Disclaimer: Los personajes son de Stephanie Meyer, mientras que la historia (y la protagonista principal junto con algún que otro personaje) son de mi completa autoría. Prohíbo la publicación o traducción de la historia sin mi permiso.

Sunako1993: Me alegra que te haya gustado el Prologo. Al ser la primera en comentar mi historia (la cual pensaba, nadie leía) he decidido dedicarte este capitulo. Lamentablemente, aun no he hecho que Alec y Christine se conozcan, pero prometo que sucederá en el siguiente capitulo. Espero seguir leyendo tus reviews, que me anima a continuar.

alessa-vulturi: Que te resulte interesante me alegra, también te dedico este capitulo a ti y espero que la historia te guste tanto (sino más) como me gusta a mi escribirla.

Capítulo I: Comienzo

Nada había salido como yo había querido. Cuando miro alrededor me doy cuenta de que todo por cuanto he pasado, han sido las consecuencias de las decisiones de otras personas. La decisión de mis padres por casarse a muy temprana edad y a después abandonar su matrimonio ante la primera crisis. La decisión de mi madre por irse a otro país. La decisión de mi padre al ser abogado. La decisión de aquel ratero de cuarta al apretar el gatillo y quitarle la vida por los billetes de su cartera. La decisión de mi padre al morir… Mi vida se basaba en las decisiones de terceras personas y como una corriente, yo siempre me he dejado llevar. Y eso era lo que me había llevado a aquella extraña, delirante e inhóspita situación.

Todo había empezado con un entierro.

Extrañamente, y a diferencia de las películas, no era un día lluvioso, sino uno muy soleado y con una temperatura ambiente de treinta grados que desaconsejaba por completo el ir vestido por completo de negro. Pero era un funeral, y a los funerales, se quiera o no, se debe ir de luto. Más si era el funeral de mi padre.

Había muerto dos días atrás, a manos de un atracador inexperto que apretó antes de tiempo el gatillo y salió corriendo de la escena del crimen. Aunque sin olvidarse de la cartera de mi padre, claro. Una muerte un tanto estúpida para un abogado de Phoenix, pero no extraña. Lo extraño de la situación era el que yo no sintiera ningún tipo de dolor o tristeza por su muerte. Al contrario que mi hermana Wendy, que se había mantenido encerrada en su cuarto, llorando a lágrima viva hasta el día del entierro, yo apenas y si había parpadeado cuando el policía había tocado el sábado por la mañana la puerta para decirnos lo que había pasado. Solo había logrado parpadear antes de darle las gracias y cerrarle la puerta en las narices.

Y ni siquiera en aquellos momentos, viendo como echaban la tierra sobre el féretro de madera en donde descansaba, con el sonido de los sollozos de mi hermana a mi derecha y el brazo de mi madre sobre mis hombros, lograba llorar. ¿Acaso era una insensible? Mi madre y las vecinas del pueblo decían que era debido al shock, que cuando me recuperara lograría expulsar la pena. Pero si yo no sentía pena… ¿Qué iba a expulsar? Moví un poco mis hombros para quitarles la rigidez que había tenido que soportar las últimas horas y mire a mi hermana. Siendo tres años mayor que yo, y estando en el apogeo de la juventud, incluso vestida de negro y con lágrimas bañando sus rosadas mejillas se veía bella. Resultaba doloroso para cualquier chica el ponerse a su lado ya que quedaría siempre en un segundo plano. Wendy era de esa clase de chicas que ves desfilando en pasarelas y en portadas de revistas, la mayoría de las veces, retocadas con algún programa. Pero mi hermana no necesitaba ser retocada. Había heredado prácticamente toda la belleza de mi madre. Pelo corto de penetrante color negro, ojos verdes brillantes que encajaban en su expresión de antigua reina griega. Si había heredado algo de mi padre, era sin duda el mentón, fuerte, pero que no le quitaba esa aura de delicadeza femenina que desprendía.

A su lado, al igual que el resto de la población femenina, yo quedaba en un segundo plano.

En verdad dolía mirarla, sobre todo cuando verla te recordaba que a pesar de tener la misma sangre corriendo por nuestras venas, éramos tan diferentes como la noche y el día.

Aparte mi vista de ella y me concentre en mi madre. Verla a ella era ver cómo sería Wendy en el futuro, con apenas cuarenta años y arrugas de la risa en la comisura de los labios que no lograban quitarle belleza. Ver a mi madre no dolía tanto como ver a mi hermana, pero sin duda era molesto. La comparación era sencilla: ellas dos eran los cisnes y yo, el patito feo.

—Christine—la voz de mi madre, que había permanecido callada durante todo el entierro, llamándome, me dio a entender que todo había acabado. Mi padre en aquellos momentos se encontraba dentro de un ataúd de madera, a tres metros bajo tierra. Durante una fracción de segundo miré la inscripción de la lápida. "Amado padre, amado marido, amado hombre". Era irónico que mi madre hubiese decidido esa inscripción, cuando llevaban cerca de dieciséis años sin hablarse. Nunca había sido un "amado marido" ni un "amado hombre", mucho menos un "amado padre". Al menos para mí, no.

— ¿Habéis preparado vuestras cosas? —la pregunta de mi madre me hizo gruñir. Lo único bueno que había hecho mi padre, había sido tener mi custodia, por que odiaba la idea de abandonar Phoenix—.Y no pongas esa cara Christine, aun eres menor de edad, por lo que queda fuera de discusión la idea de quedarte tu sola aquí—su tono de voz cambio a una más suave cuando llegamos al coche-un Chevrolet último modelo de color cereza-y fui obligada a sentarme en el asiento trasero—.Te gustara Volterra…

—Ya he estado en Volterra, y estar encarcelada en una ciudad amurallada no es lo que yo pienso cuando escucho que un lugar me va a "gustar" —repliqué, en un tono mordaz mientras me acomodaba mejor contra el cristal de la ventanilla—.Sobre todo un lugar donde la gente se viste con capas negras y dientes falsos de vampiros.

Pero como era de esperar, mis replicas cayeron en un pozo vacio y una semana más tarde me encontraba de pie delante de mi nueva habitación en la maravillosa ciudad de Volterra, donde todo lo que ves son casas y murallas de piedras antiguas, museos, carreteras sin asfaltar-aunque de estas más bien pocas-y un montón de italianos hablando en un idioma que no entiendo.

Si hubiese sabido en aquel momento, mientras me tiraba en mi nueva cama boca abajo, que aquellos serían mis últimos días de tranquilidad, lo más seguro es que me hubiese puesto a maldecir a todos mis ancestros, aun más que en aquel entonces.