado, cuando ocurrió esa epidemia de spattergroit?
—¿Esa en la que hablamos sobre nuestros chicos ideales?
—Aparte de otras cosas —dijo Luna con una pequeña sonrisa de reminiscencia—. ¿Recuerdas que dije que no había encontrado a mi pareja ideal todavía?
—Recuerdo que tu concepto de pareja ideal era un poco extraño —dijo Hermione, mirando a Luna como si ella hubiese sufrido alguna clase de metamorfosis—. Bueno, ahora ya no me lo parece tanto.
Luna volvió a quedarse en silencio, como si ponderara cuánto decir. Hermione la miraba inquisitivamente, como si tratara de descubrir algo oculto en algún túnel oscuro.
—Pues... creo que la he encontrado.
Eran seis palabras, seis míseras palabras que cambiaron por completo la historia entre las dos. Hermione entendió que Luna se estaba refiriendo a ella pero, cuando trató de responder, de decirle que lo suyo no era ni remotamente posible, su garganta se contrajo. No era capaz de decirle algo así a Luna, no de la forma en que tenía planeado hacerlo. Reconoció que estaba interesada en ella, pero como una amiga, sólo como una amiga y nada más. Pero Luna era una chica intrigante, una chica que no pensaba como la gente normal y que creía en cosas que cualquier persona cuerda tacharía de ridículo o incoherente. Era, en resumen, un misterio.
—No... no sé qué decir —musitó Hermione, desconcertada y aturdida por darse cuenta que alguien como Luna estaba interesada en ella.
—Pues no digas nada —repuso Luna con una sonrisa de compasión—. Habla solamente cuando sepas exactamente qué decir.
Hermione asintió por toda respuesta.
—¿Te parece si nos vemos en la casa después del trabajo? —sugirió Luna, cuidando de no pisar el suelo, que estaba lleno de excremento de animales varios—. Te prometo que hablaremos de esto siempre y cuando te sientas con ánimos de hacerlo.
No había caso. Luna siempre conseguía sorprenderla.
—No me van a creer cuando sepan lo que tuve que hacer para atrapar a ese maldito energúmeno —narraba Ginny a sus dos oyentes—. Perseguí a este sujeto por un río de mierda, a través de unos malditos tejados y lo atrapé en un establo lleno de condenados caballos. Hechizó a los caballos para que me atacaran, ¿pueden creerlo?
—Pensé que no se podía controlar animales con el maleficio Imperius —dijo Hermione, frunciendo el ceño.
—Eso es porque nadie lo ha intentado antes —opinó Luna, quien, por alguna razón, lucía entusiasmada con el cuento de Ginny.
—Pues este bastardo no tenía nada que perder y lo hizo —continuó Ginny como si tuviera prisa por hacer algo—. Menos mal que no tuve la necesidad de matar a esos pobres animales. El muy imbécil se encerró solo en el gallinero y lo aturdí.
—Pues muy buen trabajo, Ginny —alabó Hermione, aplaudiendo teatralmente junto a Luna—. Deberían nominarte a Trabajadora del Mes.
—O del año —exageró Luna. Ginny se puso colorada.
—Por favor, no fue para tanto —dijo Ginny como restándole importancia—. Ahora, si me disculpan, tengo que tomar una ducha. Ya saben, por el río de mierda.
Ginny se puso de pie e iba a dirigirse al baño, cuando recordó una conversación que había escuchado entre un par de Aurores.
—Ah, Hermione. Encontraron un cuerpo en Buck's Row. Pensé que te interesaría.
Buck's Row. Esa, recordó Hermione, era la calle en la que había sido hallado el cadáver de la primera víctima conocida de Jack el Destripador.
—¿Y la policía está en el lugar?
—Según los Aurores, no. Ya sabes que los muggles no se caracterizan por su prontitud.
Hermione agradeció a Ginny por la información e iba a salir de la casa cuando se detuvo en seco. Apenas fue consciente que Luna la estaba mirando con una expresión incierta en su rostro. Había olvidado que le debía una conversación, pero el misterio de si Jack era un hecho histórico o no era más atrayente que cualquier otra cosa.
No tenía forma de saber que, muy pronto, se comería sus propias palabras.
