VI
La apuesta

—Si la encuentro otra vez en la escena de un crimen, la consideraré una sospechosa y la arrestaré. ¿Quedó claro, señorita Granger? —repitió Hermione en un tono exageradamente burlesco, para la hilaridad de Ginny y Luna—. Me trató como si yo fuese una adolescente sin experiencia.

—Compartimos tu indignación, Hermione, no te preocupes —dijo Luna, quien no podía aguantar las risotadas producto de la imitación de su más-que-amiga-pero-menos-que-pareja.

Era tarde ya, y Hermione no había dormido lo suficiente. Aquello explicaba la taza de café que sostenía en su mano, aunque Ginny no pudiera entender cómo alguien podía tolerar aquel brebaje tan amargo.

—Me conoces por más de quince años, Ginny. No digas que te sorprende.

—Muggles —murmuró Ginny. Hermione no la escuchó.

Por otro lado, Hermione y Luna seguían congeniando bien, aunque Hermione no podía librarse del todo de la incomodidad que implicaba sentir caricias que una amiga definitivamente no haría. Ella, por su parte, no hacía nada, por temor a meter la pata.

—Todavía te noto tensa —observó Luna quien la abrazaba por detrás, tomando suavemente la cintura de Hermione y apoyando la cabeza en su hombro—. Pero no creo que sea porque no quieres hacer esto.

—Es que... no puedo librarme del miedo de darme cuenta que puedo ser como tú.

—No hay nada que temer —aclaró Luna, dando un beso en su cuello, cosa que sobresaltó un poco a Hermione.

—¿Y qué dirán mis amigos y amigas si se enteran que yo soy...?

—¿Lesbiana? —completó Luna—. Pues cuando ellos se enteren sabrás quiénes son tus verdaderos amigos, ¿no crees?

Hermione no dijo nada, pero Luna no necesitó hablar para entender qué estaba pensando.

—Te importa el "qué dirán" —dijo, como si la sola noción fuese algo risible—, te importa la opinión de personas que ni siquiera te conocen bien. ¿Vale la pena dejar esto de lado por gente retrógrada? Recuerda: tú puedes interesarte en la persona que desees.

—Lo sé —dijo Hermione, sintiéndose derrotada—. Es que no estoy preparada todavía para tener algo serio con otra mujer. ¡Demonios! Ni siquiera estoy preparada para pretender que estar con otra chica es algo normal.

—Es natural. Estás experimentando, nada más. —Luna hizo fuerza con sus brazos y derrumbó a Hermione sobre la cama, quedando recostadas de lado, frente a frente—. Mírame, y dime qué ves. Sé honesta.

Hermione se tomó su tiempo para pensar. Era difícil ver a Luna sin caer en los estereotipos de siempre, aunque hubiese pasado prácticamente un año conociendo a la verdadera Luna Lovegood.

—Pues veo a alguien suave pero fuerte a la vez, alguien que piensa de manera poco convencional, alguien cuya franqueza llega a doler... y alguien que no deja de creer que los Snorkacks de Cuernos Arrugados existen.

Luna rió alto y fuerte con las últimas palabras de Hermione.

—Si te pruebo que existen, haremos el amor, ¿ya?

Hermione casi se atragantó con las palabras de Luna. ¿Hacer el amor? ¿Con otra mujer? Tenía que admitir que era un asunto intrigante que le gustaría averiguar, pero temía que la experiencia en sí le robase toda la curiosidad.

—Trato hecho —accedió Hermione, sabiendo que Luna iba a perder la apuesta. No obstante, se atrevió a acariciar a Luna de una forma en que una amiga jamás lo haría. Se sentía extraña haciéndolo, pero eso no era un asunto que no pudiera achacarse a su falta de familiaridad con el tema.

—Eso se siente bien —dijo Luna, tomando la mano de Hermione y entrelazando sus dedos con los de ella—. ¿Qué es lo que sientes cuando haces eso?

Hermione se tomó su tiempo para responder, no porque estuviera ponderando qué decir, sino porque sus sentimientos eran conflictivos. Era algo así como un placer culpable o si otra voluntad estuviera gobernando su mano, una voluntad que sabía a la perfección lo que ella deseaba, pero que no estaba preparada para admitir.

—No... no lo sé. Me siento como si no fuese yo la que está haciendo esto.

Luna la miró con perspicacia.

—Pero lo disfrutas.

Hermione bajó la cabeza, como avergonzada.

—Es como... como si tú me gustaras y no quisiera admitirlo.

—Entonces te gusto —dijo Luna, sonriendo—. Lo demás es natural. Creciste con la idea de una pareja compuesta por un hombre y una mujer. Te conozco. Sientes esto porque no te parece lógico que dos chicas puedan amarse. Tus dudas son básicamente un intento por explicar lo que soy, y lo que podrías ser, sin desafiar alguna ley.

Hermione se quedó muda. Sabía que Luna era así, pero todavía seguía sorprendiéndola.

—Bésame una vez más —dijo Luna, pasándose la lengua sutilmente por sus labios—. Deja atrás lo que sabes y actúa solamente por lo que sientes.

—Pero... pero también puede ser que me estés poniendo ideas en mi cabeza —arguyó Hermione, un poco a la defensiva para su gusto.

—Yo no he puesto ideas en tu cabeza —dijo Luna con simpleza—. Tú te pusiste colorada cuando Ginny sugirió la idea que tú podrías sentir algo por mí. Yo no dije ni hice nada. Si no sintieras nada por mí, no te habrías defendido de la manera en que lo hiciste y, desde luego, le habrías seguido el juego.

Hermione miró en todas direcciones, como buscando una explicación en sus alrededores. Pero todo lo que pudo argumentar fue:

—Pero... pero es que es difícil admitir que yo soy... que podría ser...

—No dije que sería fácil —dijo Luna, tomando a Hermione por ambas manos y mirándola a los ojos como solamente ella podía hacerlo—. Al menos ya sé que te gusto, aunque a tu mente le cueste trabajo entenderlo todavía. Pero, como dije antes, tu mente no tiene por qué tomar parte en lo que vas a hacer. Guía tus acciones sólo por lo que sientes. Haz a un lado la lógica.

Pero era complicado dejar de lado algo tan importante para Hermione. Su vida, su trabajo, todo en su entorno estaba basado en la lógica, en tener la cabeza fría para resolver problemas. Sin embargo, aquel dilema, por mucho que pusiera su cerebro a trabajar, era insoluble. No había razonamiento alguno que explicase lo que acababa de descubrir sobre sí misma y sobre sus sentimientos por Luna. Porque ya no podía negar que sentía cosas por ella.

Pero entre la no negación y la aceptación había un camino largo, tortuoso y empinado.

Afortunadamente, Luna le estaba haciendo las cosas fáciles. Deshazte de la lógica. Fue ella la que te fregó el matrimonio se decía Hermione una y otra vez. No pierdas la oportunidad de amar otra vez. No la pierdas.

Hermione se dio la vuelta para marcharse de allí. Era demasiada la presión, demasiadas las dudas y no quería que nadie saliera herido de aquella situación. Sin embargo, un sentimiento hizo que se frenara en seco, un sentimiento que anegó todo el caos que bullía dentro de su cabeza.

No quería herir a Luna. No otra vez.

No sabía si era por su estrecha amistad o si era por amor, pero había una sola forma de averiguarlo.

Volvió a girar sobre sus talones, tomó a Luna por la cintura y la besó sin advertencia alguna. Hasta Luna estaba sorprendida por aquella inesperada acción, pues creyó que Hermione iba a marcharse para pensarlo con más detenimiento. Tardó un poco en corresponderle, pero cuando lo hizo, se dio cuenta que Hermione no estaba actuando por mandato de la razón. Diez segundos más tarde, ambas estaban tiradas sobre la cama, abrazándose, besándose y buscando quitarse la ropa, claro, sin intentarlo realmente. Todo estaba precipitándose fuera de control, rumbo a un punto de no retorno, cuando Hermione se separó de Luna, respirando superficialmente como si acabara de regresar de una maratón.

A Luna también le faltaba el aliento y tenía sus manos en los hombros de Hermione, sin preguntas en su cabeza. Sabía que era la primera vez que se entregaba a alguien en mucho tiempo y la precaución era entendible. Sin aquel acto de restricción, no habría importado quién hubiera ganado la apuesta de los Snorkacks.

—Lo siento —dijo Hermione cuando hubo recuperado el aire—. Me pasé de la raya.

—No importa —la tranquilizó Luna, deslizándose por debajo de Hermione y alejándose un poco para airearse un poco—. No estás lista todavía para lo que venía a continuación. Te hubiera dado un ataque cuando cobraras conciencia de lo que estabas haciendo.

Hermione soltó una carcajada nerviosa.

—Tienes razón. En todo —dijo, sentándose sobre la cama y bajando la cabeza tristemente—. No sé por qué soy así, no sé por qué siempre tengo que pensar en todo lo que hago, por qué siempre tiene que haber una razón para las cosas que siento… o hago. —Exhaló en señal de frustración, creyendo que algo en su cabeza iba a estallar. Sin embargo, Luna la abrazó por detrás y besándola suavemente en su mejilla.

—No tiene por qué haber una razón por la que eres así —dijo, con una sonrisa, de aquellas que eran contagiosas—. Lo que sí puedes elegir es si hacerle caso a tu cabeza o a tu corazón. Tal vez todo tenga un por qué, pero la explicación suele ser más confusa que la misma pregunta.

—Es que… es que creo que el corazón es impulsivo y ciego. Podría estar haciéndote daño sin que yo lo sepa.

—El corazón es ciego solamente con las cosas lógicas —repuso Luna suavemente—. Pero la razón es ciega con las cosas más importantes. ¿Has leído alguna vez "El Principito"?

Hermione frunció el ceño.

—¿Lees libros muggle?

—Unos pocos —admitió Luna sin avergonzarse—. No son muy entretenidos, pero algunos te dejan enseñanzas bastante valiosas. Allí aprendí que "sólo se ve bien con el corazón, pues lo esencial es invisible a los ojos".

—¿Y qué es lo esencial en todo esto? —quiso saber Hermione, con un ligero tinte de desesperación en sus palabras.

—Tú lo sabes, Hermione —dijo Luna—. ¿Qué crees que pasó cuando te diste la vuelta y me besaste, pese a que tenías la intención de irte?

Pero al fin Hermione había entendido algo muy importante; la lógica y el corazón no se llevaban bien cuando se cruzaban, pero cuando cada uno andaba por su lado, no había problema alguno. Y lo esencial era tan obvio cuando se miraba bajo el lente adecuado. Se vio más interesada en la persona de Luna, más de lo que una amiga haría, se puso colorada cuando Ginny sugirió la idea de que podría sentir cosas por ella y, desde luego, estaba la reacción de hace unos momentos atrás. Dejando la razón a un lado, todo prácticamente gritaba que sentía algo más que amistad por Luna. Pronto, ya no había un por qué, algo que explicase su atracción por alguien de su mismo sexo.

Ese año que había transcurrido entre la llegada y ese preciso minuto lo había cambiado todo. Era inevitable que ella y Luna se hicieran más cercanas, que llegaran a conocerse mejor y que descubrieran cosas sobre ellas que terminaron por agradar. Hermione supuso que su atracción por Luna surgió cuando comenzó a preguntarse qué hacía de Luna la mujer que era. Era fuerte, alegre, pensaba de maneras poco comunes y era muy perceptiva. ¿Qué clase de mujer lesbiana no se interesaría por alguien así?

—¿Ves? Yo no le he puesto ideas en tu cabeza —dijo Luna alegremente mientras abandonaba la espalda de Hermione y se dirigía a su cama—. Me alegro que al fin resolvieras eso. Ahora sabes que puedes sentirte atraída por otra chica sin que aquello te alarme.

—¿Así que de eso se trataba todo? ¿Era un simple experimento?

—No, tontita —dijo Luna cariñosamente—. Eso sería cruel. Es verdad que me gustas mucho, pero quería que tuvieras la elección, ahora que ya no tienes vendas en tus ojos.

Hermione agradecía las intenciones de Luna, pero no era necesario tomar una decisión. Podría seguir siendo heterosexual y buscarse a un chico con el que pasar el resto de su vida, o bien podría aventurarse más en ese extraño mundo de la homosexualidad y descubrir cosas nuevas. Lo que sí tenía claro era que no iba a jugar a dos bandas.

—No quiero elegir —dijo Hermione después de un rato—. Contigo me atreví a conocer este camino, y contigo quiero recorrerlo.

La felicidad de Luna era demasiado obvia para expresarse con palabras.