Capitulo 8
En el instituto, mina se pasó el día metiéndose conmigo y luego me dijo no sé cuántas veces que tenía muy mala cara. Estoy segura de que todo se debía a lo mal que había dormido y a los extrañísimos sueños que había tenido y que ahora apenas podía recordar. Eran en su mayoría una confusión de imágenes imposibles de descifrar, excepto una que tenía muy clara: los ojos de Endimión abrasándome.
Era evidente que no podía explicarle a mina nada de todo aquello. Seguía costándole un montón no mencionar a Darién, y por eso yo tenía que evitar hablar de él.
Para consuelo mío, sami volvía a ser el de antes. Cuando llegamos a casa, se puso a hablar a cien por hora sobre una nueva receta que quería poner en práctica.
La noche anterior ni siquiera me había acordado de cenar, y a la hora del almuerzo estaba aún demasiado cansada y confusa como para que me entrase algo. Pero en cuanto me encontré sana y salva en casa, escuchando a sami recitar una lista de ingredientes a cuál más apetitoso, recuperé el hambre al instante.
Fuimos al supermercado a comprar lo que necesitaba, pero estaba tan hambrienta que me comí allí mismo una pera. A pesar de que insistí en pagarla (y lo hice), la situación hizo que sami se sintiese de los más incómodo.
Volver con la compra a casa era siempre una aventura, pues teníamos que subir al autobús cargado hasta los topes de bolsas. Me encantaría que mi madre tome por fin una decisión de comprar un coche, pero no creo que entre de momento en sus planes.
Darién no me había enviado aún ningún mensaje y me esforcé por fingir que me daba lo mismo. Pero durante la preparación de la cena, mientras intentaba ayudar a sami en la cocina, estuve luchando constantemente contra la necesidad de mirar el móvil, que guardaba en el bolsillo, para comprobar que estuviera encendido o que no me hubiera llegado un mensaje de Darién sin que me hubiera dado cuenta de ello.
Después del accidente del corte en el dedo (que por lo visto había sido de cierta importancia pues aún me veía obligada a llevarlo envuelto en una tirita), sami delegaba en mí sólo los trabajos sencillos, como lavar las verduras, pesar y medir los ingredientes y untar el pan con mantequilla.
La cena estaba exquisita. Nos sentamos a la mesa y lo devoramos todo.
Mi madre se despertó y le ofrecimos un plato, pero negó con la cabeza y se largó pitando. En todo el día la habríamos visto unos diez minutos en total, aunque creo que, si hiciésemos cuentas, comprobaríamos que la veíamos una media de una hora a la semana.
—De verdad, tendrías que ir a un escuela de cocina—le dije a sami—. Eres estupendo. Tendrías que dedicarte a esto profesionalmente.
Seguíamos sentados a la mesa, yo con una pierna doblada junto a mi pecho, una posición que me resultaba más incómoda cuanto más comía. Ya había rebañado un plato y estaba empezando con un segundo, pero la comida que me entraba por la vista era más de la que mi estómago era capaz de admitir.
—Lo he estado mirando un poco—dijo con un gesto de indiferencia que hacía gala de su habitual modestia. Sami nunca se había creído bueno en nada, por mucho que yo le dijera—. No sé.
—Aún tienes unos años para pensar, pero eres demasiado bueno para que el mundo no conozca tus habilidades. –Comí otro bocado, pero mi estómago protestó con vehemencia. Me obligué a retirar el plato, consciente de que si seguía comiendo acabaría explotando.
— ¿Y tú? Tú vas a graduarte antes que yo. ¿Qué tienes pensado?—sami me devolvió la pelota y me agité en la silla, incómoda. Mi hermano conocía muy bien las notas que sacaba e intentaba constantemente que habláramos sobre mi futuro, cosa que yo evitaba en la medida de lo posible.
—No lo sé. –Últimamente, con todo el lío de Darién, había empezado a mirar con otros ojos los estudios paranormales y biología—. Tal vez me decante por alguna rama de la medicina. –Lo había dicho en broma, pero sami asintió, como si aquello tuviera todo el sentido del mundo.
—Te imagino de psiquiatra—dijo sami—. Me refiero a que no te veo con nada que tenga que ver con sangre o con quirófanos.
—No, eso queda descartado, desde luego—reconocí rápidamente. Cuando vi la herida de Darién y toda aquella sangre, me costó mucho reprimir el impulso de vomitar—. Pero tampoco me veo como psiquiatra.
— ¿No?—Levantó una ceja, como si para él fuese mi salida profesional más evidente—. Sabes escuchar y te encanta descifrar la personalidad de la gente. Para ti, todo el mundo es como un rompecabezas y siempre intentas encajar las piezas.
—Supongo que tienes razón. —De hecho, era lo que venía haciendo en las últimas semanas, pero no me había dado cuenta de ello hasta el momento en que sami lo articuló de aquella manera.
—Has adivinado que soy gay—dijo sami en voz baja y sin levantar la vista, por lo que entendí que aún se sentía incómodo hablando del tema.
— ¿Desde cuándo lo sabes?—Volví a acercarme el plato, pero me limité a darle vueltas a la comida. Estaba tan llena que era incapaz de comer nada más, pero cuando me siento incómoda me gusta mantener las manos ocupadas en alguna cosa, y aquello era mejor que morderme las uñas.
—No lo sé. –Emitió un pequeño suspiro y me pregunté si debía cambiar de tema, pero entonces sami siguió hablando—. Sospecho que… desde siempre. Me refiero a que cuando me enteré de lo que era un gay, me dije: «a lo mejor» es eso. Pero en realidad, fue cuando vi a Darién. –Se ruborizó con fuerza, con la mirada fija en el suelo—. Ja más me había sentido tan atraído por nadie.
—Sí, con Darién suele pasar. –No pretendía consolarlo con aquella declaración, pero mis palabras sonaron como si me sintiera exasperada.
—Pero tú no sientes esa atracción. –Sami me miró entonces, con una expresión entre confusa e incrédula—. ¿Cómo es posible?
—Me atrae, por supuesto—le expliqué lo mejor que pude—. Pero no quiero sexo con él. –Entonces recordé cómo lo había visto la noche anterior, deslizándose a pecho descubierto en el interior de la bañera de hidromasaje.
—Sin embargo…—sami se agitó con inquietud, inseguro de sí mismo—. No me gustaría parecer grosero, pero yo sólo pienso en eso.
—Eso no es grosero—repliqué al instante, pero después me retracté—. Sí, quizá suene un poco grosero, pero sólo porque eres mi hermano pequeño. No por lo de ser gay.
—Incluso mina se volvió loca por él, y ella nunca se vuelve loca por nadie excepto por sí misma. –Esperaba una explicación por mi parte, pero carecía por completo de ella.
—Yo tampoco lo entiendo—le confesé por fin—. No entiendo ni siquiera qué le ven. Sí, ya lo sé, es atractivo, gracioso y todo lo que quieras…—Me interrumpí, al darme cuenta de que tal vez yo también sentía por Darién lo que
Ellos sentían, pero entonces, de repente, me acordé de Endimión—. Anoche conocí a su hermano.
— ¿Y?—sami se me acercó con los ojos brillantes.
—Y nada. Es guapísimo, increíblemente guapísimo, pero me odia. –Me encogí de hombros, intentando fingir que no me importaba, y me puse de nuevo a juguetear con la comida del plato.
— ¿Te odia? ¿Por qué? —Mi hermano no podía creer que alguien fuese capaz de odiarme. Tal vez fuera más agradable de lo que me imaginaba.
—La verdad es que no lo sé. –Me dolía incluso físicamente recordar la mirada que me había lanzado Endimión cuando salí de la bañera de hidromasaje. Antes me echaría bajo las ruedas de un camión que tener que soportar otra mirada como aquella—. Creo que ni siquiera tuve oportunidad de dirigirle la palabra.
—Y entonces ¿cómo sabes que te odia?
—Si hubieses visto cómo me miraba…—Me estremecí sólo de pensarlo y decidí que ya habíamos hablado bastante de Endimión y Darién. Me levanté para recoger la mesa.
—No entiendo, serena—murmuró sami cuando recogí el plato.
—No hay nada qué entender—repliqué con ligereza.
Cuando él cocinaba, yo solía encargarme de recoger las cosas y lavar los platos, pero aquella noche sami me ayudó. Luego se puso a hacer sus deberes y se me ocurrió que una buena ducha me sentaría de maravilla. Pero cuando entré en el cuarto de baño, me encontré la cesta de baño de la ropa sucia llena a rebosar y descubrí que no nos quedaba ni una toalla limpia.
Sami tenía un montón de deberes, y pensaba hacerlos, de modo que me ofrecí voluntaria para ir a la lavandería. Cargué la ropa que pude en las tres bolsas gigantescas que destinábamos a ese fin y realicé la atroz caminata de una manzana y media que nos separaba de la lavandería. El casero había prometido en su día que instalaría una lavadora en el sótano del edificio, pero por el momento no había cumplido su palabra.
Llené cuatro lavadoras de ropa (la cantidad máxima permitida por persona) y me instalé en una de aquellas rígidas sillas de plástico dispuesta a observar cómo la ropa daba vueltas y más vueltas durante una hora. Acababa de empezar un cuestionario publicado en Cosmopolitan (« ¿Satisfaces a tu hombre en la cama? », el cuestionario perfecto para una virgen soltera), cuando empezó a sonarme el móvil en el bolsillo.
« ¿Qué haces? », decía el mensaje de Darién.
«Lavando la ropa»
« ¿Te gustaría hacer algo? », respondió Darién.
Iba vestida con un pantalón de chándal con cinturilla de cordón, una camiseta descolorida con un pato de una serie de dibujos animados y una sudadera abierta de color azul marino, el maquillaje había desaparecido casi por completo y llevaba el pelo recogido en una cola de caballo. Le encantaría verme así.
«Ya estoy haciendo algo. En la lavandería. Y así seguiré hasta el fin de los tiempos», le escribí como respuesta.
«Por suerte para ti, eso me parece estupendo. ¿Te importa si voy? »
« ¿Por qué no? » Como le había dejado claro a sami, no me sentía atraída sexualmente hacia Darién. ¿Qué importancia tenía, por tanto, que me viera con aquella facha?
«Estupendo. En seguida estoy ahí. »
«Pero ¿sabes dónde es? »
Esperé diez minutos a que me respondiera, pero caí en la cuenta de que debía de estar en camino.
No tenía ni idea de cómo, pero sabía dónde estaba, igual que supo el número de piso sin que yo se lo dijera. Lo sabía todo, y aquello me volvía loca.
Unos minutos después sonó la campanilla de la puerta de la lavandería y ni siquiera tuve que levantar la cabeza para saber que era Darién. Unas sillas más allá de donde estaba yo sentada, había una chica india que sofocó un grito al verlo entrar.
—Muy buenas. –Darién se dejó caer en la silla que tenía a mi lado. Iba vestido con una sudadera con imágenes del videojuego Space Invaders y sus habituales bermudas. Su pelo color arena más alborotado de lo normal y me regaló una de sus luminosas sonrisas.
— ¿Cómo has sabido dónde estaba? –Hacía ya tiempo que mi tono de voz había dejado de ser acusador. Cuando le preguntaba cosas, lo hacía por pura curiosidad y porque me hacía gracia; además, siempre esperaba un silencio por respuesta.
—Has sido tú quien me has dicho dónde estabas. –Se quedó mirándome como si yo fuera una idiota, algo que en cierto modo resultaba adulador.
—No. Te he dicho que estaba en una lavandería. Y en esta ciudad hay un millón de lavanderías—puntualicé.
—Ésta es la que queda más cerca de tu casa, y además no conduces. –Su respuesta me sorprendió porque tenía sentido. No escondía nada raro ni vagamente paranormal. Se sentó de cara a las lavadoras y se cruzó de piernas, acomodándose para una larga espera—. En mi casa tenemos lavadoras y secadoras.
—Pero yo no vivo en tu casa—dije, en lugar de hacer un comentario sobre el plural que había aplicado a la lavadora y a la secadora. Conociéndolos, era probable que tuvieran un juego por habitación, tantos como cuartos de baño, chimeneas y balcones.
—Podrías habérmelo dicho y haber venido a mi casa para lavar la ropa—dijo Darién—. Lita se quedó encantada contigo.
—También yo quedé encantada con ella. –Y no pensaba decir nada más sobre el tema. Lo último que deseaba era hablar con Darién sobre Endimión. No me gustaba tener que reconocer delante de Darién lo atraída que me sentía hacia él—. Pero eso no explica que supieras dónde estaba mi casa.
— ¿A qué viene eso ahora? Que le gustaras a lita no tiene nada que ver con dónde vives.
—No, me refiero a que siempre sabes dónde estoy. –Me quedé mirándolo, y Darién negó con la cabeza.
—No soy vidente.
— ¿Y cuándo me llevaste a casa la primera noche? Yo iba dormida. ¿Cómo supiste dónde vivía?
—Me lo dijo mina. –Seguía mirando al frente, y me pregunté cuándo se cansaría de mi chorreo constante de preguntas.
Sabía que una pareja de amigos normal y corriente no se interrogaba nunca de aquella manera, pero había que tener en cuenta que los amigos normales y corrientes no se comportaban como Darién.
— ¿Y por qué tendría que habértelo dicho?
—Porque se lo pregunté—respondió Darién, mirándome de nuevo como si yo fuera idiota.
— ¿Crees que si llamara para preguntárselo me corroboraría eso?—dije desafiándolo, e incluso saqué el teléfono como si estuviera dispuesta a llamarla.
(En realidad no pensaba hacerlo, porque estaba evitando por encima de todo hablar con ella sobre Darién, o sobre cualquier cosa, de hecho.)
—No sé lo que te diría ella, pero es la pura verdad. –Me sonó muy sincero. A pesar de que Darién no me contaba nada, nunca me mentía.
— ¿Y cómo supiste cuál era mi piso la noche que viniste a cenar?—le pregunté.
—Véase mi respuesta a la última pregunta.
— ¿Mina te dijo hasta el número de mi apartamento?—pregunté con escepticismo. Me parecía demasiada información sobre tu mejor amiga inconsciente para dársela a un perfecto desconocido, aunque hay que tener en cuenta que en aquel momento mina estaba locamente enamorada de él.
—Por supuesto—dijo Darién, con un gesto de indiferencia—. Tú estabas grogui. Pensé que incluso tendría que subirte en brazos.
— ¿Me abrías subido en brazos hasta mi casa y me habrías acostado en la cama?—Lo miré con el ceño fruncido. Cuando pronuncié aquello en voz alta pretendía que sonase terriblemente escalofriante, motivo por el cual lo había pronunciado en voz alta. Quería que resultara lo más escalofriante posible, pero no fue así. Fue como si aquello fuera lo más natural del mundo—. Si acababas de conocerme…
— ¿Te habría molestado si lo hubiera hecho?—me preguntó Darién con sinceridad.
—Lo habría encontrado muy peculiar. –Esquivé a propósito responder la pregunta—. Y tú tienes demasiados secretos para lo mucho que sabes de mí.
—Supongo que sí—dijo entre risas, y se volvió para mirarme—. ¿Vendrás otra vez a mi casa?
—No lo sé—dije, dubitativamente. Debió de intuir mi reticencia porque me dio un codazo—. Esta noche no puedo. Estoy haciendo esto y mañana tengo instituto.
—Mañana entonces, cuando salgas de clase. –No era exactamente una orden, pero tampoco era una pregunta—. Andreu estará en casa.
Me tensé de arriba abajo. Después de reaccionar como había reaccionado con Endimión, me aterrorizaba descubrir cómo reaccionaría frente a su otro hermano. Tal vez fuera peor incluso, y aunque no lo fuera, no quería correr el riesgo de desear al marido de lita. Sería una situación embarazosa y me parecería una traición.
—Le gustarás. Confía en mí. –Entonces bajó la voz y se me acercó—. No será como con Endimión.
— ¿Cómo lo sabes?—le pregunté muy seria, aun sin saber ni yo misma si estaba preguntándole cómo sabía lo que había sentido con Endimión, o cómo sabía que esta vez sería distinto.
—Lo sé. –Y volvió a darme un codazo, bromeando—. Sabes muy bien que lo sé. No comprendo por qué tienes siempre que discutirlo todo.
—Imagino que es cosa de mi carácter.
— ¿Y eso qué es? –Vio el ejemplar de Cosmopolitan que tenía en la falda y, antes de que pudiera impedírselo, me lo arrancó de entre las manos. Y lo había dejado abierto justo por el cuestionario que estaba haciendo para entretenerme.
— ¿A qué hombre satisfaces en la cama? Y lo de la pregunta cuatro… ¿de verdad haces eso?—me preguntó Darién con una carcajada. Me lanzó una mirada que era a la vez de horror y de admiración e intenté recuperar la revista, pero él era demasiado rápido para mí— ¡No tenía ni idea de que eras de ese tipo de chicas, serena! ¡Esto cambia por completo la opinión que tenía de ti!
— ¡Estaba aburrida! –Por fin conseguí arrancársela. Se rio con ganas de mi humillación y me limité a negar con la cabeza—. Ja, ja. Muy gracioso.
—Sí que lo es—dijo Darién cuando sus risas se apagaron. Se recostó en la silla y extendió los brazos sobre el respaldo, dejando uno de ellos detrás de mí—. Pero la verdad es que sé exactamente el tipo de chica que eres.
— ¿Ah, sí?—pregunté intrigada—. ¿Y qué tipo de chica representa que soy?
—Oh, ya lo verás—dijo Darién, acompañando con una sonrisa su críptica respuesta.
—Según tú, este tipo de cosas me vuelve loca, ¿no? –Le lancé una mirada, y él se echó a reír, confirmando mis sospechas.
Darién esperó conmigo a que se acabara el lavado de la ropa. Para pasar el tiempo, hicimos unos cuantos cuestionarios de Cosmopolitan (aunque me negué a responder cualquiera que tuviera que ver con sexo) y un crucigrama en el periódico que Darién respondió con una habilidad tremenda. Era la persona más inteligente que había conocido en mi vida, pero se arreglaba para mantenerlo en secreto.
Cuando el lavado estuvo terminado, cargó las tres bolsas hasta el Jeep. Se ofreció a subirlas a mi apartamento, pero pensé que era mejor que sami no lo
Viese. El efecto que Darién ejercía solía ir desvaneciéndose con el tiempo si no había más contacto.
Antes de entrar en el edificio, me recordó que al día siguiente me recogería a las seis y que, me gustara o no, iba a pasar la velada con su familia.
