Capitulo 2
— ¡Ustedes! ¡¿Qué están haciendo?!— grito una voz a mi lado. En cuanto lo oí hablar supe que no formaba parte del grupo de tipos que estaban acechándome, y abrí los ojos.
— ¿Qué te importa?— bramo un tipo enorme lleno de tatuajes, aunque empezó a retroceder mientras hablaba. Un coche acababa de estacionar en la plaza que había a mi derecha, y los faros iluminaban la escena.
—Creo que deberías apartarte— dijo la nueva voz.
Mire de reojo hacia él, pero las sombras que proyectaban los faros lo ocultaban. Estaba demasiado obscuro para ver otra cosa que no fuera una camiseta de color rosa.
El chico dio un nuevo paso al frente, y mis frustrados atacantes siguieron retrocediendo. No lo hacían con el apuro necesario; de repente, vi un borrón de color rosa precipitándose hacia ellos.
La obscuridad y el miedo no me permitían confiar en lo que veían mis ojos. Me dio la impresión de que la camiseta rosa se movía más rápido de lo que es humanamente posible.
Los tipos empezaron a gritar en cuanto cayó sobre ellos y se alejaron volando del garaje.
Pestañee en un intento de acostumbrarme a la penumbra, y todo el mundo desapareció.
Bueno, no todo el mundo. La bombilla volvió a parpadear y vi que el chico de la camiseta rosa estaba a mi lado. La prenda llevaba una inscripción en letras grandes de color negro que decía: «Los hombres de verdad visten de color rosa».
Parecía mayor que yo, de poco más de veinte años, y no era especialmente fornido ni alto. De hecho, tendía a más fuerte y delgado que musculoso, y no se me ocurría que debía de haber sido lo que había espantado a aquellos tipos.
— ¿Estás bien?— me pregunto, evaluando mi estado con la mirada.
Tenía una expresión sincera y amistosa, y una sonrisa tan fácil que, a pesar de que acaba de estar a muy escasa distancia de la muerte, no pude evitar responder.
—Si— conteste, en un tono de voz que apenas me sonaba familiar— Me has salvado la vida.
—No tendrías que andar sola por ahí— replico el chico, ignorando el hecho de que acababa de llevar a cabo una acción heroica.
—Mi amiga mina anda por aquí.
Me acorde entonces de ella y mire alrededor, buscándola. En parte estaba enojada porque mi amiga no había movido ni un dedo para salvarme, aunque, por otra parte, tampoco yo había hecho nada, y pensé que no podía esperar de ella más de lo que esperaba de mí.
— ¿Son dos?— Levanto una ceja.
—Creo que mina lleva siempre encima un spray contra los violadores— añadí sin convicción.
— ¿Y dónde está tu supuesta amiga?— Entonces fue él quien examino el estacionamiento, y enseguida señalo una sombra acurrucada junto a una furgoneta estacionada en el otro lado— Creo que la veo por allí.
— ¿Donde?—Forcé la vista en la dirección que me señalaba, pero no vi nada.
—Allí— repitió, y al momento dio un paso en dirección al Jetta negro estacionado a mi lado— Vamos a buscarla y luego las acompaño a su casa.
Rodee el coche y me acomode en el asiento del acompañante. En ningún momento se me ocurrió decirle que no. Tenía algo que me invitaba a confiar en él.
En su equipo de música sonaba Weezer y con el resplandor de las luces azules del salpicadero conseguí verlo bien por primera vez. Tenía una piel inmaculada, pero iba completamente despeinado.
Recorrió a toda velocidad el estacionamiento y aparte los ojos de él para mirar por la ventanilla. Mina estaba agazapada detrás de una furgoneta blanca y me pregunte si se le había ocurrido llamar a la policía. El chico detuvo el coche a su lado y bajo la ventanilla para asomar la cabeza por ella.
— ¿Mina?—dijo, y ella se volvió.
Esperaba que mina tuviese miedo, que se diese incluso a la fuga después de lo que acaba de pasar. Pero se quedó mirándolo con una expresión de lo más extraña. Fue como si le inspirara un temor reverencial.
—Hola— dijo mina. No era su habitual voz de conquista, aunque estoy segura de que eso era justo lo que pretendía.
—Nos va a acompañar a casa, mina— dije cuando me di cuenta de que no tenía intención de hacer otra cosa que quedarse allí quieta mirándolo— Vamos, sube.
—Por supuesto— Le sonrió antes de deslizarse en el asiento de atrás.
— ¿Estás bien?— Mire hacia atrás para ver su aspecto.
—Estoy estupendamente— respondió mina, mirando boquiabierta al chico— Y este amigo tuyo, ¿Quién es?
—La verdad es que no lo sé— reconocí. Mirándolo.
—Me llamo Darién— informo el chico, para librarnos de dudas— Y tú eres mina—Entonces me miro— ¿Y tú eres…?
—serena
—Muy bien. Yo no sé ustedes, chicas, por lo que de verdad me gustaría en este momento es una buena taza de café— Darién acelero sin esperar a que le respondiéramos. En realidad no era una pregunta, y ninguna de nosotras le puso reparos.
—Tienes un coche muy bueno— dijo mina. Su voz había recuperado del todo su característico tono dulce y empalagoso. Darién no dijo nada, y el silencio empezó a tornarse incómodo.
— ¿Son Weezer?—pregunte, simplemente por decir algo.
—Si— asintió Darién.
—Me gusta ese tema suyo, Porno Beans— Y en cuanto mencione aquella canción, Darién cambio la pista.
—Los vi cuando estuvieron de gira con Motion City Soundtrack—dijo.
— ¿De verdad?— Ignore la mirada de fastidio de mina y continué— Me gustan mucho. ¿Qué tal suenan en directo?
—Bastante bien— Darién se encogió de hombros y freno de golpe en el estacionamiento que había frente a un restaurante abierto toda la noche.
Cuando salimos del coche, mina correteo hacia él y lo tomo por el brazo.
A él no pareció gustarle mucho el gesto, pero tampoco se apartó.
Afuera, bajo la luz de los faroles, volví a mirarlo. Además de la camiseta rosa, iba vestido con unas bermudas de marca, calcetines de saber y unas Converse azul claro. Parecía más un algodón de azúcar que una potencial conquista de mina.
—Oh, mierda— dije al salir del coche y bajar mi vista hacia mis sucios pies descalzos. Estaban cubiertos de ampollas y aceite, y la idea de volver a meter mis pies hinchados en los zapatos de mina me resultaba inconcebible.
— ¿Qué pasa?—pregunto Darién, siguiendo la dirección de mi mirada— Oh, ya veo… No llevas zapatos
—No puedo llevar zapatos— No veía solución, pero era evidente que no podía entrar descalza en el restaurante.
—Puedes quedarte esperando en el coche— sugirió mina con una sonrisa condescendiente, casi recostándose en Darién. Pero él le soltó el brazo y se apartó. Mina pareció casi derrotada, pero la conocía bien y sabía que jamás se rendía con facilidad.
—No pasa nada—insistió Darién— Si no te dejan entrar, ya me encargare yo de ellos.
— ¿A qué te refieres con eso?—pregunte, pero ya me había convencido. Al fin y al cabo, acababa de ver como se quitaba de encima a una banda de tontos. El turno de noche de un sencillo restaurante, abierto las veinticuatro horas, no tenía la más mínima posibilidad.
Como era de esperar, nadie se percató de que iba descalza, nadie me miro, ni siquiera miraron a mina. La camarera no despego los ojos de Darién en ningún momento.
Darién tomo asiento primero, y mina se apretujo a su lado de tal manera que él continuo desplazándose en la banca hasta quedarse prácticamente pegado a la ventana. Yo me senté enfrente de ellos. Darién apoyo los brazos sobre la mesa y se inclinó hacia mí.
— ¿Qué quieren tomar?— pregunto la camarera.
—Café— respondió Darién— ¿O prefieren alguna otra cosa chicas?
—A mí me parece bien un café—dije. Tenía un poco de hambre, pero me habría sentido incomoda comiendo delante de aquel chico y de mina.
— ¿Seguro que no tienes hambre?—pregunto mina mientras le recorría el brazo con los dedos; esta vez, él se retiró con firmeza.
—No—Darién suspiro y murmuro a continuación— Aunque ya me gustaría.
— ¿Qué?—pregunto la camarera, inclinándose para oírlo mejor.
—Nada— Darién le sonrió —Solo café.
—Gracias— le dije a la camarera, viendo que prolongaba su presencia en nuestra mesa, y entonces se marchó para preparar nuestro pedido.
—Gracias de nuevo por salvarnos— mina se apretujo de nuevo contra Darién— Si puedo hacer alguna cosa para devolverte el favor, basta con que lo digas— Definitivamente, allí pasaba algo raro, pero no conseguía identificarlo.
Estaba moreno como un tizón, un tono nada natural en Minnesota en pleno mes de marzo. Sus ojos eran de un insólito color azul grisáceo y tenían algo tremendamente infantil, todo él lo tenía en realidad, pero, por lo demás, tampoco resultaba atractivo en exceso.
— ¿Eres famoso o algo por el estilo?— lo solté, y mina se sintió violenta, tanto por ella como por mí, que ni siquiera me moleste en ruborizarme.
— ¿A qué te refieres?— Parecía confuso.
—Todo el mundo nos mira. Te miran a ti. — remate, corrigiéndome.
Darién se limitó a encogerse de hombros y bajo la vista hacia la mesa, sin preocuparse por verificar si lo que yo acaba de decir era cierto.
—No soy famoso— dijo. Daba la impresión de que quería explicarse un poco más, pero en aquel momento reapareció la camarera con tres tazas y una jarra de café.
— ¿Quieren alguna otra cosa más?— pregunto.
—Esto es todo, gracias— respondió mina, posando la mano en el muslo de Darién, en un gesto posesivo, hasta que la camarera se fue.
—Vamos ¿Qué pasa?— apoye los brazos sobre la mesa y me incline hacia él, pues había bajado la voz para que no me oyera la gente.
—No puedo responderte— Darién tomo la jarra del café y lleno su taza y la mía, después lleno también la de mina— ¿Leche y azúcar?
—Las dos cosas.
Era perfectamente capaz de hacerlo yo sola, pero me pareció que necesitaba sentirse ocupado para que no me diera cuenta de que estaba esquivando la pregunta. Echo leche en mi café y dos sobres de azúcar, luego echo leche en el suyo y se recostó en el asiento.
—Yo también quiero leche y azúcar—dijo mina, y Jack empujo en su dirección el recipiente con leche y el azúcar.
— ¿Así que no eres famoso?— Me negaba a dejar el tema sin haber obtenido una respuesta directa.
—Te aseguro que no—dijo Darién, sonriendo. Eso sí que había que reconocerlo: tenía una de las mejores sonrisas de todos los tiempos.
—Es que me suenas mucho— dije.
—Lo sé, ¿de acuerdo?—Me miro con una expresión de perplejidad que era prácticamente un reflejo de la mía.
— ¿De modo que te conozco de algo?— Pero en cuanto lo dije, supe que tampoco era del todo eso. Casi podía asegurar que no lo había visto en mi vida, pero su aspecto tenía algo que me resultaba sin duda alguna familiar.
—Es imposible—dijo él, negando con la cabeza.
— ¿Cómo que es imposible?— le pregunte— ¿Acabas de instalarte aquí, o qué?
—Es complicado…—Rozo su taza de café e hizo ademan de levantarla para dar un sorbo, pero ni siquiera la separo de la mesa.
Mina se había resignado a beber su café y observar nuestra conversación. Acabo una taza y se sirvió otra.
— ¿Cómo de complicado?
—Lo es, y ya está. — Darién me obsequio con otra de sus asombrosas sonrisas.
Por un lado parecía muy joven, como si tuviese quince años, pero por otro, parecía mayor que yo. Y era por sus ojos. Eran muy jóvenes y muy adultos a la vez.
— ¿Cuántos años tienes?—le pregunte directamente.
Darién se echó a reír, sorprendiéndome, y descubrí algo más increíble aunque su sonrisa. Tenía la risa más imponente del universo. Su sonido era nítido y perfecto.
— ¿Cuántos años tienes tú?—contraataco Darién, sonriéndome.
—Yo pregunte primero—Me recosté en mi asiento y me cruce de brazos, y eso lo hizo reír de nuevo.
— ¿Y qué importancia tiene eso?—pregunto Darién— Quieres saber demasiado.
—Tengo diecisiete—dije, suspirando.
—Veinticuatro—dijo Darién, con una sonrisa irónica.
— ¿Y no te sientes un poco raro con dos chicas de diecisiete?— le pregunte.
En algún rincón de mi cabeza, encontraba lógicamente erróneo que un chico de veinticuatro años recogiera por la calle a dos niñas de diecisiete. Pero allí sentada en su compañía, nada podía parecerme más natural y seguro.
—Yo soy muy madura para mi edad—intervino mina.
—Que yo recuerde, de no haber aparecido yo, seguramente habrían conseguido que las mataran—Apoyo los brazos sobre la mesa y se inclinó hacia mí— ¿Qué hacían allí, por cierto?
—Tratábamos de entrar en una discoteca, pero mis pies me estaban matando y solo deseaba volver a casa—dije. Se me quedo mirando un buen rato con una expresión seria que no encajaba, luego movió la cabeza de un lado a otro y volvió a llenarme la taza de café.
— ¿Y a que discoteca querían entrar?—pregunto, añadiéndome leche y azúcar al café. No había tocado siquiera su taza, pero decidí no decir nada.
—No lo sé— Hice un gesto de indiferencia. Yo me limitaba a dejar que mina me arrastrara a donde a ella le gustara y a confiar en volver a casa entera al final de la noche— ¿Y qué hacías tú por ahí? ¿De discotecas?
—No—dijo Darién— Iba… a comprar algo de comida.
— ¿A medianoche?— Lo mire levantando una ceja.
—Soy un noctambulo— justo en aquel momento debió de preguntarse por la hora que era, pues miro de reojo el reloj que había en la pared— Es muy tarde. Creo que tendría que llevarlas a casa.
—Estoy completamente despejada— intervino mina, pero, por desgracia para ella, yo no me sentía igual.
Incluso con el café y la adrenalina provocada por la situación que acababa de vivir, me sentía muy cansada. Quería seguir charlando con Darién, pero empezaba a dolerme todo el cuerpo, sobre todo las piernas y los tobillos.
—Yo estoy hecha polvo. — Y para subrayar mi declaración, bostecé de forma exagerada.
Darién pago la cuenta, aunque yo hice el gesto de querer hacerlo. No costaba más que un par de dólares y estaba cansada, de modo que tampoco insistí.
Cuando me levante, note que mis piernas intentaban traicionarme, pero conseguí mantenerme en pie. Por un segundo pensé que Darién iba a levantarme en brazos para llevarme hasta el coche. Y mina debió de pensar lo mismo, pues se interpuso entre los dos.
Caí dormida casi al instante en que me senté en el coche. Recuerdo una breve discusión sobre a quién iba a dejar primero en casa. Me desperté justo cuando Darién estacionaba delante de mi portal. Mina no estaba, por lo que imagine que la habría dejado ya en su casa. No estoy muy segura de cómo averiguo mi dirección, pero en aquel momento no le di importancia.
Me despedí de Darién delante de mi edificio, de piedra arenisca rojiza, y subí a casa. Por suerte, mi madre no llegaba hasta después de la siete de la mañana, cuando finalizaba su turno, y mi hermano pequeño, sami, estaba durmiendo en su habitación.
Dolorida, me despojé del ridículo atuendo con el que mina me había vestido y me puse una camiseta holgada. Tome el celular con la intención de ponerlo a cargar pero, antes de conseguirlo, me derrumbe en la cama con el teléfono en la mano.
«Dulces sueños :) – Darién. »
Era un mensaje de texto de Darién y se me aceleró el corazón. De un modo u otro, mientras dormía en su coche, Darién debía de haber buscado mi número de teléfono en mi celular y añadido su número en mi aparato.
En otras circunstancias, aquello me habría parecido espeluznante, pero en este caso me hizo sentir feliz y aliviada. Cerré el teléfono, lo deje sobre la mesa y me quede dormida al instante.
N/a ¡ola! Espero que aigan disfrutado el primer capitulo de este fi casi como el segundo… respondo sus revieus
elianamz-bv. Ola me alegro que te gustara y que te intrigara… nnnnnnnnnnnnno te preocupes que no voy a dejar la historia sin terminar.
DANIMAR45 … ola… me alegro que te aiga gustado… espero que disfrutes este capitulo.
Monik-yb16 … ola… estoy bien gracias por preguntar y me alegro que te aiga gustado saludos.
Espero que disfruten este capitulo y nos vemos en el próximo… no olviden dejar su revieu. Saludos… ATTkinesukikinomoto.
