- ¡Papá! ¡Mira cuánta nieve! - exclamó la pequeña al descubrir ante sus ojos el hermoso paisaje nevado.
Tal como había prometido, Sonic cumplió su parte del trato con su compañero Zafiro y, durante aquella mañana, acompañó a su hija Elise a disfrutar de las primeras e intensas señales del invierno.
- Voy a ver más - anunció la niña, adentrándose en el bosque.
- No vayas muy lejos - advirtió su padre, haciendo uso de su instinto protector.
Según escuchaba la risa de su hija desvaneciéndose conforme avanzaba más y más en el bosque, el erizo azul decidió zambullirse en sus recuerdos mientras admiraba el ambiente que le rodeaba. Y así, comenzó a rememorar aquellas lejanas memorias que creías ya perdidas, tales como el día en que Elise cumplió cuatro años y organizaron una grandiosa celebración por todo lo alto. En aquel entonces, la vida del príncipe y la de su pequeña hija estaban completamente unidas; compartían cada segundo juntos. Todo esto cambió cuando la reina cayó enferma. Ese nuevo acontecimiento compaginado al primer hijo y sucesor al trono de los reyes Gawain y Amy, que tenía provisto nacer en unos meses, provocó que sus vidas se distanciaran cada vez más. Ante este borroso pero hiriente recuerdo, el puercoespín esbozó una melancólica sonrisa mientras permitía que su gruesa bufanda hiciera olas con el gemido del viento.
- ¡Papi! ¡Corre, ven a ver esto! - la llamada de su hija en la distancia le sacó de su ensimismamiento.
Entonces el joven príncipe se dirigió hacia donde parecían proceder los gritos de su pequeña. No obstante, aunque caminaba con paso firme, no se molestó en acelerar la marcha, pues comprendió en seguida que aquella llamada no resultaba para nada preocupante.
Al llegar al lado de su hija, descubrió el motivo del llamamiento:
- ¡Mira, papi! ¡Un pajarito!
Siguió con la vista el dedo que la niña usaba para señalar y, efectivamente, un pequeño ave negro y blanco reposaba en su nido piando sin cesar.
- Eso no es un pajarito, cielo, es una golondrina - corrigió el erizo - Qué raro...
- ¿Qué pasa? - inquirió Elise.
- Las golondrinas suelen emigrar en invierno hacia lugares más cálidos - explicó Sonic -No entiendo qué hace ésta aquí.
Así que el erizo decidió escalar el árbol y, con agilidad, llegó hasta donde se encontraba la pequeña ave.
- Vaya... tiene un ala rota - anunció el puercoespín desde la copa.
Entonces, con suma delicadeza, como si de un objeto de porcelana se tratara, cogió a la golondrina entre sus manos y bajó del árbol. Una vez en el suelo, Elise pudo comprobar con sus propios ojos que, en efecto, la pequeña golondrina tenía un ala fracturada.
- ¡Tenemos que llevarla al castillo! - propuso la muchacha.
- Elise, no podemos quedárnosla - objetó su padre.
- Por favor, sólo hasta que pueda volver a volar - suplicó la niña.
- Está bien - declaró el erizo, dándose por vencido - La cuidaremos hasta que se le cure el ala.
Ante la gran noticia, la pequeña dio saltos de alegría y corrió hacia el castillo seguida de su padre, el cual portaba la golondrina herida envuelta en su bufanda.
Tendrás que ponerle un nombre - advirtió Sonic, después de encontrar un lugar apropiado para el ave en la habitación de la pequeña Elise.
La niña, después de pensarlo unos segundos, dijo:
- ¡Koma!
- ¿Koma? - preguntó, extrañado, el erizo - Eso no es un nombre.
- A mí me gusta - declaró la pequeña, sintiéndose muy orgullosa de su creación.
- Muy bien, pues si a ti te gusta, así se llamará - concluyó Sonic con una sonrisa.
Ambos ignoraban que Koma sería una pieza muy valiosa en un futuro no muy lejano.
