Capitulo 7

Draco deslizo la mano por la espalda de la joven, lentamente, con dulzura mientras veía como su respiración se iba haciendo más lenta señal clara de que estaba cayendo completamente dormida.

Se había sorprendido por la reacción de la joven a causa de la pesadilla. Imaginaba que hubiera actuado con cualquiera de la misma manera, pero una diminuta parte de si mismo no dejaba de gritar que había sido con ÉL, no con otro.

Bajo la mirada y aparto cariñosamente unos mechones del rostro dormido, mientras lo hacía pensó en que no eran tan diferentes. Ambos cargaban heridas más que suficientes causadas por la guerra. La gran diferencia es que había aprendido a una edad muy temprana a no mostrar sus sentimientos.

Aún podía recordar como una vez, con diez años, se había despertado chillando a causa de una pesadilla. El enfado de su padre se hubiera podido medir por la escala Richert, llegando al temido 7,8. Le explico que los Malfoy jamás mostraban sus debilidades, ni tan siquiera con su familia y que él era un Malfoy por lo que no debería, jamás, rebajar su apellido.

Esa fue la ultima vez que había reaccionado de esa manera por una simple pesadilla, o actualmente, con los recuerdos que se le presentaban cuando más vulnerable estaba. Pero nada podía evitar el sudor frio, los escalofríos o como insconcientemente buscaba su varita como medida de protección.

Ni tampoco el asco o sentir como la bilis le quemaba la garganta cuando el sentimiento de culpa trataba de instalarse en su mente. No es que se lo permitiera, ya que en esas ocasiones se decía que siempre había sido "o ellos o yo", que no le había quedado otra alternativa. Pero eso no quitaba el hecho de que se hubiera convertido en un asesino... incluso en el de su padre.

No por primera vez agradeció el hecho de no haberse dado cuenta en ese momento de quien era el mortifago que estaba ante su varita... de lo contrario no sabía que hubiera podido suceder. Sí, le había odiado con toda su alma pero no por ello dejaba de ser el hombre que le había engendrado. Aunque, cuando pensaba en el cuerpo inerte de su madre, ese sentimiento de culpa desaparecía casi en el acto.

Suspiro mientras pensaba en lo tarde que era y en la hora en la que debían levantarse, se había dejado llevar por los recuerdos y por la calidez del cuerpo de la joven contra el suyo. Se deslizo entre las sabanas, tumbándose. Deslizo un brazo por la cintura de la joven y la apretó contra su cuerpo, sorprendiéndose cuando está se acerco más enterrando su rostro contra su pecho.

Parecía que solo mientras dormía podía aceptar su consuelo. Lo que no sabía era que de esta manera, también le tranquilizaba y ayudaba a él.

No fue hasta varias horas después que se removió, incomodo. Estaba tumbado de espaldas y notaba un peso cálido sobre su pecho y muslos. Entreabrió los ojos y alzo levemente la cabeza. Una sonrisa de placer curvo sus labios.

Hermione tenía la cabeza y una mano sobre su pecho. Una de sus piernas cubría las caderas de él.

Este hecho le hizo debatirse entre aprovechar la oportunidad o no. Finalmente se decidió, a fin de cuentas era bueno pero no un santo.

Deslizo una mano por el cabello de ella, descendiendo por su espalda y deteniéndola en su trasero.

Con la otra mano delineo su pierna desde el punto en que contactaba con sus muslos.

La piel de Hermione era suave, como satén. Brillante y provocativo satén. Movió lentamente su cuerpo, para encararla. Pero con muchísimo cuidado para que ella no cambiara de postura ni se diera cuenta de lo que él estaba haciendo.

Se acerco más al cuerpo de ella, para poder sentir perfectamente sus senos contra su pecho. Un escalofrió recorrió la espalda de Hermione, haciendo que él sintiera sus pezones como guijarros, candentes contra su torso.

Él deslizo la mano desde la nuca de ella, bajando por su brazo, hasta llegar a uno de sus pechos. Al sentir que ella empezaba a moverse, volvió a cerrar los ojos que tenía abiertos antes para ver como reaccionaba ella por sus caricias.

Un suspiro escapo de los labios de la joven al despertar. Abrió lentamente los ojos, y un grito quedo estancado en su garganta.

Su cuerpo estaba completamente pegado contra el de Malfoy, desde el pecho hasta las caderas, con una de sus piernas por encima de las caderas de él. El recatado camisón que se había puesto esa noche se había enrollado mientras dormía, ascendiendo de modo que dejaba demasiado de su cuerpo al descubierto.

Pero lo más extraño era la pequeña sonrisa que curvaba los labios de él, una que demostraba obviamente lujuria... aparte de la dureza que se apretaba contra su cuerpo. Posiblemente él estuviera teniendo un sueño muy placentero, quizá recordando a alguna de las mujeres que se habían dejado ver cogidas de su brazo.

Sacudió la cabeza ante la pregunta que se formaba en su mente, la que le decía que tenía la mejor oportunidad posible para saciar un poco su curiosidad. El hecho de poder acariciarlo ligeramente, sabiendo que él no se enteraría la animo. Al fin y al cabo, si despertaba, siempre podría afirmar que lo había hecho mientras estaba completamente dormida.

Y al menos así podría saciar un poquito esa curiosidad que había anidado hacía ya tiempo en su cuerpo acerca del cuerpo de Draco.

Una sonrisa curvo los labios de ella mientras alzaba una mano y la deslizaba por los labios de él. Recordó como los había sentido contra los suyos, duros, poderosos, capaces de seducir a una doncella de hielo.

Recorrió su mandíbula, subiendo hasta el oído y bajándola lentamente por su cuello hasta su torso. Era un torso musculoso, en plan tableta de chocolate. Con las puntas de los dedos recorrió los músculos de su vientre.

Él se estremeció ante sus caricias, sin abrir los ojos mientras sentía como ella lo acariciaba. Parecía que no era tan inmune a él como quería hacerle creer. Acerco más su cuerpo al de Hermione y aprovecho para acariciarla suavemente.

Al fin y al cabo, si ella le acariciaba estando despierta, él podía hacer lo mismo, ¿no?

La joven se quedo sin aliento al sentir como el cuerpo de Draco se acercaba más al suyo, notando cada plano y cada ángulo contra sus suaves curvas. Un gemido escapo de sus labios al notar como él empezaba a acariciarla.

Sabía que él no era consciente de lo que hacía, pero eso no quitaba el placer del momento. Y estaba más que decidida a aprovecharlo…

Draco giro quedando encima de ella, apoyándose en las manos alzo el torso quedando desde la cintura en contacto con ella, sintiendo como la piel de la joven había empezado a arder.

Abrió los ojos y la miro fijamente. Con su lengua trazo el contorno de los labios de ella antes de besarla en serio, su lengua sumergiéndose entre los labios de ella, creando un juego de pasión que imitaba la más pura posesión que se podía llevar a cabo entre un hombre y una mujer.

Un ruido en la puerta hizo que se separaran, mirándose a los ojos. Volvió a oírse como llamaban a la puerta, y Draco rodó apartándose de ella y se levanto dirigiéndose a esta. Tras ella estaba el botones, explicando que como se le había pedido, eran las diez de la mañana y estaba despertándoles. Al mirarle, una sonrisa picarona curvo los labios del botones y se disculpo, explicando la función del pequeño cartoncito que se podía poner en la puerta de modo que nadie les molestara.

La idea la habían tenido del mundo muggle, pero habían encantado los cartones de modo en que las puertas no pudieran abrirse ni escuchar a la gente que había al otro lado de esta.

Hermione sintió como enrojecía tras escuchar las palabras del botones. ¿Cómo se había dejado llevar por la pasión? Sin duda ahora Malfoy empezaría a burlarse… y ella acabaría en Azkaban, tras lanzarle una serie de cruciatus.

Se pregunto ociosamente si la creerían si afirmaba que él la había provocado demasiado, ¿quizás pudiera alegar locura transitoria? Después de todo, era Hermione Jane Granger, la chica que había luchado al lado de Harry Potter, una de las que había contribuido en la caída del Señor Tenebroso.

Pero claro, también estaba el hecho de que Draco había luchado junto a ellos. Y sin lugar a dudas, al Ministerio no le haría ni la más mínima gracia que uno de sus héroes hubiera quedado imposibilitado a manos de su esposa. Mucho menos siendo esta una mujer que se había acabado por convertir en un icono para muchas.

Antes de que le diera tiempo a darse cuenta de que el botones se había ido y Draco se acercaba, este se sentó a su lado en la cama haciendo que se miraran a los ojos. ¡Maldición! No le apetecía en lo más mínimo encararle en ese preciso instante y al perderse en sus pensamientos había desperdiciado la oportunidad de levantarse y vestirse.

Aparto un segundo sus ojos de los de él y volvió a mirarle, sorprendiéndose de la seriedad que había en ellos aún a pesar de la sonrisa que adornaba sus labios. Curioso, no era la típica que siempre había asociado con él...

-Me alegro de saber que no eres tan inmune a mí como querías que creyera.

-¡Como te atrevas a burlarte…!

-¿Y porque me iba a burlar? Explícamelo. Espera, mejor ni lo intentes porque solo vas a conseguir enfadarme y en este momento quiero hablar muy seriamente contigo.

Espero a ver como reaccionaba ella ante sus palabras y al ver que enderezaba la espalda, continuo:

-Llevo años deseándote. En verdad este matrimonio me ha dado la oportunidad de conocerte y saber que tu también me deseas. Si quieres, durante este año, podemos conocernos, ver si podemos ser felices juntos… y en vez de pedir el divorcio, continuar con el matrimonio.

Ella sacudió la cabeza, asombrada.

-¿No? Sé que me deseas, solo tendría que empezar a besarte y podría tomarte tantas veces como quisiera… ¿y quien sabe? Quizás acabaras embarazada, y conociéndote sé que sentirías que no sería justo para el niño el que nos divorciaramos. O quizás sí, pero entonces te verías en un Tribunal luchando por la custodía de él; porque te juro, Hermione, que jamás permitiría que apartaras de mi a mi hijo –vio que ella iba a hablar-. Déjame terminar. Sabes que es cierto que podría lograr una reacción física por tu parte, ¿pero para que? Prefiero conseguir una compañera, con la que compartir el resto de mi vida y con la que tener hijos. Unos hijos que siempre sepan que son queridos, que no se les va a dar la espalda si toman una decisión con la que no estemos de acuerdo. Y sé que una de las pocas mujeres capaces de darme lo que quiero eres tu. Pero no me vale la pena obligarte a ello. Así que te sugiero que aproveches estos días, conóceme un poco, y dame la respuesta. Dime si estas dispuesta a intentar que este matrimonio funcione, o prefieres que nos comportemos como niños viviendo en distintas alas de la mansión, sin hablar ni mirarnos.

-Yo... no lo sé, Malfoy. Dame algo de tiempo para pensarlo antes de darte una respuesta definitiva -respondió la joven, pensando que siempre podría negarse. Y nunca había sido de las que se cerraban en banda ante ninguna posibilidad, por descabellada que pudiera parecer esta.

Draco asintió, y pocos minutos después, salía de la habitación dejando completamente sola a Hermione.

Ella se acerco a los ventanales, mirando por ellos pero sin ser capaz de ver realmente nada. En su mente se repetían una y otra vez las palabras de Draco. Una oportunidad, una sola, para ver si podía haber algo entre ellos.

Ya estaban casados, les quedaba un año teniendo que compartir casa y… también sus vidas, para que negarlo. Porque él había tenido razón al decir que sería un comportamiento muy infantil por parte de ambos tratar de evitarse, sin importar lo grande que fuera la mansión y es que ambos habían comprobado que esto no era posible mientras convivían en Grimmauld Place durante la Guerra.

Sabía que Draco era un hombre de palabra y extremadamente orgulloso, al fin y al cabo tras los actos de su padre su honor y su orgullo eran lo único que le había quedado por lo que si ella se negaba ahora, jamás volvería a tener esta oportunidad. ¿Realmente sería capaz de vivir sabiendo que el miedo la había llevado a negarse dar una oportunidad a su matrimonio?

¿A un hombre al que deseaba?

¿Al que sabía que poseía características que podrían llegar a atraerla?

¿Al primer hombre por el que sentía algo desde Alexander? Vale, por el momento solo era de un modo elemental, una reacción de las hormonas ante un hombre atractivo. Pero quien sabía, quizás pudiera encontrar algo en él que le hiciera merecedor de su amor.

Podría poner algunas reglas, de modo que le fuera más fácil conocerle sin dejarse seducir por él, por su presencia, por sus grandes manos… esas manos que se moría por sentir de nuevo recorriendo su piel, su cuerpo. Que parecían capaces de llegarle hasta el corazón, hasta la misma alma.

¿Por qué no intentarlo?

Cierto, siempre existiría el riesgo de acabar sufriendo, que ella se enamorara y él nunca sintiera lo mismo.

No, se dijo barriendo las inseguridades que siempre la habían acompañado y reafirmándose que era una mujer atractiva, que sabía lo que valía. De querer, podría lograr que Draco sintiera algo por ella, quizás no un amor verdadero, pero si algo que se pudiera aproximar lo suficiente a eso.

Entonces, tenía que decidir si estaba dispuesta a correr el riesgo. Bueno, la vida es una apuesta. Para bien o para mal, nuestras decisiones nunca son seguras. Siempre apostamos con la esperanza de haber escogido la mejor opción, y de no ser así nos levantamos y seguimos luchando.

Riesgo, apostar por la felicidad aún sabiendo que podía traerte solo un gran dolor.

Por ello, siempre era importante intentarlo. Y definitivamente, era una Gryffindor. Por lo que se arriesgaría, lo intentaría. Vería si él era el hombre que deseaba tener a su lado. Uno capaz de ser fiel, digno de confianza.

Quien sabe, quizás los retazos que había visto de su personalidad demostraran finalmente que era lo suficientemente diferente a su familia como para ser el hombre que pudiera caminar a su lado en este juego sin cuartel que es la vida.

Deslizo la mano por el cristal, con la mirada perdida, aún sumida en sus pensamientos. Así la encontró Draco al volver, casi una hora después.

Sus ojos recorrieron la hermosa figura, y no pudo evitar el que un nudo se formara en su garganta. La había dejado sola para que pudiera meditar durante unos instantes, para que al menos tuviera una oportunidad para que la idea comenzara a entrar en su cabeza.

Cuando ella se giro y sus miradas se encontraron, noto como la esperanza revoloteaba en su pecho. Un sentimiento que no dudo en aplastar, sin atreverse a confiar en él. Al fin y al cabo, era algo que siempre le había traído dolor. Y sin uno, se evitaba bastante bien al otro...

Vio como Hermione inspiraba profundamente antes de hablar.

-Malfoy, he tomado mi decisión.

-¿Cual es? -pregunto él, como si estuvieran hablando del tiempo y no de algo que podía cambiar el curso de su vida.

-Te daré una oportunidad. Mejor dicho, nos la daré a ambos. Durante este año, nos conoceremos. Sabremos si puede haber algo entre nosotros. Pero... -aparto la mirada durante un instante antes de volver a encontrar sus ojos con los de él-, no habrá sexo. Al menos, no por el momento.

Draco asintió con la cabeza, lo comprendía. Hermione no era una mujer que se entregara fácilmente, y la concesión que había hecho ya era un triunfo. Pequeño, pero para llegar a su destino tendría que irse conformando con las pequeñas batallas que fuera ganando.

-Eso sí, Draco. Quiero que tengas en cuenta una cosa. Tenla muy presente. No confió con facilidad. Confiare en ti. Pero... no te atrevas a traicionarme si no quieres que se vuelva completamente imposible el que haya algo entre nosotros.

-Imagino que eso va en ambas direcciones -dijo él, un leve rastro de ironía en su voz debido a la exigencia de ella. Como si no lo hubiera pensado en eso ya Malfoy.

-Por supuesto.

Ante esto, permitió que parte de la alegría que sentía se mostrara en su rostro. No demasiada, pues la mascara aún permanecía en su sitio. Pero si fue la primera vez que ella pudo ver un minúsculo atisbo de su verdadera sonrisa.

Porque, si bien cuando le creyó dormido pensó que por fin veía la verdadera, no hubiera podido definir está que se extendía hasta sus ojos. Se acerco a ella y deslizo una mano por su cintura, acercándola a su cuerpo. La otra mano la puso en la nuca de la joven. Su sonrisa se amplio cuando ella entrelazo sus manos entre sus cabellos rubios platinados.

Deslizo lentamente los labios por el borde de la mandíbula de ella, llegando hasta el oído. Después deposito dulces besos en su rostro antes de decidirse a ir más allá y tomar su boca, las lenguas jugando en un baile que imitaba el acto amoroso.

Un acto tan viejo como el mismo tiempo...

Cuando Hermione noto como las manos de él se deslizaban por su cuerpo, murmuro, entre beso y beso:

-He dicho... que nada de... sexo.

-Oh, pero esto no es sexo -le respondio Draco con los labios a una distancia minima de su cuello.

-Eso incluía el que me acariciaras con tus manos.

Los labios de Draco formaron una gran sonrisa ante esto y deslizo su boca por el cuello de ella hacía abajo, hasta el valle entre sus senos.

-¡Draco!

-Tu has dicho que no podía utilizar mis manos. Y no las estoy usando.

Una carcajada nerviosa escapo de la boca de ella. Sin ser consciente, había dejado una pequeña laguna que él no había dudado en utilizar.

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Tonks deposito el te con cuidado sobre la mesa y paseo la mirada por la habitacion desordenada hasta que sus ojos se posaron en la foto de un hombre que tenía un gran lugar en su corazón, el más importante.

Remus Lumpin.

Su mano acaricio su aún plano vientre y murmuro:

-Pequeño, ¿lo echas de menos tanto como yo? Cuanto desearía que estuviera aquí con nosotros, mi niño...

La ultima vez que le vio, fue hacía tres meses. La alegría inundo su corazón en ese momento tras la súbita desaparición de él. Esa noche no habían habido largas charlas, solo caricias apasionadas y amorosas.

Había intentado volcar todo su amor en ese acto, que no fuera mero sexo. Pero al despertar esa mañana, se encontró sola. Remus había desaparecido dejando solo una carta.

Las palabras de esta se le habían quedado grabadas, y dudaba mucho de que algún día pudiera olvidarlas. Las palabras que más se habían repetido eran: demasiado viejo, demasiado peligroso, demasiado pobre...

Ahora debía enfrentarse sola a las consecuencias de ello. Estaba embarazada y sola. Aún no había reunido el valor necesario para decírselo a sus padres. Sabía que si bien lo aceptarían, estarían muy decepcionados de ella.

Después de todo, no abundaban las madres solteras dentro del mundo mágico.

Y, por si esto no era suficiente preocupación, también debía enfrentarse sola al riesgo de que su hijo hubiera heredado la maldición de la licantropia. Cierto, la posibilidad era baja. Pero un treinta por ciento seguía siendo demasiado alto cuando significaba que la vida de su pequeño corría el riesgo de no poder llevar nunca una vida normal.

De que tuviera que enfrentar los mismos prejuicios que su padre. Pero ella siempre estaría ahí para su bebe, sin importar a cuantos prejuicios tuviera que enfrentarse.

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Molly Weasly siempre había sido una mujer fuerte. Ciertamente habían habido en su vida acontecimientos que la habían puesto de rodillas, pero siempre fue capaz de levantarse. Y es que cuando perdió a sus hermanos a causa de la Primera Guerra contra el Innombrable, sus hijos eran pequeños por lo que centro todas sus energías en ellos.

Sus risas llenaban la casa a pesar del negro velo que parecía haberse cernido sobre ella y fue gracias a ellos que consiguió volver a levantarse.

Pero ahora no les tenía. Los mayores se encontraban fuera del país a causa de sus respectivos trabajos, Percy hacía mucho que también había abandonado la casa familiar. Lo mismo que los gemelos.

El único que quedaba en ella era su hijo Ron. En determinados momentos deseaba tener la fuerza de voluntad para decirle que podía irse, que cumpliera su sueño de independizarse y quizás que se casara con Luna, sin importar el poco tiempo que llevaban juntos ya que la vida es demasiado corta como para desperdiciar un solo segundo de esta.

Sin embargo, no encontraba el valor para hacerlo. Una voz interna le decía que en el momento en que hijo pusiera un pie fuera de la casa de forma definitiva, le perdería. Era el mismo miedo que hacía que despertara hiperventilando, con lagrimas producidas por la desesperación corriendo por su rostro y que se levantara sin tan siquiera calzarse unas zapatillas para ir al dormitorio de su niño para poder comprobar que se encontraba bien.

Que aún seguía respirando...

La muerte de su Ginny había destruido una parte muy importante de su vida, incluso de si misma. Y es que no es justo que un padre tenga que enterrar a un hijo, mucho menos cuando este a muerto a manos de alguien con el alma tan negra como ese desgraciado.

Se levanto y dejo la foto de su hija en el escritorio, tras deslizar un dedo por la mejilla de la joven que se reía a carcajada limpia mientras Harry la abrazaba.

Después subió las escaleras y entro en su dormitorio, el que durante tantos años había compartido con su esposo. Y cuando se tumbo en la cama, de lado y encogiéndose hasta adoptar una postura fetal, agradeció no por primera vez encontrarse en ese momento sola en la casa.

Amargas lagrimas escaparon de sus ojos fuertemente cerrados mientras su cuerpo se estremecía a causa de los sollozos.

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Cuando despertó a la mañana siguiente, noto el cálido cuerpo de la joven contra el suyo. Era curioso como parecía adaptarse tan bien a sus brazos, además de lo cómodo que se sentía con ella entre ellos.

Nunca se le había dado bien aceptar abrazos o la más pequeña muestra de cariño, no hubiera sabido explicar la causa aunque su vida hubiera dependido de ello. Quizás se debiera a la inseguridad que había sentido durante toda su vida, la misma que le llevo a utilizar esa mascara de crueldad y frialdad. Una mascara que ahora parecía haberse quedado pegada a su piel... o aún peor, la mascara se había convertido en parte de él.

Hermione era la tercera mujer con la que se sentía lo suficientemente a gusto como para tolerar ese contacto físico. La primera había sido su madre, la segunda Pansy.

Se removió y se acerco más contra la espalda de ella, disfrutando por primera vez en su vida de una experiencia como esa. No es que fuera virgen precisamente, solo que nunca había confiado lo suficiente en ninguna mujer como para quedarse dormido a su lado.

Eran curiosos los rumores que habían circulado acerca de él que aseguraban que era un Don Juan. Vale, tenía la suficiente belleza física como para atraer a las mujeres pero eso no significaba que se dejara controlar por las hormonas.

En esas ocasiones en que su cuerpo había aumentado su exigencia demandando atención, se había dirigido a cualquier bar y tras sentarse con un güisqui de fuego ante él había mirado a su alrededor, notando las miradas nada disimuladas que le recorrían.

Las que aún tenían inocencia en sus ojos eran rápidamente descartadas por las que mostraban un claro interés únicamente sexual. Y estas también serían descartadas si entre ellas aparecía alguna que se fijara más en los objetos que denotaban a las claras su posición económica antes que en su cuerpo.

De ese modo, siempre se había asegurado de que no pudieran haber reproches ni lagrimas cuando después de practicar el sexo se levantara y vistiera.

Cerro los ojos y aspiro el dulce aroma de la joven que había a su lado. Era tan distinta a todas esas... tanto, que por primera vez se atrevía a dejar que la esperanza creciera dentro de su pecho.

La esperanza de por una vez ser querido por ser quien era, se conformaría con una buena amistad con ella. Con respeto mutuo. Con el hecho de que sus hijos siempre se supieran queridos y, por encima de todo, protegidos.

Que nunca tuvieran que vivir como él...

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La joven morena se sentó en el comedor de su pequeño apartamento. En verdad poca gente que la hubiera conocido de joven sería capaz de creer que sería capaz de vivir en un sitio así.

Pero, si tenía que ser sincera, se sentía más a gusto ahí que en el antiguo hogar de sus padres. Y eso que si comparábamos ambas casas, la suya saldría perdiendo.

Un dormitorio contra quince.

Una pequeña cocina contra la gigantesca de la casa de sus padres, donde siempre se podía encontrar a algún elfo moviéndose rápidamente de un lado para otro trabajando sin tener un solo instante de descanso.

Y para finalizar, un comedor sencillo contra el que había en el lugar donde nacido. Una mesa para cuatro a diferencia de esa larga con asientos para veinte personas.

Sonrió, ciertamente su casa saldría perdiendo. Pero lo que nunca había habido en el sitio de sus padres era calidez, jamás había podido llamar a esa gigantesca mansión hogar. Solo había sido un sitio demasiado grande, donde podrías perderte de modo que pasaras días sin necesidad de hablar con nadie más. Uno donde la frialdad y la humedad no procedían de una vieja construcción, sino de las personas que la habitaban.

Desvió la mirada hacía una foto en la que aparecía junto a su mejor amigo y no pudo evitar preguntarse como se encontraría. Sabía lo que sentía por Granger y esperaba que esta fuera capaz de ver más allá de la casa a la que habían pertenecido, que el tiempo que había pasado la hubiera hecho madurar de modo que comprendiera quien era realmente él.

Sus ojos siguieron moviéndose por la fotografía mágica en la que aparecían los miembros más jóvenes de la Orden del Fénix, hasta topar con él. Ojos verdes, pelo negro y la joven pelirroja a su lado.

Nunca creyó que pudiera sentir celos de una traidora a la sangre, de una Weasley pero acabo descubriendo que si podía. Que los sentía. Y se preguntaba porque la gente decía que el amor era tan maravilloso cuando no lo es.

El amor duelo, deja una cicatriz sangrante en tu alma, si no es correspondido.

Pero, por encima de los celos e incluso del desagrado y casi odio que acabo sintiendo por ella, estaba la amargura de que hubiera muerto. De que le hubiera dejado solo.

Él no se merecía eso.

Prefería seguir sufriendo, viéndole con ella, viendo como se besaban sin importar quien pudiera presenciarlo. Que ese horrible sentimiento se clavara en ella como una daga helada... porque había acabado descubriendo que era mucho más doloroso observar a aquel a quien quieres sufrir por esa perdida.

Ojala ella estuviera viva de modo que aún hubiera algo de vida en esos ojos que al final le habían nublado el juicio a ella.

Suspiro y sacudió la cabeza, no le convenía tener esos pensamientos y menos dejarse arrastrar por la amargura que siempre les acompañaba. Se levanto y salio de la casa en dirección al trabajo, esa sería una mañana difícil en el Ministerio.

Ese día se pondrían en marcha las reformas que asegurarían que en caso de levantarse otro Señor Tenebroso este no tuviera tantas facilidades a la hora de reclutar seguidores entre los seres que solían ser vistos como de la Oscuridad: hombres lobo, vanshes, y muchos más...