Aquella noche el mismo sueño volvió a repetirse: el erizo azul corría sin rumbo con el único objetivo de escapar de un gigante dragón cuyo cuerpo ardía en cegadoras llamas. Y, como siempre, el sueño finalizaba en el momento en que el imponente dragón se lanzaba hacia el puercoespín con las fauces abiertas.

Sonic se incorporó en la cama violentamente con la frente llena de sudor. El presentimiento de que un oscuro futuro se cernía sobre el reino se hacía cada vez más visible para el erizo.

El sol se colaba por la ventana anunciando la llegada de un nuevo día. Sonic se giró en la cama y descubrió que estaba solo. Probablemente, la princesa Elise se había levantado temprano como cada mañana para ir a atender a la reina, que con el paso de los días se encontraba cada vez más grave. El erizo se levantó de la cama y comenzó a vestirse, intentando ignorar los temblores de su cuerpo provocados por la inquietante pesadilla.


- No es más que un sueño - replicó Zafiro con parsimonia - Es mejor que lo olvides.

Sonic había acudido aquella fría mañana de invierno al establo de dragones para alimentarles, ya que, a pesar de ser esa una labor propia de los mozos de cuadra y no de un príncipe, agradecía tener una charla con su compañero Zafiro.

- Pero se repite todas las noches - comentó el erizo - Es como si quisiera avisarme de que algo malo está a punto de llegar.

El dragón negro saboreaba con lentitud los mordiscos que le propinaba al jabalí que constituía su desayuno.

- Me remito a lo que he dicho antes - aseguró Zafiro tras tragar - No tiene sentido que te obsesiones con un sueño. Ahora tienes una responsabilidad que cumplir en este reino y esa debería ser tu única preocupación.

Zafiro podía ser muy frío a veces, pero era su manera de zanjar un tema, de imponerse y dejar claro quién tenía la razón.

Tras años de convivencia con el dragón negro, Sonic sabía que si seguía insistiendo en lo mismo, Zafiro decidiría no dirigirle la palabra. Es por ello que cambió de tema inmediatamente:

- ¿Has visto hoy a Elise? - preguntó mientras se sentaba en un fardo de paja.

- Lo más probable es que se encuentre con la reina como cada mañana - respondió el dragón - No creo que llegue a ver el próximo amanecer.

Tras aquel hiriente pero acertado comentario proveniente del gigantesco reptil, se hizo el silencio en el establo.

En ese mismo instante, una temeraria idea cruzó la mente de Sonic de manera fugaz

- ¿Crees que Andros podría liberar a la reina de su enfermedad? - dijo el erizo.

Zafiro dejó escapar un largo suspiro.

- Sonic...

- Sí, ya sé lo mucho que detestas hablar de él, pero no veo otra solución. Además, no soporto ver sufrir a Elise día tras día.

El dragón esbozó una de sus cálidas y características sonrisas.

- Aunque sea duro, hay que dejar que la naturaleza siga su curso. Lo último que debes hacer es recurrir a Andros. No vale la pena.

El silencio volvió a reinar en el lugar.

- Deberías volver al castillo. Elise agradecerá tu compañía en estos momentos.

El erizo asintió lentamente y, tras levantarse, se dirigió a la salida del establo, dando la espalda a Zafiro.


Dejando atrás los alargados pasillos, Sonic aguardó en la puerta de la habitación de la reina, pues los guardias le habían confirmado que la princesa se encontraba dentro de la estancia, y el erizo no quiso interrumpir los últimos momentos que pasarían juntas.

Dejó reposar la espalda en la pared y, aunque su compañero draconiano le había advertido de que no lo hiciera, se sumergió en sus recuerdos y comenzó a rememorar la pesadilla con la que había amanecido. No le cabía la menor duda de que aquel sueño estaba intentando hablarle, avisarle de que la oscuridad estaba a punto de cernirse sobre el reino. Andros quería atraerle hacia él... y lo estaba consiguiendo.

Tras unos minutos de espera, la puerta de la habitación se abrió, permitiendo así que la princesa saliera. Al verla, Sonic pudo apreciar las arrugas que lucía su vestido, su cabello pelirrojo estaba ligeramente alborotado y en su cara podían vislumbrarse unas diminutas ojeras, fruto de la falta de sueño provocada por la preocupación de perder a su madre. No obstante, Elise permanecía igual de bella que siempre.

- ¿Cómo se encuentra? - preguntó el erizo visiblemente preocupado, a pesar de que conocía de sobra la respuesta.

La princesa esbozó una triste sonrisa.

- Dice que quiere verte.

- ¿A mí? - inquirió Sonic.

- Sí... supongo que querrá despedirse de ti por última vez.

Tras observar con detenimiento los vidriosos ojos de la princesa Elise, el puercoespín no se hizo de rogar y entró en la habitación, sintiendo cómo la puerta se cerraba tras de sí.

Entonces se detuvo a observar la enorme estancia que le rodeaba sin moverse del sitio, ya que escasas habían sido las oportunidades que había tenido de entrar en aquella habitación: se componía de unas monumentales paredes, más altas incluso que las del resto del castillo. A su izquierda, el erizo admiró el enorme ventanal por el cual entraban los últimos rayos de sol del día, ya que, al ser invierno, atardecía más temprano. Las cortinas, que permanecían corridas, eran de un tono arándano y tan grandes y pesadas como el ventanal.

Por último, como elemento central de la estancia, se encontraba una cama de imponente tamaño, adecuada al rango al que pertenecía. Las sábanas, cuyo color similar al de las cortinas podía apreciarse gracias a la luz que entraba por la ventana, caían a ambos lados de la cama y cubrían enteramente el cuerpo de la reina, que yacía en esta. De pronto, una débil voz se alzó sobre el silencio sepulcral:

- ¿Sonic?

El puercoespín dio un respingo, temeroso por el estado en el que se encontraba, mas no se mostró reacio a contestar:

- Estoy aquí.

- Acércate...

Sonic obedeció y, lenta pero firmemente, caminó hacia donde se encontraba la reina. Al llegar, se arrodilló en el suelo y bajó el rostro en señal de respeto. Entonces el erizo sintió que una mano sin fuerzas se posaba sobre su cabeza, a lo que decidió permanecer quieto y dejarse acariciar.

- ¿Te has fijado en este atardecer tan bello? - comentó la reina, dirigiendo su mirada a la ventana - Es increíble que no pueda llegar a ver el próximo.

El silencio volvió a reinar en la habitación, pues no había nada que Sonic se atreviera a decir al escuchar tan deprimente comentario.

- Sonic... tienes que proteger el reino.

Al escuchar su deseo, el erizo no pudo evitar sobresaltarse, ya que comenzó a rememorar la pesadilla de esta mañana.

- Mi señora... no pretendo ser descortés, pero debo confesarle que presiento que va ocurrirle algo horrible al reino.

- Eso no es cierto - respondió la reina relajadamente sin apartar los ojos de la ventana - Yo sé que nos protegerás a todos.

Sonic no pudo sino reaccionar ante la ciega ingenuidad de la reina:

- Tengo un sueño que se repite - replicó ansioso - Es Andros. Estoy seguro de que intenta avisarme de algo. Pretende destruir el reino...

- Sonic... deja de hablar y escúchame, por favor... - tomó aire y continuó con la misma parsimonia con la que había comenzado - No me queda mucho tiempo... Y no quiero que lo último que escuche antes de morir sea que mi reino va a perecer. Sonic... tienes que prometerme que protegerás el reino por todo lo alto y que no dejarás que nada les ocurra a mi hija y mi nieta.

El erizo escuchó con atención y no tuvo más remedio que cumplir el último deseo de la reina:

- Lo prometo - dijo, completamente convencido de sus palabras - Lucharé hasta la muerte por la seguridad de todos.

Observó entonces cómo se dibujaba una débil pero apreciable sonrisa en el rostro de la reina, y, de pronto, un suspiro escapó de sus labios y cerró los ojos para siempre.

El puercoespín sujetó con delicadeza la ahora inerte mano que todavía descansaba en su cabeza y la depositó junto al resto de su cuerpo yacente.

Se levantó y contempló la enorme luna, plenamente visible a través del ventanal.

Lo único que se escucharía aquella noche sería la noticia de los predicadores:

"¡La reina ha muerto y el príncipe será coronado!"


El erizo azul se encontraba con Elise, su pequeña hija, dando un último paseo nocturno por la playa. Dada su hidrofobia, las playas nunca fueron el lugar ideal para Sonic, pero aquello comenzó a cambiar la noche en que él y la princesa Elise hicieron el amor bajo las estrellas. Aquel lugar adoptó desde entonces un nuevo significado.

- ¿Y si no quiero ser princesa? - preguntó la niña.

Desde que llegaron a la playa, habían comenzado a hablar sobre la muerte de la reina con su debido tacto, ya que el deseo de Sonic, que había perdido a muchos de sus compañeros a lo largo de su vida, era que su hija asimilara de manera natural la muerte, evitando que fuera un tema tabú. Entonces acabaron hablando del día en que la pequeña Elise se convertiría en parte de la realeza, algo que la niña creía lejano hasta ese instante.

- Cada uno debe ser libre de elegir lo que quiere ser - declaró Sonic - Llegará el momento en el que decidas por ti misma convertirte en princesa, pero si no llega, yo no dejaré de estar a tu lado elijas lo que elijas.

La pequeña pareció relajarse con aquella respuesta, lo que satisfizo a Sonic por dentro, pues no deseaba que ella, al igual que su madre, se viera obligada a crecer. La niña había heredado las ansias de libertad de su padre, y por ello el puercoespín pensó que lo mejor era esperar a que su hija estuviera preparada para convertirse en princesa y, hasta que ese día llegara, Sonic y Elise seguirían llevando el reino como lo habían hecho durante los últimos diez años.

Tras una agotadora charla, comenzaron a gastarse bromas entre ellos y a echar carreras por la playa entre risas hasta acabar tendidos en la arena con el rumor de las olas como único acompañante. Más que una relación paterno filial, parecía que compartían una amistad propia de dos colegas que no guardaban secretos ni tensiones.

- ¡Mira, papá! ¡Una estrella fugaz! - gritó la niña, entusiasmada, mientras se levantaba.

Sonic sonrío al ver aquella delgada ráfaga de luz que parecía caer del cielo... pero su sonrisa se fue desvaneciendo conforme observaba que aquella estela se dirigía hacia ellos,

- Elise, no creo que eso sea una estrella fugaz...

Sonic se levantó y se situó delante de la niña, protegiéndola justo en el momento en que aquella "estrella fugaz" impactó contra el suelo.

Cuando el polvo que se había creado con el misterioso aterrizaje se hubo desvanecido, el erizo contempló cómo una imponente figura que permanecía agachada se incorporaba lentamente hasta quedar erguido frente a él. Entonces lo vio: un musculoso minotauro alado armado con dos espadas enfundadas a su espalda hizo una reverencia frente al puercoespín en señal de respeto.

- Es un honor conoceros por fin, príncipe Sonic.

- ¿Quién eres? - interrogó el erizo.

- Me llamo Águilas y he venido a llevarme a vuestra hija.