Capítulo III
Merlín bajaba las escaleras a toda velocidad, a punto de llamar a la puerta de Godric cuando éste salió por ella.
—Milord —comenzó a decir un excitado Merlin—, ¿habéis pensado en lo que hablamos ayer?
Gryffindor, que en ese momento no le quitaba la vista al pergamino que tenía en la mano, asintió sin pensar en lo que le estaba comentando el joven profesor.
—Sí, sí, hablad con Rowena… De lo que sea que me estéis hablando.
—Lo hice, mas ella me dijo que lo hablase con vos.
Godric miró a Merlín sin saber qué responderle. Llevaba demasiada prisa, apenas iba a poder desayunar con tranquilidad y no se podía permitir perder mucho más el tiempo.
—En ese caso, tenéis un minuto.
—Es sobre mi clase de primera hora…
—¡Oh, ya recuerdo! Sí… no veo por qué no. Mas debéis comentarlo a Morgana, no vaya a ser que volváis a tener otro de vuestros conflictos habituales.
—Ahora mismo me disponía a hablar con ella. Aunque no sé muy bien dónde se halla, porque me han dicho que ya salió de sus aposentos, mas en el Gran Comedor no está.
—Lo lamento, Merlin. No puedo quedarme a charlar. Más tarde me comentáis cómo ha ido.
Sin más, Godric salió corriendo. Merlín se preguntó qué sería aquello tan importante que le tendría tan ocupado desde tan temprano. Pero no le importaba lo más mínimo.
Ahora su preocupación era encontrar a Morgana. Llevaba desde el día anterior sin verla y el tiempo se le estaba echando encima. Ya había avisado a sus alumnos que la clase se haría en el exterior, pero le preocupaba un poco la idea de que su compañera aún no estuviera informada. Aun así, el tiempo corría y ya no sabía por dónde más podía mirar. Le echó un último vistazo al Gran Comedor. Uno de sus alumnos le comunicó que en el aula tampoco estaba.
No le quedaba otra que empezar sin ella.
Los alumnos iban llegando uno a uno; algunos incluso llegaron mucho antes que él, y eso le emocionó, puesto que eso implicaba que sentían ganas y curiosidad por aquella clase tan especial. Y vaya que si lo iba a ser.
—Como me puedo imaginar, seguro que estaréis deseosos de saber qué es lo que vamos a enseñaros en la lección de hoy.
Una chica, alumna de Ravenclaw, levantó la mano.
—¿Alguna pregunta, McEwan?
—¿No esperamos a la profesora Pendragon?
Merlin miró a ambos lados. Habían pasado más de cinco minutos desde que comenzó la clase y no creía conveniente retrasarlo más. Se encogió de hombros, dándole a entender que debían continuar. Se dirigió hacia la caja que tenía justo detrás de él, tapada con una sábana.
—¿Alguien sabría decirme qué es lo que tengo aquí dentro?
Todos los alumnos se miraron entre sí, menos una, la chica que había levantado la mano antes, que la volvió a alzar.
—¿Jane?
—Son ninfas de Knock, señor.
—Así es —alcanzó a decir Merlin, sorprendido por la respuesta de la chica—. Veo que se te da bien adivinar, por lo visto.
—Bueno… yo… Os vi con la profesora Hufflepuff en el jardín, metiéndolas en la caja… —La joven se sonrojó tanto que apenas se le distinguía el rostro de su cabello.
—¿Y sabrías decir qué son las ninfas de Knock, señorita McEwan?
—Son pequeños seres muy bellos al igual que peligrosos. Aunque son inofensivas, las bolas de colores que desprenden cuando se ven atacadas son complejas de quitar, mas es necesario de una poción especial para deshacerse de los restos de dicha sustancia. Las bolas de colores de las ninfas de Knock son, a menudo, utilizadas por los artistas por sus llamativos colores. Gracias al polvo mágico que crean de forma natural las ninfas es como se consigue que esos cuadros se vean en movimiento, lo que le hace más realista y mágico, creando que…
—Es suficiente, Jane —la interrumpió Merlín—. Como sigas explicando más me vas a dejar sin clase, jovencita.
Toda la clase se echó a reír, hasta la ruborizada Jane, que aquella pequeña broma hizo que se tranquilizara un poco más.
—Bueno, como bien ha explicado tan amablemente vuestra compañera, las ninfas segregan una especie de bola o burbuja líquida que, con sumo cuidado, pueden utilizarse para muchas cosas. Aunque no es una tarea nada fácil, ya que las ninfas de Knock son unos seres muy ariscos y como tengan un mal día o las encontréis de mal humor, es casi imposible conseguir nada de ellas. Mas estas parecen tranquilas, por lo que os enseñaré cómo extraer una de las bolas sin morir en el intento.
Merlín abrió la caja con sumo cuidado de no dejar escapar a ninguna que él no controlara. Cogió su varita, señaló a una de ellas y, como hipnotizada, se acercó a su mano lentamente. La pequeña ninfa se sentó en ella y comenzó a formar una pequeña burbuja entre sus diminutas manos de un color morado intenso. Los alumnos observaban con admiración la hazaña que la criatura les estaba regalando. La ninfa agitaba ligeramente sus alas mientras hacía agrandar la burbuja. Merlin, mientras tanto, les hacía gestos a sus alumnos para que evitaran emitir ningún tipo de sonido, puesto que ambos —él y la ninfa— necesitaban de cierta concentración para que todo saliera a la perfección. La bola de color morado ya estaba casi terminada. Merlin sonreía ante la atenta y asombrada mirada de los pupilos. Aquel acto tan simple y, a la vez, tan mágico, era de las cosas que la Madre Naturaleza en el mundo mágico más le entusiasmaban.
—¡Maldito discípulo de Hades, sabandija de las cloacas! ¡Excremento del inframundo!
Merlín puso los ojos en blanco e intentó hacer callar a su compañera.
—Morgana —susurró, procurando no espantar a la ninfa—, me encantaría seguir escuchando cómo halagáis a mi persona, mas os pido un poco de silencio en este momento, por lo que…
—¡Al carajo el silencio! ¿En qué momento teníais pensado comunicarme que ibais a dar la clase en el exterior del colegio?
Y, tal y como se temía Merlin, se produjo una pequeña explosión en la mano que sostenía a la ninfa, impregnándole de color morado; la ninfa, mientras tanto, salió volando, no sin lanzarle varias bolas de color verde y azul a la túnica del profesor. Asustada, quiso meterse de nuevo en la caja, pero ésta se abrió de golpe y las demás ninfas salieron despavoridas, lanzando a diestro y siniestro pequeñas bolas de colores diversos a todo lo que se le ponía por en medio.
—¡Enhorabuena, señorita Pendragon! Habéis conseguido espantarlas.
—¿Yo? Habéis sido vos, Emrys, quien ha traído hasta aquí esos seres del mal.
Ambos consiguieron esquivar unas cuantas bolas, pero otra tanda salida de dos de ellas salieron disparadas detrás de ambos. Merlin les indicó a los alumnos que se alejaran todo lo que pudieran hasta que todo estuviera controlado.
—No son seres del mal. De hecho, son mucho más amables y bondadosos que vos —una sonrisa sarcástica se asomó en el rostro de Merlín.
—Sois peor que el vómito de un gnomo de pantano.
—Gracias por vuestro piropo, mas creo que deberíamos centrarnos en las ninfas.
Morgana sacó su varita e intentó paralizar a una que se le acercaba con un hechizo paralizante sin mucho éxito.
—¡Oh! La gran Morgana no sabe cómo controlar a unas simples ninfas de Knock.
—No me estáis ayudando —farfulló entre dientes—. Además, no me especialicé en seres mágicos, precisamente.
—Me asombráis, milady. Os creía muco más poderosa de lo que demostráis. Las ninfas de Knock no son fáciles de controlar, ya que se necesita de máxima concentración para ello. Y cuando están a la defensiva, —explicó, esquivando en vano varias bolas que explotaron en su túnica, rostro y oreja respectivamente— ningún hechizo o pócima puede calmarlas.
—Creo recordar que sí que hay una poción que podemos usar…
—Sí, mas hay un inconveniente: se necesita trébol de siete hojas. ¿Tenéis uno de eso escondido en el cajón de vuestra mesilla de noche, milady?
Morgana le miró de reojo con la mirada encendida. Tal vez no pudiera atrapar a ninguna de aquellas criaturas del bosque, pero sí que podía desviar las bolas que éstas le lanzaban sin cesar. Unas cuantas de ellas fueron proyectadas directamente a su compañero. Aquello le pareció divertido. Merlin, por su parte, también aprovechó unas cuantas bolas para dedicárselas a Morgana.
Llevaban demasiado rato intentando controlar la situación, pero parecía aquello no acabar nunca. Las ninfas no tenían fin ni parecían querer dejarles en paz a ninguno de los dos.
—No podemos seguir así —comenzó a decir Morgana, una vez que dejó de mandarle bolas a Merlin—. Hay que hacer algo y hay que hacerlo pronto o esto no tendrá fin.
—Solo hay una forma de solucionarlo, mas eso está dentro del castillo. Y, si nos movemos, nos perseguirán y atacarán a todo alumno, profesor o ser viviente que se mueva cerca de ellas.
—¿Y qué pretendéis que hagamos? ¿Estar así hasta los restos?
—Por supuesto que no. Vos las entretenéis mientras que yo…
—¿Yo las entretengo? Sois vos quien las trajo hasta aquí, ¿recordáis?
—Así es, mas no he sido yo quien ha llegado aquí cual basilisco famélico y las ha asustado, precisamente.
—¡Serás babosa de estiércol! Os vais a enterar de…
Morgana quiso lanzarle otra bola de colores, pero se detuvo en seco. Se percató, al igual que Merlín, de que estaba sonando una dulce melodía; parecía provenir de detrás de ellos. Aquel tierno sonido, manjar para sus oídos, le resultaba muy familiar. Ambos brujos buscaron con la mirada de donde provenía y Merlín dio con ello.
—Era justo eso lo que necesitábamos, la música celestial de un arpa para controlar a las ninfas.
Los pequeños seres alados, como hipnotizados, seguían el son de la música, revoloteando alrededor del instrumento musical. Ambos muchachos se preguntaron quién había traído el instrumento hasta allí.
A pocos metros de donde se encontraban, al pie de las escalinata que subía a la entrada al castillo, se hallaba Rowena, con el rostro fruncido.
—Vosotros dos, a la sala de reuniones —instó sin dejar hablar a ninguno de los dos—. ¡Ahora!
Morgana bajó la mirada al suelo. A pesar de que en su rostro tenía pegotes rosados, azules y verdosos, el rubor de sus mejillas no pudo ocultarlo. Había decepcionado a su mentora, a la gran Rowena Ravenclaw. Si acababa expulsándola por aquello, jamás se lo perdonaría. Ni a Merlín tampoco. Él tenía la culpa de todo. Si le hubiese dicho dónde estaban y qué era lo que pretendía hacer con aquella clase, nada de aquello hubiese ocurrido. Desde luego, no estaba pasando por su mejor momento y aquel brujo sin escrúpulos no se lo estaba poniendo nada fácil.
Ya en la Sala de Reuniones, Rowena mandó a uno de los elfos a llamar tanto a Godric como a Helga. Se la veía claramente alterada por todo lo ocurrido en el patio. Lo había presenciado todo desde la ventana del aula donde estaba dando clase.
—No me puedo creer el comportamiento tan pueril que habéis demostrado esta mañana los dos. ¿Ese es el ejemplo que le queréis dar a vuestros pupilos?
Godric acababa de entrar por la puerta, con los ojos como platos, observando el aspecto tan lamentable que traían ambos profesores. Desde luego, eran un auténtico cuadro.
—Mi señora, si me permitís, yo… —comenzó a decir Morgana.
—¡Silencio! —la interrumpió Rowena, con los ojos clavados en su vieja discípula—. No tenéis la menor idea del bochorno que he pasado viendo cómo os enfrentabais de esa manera tan ridícula. Y delante de todos esos alumnos. Me temo que una simple disculpa no será suficiente para enmendar este entuerto…
—Vergüenza debería daros —se oyó decir a Helga desde la puerta.
—Gracias, Helga. Yo… —Rowena enmudeció al percatarse de que su amiga tenía la mirada clavada en ella—. ¿Qué insinuáis, Helga?
—Insinúo que sois Godric y vos los que estáis dando un mal ejemplo a vuestros pupilos —El rostro de Helga estaba tan encendido que hacía juego con su rojiza cabellera—. Se os tendría que caer la cara de la mísera vergüenza por lo que le estáis haciendo pasar a estos dos muchachos. ¿Tenéis, acaso, alguna mera idea de lo que ambos han tenido que dejar atrás para poder estar a vuestra merced y estar aquí sin pedir a cambio más que un poco de vuestra atención por parte de ambos? ¿Acaso no pensáis que no tenían una vida hecha antes de que vosotros la interrumpierais con vuestro llamado? Pues ya os contesto yo: no, no lo pensáis. Y no lo hacéis porque sois dos egoístas que, en vez de haber solucionado el problema de Salazar organizándonos un poco, habéis ido a lo fácil, que en cierto modo es lo más sensato. Mas, ¿acaso, pues, alguno de los dos tuvo la sensatez de pedir mi opinión al respecto? No, por supuesto que no. ¿Para qué vamos a pedir opinión a la tonta y apocada Helga? Hagamos lo que nos salga de las enaguas empapadas, que es lo que mejor se nos da.
—Helga —intervino Godric—, creo que estáis siendo un tanto injusta…
—¿Injusta? ¡¿Injusta?! ¿Y vos, precisamente, me habláis de justicia? ¿Vos, que casi os enzarzáis en un duelo a muerte con Salazar, acabando por marcharse…? No, yo os hablaré de injusticia, mi querido Godric. Injusticia es lo que estáis haciendo con estos dos muchachos. Ninguno de los dos ha tenido la decencia de charlar y aclarar el tema del puesto vacante, dejando a su suerte toda la responsabilidad aun sabiendo que todo podría acabar en catástrofe.
—Helga, yo… —murmuró Rowena.
—Aún no he acabado. Desde que empezó el curso, no ha habido ni un solo día que estos dos jóvenes no acudieran a mí en busca de una solución a su problema. Solución que yo no podía decidir por sí sola, puesto que esto no es algo de uno, sino de los tres, no solo mío. Y era vuestra la responsabilidad de hallar una solución a todo este embrollo. Solución que se podría haber dado en el momento en el que ambos profesores pisaron Hogwarts. Y, en mi opinión, creo que sois vosotros dos —dijo señalando a Rowena y Godric con el dedo índice— los que os tendríais que disculpar con Merlín y Morgana por las molestias ocasionadas.
Se hizo un silencio sepulcral. Ninguno de los aludidos sabía qué decir, sobre todo porque era la primera vez, en todos los años que conocían a Helga, que les había hablado de aquella forma tan seria.
—Merlín, Morgana —comenzó a decir Helga—, id a la enfermería; allí encontraréis lo necesario para poder limpiaros.
Los dos brujos asintieron y obedecieron en silencio, dejando atrás a los tres fundadores de Hogwarts continuar su disputa en privado. De camino a la enfermería, ninguno de los dos pronunció palabra alguna. Puede que por todo lo que había dicho Helga, puede que por vergüenza, puede que por todo a la vez y por más cosas. Apenas se podían mirar a la cara.
Mientras Morgana hurgaba en una de las vitrinas en busca de uno de los ingredientes para la poción, entró una lechuza en busca de Merlin que le dejó una carta a sus pies. La cogió de inmediato y se quedó pensativo.
—¿Qué ocurre?
—El matasellos es de Camelot —respondió, mirándola de reojo; Morgana se sobresaltó y dejó lo que estaba haciendo para acercarse a él. Merlin lo abrió sin más miramiento y leyó su contenido.
—¿Y bien?
—Es vuestro hermano, Arturo. Requiere de mi presencia de inmediato.
—Voy con vos.
—¡Ni hablar! Vos os quedáis aquí.
—Es mi hermano.
—Y mi protegido, no lo olvidéis. Además —continuó, con media sonrisa en los labios—, habéis conseguido lo que deseabais: el puesto es vuestro.
—Hubiese preferido haberlo conseguido de forma más limpia.
—Y limpia es… solo que es un servidor quien se retira de la competición.
—¿No pensáis regresar?
—Todo es posible. Mas eso debería seros indiferente, puesto que yo soy una «sabandija de cloaca».
Morgana puso los ojos en blanco.
—Mantenme informada, ¿de acuerdo?
Merlín asintió, dio media vuelta y se marchó.
