Capítulo IV
Llevaba demasiados días sin saber nada de Merlín. Desde que se marchó casi tres semanas atrás, no había recibido noticias de él. Aunque ahora las clases las llevaba por completo ella y, con ello, se sentía más libre de hacer lo que ella creía conveniente con ellas, por alguna extraña razón que no llegaba a alcanzar se sentía vacía cuando entraba en el aula y no estaba él.
—Profesora Pendragon —interrumpió sus pensamientos Jane McEwan—, no quisiera importunaros, mas me preguntaba si sabíais cuándo regresaría el profesor Emrys por un casual.
Parecía como si aquella muchacha supiera, de algún modo, su preocupación por él. Morgana negó con la cabeza en silencio. Ni siquiera sabía qué contestarle a la chica, ya que no era la primera vez que preguntaba por Merlin y comenzaba a preguntarse si no sentía algún tipo de atracción amorosa hacia su profesor. Aunque, por otra parte, no le extrañaba en absoluto, puesto que Merlin, manque le pesara mucho, era un hombre bastante apuesto, por no mencionar que inteligente y don de gente. Tenía ciertas cualidades que en más de una ocasión le hizo preguntarse por qué Rowena no le aceptó entre sus alumnos. De hecho, una vez se lo llegó a preguntar, incluso, mas la respuesta de su mentora fue más que suficiente para darse cuenta de que debía ser pupilo de Slytherin: «La inteligencia no siempre es suficiente para que yo le considere uno de los míos, mi querida Morgana.», le contestó Rowena aquel día «La astucia y la ambición que derrochaba Merlin el día que llegó a esta escuela fue más que suficiente para que el propio Salazar le escogiera personalmente para pertenecer a su casa. Fue la primera y única vez que lo hizo con un alumno. Lo mismo que yo hice con vos.»
Ambos eran, de algún modo, especiales. Ambos habían sido escogidos por sus mentores y eso les hacía únicos. A pesar de todas las diferencias que mantenía con Merlín, Morgana siempre sintió que él era el único que le comprendía. Su único hermano, Arturo, no había heredado la magia de su madre, como lo había hecho Morgana. Merlin era hijo del mejor amigo de su madre, un gran hechicero que se dedicaba a amaestrar dragones. Cuando su padre falleció, Merlin se quedó solo con su madre, que carecía de magia a pesar de ser hija de magos. Cuando Morgana coincidió con Merlín en Hogwarts, se alegró de no ser la única en Camelot que iba a aquella escuela. Pensó que sería bueno tener a alguien de su mismo lugar cerca de ella, ya que así se sentiría como en casa. Sin embargo, Morgana nunca se llegó a imaginar que Merlin fuese a veces tan irritante. Siempre quería dejarla en ridículo, queriendo ponerse siempre por encima de ella. Y eso era algo que a Morgana nunca le gustó.
Aunque, en ese momento, casi sintió lástima por él. Nunca se cuestionó que el hecho de que Merlin se comportara de aquella manera era por el simple hecho de que necesitaba forjarse un futuro mucho mejor del que tenía. A pesar de que adoraba a su madre, sabía que aspiraba a algo más que acabar viviendo en una granja, ordeñando cabras y esquilando ovejas. En cambio, ella, era hija del rey de Camelot, jamás le había faltado de nada y, se dedicara a lo que se dedicara, nunca acabaría en la miseria. Y era por eso por lo que no le sorprendió nada que Merlin se hiciera tan amigo de su hermano nada más terminar Hogwarts. Según él, había una especie de profecía que decía que debía proteger al rey de Camelot, cosa que a ella le hizo mucha gracia puesto que en aquellos años reinaba su padre y no su hermano. Cuando su padre murió y Arturo se alzó al trono, comprendió que Merlin tenía toda la razón. Pero, entre la mala relación que tenía con él y con Merlin hicieron que ella decidiera marcharse de lo que había considerado todos esos años su hogar.
Y ahora estaba ella allí, en aquella aula, dando vueltas por la estancia pensando inexplicablemente en ese mago al que siempre detestó, con el que siempre se llevó a matar. Estar tanto tiempo sin tener noticias ni de él ni de su hermano la inquietaba sobremanera. ¿Y si Arturo estaba enfermo? ¿O herido? ¿Y si lo estaba Merlin? La incertidumbre era tal que le carcomía por dentro.
—Patética —se dijo a sí misma.
—¿Perdón? —comentó la joven McEwan, haciéndole recordar a Morgana que aún permanecía con ella.
—No, no te decía a ti, Jane, sino a mí.
—¿Os puedo ayudar en alguna cosa, profesora?
Morgana negó con la cabeza en rotundo. No, por supuesto que ella no podría hacer nada por ella. Solo ella, Morgana, podía hacerlo.
Se disculpó con la chica y salió del aula de inmediato en dirección al despacho de Rowena.
—Profesora Ravenclaw, ¿podemos hablar un momento?
Rowena hizo un ademán para que se sentara frente a ella. Dejó lo que estaba haciendo para poder prestarle toda la atención que necesitara; después de la charla que tuvo días atrás con Helga, le hizo comprender que no había sido muy justa con Morgana.
—¿Ha ocurrido algo, Morgana? —El rostro de la joven estaba ciertamente pálido. Parecía que le iba a dar algo y a Rowena le preocupaba que estuviera enfermando.
—Es Merlín, milady.
—¿Habéis recibido malas noticias de él?
Morgana negó con la cabeza.
—¿Pues?
—Eso es precisamente lo que ocurre, que no recibo noticias de él. Ni buenas ni malas.
—¿Y qué es lo que os inquieta tanto? Hasta donde conozco, no era santo de vuestra devoción la presencia de Merlin. Deberíais estar en la gloria tras su marcha.
—Y así es cómo me sentía al principio, mas me quita el sueño pensar que le haya pasado… algo.
—Morgana, desconozco los motivos de la marcha de Merlin, mas no creo que le haya pasado nada. Es un mago tan astuto como sabio, así que me extrañaría sobremanera que esté en peligro. Sabe salir de las peores circunstancias sin ayuda de nadie.
—¿Y si es mi hermano el enfermo?
Rowena alzó ambas cejas, sorprendida.
—¿Ahora os preocupáis de la salud de vuestro hermano?
Morgana se encogió de hombros. No le extrañaba que a su mentora le pillara desprevenida su duda.
—Es la única familia que me queda. A fin de cuentas, me quedaría sola si algo le ocurriese.
—Morgana —comenzó a decir Rowena, intentando encontrar las palabras adecuadas—, me fue un tanto difícil encontraros cuando di con vos en una pequeña aldea al este de Gales, según me informaron mis fuentes. Mas dudo de que os importara la soledad en esos momentos. ¿De veras me queréis hacer creer que estáis preocupada por la salud de vuestro hermano, al que jamás habéis mostrado interés alguno, por si os quedáis sola en este mundo? Me temo, mi querida y apreciada Morgana, que aquí hay algo que no me queréis contar. O puede que ni vos misma sepáis lo que es.
Hubo una breve pausa, donde Morgana no sabía cómo encajar todo aquello.
—Mas si tanto os inquieta, puedo mandar a alguien a que averigüe lo sucedido…
—Milady… —la interrumpió Morgana—, si no es mucho pedir, me gustaría ser yo la que lo averiguase por mi cuenta.
—¿A qué os referís?
—A que necesito ir a Camelot.
—¿Tan importante es esto para vos? —la joven profesora asintió—. Mas eso implicaría tener que abandonar vuestro puesto en Hogwarts.
—Sabéis que no lo haría si no fuese necesario. Os mandaré sin falta una lechuza con las nuevas que tenga y no me demoraré más de una semana en mi hazaña. Diez días, a lo sumo.
Rowena se quedó pensativa, meditando con precisión lo que Morgana le acababa de pedir.
—De acuerdo —asintió, finalmente—. Si es lo que deseáis, no seré yo quien os lo impida. Mas tenéis que tener en cuenta que, de vencerse el plazo que me pedís, tendré que recurrir a otra persona que ocupe vuestro lugar, no pudiendo así recuperar vuestro puesto como profesora.
—No será necesario que hagáis eso, porque regresaré.
—Os veo en diez días.
—No os arrepentiréis, Rowena.
—Marchaos antes de que me arrepienta.
Le había llevado casi día y medio poder llegar hasta Camelot. La lluvia y el viento no le ponía, una vez más, nada fácil el trayecto hasta allí, pero al fin había llegado. Cuando visualizó a lo lejos el castillo, aceleró el trote de su caballo.
En cuanto se apeó de él nada más llegar, subió la escalinata de la entrada a toda prisa, en busca de su hermano. Aunque, en el fondo, sabía que no era a él a quien realmente quería encontrar.
—¿Morgana? —dijo una voz femenina que Morgana conocía a la perfección—. ¿Qué hacéis vos aquí?
—Buenos días, Ginebra —la saludó cortésmente—. Venía a visitar a mi hermano. ¿Está en su dormitorio?
Ginebra frunció una ceja, extrañada.
—Me temo que no, milady. Vuestro hermano estaba hasta hace un rato en los establos con Sir Gawain y…
—¿En los establos? —la interrumpió, sorprendida.
—Sí, es un lugar que frecuenta mucho, ya sabéis.
—Lo sé, mas… ¿no le ocurre nada malo? ¿No está enfermo ni herido?
—Pues, aparte de una costilla rota y un par de magulladuras, se encuentra a la perfección.
—¿Y entonces por qué mandó a llamar a Merlin?
Ginebra se encogió de hombros.
—Desconozco sus motivos, mas Merlin solo estuvo aquí unas pocas horas. Después se marchó y hace días que no aparece por estos lares.
Nada más terminar de mencionar aquello, Morgana salió corriendo hacia los establos. Si no era tan importante, ¿por qué Arturo le mandó aquella carta? Y lo más inquietante, ¿por qué Merlin salió tan aprisa nada más leerla? Eran demasiadas preguntas las que se le venían a la mente y ninguna de ellas tenía sentido.
Arturo estaba a las afueras de los establos, enfundado con su armadura, en plena lucha con Gawain. Nada más ver a su hermana, le hizo una señal a su contrincante para que hicieran una pausa. Se quitó en casco de la armadura y se dirigió hacia ella.
—Benditos los ojos que os vuelven a ver, Morgana —dijo Gawain con una sonrisa cómplice y una reverencia con la cabeza.
—Buenos días a vos también, Gawain —le respondió Morgana, cortante.
—Con vuestro permiso, Majestad, me retiro para que podáis conversar tranquilamente.
Los dos hermanos esperaron a que sir Gawain se marchara y estuvieran completamente solos.
—¿Y bien? —comenzó a decir Arturo—, ¿a qué debo el honor de tu visita?
—No me andaré con rodeos, hermano —instó Morgana—. Hace unos días, mandaste una carta a Merlin, ¿no es cierto?
—Así es. Mas no llego a comprender qué es lo que tiene que ver con que estés aquí.
—Pues que me dijo que era algo urgente, mas no creo que una costilla quebrada y unos arañazos sean de vital importancia como para requerir de su presencia. Y por lo que tengo entendido, ni siquiera se encuentra contigo.
—Merlin no os mintió, mas no te comentó el contenido de esa carta, por lo que puedo percibir.
—No, no me reveló lo que contenía. ¿Y puedo saber qué era?
Arturo se quedó en silencio. Se pensó muy bien lo que le quería decir a su hermana.
—Lo siento, Morgana, mas no puedo decirte nada.
—¿Puedo saber el motivo?
—Lamento tu insistencia, mas no puedo decir nada. Además, no sé a qué viene tanto interés por Merlin; siempre pensé que os llevabais mal y te era indiferente lo que le pasara.
—Bueno, pues a lo mejor han cambiado las cosas…
—De acuerdo. Yo no puedo contarte nada, mas imagino que sé quién puede.
Ealdor era una aldea no muy lejos de Camelot, pero a Morgana se le hizo eterno el camino. Tal vez las ansias por llegar al lugar hacían que todo ocurriera más despacio de lo que a ella le gustaría. Nada más apearse de su caballo, buscó con la mirada una cabaña en concreto. Sabía cuál era, ya que no era la primera vez que había estado allí. Había olvidado ya que durante su infancia pasaba muchos ratos en aquella aldea.
A escasos metros de donde se hallaba estaba él, en la entrada de una de las casas, cortando un poco de leña de la forma tradicional.
—Podríais hacer esa tarea mucho más rápido si usaras tu varita.
Merlín se dio media vuelta. De algún modo, no se sorprendió de la presencia de Morgana y a ella le dio la sensación de que la esperaba. Merlin dejó el hacha clavada en un trozo de madera y relajó los hombros.
—¿Habéis recorrido cientos de kilómetros solo para decirme eso?
—Solo quería saber cómo estabais.
—A las mil maravillas.
Cogió los trozos de madera que había cortado y se metió en la casa. Morgana le siguió y, de inmediato, comprendió qué hacía allí. El joven mago dejó la madera dentro de la chimenea y comenzó a encenderla.
—Sé lo que estás pensando. Y no, no puedo usar magia aquí. No todo el mundo lo entiende ni es tan comprensiva. Podría meterme en problemas por ello y es lo último que deseo.
Eso era algo que Morgana ya sabía y le hacía sentir inútil. Desde que desarrolló sus poderes no había hecho nada con sus propias manos y aquello le resultaba digno de admirar. Una tos seca detrás de ella le interrumpió sus pensamientos. Se acercó a ella despacio. Hacía años que no la veía, pero no había cambiado nada. Tenía la tez más pálida, probablemente por su estado delicado de salud.
—¿Morgana? —murmuró la mujer con apenas un hilo de voz—, ¿sois vos?
—Sí, Hunith, soy yo.
Los pálidos y alargados dedos de la mujer se alargaron para tocar a la joven y ésta le apretó la mano. El rostro de la mujer se ensanchó en una sonrisa.
—Sois la viva imagen de vuestra madre —consiguió decir, con mucha dificultad.
—Madre, no debéis hablar —la regañó su hijo.
—Habéis sido muy amable por haber venido hasta aquí. —Un ataque de tos le entró de repente y no pudo continuar conversando. Merlin le acercó un poco de agua de la jarra de peltre que tenía en la mesita junto a la cama. Cuando por fin calmó la tos, prosiguió—. Morgana, ¿me podéis prometer una cosa? —La muchacha asintió lentamente—. Cuidad de mi hijo.
—¡Madre! —la reprendió el aludido.
—Es terco y algunas veces arrogante, mas es un buen chico. No hay más que ver cómo cuida de esta vieja.
Morgana miró de reojo a Merlin. Estaba a su lado, dándole la espalda a ambas. Parecía como si no soportara las palabras de su vieja madre y se estuviera reprimiendo algo. Salió de la casita; necesitaba un poco de aire. Morgana se disculpó con la mujer y salió detrás de él.
—¿Por qué no me dijisteis que se trataba de vuestra madre?
—Me temo que mis asuntos personales no son de vuestra incumbencia, Morgana.
—Lamento mi impertinencia, mas no era mi intención. Solo sentía curiosidad, nada más.
—No me agrada hablar de estas cosas con nadie. El único que sabía de mi situación era vuestro hermano, que fue él quien me avisó del estado de salud de mi madre. No os mentí, si eso es lo que os preocupaba.
—No lo pensé. Yo…
Todo ocurrió demasiado rápido. Un ruido les interrumpió la conversación y Merlín entró sin pensarlo. Hunith estaba en el suelo, inmóvil. Había tirado la jarra de peltre de la mesita y aquello fue lo que les alertó. Estaba inconsciente y Morgana se quedó sin saber qué hacer. Merlin cogió en peso a su madre y la dejó en su cama delicadamente. Se la veía tan frágil que no quería lastimarla más. La mujer abrió súbitamente los ojos, miró a su hijo y le sonrió. Cuando los cerró, Merlín lo comprendió; y se quedó paralizado. Por una vez en su vida no podía reaccionar ante una situación.
—Merlín… —comenzó a decir Morgana, apoyando la mano en su hombro. Él asintió, en silencio, sin apartar la vista del cuerpo sin vida de su madre.
Morgana seguía sin saber qué hacer. Por un lado quería dejarle a solas en su tristeza, pero por otro no estaba segura de si era una buena idea. Se le vino a la mente el día en que ella perdió a su padre. Por muy mal que siempre se llevó con el mago, él estuvo en todo momento cuando más lo necesitó y sentía que debía devolverle el favor.
Tras un breve entierro, en donde ambos mantuvieron en silencio por horas, fue la joven bruja la que lo rompió.
—¿Estáis bien? —Él asintió—. Si necesitáis algo…
—¿Os marcháis?
—¿Preferís que me quede? —Merlín asintió—. ¿Y qué… vais a hacer ahora con… la casita?
Merlin alzó la vista hacia su compañera.
—¿De veras eso es lo único que se os ocurre decir en estos momentos?
Morgana se sonrojó. Probablemente era el momento menos oportuno para hacer ese tipo de cuestiones y se disculpó.
—Bueno, es un buen lugar para criar a nuestros hijos —instó Merlín, con media sonrisa, cosa que pilló desprevenida a Morgana.
—¿Nuestros qué? —bufó ésta.
—¿Ahora me lo vais a negar?
—No sé de qué me habláis.
—No opino lo mismo —le dijo, con una amplia sonrisa; Morgana negó nuevamente.
—Ilumíname.
—¡Oh, vamos! De sobra sabemos que siempre has estado enamorada de mí.
Morgana pegó el grito en el cielo. Varios improperios que más de un aldeano pudo escuchar.
—Ese no es un vocabulario adecuado para la hermana de un rey, mi estimada Morgana.
—¿Cómo osáis decir semejante falacia y quedaros tan campante?
—Porque es cierto, milady. Si me equivoco, ¿qué hacéis aquí, pues?
Morgana no supo responder y la sonrisa de Merlín se amplió aún más.
—Muy bien, hagamos la prueba.
—¿Cuál pr…?
No la dejó terminar cuando se acercó a ella y la besó. Ella permaneció quieta, sin reaccionar. Cuando se separó de él, su rostro se enrojeció.
—¡Maldita Helena! —murmuró Morgana.
—Esa reacción no era la que me esperaba, he de reconocer. Mas tengo razón. Y lo sabéis.
Morgana refunfuñó. Detestaba con todo su ser darle la razón. Mucho.
—Sois peor que una urticaria.
—Vuestros insultos serán siempre una dulce melodía para mis oídos.
Por más que se lo negara a sí misma, Helena estaba en lo cierto. Tal vez él era la persona que necesitaba en su vida. Aunque cada vez que recordaba todas esas veces en las que le ha puesto en evidencia, cambiaba de opinión.
—¿Os habéis dado cuenta de que deseáis con toda vuestra alma a una babosa de estiércol?
Por primera vez en todo el día, se había arrepentido de haber ido hasta allí. Se dio media vuelta, en dirección a la puerta, pero Merlin le agarró del brazo, impidiendo que diera un paso más.
—Si os sirve de consuelo —le susurró al oído—, yo siento lo mismo.
Ahora era ella la que no se esperaba aquella respuesta. Merlín le cogió de la mano y la llevó hasta afuera.
—Podemos dar un paseo por la aldea. Me temo que tenemos muchas cosas que aún no nos hemos dicho.
Para Morgana, Merlín podía ser irritante, pretencioso y egoísta, pero, quitando todo aquello, sabía que a veces podía llegar a ser encantador. Solo a veces.
FIN
