Capítulo 7

En cuanto volvió a poner el coche en marcha, volamos calle abajo y se incorporó a la autopista sin que me diera tiempo siquiera a protestar, a pesar de que no pensaba hacerlo. Conocer familias era una de las cosas que menos me gustaba en el mundo, pero una familia capaz de engendrar a un tipo como Darién me intrigaba.

—Después de lo de anoche, creo que ha llegado el momento—me explico Darién, aunque me costaba entender la conexión entre su familia y un perro rabioso. A menos que su familia se dedicara a la cría de perros.

Entonces recordé lo sucedido y miré de reojo el brazo de Darién, al descubierto ahora que volvía a lucir su uniforme de camiseta de manga corta (en la de hoy ponía «Frankie says relax »).

Me acerqué un poco para inspeccionarle el otro brazo, pensando que me había confundido. Pero en ninguno de los aprecié ni un rasguño, ni una marca, ni siquiera una simple cicatriz.

Darién me reprendió al ver cómo lo examinaba.

—Ni hablar. Ni te lo plantees siquiera.

— ¿Qué? ―Me recosté en el asiento, sin dejar de mirarle los brazos―. ¿Te refieres a que no te pregunte cómo es que ha desaparecido como por arte de magia cualquier rastro del mordisco del perro?

—Exactamente. No formules ninguna pregunta de ese tipo, ni sobre mí, ni sobre nadie —me alertó Darién.

—Ellos son también como tú, ¿no es eso? —A estas alturas ya no me sorprendía nada, pero aun así, continué mirándolo con incredulidad. Cuando creía que las cosas ya no podían ser más extrañas, resultaba que lo eran aún más si cabía.

—Quiero que los conozcas, pero no puedes comportarte así. Tienes que actuar como si fueras ajena a todo esto. —Habló con suavidad, aunque con firmeza en la voz—. Lo digo en serio. Es mi familia. Son mis reglas.

—Sí, sí, ya lo capto. —Puse los ojos en blanco y desvié la mirada para observar el mundo que pasaba a toda velocidad al otro lado de la ventanilla—. ¿Dónde vives, por cierto?

—En St. Louis Park, junto a un lago —dijo—. No queda muy lejos.

No conocía mucho aquella zona, pero por lo que había oído estaba plagada de casas carísimas y estupendas. Teniendo en cuenta que viajábamos por la autopista a bordo de un resplandeciente Lamborghini rojo, tenía mucho sentido que Darién viviese allí.

—No te preocupes —dijo, tratando de tranquilizarme—. Les gustarás, creo. Andreu no está. Sólo estarán lita y Endimión. Así será más fácil.

— ¿Dónde ésta Andreu?

Por lo que parecía, conocer a uno de sus dos hermanos podía ponerme aún más nerviosa. Tal vez Darién sabía de antemano que yo no iba a ser del agrado de Andreu y por eso había decidido aprovechar su ausencia para llevarme a su casa.

— Temas de negocios — dijo Darién, encogiéndose de hombros —.Anda muy atareado.

—Claro, un Lamborghini así no se paga solo.

—Sí, supongo que tienes razón. —Me miró y se echó a reír al verme tan nerviosa. Había empezado a morderme las uñas, una costumbre horrible que me había prometido mil y una veces que tenía que abandonar—. Todo irá bien, en serio. Les gustarás. Si me gustas a mí... también les gustarás a ellos.

—Sí, si todo en la vida fuera tan sencillo como lo pintas.

—Esto lo es—afirmó, sonriendo con confianza.

El coche empezó a aminorar velocidad y dejamos la autopista, lo que significaba que ya estábamos cerca. El corazón me latía con tanta fuerza que casi resultaba doloroso. Cuando se detuvo enfrente de su casa, me acobardé del todo.

Increíblemente bella y gigantesca, parecía más una mansión o un castillo que una casa. Al final de un breve y sinuoso camino de acceso llegamos a un garaje de cinco plazas. La construcción era de piedra arenisca de un todo claro.

La puerta de entrada se encontraba en la base de una torre. Por encima asomaba un gran ventanal rectangular protegido con barrotes de hielo forjado. La torre se alzaba sobre lo que, por lo demás, era una casa cuadrada convencional, salvo por la espléndida balconada de hierro negro que sobresalía en el segundo piso a la sombra de un sauce llorón.

— ¡Caray! —Dije, boquiabierta, después de que estacionamos en garaje—. ¿Vives aquí?

—Sí. —Se percató del tono reverencial de mi voz y rio entre dientes—. No es más que una casa.

—Contigo eso del «no es más que» no tiene ningún valor—dije en voz baja.

Rio con más fuerza y salió del coche. Seguí su ejemplo, pero mucho más lentamente. Jamás en mi vida me había sentido tan intimidada. De pronto, todo lo relacionado con mi persona me parecía vulgar y deprimente, y me sentía de lo más avergonzada por haberlo invitado a mi asquerosamente diminuto apartamento.

—Supongo que ya imaginarás que no fui yo quien compró esta casa —me dijo Darién, volviéndose hacia mí mientras pasábamos por delante de los otros cuatro coches que ocupaban el garaje (el Jetta negro de lita, un Jeep Wrangler verde con techo de loneta, un Lexus LS y un Audi TT Roadster plateado). Señaló entonces la impresionante colección de coches—. Tampoco he comprado nada de eso. En realidad, no hay nada mío.

— ¿Y quién lo ha comprado, entonces?

—Andreu, la mayor parte. Y Endimión. —Habíamos llegado a la enorme puerta de madera que debía de dar acceso a la casa, y Darién se volvió hacia mí sonriendo—. Lita y yo nos no servimos más que para hacer bonito.

Darién abrió la puerta y gritó «hola». Apenas me habían adentrado en la casa detrás de él, cuando vi una masa gigantesca de pelo blanco abalanzándose sobre Darién.

Fue casi como un flashback de la escena de la noche anterior y estuve a punto de echarme a gritar, pero cuando vi que Darién empezaba a rascar al perro y oí que le decía lo precioso que era, me di cuenta de que se trataba de un gigantesco pastor del Pirineo.

— ¡Luna!—Resonó en la casa una voz cálida, con acento británico, y entonces la vi llegar corriendo a recibirnos.

La mujer era bella, en un sentido poco convencional, pero eso la hacía quizá incluso más imponente. Llevaba su larga y ondulada melena castaña recogida para destacar sus grandes ojos de color miel. Su piel era blanca como la porcelana, pero desprendía reconfortantes oleadas de calor.

Se agachó junto a la perra, despegándola sin problemas de Darién, y con un tono de regaño le dijo:

—luna, sé buena chica, por favor.

—No pasa nada —dijo Darién, agachándose también para poder seguir rascándole la cabeza a la perra. Viéndolo jugar de aquel modo con ella, comprendí por vez primera lo duro que debió de ser para Darién haber tenido que matar la noche anterior a aquel perro.

—Lo siento mucho —se disculpó lita, casi sin aliento y llevándose la mano al corazón para subrayar su sinceridad. Me miró por primera vez y sonrió —. Luna no es más que un cachorro.

—luna es siempre muy buena chica, ¿Verdad que sí?

—Darién se dirigió a la perra como si hablase con un niño y luna le lamió la cara con fervor.

— ¡Mírala! —la sonrisa de lita se hizo más amplia y aún más cálida —. ¡Eres encantadora!

—Gracias —murmuré, y mis mejillas se ruborizaron de vergüenza. Lita era mucho más bella de lo que yo nunca llegaría a ser y no tenía ni idea de cómo responder a sus claras muestras de afecto.

—Oh, perdón —dijo Darién, dándole una última caricia a la perra antes de incorporarse —. Serena te presento a lita. Lita, ésta es serena.

—Encantada de conocerte —dije titubeando.

Aquella chica tenía algo que me hacía sentirme segura y curiosamente querida, pero era una sensación tan inesperada que ni siquiera me dio tiempo a hacerme a la idea y responder en consecuencia.

— ¡El gusto es mío! —Dijo lita efusivamente, llevándose de nuevo la mano al corazón—. No puedes ni imaginártelo.

— ¿qué has estado contando de mí? —Mire de reojo a Darién, preguntándome qué podría haber explicado que emocionara de aquel modo a lita. El que tenía poderes mágicos era Darién. Yo no hacía otra cosa que discutir con él y ponerme en situaciones ridículas.

—Poca cosa —respondió Darién, con un gesto de indiferencia. No obstante, no me dio la impresión de que estuviera sorprendido o incómodo por la reacción de lita.

— ¿Te enseño la casa? —Me pregunto lita, a la vez que enlazaba su brazo con el mío —: ¿Te parece bien Darién?

—Sí, claro, adelante. —Se había puesto a jugar de nuevo con la perra, conforme con que lita me secuestrase e hiciera conmigo lo que le viniera en gana.

—Ésta es la entrada, evidentemente —dijo lita, abarcando con un gesto los techos abovedados y los suelos de mármol. Los anillos que adornaban sus dedos brillaron por efecto de la luz.

Entonces me condujo hacia la estancia contigua, que era un salón enorme. El resto de la casa tenía pisos oscuros de madera de roble y paredes pintadas de color crema. El ambiente conseguía combinar con éxito la calidez de la decoración moderna con los toques elegantes de un castillo. Era un espacio bello y perfecto, fiel reflejo de lita.

—Aquí tenemos la sala de estar. Ventanales, chimenea, etcéteras. —Antes de que me diera tiempo a absorberlo todo, me condujo a la cocina. Las baldosas eran de granito de tonos naturales y neutros; Los armarios, del mismo color que el piso de madera.

En la parte posterior de la cocina, unos gigantescos ventanales y unas puertas dobles acristaladas revelaban un bello paisaje con un lago. Las puertas daban acceso a un gran patio de piedra que llegaba hasta el lago.

—Esto es la cocina, y la vista.

—Es impresionante, de verdad. —Me retiré un poco para contemplar mejor la vista. El exterior estaba oscuro, por lo que no pude apreciarla del todo, aunque las diversas luces de gran tamaño que iluminaban el patio me ayudaron a hacerme una idea.

—Es el motivo por el que Andreu compró todo esto. —lita poso una mano sobre mi brazo al acercarse a mí, y el tacto de su piel era igual al de Darién: suave como la seda pero carente de temperatura, como una muñeca —. El terreno, de hecho. La casa la hizo construir después.

— ¿La diseñó él también? —Lo pregunté sorprendida, y al momento me sentí incómoda por ello.

Resultaba que su marido era el autor de aquella preciosa obra de arquitectura. Y era evidente que era superior a los demás en todos los ámbitos... Sería mejor que empezara acostúmbrame a ello.

—Yo le ayudé, un poquito —dijo lita, sonriéndome con modestia, y me di cuenta que había empezado ya a enamorarme de ella. No en el sentido sexual, como lo haría una lesbiana, sino que me parecía tan acogedora y carismática que evitar aquel sentimiento me resultaba imposible.

Y fue entonces cuando fui consciente de que estaba un poco enamorada de Darién. Era tremendamente maravilloso y no soportaba la idea de estar alejada de él. Empecé a mover la cabeza de un lado a otro buscándolo, pero lita me arrastro hacia la siguiente estancia.

—Esto sí que es una visita rápida —comenté mientras cruzábamos el majestuoso comedor conectado con la cocina. Salimos al pasillo y lita se echó a reír.

—Ya tendrás la oportunidad de familiarizarte con la casa, estoy segura. —Me miró con los ojos brillantes y comprendí que estaba insinuándome que volvería por allí con frecuencia, lo que por mí ya estaba bien—. Tan sólo buscaba una oportunidad para conocerte un poco y lo de enseñarte la casa me ha parecido una forma perfecta.

—Oh. —Asentí, como si la hubiera entendido.

—Ahí está el baño, por si lo necesitas —lita me enseño un cuarto de baño tremendamente elegante y luego señaló un par de habitaciones más que había al final del pasillo —. Allí está el despacho de Andreu y al lado nuestra habitación. La verdad es que son pocos excitantes.

—No sé por qué, pero lo dudo —dije, permitiendo que me arrastrara escalera arriba. Lita acababa de decir que quería conocerme, pero yo no alcanzaba a comprender cómo pretendía conseguirlo recorriendo la casa a toda velocidad.

—Aquí está la habitación de Darién. —lita señaló una puerta abierta en lo alto de la escalera y aproveché para asomar la cabeza.

Las paredes estaban pintadas de azul oscuro, como él había comentado, y la cama era enorme y estaba cubierta con sábanas negras de seda. De una pared colgaba una pantalla gigante de televisión y algo más abajo, en aquella misma pared, había un rincón de juegos lleno de consolas y videojuegos. Había alguna que otra prenda tirada por el suelo pero, en realidad, la habitación era exactamente tal y como me la esperaba.

—Al final del pasillo hay una habitación de invitados, y otro baño —me explicó lita, y entonces se quedó un poco perpleja—. Ahora que lo pienso, no sé por qué hay otro baño aquí arriba. Todos los dormitorios tienes su propio cuarto de baño y su chimenea. Me imagino que alguien debió sugerirle a Andreu que sería un buen detalle por si algún día quería vender la casa.

—Esta casa está llena de baños y chimeneas —refunfuñó una voz aterciopelada, y el corazón se me detuvo al oírla. Provenía de otra habitación que se abría al pasillo justo enfrente de la de Darién y, sin ningún reparo, avancé hacia allí.

La habitación estaba decorada siguiendo el estilo del resto de la casa y tenía el piso de madera y una cama con dosel cubierta con una colcha blanca. En el centro de la estancia, una gran alfombra, también blanca, adornaba el

Suelo. Las puertas acristaladas que daban al balcón estaban abiertas, dejando que la brisa levantara los finos visillos.

Las paredes estaban repletas de estanterías con libros y en el sillón blanco que ocupaba una esquina había un chico sentado. Un viejo libro escrito en alemán le ocultaba el rostro, pero el sonido de su voz ya me había dejado hipnotizada. Llevaba unos vaqueros ajustados y un jersey ceñido.

Me fijé en el bronceado fino de sus dedos, que parecían estar sujetando el libro con una fuerza poco natural. Me pregunté si mi presencia le habría molestado y retrocedí, intentando abandonar rápidamente la habitación, pero tropecé con lita.

—serena, te presento a Endimión. Endimión, está es serena —dijo lita a modo de presentación. Tal vez fueran sólo imaginaciones mías, pero me dio la sensación de que su voz transmitía cierto deje de orgullo. El chico refunfuñó alguna cosa, pero no bajó el libro—. Ya te dijo Darién que vendría esta noche a vernos.

—Lo recuerdo. —Era evidente que Endimión estaba molesto, de modo que me volví con la intención de salir de allí, pero lita, que había decidido hacerle caso omiso o no se había dado cuenta de que el chico estaba enfadado, me cerró el paso.

—Como mínimo, podrías decirle hola a nuestra invitada—dijo lita, regañándolo, aunque se dirigiera a él de un modo informal —. Es lo que hace la gente educada.

—Hola —dijo Endimión con un suspiro, y por fin apartó el libro.

De entrada sólo le vi los ojos. Eran de un tono azul embriagador que me cautivó al instante. Su pelo era de color avellana y le caía justo por encima de los hombros. Se lo recogió detrás de las orejas. Su mandíbula estaba tensa.

Respiró hondo y entreabrió la boca. No me pareció que fuera su intención, pero aquel gesto resultó tremendamente seductor. Era tan perfecto que casi dolía mirarlo.

— ¡Aja! —exclamó lita a mi espalda, pero yo estaba tan ocupada con Endimión que ni siquiera me tomé la molestia de intentar interpretar su expresión.

— ¿No deberían continuar la visita? —comentó fríamente Endimión, y dejó de mirarme a los ojos.

De pronto me acordé de respirar e intenté no engullir aire con la intensidad que estaban exigiendo mis pulmones. El corazón me latía con fuerza y noté cómo la sangre me subía a las mejillas.

—Creo que ya hemos visto lo más importante —dijo lita, mientras se enlazaba de nuevo a mi brazo, y la combinación de su cálida voz y su contacto reconfortante me tranquilizaron —. ¿Quieres acompañarnos, Endimión?

—Ya conozco la casa. —Volvió a levantar el libro, ocultando con ese gesto sus exquisitas facciones.

—Endimión es un gruñón —me explicó lita, aunque me pareció algo decepcionada cuando cerramos la puerta—. Ven, cariño. Aún nos quedó cosas por ver.

— ¿Y bien? —Darién estaba al pie de la escalera, mirándonos con expectación. Su aspecto me pareció ansioso y a la vez protector. Lita y yo descendimos poco a poco y me vi incapaz de mirarlo a los ojos, temerosa de que se diera cuenta de lo tonta que me había mostrado delante de su hermano.

— ¿Y bien, qué? —le pregunté aturdida.

— ¿Que qué piensas? —Esperó a que hubiera bajado del todo la escalera y tuve la impresión de que me inspeccionaba. La perra se acercó y me lamió la mano, y yo, de forma refleja, le di unos golpecitos cariñosos.

—Es una casa asombrosa. —Traté de forzar una sonrisa para demostrarle lo espectacular que me había parecido todo, pero me sentía mal por aquel inoportuno enfrentamiento con su hermano, que me había distraído de todas las sensaciones agradables que me habían despertado tanto la casa como lita.

—Endimión está arriba enfurruñado —dijo lita con dramatismo.

—Oh —replicó Darién, comprendiendo lo que acababa de decirle, e intercambió una mirada con lita que fui incapaz de interpretar —. Endimión es un tonto.

—No lo es —dijo lita, que me estaba acariciando el pelo de un modo tan cariñoso que acabó aliviándome la tensión y la vergüenza que sentía.

— ¡Endimión! —gritó Darién a los pies de la escalera.

— ¡Estoy leyendo un libro! —bramó Endimión.

— ¡Endimión! —volvió a gritar Darién, más enfadado esta vez.

— ¡Estoy leyendo, Darién! —replicó Endimión, e hice una mueca al escuchar su tono de rabia.

—Darién. —lita le lanzó una mirada penetrante—. Ya se las ingeniará.

—Eso digo yo. —Lo dejó correr, pero no sé le veía contento.

Entonces volvió hacia mí y sonrió —. Y bien, serena, ¿Quieres divertirte un rato?

— ¿Estás seguro? —respondí algo dubitativa. Vi aquel brillo malicioso en su mirada, y aún no había decidido si confiar o desconfiar de él.

— ¡Una bañera de hidromasaje!

—No llevo bañador. —Era cierto, y no estaba muy segura de que ellos pudieran ofrecerme una solución... Aunque me daba la impresión de que lita y Darién tenían solución para todo.

— ¡Oh, tengo uno que te ira perfecto!—dijo lita con una sonrisa, recuperando su anterior excitación.

Me arrastró por el pasillo hasta su cuarto. Cuando entramos, Darién se dejó caer sobre la mullida cama. Lita abrió las puertas de su vestidor, que resultó ser más grande incluso que mi dormitorio, y empezó a buscar entre una cantidad inmensa de bañadores. Yo estaba cada vez más nerviosa.

En cuanto encontró el que le gustaba (un bikini azul celeste con la parte posterior de la braga adornada con volantitos), Insistió en que pasara al baño anexo a probármelo. Me iba perfecto, y me sentaba mucho mejor de lo que me había imaginado, aunque también resultaba increíblemente revelador.

Cuando salí, lita comentó con efusividad lo bien que me sentaba. Y le habría creído si no fuera porque ella también se había cambiado mientras tanto en el vestidor y se había puesto un biquini que le quedaba fantástico. Darién no dijo nada, pero me ruboricé al sentir su mirada de aprobación.

Darién era el típico tipo, y decidió que sus calzoncillos bóxer negro ya bastaba. Admiré por un instante, tan discretamente como me fue posible, la perfección de su torso.

Cruzamos las puertas acristaladas para salir al exterior y el frío me caló hasta los huesos. Lita y Darién, sin embargo, estaban tan panchos, aunque ya nada me sorprendía.

Entré a la bañera. La sensación de calor que se apoderó al instante de mi cuerpo me recordó lo que había experimentado al mirar a Endimión. Pero entonces me acordé también de la frialdad de su voz e intenté alejarlo de mis pensamientos.

Pasamos un buen rato sumergidos en la bañera de hidromasajes, y cuando por fin conseguí relajarme y disfrutar, lo hice de verdad. Luna estaba tendida en el suelo a nuestro lado, y Darién jugó a salpicarla con el agua hasta que lita lo obligó a parar.

En el interior de la bañera, traté de olvidar todo lo relacionado con Darién que no tenía sentido, y el hecho de que su hermano me odiara, y los intensos ojos azules de Endimión.

—Empieza a hacerse tarde —anunció lita, y me miró con tristeza —. Me ha encantado que vinieras, espero que la visita se repita. Pero seguramente tendrías que ir pensando en regresar a casa antes de que sea demasiado tarde.

—Nunca es demasiado tarde —refunfuño Darién, que hundió acto seguido la cabeza en el agua como si con aquello pudiera anular la verdad de lo que lita acababa de decir.

—No, tiene razón. —Reuní todas mis fuerzas y abandoné el calor y la comodidad de la bañera, lo que me hizo sentir en la piel la gélides del aire —.Oh, Dios mío, que frío hace!

—He traído toallas —dijo lita, a la vez que señalaba un motón de esponjosas toallas que había sobre una silla. Corrí hacia allí.

Levanté por casualidad la vista al tomar la toalla y vi a Endimión en la cocina, mirándome a través de las puertas acristaladas. La toalla se había desplegado delante de mí pero permanecí inmóvil, sujetándola, incapaz de secarme. El frío resultaba doloroso incluso, pero Endimión me tenía cautivada.

Mantenía un brazo cruzado sobre el pecho, y apoyaba la barbilla en una mano. Sus brillantes ojos azules proyectaban una mirada capaz de matar a cualquiera, y mi corazón, ansioso por satisfacerlo, se detuvo por completo. Y habría permanecido inmóvil para siempre de no ser lita, que me sacó del trance en que me hallaba sumida.

— ¡Endimión! ¡¿Quieres venir?! —le gritó. Sin dejar de mirarme, Endimión negó con la cabeza, dio media vuelta y desapareció —. No le hagas caso, serena. En realidad no es tan malo.

—No pasa nada —dije, mintiendo, y de pronto empecé a sentir frío de nuevo y me envolví en la toalla.

—Lo has puesto nervioso —susurró Darién, que acababa de aparecer de repente detrás de mí.

— ¿Por qué?—pregunté aturdida.

No tenía sentido que fuera capaz de poner nervioso a alguien tan sereno y perfecto como Endimión. Yo no era más que una persona intrascendente en muchos aspectos. Darién no me respondió, como era de esperar. Se limitó a esbozar un gesto de indiferencia y a entrar en la casa.

— ¡Corre antes de morirte de frío! —gritó Darién, y eché a correr tras él.

Darién ya me esperaba en la puerta cuando acabe de vestirme. Estaba jugueteando con las llaves y silbaba una canción sospechosamente parecida a Walking on sunshine.

Lita me abrazó con fuerza al despedirse de mí en la puerta y me repitió de nuevo que volviera a visitarla pronto. Dolida, se disculpó por la conducta de Endimión, y me pregunté qué habría hecho el chico que los había ofendido de aquella manera.

— ¿En qué coche vamos? —Había seguido a Darién hasta el garaje, y sólo necesité ver que seguía caminando hasta el final para conocer la respuesta.

—El Lamborghini, claro.

— ¿Cómo decides qué coche vas a llevar?—La verdad es que con el millón de preguntas que hervían en mi cabeza, aquélla era la única que me atrevía a formular.

—Esté sólo lo utilizo cuando Andreu no está—me explicó tímidamente mientras se acomodaba en el asiento del conductor.

En cuanto entré, puso el coche en marcha y encendió el equipo de música—.Mi hermano lo considera demasiado llamativo. Y mi jeep es divertido, pero no es rápido; por eso suelo moverme con el jetta de lita. El lexus es el coche de diario de Andreu, y el audi es de Endimión.

—Si tanto te gusta este coche, ¿Por qué no te compras uno igual?—Le pregunté mientras salía del garaje marcha atrás.

—Andreu dice que no debemos llamar tanto la atención.

— ¿Por qué comprarse entonces un coche así? Además, viven en una casa que parece un castillo y tu hermano conduce un Lexus. ¿Crees que eso pasa desapercibido? —Lo miré con escepticismo, y Darién me sonrió.

— ¡Exactamente! —Salió al camino de acceso y luego se incorporó a la calle. Me recosté en el asiento y cerré los ojos para asimilar todo lo sucedido. Cuando Darién tomó de nuevo la palabra, lo hizo empleando un tono grave— ¿Qué piensas de mi familia?

—Me gusta. Lita es muy agradable, y tu casa es asombrosa.

—Seguí con los ojos cerrados, disfrutando de la versión de un tema de Joy División que sonaba en la radio. Me recordaba de Gary Jules, pero sabía que no era él—. ¿Quién es?

—Una versión de Honeyroot del tema Love Will tear us apart —Respondió Darién y, sin perder ni un segundo, retomó el hilo de la conversación— ¿Así que lo has pasado bien?

—Sí. —La mayor parte del tiempo. Excepto cuando Endimión me había dejado sin aire en los pulmones y deseé morirme.

—Estás terriblemente callada. Esperaba que me hicieses un millón de preguntas.

—Oh, tengo miles —dije, para tranquilizarlo—. ¿Lita es inglesa? —Darién rompió a reír, y me volví para mirarlo — ¿Qué pasa? ¿Voy muy desencaminada?

—No, es sólo que... ¿Eso es lo que se te ocurre preguntar?

—Movió la cabeza de lado, sonriendo—. Supongo que es lo más normal que podrías preguntarme. Pero no me lo esperaba. — ¿Y qué esperabas que te preguntase? —Levante una ceja, intentando imaginar qué parte de la noche creería Darién que me había parecido más extraña.

—Sí, es inglesa. —para no perder la costumbre, volví o a esquivar mi pregunta.

—Son como tú, ¿verdad? —pregunté, observándolo con atención.

―No hay nadie como yo—respondió Darién con impertinencia—.Como yo sólo hay uno entre un millón, pequeña!

—Sabes muy bien a qué me refiero, Darién.

—Lo sé —dijo con un suspiro. Adoptó una expresión dolorida, como si estuviera casi suplicándome—. Te han gustado y lo has pasado bien. ¿No podríamos dejarlo así?

— ¿Por qué has querido que los conociera?

Conocerlos lo hacía más vulnerable y susceptible a mis preguntas. No entendía qué beneficio podía sacar él de aquello. Lita había insistido en conocerme, estaba segura, pero Darién podría haber pasado perfectamente del tema.

—Me resulta demasiado complicado responderte a eso en este momento—se limitó a responder.

— ¿Y cuándo dejará de ser todo tan complicado?—Acababa de empezar mi sesión de quejas. Mi jornada había sido muy larga y creía haberme ganado el derecho a quejarme un poco.

—Me parece que ésta es la mejor pregunta que has formulado hasta ahora. —Darién parecía muy lejano y triste, y comprendí en seguida que la respuesta no iba a ser precisamente de las que podía gustarme oír. Por una vez agradecí su silencio. Después de una pausa cargada de tensión, Darién soltó el aire y dijo—: Me siento atraído hacia ti.

— ¿Y por eso es todo tan complicado?—Me enderecé en mi asiento, dispuesta a escuchar lo que parecía una respuesta sincera.

—No. Bueno, quizá, pero no me refería a eso. —Me miró y volvió a concentrarse en la carretera —. Por eso quería que conocieses a mi familia.

—Entonces ¿consideras que esto ha sido más o menos como conocer a tus padres? — Arrugué la nariz — ¿Como si estuviéramos saliendo? —No, no es eso. Ya sabes a qué me refiero. Tú también lo sientes, ¿verdad? —Volvió a mirarme un segundo y apartó la vista —.Te sientes atraída hacia mí. Lo pasas bien conmigo y esas cosas, y tienes ganas de estar conmigo.

―Supongo ―dije vagamente. De hecho, había dado en el clavo, pero no estaba dispuesta a reconocerlo.

—Pues eso es lo mismo que yo siento. —Había quedado expuesto durante un minuto, y se agitó incómodo en el asiento.

Me sentí mal por no ser más sincera con él.

—Pero... ¿qué tiene que ver todo esto con tu familia?

—Ahí viene la parte complicada —dijo, con una sonrisa socarrona.

— ¿No puedes contarme nada? —le pregunté. Empezaba a sospechar que, si hubiera sido un poco más lista, era muy probable que a aquellas alturas lo hubiera tenido ya todo hilvanado. Y que lo más seguro era que Darién se sintiese frustrado al ver que yo era incapaz de seguir las pequeñas pistas que iba dejándome.

—Les gustas —apuntó amablemente.

—Sí, ya lo he visto. Creo estar en posición de poder afirmar que Endimión es un gran admirador mío —dije en tono burlón, y él se limitó a fruncir los labios.

—Es complicado, muy complicado, de verdad, serena. Pero... —Volvió a suspirar—. Sí, es todo lo que puedo decir.

—Pero ¿Por qué? —le pregunté. Ya habíamos estacionado delante de mi casa tras realizar el recorrido en un tiempo record. Se quedó mirándome, serio pero con expresión cariñosa—. ¿Por qué no puedes contarme más?

— ¿Quieres que te diga la verdad?—Darién se mordió el labio y adiviné el enorme debate interno que estaba librando —.por qué me gustas demasiado.

— ¡Esto no tiene ni pies ni cabeza! Si te gusto, deberías ser abierto y sincero conmigo. Es lo que se suele hacer. Así es como funcionan las cosas —dije. Su mirada era un reflejo del conflicto y el dolor en los que estaba sumido y me dio la impresión de que ya casi lo tenía, pero entonces bajó la vista e hizo un gesto negativo.

—Ayer vi la cara que ponías. —Su voz sonó terriblemente congestionada—. No quiero que vuelvas a mirarme así nunca más.

— ¡No lo haré! —insistí, pero ambos sabíamos que no podía estar segura de ello. No tenía ni idea de qué era lo que Darién me ocultaba y, en consecuencia, no podía prometerle cómo reaccionaría ante ello.

—Es tarde.

—De acuerdo, dejémoslo así. —Abrí la puerta del coche—. Lo he pasado muy bien y espero que podamos repetirlo pronto.

—Dulces sueños —dijo Darién, sonriéndome, y, a pesar de mi frustración, le devolví la sonrisa.

— Igualmente.

Cuando llegué a casa, seguía esforzándome por no llorar.

Endimión me había mirado, nada más, pero su mirada había resultado devastadora. Sentía en mi interior una insistencia apabullante que me empujaba a desearlo, pero me negaba a escucharla.

Yo le gustaba a Darién y a lita, seguramente más de lo que debería gustarles, y a mí me gustaban ellos, sin duda más de lo que debería gustarme, y con eso había suficiente. ¡Más que suficiente! ¿Por qué tendría que ser tan codiciosa?

— ¿serena? —sami dijo con timidez, sacándome de mis cavilaciones. El piso estaba casi a oscuras y no me había dado cuenta de que mi hermano estaba sentado en el sofá esperándome. Me había quedado apoyada en la puerta — ¿Te encuentras bien?

—Sí, estupendamente. —Tragué saliva y me acerqué al sofá. Sami acababa de dirigirme la palabra, y eso era estupendo. Alejé a Endimión y a Darién de mi cabeza y me senté a su lado.

— ¿Lo has pasado bien? —me preguntó sami, y asentí rápidamente.

—Sí, mucho. ¿Y tú?

—No ha estado mal—dijo, acompañando sus palabras con un gesto de indiferencia.

―Lo siento. Todo lo que te he dicho hoy. —No estaba segura de que fuera eso lo que tenía que decirle, o de si al decirlo le estaba dando quizá la impresión de que me daba lástima por ser gay. Pero ya era demasiado tarde y no me quedaba otro remedio que enfrentarme a su reacción.

―No, no lo sientas. —Se atusó el pelo castaño y apartó la vista —.Cuando te he pregunta si te quedarías en casa esta noche, estaba enfadado. Pero sólo porque últimamente estás siempre fuera, y la otra noche, cuando pensaba que te quedarías en casa y cenarías conmigo, te fuiste también. No nos vemos mucho. Y te echo de menos.

―¡Oh, sami, cuánto lo siento!—Se me llenaron los ojos de lágrimas.

Mi hermano simplemente me echaba de menos y yo me había portado fatal con él. Había estado saliendo mucho por culpa de Darién y en ningún momento me había parado a pensar cómo podría sentarle a sami tanta salida. No, eso no era cierto. Sí que lo había pensado... y me había dado igual. Había sido la peor hermana del mundo. De verdad.

―Déjame terminar—intervino sami, sin levantar la voz —. Pero... sí, tenías razón. Darién me atrae. Y los chicos en general. Pero no sabía cómo decírtelo, ni siquiera cómo decírmelo a mí mismo, supongo. Por eso he estado tan distante últimamente.

—Sabes que te quiero, ¿lo tienes claro? —Lo abracé. Se retorció un poco, pero se dejó abrazar — ¡Siento mucho haber estado ausente! ¡Te prometo que pasaré más tiempo contigo!

—No tienes por qué hacerlo. —Se desembarazó de mi abrazo, pero se quedó a mi lado.

— ¡Ya lo sé! ¡Pero quiero hacerlo! Yo también te he echado de menos. Y lo siento mucho por todo.

—Deja ya de disculparte —dijo sami con amabilidad—. Tampoco es que hayas actuado tan mal.

—Pero aun así, me siento fatal.

—Sí, eso ya lo veo. —Sonrió, e incluso río un poquito.

—Mañana saldremos juntos. Te lo prometo.

—De acuerdo. —sami bostezó —. Tengo que irme a la cama. Ya hace rato que debería estar durmiendo. —Se levantó y se encaminó a su habitación.

— Muy bien—dije, asintiendo, y triste porque necesitara acostarse ya —. Oye, sami. Te quiero.

—Lo sé. —Y desapareció en la oscuridad de su habitación. Yo entré en la mía y me puse el pijama.

Me acurruqué bajo el edredón y, por primera vez en mucho tiempo, lloré hasta quedarme dormida.