Capítulo 4

El canal de televisión TNT, con su infinita sabiduría, había programado una maratón de John Hughes para todo el día. Sami, que jamás había comprendido el atractivo de Molly Ringwald, se sentó a mi lado para ver las películas. Intentó convencerme de ver otra cosa, pero yo era más fuerte que él y era la dueña del mando a distancia.

Estábamos iniciando nuestro segundo visionado de La chica de rosa cuando mi móvil empezó a tintinear. Era casi medianoche e imaginé que sería mina en busca de conductor sobrio que la llevara a casa (aunque yo no tenía coche). Me incliné sobre la mesita y levanté igualmente el teléfono.

Sin embargo era un mensaje de texto de Darién.

«Veo que no me has enviado ningún mensaje»

«Muy observador de tu parte», respondí.

Mi plan era intentar mostrarme indiferente. No me gustaba la idea de que existiera la posibilidad de ser víctima de algún hechizo o manipulación hormonal.

« ¿Significa eso que no quieres que seamos amigos?»

Aquella frase, escrita de esa manera, me recordó las notitas que nos pasábamos al comienzo. Y con ella se ganó todo mi cariño. No podía olerlo ni verlo, por lo que decidí que no podía significar otra cosa, que aquel chico me gustaba.

«No. Sí quiero. Desde luego.»

— ¿Quién es? —preguntó sami con cierta cautela. Estaba sentado en el otro extremo del sofá y se inclinó para intentar ver la pantalla del móvil. Me volví hacia el otro lado—. Es ese tal Darién ¿no?

—Sabes que es perfectamente legal recibir mensajes de texto de miembros del otro sexo. —Le lancé tal mirada a sami que se limitó a mover la cabeza de un lado a otro.

—Me da igual —dijo mi hermano, y volcó de nuevo su atención en la película. El teléfono volvió a sonar y sami emitió un sonido de fastidio.

«Genial, ¿Te gustaría hacer algo?», decía Darién en su mensaje.

« ¿Qué tenías pensado?»

«Cualquier cosa. Todo. ¡La ciudad es nuestra!», respondió Darién.

«Eso suena de lo más ambicioso», respondí, aunque sus palabras sonaban de lo más excitante.

«Lo es. ¿Crees que podrás estar lista en quince minutos?», preguntó Darién.

«Claro. Nos vemos fuera».

En un abrir y cerrar de ojos, me retoqué el maquillaje y me calcé. Antes de salir corriendo por la puerta, le prometí a sami que no volvería muy tarde y que podía llamarme en caso necesario. Me respondió con un gruñido y salí volando.

Darién ya estaba fuera esperándome, esta vez con un reluciente deportivo rojo que tenía toda la pinta de valer más que una casa. Me sonrió cuando abrí la puerta para entrar.

—Es bonito —dije, refiriéndome a su llamativo coche.

—Es más que eso. Es un Lamborghini Gallardo —me explicó Darién con esa enloquecedora sonrisa dibujada en su cara —. Solo hay seis mil como éste.

— ¿Es nuevo?

—No, es de mi hermano —dijo Darién.

Y sin que me diera tiempo a decir nada más, puso el coche en marcha. En el Jetta ya me pareció que íbamos

Rápido, pero con éste coche casi volábamos.

—Tu hermano debe de ser millonario. —El coche dobló con elegancia una curva y serpenteó entre los demás vehículos. Rápidamente, se adentró en la I—

35, a buen seguro con la intención de disfrutar de la sensación de la máxima velocidad en una buena carretera.

—Más o menos —dijo Darién con un gesto de indiferencia —. La verdad es que el dinero no me preocupa. —Era la típica expresión de alguien que en su vida no había tenido que luchar por nada, y me pregunté si Darién sería rico y de dónde había salido.

—Debe de ser agradable —murmuré.

Nosotros éramos bastante pobres, aunque no tanto como para sentirme obligada a buscar un trabajo para

Costearme mis gastos. Tenía bastante para cubrir mis necesidades.

—Hay muchas más cosas por las que preocuparse —replicó Darién muy serio—. Créeme.

— ¿Cómo qué? —ME quedé mirándolo, en lugar de fijar mi atención en el escenario borroso que se desplegaba a nuestro paso. Me sonrió burlonamente y movió la cabeza. Bien, otro tema del que no quería hablar —. ¿Así que tienes un hermano?

—Dos, de hecho —dijo Darién—. Y una hermana. Bueno, de hecho es mi cuñada, pero es como si fuese una hermana.

— ¿Está casada con tu hermano, o eres tú el que estás casado? —pregunté con cautela.

—No, no estoy casado —respondió riendo Darién—. Es la mujer de mi hermano.

— ¿Cómo se llaman? —Con tantísimas cosas como quería saber sobre él, y me limitaba a formular preguntan tan poco polémicas.

—Endimión y Andreu, que es el que está casado con lita. Andreu es el mayor.

— ¿Y tus padres? —Me volví hacia él y apoyé la cabeza en el asiento. La velocidad del mundo a nuestro alrededor me producía cierto vértigo.

—Muertos. —Su voz carecía de emoción, pero su mirada se volvió dura, una mirada perdida.

—Lo siento —dije de manera poco conveniente.

—No pasa nada, fue hace quince años. —Negó con la cabeza, restándole importancia, y entonces se volvió hacía mí, con el rostro iluminado de nuevo—, ¿Y tú? ¿Tienes familia?

—Mi madre y un hermano pequeño —respondí—. Pero a veces parece más bien un hermano mayor.

Darién se echó a reír; y sus maravillosas carcajadas resonaron en el interior del coche y proyectaron sobre mí cálidas oleadas de sensaciones.

—Sí, te entiendo perfectamente —dijo con su sonrisa.

— ¿De verdad? —Siempre había pensado que sami era una rareza, pero resultaba agradable saber que había por ahí alguien parecido a él.

—Sí, pero Endimión es otra cosa —dijo Darién—. De verdad, dudo que puedas llegar a conocer a otro como él.

—Bueno, primero tendré que conocerlo —apunté.

—A lo mejor algún día. —Lo dijo con un tono extrañamente distante, aprensivo casi.

—No estás casado, pero eso no significa que estés solo —dije.

—Uy, sí. —Y antes de que pudiera preguntarle algo más me la devolvió—. ¿Y tú? ¿Sales con alguien?

—Ni hablar —le respondí. Exceptuando alguna breve historia, no tenía nada interesante que explicar sobre mi vida amorosa.

— ¿Por qué no? —insistió Darién.

—Ya viste a mi amiga mina —dije sin mucho ánimo—. Siempre consigue acaparar toda la atención.

—Oh, qué tonta.

— ¿Por qué no tienes novia? Es evidente que gustas a las chicas. —Cambié de tema y pasé de nuevo a él.

—De hecho, ése es en parte el motivo por el que no tengo. Les gusto a todas incluso sin conocerme. Y eso me dificulta poder mantener una relación de verdad con alguien.

— ¿Y cuál es la otra parte? —Le pregunté, pero no me respondió—. No piensas contármelo.

—Me parece que en Lakeville hay un pase a medianoche de Rocky Horror Picture Show —anunció Darién sin venir a cuento—. ¿Te gusta?

—Claro. —Miré por la ventanilla, íbamos adelantando un coche tras otro— ¿Y por qué no has venido hoy con tu coche?

—En realidad, el de ayer tampoco era mi coche. —No había respondido a mi pregunta pero ya empezaba a acostumbrarme a esa manía—. Es el de mi hermana lita.

Note que se refería a ella como su hermana, no como su cuñada, y me pregunté si sería simplemente un lapsus. Su insistencia en ser tan misterioso me llevaba a analizar hasta el mínimo detalle.

—Pero ¿tienes coche o no?

—Sí, un jeep. Pero últimamente no tengo ganas de conducirlo. —Me sonrió con timidez y miró más allá de mí—. Además, éste es mucho más rápido.

—Eso no parece justo —dije fastidiada después de permanecer un minuto en silencio. Había repasado todas las preguntas sin respuesta—. No estás explicándome nada sobre ti.

—Tranquila, te contaré prácticamente todo sobre mí. —Lo dijo como restándole importancia, pero me pareció que se sentía herido. Por primera vez me di cuenta de que no contarme las cosas le preocupaba a él como me preocupaba a mí.

Mi color favorito es el chartreuse. Me encantan los Ramones y The Cure. Las paredes de mi habitación están pintadas de azul oscuro. Mi primer beso fue a los catorce años escuchando Rock Lobster porque a ella le gustaban los B—52´s. Tendría que haberlo tomado como una señal de advertencia de que aquello

Nunca funcionaría, pero aquel entonces era tremendamente joven y estúpido.

— ¿Chartreuse? —Pregunté, pasando por alto el resto de su confesión—. Ni siquiera sé qué es eso.

—Es una especie de color verde oliva claro—se explicó Darién—. Es el color más visible para el ojo humano debido al lugar que ocupa en el espectro cromático.

—Eres de lo más disperso. —Entramos en el estacionamiento del multicanal y me di cuenta de que en realidad había eludido explicarme nada importante. Cuando paró el coche, lo miré muy seria—. ¿Por qué no puedes contarme cosas?

— ¿Cuál crees que es el motivo? —preguntó Darién, sin ser un absoluto cortante.

—Eres un tejido protegido. —Era una idea que me había planteado pero que había tachado enseguida de la lista porque no servía para explicar nada. Y, tal como me imaginaba, Darién se echó a reír.

—De acuerdo, no es eso. —Sin dejar de sonreír moviendo la cabeza de un lado a otro, salió del coche y yo lo seguí enseguida.

— ¿Quiere decir que si lo adivino me lo dirás? —Lo más probable era que la película ya hubiera empezado, razón por la cual Darién había echado casi a correr en dirección al cine. Lo seguí con toda la velocidad que mis cortas piernas me permitían.

—No veo por qué no —respondió Darién, y aquello me dejó aún más perpleja.

—Si puedo adivinarlo, ¿por qué no me lo dices y acabamos antes?

—Porque las cosas son así. —Me abrió las puertas de cristal del cine y entré en el local con el ceño fruncido.

Cuando se acercó a la taquilla para comprar las entradas hurgué en mis bolsillos en busca de dinero, pero él me indicó con un gesto que lo dejara correr y me pagó la entrada. De no haber estado tan preocupada por aquel nuevo giro de la situación seguramente habría protestado más.

— ¿Eres Rumpelstiltskin o qué? —le pregunté, apoyada en el mostrador de la taquilla mientras él sacaba las entradas.

Darién soltó una carcajada y la vendedora se sonrojó. Él no le hizo ni caso y a mí me habría gustado sentirme igual.

No tenía en realidad derecho alguno sobre él, pero aun así resultaba fastidioso ver a las chicas babeando por él, sobre todo teniendo en cuenta que yo lo acompañaba.

— ¡Es asombroso! —Me entregó mi entrada y, a pesar de que me sentía extremadamente feliz por aquel pequeño cumplido, no me permití que se me notara y puse cara e frustración. Se encaminó hacia la entrada, ralentizando el paso para que pudiera seguirlo—. Rumpelstiltskin. Asombroso de verdad. Se lo contaré a Andreu.

— ¿Por qué? ¿Acaso son una familia de duendes o algo por el estilo?

Darién siguió riendo y moviendo la cabeza, pero abrió la puerta del cine antes de que pudiera seguir interrogándolo.

La película ya había empezado pero estaba justo al principio. Había muchos espectadores disfrazados como personajes de la película y lanzando palomitas a la pantalla, de modo que por una vez nadie se fijó que acabábamos de entrar y nos sentábamos en la última fila. Rocky Horror Picture Show era una película que no estaba mal y me

Gustaba, pero Darién tenía déficit de atención o la pantalla lo había hipnotizado.

Decidiendo aprovechar la situación, seguí su ejemplo y vi la película. Pero pronto descubrí que Darién era casi un fanático. No se había vestido con un corsé negro ni nada por el estilo, pero se dedicó a cantar en voz alta todas las canciones.

Cuando sonó Time Warp, pensé que incluso se levantaría a bailar, y probablemente lo habría hecho de haber habido suficiente espacio en el pasillo.

Hacia el final de la película, me recosté por completo en mi asiento y me fijé en que incluso el entusiasmado de Darién se había desvanecido un poco. Le rocé el brazo con el mío por casualidad, y la temperatura de su piel volvió a sorprenderme. Era suave y cálida, pero su tacto recordaba más el de un tejido que el de una persona.

Era una sensación tan extraña que me gustó experimentarla de nuevo. Me apoyé en el apoyabrazos que compartíamos y presioné con toda la intención mi piel contra la suya. El dorso de su mano era increíblemente suave.

No retiró el brazo, pero sentí su mirada levantar la vista. Me miraba con perplejidad.

— ¿intentas tomarme de la mano? —preguntó Jack, como si la posibilidad le resultara ofensiva. ¿Qué podía tener de malo querer hacerlo?

— ¿Y qué pasaría si lo intentase? —Levanté la barbilla, dispuesta a mantenerme firme y a averiguar qué podía tener de malo que se me hubiese pasado aquello por la cabeza.

Sin dudarlo un instante, Darién me puso en evidencia y me tomó de la mano. Definitivamente, aquello era como darle la mano a una muñeca o a cualquier cosa excepto a una persona, pero enseguida empezó a calentarse, su piel fue subiendo de temperatura de forma poco natural, y retiré la mano.

—De acuerdo. Eso es de lo más raro. —musité.

Y como respuesta, él se limitó a encogerse de hombros, renunciando, por lo visto, a explicarme su repentino cambio de temperatura.

Vimos el resto de la película sin decir nada más (o eso hice yo, al menos, pues él continuó cantando todos los temas). Cuando terminó la proyección, yo no podía parar ya de bostezar y sabía que pronto tendría que dar por terminada la noche.

No es que quisiera. Exceptuando aquel contacto de manos tan estrambótico y la confidencialidad que envolvía toda su información, me gustaba pasar el rato con Darién y no quería que aquello acabara. Nunca.

—Espero que lo hayas pasado bien —dijo cuándo estacionó delante de mi casa.

—Sí —dije, moviendo la cabeza en sentido afirmativo. Sólo él podía convertir la frustración en algo entretenido—. Dime… ¿volveremos a salir?

–Por supuesto —dijo con una sonrisa, extendiendo las manos hacía mí—. Déjame ver tu teléfono.

— ¿Por qué?—le pregunté, aunque estaba ya sacándolo del bolsillo y pasándoselo.

—Es solo un segundo. —Me tomó el teléfono y empezó a toquetearlo y a hacer cosas que no podía ver bien desde mi posición en el asiento. Un minuto después, me devolvió el teléfono con una sonrisa pícara.

— ¿Qué has hecho? —Lo abrí y empecé a mirar los menús, intentando comprender qué podía haber hecho.

—Ya lo verás —dijo, sin dejar de sonreír.

—Eres terrible. —Moviendo la cabeza de un lado a otro, guardé de nuevo el teléfono en mi bolsillo y él se echó a reír.

—No tienes ni idea de cuánto.

Cuando salí del coche, él seguía riendo. Estar con él resultaba extrañamente estimulante, aunque también acababa siendo un poco cansador. Aun estando quieto, desprendía tanta energía que era como si absorbiera la de todo lo que tenía a su alrededor.

Nada más entrar en casa, me encontré a sami mirándome tímidamente y enseguida comprendí que pasaba algo. Estaba apoyado en la encimera de la cocina, en piyama, cuando ya hacía rato que debería haberse acostado.

Iba a preguntarle qué pasaba cuando oí la voz estridente de mi madre y, al levantar la vista, me la encontré sentada en la maltrecha butaca de la sala de estar.

—Me alegro de verte por fin en casa —dijo mi madre.

Su pelo empezaba a encanecer y asomaba por todos lados de su deshecho moño. Tenía los ojos excepcionalmente grandes, un rasgo que habíamos heredado tanto sami como yo y que hacía que pareciésemos más

Niños de lo que en realidad éramos. Encendió otro cigarrillo y me lanzó una mirada gélida.

— ¿Por qué no estás en el trabajo? —le pregunté.

—Ha habido una amenaza de bomba en el edificio y han decidido cerrarlo toda la noche —respondió—. Han desviado todas las llamadas a la emisora de galaxia.

—Oh. —Allí estaba yo, sin saber qué hacer, entre la cocina y la sala, esperando a que alguien me dijera qué pasaba allí.

— ¿Qué hacías fuera a estas horas? —Su voz sonó cantarina al final de la frase, como si pretendiera provocarme.

—No tengo clase, y tampoco hay un toque de queda, que yo sepa —respondí con cautela.

En teoría, existía la posibilidad de que sí hubiera un toque de queda, pero nunca habíamos hablado del tema pues mi madre se pasaba las noches trabajando. Entre semana, intentaba llegar a casa antes de medianoche, sobre todo para que sami no se preocupara por mí.

Lo único que controlaba mi madre era que fuéramos al instituto y lo aprobásemos todo. Mientras cumpliéramos con eso, todo lo demás le parecía bien.

— ¿Así que no has salido con ningún chico? —me preguntó mi madre con mordacidad, y vi con el rabillo del ojo que sami estaba avergonzado.

—Bueno, sí…—Eché los hombros hacia atrás, y saque pecho, diciéndome que no había hecho nada malo, por mucho que la mirada de mi madre, indicara lo contrario —. No sé qué problema puede haber.

— ¿Quién es? — Sacudió la ceniza que había caído en el brazo de la butaca, mirando el suelo en lugar de mirarme a mí.

—Se llama Darién. —Cambié de postura, nerviosa, y miré de soslayo a sami.

Lo sentía muchísimo por él. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaría allí obligado por mi madre a esperarme despierto, y tampoco conseguía imaginarme qué tipo de interrogatorio al que lo habría sometido.

Quiero aclarar una cosa: no era una mala madre. Simplemente era una mujer agotada y sola que trabajaba setenta horas a la semana y casi no veía a sus hijos. Apenas si tenía tiempo de intentar convencernos de que no cometiéramos los mismos errores que ella había cometido.

—Ya. —De repente, mi madre apagó el cigarrillo y respiró hondo. Cuando volvió a tomar la palabra, lo hizo con un tono de voz dulce, demasiado dulce, y sentí un escalofrío—. Creo que debería conocer a ese chico.

— ¿Cómo? ¿Cuándo? Siempre estás trabajando.

—Por lo que se ve es tan noctámbulo como tú. —Levantó la vista, pestañando con exageración—. Estoy segura de que encontrarás el momento adecuando entre mañana y pasado.

Me pasaron por la cabeza un millón de argumentos distintos para contraatacar, pero no quería hacerla enfadar más aún, de modo que me limité a asentir.

—De acuerdo. Ya me las ingeniaré para conseguirlo.

—Más te vale. —Me dio la impresión de que le sorprendía que accediese con tanta facilidad, y me pregunté si en realidad pasaba demasiado tiempo discutiendo con ella por el simple hecho de discutir. Seguramente era una pésima hija. Quizá incluso mala persona—. Y si luego decido que no quiero que veas más a ese chico, harás lo que yo te diga. ¿Me has entendido?

—Perfectamente —dije, asintiendo de nuevo. Era evidente que seguiría viéndolo, pero no pensaba decírselo.

—Bien. —MI madre se levantó y tomó el bolso que tenía sobre la mesa—. Y ahora me voy al casino. Nos vemos mañana.

Por lo que parecía, la conversación la había dejado satisfecha y la verdad es que no me había gritado. De hecho, había sido una conversación agradable, teniendo en cuenta cómo solían desarrollarse las cosas entre nosotras.

Mi madre pasó por mi lado de camino hacía la puerta, con su olor a tabaco y coñac barato, pero se detuvo antes de salir y se volvió ligeramente hacia mí.

–Me alegro de que estés en casa sana y salva.

—Gracias —dije, sin saber muy bien qué otra respuesta podía haberle dado. Ella asintió y se fue.

Sami me pidió perdón en cuanto mi madre se marchó, pero le dije que no necesitaba pedirme perdón por nada. Él siempre estaba de mi parte, ya lo sabía yo de sobra. Además, estaba demasiado cansada para preocuparme por otros temas.

Decidí ponerme manos a la obra y le envié un mensaje a Darién preguntándole si podía venir a casa a conocer a mi madre. Cuando unos segundos después me respondió, comprendí lo que había estado haciendo antes con mi teléfono. Había comprado la canción Time Warp y la había programado como tono para sus llamadas, de tal modo que cuando yo recibiese un mensaje o una llamada de él sonara esa canción.

Por suerte, accedió a venir a cenar al día siguiente a las ocho en punto, e intenté no darle muchas vueltas al terror que me inspiraba la situación.

Lo primero que hice al levantarme fue informar a sami de la visita de Darién, aunque mi madre estaba aún durmiendo. Por algún motivo que desconozco, sami estaba dotado para todo lo relacionado con la casa; me refiero con ello a que era el cocinero de la familia. Le dejé que se encargara de la cena, mientras yo correteaba de un lado a otro intentando ayudarlo y poniendo orden en el apartamento.

La verdad es que nuestro apartamento era agradable, aunque muy pequeño. Sin tener ni idea de por qué, me parecía importante causarle buena impresión a Darién en este sentido.

Tampoco sabía por qué sentía lo que sentía por él, pero intenté no darle más vueltas al asunto. El problema de esa noche no era aquél.

Y entonces sucedió lo impensable. Darién llegó temprano.