Disclaimer: Los personajes son de Stephanie Meyer, mientras que la historia (y la protagonista principal con algún que otro personaje) son de mi completa autoría. Prohíbo la publicación o traducción de la historia sin mi permiso.
Alessa: No tienes que agradecerme nada. Sobre lo de convertir a Alec al vegetarismo… admito que es algo que se me paso por la cabeza pero no para esta historia, quizás para una continuación que tengo en mente para un futuro. Sobre lo de tu pregunta del porque no podría tener una pareja, me baso en que Aro solamente desea a aquellos humanos o vampiros que tengan algún don especial, y Christine no tiene ninguno. Aunque creo que todo se explicara más adelante en la historia. También aprovecho para explicar que pienso basarme en la edad que Alec aparenta en las películas que en la de los libros, ya que en los libros se dice que tiene catorce años y me gusta más hacerlo pasar por un joven de dieciséis, en vez de hacerlo tan joven.
CAPITULO II: ENCUENTRO
El viaje en avión hasta el aeropuerto de Roma, que era el más cercano, fue apacible. Después de comprobar que la comida no había mejorado desde el año anterior, y de que las películas eran adaptaciones bastante cutres de buenas películas, decidí que lo más provechoso sería sacar fotos. Fotos a todas las nubes de diversas formas que me encontraba, creando pequeñas obras de arte gracias a la diferente iluminación que conseguía. Tenía una de una tetera vertiendo café sobre un mar de nubes…
Pero después de un par de quejas por parte de mi hermana, la cual decía que el insignificante 'clic' de la cámara le impedía dormir, tuve que dedicarme a mi segunda opción: leer. Lo malo, era que todos mis libros estaban dentro de las cajas que una semana atrás, justo el mismo día del entierro de mi padre, mi madre envió hacia su casa en Volterra, por lo que tuve que conformarme con los folletos turísticos que había cogido antes de subir.
Volterra era una ciudad de la región de la Toscana, en la provincia de Pisa. Tenía una población de 5.962 habitantes y estos se llamaban a sí mismos volterrani. Esperaba que mi madre no tuviera la loca idea de empezar a llamarse así. Simplemente no pensaba acceder a eso.
De la ciudad en sí, lograba recodar bastantes cosas del año pasado. Las calles eran estrechas-por lo que solo podía pasar un coche en un solo sentido- la mayoría en cuesta y de piedra. Las casas también estaban hechas de piedra, por lo que parecía que viajabas en el tiempo cuando paseabas. Los muros eran demasiado altos, por lo que solamente se podía ver el sol cuando este se encontraba en su cenit, y parecían rodear la ciudad en círculo, por lo que todo quedaba en torno a una plaza central, con un gran reloj. El año pasado había llegado a la ciudad para la fiesta de San Marcos, la cual se celebraba todos los años para conmemorar la expulsión de los vampiros por parte de San Marcos. Recordaba que todo el mundo tenía vistosas capas rojas y dientes falsos de vampiros. Por la noche las capas cambiaban a negras pero los colmillos falsos aun persistían.
Con un bufido deje caer el folleto dentro de mi mochila de mano y me acurruque mejor en mi asiento. Por la ventana se podía ver como el sol se iba ocultando, creando un atardecer rojo sangre. No sé porque, pero al verlo una mala sensación se instalo en mi pecho. Una sensación que, aun después de caer dormida, persistía.
Desperté dos horas más tarde, justo cuando el avión tocaba tierra. Aun medio dormida logre bajar a trompicones las escaleras del avión, antes de que mi madre tirara de mi mano para ir a buscar las maletas. Después de mi madre, que solo había llevado una pequeña maleta con lo necesario para pasar los dos días antes del entierro y el resto de la semana, yo era la que menos maletas tenía. Una maleta y media y que compartía con la mitad de la ropa de mi hermana que no le había cabido en sus dos maletas grandes. En el taxi tuvimos que poner la mía en los asientos traseros, justo entre Wendy y yo.
—La casa se encuentra justo enfrente de la torre del reloj, ¿no? —La voz de mi hermana, media hora después de haber abordado el taxi, me hizo mirarla—.No me acuerdo mucho de cómo estaba situada.
—Más que enfrente, yo diría que está en una de las calles que da a la plaza—comenté, volviendo a mirar el paisaje campestre al otro lado de la ventanilla—.Entrabas a la plaza por la izquierda, y mi ventana y la tuya daban hacia el reloj. Así no te quedaras dormida, Wen.
La mirada de asesina que envió-y que vi reflejada en el cristal-me hizo reír. Odiaba que le recordase que durante su último curso de instituto, había llegado tarde a todas sus clases durante el primer semestre por quedarse hasta tarde a hacer los trabajos, que después resultaron no ser necesarios hasta final de curso. Sonreí y le saqué la lengua de forma juguetona antes de volver a centrarme en el paisaje.
Debo admitir que el paisaje era precioso. Volterra se encontraba en mitad del campo, por lo que debíamos pasar por grandes viñedos y extensos campos de verde hierba brillante. Era un paisaje hermoso, muy diferente del árido y casi carente de vida de Phoenix. Lo único que encontraba agradable en el cambio.
Apoyé la frente en el cristal y cerré los ojos en un intento de caer dormida durante lo que quedaba de camino, pero la conversación de mi madre con el taxista, al que le explicaba las razones por la cual nos mudábamos, y las aclaraciones que mi hermana daba cuando mi madre se olvidaba de algo, me lo impidió.
La casa era exactamente a como la recordaba del año pasado. De altos muros de piedra grisácea, con una gran puerta de madera y ventanas que daban a la torre del reloj que se encontraba en la plaza en la que desembocaba aquella calle, era lo más característico del lugar. Era idéntica al resto de casas del lugar.
La casa por dentro tampoco había cambiado demasiado en aquel año. El salón-comedor seguía pintado de color beige y decorado de forma bastante tradicional, con una gran televisión de plasma enfrente del cómodo sofá de cuero rojo que me había enamorado desde la primera vez que lo vi. La cocina conectada al salón por una barra que servía de mesa para el desayuno y con los mismos colores pastel tanto en la pared como en los muebles. Había tres habitaciones y dos baños. El cuarto de mi madre era el más grande de la segunda planta, justo a la derecha de la escalera, con su propio baño privado al que ninguna de la dos teníamos acceso. El de mi hermana se encontraba a la izquierda, justo al lado del primer baño que se encontraba decorado con baldosas de flores. La mía se encontraba subiendo el segundo tramo de escaleras-que se encontraba al lado del baño de mi hermana-y que daba a lo que sería el ático, el cual mi madre había remodelado para convertir en mi cuarto con baño incluido. El techo era alto, por lo que no debía preocuparme por chocar, y el color morado de las paredes me gustaba. El baño, pintado de verde esmeralda y con una enorme bañera de patas de león, me enamoro nada más verlo.
Para cuando me deje caer entre las sabanas blancas de mi nueva cama, era cerca de medianoche. La torre del reloj marcó la hora justo en el momento en el que cerraba mis ojos y me dejaba invadir por el sueño.
Un sueño oscuro y en donde unos ojos rojos me miraban con atención.
Cuando mi madre me hizo saber que nos mudaríamos a Volterra después del funeral de mi padre lo primero que pensé fue en aquel momento de un año atrás, cuando entre las sombras de uno de los callejones de la ciudad, pude ver durante un segundo algo irreal. A alguien tan perfecto y místico que parecía sacado de un cuento de hadas. Hasta aquel instante, doce meses después, casi lo había olvidado, pero al escucharla hablar de la ciudad italiana lo primero en lo que pensé fue en él. ¿Lo vería de nuevo o simplemente había sido una creación de mi mente? Para cuando me levanté al día siguiente, aun desorientada por donde me encontraba, la pregunta seguía rondándome la cabeza. ¿En verdad me lo había inventado todo? Jamás me había creído alguien con una gran imaginación, por lo que dudaba que fuera un producto de mi mente. No era tan creativa y lo admitía.
Aún cansada, me levanté de la cama y me dirigí al baño con la firme intención de convertirme en un ser humano de nuevo. Me lavé la cara con agua fría-un ritual que me servía para despertar al resto de mis durmientes neuronas- y me fije en mi reflejo.
Si mi madre y mi hermana eran dos modelos de pasarelas, yo era el claro ejemplo de una chica normal y corriente. Tenía la piel pálida, careciendo de ese dorado de ensueño que tenía mi hermana Wendy. Nariz pequeña, pecas por casi todo mi rostro y hombros, pelo castaño semi liso que siempre llevaba recogido en una trenza… Lo único que me demostraba que tenía algún tipo de parentesco con mi madre y mi hermana, era el color verde de mis ojos, un poco más claros en los míos que en los de ellas, pero casi idéntico. A diferencia del reflejo que había visto en aquel mismo espejo el año pasado, había logrado bajar de peso gracias a mis horas en el gimnasio acompañando a Wendy, y podía decir que tenía una bonita figura. Nada demasiado destacable.
Media hora más tarde, un desayuno basado en un vaso de zumo de naranja y la promesa de estar para la hora de la comida en la casa, había logrado salir para visitar la ciudad. El instituto se encontraba en una de las calles principales de la ciudad, casi a la entrada de la misma y con el mismo aspecto que el resto de los edificios. Aunque me gustaba el aspecto antiguo del lugar, todo era demasiado similar. Mirase donde mirase solo veía muros de piedra, casas y calles enrevesadas. Y sombríos callejones. Di media vuelta en uno de los callejones al darme cuenta de que no había salida y me encontré de frente con el cañón de una nueve milímetros, que me apuntaba directamente a la frente. Mi conocimiento sobre armas se basaba sobre todo a lo que veía en las series de la televisión, como CSI o Castle, pero estaba segura de que a la distancia a la que me encontraba, el disparo sería certero. Y mortal.
—El dinero, bonita.
La voz era masculina y bastante cascada, por lo que deduje que era de alguien mayor. Quizás de la misma edad de mi padre, pero mi vista se emborronaba más allá de la pistola, que era todo lo que llenaba mi campo de visión. Quizás por eso no lo vi, o mi cerebro no lo pudo registrar con la suficiente rapidez. En un momento me encontraba siendo apuntada con una pistola, en la misma situación que había terminado con la muerte de mi padre y al siguiente me encontraba sentada en el suelo, a unos cinco metros de mi atacante, que permanecía inmóvil tirado en el suelo sin moverse.
Parpadeé, confusa, y al enfocar mejor mis ojos pude ver como alguien se agachaba hasta quedar a mi altura. Un chico de mi edad, demasiado perfecto para ser real y demasiado conocido para mí. Alguien que durante meses había creído que había sido un sueño.
—Eres real—fue lo primero que dije, cuando pude encontrar mi voz—.Eres tú y eres real.
