Capítulo 5
—Darién —dije casi sin respiración cuando abrí la puerta. Había averiguado donde vivía exactamente sin que yo le hubiera dicho mi número de apartamento, pero no podía hacer ningún comentario al respecto delante de sami.
—Hola —dijo Darién, con su resplandeciente sonrisa. Llevaba una camiseta sencilla y era la primera vez que lo veía con pantalón largo; por supuesto, de la misma marca que los bermudas. Sospeche que había tratado de arreglarse para la ocasión y la idea me hizo sonreír.
—Llegas pronto —le dije. Le había abierto la puerta pero todavía no lo había invitado a entrar, por lo que seguía en el rellano, mirándome con extrañeza. Sami había estado en la cocina hasta aquel momento, montando un gran estruendo mientras preparaba alguna cosa. Pero desde que habíamos oído que llamaban a la puerta, la casa se había quedado en silencio.
— ¿he hecho mal? —pregunto Darién.
—no, la verdad es que no. —reconocí, y por fin retrocedí un poco para dejarlo pasar. Sonrió a mi hermano y examino rápidamente el apartamento con la mirada—. Pero mi madre aún no se ha levantado.
—o. —Miro el reloj de la pared, que marcaban las siete pasadas—. ¿Y a qué hora se levanta?
—iré a despertarla. —secándose las manos en los vaqueros y dejando a un lado una cazuela.
—OH disculpa, —dije con torpeza, dándome cuenta que no los había presentado—. Darién, te presento a sami, mi hermano. Sami, este es Darién.
—encantado de conocerte. —sami lo saludo con una combinación de gesto con la mano y con la cabeza y se largó a despertar a mi madre.
—me parece que lo he puesto nervioso. —me dijo Darién en voz baja.
—todo el mundo lo pone nervioso.
Estábamos en la cocina, algo incómodos, aunque ahora que estaba conmigo me sentía algo mejor. Ejercía sobre mí una especie de efecto tranquilizante. Pero la verdad no sabía si aquello era bueno o malo.
Oí que mi madre le gruñía alguna cosa a sami y decidí continuar la conversación para sofocar los gritos.
— ¿y qué tal? ¿Tienes hambre? —señale las cazuelas en los fogones que contenían la creación italiana que sami había estado preparando—. Sami estaba preparando un plato delicioso. La verdad es que es un cocinero estupendo.
—de hecho, acabo de comer. —Darién sonrió tímidamente y se llevó la mano al estómago—. Lo siento. He pensado que como habíamos quedado tan tarde, lo más seguro era que ya hubieran comido. Y lita insistió en que comiera algo.
—OH, no pasa nada. —pero empecé a ponerme aún más nerviosa.
Yo no tenía mucha hambre y me daba lo mismo que Darién comiera o no. Pero sin la distracción de la comida, la conversación con mi madre seria mucho menos agradable.
Entonces se me ocurrió una idea tentadora: convertir aquello en algo más des estilo de un simple encuentro para conocerse y saludarse, en el que Darién se limitara a conocer a mi madre y luego pudiéramos largarnos los dos.
— ¿Te… te gustaría ir a algún lado? —le pregunte.
—tenía entendido que estaba aquí para conocer a tu madre. —Darién parecía confuso y señalo la puerta cerrada de la habitación de mi madre, donde sami estaba intentado convencerla de que se pusiera un pantalón para que saliera a ver a Darién.
—me refiero a después de eso. —Dije, para aclarar mi propuesta—. Ya que no vas a comer… sería una tontería quedarte ahí sentado viendo como los demás comemos.
— ¿no tienes hambre?
—sobreviviré. —en las ciudades gemelas había diez millones de sitios donde poder comer, y en lugar donde nos encontramos en aquel momento era el único que incluía con la cena una tensa conversación con mi madre.
—de acuerdo. —dijo Darién. Encogiéndose de hombros, y se apoyó en la encimera de la cocina—. ¿Qué habías pensado?
—la verdad es que cualquier cosa, con tal de no quedarme aquí.
— ¡ya me he levantado! —grito mi madre, y unos segundos después, sami salió corriendo de su habitación con cara de hecho polvo.
—Saldrá en cualquier momento —anuncio sami.
Volvió a la cocina y removió el contenido de una cazuela, aliviado por retomar sus labores culinarias en lugar de estar encerrado en el cuarto de mi madre.
— ¿necesitas que te ayude en algo? —me ofrecí.
Acababa de lavar las verduras y las había dejado en la pileta, y en las hornallas tenía dos ollas cocinando alguna cosa, eso sin mencionar el horno, que estaba calentándose.
Me sentí culpable por haberle hecho preparar aquel banquete cuando ni siquiera iba a probarlo. Bueno, quizás más tarde, a la vuelta, picara de los restos fríos viendo programa de dibujos en la tele, pero eso no era lo mismo que sentarse a cenar.
—Podrías cortar las verduras si quieres —dijo sami, mirándome.
— ¿para qué son? —saque la tabla de cortar y un cuchillo y los deje sobre el mostrador, al lado de donde se había apoyado Darién. Tome de la pileta un tomate y un pimiento verde y le repetí la pregunta a sami, que estaba distraído aliñando una salsa de color rojo que burbujeaba en una sartén—. ¿Para qué son estas verduras?
—para la ensalada. —probo la salsa, que debió de dejarlo satisfecho, pues apago el fuego enseguida, y a continuación saco de un armario un molde para pasteles.
Creo que estaba preparando una lasaña especial con todo tipo de relleno y salsas caseras, aunque no podía jurarlo, ya que cuando mi hermano empezaba a explicarme esas cosas, siempre lo hacía empleando términos culinarios que yo no entendía en absoluto.
—todo huele fantástico. —dijo Darién a modo de elogio.
Sami estaba de espalda a nosotros y observe, mientras extendía la pasta en el molde, que sus mejillas se ruborizaban. A lo mejor resultaba que tampoco sami era completamente inmune al atractivo de Darién.
—Pero tengo una mala noticia —baje la voz por miedo a que mi madre pudiera oírme. Seguía sin salir de su habitación, pero decidí que era mejor decirlo entonces. Empecé a cortar a rodajes un pimiento verde y vi de reojo los ojos de sami tensándose. Mi hermano me miro con expresión dubitativa—. No
Vamos a quedarnos a cenar. —la decepción inundo su rostro, pero enseguida aparto la vista, intentando disimular.
—es culpa mía, en realidad —dijo Darién. Al instante, su voz obro el milagro en sami, que se relajó un poco—. No había caído en la cuenta de que íbamos a cenar y he comido en casa antes de venir. Además he hecho planes para salir después con tu hermana. Lo siento de verdad. Adivino que voy a perderme una cena fantástica.
—No pasa nada —dijo sami, y parecía casi sincero.
Introdujo el molde en el horno y, como ya había puesto la mesa, se dispuso a retirar el plato de Darién y el mío.
—sami… —iba a pedirle más disculpas.
Cuando se ponía triste parecía un niño, y verlo me partió el corazón. Por desgracia, seguí cortando pimientos verdes mientras me volvía para hablar con él, y esa no fue precisamente la decisión más inteligente que pude tomar. El cuchillo me hizo un corte en el dedo índice de la mano izquierda y grite de dolor.
— ¿Qué pasa? —sami dejo al instante lo que estaba haciendo y corrió hacia mí. Había pasado el tiempo suficiente en la cocina conmigo para saber que siempre solía acabar con cortes o quemaduras—. ¿Te has cortado?
—solo un poco el dedo. —hice una mueca de dolor y ejercí presión en el dedo para que dejara de sangrar. Sami, que era el más listo de los dos, cogió un trapo para envolvérmelo.
—A lo mejor deberías ponerlo bajo el agua —sugirió Darién, su voz sonaba extrañamente agarrotada.
Sami abrió el grifo y puso mi mano debajo, pero yo levante la vista para mirar a Darién. Se había apartado de mí y estaba pálido. Me imagine que ver sangre no le sentaba nada bien.
Sami me examino el dedo debajo del agua y yo continúe mirando a Darién, que había apartado la vista y se había retirado un poco más. Era evidente que ver sangre le afectaba, por poca cantidad que fuera, de modo que me apresure a limpiar la herida.
—No es grave —dijo sami—. Voy a buscar una tirita.
Se marchó corriendo hacia el baño en busca de una de esas tiritas con dibujos de Bob Fett, el de la guerra de las galaxias, que guardábamos en el
Botiquín. Yo continúe con el dedo bajo el agua, aunque creo que ya había dejado de sangrar.
Tome el trapo con la otra mano para limpiar la tabla de cortar y empujar a la pileta las rodajas de pepino ensangrentadas.
— ¿Qué sucede? —mi madre, que siempre elegía el momento más oportuno, salió justo en aquel instante de su habitación. Su pelo estaba alborotado, como era habitual en ella, pero al menos se había vestido con unos vaqueros desgastados y una camiseta holgada.
—acabo de hacerme un corte en el dedo. —levante mi lesionado apéndice.
Sami apareció también entonces y, como si yo estuviera invalida, me seco el dedo con una servilleta de papel antes de envolverlo con la tirita.
—sami, sabes de sobra que es mejor que tu hermana no te ayude en la cocina —dijo mi madre.
Se acercó a la mesita del centro de la sala de estar para levantar un cenicero, encendió un cigarrillo y volvió a la cocina. Examino a Darién de arriba abajo, pero no le dijo nada. Y a continuación dejo el cenicero en la mesa de la cocina y se sentó.
—Lo siento —murmuro Darién cuando mi dedo ya estuvo casi cubierto. Lo que fuera que le hubiera sucedido había pasado ya y su cara había recuperado el color.
—la que se ha cortado he sido yo. No tienes que disculparte de nada. —lo mire y me sonrió, pero no con su habitual sonrisa alegre y animada.
—de todas formas, no necesitábamos la ensalada para nada —decidió sami.
Pasó por mi lado, y recogió las verduras que yo había estado cortando y las tiro a la basura. No todas estaban manchadas de sangre, pero conservarlas no merecía la pena.
—y bien… —mi madre exhalo una bocanada de humo y miro fijamente a Darién. Sus facciones mostraban su habitual aspecto ajado, pero su voz escondía algo más—. Tú debes de ser Darién.
Cuando pronuncio su nombre fue cuando me di cuenta de lo que se trataba. No era tan descarado con el caso de mina, pero su mirada y el tono de su voz… eran definitivamente seductores. Sentí una oleada de nauseas.
—Y tú debes de ser la madre de serena —replico Darién con una sonrisa, autentica esta vez. Se recostó en la encimera de la cocina y cruzo un pie por encima del tobillo, haciendo revotar la punta de su converse azul en las baldosas del suelo.
—Ikuko —replico mi madre, pasándose «despreocupadamente» la lengua por los labios y sin dejar de mirarlo.
Puse los ojos en blanco y mire a sami con la intención de ver si también él había captado que mi madre estaba haciendo el ridículo, pero no me sirvió de nada: estaba plantado en medio de la cocina, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando a Darién.
—Ikuko —repitió Darién. Mi madre bajo la vista y sacudió el cigarrillo en el cenicero.
—cuéntame algo sobre ti. —sus ojos volvieron a Darién; nunca había observado una mirada tan juvenil en ella.
Mi madre tenía tan solo treinta y cuatro años, aunque parecía mucho mayor. Pero cuando en aquel momento miro a Darién, fue como si toda su juventud saliera a relucir. Y comprendí lo guapa y esplendida que debía de haber sido de joven, antes de tenerme.
— ¿Qué quieres saber? —Darién ladeo la cabeza al formular su pregunta.
—Todo —respondió ella con timidez.
—pues eso es mucho. ¿Por dónde te gustaría que empezara?
— ¿por lo que haces en la vida? —su mirada se había vuelto sensual y me vi obligada a reprimir la necesidad de vomitar en la mano de Darién o donde fuera.
Sami se instaló en una silla al lado de mi madre, impertérrito ante su conducta. También él se había quedado prendado de Darién y esperaba su respuesta.
—Poca cosa, la verdad —reconoció Darién.
— ¿no trabajas? —insistió mi madre.
—No. —se encogió de hombros, y esta vez sí que me dio rabia que no tuviera que trabajar y ni siquiera pensara en ello. En condiciones normales, mi madre tendría que haber pensado lo mismo, pero no fue el caso—. Quiero decir, que si he hecho diversos trabajillos de todo tipo. Estuve una temporada de camarero en un bar, y trabaje como guía turístico en la cueva Niágara, en
Harmony, pero me quedaba muy lejos, por eso lo deje. No sé. La verdad es que no me he puesto aun en serio con el tema, supongo.
— ¿y de que vives? —era una pregunta lógica, por lo que me sorprendió que mi madre se tomara la molestia de formularla.
—bueno… —Darién rio, y tanto mi madre como sami cerraron los ojos, como si aquel sonido fuese demasiado placentero para soportarlo—. La verdad es que no lo necesito. Vivo con mi familia, y… digamos que ellos cuidan de mí. Supongo que es eso.
—pero tienes veinticuatro años —dije, entrometiéndome en la conversación.
La verdad era que si su familia tenía dinero y quería correr con todos sus gastos, mejor para él. Pero mi madre no estaba dispuesta a plantear preguntas duras, yo si lo estaba.
—lo sé. —Darién no parecía en absoluto avergonzado, como yo seguramente me sentiría si alguien me llamara la atención por tener más de veinte años, no tener trabajo y seguir viviendo en casa—. Pero para nosotros tiene sentido, no conozco una manera mejor de explicarlo.
— ¿así que vives con tus padres? —mi madre le dio una pitada al cigarrillo sin despegar los ojos de Darién.
—No, ellos murieron —dijo con el mismo tono inalterable que había utilizado antes, aunque me sonó algo raro—. Vivo con mis hermanos y… con mi cuñada.
— ¿Ah, sí? —mi madre levanto una ceja, seguramente emocionada ante la perspectiva de que pudiera haber otros hombres parecidos a él—. ¿Y cuántos años tienen?
—Andreu tiene veinte… seis, lita debe de tener veintiocho, o algo así, y Endimión tiene diecinueve —respondió Darién.
—Mmm —ronroneo mi madre. Resultaba tan turbador que me alegre de no haber visto a mi madre en compañía de un hombre —. ¿Y qué hay de la universidad?
—estuve yendo una temporada, pero lo deje. —Darién hizo un nuevo gesto de indiferencia—. No era lo mío.
— ¿y que es entonces lo tuyo? —pregunte yo.
Por lo que yo sabía, trabajar, estudiar, tener una relación… cualquier cosa que implicara cierto grado de responsabilidad no era lo suyo. ¿Qué era, entonces, lo que me atraía de el?
Se echó a reír, recordándome exactamente con ello lo que me atraía de él.
—Aún estoy pensándolo.
—Todavía eres joven —dijo enseguida mi madre, intentando recuperar su atención—. Tienes mucho tiempo para aclarar tus ideas.
—Eso es lo que yo pienso —admitió Darién, y cuando miro a mi madre, ella soltó una especie de gemido. Fue para mí la gota que colmó el vaso. Ya le había dejado contemplarlo demasiado.
—Bueno, deberíamos marcharnos —anuncie de repente.
— ¿Qué? —mi madre me miró fijamente, con expresión acongojada—. ¿No se quedan a cenar?
—He sido yo el que ha confundido las palabras de serena —explico Darién con voz exageradamente balsámica, pero decidí que estaba bien lo que se le ocurriera decir mientras con ello evitara una pelea con mi madre—. Ya he cenado, y había hecho planes para salir. Tendríamos que irnos, de verdad.
Mi madre intento pensar en cosas que lo retuvieran en casa con ella, pero yo me mantuve en mis trece. Salí al rellano mientras ellos acababan de despedirse, escuchando de lejos el desacostumbrado tono dulzón de mi madre babeando por Darién.
Cuando Darién apareció por fin en el rellano y cerró la puerta a sus espaldas, me estremecí de manera aparente, intentando quitarme de encima la escena que acababa de presenciar.
— ¿Qué? —dijo Darién riendo y mirándome mientras yo pulsaba el botón del ascensor
— ¡Dios mío, ha sido repugnante!
—Pues a mí me parece que ha ido muy bien —dijo con una sonrisa engreída—. Me ha dado la impresión de que le he caído bien a tu madre.
—parecía que iba a seducirte ahí mismo —refunfuñe. Sonó el Clint que anunciaba la apertura de las puertas del ascensor y entramos. Me apoye en la pared y moví la cabeza de un lado a otro—. Ha sido escalofriante.
—no es culpa mía que todo el mundo me desee. —Darién rio de nuevo y pulso el botón de la planta baja. Sabía que solo lo decía medio en broma.
—yo no te deseo. —me cruce de brazos.
—sí, ya lo sé. —Darién permaneció en silencio y pensativo durante el resto del recorrido del ascensor, sin que yo tuviera muy claro si era porque lo frustraba que yo no lo deseara porque, simplemente, no alcanzaba a comprenderlo. Cuando se abrió la puerta y salió al vestíbulo, intento cambiar de tema—. ¿Así que tu hermano es gay?
—mi hermano no es gay. —mosqueada, Salí también del ascensor.
La verdad es que no me importaría que mi hermano fuera gay, pero no lo era. De haberlo sido, me había enterado.
—OH, de modo que aún no te lo ha dicho. —Darién hundió las manos en los bolsillos del pantalón, siguiéndome mientras yo aceleraba el paso para que me diera el aire fresco.
En cuanto Salí me di cuenta de que no sabía dónde había estacionado, ni siquiera con que coche había venido, de modo que me pare a esperarlo.
—No tiene nada que decirme —insistí.
Darién giro hacia la izquierda y a mitad de manzana vi el Jetta estacionado.
—OH, vamos —dijo Darién—. ¿No has visto como me miraba? —todo el mundo te mira igual. —intente recordar, pero no caí en la cuenta de haber visto a chicos que lo miraran de aquel modo.
Todos, hombres y mujeres, reaccionaban a su presencia de forma muy amigable, pero estaba casi segura de que los chicos no lo miraban de aquella manera tan especial, como lo habían mirado mi madre o mina.
—No, no todo el mundo. —Darién toqueteo el mando para abrir el coche y el Jetta emitió un pitido, anunciando con ello que las puertas acababan de desbloquearse.
— ¿Cómo funciona eso entonces? —le pregunte—. ¿Tus feromonas solo provocan reacción en la gente que se siente atraída sexualmente hacia ti? ¿Y cómo quieres que la gente sepa eso?
Darién permaneció fuera hasta que acabe de formular mi pregunta y luego entro en el coche. Comprendí que no iba a darme una respuesta oficial.
—mejor que no le comentes nada a tu hermano —dijo Darién una vez sentado. Puso el coche en marcha, subió el motor de resoluciones y salió a la carretera—. Si no te lo ha contado aun, es probable que no esté todavía preparado para que tú lo sepas.
—No es Gay —repetí con terquedad—. Solo tiene quince años.
—Oh, claro ¿lo dices porque cuanto tú tenías quince años no sabías aun que te gustaban los hombres? —Darién puso los ojos en blanco.
— ¿Cómo sabes que me gustan? —respondí, contraatacándolo. Me gustan, es evidente, pero él no tenía por qué saberlo—. Eso explicaría porque no me siento atraída por ti.
—te sientes atraída por mí. —Sin apartar la vista de la calzada, puso en marcha el equipo de música y sonó Hoy División a bajo volumen—. De lo contrario no estarías aquí sentada en el coche conmigo. Lo que ocurre es que no te sucede lo mismo que a ellos.
—Da igual. —volví a cruzarme de brazos. Y entonces afloje un poco. Empecé a pensar en sami y en todas esas pequeñas cosas que hacía y que yo siempre había atribuido a que era más pequeño que yo y más responsable—. ¿De verdad piensas que sami es gay?
—Sí, es gay —respondió Darién de forma tajante—. Y antes de que me lo preguntes, si lo sé. No puedo explicarlo, pero lo sé. Igual que un león sabe cuál es la cebra más débil de la manada.
— ¿estás comparando ser gay con ser débil?
Empezaba a aceptar la posible homosexualidad de mi hermano y ya adoptaba una postura defensiva al respecto. Sami era mi hermano pequeño y seguramente la única persona en el mundo que me quería de verdad.
—no, estoy comparando mi misteriosa habilidad para detectar las cosas con la de un león —aclaro Darién.
Estaba aún medio enfurruñada, dándole vueltas al hecho de que tanto mi madre como mi recién descubierto hermano gay querían hacer cosas con Darién, en cuya compañía se hacía difícil estar deprimida.
— ¿oye? ¿Sabes que te animaría?
—no consigo imaginármelo.
—unas cuantas partidas de Dance Dance Revolution en el centro comercial. —y sin previo aviso, cambio de sentido en medio de la calle, cruzando tres carriles de trafico de golpe.
—no me parece una perspectiva estupenda. —no lo era, la verdad, pero a Darién le parecía la mejor idea del mundo y eso logro convencerme.
Empezaba a darme cuenta de que era como si mis sentidos imitaran los de él y que eso debería alarmarme, pero como él no estaba alarmado, tampoco lo estaba yo.
Llegue a casa muy tarde, Como siempre que salía con Darién. Después de que el centro comercial cerrara, habíamos estado un rato fisgoneando en un Blockbuster antes de decidir que ninguno de los dos deseaba alquilar nada.
Luego habíamos estado dando vueltas en coche hasta que al final Darién me había dejado en casa.
Mi madre ya se había ido a trabajar y sami estaba acostado, por lo que no hubo comentarios sobre la visita de Darién.
Cuando me levante a la mañana siguiente, fui enseguida a hablar con sami sobre Darién. No es que esperara que fuera a explayarse mucho, pero su escueto «parece agradable» no hizo justicia al encuentro.
El hecho de que sami pudiera esconderme algo tan importante me había sentir incomoda. En parte deseaba sacar el tema a relucir y exigirle que me lo contara, pero comprendía que era cosas muy íntimas y que ante todo tenía que aceptarlo él.
Estaba tan inquieta que decidí hacer pereza todo el día leyendo o escuchando Death Cab For Cutie. Cuando se levantó mi madre, Salí a buscar un refresco y a averiguar qué opinaba de Darién pero, de manera decepcionante, no hizo más que imitar la conducta de sami.
No es que me gustara oírla babear por Darién hasta que me entraran ganas de vomitar, pero me preocupaba que nadie quisiese hablar del tema. Comprendía que era probable que se sintiesen incómodos por su forma de comportarse, pero aun así…
En cuanto mi madre me confirmo que aceptaba que me siguiese viéndome con Darién, deje de insistir. Como mínimo el chico le gustaba y yo podía continuar haciendo lo que quisiera.
Volví a mi habitación para reflexionar porque era tan importante para mi seguir viéndolo. No había caído presas de sus encantos como los demás, pero eso no significaba que no fuese también víctima de algo parecido. Como él había dejado claro, me sentía atraída por Darién pues, delo contrario, no estaría en la situación en la que me encontraba.
Me tumbe en la cama preguntándome si estaría sucediéndome algo como lo que ocurría en aquella película tan mala de Sandra Bullock titulada poción de amor n 9. En la película, cuando bebían aquella poción, todo el mundo se sentía
Atraído hacia ellos. A lo mejor pasaba lo mismo con Darién, que participaba en algún estrambótico experimento del gobierno.
Pero nosotros vivíamos en Minnesota. ¿Por qué querría experimentar aquí el gobierno? ¿Habría siquiera delegaciones de la CIA o el FBI por aquí?
De todos modos, sería un experimento estúpido. ¿Qué practicas podía tener una poción de ese tipo? Y, de hecho, ¿seguirían fabricándose las opciones, del tipo que fuera?
Sami se pasó el día entero delante de la computadora y apenas me dirigió la palabra. No sabía si estaba molesto conmigo por haberle dado plantón o si simplemente estaba librando una batalla interna sobre su sexualidad.
Fuera lo que fuese, no forcé la situación, cene rápidamente y volví a mi habitación. Aquella noche me acosté sorprendida de que Darién no me hubiese dicho nada.
Teniendo en cuenta de que era mi último día de vacaciones de primavera, decidí aprovecharlo para dormir. Sabía que eso me complicaría la vida cuando me tocara acostarme por la noche a una hora decente o levantarme al día siguiente para ir al colegio, pero me daba lo mismo.
Cuando finalmente Salí de la cama, me duche y me prepare para la jornada, tenía aun la sensación de que lo mejor era seguir evitando a sami, así que le envié un mensaje a Darién.
« ¿Qué haces hoy? » me senté en el suelo de mi habitación para pintarme de azul las uñas de los pies.
«Acabo de levantarme», me respondió enseguida.
«Lo siento, ¿te he despertado? » eran más de las seis de la tarde, pero por el poco tiempo que había pasado con Darién, me parecía que nunca se acostaba antes del amanecer.
«Más o menos. Pero no pasa nada, tenía que levantarme igualmente. »
« ¿Quieres hacer algo? » agite en el aire los pies con las uñas recién pintadas para que se secaran y mire con expectación el teléfono.
«Si, ¿Cuándo? »
«Más bien pronto que tarde. Mañana tengo clase. »
« ¡Ridículo! Ok. Me ducho y te recojo en una hora», respondió Darién, haciéndome reír. El hecho de que yo estudiara ponía trabas a su vida en algún sentido y eso me hacía sentirme un poco especial.
«Está bien, hasta luego»
Cuando se me secaron las uñas, acabe de arreglarme. Me puse unas medias; ocultaban por completo la pedicura que acababa de hacerme, pero decidí que aun hacia demasiado frio como para ir con los dedos descubiertos.
Sami seguía apostado frente a la computadora cuando aparecí por la sala de estar. Acababa de ponerme una camiseta y unos vaqueros y elegí cubrirme con mi sudadera blanca favorita. Incluso con eso, lo más seguro era que en cuanto saliera me quedara congelada, pero mis chaquetas eran demasiados gruesas y prefería aquella opción.
— ¿sales? —sami no aparto la vista de la pantalla y me hablo con un tono de voz tan neutro, que me resulto imposible descifrar sus sentimientos.
—sí. —asentí. En realidad no me gustaba que entre nosotros no hubiese comunicación, pero no sabía cómo solucionarlo—. Con Darién. No volveré muy tarde. Mañana ya hay clase.
—da igual. —replico vagamente sami. No hubo al menos sermón ni muestras de desaprobación, pensé con un suspiro.
—bien, supongo que te veré luego. —me dirigí hacia la puerta, pero no dijo nada, de modo que me quede esperando a que respondiera. Gruño al que sonó más o menos como «adiós» y me imagine que ya no añadiría nada más, así que me fui.
Darién estaba de nuevo estacionado con el Jetta, y me pregunte con qué criterio elegiría cada día su coche. Estaba cantando Stronger a coro con Kanye West y cuando entre en el coche fue casi como si no se enterara. Permanecimos sin movernos ni decir nada hasta que termino la canción, momento en que apago el equipo y me sonrió.
—Estaba pensando que esta noche podríamos dar un paseo —dijo Darién feliz.
—Bien, ¿por dónde? —la noche era fría, pero no insoportable. Darién se había vestido esta vez con una sudadera con capucha y pantalón largo, renunciando a su habitual combinación de camiseta y bermudas que tan poco apropiada resultaba para el mes de marzo.
—podríamos ir a Loring Park. —y se puso en marcha mientras pronunciaba esas palabras.
El parque no estaba ni a un kilómetro de mi casa, pero como se encontraba al otro lado de la autopista, era casi imprescindible ir en coche para llegar a él. La I—94 lo había partido por la mitad. Antiguamente está conectado con el
Minneapolis Sculpture Garden, donde se encuentra la famosa escultura de la cuchara gigante y la cereza (puente de cuchara con cereza) junto con muchas otras obras creativas de tamaño más reducido.
Acabamos yendo a lo que es exactamente Loring Park. Que no tiene esculturas pero si muchos caminitos y árboles.
En cuanto estaciono, Salí del coche y contemple las estrellas que brillaban por encima de nuestras cabezas. Normalmente y como consecuencia del resplandor de las luces de la ciudad, se hacía difícil verlas, pero con el aire fresco de primavera destacaban con fuerza.
Busque Orión, la única constelación que conocía, pero como vi que Darién echaba a andar por un sendero, lo seguí, jurando para mis adentros que después seguiría inspeccionando el cielo.
— ¿así que es verdad eso de que mañana vuelves a tener clases? —pregunto Darién malhumorado en cuento logre alcanzarlo. Tenía las manos hundidas en los bolsillos y caminaba cabizbajo, con la mirada fija en sus zapatillas, mientras yo prefería disfrutar del espectáculo de las estrellas.
—Si —dije haciendo una mueca.
Tenía que entregar un trabajo sobre la guerra de 1812 y no había preparado nada. De hecho, lo único que sabía sobre esa guerra era que había tenido lugar en 1812. Si sami y yo estuviésemos en un momento mejor de nuestra relación, seguramente me habría quedado en casa y lo habría incordiado hasta conseguir que claudicara y accediese a hacerme el trabajo.
—y entonces ¿a qué horas tienes que estar en casa? —le dio un puntapié a una piedra, recordándome con ese gesto a un niño al que acaban de decirle que se vaya a la cama porque se ha portado mal.
—no lo sé. Antes de medianoche, me imagino. —en realidad no era mucho antes de la hora que normalmente volvía a casa, pero Darién respondió con un suspiro y refunfuñando algo inintegible—. ¿Qué?
—Nada —murmuro, sin levantar la vista del suelo.
— ¿tenías algún plan especial para esta noche? —le pregunte, tratando de comprender porque estaba tan deprimido. La que tenía que levantarse a las siete de la mañana era yo, no él.
—no. solo no me gustan las cosas finitas. —volvió a suspirar y luego miro al cielo.
—Me parece raro —dije. Sami le tenía fobia a la arena húmeda y mina odiaba la palabra «Kumquat» porque decía que la encontraba excesivamente perversa, pero me resultaba extraño que a alguien no le gustasen las cosas que tenían un final definido—. Todo tiene un fin.
—lo sé, de todas maneras no estaríamos por ahí eternamente. Es solo que… —negó con la cabeza y se quedó mirando la Basílica de St Mary, a lo lejos. Era una catedral enorme y bellísima, de la que solo podríamos vislumbrar la parte superior, alzándose por encima de los arboles—. Lita quería casarse allí.
— ¿Qué? —le pregunte, confundida ante aquel repentino cambio de tema.
—La mujer de mi hermano —movió la cabeza en dirección a la iglesia—. Pero Andreu no quiso.
— ¿Por qué? —era una obra arquitectónica maravillosa y podía comprender muy bien que aquella chica tuviera ganas de casarse allí. A mí personalmente no me gustaría, aunque la verdad es que ni siquiera estaba segura de que quisiera casarme algún día.
—Para empezar, no son católicos —había más cosas, pero vi que Darién no tenía claro si quería contármelo. Al final, continúo hablando—: no le parecía correcto, era el segundo matrimonio de lita. De modo que al final se decidieron por otro sitio y les salió mejor.
— ¿Cuánto tiempo llevan casados?
—No lo sé muy bien —dijo encogiéndose de hombros.
Me cubrí con la capucha y me estremecí. Darién me miro de reojo; no parecía en absoluto preocupado por el frio. En realidad, nada parecía preocuparle, excepto que esta noche tuviera que acostarme pronto.
— ¿quieres mi sudadera? —empezó a tirar de una manga, como si fuera a quitársela, pero extendí la mano para detener sus intenciones.
—no, estoy bien. —ya que se había tomado la molestia de abrigarse un poco más, no iba a dejarlo medio desnudo por el simple hecho de que mi chaqueta no me gustara y hubiera decidido no ponérmela.
— ¿seguro?
—Sí, de verdad —insistí. Me sujete la capucha y le sonreí—. ¿Lo ves? Estoy bien.
—si tú lo dices. —Darién tiro de nuevo de su manga para bajársela—. Si cambias de idea, solo tienes que decírmelo.
—no pienso hacerlo.
—lo sé —dijo Darién, algo exasperado—. Nunca cambias de idea sobre nada.
—tampoco es que me conozcas desde hace tanto tiempo como para afirmar eso —dije en tono burlón—. ¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Soy una persona muy segura —respondió simplemente.
Y era cierto. No siempre tenía respuesta para todo, pero cuando sabia una cosa, la sabia de verdad. Estaba a punto de preguntarle de donde salía ese sexto sentido que tenía para todo, cuando de repente levanto la cabeza.
—cuidado.
— ¿cuidado porque? —intente no sonar alterada, pero vi que al instante se ponía nervioso. Me quede aterrorizada.
Se colocó delante de mí para protegerme de alguna cosa y mire a mí alrededor, buscando en la oscuridad el supuesto peligro que nos acechaba.
