VIII
En una cama ajena

Una mujer estaba de pie frente a la casa de Hermione, Ginny y Luna, supuestamente buscando algo de cooperación. Hermione fue quien atendió la puerta.

—Buenas tardes —dijo cordialmente—. ¿Se puede saber quién es usted?

La mujer hizo un gesto de cortesía antes de presentarse.

—Soy Elizabeth, Elizabeth Stride.

Hermione quedó atónita. Sin siquiera buscarlo, estaba frente a una de las futuras víctimas de Jack el Destripador. Por un momento no supo qué demonios hacer, pero después se compuso y la invitó a que pasara, bajo una lluvia de agradecimientos de parte de Elizabeth.

—Perdón por abusar de su hospitalidad, pero no tengo otro lugar al que ir —dijo Elizabeth, quien lucía profundamente aliviada—. Mi marido me echó de la casa porque pensaba que yo me estaba ofreciendo a otros hombres, como si yo fuese una prostituta.

A Hermione no le extrañaba que en esos tiempos, los hombres vieran a todas las mujeres como prostitutas. El machismo todavía campaba a sus anchas por el mundo y las mujeres no tenían muchas expectativas de sus vidas, a menos que fuese convertirse en una suerte de esclava para el hombre. Era repugnante.

—¿Y nadie te recibió?

—Las demás personas del lugar creen lo mismo que mi marido —dijo Elizabeth, lágrimas rodando por sus ojos—. ¡Yo jamás me he ofrecido a un hombre por dinero! ¡Es indignante! ¡Ninguna mujer debería ser obligada a hacer eso!

—No lo harás —dijo Luna, quien había aparecido recién desde la cocina—. Aquí estarás cómoda y segura.

Elizabeth notó que la chica del cabello rubio se había sentado junto a la del cabello castaño se tomaron de la mano.

—Perdón por mi intromisión pero, ¿ustedes son pareja? —dijo, mirando a Hermione y a Luna no con repulsión, sino con curiosidad.

—Sí, lo somos —respondió Hermione, poniéndose ligeramente colorada.

—Los curas dicen que no puede haber una pareja compuesta por dos personas del mismo sexo —dijo Elizabeth, recordando aquella vez que había ido a la iglesia —en contra de su voluntad— con su marido—. Pero yo creo que una persona puede estar con cualquiera. Mientras haya amor, está bien.

Hermione y Luna se miraron, sonriendo. Elizabeth Stride les estaba cayendo cada vez mejor.

—¿Quieres un estofado de carne? —ofreció Luna a Elizabeth.

—¡Gracias! ¡Estoy famélica!

—¿Te importa si te llamamos Lizzie?

—Para nada —accedió Elizabeth, sorprendida que hubiese algo de compasión en ese barrio olvidado de Dios—. De hecho, sería más cómodo para ustedes que me llamaran así.

Luna había hecho pasar a Elizabeth a la cocina, justo en el momento que Ginny entró a la casa, cansada como pocas veces en lo que llevaba trabajo en el Departamento de Seguridad Mágica.

—¡Hermione! —llamó Ginny con urgencia—. Estuve hablando con un Inefable (increíble, ¿verdad?) y me dijo que hace poco uno de sus colegas había encontrado una especie de anomalía en un campo no muy lejos de aquí.

—¿En un campo?

—Es el mismo lugar al que llegamos aquí, ¿recuerdas?

Una anomalía. Allí. Hermione se llevó una mano a su frente, apenas creyendo que pudiera haber sido tan estúpida. Era obvio que debía haber algo allí, un remanente del campo de taquiones que las arrojó al Londres victoriano. Si la anomalía seguía en su lugar, había una posibilidad de volver a su propio tiempo.

—¡Buen trabajo, Ginny! —alabó Hermione, aunque creyó que no sería sensato que Lizzie escuchara esa conversación—. Podríamos hablarlo a la noche, cuando Lizzie se haya quedado dormida.

—Buena idea —accedió Ginny, asintiendo con la cabeza—. Pero primero… tengo mucha hambre, y Luna hace unos estofados de carne de miedo.

La cena transcurrió sin mayores anécdotas que narrar, aparte de un hecho que había resultado ser bastante peligroso. Había ocurrido en el trabajo de Luna, cuando creyó haber visto a un Snorkack de Cuernos Arrugados, cuando realmente era un Erumpent. A uno de los visitantes se le había ocurrido arrojarle una piedra y, desgraciadamente, impactó en uno de sus cuernos. Hubo varios heridos por la explosión subsecuente y Hermione tuvo que trabajar horas extra para curar las laceraciones y quemaduras de los afectados.

Lizzie estaba muy cansada, tanto por la comida como por el hecho de haber caminado varios kilómetros buscando un asilo. Luna le dijo que podía usar la habitación más grande. Cuando Hermione la miró con el ceño fruncido, Luna le dirigió una mirada traviesa. Todavía no me acostumbro a ver a Luna coquetear conmigo se dijo, aunque la idea le emocionaba más que asustaba. Ya había pasado casi un mes con ella y no se sentía para nada incómoda. Sin embargo, aquella mirada era diferente a todas las demás, como si quisiese algo más que caricias.

—Tengo mu-mu-mucho sueño —dijo Ginny, sin cohibirse en bostezar a sus anchas—. Me voy a la cama. A Luna le toca fregar los platos.

—Estoy en ello —dijo la aludida, quien volvió a mirar traviesamente a Hermione.

Lizzie tomó una ducha antes de ir al segundo piso a descansar, no sin antes desear buenas noches a todas. Hermione también estaba un poco agotada, pero decidió ayudar a Luna con los platos y cubiertos.

—Bueno, parece que perdí la apuesta —dijo Luna casualmente. Hermione estaba sorprendida por la desidia con la que se había tomado la derrota.

—¿Sabes? —dijo Hermione, acercándose por detrás a Luna y abrazándola por la cintura—. Creo que vi cómo su cuerno volvió a aparecer después de la explosión.

Luna compuso una pequeña sonrisa.

—No tienes que hacerlo si no quieres.

Hermione besó suavemente su cuello.

—Quiero hacerlo. La curiosidad me está matando.

Hermione iba a desabotonar el vestido de Luna cuando unos pasos se escucharon. Alguien bajaba por las escaleras. Ambas se separaron y actuaron como si nada hubiese pasado, pero solamente era Ginny.

—Olvidé por completo que debíamos discutir el asunto de la anomalía.


Tres rondas de cerveza de mantequilla tuvieron que pasar para que hubiese un acuerdo. Claro que todavía había cosas pequeñas que necesitaban ser atendidos.

—Hermione, ¿cuándo va a ocurrir el último asesinato conocido de Jack?

—El viernes nueve de noviembre —recitó Hermione como si la información proviniese de un libro. Y así era.

—¿El nueve? ¿De noviembre? —exclamó Ginny con incredulidad—. Yo no quiero esperar tanto tiempo para irme.

—Yo tampoco —secundó Luna, para sorpresa de Hermione—. No pertenecemos a este tiempo, por mucho que nos esmeremos en adaptarnos.

—Entonces, mañana será un día muy importante para nosotras —dijo Hermione, pensando en el caso de Jack el Destripador.

—¿Por qué mañana? —preguntaron Ginny y Luna al mismo tiempo.

—Pues… mañana encontrarán otro cuerpo —respondió Hermione casi sin respiración—. Y quiero estar allá para capturar a ese maniático.

—Pensé que Lizzie estaba aquí —dijo Ginny, extrañada.

—Sí, pero hay otra mujer que no tendrá la misma suerte si no me doy prisa —explicó Hermione, quien estaba obsesionada por averiguar quién fue ese personaje tan misterioso—. Además, tienes que contactarte con ese Inefable para que localice la anomalía.

—¡Quiero dormir! —se quejó Ginny, bostezando descaradamente.

—Pues esta noche dormiremos en el siglo veintiuno —prometió Hermione a Ginny y a Luna.

Ginny, a regañadientes, cogió su abrigo y salió en dirección al Ministerio de la Magia. Hermione retomó lo que estaba haciendo, pero Luna no hacía nada. Estaba de pie, mirando cómo su novia secaba los platos.

—¿Estás segura que no tienes algo mejor que hacer? —dijo, dando un pequeño saltito para sentarse sobre la mesa.

—No seas impaciente —repuso Hermione, secando el último cubierto y guardándolo en la gaveta de los cubiertos—. ¿Tanto te cuesta esperar dos segundos?

—Es que necesito esto —dijo Luna suavemente—. Te necesito conmigo.

—Creí que ya sabías cómo era —dijo Hermione, frunciendo el ceño.

—Shirley y yo jamás lo hicimos —dijo Luna, bajando la cabeza—. Ella tenía una… enfermedad. Una enfermedad que nos impedía hacer el amor sin correr serios riesgos.

Hermione suavizó su expresión de inmediato. Todavía sentía una traza de lástima por Luna, por todo lo que tuvo que pasar, no sólo en la guerra, sino que después de ella. Luego, recordó por qué sentía lo que sentía. La estrechó en sus brazos con firmeza y la besó, suavemente al principio, luego con más intensidad. Luna también la estaba abrazando con más fuerza. Era como aquella vez, en su habitación, cuando casi perdieron el control.

Sólo que el control brillaba por su ausencia en aquella ocasión.

Sus manos discurrieron por lugares antes inexplorados, sin importar que hubiese ropa de por medio. Pronto, sus lenguas se unieron al juego, tocándose y entrelazándose, como si hubiesen esperado demasiado tiempo para encontrarse. No pasó mucho más tiempo para que comenzara a hacer calor.

—¿Y si vamos a la habitación de Ginny?

Luna no la pensó mucho. Haciendo el menor ruido posible, subieron las escaleras, entraron a la habitación de Ginny, cerraron la puerta y, en menos que cantaba un gallo, Hermione estaba encima de Luna, besándola con avidez.

Ambas tuvieron más líos que de costumbre para desvestirse, pues los vestidos de esos tiempos eran complicados. Y si a eso se le sumaba la urgencia que ellas tenían por quedar desnudas, pues más difícil era. Pero al final, los vestidos quedaron tirados en el piso y Hermione y Luna tenían tiempo para amarse.

—Guau —susurró Luna a Hermione, mirándola de arriba abajo—. No me equivoqué.

Pero a Hermione le importaba poco o nada la apariencia de Luna. Sin embargo, también la miró de arriba abajo y juzgó que ella no estaba para nada mal tampoco.

—No esperé estar aquí, contigo, sin ropa y en la habitación de Ginny —dijo Hermione en susurros urgentes—. Si hubiera sido como era antes de venir aquí, te habría sacado de encima a golpes.

—Pues me alegro que nos hubiéramos conocido mejor —dijo Luna, tomando a Hermione por los hombros—. ¿Estás lista?

Hermione sonrió.

—Ahora sí.

Y ambos cuerpos se fundieron. Pronto, el calor volvió a reinar en la habitación y la cama rechinaba con los movimientos de Hermione y Luna. Se besaban como si fuese lo último que hicieran en sus vidas, se tocaban como si hubiesen pasado siglos desde la última vez que lo hicieron y se amaban como si siempre lo hubiesen hecho.

Diez minutos después, Luna era la que estaba encima de Hermione, e iba descendiendo lentamente con sus labios por una geografía llena de placeres por descubrir. Hermione gemía cada vez más fuerte a medida que Luna seguía yendo hacia el sur de su cuerpo, hasta que llegó a su destino, un destino del que no quería irse por un largo tiempo.

Un repentino espasmo de placer hizo que Hermione arqueara la columna. Luna tenía planeado quedarse en su intimidad hasta que estallaran fuegos artificiales, pero Hermione no pensaba quejarse. No era capaz de creer que la sensación de tener fuego regándose por sus entrañas podía sentirla en compañía de otra mujer, pero la estaba sintiendo. Y era la clase de sensación que conducía al orgasmo más delicioso que podía existir.

—No pares —pidió Hermione entre gemidos.

Y Luna se detuvo, aunque fuese por un mísero instante. Hermione supo que estaba jugando y, como era predecible, la oleada de placer continuó.

Y fue incrementándose, más y más. Pronto, la sensación era abrumadora. Tenía que desahogarse, tenía que gritar, aunque eso despertase a Lizzie.

Y gritó.

Sólo que no lo hizo con tanta fuerza. Sí respiró agitada y superficialmente, como si hubiera pasado varios minutos bajo el agua. Tenía las mejillas coloradas, temblaba y su corazón latía a tope.

—¡Oh, por Merlín! —exclamó Hermione cuando pudo—. Eso estuvo…

—¿Genial? —aventuró Luna, sabiendo que así era—. Pues no seas avara y dame el mismo placer.

—¿Me dijiste avara?

—A menos que me hagas lo que yo te hice —dijo Luna, encogiéndose de hombros.

Pronto, Luna era la que estaba gimiendo y Hermione la que estaba metida entre sus piernas, jugando con su intimidad. Jamás en su vida había escuchado a Luna hacer esos sonidos, pues siempre la había visto como alguien asexuada. Le causaba una profunda satisfacción que, en cuestiones de sexo, Luna era como cualquier otra chica. Poco importaba su personalidad tan peculiar en el diario vivir. En ese momento, ella era una mujer capaz de orinarse de placer si las circunstancias se daban.

Afortunadamente, semejante cosa no ocurrió, pues el olor a orina en la cama de alguien que no había dormido allí era un asunto muy sospechoso. Como sea, Luna no arqueaba la columna como lo hizo Hermione, pero sí se puso tensa y agarró las sábanas de la cama con fuerza. Como pasó con Hermione, no pasó mucho rato para que los fuegos artificiales volvieran a hacer acto de presencia, sólo que esta vez era Luna la que respiraba con dificultad, estaba colorada y todo lo demás.

—¡Vaya! ¡Para ser tu primera vez, no estuviste nada mal!

—¡Vamos! —dijo Hermione, sentándose y abrazando a Luna por detrás—. No tenía tanta ciencia. Bastaba con encontrar el punto exacto y ser sutil con mi lengua, nada más.

—¿Y cómo supiste sobre ese punto?

—¡Vamos! —repitió Hermione—. ¿Jamás te has tocado, cuando estás sola y no tienes nada que hacer?

Luna no dijo nada. Hermione sonrió.

—Admite que no soy tan inepta como para no saber cómo estimularte.

—Dijiste que no tenías idea sobre cómo dos chicas hacían el amor —le recordó Luna pícaramente.

—No sabía que las lesbianas hacían eso a modo de sexo —se excusó Hermione, aunque sabía que debió haberlo imaginado.

—Bueno, no todas lo hacen —admitió Luna—. De hecho, creo que muchas de las prácticas sexuales lésbicas provienen de las películas pornográficas muggle.

Hermione abrió los ojos a tope.

—¿Ves porno?

—Porno lésbico, sí —dijo Luna, otra vez sin vergüenza alguna—. Hay varias con buenos argumentos. Las heterosexuales son aburridas, pues es puro sexo.

Hermione no tuvo tiempo para sentirse sorprendida por lo que estaba aprendiendo de Luna en ese momento. Pues, cuando vio el reloj de arena, se dio cuenta que ya eran las tres de la mañana.

—Vístete, rápido —dijo, buscando sus prendas en medio del desastre de la habitación.

—¿Por qué?

—Porque un asesinato está a punto de ocurrir en Mitre Square.