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Despertó nuevamente en mitad de la noche. Tras bostezar ampliamente, comprobó que, efectivamente, Colagusano seguía durmiendo. Le dio un puntapié para que se despertase, pero este siguió durmiendo.

―Ya verás… Ya verás el cruciatus que te va a caer, so vago.

―Buenas noches, Tom ―saludó alguien delante de él.

Voldemort alzó la mirada y, acto seguido, corrió a esconderse.

―¡Dumbledore! ―se ocultó detrás del trono ―. ¿Qué haces aquí? Oye, perdona por lo de hace unos meses en el Ministerio, no era mi intención lanzarte aquella serpiente de fuego. Y perdona también por las bombas fétidas que te envié la semana pasada como regalo.

―Tranquilo, Tom, no soy Dumbledore.

El Señor Tenebroso se asomó con precaución.

―Pues si no eres él, debes de ser su largamente hermano perdido que ha estado viviendo todo este tiempo en Sudamérica, oye. Ahora me dirás que te llamas Carlos Alberto Juan Dumbledore, ¿no?

―Tom, esto no es una telenovela. Soy el Fantasma de las Navidades Futuras.

Voldemort estaba flipando.

―¿Qué? ¿Otro fantasma? ¿Es que me van a enviar a toda la plantilla? ¿Qué será lo próximo, el Fantasma de las Navidades del año que viene?

―Técnicamente eso se consideraría Navidades Futuras. Pero tranquilo, yo seré el último fantasma de la noche. Después te dejaremos en paz.

―Espero que tengáis hojas de reclamación, porque estoy muy disgustado. Y no, créeme que nos os apetecería verme muuuuy enfadado.

El fantasma se quedó un poco cortado.

―Esto… vaaaale. Bien, es mi misión mostrarte tus Navidades Futuras. Así que, hala, arreando que es gerundio.

Salió de detrás del trono y caminó hasta el fantasma.

―Está bien, ¿cómo iremos al futuro? ¿En un Delorean?

―No tengo un Delorean.

―Doc, ¿me estás diciendo que has construido una máquina del tiempo con un Delorean?

―No soy… Doc. Y esto no es "Regreso al Futuro", Tom. No estamos en 1985 y no eres Marty McFly. Lo digo sólo por si acaso.

Voldemort se quejó por lo bajo. El fantasma, por su parte, aprovechó para llevárselo de allí.

Aparecieron en una amplia sala de estar, repleta de gente con el pelo rojizo o azabache.

―¿Dónde estamos? ¿En algún lugar controlado por mi futuro Imperio del Mal?

―No exactamente. Estamos en el hogar familiar de los Potter. Es 25 de diciembre de 2034 y toda la familia celebra feliz y unida esta fiesta.

―Madre míaaaaa, qué mayor está Potter. Pero si hasta tiene canas, ¿es que no conoce el Just For Men? Un momento… UN MOMENTO. ¿Por qué Potter está tan mayor? No entraban en mis planes que creciese tanto.

―Yo sólo te estoy mostrando el futuro, Tom, no sé más de lo que sabes tú.

―¿Dónde estoy yo? ¿Por qué no estoy aquí… no sé, matando? O peor, expulsados. Por ejemplo.

―No puedo decirte nada, Tom, eso es información confidencial.

―Así que lo sabes, ¿eh? Lo sabes pero no me quieres decir nada, ¿verdad? Dímelo ―le sujetó por el cuello de la túnica y comenzó a zarandearlo ―. ¡Que me lo digas, maldito viejo!

―¡Es… hora… de irse!

Desaparecieron del idílico hogar de los Potter y volvieron al punto inicial. El fantasma había desaparecido.

―Espera… ¡Espera! ¡Quiero poner una reclamación! ―gritó al aire, con los puños en alto ― ¡He dicho que quiero poner una reclamación, maldita empresa de Fantasmas de Navidad!

―¿Mi señor?

En la puerta estaba Bellatrix, que lo contemplaba atónito. Por suerte llevaba su ropa de dominatrix, así como su cara estaba como siempre, hecha un pincel.

―Bella… mi querida Bella.

―Oins, qué cosas me dice usted, señor ―dijo la mortífaga mientras se sonrojaba.

―Tampoco hay que pasarse… Espera, ahora que me acuerdo… ¿qué es eso que tienes en la comisura de los labios?

―¿El qué? ¿Esto? ―se señaló la comisura pero rectificó en el último momento ―. Ay, mierda, no. Quiero decir, no es nada.

―¡Es salsa! ―dijo tras pasar un dedo por la sospechosa mancha que había en los labios de Bellatrix ―. ¡Salsa de pimienta! ¡Es cierto, estáis celebrando una cena de Navidad! ¡Cerdos!

―¡Mi señor! ―Bellatrix se arrodilló suplicante mientras se quitaba restos de cerdo de entre los dientes ―. Yo no quería, os lo juro, pero Alecto ganó adeptos y al final no pudimos evitarlo. Los elfos de Lucius, además, prepararon la cena.

―¡¿Qué elfos, idiota, si el último que tenía Lucius lo liberó sin querer?! ¡El muy inútil!

―¡La preparamos nosotros! ¡Lo confieso!

―Ay, esta noche no voy a dar abasto con tanta tortura, ¡te lo juro, Bellatrix! Y… espera ―por alguna razón, aún percibía el olor de la salsa de pimienta. Se rechupeteó el dedo. Y si se podía ser más asqueroso, pasó el dedo recién chupeteado por los labios de Bellatrix, cosa que ella aceptó gustosa, y recogió más salsa ―. Mmmm, mmmm, está buena. ¿Quién la ha hecho?

―Yo la hice, mi señor.

―Me cuesta creer que alguien como tú haya hecho algo como esto, Bellatrix. En fin, ¿hay más?

Bellatrix Lestrange estaba incrédula.

―Sí, mi señor, hay más. Mucha más. Acompáñeme.

―Ya conozco el camino.

Pasaron del salón del trono al salón comedor, donde los mortífagos seguían comiendo como cerdos.

―¡Tíos, que está aquí! ―gritó uno de ellos. Como consecuencia, hubo varias toses y atragantamientos, así como varios hechizos de desatranco gargantil.

―Qué perspicaz, Crabbe, qué perspicaz. En fin, ¿vais a servirme un poco o qué? Walden, querido, me encantaría un poco de ese pavo cortado con tu hacha. Y… ¿dónde está la salsa?

―Aquí, mi señor ―anunció Bellatrix.

―Aaaah, sí… ¡Dámela, dámela, dámela!

Se quedó la salsa para él solo, con la cual empezó a remojar el pavo recién cortado. Sus mortífagos le observaban boquiabiertos, pero al rato siguieron comiendo porque, en fin, pesaba más el hambre que la momentánea sorpresa.

―Chicos, chicos, por favor, ¿es que no sabéis lo que es un tenedor? Que somos, mortífagos, hombre ya. Gente civilizada.

Hubo varios intercambios de miradas. Civilizadas, claro, claro…

―¿Sabéis lo que le falta a esta noche, chumachos? ―dijo el Lord Tenebroso. Ya estaba bebiendo demasiado vino de Elfo ―. Una tortura.

―¡Sí!

―¡Bien!

―¡Uuuuh! ¡Fiesta!

Alzó su varita y, tambaleándola, apuntó a alguien. Estaba tan achispado que no podía ver bien.

―¡Crucio!

Oyó a alguien que se caía, un grito… Y risas, muchas risas. Tomó su copa de vino, se recostó sobre la silla mientras la alzaba y sonrió, Binaca mode ON.

―¡Feliz Navidad, mortis queridos!