~ Secretos navideños ~

—Capítulo único—

Parte II

—Tal vez sea tiempo de que volvamos con los demás —comentó Mimi al tiempo que aterrizaba sobre sus pies, las manos de Takeru sosteniéndola de la cintura demasiado cerca de su cuerpo para su gusto, aunque el chico no parecía tener segundas intenciones.

Lentamente la soltó, dejando que recuperase su espacio.

—No, todavía falta algo y podremos irnos.

—¿Algo más?, ¿qué es?

—Es una sorpresa. Sólo espera aquí e iré por ello. No tardo, lo prometo —le explicó, mientras caminaba de espaldas, alejándose.

Pronunciada la última palabra se giró antes de que la chica tuviera tiempo de reclamar y corrió hacia la esquina, perdiéndose de su vista al doblar.

Mimi suspiró y volvió a acomodarse la chaqueta. Takeru podía tener dos años menos, pero la sobrepasaba por varios centímetros, y seguro que la doblaba en peso, por lo que las mangas le quedaban largas y cubrían sus manos por completo. Al menos eso suplía la falta de guantes, pero debía tener un aspecto bastante gracioso y nada sexy. Enseguida agitó la cabeza queriendo desprenderse de aquellos pensamientos, no es como si necesitara lucir sexy, ¿por qué iba querer lucir así si estaba con T.k.? Eran amigos, sólo amigos.

—Malditas hormonas —masculló.

Durante mucho tiempo había intentado ver ese beso como un error, un impulso biológico incomprensible, aunque para ella la ciencia no tuviera mucho sentido.

Sin embargo, al verlo después de un año y descubrir cuánto había crecido, creyó desfallecer. ¿Por qué no podía verse como un niño?, ¿por qué su cuerpo reaccionaba de esa manera? Era una tontería. Siempre pensó que aunque hubiera atracción entre ambos, sería absurdo pensar en algo más, porque ella lo pasaba por dos años y él debía ser bastante inmaduro, los chicos siempre lo eran, pero Takeru le demostró cuán equivocada estaba. Tal vez era porque tuvo que asumir la separación de sus padres a muy temprana edad, pero el punto era que no parecía para nada alguien inmaduro y si lo analizaba bien, ella tampoco era la reina de la madurez, así que puede que incluso estuviesen equiparados. ¿Qué sentido tenía que siguiera pensando en eso? Ella se iría al día siguiente y probablemente no volvería en mucho tiempo más, tenía asuntos importantes que resolver, ¿para qué seguir cuestionándose si harían una buena pareja? Por más argumentos que encontrara a favor, seguía sin parecerle una buena idea y eso sólo hacía que se confundiera más.

Se dejó caer pesadamente sobre la banca en la que habían estado antes y resopló para quitarse el flequillo del ojo. Se cruzó de piernas y apoyando el codo sobre ellas puso el mentón en su mano.

En ese momento Takeru apareció al final de la calle. Traía las manos atrás, por lo que no podía ver lo que había ido a buscar. Trotó a su encuentro deteniéndose justo enfrente.

—Espero no haber tardado mucho.

—No, está bien. ¿Dónde se supone que fuiste?

—Eso es una sorpresa, así que cierra los ojos.

—¡No! No me gusta hacer eso, Mike siempre lo hace para mi cumpleaños y me da miedo —replicó tozuda.

—Vamos, ¿qué crees que te puedo hacer? Nada malo pasará, sólo es una inocente sorpresa.

Mimi arrugó la nariz, un gesto innato del que no era consciente como lo era T.k. El chico sabía que lo hacía cada vez que las cosas no salían como quería.

—Sólo será un minuto —intentó tranquilizarla.

—De acuerdo —masculló cerrando lentamente los ojos.

Takeru dio un paso al frente y se quedó mirándola. Lucía hermosa con las mejillas y la nariz rojas por el frío y los labios pintados de un bonito rosado que desprendía un olor a frutilla o algo parecido. Sintió, sin proponérselo, ganas de besarla. Se atragantó con su propia saliva y comenzó a toser.

—¿Estás bien?, ¿qué estás esperando?, ¿puedo abrir los ojos? —preguntó ansiosa.

—No, no, tranquila… es que, me duele un poco la garganta, debe ser por el frío.

—Entonces deberíamos irnos —replicó mirándolo sigilosamente entre sus pestañas.

—Sólo tomará un minuto. Cierra los ojos.

Mimi contuvo un resoplido e hizo lo que le decía, mientras él despegaba una mano de su espalda para llevársela a la boca y toser una vez más, tratando de calmarse. Luego sacó la otra y la puso a la altura de sus ojos, sosteniendo en su palma un trozo de tarta.

—Muy bien. Ábrelos.

La chica obedeció mucho más rápido esta vez.

—¿Tarta?

—Espero que el durazno siga siendo tu fruta favorita —comentó con una sonrisa.

—Sí, lo es…pero… ya he comido bastante esta noche y…

—¿Acaso alguna vez entenderás que no necesitas hacer dieta? Eres perfecta tal como eres —replicó un tanto molesto.

Mimi se quedó mirándolo sorprendida, el rojo se incrementó en sus mejillas. Takeru también se sonrojó comprendiendo la implicancia de sus palabras, no lo había dicho con la intención de cortejarla, simplemente le desesperaba la manía que tenía la chica de encontrarse defectos.

—Yo… —comenzó, bajando levemente la cabeza.

—No digas nada. Comeré.

El rubio asintió en silencio y se sentó en su lado. Sacó dos tenedores de su pantalón y le extendió uno.

—Nadie puede pasar la navidad en Japón sin comer un poco de tarta.

—Tienes razón —asintió al tiempo que probaba el primer bocado—. Deliciosa.

Comieron un par de minutos en silencio, alternando los tenedores y manteniéndose sumergidos cada quien en sus pensamientos.

—¿Sabes una cosa? —fue Mimi quien habló al cabo de un rato, sin ser capaz de seguir en ese mutismo que aunque no incómodo, le resultaba desesperante, pues no estaba habituada a él—. Yamato y yo nunca nos hemos llevado bien, pero bueno, eso es bastante obvio. Somos muy diferentes y aunque no soporto que sea tan serio e inexpresivo, a veces lo envidio un poco. Él siempre parece tan fuerte, tan entero a pesar de las dificultades… no lo sé, creo que al final de cuentas incluso lo admiro… tal vez lo que tanto me molesta no es que sea así, sino que yo no pueda… que aunque trate, no pueda ser menos sensible.

Takeru escuchó con atención cada una de sus palabras, mientras ella dejaba el tenedor junto al platillo, dispuesto en medio de ambos, y jugueteaba con un mechón de su cabello distraídamente. Terminó de saborear el último trozo de tarta que se echó a la boca, lo hizo con inusitada calma, como si con ello estuviera también digiriendo todo lo dicho por Mimi, y entonces decidió hablar, su voz un poco más áspera y fría de lo que hubiese querido.

—Esa frialdad no es innata como todos creen, la consiguió a base de contener todas sus emociones cuando niño para que yo no lo viera, para que no sufriera, así que no lo admires por eso, él no querría que lo hicieras.

Mimi lo miró sorprendida por la actitud con que había contestado. De repente se sentía como si el rubio hubiera levantado un muro entre ambos y fuese mucho más que el platillo bajo las migas lo que los separaba.

—Lo lamento —susurró titubeante, como si no estuviera segura de que eso era lo que debía decir en ese momento.

Takeru, que se había quedado con la mirada perdida en el suelo, alzó la cabeza y la observó con curiosidad.

—No tienes que disculparte, no estaba regañándote.

—Pues eso me pareció —replicó con un tono perfectamente equilibrado de sinceridad y orgullo en su voz.

—Entonces el que lo siento soy yo. Simplemente me hiciste recordar cosas… y recordar no siempre es agradable.

Mimi se humedeció los labios sintiéndolos resecos por el frío, aunque también había algo de inquietud revoloteando por su estómago. Se preguntó por primera vez si un niño que tiene que aguantar las peleas de sus padres desde pequeño sufre más que uno al que le inventan un mundo color de rosa para luego destrozarle el castillo. Yamato siempre lo sobreprotegió e inevitablemente cuando T.k. creció comenzó a evitar que lo hiciera, y ahora le parecía entenderlo mejor de lo que nunca lo había hecho, a nadie le gusta que siempre le oculten cosas, incluso si es por su propio bien.

Apoyó la mano a un costado y fue arrastrándola por la banca hasta dar con la de Takeru, de manera tan abrupta como dos cuerpos que impactan en una intersección. Procuró ocultar su rostro para que él no pudiera sospechar que el sonrojo no era sólo producto del frío.

Sintió que apretaba su mano de vuelta, aceptando el gesto, y el corazón se le disparó. Sonaba tan fuerte que estuvo tentada de taparse los oídos.

A los pocos minutos decidieron silenciosamente regresar con los demás, deshaciéndose de los restos del pastel en un basurero cercano y caminando con las manos todavía afianzadas.

Mientras lo hacían, nuevos copos de nieve comenzaron a caer. Mimi sintió que uno se posaba sobre su nariz y miró hacia abajo, poniéndose turnia sin darse cuenta de ello ni de que T.k. la observaba por el rabillo del ojo, hasta que éste profirió en una sonora carcajada.

—¿Qué tiene tanta gracia? —preguntó molesta, apartando bruscamente su mano de la del chico.

—De hecho, tú la tienes —contestó con toda sinceridad.

—¿Ah, si?, ¿y eso por qué?

—Tu expresión…no puedo explicarlo, tendrías que verlo —dijo en medio de risas.

—Muéstrame —lo desafió.

Takeru negó con la cabeza.

—Si lo hago perderá la gracia —comentó avanzando un paso hacia ella, reduciendo la distancia que sin previo aviso se había producido entre los dos.

Mimi estuvo tentada de retroceder o pedirle que no se acercara, pero la voz se quedó atascada en algún punto de su garganta. ¡La muy descarada se escondía cuando más la necesitaba! Tantas veces que había deseado cortarse la lengua —figuradamente, claro está— para no meter tanto la pata y ahora se iba así sin más.

"Tranquilízate, estás sobre- reaccionando. Él sólo quiere… ¿qué demonios quiere?, ¿por qué se acerca tanto?"

Su corazón pareció detenerse cuando el chico se inclinó sobre ella y con un dedo rozó su nariz, un simple roce que mandó una descarga eléctrica por todo su cuerpo y de paso la hizo soltar el aire como si fuera un ducto de ventilación que acababan de abrir. Por espacio de varios segundos se preguntó lo que pretendía, hasta que comprendió que le estaba quitando el copo de nieve alojado en su nariz, pero no tuvo tiempo de relajarse por su descubrimiento ni de tomar una nueva bocanada de aire antes de que Takeru se inclinara aún más, afianzando una mano en su cintura y la besara. Así, sin preámbulos ni una declaración, simplemente porque quería hacerlo. No fue hasta ese momento que ella supo lo mucho que lo había estado deseando y se entregó sin reparos al beso, poniendo una mano en su cuello e impulsándose sobre la punta de sus pies.


Pasaba la medianoche cuando oyeron pasos por las escaleras. Todos se voltearon justo a tiempo para ver aparecer a una pareja en el rellano.

—¿Qué ocurre?, ¿por qué están todos acá? —preguntó Takeru, dando un paso al frente, logrando así que la débil luz del pasillo iluminara su semblante y parte de su cabello —mezcla de oro y nieve—, confirmando lo que la mayoría sospechó en cuanto escucharon que alguien se acercaba, los fugados finalmente aparecían.

—¿Por qué estamos acá?, la pregunta es porqué ustedes no estaban acá —intervino Joe, con voz seria —. ¿Se puede saber adónde fueron a esta hora solos?, ¿saben acaso lo peligroso que se ha puesto Tokyo en el último tiempo?

Takeru y Mimi enrojecieron y se apartaron un paso casi por instinto. Fue una suerte que ninguno de sus amigos lo notara.

—Sólo fuimos a dar un paseo —contestó Takeru, escueto. No pasó por alta la mirada desconfiada que le dedicó su hermano —, pero estamos bien. Todavía no responden a mi pregunta.

—Hubo un corte de luz en el departamento —explicó Sora con un suspiro.

—Eso no tiene sentido. Acabamos de subir y hay luz en todo el edificio —replicó enseguida el rubio, contrariado.

—Fue un accidente con el árbol de navidad, en realidad estábamos…

—Oh, por favor —la interrumpió Yamato—. Sólo dilo. Taichi golpeó a Koushiro que cayó encima del árbol y provocó un cortocircuito.

—¡Por todos los cielos!, ¿estás bien, darling? —preguntó Mimi apresurándose hacia Koushiro y acuclillándose a su altura para ver el moretón que había comenzado a formarse en torno a su ojo.

—Estoy bien —respondió el pelirrojo con una sonrisa pequeña y nerviosa—. Casi no duele.

—¡Eres un bruto, Yagami! —gritó la chica, volviendo a levantarse.

—Sí, sí, como sea —contestó éste con tono aburrido—. Neandertal, idiota, bruto, estúpido o lo que prefieras. Únete a los demás —concluyó con tono desapasionado.

Se levantó y llevándose ambas manos a los bolsillos se alejó del grupo rumbo a los ascensores.

Sora quiso seguirlo, pero Matt la sujetó del brazo dándole a entender con la mirada que era mejor dejarlo solo. La pelirroja terminó por aceptar, ambos lo conocían de sobra para saber eso.

Miyako se levantó abruptamente, sobresaltando a algunos.

—¿Qué ocurre?, ¿por qué te has levantado así? —preguntó Hikari, curiosa.

—Yo…yo, había olvidado que…mis padres me pidieron que regresa antes de medianoche —explicó con torpeza, acomodándose los lentes—. Lo siento mucho. Gracias por…por todo, creo.

Y antes de que ninguno pudiera decir una sola palabra más, emprendió una carrera escalera abajo.

—¿Por qué no simplemente tomó los ascensores? —preguntó Joe.

Todos alzaron los hombros sin saber qué responder.

La chica siguió bajando piso tras piso sin detenerse. Los lentes resbalando por su nariz y el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Cuando llegó abajo, Taichi atravesaba la puerta de entrada del edificio.

—¡Taichi-senpai! —gritó yendo tras de él, sus largas piernas moviéndose lo más rápido que podían, pero no lo suficiente. Si bien era una chica alta, el castaño la sobrepasaba por varios centímetros, sus piernas seguían siendo más cortas.

—¿Qué quieres, Miyako-chan? —preguntó Tai al oír el llamado, pero sin voltear.

La chica avanzó con pasos temblorosos hasta detenerse justo a sus espaldas.

—Es medianoche. Nadie debería estar solo en navidad —dijo.

El castaño sonrió. Sólo alzó ligeramente las comisuras de su boca. A veces le enternecía ver lo inocente que era la chica. Probablemente fuera porque le llevaba dos años, aunque en otros aspectos era bastante madura.

—No me importa realmente. La noche ya está arruinada, sería mejor que regresaras a casa —contestó.

—Pero no me quiero ir a casa… —rebatió Miyako—, quiero…yo…

¿Sonaría demasiado evidente si le decía que quería estar con él, que en realidad quería pasar nochebuena con él?

—Déjame acompañarte, Taichi-senpai —pidió bajando la mirada, un poco apenada aunque él estuviera de espaldas y no pudiera verla.

Taichi dejó escapar un suspiro y vio su aliento convertirse en vaho frente a sus ojos. Estaba cansado, irritado y molesto. No, no sólo era eso, había algo más, algo parecido a la decepción. De cualquier manera no creía ser buena compañía para nadie, pues conociendo su temperamento, sabía que acabaría explotando de un minuto a otro y no quería lastimar a alguien más en el proceso, toda su vida había peleado contra eso.

—Te lo agradezco, pero prefiero estar solo.

Miyako recibió sus palabras como un golpe y parpadeó confusa.

"Por supuesto, tonta. ¿Por qué iba querer tu compañía precisamente? Seguro que si Sora hubiera bajado la habría dejado ir con él"

—Está bien, supongo —contestó cuando logró reponerse—. No quiero abrumarte ni nada por el estilo, porque Iori dice que hablo mucho y que soy muy testadura, que a veces hay que dejar que nuestros amigos solucionen las cosas por sí mismos, pero es que no puedo hacerlo, no soporto ver que alguien está enfadado o triste y no hacer nada al respecto, es como si cerrara los ojos….no tiene sentido, ¿no están para eso los amigos? Y en el último tiempo, creí que estábamos….realmente creí que estábamos acercándonos a algo parecido a la amistad y quería que supieras que estoy ahí para ti, Taichi-senpai, así como tú has estado para mí antes. Creo que estoy hablando mucho, ¿cierto?, lo siento, no puedo controlarlo…

El castaño dejó escapar una pequeña risa. De repente no se sentía tan lamentable, tal vez no era mala idea dejar que lo acompañara.

—¿Crees que puedas estar en silencio por más de un minuto? —la pregunta podía parecer grosera o malintencionada, pero no lo era, nunca lo era en realidad. Taichi también sufría de incontinencia verbal a su manera, esa que no te deja pensar las cosas antes de decirlas o lo que puede pensar la otra persona al respecto.

—Hai —asintió Yolei haciendo una leve reverencia.

—Entonces supongo que está bien —suspiró y emprendió la marcha sin asegurarse de que lo estuviera siguiendo.

Miyako lo siguió unos segundos después, cuando pudo salir del estupor. Como era alta no le costaba seguirle el paso, lo que sí estaba siendo difícil era mantenerse callada y conseguir disimular en lo posible el frío que se calaba en sus huesos. Se llamó tonta mil veces por no haber sacado su abrigo, pero si lo hubiera hecho tal vez no habría alcanzado al chico, así que pensó que el resfriado que pescaría valdría la pena al final del día.

—¿Tienes frío? —preguntó Tai mirándolo por el rabillo del ojo.

La peli morada alzó la mirada y negó enseguida con la cabeza.

—Estoy bie…—un estornudo se interpuso en su frase, desmintiéndola en el acto.

Taichi rodó los ojos.

—Eres una pésima mentirosa. Todas las chicas son pésimas mentirosas —comentó despojándose de su chaqueta para pasársela sobre los hombros.

Miyako ni siquiera fue capaz de agradecer el gesto, sorprendida como se encontraba.

Caminaron por un buen rato más hasta que llegaron a la vieja plaza en la que solían juntarse cada primero de agosto; de un tiempo hasta la actualidad la costumbre simplemente se había perdido sin que ninguno hiciera nada por evitarlo.

Taichi se detuvo frente a ella con ambas manos en los bolsillos y Miyako lo imitó, presintiendo que ambos pensaban en lo mismo.

—Parece que no ha cambiado nada desde la última vez —dejó salir en un débil susurro.

—No, ¿verdad? —preguntó con nostalgia—, sólo sigue aquí viendo a la gente pasar mientras nosotros seguimos con nuestras vidas, crecimos, nos olvidamos de venir y ya.

—Si no te conociera, Taichi-senpai, diría que es un pensamiento muy profundo —se burló, aunque con un gesto inocente en su cara.

—Oye, yo también tengo mis momentos —replicó con una sonrisa de diversión en el rostro—, puede que Yamato sea el cantante, pero para que sepas, yo inspiré varias de sus canciones.

—¿De verdad? —preguntó con una curiosidad desconfiada.

—Claro, soy su mejor amigo…algo de mí debe haber ahí aunque él lo niegue.

Miyako rió. Así que al final de cuentas sólo era un decir. Debió verlo venir, Taichi bromeaba la mayor parte del tiempo.

—Volviendo a lo que decías sobre la plaza, es bueno saber que algo no cambió, ¿no crees?

—¿Por qué lo dices? —preguntó volteándose hacia ella con la curiosidad expuesta en sus ojos, verdadera curiosidad de esa que sólo los niños demuestran porque no temen no saber algo o quedar como ignorantes, la clase de curiosidad que a Miyako le gustaba hallar en sus ojos a menudo, menos punzante que la de Koushiro, pero más sincera que la de un adulto promedio.

—Hablo de que todos cambiamos, eso es inevitable…pero al menos, ver que los lugares en los que hemos estado no cambian a pesar del tiempo, nos da algo a lo que atenernos, tierra firme para pisar y no sentir que la persona que fuimos cuando estuvimos aquí ya no existe…

Al no obtener ninguna respuesta, Yolei creyó que había dicho alguna tontería y estuvo tentada de marcharse, pero justo entonces sintió la mirada de Tai sobre ella.

—¿Qué? —preguntó avergonzada.

—Nada, sólo que tienes un buen punto ahí. Nunca lo había pensado de esa manera.

El alivio fue tal, que una sonrisa afloró en sus labios sin que se lo propusiera. Taichi regresó la vista al frente.

—¿Entonces… —comenzó a balancearse adelante y atrás sobre sus pies—, crees que si venimos una vez más sea igual que antes?

—No sé si igual —admitió quitándose las gafas para limpiarlas con la manga de su chaleco, ya que el frío las había empañado—, pero definitivamente cuando pasas tanto tiempo en un lugar, se vuelve parte de ti… así que cuando vuelves ya no puedes verlo más como un extraño, porque no lo eres.

Taichi asintió en silencio sin estar seguro de haber entendido bien esto último. Le agradaba Yolei, le agradaba el optimismo que siempre la acompañaba, porque era contagioso y él quería creer en sus palabras, quería creer que por mucho tiempo que hubiese pasado, ellos de algún modo seguían siendo los mismos y todavía podían ser los chicos que año tras año se juntaban en esa plaza.

Después de largos minutos de silencio se volteó a mirarla, extrañado de que no hubiera hecho un nuevo intento por iniciar una conversación.

—Cuando te pregunté si podías estar callada por más de un minuto no esperaba que te lo tomasen tan literal, ¿sabes? —preguntó con una sonrisa burlona surcando sus labios.

Primero Yolei lo miró y luego sonrió mirando al suelo, como si le avergonzara. Él tenía razón, en otra circunstancia no habría logrado estar callado por tanto tiempo, pero esta vez estaba esforzándose para no molestarlo y que no se arrepintiese de dejar que lo acompañara. Se sentía un poco patética por eso, sabía que le gustaba Sora y aún así estaba ahí, como si fuera a conseguir algo. Su amistad era mejor que nada.

Tai se extrañó de verla tan pensativa, parecía triste por algún motivo que no podía imaginar y eso no era común en ella, así que se dedicó a examinarla disimuladamente con la mirada, o todo lo disimuladamente que él sabía hacerlo que no era mucho, pero para su suerte la chica estaba tan sumida en sus propias cavilaciones que no pareció notarlo. Fue ahí, entre un segundo y otro, que sintió ese ardor en su estómago, ese impulso cuyo origen no podía ubicar, ese deseo irrefrenable que llenaba su pecho. Tenía ganas de besarla. No sabía si era por las luces a su alrededor o el alcohol que había bebido, simplemente lo sentía y ya. Veía todo en cámara lenta como si el tiempo se hubiese ralentizado, como si sólo fuesen parte de una película. Los labios de Miyako habían vuelto a moverse, pero no escuchaba nada de lo que decía. Sus ojos parecían especialmente bonitos esa noche y notó como nunca antes lo espesas que eran sus pestañas detrás de sus gafas. De un minuto a otro se encontró a sí mismo dando un paso al frente y sujetándola sin cuidado de la nuca para juntar sus labios en un beso improvisado y de alguna extraña manera anhelado, aunque no supiera cuando había nacido el anhelo.

Movió la boca contra la suya y sus dedos subieron por detrás de sus orejas alzando su cabello. Fue insistente contra sus labios cerrados, queriendo abrirse paso a través de ellos sin conseguirlo. Una mezcla de frustración y deseo revolviendo sus entrañas. De pronto no sabía lo que estaba haciendo, y si acaso era porque quería besarla o porque parecía una mejor forma de descargar todo ese manojo de emociones contradictorias que le apretaba el estómago.

Sintió que Yolei lo empujaba con fuerza de los hombros y antes de que tuviera tiempo de reaccionar le propinó una fuerte cachetada que lo hizo girar la cabeza a la derecha. Sólo entonces fue conciente de que ella estuvo resistiéndose desde el principio.

Se llevó una mano a la zona adolorida casi por inercia y cuando abrió los ojos, la descubrió inmóvil frente a él, con las lágrimas deslizándose una tras otra por sus mejillas. Fue como si le hubiesen inyectado veneno en las venas, porque la culpa parecía removerse dolorosamente por su torrente sanguíneo. Sabía que había actuado mal, lo supo en cuanto ella lo apartó, pero nada se comparaba con lo mal que se sentía por verla llorar. Le recordaba todas las veces que arruinó las cosas con Sora, el dolor que le atravesaba el pecho y que apenas lo dejaba respirar.

Había sido un imbécil y más que eso, un idiota por pensar que besarla a la fuerza no le haría daño, por pensar que la chica era fuerte, que nada la doblegaba, pero es que desde el principio le pareció que era así, tan firme y resistente que nada podía lastimarla. Que iluso había sido. Claro que podía ser dañada como todas las chicas y ninguna merecía sentirse usada como seguramente él la habría hecho sentir, más preocupado de aplacar su rabia en su boca de cómo lo estaría llevando ella. Que no fuera tan delicada como Hikari o que pareciera más fuerte no quería decir que no pudiera romperla si ejercía la presión suficiente.

Se llevó una mano a sus labios, ligeramente hinchados por la fuerza que estuvo empleando y siguió mirándola sin saber qué hacer. Por más que se hubiese disculpado mil veces antes con otras personas, sobre todo con Sora, esta siempre era la parte más difícil, especialmente porque sabía que una disculpa no siempre bastaba, incluso si ella lo disculpaba podían pasar semanas antes de que sanara la herida ocasionada por ese episodio.

—Lo lamento, perdóname por favor, Miyako-chan —dejó salir con toda sinceridad.

La muchacha alzó la cabeza para mirarlo, todavía un poco asustada por lo sucedido, tenía una mano en su boca y algunas lágrimas habían salpicado sus anteojos.

—Yo no sé porqué lo hice, perdí el control, no volverá a suceder. Te dije que prefería estar sol —apenas dijo lo último se sintió culpable porque había sonado como si ella tuviera la culpa de su arrebato.

Yolei se secó las lágrimas de las mejillas con cuidado y le dirigió una sonrisa triste.

—No tienes idea de lo mucho que había deseado esto antes —susurró—. No vine esperando que sucediera, claro…y menos de esta manera.

Taichi entreabrió los labios un poco confundido, aunque cierta parte de su cerebro parecía haber entendido perfectamente el mensaje, pero otra se negaba a aceptarlo como cierto, eso no podía significar lo que él creía, debía haber un error, algo que estaba pasando por alto.

—Creo que no entiendo. ¿Tratas de decir que… yo te gusto? —preguntó titubeante.

No era la primera vez que una chica se le declaraba, pero sí la primera que no sabía cómo sentirse al respecto ni que hacer. Si Miyako asentía estaría perdido. Pertenecían al mismo grupo de amigos y era la mejor amiga de Hikari, si él la hacía sufrir ninguna de los dos se lo perdonaría y las cosas se volverían incómodas entre ellos, sin embargo, eso parecía inevitable en cuanto la rechazara. De nueva cuenta sintió que había algo que no estaba viendo, algo que había excluido de ese montón de información que intentaba organizarse en su cabeza, como si le faltara un número para completar una ecuación matemática.

La chica bajó la mirada y sus mejillas se colorearon. No había pensado decirlo así, de hecho no había pensado decirlo en lo absoluto hasta que encontrara la manera de deshacerse de estos sentimientos tan inapropiados.

—Yo… no quería decírtelo, porque disfruto tu compañía y sabía que si lo hacía te alejarías de mí y las cosas se volverían incómodas, pero… creo que necesitas saberlo, saber que no quiero que me beses otra vez si no me quieres de esa manera. Yo sé que quieres a Sora y eso solo lo hace más doloroso.

¿Sora? Era una deducción osada, ¿de dónde había sacado que él sentía algo por la pelirroja?

—Supongo que será mejor que no nos veamos en algún tiempo. Procuraré juntarme con Hikari en algún otro lugar. Me despido, Taichi-senpai —dijo inclinándose respetuosamente para luego voltearse y alejarse de él.

Tai extendió una mano queriendo detenerla, pero no llegó a tocarla, no pudo hacerlo después de lo que había hecho. No volvería a tocarla contra su voluntad. Un montón de pensamientos se agolparon en su cabeza mientras la observaba irse. Quería detenerla, y sin embargo, sabía que no tenía ningún derecho, era mejor que ella asumiera sola el desengaño y entonces después, cuando se sintiera preparada se volvería a acercar, lo más respetuoso era dejarla marchar, pero por algún motivo se resistía a la idea. No la quería lejos. No quería que lo dejara allí solo. Quería su compañía, quería volver a besarla y ahora sabía que realmente quería hacerlo, no por descargarse ni ningún otro motivo fútil, sino por sentir de nuevo sus labios y explorar lugares a los que estaba seguro de que ningún chico había llegado antes. De repente lo entendió todo, la x de la ecuación estaba despejada.

—¡Miyako! —gritó corriendo tras ella, creyendo que lo rehuiría; contrario a eso, la chica se detuvo hasta que llegó a su lado, pero no se volteó—. ¿Puedes mirarme?, ¿por favor?

La peli morada se volteó con parsimonia y pesadez, parecía querer estar en cualquiera lugar salvo allí apunto de recibir un rechazo que ya tenía más que asumido, o al menos eso creía.

Taichi suspiró, aliviad de que ella todavía estuviera dispuesto a oírlo y sin pensarlo avanzó dos pasos hacia ella y deslizó sus lentes desde la punta de su nariz hacia su cabello como un cintillo.

—¿Q-qué haces? —preguntó apartándose para recuperar su espacio.

Sin los lentes y con los copos de nieve volviendo a caer sobre la ciudad, apenas lo vio como una mancha borrosa.

—No te asustes. No volveré a besarte, no si realmente no quieres.

—¿Qué quiere decir eso? —pestañeó confundida tratando de deshacerse de la neblina que parecía interponerse en su visión.

—Que acabo de darme cuenta de que me gustas Miyako-chan… y me muero por volver a darte un beso…si eso está bien contigo.

Miyako se quedó inmóvil, procesando la información que acababa de recibir como si tuviera algún fallo o ella hubiese interpretado algo mal. ¿Taichi realmente había dicho eso?, ¿no sería una jugarreta de su imaginación?

—Perdóname por no darme cuenta antes… ni de lo que siento ni de lo que tú sientes, yo debí notarlo, al menos sospecharlo, pero soy un poco torpe para estas cosas. Hikari lo dice todo el tiempo.

Aquel nombre hizo un clic en la cabeza de la chica. La felicidad que empezaba a extenderse por su cuerpo fue opacada por el temor a lo que podría pensar la castaña de eso, ¿aceptaría que su hermano y su mejor amiga salieran juntos?, ¿no se sentiría traicionada por no habérselo dicho antes? ¡Ella debió decírselo!, así como Hikari le contó de Koushiro, porque eso se supone que hacen las amigas.

—¿Hay algo que te preocupa? —preguntó el castaño, viéndola morderse los labios nerviosamente e incluso las uñas, una manía que había adquirido durante su niñez.

—Yo… —respondió sintiéndose descubierta—. Sólo estaba pensando en Kari y en cómo se tomará todo esto, ¿no deberías hablarlo con ella primero?

Taichi volvió a confirmar lo inocente que era la muchacha al pensar así, porque realmente lo era si creía que esperaría un segundo más por besar sus labios. Su hermana e incluso Koushiro habían pasado a segundo plano, los había enviado al fondo de su cabeza en cuanto la chica le confesó lo que sentía. Lo único que importaba ahora eran ellos dos, ellos dos y ese frenético deseo de besarla y explorar su boca sin reparos ni restricciones.

—Podemos dejar eso para más tarde —susurró con voz ronca al tiempo que se acercaba como un depredador asechando a su presa, los ojos puestos sobre ella haciéndola temblar, ya no sabía si de miedo o deseo.

Aplastó sus labios contra los de la chica gentilmente al tiempo que acariciaba con los pulgares sus mejillas para luego bajar una mano a su cintura y estrecharla contra sí con cuidado, no quería asustarla esta vez, iba ir lento si era necesario, por eso se sorprendió de que al presionar su lengua contra el borde de sus labios ella los entreabriera dejándolo entrar y luego entrecruzara las manos detrás de su nuca. Si ella no lo obligaba a controlarse nada lo haría. Pensó en advertirle, pero la idea de separarse un solo segundo para decírselo le pareció absurda.


El reloj marcaba diez para la una de la mañana y ya todos, salvo Koushiro, se habían marchado al aceptar finalmente que la luz no regresaría, no pronto al menos.

Él y Hikari permanecían sentados en el primer escalón frente al departamento y la única ampolleta que quedaba prendida pestañeaba cada algunos minutos, haciéndolos temer que quedarían en la oscuridad.

—Mira, parece que está nevando otra vez —le comentó ella señalando la pequeña ventana por la que se colaba escasamente la luz de la luna y unos puntitos blancos que caían desde el cielo.

—Es verdad, mañana será un problema para quienes quieran usar auto, porque si sigue nevando así no habrá cadena que resista.

Hikari sonrió pensando en la forma que tenía el chico de volver todo un problema práctico o lógico. Incluso podría jurar, por la expresión en su rostro, que debía estar calculando cuánta nieve caería en las próximas horas a juzgar por la que ya había caído cuando llegaron al departamento.

—Bueno, a mí me parece muy bonito —comentó con aire inocente.

Koushiro se volvió a mirarla, tratando de encontrar algún mensaje detrás de su comentario, pero al no hacerlo suspiró.

—A mí no me agrada mucho, soy muy torpe, así que seguro acabaré cayendo más de una vez.

—Entonces caminaremos juntos —lo tranquilizó, poniendo una mano sobre la suya.

El pelirrojo se sonrojó como siempre hacía ante cualquier acercamiento de la chica.

Hikari, al darse cuenta de esto quiso apartarla, pero él se lo impidió.

—No…está bien, me gusta así.

—Creí que…

—Es difícil para mí aceptar las muestras de cariño, me pasa incluso con mi madre. Con Mimi es diferente, porque ella nunca me ha dado opción.

—Entiendo —musitó Hikari con tono triste.

Koushiro se dio cuenta de eso y repasó lo dicho en busca de aquello que la hubiese podido poner así.

—Tú y Mimi son muy unidos —el comentario lo sacó de la duda.

No supo qué responder.

—¿Sientes algo por ella? —preguntó a continuación ante su silencio.

—¿Có-cómo? —no pudo evitar ponerse nervioso por más que sabía que eso haría que la respuesta pareciera un sí sin que tuviese que confirmarlo.

—Sólo es una pregunta, está bien si no quieres responder —su tono era apacible, pero no parecía feliz por no saber, eso lo hizo pensar que no era justo dejarla con la duda.

—No hay nada entre Mimi y yo más que una bonita amistad y eso seguirá siendo así, sin embargo, hubo un tiempo en el que yo la quise o al menos creí quererla más allá de eso.

—¿Te enamoraste?

—Era casi un niño, no estoy seguro de que haya sido amor.

—¿Y ahora? Debe ser difícil para ti volver a verla.

—No, no lo es. Mimi hace que sea fácil. Ella no me correspondió en su momento, pero no me dejó. Me dijo no dejaré que te alejes de mí por tu estúpido vergüenza, Koushiro. —comentó con una sonrisa.

—Suena a algo que Mimi haría —concordó—. ¿Entonces… ya no te sientes de la misma manera por ella? —preguntó tentativamente, sus ojos grandes y profundos buscando los suyos.

—No.

Se quedaron en silencio por algunos segundos. Él quiso decir algo más, algo como que ese lugar lo ocupaba ella, que era especial, cualquier cosa, pero no encontró la manera de sacarlo a través de su garganta.

—Lo olvidaba —murmuró llevándose una mano al bolsillo de su pantalón, extrayendo de allí un pequeño paquete alargado envuelto en papel azul—. Feliz navidad.

Se lo extendió y ella lo cogió con curiosidad, poniéndolo en su regazo primero sin atreverse a abrirlo.

—Ya pasa de medianoche. Ábrelo.

—¿De verdad puedo? —preguntó con la ilusión brillando en sus ojos, algo que casi lo hace pensar en Tai, pero lo bloqueó de inmediato antes de que acabara por ponerle su cara a Hikari, lo que sería muy incómodo y repulsivo, no quería verlo con vestido. Él no pensaba en su amigo de esa manera.

Asintió con un débil movimiento de cabeza y observó sus temblorosos dedos rasgar el papel haciendo su camino hacia el interior del paquete. Justo en medio de la caja reposaba un broche para el cabello de color rosado en forma de mariposa.

—Es… —abrió y cerró la boca repetidas beses sin dejar de observar su regalo, lo que comenzó a ponerlo inquieto.

—Si no te gusta… —comenzó titubeante, pasando un dedo por el interior de su camisa.

—Es perfecto —concluyó ella volteándose a mirarlo—. Gracias Koushiro-san —dijo abrazándolo sorpresivamente.

Él se quedó quieto sintiendo su rostro arder y su corazón acelerarse como si acabara de emprender una carrera, hasta que Hikari se apartó y lo miró avergonzada.

—Lo lamento, no estaba… no debí hacerlo, ¿puedes ponérmelo? —preguntó para acabar con aquel momento de incomodad.

—Cla-claro —tomó el broche de la pequeña caja y lo puso del lado derecho de su cabello.

Hikari le sonrió.

—¿Cómo me queda?

—Muy bonito —susurró apenado. Lo había comprado la semana pasado y lo tuvo en su escritorio hasta ese día antes de irse a la residencia Yagami preguntándose si le gustaría e incluso poniendo una fotografía a su lado para imaginar cómo le quedaría.

—Yo también te compré algo, sólo sacaré el celular y lo buscaré adentro, no me tardo —le explicó, sin embargo, cuando quiso tomar impulso para levantarse, descubrió la mano del chico en su muñeca.

—No te vayas —le dijo, y ella apenas tuvo tiempo de levantar la cabeza antes de sentir que la besaba, fue apenas un roce, un toque de labios que la estremeció y luego lo vio alejarse.

Le gustaba Koushiro, no sabía cuándo había empezado ni porqué, pero no le importaba. Saber que él le correspondía era más que suficiente. Trabajarían juntos a partir de ese punto, franqueando barreras y derribando miedos e inseguridades, porque a su lado se sentía bien y protegida.

Aquella noche algunos secretos salieron a la luz, aunque otros tantos permanecieron en la oscuridad, quizás era demasiado pronto para ellos, pero al día siguiente habría que enfrentarlos, claro que eso no era algo que le preocupara a ninguno de ellos en particular. Por el momento estaban disfrutando, salvando lo que quedaba de la navidad de ser un completo fiasco, porque las cosas no habían salido como ellos querían, pero eso no significaba que no fueran perfectas a su modo.


Notas finales:

Empecé a escribir esta historia sin que me convenciera del todo, porque terminé mis exámenes el día veinte y sólo me quedaban cuatro días para hacerlo, por lo que me costó bastante, me quedé pegada en varias partes y sumado a unos problemas de salud, tardé más tiempo del pronosticado inicialmente, pero de verdad espero que te haya gustado al menos un poquito Chemical, lo escribí con mucho cariño. Ninguna de las tres parejas es de las que más me acomodan, así que no estoy segura de haberlo conseguido, sobre todo con el Koukari, pero el esfuerzo estuvo.

Nunca fue mi intención alargarme tanto, simplemente se dio. Miraba cada tanto el número de página y no lo podía creer. Incluso lo corté antes de lo que tenía pensado, porque estoy agotada y no quería tardarme más tiempo en subir, por lo demás también me parecía que me estaba escapando mucho del concepto de "one-shot".

Ojala que hayáis pasado una muy feliz navidad :)

Nos volvemos a leer en alguna otra ocasión. ¡Ah! Y que tengan un próspero año nuevo.

~Bye~