V
Miedo

La semana había pasado sin mayores incidentes, aunque Hermione se sentía intranquila por lo que Luna sentía por ella. No era que fuese algo malo, pero ella no era lesbiana, hasta donde ella podía entender. El problema era que no se conocía lo suficiente y bien podría descubrir algo nuevo acerca de sí misma. Además, Luna no era una chica común y corriente, hecho que la distinguía del resto de las mujeres. Para su sorpresa, se veía preguntándose qué hacía de Luna la chica que era, aunque le diese algo de pudor reconocerlo.

El viernes siete de septiembre hubo una feria en la que se mostraban productos artesanales de la época. Hermione estaba muy interesada en ir y pidió a Luna que la acompañara. Como era predecible, ella accedió con gusto.

—¿Y podré degustar mermelada y esas cosas?

—Por supuesto —respondió Hermione alegremente—. Aquí tengo algo de dinero muggle que clama por ser gastado.

El lugar donde estaba emplazada la feria desbordaba de gente. Había puestos de comida típica, puestos donde se podía comprar artesanía o productos caseros como mermeladas, panecillos, tortas y otros. Incluso había juegos de la época y, como era típico, los niños eran quienes los frecuentaban más. Hermione llevaba una libreta en la que anotaba todo lo que veía y oía, mirando en todas direcciones, buscando nuevas cosas que registrar.

—¡Mira! —gritó Luna, señalando a una persona que estaba haciendo un retrato de un joven y apuesto aristócrata junto a su pareja. Ambos mostraban sonrisas bastante artificiales.

—¿Quieres hacerte un retrato?

—¡Por supuesto! ¡Contigo!

Hermione tragó saliva antes de darse cuenta que no había nada de sospechoso en que ambas aparecieran en un dibujo.

Media hora más tarde y con los músculos agarrotados por estar tanto tiempo sin moverse, Hermione y Luna siguieron curioseando en la feria hasta que se hizo tarde. Cansadas pero contentas con el día libre que tuvieron, ambas regresaron a la casa, donde Ginny ya las estaba esperando con un estofado de carne cuyo olor deshizo sus bocas.

—¿Y ese dibujo? —quiso saber Ginny con curiosidad.

—Fue idea de Luna —repuso Hermione, poniéndose ligeramente colorada. Ginny arqueó las cejas antes de señalar a su amiga con el dedo, haciendo muecas.

—¡Hermione y Luna, sentadas en un árbol, b-e-s-á-n-d-o-s-e!

—¡Ginny, para, por favor! ¡No seas infantil!

Luna miraba a sus dos amigas discutir como si estuviese viendo un partido de tenis bastante disputado. Ella no se había sonrojado para nada, pues sabía que todo se trataba de una broma, aunque también podía deberse a que estaba segura de lo que sentía por Hermione. Tal parecía que el tiempo había llegado para sincerarse con ella y decirle todo.

Absolutamente todo.

—¿Pero qué tiene de malo? —dijo Ginny, tratando de no seguir con la burla, aunque le resultaba bastante difícil.

—¿Qué tiene de malo? —repitió Hermione como no pudiendo creer lo que había oído—. ¡Luna es una chica!

—¿Y qué? —repuso Ginny, esta vez con algo más de seriedad—. Tu cara dice más cosas que tus propias palabras. Te gusta Luna, admítelo.

—¡No me gusta! —chilló Hermione, poniéndose lentamente como una betarraga con ojos—. ¡La estimo y la aprecio como amiga! ¡Admito que nos hemos hecho más cercanas en este último año, pero eso no significa que sienta algo por ella!

—Sigues diciendo lo mismo, pero sigues poniéndote más y más roja —observó Ginny, acercándose a Hermione y tocando su cara—. ¡Por Merlín! Podría freír un huevo allí.

—¡Eso es porque me pones incómoda! —replicó Hermione, quien no podía entender por qué a Ginny le costaba tanto trabajo entender que no había nada más que amistad entre ella y Luna.

Hubo un momento de silencio antes que Ginny tomara del brazo a Hermione y se la llevara a la cocina. Luna, por otro lado, continuó con su estofado como si nada hubiese ocurrido. Tan segura estaba de sus sentimientos que no necesitaba hablar para expresarlos, aunque quizá Hermione lo ameritara.

—Amiga, no te entiendo —dijo Ginny una vez que todo se hubo calmado—. ¿Por qué niegas lo que sientes? Y no digas que no sientes nada. He visto cómo miras a Luna. Disfrazas tu interés con curiosidad. ¿Por qué te cuesta tanto expresar lo que sientes?

—Porque es una chica, Ginny —respondió Hermione, tratando de no sonar acusadora—. ¿Cómo te sentirías si otra mujer se interesara en ti?

—Pues le daría una oportunidad para expresarse y, si me interesa, experimentar un poco —dijo Ginny, encogiéndose de hombros—. No hay nada de malo en que te guste una chica, Hermione. Deja que Luna se sincere, dale la oportunidad de tenerte, aunque sea por un momento.

Hermione tragó saliva.

—Me da miedo.

—A todas nos asusta la noción, pero la verdad es que no hay nada que temer —dijo Ginny, tomando el hombro de su amiga—. Luna se muere por confesarte lo que siente por ti. Si te interesa, atrévete con ella. Si no te sientes cómoda, habrás aprendido algo nuevo sobre tu persona y, si te gusta estar con ella, tendrás la oportunidad de volver a ser feliz. Sólo puedes ganar si te dejas llevar por lo que sientes más que por lo que piensas.

La cocina quedó en silencio por un buen rato. Hermione ponderaba las palabras de Ginny, creyendo que se había metido en otra dimensión. No creía que Ginny fuese capaz de apoyar una relación de ese tipo, pero se había equivocado. Ginny era una mejor amiga de lo que había imaginado antes.

—¿Y has hablado con Luna de esto?

—Claro —dijo Ginny—. No tiene tus dudas, eso sí. Lo único que me preguntó fue si había siquiera una posibilidad que tú sintieras lo mismo que ella. Hasta hace unos meses atrás le habría dicho que no, pero ya sabes cómo las cosas cambian.

—Pero yo no siento lo mismo que ella.

—Eso no lo sabes —dijo Ginny con seriedad—. Y no lo sabrás, a menos que te atrevas a descubrirlo. Yo no puedo ayudarte con eso.

Hermione sentía pánico, pánico de lo que podría llegar a ocurrir. Ella jamás hacía algo improvisado; era mala para improvisar, tenía que saber con anticipación lo que podía esperar de cualquier cosa que hiciera. Eso la hacía una excelente investigadora, pero la convirtió en una mala amante. Y fue eso, más que cualquier otra cosa, lo que la arrojó de vuelta a la soltería. Podía considerarse afortunada que no hubiera hijos de por medio, pues Ron tenía muchas ansias de tener unos cuantos.

—No ganas nada con quedarte aquí y dejar que los sentimientos te dominen —insistió Ginny con algo de apremio—. Tienes que hacer de tripas corazón y enfrentar lo que temes. Pronto verás, como ya te dije, que no hay nada que temer.

—¿Y cómo sabes eso? —inquirió Hermione repentinamente, pero Ginny vio venir esa pregunta, por lo que no la tomó por sorpresa.

—Yo le di un pequeño empujoncito a Luna —dijo, sin pizca de vergüenza—. Sé que no soy lesbiana y, por lo mismo, no me dio susto hacer algo nuevo. Lo único que me sorprendió fue que Luna me lo haya pedido y no otra chica.

Hermione salió de la cocina con un cúmulo de pensamientos nublando su juicio. ¿Por qué siempre uno pensaba mil tonterías en esas situaciones? ¿Por qué siempre se evocaba lo que podía pasar y lo que no? Sabía que era su conciencia tratando de hallar una explicación plausible para lo que se disponía a hacer, porque no estaba actuando por lógica. A cada rato pensaba que algo iba a salir mal, que un corazón iba a ser roto o que la cosa iba a culminar en un duelo a muerte.

Luna estaba sentada sobre su cama, leyendo un libro de la época. No parecía muy nerviosa con lo que estaba a punto de suceder. Hermione sintió que el corazón se le encogía cuando Luna abandonó el libro y la encaró con una expresión inescrutable en su rostro.

—Sé que tienes algo que decirme, Hermione, pero dame la oportunidad de decírtelo todo —dijo Luna con calma y sin que la voz le temblara siquiera una vez—. Quiero que entiendas por qué tú.

Hermione no dijo nada. Luna interpretó aquello como que podía seguir hablando.

—No es difícil saber por qué siento esto por ti —comenzó Luna, invitando a Hermione a que tomara asiento sobre la cama—. Créeme que no estaría aquí contigo si no hubiéramos tenido la oportunidad de conocernos mejor.

Hermione seguía sin decir nada, como si estuviera tratando de buscar las palabras para expresarse.

—Descubrí un montón de cosas sobre ti —continuó Luna con esa misma confianza que había usado hasta ese momento—. Descubrí que podías ser amable conmigo, que no eres tan cerrada de mente como creí... que eres sensible y que siempre estuviste allí cuando la pasé mal. Lo único que lamento es no haber confiado en ti antes. Tuve muchas oportunidades de confesarte lo que yo era en realidad, que había tenido una pareja y que Ginny me ayudó un poco. Pero no lo hice, y te pido disculpas por ello.

—Pensé que era algo fácil de entender —observó Hermione, confundida.

—Es fácil —dijo Luna, taladrando con la mirada a Hermione—. Te conocí. Eso fue lo que pasó. Antes éramos amigas, pero no amigas íntimas. Y ahora que lo somos, descubrí cosas de ti que me gustaron mucho, cosas que me recordaban mucho a Shirley.

—Creí que pensar en ella te causaba dolor.

—Tú no eres ella —dijo Luna con simpleza—. Pero hay algo más que me gusta de ti.

—¿Qué es?

—Bueno, perdóname por mi atrevimiento, pero pienso que eres muy atractiva —dijo Luna, encogiéndose de hombros—. No puede haber amor sin un poco de atracción, ¿no crees?

La incomodidad volvió a atenazar a Hermione. Si ya era un poco raro que una chica se declarara ante ella, lo era más que una chica se sintiera atraída físicamente por ella. Hermione no se hallaba atractiva, aunque estuviera en forma y Ron siempre buscara tener sexo con ella. Se puso muy colorada cuando se preguntó de qué forma dos chicas hacían el amor.

—Mira, Luna —dijo Hermione, tratando de tranquilizarse y despejar su cabeza de pensamientos lujuriosos—. Aprecio mucho lo que sientes por mí, de verdad, pero me temo que nunca podrás tenerme en tus brazos. No soy lesbiana como tú... no podría. —Hermione se sintió terrible cuando dijo esas palabras, como si estuviera hiriendo los sentimientos de Luna—. Lo siento, de verdad.

Se hizo un silencio pesado en la habitación. Ninguna de las dos dijo palabra alguna. A Hermione se le hizo bastante difícil desviar su atención de los ojos de Luna, pero cuando lo consiguió, le fue más fácil irse de la habitación y bajar al primer piso para ver si podía acabar con su estofado, aunque estuviese frío.

Ginny, quien estuvo lavando los platos, se acercó a Hermione, con la intención de saber cómo le había ido con Luna.

—Le dije la verdad —musitó Hermione, revolviendo la comida con la cuchara—. Le dije... le dije que no sentía lo mismo por ella, que no era lesbiana y que jamás podríamos estar juntas.

Ginny no dijo nada. Subió al segundo piso a paso rápido y no volvió a bajar hasta después de una media hora. Mientras tanto, Hermione decidió actuar como si nada hubiese ocurrido y uso magia para calentar un poco el estofado. Aun así, le costó trabajo bajar la comida por su garganta, pues sentía un desagradable nudo allí. Al final, cuando fue capaz de digerir la cena, acudió a la cocina a lavar el plato y los cubiertos que había usado, sintiéndose un poco más normal que antes.

Se llevó una sorpresa cuando vio que Ginny había regresado. Tenía una expresión de profunda seriedad en su rostro.

—¿Por qué le mentiste a Luna? —dijo, con más brusquedad de la que tenía pensada.

—No le mentí —se defendió Hermione con cierta indignación—. Le dije la verdad, le dije lo que yo sentía en ese momento.

—¡Está hecha un desastre! —vociferó Ginny, sintiendo ganas de abofetear a su amiga para que entrara en razón—. Luna está acostumbrada a que la rechacen, pero tú eres un caso aparte para ella. Le dolió mucho darse cuenta que sus sentimientos no eran correspondidos.

—¿Qué quieres que te diga? —dijo Hermione, también con ganas de hacer que Ginny entrara en razón a golpes—. La verdad duele. No es mi culpa que Luna se sienta así.

—¡Le mentiste, y lo sabes! —exclamó Ginny con violencia—. ¡Ella es mi amiga también! ¡No voy a permitir que le rompas el corazón a Luna por tu estupidez!

—¡No le mentí! —chilló Hermione, quien ya había perdido por completo los estribos—. ¡No siento lo mismo por ella y, desde luego, no voy a hacer el ridículo besándome con otra chica...!

Hermione sintió un repentino ardor en su mejilla que la hizo trastabillar. Ginny acababa de abofetearla. Respiraba agitadamente para calmarse después de haber agredido a su mejor amiga.

—Deberías estar avergonzada de tus palabras —dijo Ginny, bajando los brazos, como si haciendo eso le impidiera golpear a Hermione otra vez—. Tal vez tengas razón. No te mereces a Luna. Ella es mucho mejor que tú.

Se hizo el silencio en la sala de estar. Hermione se sobaba la mejilla, mirando a Ginny con mucha tristeza. No sabía qué le había pasado para llegar a esos límites. Luego, entendió la verdadera verdad.

Miedo.

Se había sentido aterrada de atreverse a hacer algo que jamás había hecho antes, sólo porque involucraba tener una relación de pareja con otra chica. El nudo que antes estaba en su garganta se había trasladado a su estómago y, además de todo lo que le estaba pasando, le dolía la cabeza por haber gritado a todo pulmón.

—Lo siento —musitó Hermione con verdadera pena—. Voy a pedirle disculpas a Luna y explicarle que fui una tonta y todo eso.

Y subió las escaleras arrastrando los pies en cada escalón, como si la tarea que le esperaba en el segundo piso fuese algo vergonzoso. Ginny se quedó inmóvil por un momento antes de hacer el aseo nocturno e irse a su dormitorio. Lo único que esperaba era que las cosas fuesen mejores el día siguiente.

Pero había alguien que no iba a dormir esa noche.

Luna yacía boca abajo sobre su cama, inmóvil. No parecía removerse ni sollozar. Quizá, pensó Hermione, su tristeza era tan grande que el llanto parecía superfluo. Se acercó lentamente y se acuclilló frente a Luna, sin siquiera saber qué decir. Le parecía que cualquier palabra que dijese iba a ser inútil.

—Lo... lo siento, Luna —comenzó Hermione con tiento—. Lamento que tú hayas sido honesta conmigo y yo no te haya correspondido. Porque la verdad es que... es que... —El miedo estuvo a punto de sabotear nuevamente a Hermione, pero las palabras de Ginny hicieron que sacara fuerzas de flaqueza—. La verdad es que me interesas, me intrigas, me dan ganas de conocerte más a fondo. Quiero saber qué hace de ti la persona que eres, quiero conocer tus secretos, lo que te hace realmente feliz, lo que te asusta, lo que te causa dolor. Quiero descubrir qué es lo que en verdad siento por ti porque, honestamente, no lo sé.

Luna no se movió. Por momentos, Hermione creyó que sus palabras habían ido a parar a oídos sordos. Quizá era demasiado tarde ya, y nada de lo que dijese podría remediar algo siquiera. Estuvo a punto de ponerse de pie y concluir que su terror a aventurarse en terreno inexplorado la había alienado de Luna

—¿Sabes? Mientes muy mal, pero dices la verdad muy bien.

Hermione miró a Luna ponerse de espaldas a la cama. Notó algo extraño en su mirada, e inmediatamente se dio cuenta que ya no tenía esos ojos saltones que eran característicos de ella. Lucía mucho más normal de ese modo y, aunque a Hermione le causara cierta pena que Luna tuviera que cambiar para agradarle, no podía negar que ella no era en absoluto fea.

—No luces como si te hubiera herido.

—Lo hiciste —dijo Luna sin ninguna clase de acusación—, pero yo no muestro mi tristeza como la gente normal. Creo que el llanto es algo que uno debe hacer en silencio, porque si haces ruido, significa que estás buscando atención. Yo no necesito estar gritando mi dolor a los cuatro vientos para que alguien me consuele.

—Sabes que no vine a consolarte —dijo Hermione, tratando de no sonar demasiado seria—. Vine a decirte la verdad.

—Y eso es un gran consuelo —repuso Luna, sentándose a la turca sobre su cama—. Ahora, dime. ¿Te gustaría descubrir lo que sientes?

—A eso vine.

—Entonces ponte de pie. No hagas nada.

Luna alzó su varita y apagó los candelabros, de modo que la habitación quedó bañada en una oscuridad impenetrable. Hermione miró en todas direcciones de manera instintiva, aunque sabía que no tenía sentido hacerlo. No se atrevía a moverse, más que nada por miedo a tropezarse con algo.

Sintió pasos alejarse de ella y bajar las escaleras. Luego, la puerta en el primer piso se abrió y se cerró. Hermione no sabía qué pretendía Luna con ese juego, pero estaba dejando de ser gracioso. Iba a encender los candelabros nuevamente cuando algo jugueteó con su piel. Hermione quedó helada. Alguien la estaba tocando, pero no podía saber quién era. Luego, notó que eran más caricias que toques, pues el roce de aquella piel ajena con su propia piel conseguía erizarle el vello en sus brazos. Oyó una respiración agitarse junto a ella. Luego, sintió unas manos apretarle suavemente la cintura, acariciando su contorno con dulce lentitud.

Hermione se sobresaltó un poco cuando sintió la humedad de unos labios rozarle el cuello, deslizándose como seda sobre seda hacia su hombro. No sabía por qué estaba permitiendo que ocurriera todo eso, pues no tenía ni la más remota idea de quién estaba haciendo eso. Por supuesto, tenía sospechas, unas más probables que otras, pero no estaba segura de nada. Y esas caricias y besos la tenían paralizada y, extrañamente, estaba pidiendo más de eso. Pocos hombres habían tratado a Hermione de ese modo. También podía ser que Luna estuviera probando su heterosexualidad, por rocambolesca que pudiera sonar eso.

Las manos que tomaba su cintura ejercieron fuerza sobre ella y quedó frente a la persona que la estaba acariciando. Hermione hace rato que había perdido la batalla contra toda esa sensualidad, esa pasión dulcemente desencadenada que le impedía moverse.

Y sus labios rozaron otros labios.

Su respiración se hizo más agitada a medida que iba necesitando más de eso y, con ello, Hermione también necesitaba esos labios. Esa persona, aunque ella ya sabía quién se escondía detrás del velo de la oscuridad, la estaba besando como a ella le gustaba ser besada. La tentación de romper aquella burbuja se deshizo en un millón de volutas de humo, justo cuando los candelabros ahuyentaron a las sombras.

—¿Y bien? —quiso saber Luna, alejándose lentamente de Hermione.

—Bueno... es que... pese a que después supe que eras tú, no... no creo que haya sido diferente a besar un chico.

Luna sonrió.

—¿Ves? Si no ves nada, no puedes tener prejuicios. Sientes las cosas como son en realidad.

—Me dejé besar y tocar por ti —dijo Hermione con cierta incertidumbre—. ¿Eso significa que me gustas?

—Significa que, da igual si te ama un hombre o una mujer, vas a sentir las mismas cosas cuando alguien, aunque sea la persona equivocada, te ama de la forma correcta. —Luna volvió a sentarse a la turca sobre su cama, mirando inquisitivamente a Hermione—. En cuanto a lo que dices, sólo el tiempo lo dirá.

Hermione salió de su habitación para pensar las cosas mejor. De algún modo, no se sentía extraña o incómoda por el hecho de haber sido besada por otra chica. Era lógico; el contacto de unos labios con otros se sentía de la misma forma, con independencia de si estuviera besando a un chico o una chica. Soltó una risa; Luna tenía razón. La oscuridad le había enseñado que los prejuicios no significaban nada cuando los sentimientos eran verdaderos.

Lo único que le preocupaba era el hecho que todavía no se sentía lista para tener otra relación de pareja. Ella había sido la culpable de su divorcio con Ron y temía arruinar las cosas otra vez. Con Luna no podía darse el lujo de comportarse como un analista de riesgos en lo que guardaba relación con el amor. Allí, siempre había riesgos. Lo que le quedaba por decidir —si es que se podía hacer eso en su situación— era si valía la pena cerrar los ojos y arrojarse por el acantilado.

Eran tan profundas sus divagaciones que Hermione no vio por dónde andaba hasta que sintió el característico hedor de las calles muggles de Whitechapel. Como la otra vez, no había mucha gente en los alrededores, sólo unos pocos borrachos y mujeres que vendían sus cuerpos por dinero. Hermione no toleraba la prostitución, pues creía que era el trabajo más denigrante que podía desempeñar una mujer. No era sorprendente que en el mundo mágico también hubiera esa clase de antros, pues daba igual si uno era mago o muggle, la necesidad motivaba a hacer cualquier cosa por un puñado de Galeones.

Una línea azul en el horizonte le dijo a Hermione que estaba a punto de amanecer. Era increíble cómo transcurría el tiempo cuando alguien pasaba de estar conversando alegremente a ser besada por una chica, pasando por momentos de nervios y enojo. En todo caso, la feria se había cerrado a medianoche y ella y Luna se habían quedado hasta el final.

La tranquilidad de la noche fue rota por un grito que le erizó los vellos de la nuca. Hermione sintió su corazón latir con más rapidez, pues sabía lo que ese grito significaba. Ansiosa por seguirle el paso a Jack, Hermione corrió a todo lo que daban sus piernas hasta que llegó a Hanbury Street. Jadeando, miró a ambos lados de la calle y vio la silueta de un hombre que usaba una capa y sostenía lo que parecía un cuchillo en su mano izquierda. Sacando fuerzas de flaqueza, Hermione dio caza al sujeto misterioso cuando la niebla matutina estaba descendiendo sobre Londres. Espoleada por su afán en conocer la verdadera identidad de Jack el Destripador, Hermione continuó su desesperada persecución por unos trepidantes cinco minutos, después de los cuales consiguió arrinconar al individuo en un patio trasero.

De improviso, un perro se acercó raudo a Hermione, con todas las intenciones de hacer daño. Sacó su varita rápidamente e inmovilizó al animal antes que pudiera hundir sus dientes en sus piernas.

Pero el sujeto no estaba por ningún lado.

Aquello molestó a Hermione todo el camino de vuelta a su casa. No le cabía en su cabeza cómo un hombre que no era particularmente alto pudo escalar una pared de tres metros de altura sin ayuda. Porque tampoco lo vio pasar por su lado y desaparecer por el acceso al patio. Había pasado muy poco tiempo desde que lo había acorralado hasta que hubo neutralizado al perro.

Hermione se pegó en la cabeza con la mano, apenas pudiendo creer que su memoria le hubiese fallado.

Diez minutos después, estaba examinando el cadáver de Annie Chapman, según lo que le dijo el dueño de la casa en cuyo patio trasero había sido encontrada la víctima. Sabía que Jack era llamado Destripador por una razón, pero a Hermione no le gustaba verlo reflejado de manera tan obvia en el cuerpo de esa pobre mujer. Tenía el abdomen abierto y, para horror de Hermione, faltaba un órgano. No sabía en qué demonios estaba pensando el asesino cuando extrajo el útero de Annie, pero se sintió afortunada de trabajar en un lugar donde los cuerpos desmembrados eran parte del día a día. De otro modo, habría vomitado sobre la víctima, poniendo un vergonzoso punto final a su investigación.

Le extrañaba, eso sí, que los cortes fuesen tan limpios, con apenas derramamiento de sangre. Esperaba ver eso en las heridas de su garganta, pero no en las del abdomen. La piel no lucía como si fuese hendida, sino como si el corte fuese hecho a gran velocidad con un escalpelo. Además, las heridas del cuello estaban posicionadas justo en la yugular. Era sencillamente imposible que brotara poca sangre de allí. A menos que...

—¿Qué está haciendo aquí, señorita? —inquirió una voz seca. Hermione pegó un brinco y encaró a quien le había hablado. Ya estaba lo suficientemente claro para notar que el sujeto tenía el rostro ovalado, apenas cabello en su cabeza y un bigote bastante poblado.

—Soy... soy una doctora que pasaba por aquí, camino a mi trabajo. Este señor me comunicó que había una mujer fallecida en su patio trasero y me pidió que la examinara.

El hombre enarcó las cejas.

—Curioso, porque los doctores no examinan personas muertas —dijo el desconocido con esa misma voz seca que desagradaba a Hermione—. Por cierto, ¿cuál es su nombre, señorita?

Después de pensarlo un poco, Hermione decidió que no había ningún riesgo si decía la verdad.

—Hermione Granger. ¿Y puedo saber el suyo, porque parece que usted tampoco tiene mucho que hacer aquí?

—Mi nombres es Frederick Abberline (1), Scotland Yard. —Hermione tragó saliva cuando oyó las dos últimas palabras del inspector—. ¿Por casualidad estuvo también en la escena del asesinato de Mary Ann Nichols, hace una semana atrás?

—Emm, ¿por qué?

—Lo pregunto porque testigos vieron a una mujer de sus características haciendo preguntas... haciéndose pasar por un agente del Departamento de Investigación Criminal.

Hermione no sabía qué demonios decir. El inspector Abberline era un sujeto más agudo de lo que se había imaginado en un principio y, por lo mismo, no le convenía tratar de engañarlo con palabras astutas.

—Emm... lo siento por eso. Es que pensé que podría echarles una mano —dijo Hermione tímidamente, lo cual era cierto.

—No necesitamos la ayuda de civiles para hacer nuestro trabajo —ladró Abberline, haciéndose a un lado para que Hermione pudiera salir del patio—. Si la encuentro otra vez en la escena de un crimen, la consideraré una sospechosa y la arrestaré. ¿Quedó claro, señorita Granger?