Título: La futura Señora Potter.
Resumen: A James no le gustaba la idea, Lily parecía encantada de tener al fin alguien con quien mantener "charlas de chicas", Harry simplemente se preguntaba cómo rayos sobrellevaba Malfoy tener en casa a la tan mentada Futura señora Potter. Al/Scorp Genderbender.
Advertencias: Genderswap. Que lo haya hecho yo. ¡Va sin beta! Insinuaciones de Drarry .
Disclaimer: Definitivamente no soy JK.
Notas iniciales: Escrito como un regalo para una de mis mejores amigas del fandom –y en general- Silky, tú siempre me pides regalos raros –este no podía ser la excepción- pero va con cariño –lee con cuidado que en mi cabeza aun van dando vueltas los hongos de microbiología.
La futura Señora Potter
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Aquella noche del primero de septiembre, Draco Malfoy sufría de lo que posiblemente serían muchos días más de insomnio.
Sentado como estaba en el vacío gran comedor familiar no pudo evitar ahogar un suspiro quedo, pensando cómo le estaría yendo a Scorpius.
Cuando hacía ya once años había nacido fruto de su matrimonio arreglado una pequeña y no un heredero –cosa nunca antes vista en muchas generaciones de Malfoy- no negaría que se había sentido, principalmente, decepcionado.
Astoria no se veía ni feliz, y afectada. No tocó a la pequeña después de su nacimiento, los primeros días de la vida de Scorpius –que había sido el nombre que Draco le había elegido cuando creía que iba a ser un muchacho, se quedó de esa manera, ni siquiera había tenido la iniciativa de pensar en algún otro posible nombre- habían sido vigilados únicamente por elfos domésticos, quienes cuidaban de la pequeña como si fuera una muñeca de porcelana que se rompería en cualquier momento.
A los pocos días, Narcissa Malfoy se unió a ellos, y Draco admitiría después que el brillo en la mirada de su madre que había desaparecido cuando su padre había sido condenado al beso del dementor, volvió tan rápido estuvo en contacto con su primogénita- y posiblemente unigénita, pues Astoria había abandonado la mansión tan pronto había estado lo suficientemente recuperada como para hacer magia, y Draco estaba casi seguro que más temprano que tarde llegarían a su despacho papeles pidiendo el divorcio.
Y no estuvo muy equivocado, porque a exactamente un mes del nacimiento de Scorpius, una lechuza llegó a su hogar con una carta del ministerio donde se le informaba que pronto tendría una audiencia para tramitar su futuro divorcio. Y horas después la propia lechuza de su hasta ese momento mujer, donde decía que a pesar de desear una separación ella estaría presente en todos los momentos necesarios de la vida de su hija, pero que no esperara tenerla en esa horrible mansión ni un minuto más.
Todo en su vida parecía irse a picada en ese momento, no es que él estuviera enamorado de Astoria o algo parecido, pero ella era la única manera de acceder a un heredero masculino. Draco contaba con que su primogénito fuera un varón, para poder terminar con aquella farsa de matrimonio y al menos cumplir con algo que muchos Malfoy habían hecho ya antes que él: Continuar con la dinastía de sangre.
Pero al parecer ni para eso era muy bueno.
Y aunque no era su culpa, no podía evitar sentir una frustración enorme al ver como su madre tarareaba viejas nanas a una pequeña y hasta diminuta masa humana envuelta en una manta rosada en el salón principal de la mansión.
Le parecía casi imposible. ¿Cuántas generaciones habían pasado sin una Malfoy en sus filas? ¿Por qué él tenía que ser el primero en traer una al mundo?
Durante los meses que siguieron, Draco hizo caso omiso a las miradas reprobatorias y furibundas que su madre le dedicaba, sabía que estaba escapando a sus responsabilidades… ni siquiera había vuelto a ver a la niña desde el día de su nacimiento.
Pero todo cambió un día ya cercano al primer cumpleaños de Scorpius. Draco no había podido conseguir un trabajo en la Inglaterra mágica sin importar cuanto lo intentara, o cuan capaz fuera. Se había visto obligado a mover sus negocios a Francia e Italia, y sus apariciones públicas eran cada vez menores –y quién le culparía, lo único que recibía al salir al Callejón Diagon eran las pullas de todo aquel que pasara frente a él.
Aquella mañana se había visto obligado a pasar toda la mañana y parte de la tarde en negociaciones con un posible inversionista, pero todo se había ido al diablo de un momento a otro, pues uno de los inversionistas de la otra compañía había puesto impedimentos al saber su ascendencia.
Y sólo para terminar de arruinar su día, le habían negado el poder comprar un par de ingredientes que necesitaba para la última poción en la que estaba trabajando.
"Nunca le vendería nada a un mortífago"
Había escupido una de las vendedoras del callejón diagon, y al salir del destartalado lugar casi había sido golpeado por un par de maldiciones.
No era algo nuevo, solía pasar mucho, pero ese día en particular sentía que lo mínimo podía sobrepasarlo. Por eso, cuando al fin había llegado a la mansión con las manos vacías y la cabeza punzando de dolor, únicamente había atinado a meterse en su estudio y tratar de consumir todo el wisky de fuego que su cuerpo pudiera aguantar.
Habría jurado que su madre había golpeado un par de veces a su puerta y había murmurado un par de cosas en tono consternado, pero Draco simplemente la había ignorado.
Finalmente se había abandonado al ardiente sabor del wisky hasta ya muy entrada la madrugada, y sólo se había detenido cuando los primeros rayos de la madrugada comenzaron a colarse por su ventana sin cortinas.
Draco había dejado lejos el vaso y había tratado de avanzar por los pasillos de la mansión sin hacer mucho ruido, no quería que su madre se despertara y tener que darle alguna clase de explicación.
Pero en su pequeño trance etílico, había confundido la puerta de su habitación, y había terminado en aquella que había estado evitando desde hacía ya casi un año. El olor dulce de los aceites de baño que su madre había comprado hacía un tiempo llegó a sus fosas nasales y lo mareo más, si es que eso podía considerarse todavía posible.
Y Draco no estuvo seguro, quizá porque estaba físicamente y psicológicamente cansado y ya no podía pelear con el inconsciente deseo que había tenido desde hacía ya mucho tiempo, o porque la compatibilidad mágica le llamaba. Pero entró en la habitación, y con pasos lentos y poco coordinados avanzó hasta la cuna que estaba cubierta por una finísima tela de tool.
Su aliento contrastaba mucho con el aroma dulzón de la habitación, y de seguro su apariencia para ese momento completamente desgarbada también lo haría con los suaves rasgos de la pequeña bebé que dormía completamente ajena a lo que pasaba a su alrededor.
Draco estiró su mano, lo más lentamente que pudo, y delineó la mejilla de su hija suavemente. Lo suave de su piel y el agradable aroma que su cuerpecito despedía logró sacarle un suspiro. Se perdió en el color rubio platinado de su cabello, tan igual al suyo. En la piel pálida, y en lo gris tormentoso de sus ojos.
Y nuevamente culparía al alcohol por haber tardado tanto tiempo, en darse cuenta que en algún momento los ojos de su pequeña se habían abierto y ahora lo miraban fijamente.
Tuvo un pequeño espasmo y trató de alejar su mano, pero no pudo ir muy lejos pues la niña tenía buenos reflejos y ya había atrapado uno de sus dedos con una de sus regordetas manitas.
Presionaban fuerte, como pidiendo quédate. Con sus ojos grandes y expresivos, que lo miraban con genuina curiosidad, sin una sola pizca de aprehensión.
Y Draco sintió su corazón dando un vuelco en su pecho, como si con solo ese pequeño gesto se hubiera robado parte de su alma.
La relación con Scorpius había mejorado desde ese momento, lenta y paulatinamente, pero lo había hecho. Para gran alegría de su madre.
Draco no era un padre sobreprotector, pero Scorpius era esa pequeña parte de su vida que sacaba su lado más posesivo, y estaba dispuesto a brindarle la misma infancia llena de buenos recuerdos que él mismo había tenido. Eso incluía una educación libre de puyas por parte de cualquier persona, muchas gracias. Beuxbatons sonaba como una gran opción siguiendo esa línea de pensamientos, y era casi un hecho que la pequeña iba a asistir a aquella academia una vez cumpliera once años.
Por eso se había sorprendido tanto, cuando faltando meses para su onceavo cumpleaños, Scorpius había irrumpido en su despacho tan elegante como siempre, sólo para informarle de sus deseos de asistir a Hogwarts.
Draco se había negado al inicio, jamás dejaría a su pequeña en un lugar lleno de barbaros –pensó haciendo una alusión muda a la casa de Godric. Pero finalmente había tenido que aceptar de manera reticente, su madre y su hija podían ser muy convincentes cuando querían.
—Será un año largo—había soltado en un suspiro, justo segundos antes de que un par de picoteos llamaran su atención.
Sus ojos giraron un poco hacia la derecha y pudo ver como Hemingtway, la lechuza de Scorpius picoteaba un par de veces más.
Draco realizó un pequeño floreo de varia y el ave albina entro de manera majestuosa, posándose en una percha cercana al escritorio. Draco se puso de pie y tomó la carta que le ofrecía, luego estiraba su mano hasta el borde superior de la chimenea y tomaba un pequeño bocadillo para el de seguro hambriento animal.
Abrió el pergamino y lo miró largamente, haciendo un pequeño gesto de disgusto cuando reparó en la parte final del mismo.
Su hija había sido ciertamente sorteada para Slytherin, como todo miembro de su familia que se precie, y ahora compartía cuarto con varias muchachas de las cuales él únicamente reconocía a Samantha Zabini, hija mayor de Blaise y Pansy.
Al parecer un par de muchachos y muchachas le habían dedicado miradas punzantes a lo largo del banquete de bienvenida, de todas las casas, incluso algunos estudiantes mayores de Hufflepuf -¡Hufflepuf! Por amor a Merlín, pero nada del otro mundo.
Aunque eso no era lo más indignante, lo que realmente lo sacaba de su centro era el nombre que decoraba la parte final de la carta de Scorpius.
Potter. Albus Potter. Albus Severus Potter.
Frunció el ceño.
Él no había sido partidario de contarle a Scorpius historias de sus tiempos escolares, pero repetía, ella tenía el poder de convencimiento de su madre.
Y el nombre de Potter se había colado más veces de las que a Draco le hubieran gustado, y tampoco era que él se hubiera esforzado en ocultar su repulsión hacia el-niño-que-vivió-para-hacerle-la-vida-imposible.
No decía mucho sobre le menor de los chicos Potter, sólo que eran compañeros de casa y no se parecía tanto a su padre como decía El profeta. Al menos no se parecía a la idea que Draco había sentado en su mente.
Draco volvió a fruncir el ceño, algo allí no le gustaba mucho.
Los problemas para Albus no aparecieron sino hasta muy avanzado su año escolar, encantamientos se le había facilitado mucho, justo como a su padre y a su hermano, al igual que defensa contra las artes oscuras; pero como al parecer lo que se hereda no se hurta, su desempeño en pociones era ciertamente: lamentable.
Derek se divertía infinitamente recordándole como había él y Jhon habían hecho estallar ya su tercer calderón en ese tiempo.
—Señor Potter— había sido el cansino suspiro que Rubertford, su nuevo profesor en pociones le había dedicado esa mañana después de clases—Probablemente necesite un tutor, si es que realmente quiere aprender algo en esta clase.
Era una nueva reforma que habían instaurado hace poco, los tutores eran algo nuevo pero muy ingenioso y bastante útil, así que Albus no mostró ninguna clase de inconveniente.
Hasta que supo quién sería su tutora y nueva compañera durante las horas de clase.
"Como si pociones no fuera lo suficientemente malo"
Pues con Malfoy como tutora, estaba seguro de que la clase podía ser diez mil veces peor.
—Señorita Mafoy—el tono conciliador de Rubertford no era algo muy normal en el hombre, así que Albus pudo deducir que el talento de Malfoy para las pociones era realmente grande. No recordaba haber visto a su maestro sonreír de aquella manera en ninguna otra ocasión.
Ella simplemente había hecho una expresión extraña al verle parado junto al profesor de pociones, frunciendo la nariz como si de pronto el olor de algo desagradable hubiera llegado hasta ella.
Y fue cuando Albus estuvo completamente seguro, lo que quedaba del año sería horrible.
Ahora mismo estaba seguro que sus pensamientos no habían estado tan errados, pues la tutoría tan solo llevaba una semana de haber empezado y sentía que no mejoraría para nada. Ciertamente Malfoy no era insufrible como tío Ron le había contado que era su padre, pero tampoco era amigable o simplemente… normal.
Durante toda esa semana, se había dedicado únicamente a dejarle una poción con instrucciones y observarlo trabajar, o en el caso de Al: Cometer error tras error.
Ella simplemente fruncía el ceño y luego de anotar un par de cosas y murmurar otras tantas se ponía de pie y le dirigía una mirada mitad irritada, mitad incrédula. Como si no creyera que alguien podía ser tan malo.
Luego anunciaba el final de la clase, bueno aquello ni siquiera podía ser llamado clase, y salía tomada del brazo de Samantha Zabini, quien siempre la iba a buscar a esa pequeña clase cada noche sin falta. La morena le dedicaba una mirada iracunda a Albus y simplemente salían sin decir más.
Bien, esa misma noche le iba decir un par de cosas a la muchachita esa, si no iba a ayudarlo sería mejor que hablara con el profesor y podría conseguir un nuevo tutor. Albus odiaba perder el tiempo.
Pero se llevó una sorpresa, cuando la normalmente inexpresiva Malfoy llegó hasta el aula que usaban para trabajar con las manos llenas de pergaminos y lo miro fijamente.
—Es hora de empezar la clase—dijo y esta vez parecía que lo decía en serio—Ten—dijo extendiéndole un par de los pergaminos—aquí están todos los errores que has cometido en esta semana, empecemos corrigiendo como cortas tus ingredientes ¡No puedes esperar que una poción quede bien si no tiene los ingredientes correctos!
Las palabras del más joven de los chicos Potter murieron en su garganta antes de tan siquiera salir. Finalmente asintió y se dedicó a mirar atentamente como la niña colocaba un benzoar en el mortero y le mostraba cómo debía de triturarlo.
— ¿Uhm realmente importa cómo tritures esa cosa?
Es decir, simplemente tenía que estar destrozado, ¿no?
Pero Scorpius le dedicó una mirada escandalizada que a Albus le dio un poco de gracia, normalmente ver otra expresión que la completa seriedad en el rostro de la heredera Malfoy era casi imposible.
—Por supuesto que no, Potter—negó un par de veces y volvió su mirada hasta el mortero—tienes que darte cuenta de la consistencia, no debe tener grumos pero tampoco tiene que ser muy fino o…
Y así pasaron los meses siguientes.
Las tutorías no eran largas y tampoco muy complejas, sólo un par de consejos y un par de amonestaciones –seguidas de un golpe en la mano- cuando Albus hacía algo mal.
Cinco meses después Albus podía decir que estaba seguro de que no reprobaría la clase de pociones.
— ¡Felicitaciones, compañero!—Derek le había dado un golpecito en la espalda el primer día después de terminada la tutoría—Ahora puedo decir que realmente no me molestaría tenerte como compañero de pociones.
Jhon le dedicó una mirada indignada a su compañero y se apoderó del brazo derecho de Albus—Ni se te ocurra, Parkinson. Tú ya tienes a Bott.
Albus simplemente rio ante la actitud de sus compañeros.
—Pero en serio, Al—continuó Jhon soltándolo y lanzándose a su cama para descansar—Me sorprende lo bien que aguantaste, cinco meses es mucho para aguantar a alguien como Malfoy.
Y no es que Jhon tuviera problemas con los hijos de mortifagos, no. Después de todo sus dos padres eran muggles, pero es que Scorpius parecía alguien realmente difícil de tratar.
Siempre callada y mirándolos a todos como si realmente no los mirase, simplemente atenta a sus propios asuntos. No llamaba la atención en clase y siempre respondía cuando los profesores la llamaban.
—Hey, no es tan mala—renegó Parkinson—Mi tía me llevó a verla junto a mi prima una vez. Puede llegar a ser divertida… creo, eso dice Samantha.
Cierto, tío Ron le había comentado que Parkinson y Malfoy habían sido amigos en la escuela, al igual que Zabini. El hermano mayor de Pansy Parkinson se había mudado a Francia muchos años antes de que la guerra estallara, así que ellos tampoco habían sufrido de primera mano los destrozos que el bando de Voldemort había causado.
—Bueno, no lo tomes a mal—Jhon se defendió—pero Zabini tampoco es carismática.
También, Albus podía jurar que la que más miradas venenosas tenía para las personas era Zabini. Nunca entendió bien porqué.
Albus comenzó a recordar las clases, no se había vuelto amigo de Scorpius ni nada parecido, pero al menos se había dado cuenta de que no era alguien insufrible como siempre le habían pintado a aquella familia.
Se preguntaba qué tanto de verdad tendrían todas esas cosas que su madre y tíos le habían contado.
— ¿Qué opinas tú, Al?
Parecía que sus compañeros querían un punto de vista suyo también. Albus simplemente se elevó de hombros.
—Es buena en pociones.
Sentenció como si eso fuera suficiente y comenzó a buscar un pergamino entre sus pertenencias para escribirle una nueva carta a su padre, los otros dos niños simplemente rodaron los ojos.
El día que debía ir a la estación a recoger a Scorpius, Draco sintió un pequeño pinchazo de preocupación en la boca del estómago, como una señal de que algo muy malo estaba por ocurrir. El no creía en cosas ridículas como la adivinación o el ojo interno que proclamaba la lunática de la profesora Trelawney, pero no era la primera vez que algo así pasaba.
Llamémosle intuición Malfoy.
Así que con un poco más de prisa se aferró al bastón que había heredado de su padre y se apareció en las cercanías de la estación King Cross.
El expreso se movía de manera constante y Albus no despegaba sus ojos del movimiento continuo del paisaje frente a él.
Aún con lo cansado y las bromas que su hermano mayor le había dedicado cuando quedó en la casa de Salazar, su primer año en Hogwards había sido memorable. Incluso podía decir que había hecho amigos.
— ¡Más les vale escribirme!—Había dicho Jhon con un pequeño gesto en la cara.
—Sabes que en casa no hay compuratodas—Derek frunció el ceño—así que tendrás que conformarte con cartas.
—Computadoras, Parkinson—corrigió Al medio riéndose, ay con los sangre puras.
Derek tuvo la gracia de sonrojarse un poco—Lo que sea—frunció un poco el ceño—Si quieren cartas, será de la manera tradicional.
Jhon ahogó una risita y asintió, quizá era porque había vivido rodeado de muggles toda su vida, pero él afirmaba que la manera de comunicarse de los magos era terriblemente precaria.
—Oye Al—justo en ese momento una cabeza pelirroja se coló en su cabina, mirando a los tres muchachos con mala cara—más te vale venir a nuestra cabina antes de que el tren llegue a la estación, mamá se enfadará si no llegamos juntos.
—Sí, James—dijo con el tono más aburrido que pudo poner, su hermano era tan fastidioso, no sabía cómo iba a aguantarlo esos meses de vacaciones.
El pelirrojo simplemente hizo un ademán con la cabeza y abandonó el lugar tan rápido como llego.
—Al menos tienes un hermano—fueron las que Albus suponía tenían que ser palabras conciliadoras por parte de Derek—ser hijo único puede llegar a ser muy aburrido.
—Ni creas—Jhon puso cara de horror—tengo tres hermanas ¡Es como el infierno!
Y nuevas risas inundaron el vagón.
Cuando la gran locomotora ya se podía ver a lo lejos Lily haló un poco su mano, que sostenía la propia con fuerza.
— ¡Allí vienen, papá!
Hugo estaba a su lado, junto a su madre y padre, pero no parecía tan emocionado como su pequeña peliroja. Simplemente miraba asombrado como el gran expreso se acercaba más y más a la estación.
Harry simplemente asintió y asió más la mano de su pequeña, pasando una mirada rápida por todos los rostros, conocidos y desconocidos de la estación. Era increíble cómo de rápido pasaba el tiempo, todos los muchachos de su generación ya tenían hijos, y pronto la menor de sus tesoros ya estaría dejando la casa para empezar sus siete años de escuela. Ugh, se sentía viejo.
Oh, pero si había algo que Harry estaba seguro no cambiaría ni aunque pasaran miles de años, esa era su facilidad para detectar a Malfoy a cincuenta metros a la redonda- no es que la idea le gustara, en lo absoluto. Pero al parecer, no podía hacer nada en contra de eso, pues cuando se dio cuenta ya tenía su mirada fija en el rostro algo consternado de quien antes fuera su némesis de infancia.
Frunció un poco el ceño y recordó las últimas cartas de Albus, había sido una lástima que su pequeño heredara su nulidad de habilidades para pociones-y quizá hasta un poco aumentada. Pero por suerte, y gracias a Hermione quien ahora trabajaba en el ministerio, en la oficina de instauraciones de nuevas políticas mágicas: Se había incorporado ese sistema de tutores para los alumnos, aunque a Harry le había parecido que lo que su hijo había tenido era más una guía que una tutoría propiamente dicha, parecía que había surtido efecto.
Según palabras del propio Albus, Scorpius parecía haber nacido para preparar pociones.
De cualquier manera, había ayudado mucho a Albus en su primer año, de esa manera estaba seguro de que en los venideros ya no necesitaría ayuda. Sólo estudiar un poco más por su propia cuenta.
Fue distraído de su perorata interna por el sonido del silbato del tren, parpadeo un par de veces y enfocó la gran máquina roja que comenzaba a abrir sus puertas y como los alumnos se abalanzaban hacia afuera buscando a sus padres.
— ¡James! ¡Rose!—su hija se separó de él e hizo ademán de querer acercarse más a donde la gente se conglomeraba. Giny, quien hasta ese momento había estado al lado de su hermano, hablando de la nueva temporada de Quidditch que se aproximaba, sonrió conciliadora a su ex esposo y se adelantó con la pequeña. Sabía que si Harry se aproximaba a tanta gente no haría más que llamar la atención de un montón de extraños que sentían que debían agradecerle algo, o simplemente niños curiosos que se quedarían mirándolo y tantas personas juntas en un espacio tan pequeño podría ser peligroso.
Ron y Hermione pronto se les unieron, y cuando Harry creyó que también debía avanzar pues creía que había visto a lo lejos y a través de una de las ventanas la tan inconfundible cabellera de fuego de su primogénito, una sonidito extraño proveniente de Hugo le llamó la atención.
— ¿Ocurre algo?—le preguntó a su sobrino, él siempre era un chico tranquilo, quizá demasiado teniendo en cuenta los genes Weasley que corrían por sus venas.
—Es que ese hombre está apuntándole a alguien.
Dijo observando con sus enormes ojos azules a un sujeto, enfundado en una túnica negra, que señalaba con su varita a un par de cabezas rubias, que rápidamente reconoció como Malfoy y su hija.
Oh Maldición.
Notas Finales: Bueno, en realidad creo que será un poquito más lagro de lo que pensaba. Siete capítulos o menos, a ver si Silky se digna en decirme algo lol.
En fin, tengo examen de patología. Huiré.
