Capítulo 9

Mina siempre había sido obsesa de la ropa, pero de repente también yo tuve la sensación de que en mi armario no había ropa suficiente. De hecho, no era tanto cuestión de cantidad como de que todo me parecía horroroso. Había lavado ropa, lo que significaba que todas mis pertenencias estaban limpias y bien dobladas o colgadas, pero nada me parecía adecuado. En el momento en que sonó el teléfono, debía de llevar ya más de cincuenta cambios de vestuarios.

—Lo sé, lo sé –dije jadeando al levantar la llamada.

—Solo quería asegurarme de que no me plantabas –dijo Darién. Por suerte, parecía más sorprendido que enfadado –Estoy fuera esperando.

—Salgo en un minuto. –colgué el teléfono y corrí hacia el espejo para echarme un último vistazo. Sami, que había sido mi asesor de imagen, estaba sentado en la cama entre las montañas de ropa que había ido descartando.

— ¿Darién? –me preguntó sami, tratando de sonar como si no le diera importancia al asunto.

—Exactamente –murmuré casi ausente, mientras trataba de alisar mi atuendo.

Al final me había decantado por un vestido azul oscuro tipo túnica que me llegaba justo por encima de las rodillas, unas medias opacas y unas bailarinas. No estaba segura de si iba lo suficientemente informar, o demasiado informal, o qué sé yo. Y en aquel momento me sentí como una estúpida y quise volver a cambiarme.

— ¡Esto es horroroso!

—Estás estupenda –dijo sami, regañándome. Seguro que estaba ya harto de mis gimoteos y de tantos cambios de ropa como había llevado a cabo durante las tres últimas horas. Quería causar buena impresión –Y Darién te está esperando. No tienes tiempo para cambiarte otra vez.

— ¿Me prometes que estoy bien? –le pregunté, mirándolo.

—Sí. Les encantarás. Y si no les gustas a ellos, a mí sí me gustas. ¡Y ahora vete! –sami se levantó y se dispuso a echarme de la habitación.

—Está bien –refunfuñé, pero sami siguió empujándome hasta la puerta de la casa.

Eché a correr hacia el coche de Darién antes de que me diera por cambiar de idea. Había venido a buscarme otra vez con el Jeep y me alegré ante la perspectiva de poder disfrutar de un paseo a una velocidad sosegada.

—Estás estupenda –dijo un sonriente Darién en cuanto entré en el coche.

—Que va – Moví el retrovisor para poder inspeccionarme en él. Me había pintado la raya más gruesa de lo habitual en mí, lo que proporcionaba un aspecto más dramático y maduro que me gustaba.

—De acuerdo, estás horrorosa –dijo Darién riendo, y salió zumbando.

— ¿Te importaría ir más despacio? –Con los nervios. Se me subió el estómago a la boca y se me ocurrió que podría fingir fácilmente que estaba mareada, ya que aquello no se apartaba de la verdad. No me atraía en absoluto la idea de llegar a nuestro destino en diez segundos.

— ¿Tan nerviosa estas? –Me di cuenta de que Darién estaba sinceramente preocupado, y aflojó un poco.

—No –mentí.

Devolví el retrovisor a su lugar y me hundí en el asiento. Temía el encuentro con Andreu, y temía asimismo ver de nuevo a Endimión, aunque por otro lado me excitaba la idea de coincidir otra vez con él. Odiaba aquella capacidad que parecía tener mi cuerpo engendrar emociones tan contradictorias.

—No es tan terrible. Andreu te encontrará encantadora.

— ¿Quieres dejar ya de convencerme de que todo el mundo me encuentra encantadora? –Le solté—Al final me volverás paranoica.

—Eso que has dicho no tiene ningún sentido –Darién me miró de reojo, sentada a su lado petrificada, y suspiro –Lo de Endimión no tuvo importancia.

—No quiero hablar de Endimión –replique apretando los dientes, pero no era eso exactamente lo que pensaba. Lo que sucedía era que no podía hablar de él. El corazón se me desbocó sólo de pensar en Endimión. Era como si en el Jeep no hubiera oxígeno suficiente para respirar.

Darién se dio cuenta de que no tenía ganas de hablar y puso música. Sonaron los Smashing Pumpkins, cantando algo sobre una bala con alas de mariposa.

A pesar de haber disminuido la velocidad, el recorrido hasta la casa de Darién transcurrió con rapidez. Cuando estacionamos en el garaje, mi corazón

Latía de tal manera que estaba segura de que iba a morir de un momento a otro. Pensé en comentárselo a Darién, pero su expresión seria me dio a entender que lo sabía de sobras.

—Tienes que calmarte, serena –Me tocó la mano para tranquilizarme y, sorprendentemente, funcionó.

— ¿Qué es esto? ¿Otro de tus superpoderes? –le pregunté en cuanto noté que mi corazón ya no iba a explotar.

— ¿Qué? –Darién seguía serio, pero vi las comisuras de su boca torciéndose en una sonrisa cuando me oyó pronunciar la expresión «superpoderes».

—Lo de tranquilizarme o lo de hacerme sentir lo que tú sientes. –Esperaba que eludiese la pregunta o que me respondiera con uno de sus típicos gestos de indiferencia, pero se puso más serio si cabía y arrugó la frente.

— ¿Qué sientes lo que yo siento? –Ladeó un poco la cabeza, mirándome con curiosidad.

Había muchas probabilidades de que yo estuviera exagerándolo todo. Darién era carismático y excitable, de modo que sus emociones acababan siempre dominando la situación. Pero eso no significaba que yo sintiera lo mismo que él sentía.

—No en sentido literal, claro. Es sólo que cuando te propones tranquilizarme, suelo tranquilizarme. O lo del otro del otro día cuando te pusiste tan nervioso con lo de aquel perro…; sentí que te tensabas y por eso me asusté tanto. Pero seguramente es lo que le sucedería a cualquiera.

—Hummm… —No lo vi muy convencido. Retiró la mano y abrió la puerta de Jeep –Pues ya que ahora te sientes tranquila y feliz, entremos antes de que se te pase el efecto.

—Buena idea —dije, y bajé del coche.

— ¿Me estás diciendo que de verdad se pasa el efecto? —Corrió a mi lado, y me sentí realmente extraña situada en el otro lado de aquel juego de preguntas y respuestas al que constantemente jugábamos. Rodeé mi cuerpo con mis propios brazos y me encogí de hombros –No, en serio. No comprendo cómo funciona eso que dices.

—Tampoco lo comprendo yo. Simplemente daba por sentado de que tú sabías de qué te estaba hablando –Habíamos llegado a la puerta que daba acceso a la casa y Darién se detuvo con la mirada perdida.

—A menos que…

— ¿A menos que qué? –le pregunté.

—Nada –Negó con la cabeza, queriendo olvidarse del tema.

— ¡Darién! –dije en tono de protesta, y me sonrió.

—Ya te lo contaré luego –Eso era toda una novedad, y me sorprendió.

— ¿De verdad? –Y antes de que pudiera seguir discutiendo, Darién abrió la puerta y entró a la casa – ¡Hola, cariño, ya estamos en casa!

— ¡Endimión, sujeta a luna! –gritó lita desde otra habitación, y me encogí de miedo de sólo pensar que Endimión estaba en un lugar tan cercano. Lita apareció corriendo en el vestíbulo con los brazos abiertos para recibirme – ¡serena! –Me abrazó con fuerza – ¡No sabes cómo me alegro de que estés aquí!

—También yo –le dije, y me sorprendí a mí misma al darme cuenta de que se lo decía con total sinceridad.

—Oye, que yo también he llegado –dijo Darién cuando lita me soltó. Lo decía en broma, pero lita lo abrazó de todos modos –Gracias.

—Sabes que siempre nos alegra tenerte aquí –dijo lita, sonriéndole.

—Sé que tú te alegras de tenerme aquí –la corrigió Darién, y una nueva sensación de miedo se apoderó de mí. A lo mejor Darién no les caía bien ni a Endimión ni a Andreu, lo que se traducía en que, de ser ése el caso, yo no tenía la más mínima posibilidad.

Luna irrumpió de repente en la estancia, pero Darién le cortó el paso y la perra se arrojó feliz a sus brazos. Aquel animal debía de pesar unos cuarenta kilos, pero Darién lo cogió en brazos con enorme facilidad. Sabía que, al final, llegaría un momento en que tendría que dejar de quedarme atónita por todo lo que él hacía.

— ¡Endimión! –gritó lita en dirección a otra habitación, donde Endimión permanecía escondido.

— ¡Se me ha escapado! –dijo Endimión, y su voz sedosa caló en mi cuerpo. Si aquel chico tenía aunque sea la mitad de la fuerza de Darién, no le habría costado nada retener a luna. La había soltado, en cierto modo, para fastidiarnos.

—Endimión –retumbó otra voz. Era una voz más profunda que la de Darién o la de Endimión, y resonó de una manera que me hizo ruborizar. Sonaba con desaprobación, y supe al instante que de haber sido yo el blanco de su ira, me habría desmayado a buen seguro allí mismo.

—Lo siento –farfulló Endimión.

—Es Andreu –me dijo lita, sonriendo con orgullo por el simple hecho de mencionar el nombre de su marido.

Darién dejó en el suelo a luna, que le había llenado la cara de babas, y la perra se marchó. Lita me tomó por el brazo, y comprendí que se moría de ganas de presentarme a Andreu, por lo que la dejé conducirme hacia la habitación contigua.

—No da miedo, de verdad –Me aseguró Darién secándose la cara con el dorso del brazo.

Entramos en el salón y, en cuanto lo vi, mis temores se desvanecieron. Lo primero que pensé fue que parecía un ángel. Era más alto que Darién y Endimión pero, a pesar de su altura, no parecía cernirse de forma amenazadora sobre nadie.

Como me imaginaba, era guapísimo. Llevaba una camisa de vestir blanca con las mangas remangadas y el cuello desabrochado, lo que dejaba entrever su bronceado pecho. Sus ojos eran de color caoba e infinitamente cálidos. Su piel estaba morena como la de Endimión y su pelo tenía mechones rubios.

Rondaba los treinta años y tenía un aspecto fabuloso, aunque, por otro lado…, parecía viejo. Sus ojos dejaban en evidencia que era una persona mucho más experimentada de lo que le correspondía por edad.

—Y tú debes de ser serena –su voz profunda avanzó cálidamente hacía mí, provocándome escalofríos de placer.

Había algo en su voz…, algo que ya había captado cuando pronunció el nombre de Endimión pero que no conseguiría ubicar hasta que hablara un poco más. Tenía un ligero acento, tal vez irlandés o australiano, aunque no podía afirmarlo con seguridad porque era muy sutil. Se acercó para estrecharme la mano y entonces fue cuando caí en la cuenta.

Andreu tenía cierto acento, pero Endimión y Darién no. A lo mejor la explicación estaba en que Andreu había nacido en otro país, o en que los otros dos hermanos eran demasiado pequeños cuando se marcharon de allí como para llegar a adoptar aquel acento.

Pero también el color de sus ojos era muy diferente, completamente distinto al de sus hermanos. Los de Andreu eran marrón oscuro; los de Endimión, de un azul increíble, y los de Darién tenían un cálido tono azul. No parecían hermanos.

—Y tú debes de ser Andreu –dije.

Sujetó mi mano entre las suyas y me sonrió con tanta calidez que pensé que iba a fundirme. Con el rabillo del ojo vi a Endimión en una esquina, lanzándonos una extraña mirada, e intente ignorarlo.

—He oído hablar mucho de ti –Me soltó la mano y retrocedió un paso para situarse a una distancia correcta. Lita, que permanecía plantada a mi lado, había empezado de nuevo a acariciarme el pelo. En seguida comprendí que era como si estuviera enorgulleciéndose de mí.

—Cosas buenas, espero –dije en voz baja. Era una respuesta de lo más vulgar, pero no se me ocurrió nada mejor.

Al haberse echado hacia atrás, Andreu ya no me tapaba la visión como antes y no pude evitar lanzarle una mirada a Endimión, que a su vez me miraba. Estaba de pie, con un hombro apoyado en la pared y los brazos cruzados. Vestía unos vaqueros ceñidos y una camiseta negra, y resultaba tan atractivo que me costó retornar mi mirada a Andreu, que de pronto había dejado de parecerme tan maravilloso.

— ¿No la encuentras encantadora? –preguntó lita efusivamente, rodeándome con el brazo. Sus atenciones resultaban aduladoras, pero muy extrañas a la vez. Lita me trataba como si yo curara el cáncer o caminara sobre el agua, cuando lo único que había hecho era ir a visitarlos a su casa.

—Lo es –dijo Andreu, y al tener la sensación de que estaba evaluándome, enderecé un poco la espalda –Pero ya sabías que lo sería.

No entendí qué quería decir con aquello, y deseaba con todas mis fuerzas preguntárselo, pero sabía que tendría que esperar hasta que nos fuéramos de allí y estuviera a solas en el coche con Darién.

—No es más que una chica –dijo Endimión en tono burlón, haciéndome picadillo.

Me vine físicamente abajo, pero intente que mi expresión se mantuviera imperturbable. Andreu se volvió para lanzarle una mirada a Endimión, que se limitó a apartar la vista y a pasar el peso de su cuerpo a la otra pierna.

—Endimión –dijo, aunque no con desaprobación. Simplemente dio la impresión de que no comprendía su comentario.

—No es necesario que la exhibas –murmuró Endimión. Se negaba a mirarme, pero si lo hacía de soslayo en dirección a Andreu –Ha venido. Ya lo he captado.

—Tan sólo estaba presentándosela a Andreu –le explicó lita, con un matiz protector en su voz.

—Disculpa la actitud de Endimión –dijo Andreu, volviéndose de nuevo hacia mí y sonriendo para disculparse –Me parece que ha perdido por completo la cabeza.

Endimión puso los ojos en blanco al oír aquello y me pregunté qué sería lo que le molestaba tanto de mi persona. Apenas había abierto la boca en su presencia. De hecho, casi no había hecho otra cosa que permanecer allí quieta sin decir nada ¿Por qué le resultaría tan ofensiva?

— ¿Sabes qué sería divertido? –preguntó Darién. Había permanecido cerca de mí, agachado en el suelo para poder acariciar a luna, que estaba tendida boca arriba para que él pudiera frotarle la panza.

—A nadie le gustaría jugar Guitar Hero –dijo lita con cierto tono de exasperación y lanzándole una mirada.

— ¡Pero si puedes tocar los Beatles! ¡Te encantaban los Beatles!

— ¿Ya estamos otra vez con eso? –preguntó Andreu, casi decepcionado.

—Ha comprado un equipo nuevo, o qué sé yo –me explicó lita cansinamente –No tengo ni idea. Ha sido durante estos dos últimos días.

— A lo mejor deberíamos dejar que jugaran los niños mientras tú me cuentas todo lo que me he perdido durante mi ausencia –Sugirió Andreu.

Lita se separó de mí y Andreu la enlazó por la cintura. Formaban la pareja perfecta y, no sé por qué, sentí una oleada increíble de celos. No porque deseara esta con Andreu, sino por lo evidente que resultaba que estaban hechos el uno para el otro. También a mí me gustaría estar hecha para alguien.

— ¿Has jugado alguna vez al Guitar Hero? –preguntó de repente Darién. Supuse que me lo preguntaba a mí, pero lo vi correr de pronto hacia la pantalla de plasma gigante que colgaba de la pared y poner en marcha la consola.

—Avísame si necesitas cualquier cosa –Me dijo lita, tocándome con delicadeza el brazo – Y cuando te hartes, no te preocupes por decírselo. Podría pasarse horas jugando, de modo que tendrás que ser tú la que digas basta.

Salieron del salón. Lita apoyaba la cabeza en el hombro de Andreu, y no pude evitar sentirme triste al verlos marchar. Endimión, curiosamente, no aprovechó su partida para desaparecer, sino que se quedó dónde estaba, echando chispas por los ojos.

— ¿Así qué? ¿Has jugado alguna vez? –me preguntó Darién, mirándome por encima del hombro.

Luna lo había seguido hasta donde Darién continuaba agachado para introducir el juego en la consola y conectar los mandos inalámbricos de las guitarras. Le acarició el cabello con el morro, babeando, pero a Darién no le importó ni se dio cuenta de nada.

—Una vez, en casa de un amigo –respondí. Mientras mina estaba en amores con un chico, yo me había quedado abajo en el salón jugando al Guitar Hero con su hermano de nueve años. Lo habíamos pasado genial.

—Fabuloso –dijo Darién

—No sé por qué obligas a la pobre chica a jugar contigo –dijo Endimión. Por una vez no habló como si estuviera molesto o asqueado, y me dio la sensación de que casi salía en mi defensa –Vas a machacarla.

—Soy el mejor jugador de Guitar Hero de todos los tiempos –Darién se sentía perdidamente orgulloso de sus logros, ¿y por qué siempre debería ser así? Poseía un talento asombroso que siempre minimizaba y era bueno, bueno de verdad con los videojuegos. Tenía su propio orden de prioridades.

—Por supuesto que lo eres –Le quité la guitarra de plástico y me pasé la correa por el hombro.

— ¿Qué canción quieres? –Empezó a desplazarse por la lista de canciones a tal velocidad que ni siquiera me daba tiempo a leerla, pero capté algunas que me gustaban.

—Mmm… ¿Qué tal Interpol?

—Buena elección –Me elogió Darién.

Era perfectamente consciente de que Endimión no me sacaba los ojos de encima y aquello me hacía sentir acomplejada. Su mirada no me parecía tan odiosa como antes, pero eso no cambiaba el efecto que provocaba en mí. Andreu había conseguido calmarlo un poco, y estaba eternamente agradecido por ellos. No soportaba que me odiase.

Unos cuantos rasgueos de guitarra después, y el juego se puso en marcha. El objetivo consistía en darles a los botones de colores del mástil de la guitarra al mismo tiempo que se encendían los botones de distintos colores en la pantalla, y eso era mucho más complicado de lo que podía parecer a simple vista.

Darién me había programado el nivel fácil, pero él era un experto y lo hacía todo volando. Endimión tenía razón. Entre los dos no había color. Apenas si logré terminar mi canción.

—Oh, ha sido brutal –dijo Endimión una vez terminada su interpretación.

Abandonó su puesto junto a la pared y se acercó a mí. El corazón me latía con tanta fuerza que no podía ni pensar. Vi que Endimión no me miraba a los

Ojos, y adiviné que era una decisión deliberada. Me tendió la mano y, de entrada, no entendí qué quería.

—Dame la guitarra. Darién necesita una buena patada en el culo.

—Tú la necesitas más que yo –dijo Darién en tono burlón.

Me pasé la correa por la cabeza, pero se enganchó en el pelo. Endimión alargó el brazo para ayudarme y su mano se posó sobre la mía.

Su piel no se parecía a la de los otros. Era suave como la de un bebé, pero ardía. Me recordó aquel día en que, de pequeña, toqué sin querer una alambrada electrificada, con la diferencia de que la piel de Endimión era agradable. De hecho, me dio una sacudida y vi sus ojos iluminarse, cruzarse con los míos un único segundo, con lo que entendí que él también la había sentido.

Desenredó rápidamente la guitarra y me la cogió sin decir palabra ni volver a mirarme.

— ¿Qué canción quieres? –le preguntó Darién a Endimión con un matiz raro en la voz.

—Elige tú –respondió Endimión. Parecía de lo más tranquilo, pero cuando me miró con el rabillo del ojo supe que aquel instante entre nosotros lo había sorprendido.

Débil y temblorosa, me dejé caer para hundirme en el mullido sofá. Luna comprendió que yo necesitaba compañía y se encaramó a mi lado, descansando su enorme cabeza sobre mi regazo.

Le acaricié las orejas y me dediqué a observar el desarrollo de la partida entre Endimión y Darién. Jugaban tan rápido que parecía humana mente imposible, aunque al instante recordé que seguramente ni Endimión ni Darién eran humanamente posibles.

Notaba aún el cuerpo electrificado por el contacto e intenté dilucidar si sería adecuado comentárselo a Darién. Por mucho que Darién y yo no estuviéramos saliendo, seguía resultándome extraño hablar con él sobre su hermano.

Endimión le ganó a Darién la primera partida y Darién pidió revancha. Continuaron jugando un rato, y Darién fue mirándome de vez en cuando para comprobar que seguía allí.

También Endimión me miraba, pero siempre de manera fugaz. Cada vez que me lanzaba una de aquellas miradas de soslayo, el corazón me daba un vuelco, y juraría que cada vez que el latido se aceleraba, Endimión y Darién se ponían tensos.

— ¿Ni siquiera la dejan jugar? –lita, con una expresión de horror en su rostro y las manos apoyadas en las caderas, acababa de aparecer en el umbral de la puerta. Andreu estaba a su lado, riendo entre dientes, como si nunca hubiera esperado otra cosa de los chicos.

—Ya ha jugado –replicó Darién, a la defensiva Pero no es demasiado buena.

—He tenido que poner a Darién en su lugar –dijo Endimión.

—Bueno, se acabó ya por hoy –les informó lita. Se acercó al sofá, empujó a luna para que bajara y se sentó a mi lado –debe de estar aburriéndose como una ostra.

—Estoy bien –le dije con una sonrisa. No había tenido tiempo de aburrirme. Observar a Endimión resultaba embriagador.

—Apaguen eso de todos modos –lita indico el juego con un gesto.

Darién refunfuñó pero obedeció. Endimión se pasó la guitarra por la cabeza, la dejó delante de la consola y se sentó en el sillón que había justo en el lado opuesto de donde yo me encontraba sentada.

—Es un juego divertido –dijo Darién, quejándose sin dirigirse a nadie en concreto, y se sentó en el suelo enfrente de mí. Luna cogió con la boca un juguete para morder hecho con cuerda gruesa y se lo acercó. Darién empezó a tirar de la cuerda y la perra gruñó feliz, meneando la cola.

—Y bien, serena, ¿Sigues en el instituto? –me preguntó Andreu. No me había dado cuenta de que se había sentado en un sillón próximo al lugar que yo ocupaba en el sofá.

Lita estaba acariciándome la melena, y pensé por un momento en los extraño de todo aquello. De estar tocándome cualquier otra persona, la habría rechazado, pensado que estaba loca. Pero con ella me resultaba perfectamente natural y reconfortante.

—Sí, estoy en el último curso –respondí

Andreu me miró como si me encontrase fascinante, y yo seguía sin comprender qué podía encontrar en mí de interesante una persona como él. Recordé lo que había dicho Endimión, que parecía que estuvieran exhibiéndome, y me sentí un poco así. Nada de aquello tenía sentido.

— ¿Y te va bien en los estudios? –preguntó Andreu.

—No mucho –reconocí. Era consciente de que podía mentirle, y en parte me moría de ganas de impresionarlo, pero sabía también que jamás les mentiría. No me parecía correcto.

— ¿Piensas seguir estudiando? –Andreu se recostó en su asiento, pero su actitud no era en absoluto de desaprobación. Simplemente estaba intentando comprenderlo todo y averiguar más cosas sobre mí. Dijera yo lo que dijera, no le molestaría, pues formaba parte de mí y, por un motivo que desconocía, todo lo relacionado conmigo le parecía bien.

—A lo mejor –Con timidez, decidí continuar –Estaba planteándome estudiar medicina.

Endimión rio entre dientes y movió la cabeza de un lado a otro.

—Claro que sí.

—De hecho, estaba pensando en psiquiatría –La risa de Endimión me había hecho subir los colores. Me apresuré a explicarme para que no me tomaran por tonta.

—Entiendo –dijo Andreu, asintiendo y mirándome fijamente –Tienes perspicacia.

— ¿Cómo puedes decir eso con esa cara tan seria? –Le preguntó Endimión a Andreu con incredulidad. Andreu se volvió hacia él y lo miro fijamente.

—Tiene sólo diecisiete años –razonó Andreu — ¿No te parece perspicaz para su edad? Y tiene que ser muy tolerante para no haberse peleado aún con ninguno de ustedes dos. Eso para mí significa paciencia y un buen caldo de cultivo para inteligencia.

Me ruboricé más si cabía después de aquel cumplido y bajé la vista. Nunca me habían hablado de aquella manera.

—No –La voz de Endimión sonó de nuevo dura y le lanzó a Andreu una mirada llena de intención, que aquél le devolvió sin alterarse — ¡Es demasiado joven! Y es demasiado… —Decidió no terminar la frase, se levantó de repente y salió del salón.

— ¡Endimión! –refunfuño Darién, que se levantó también para correr tras él.

—Déjalo, Darién –dijo Andreu, pero Darién negó con la cabeza y desapareció.

—Es mejor no hacerle caso –me susurró lita al oído. Empezó entonces a trenzarme el pelo, algo que ni siquiera mi propia madre me había hecho nunca, y trató de consolarme –él es así.

—Pero no lo entiendo –Confusa, noté el escozor de las lágrimas en mis ojos y rogué para que no asomaran. Pensé en secármelas, pero Andreu estaba mirándome y ese gesto no haría más que poner en evidencia mi situación.

— ¿El qué, cariño? –me preguntó lita con suavidad, apartándome de la cara los mechones de cabello.

— ¿Por qué me odia tanto? –farfullé.

—No te odia –dijo Andreu –Pero le gustaría.

Lo decía con la intención de consolarme y yo no sabía cómo salir de aquello. Si lo que quisiera era poder odiarme, era todavía peor. Era como si Endimión tuviera que tomar una decisión.

—Necesito ir al baño –anuncie. Sabía que no podía reprimir las lágrimas por mucho más tiempo y, de romper a llorar, prefería hacerlo en la intimidad del cuarto de baño. Me levanté, y lita me dejó ir a regañadientes.

— ¿Recuerdas dónde está? –lita hizo el ademán de levantarse para mostrarme el camino, pero le indiqué con un gesto de asentimiento que sabía cómo ir.

—En seguida vuelvo –Salí corriendo del salón lo más rápido posible, sin permitir que se dieran cuenta de que me iba de allí para poder llorar.

De camino al baño tenía que pasar por delante de la escalera, y ya no llegué más lejos. La suave voz de Endimión me detuvo en seco. Escondida a los pies de la escalera, los oí hablar en su habitación. Endimión estaba hablando con Darién y no parecía enfadado como cuando estaba en el salón. De hecho, me dio la impresión de que estaba más triste que otra cosa.

—No pretendo mostrarme antipático con ella –estaba diciendo Endimión, apocado y disculpándose.

— ¡Pero estás siéndolo! ¡Tendrías que haber visto el miedo que le daba venir aquí por tu culpa! –Darién sí que estaba enfadado.

Me estremecí al oírle confesar mis incómodos secretos, pero decidí quedarme un poco más para seguir escuchando la discusión.

—Entonces, tal vez no debería haber vuelto –decía Endimión con toda razón, como si estuviera convencido de que eso era lo mejor para mí y no porque no quisiera verme en su casa.

—Eres tonto –dijo Darién –A mí me gusta, a Andreu le gusta. Podría decirse que lita está enamorada de ella. Y vendrá con frecuencia. No sé por qué quieres llevarnos la contraria en todo.

— Ninguno de ustedes me comprende, ¿Entendido? –La voz de Endimión se había vuelto más seca –Andreu tiene a lita, y tú eres demasiado joven. ¡Y esto para lita es como una fiesta! Siempre quiso tener una hija.

— ¡Eso no tiene importancia! –Darién estaba exasperado –Vendrá por aquí, así que tendrás que encontrar la manera de sobrellevarlo. Sin hacerle a ella ningún daño.

—Sabes que no quiero hacerle ningún daño –Endimión hablaba tan bajito que apenas podía oírlo, pero su voz sonaba inequívocamente sincera. No deseaba hacerme daño, ni siquiera me odiaba. ¿Por qué se comportaba entonces de aquella manera?

— ¡Sí, ya lo sé! –Replicó Darién — ¡Así que basta ya del tema!

— ¡De acuerdo! –cedió Endimión.

La conversación estaba a punto de tocar su fin y oí pasos acercándose a la escalera. No podía permitir que me pillaran espiando, por lo que corrí a encerrarme en el cuarto de baño. Al menos se me habían pasado un poco las ganas de llorar, pero estaba más confusa si cabía en relación a lo que allí sucedía.

Cuando salí del baño, tanto Endimión como Darién habían regresado al salón. Endimión se mantuvo cordial pero distante. Darién estuvo jugando con el perro e intentó convencer al mundo para jugar a otro videojuego. Andreu siguió formulándome preguntas sobre mí, desde a qué se dedicaba mi madre hasta cuáles eran mis programas de televisión favoritos, mientas que lita se sentía feliz tocándome el pelo y podría pasarse el resto de la vida así.

Cuando Darién anunció que nos teníamos que marchar eran ya más de las once. Incluso con la ansiedad, la velada había transcurrido a una velocidad impresionante.

Todos nos acompañaron hasta la puerta del garaje, incluso luna, lo que de nuevo me hizo sentir cohibida. Me ubicaban sin cesar en el centro de su atención, cuando en realidad ellos eran mucho más atractivos y fascinantes de lo que yo jamás llegaría a ser.

Lita me abrazó con fuerza y me dio la sensación de que iba a echarse a llorar porque me iba.

—Volverás ¿verdad? –Seguía tomándome por los brazos, y apretándolos quizá en exceso, y Andreu la rodeó por la cintura, apartándola con delicadeza de mí.

—Nos gusta tenerte aquí –dijo Andreu, consiguiendo con ello una invitación mucho menos apasionada que la de su esposa.

—Oh, claro que volverá –respondió Darién en mi nombre y con una gran sonrisa.

Endimión, que se había mantenido a un lado, se acercó un poco y su taladrante mirada azul se cruzó con la mía. Durante un segundo de irracional euforia, pensé que iba a besarme, pero se quedó paralizado a escasos metros de mí.

Entonces, en voz muy baje pero con tanta fuerza como si fuese una orden, dijo:

—Vuelve.

—De acuerdo –dije asintiendo. Debió de situar su cuota de interacción humana a ese nivel, pues justo después dio media vuelta y se largó. Recuperé mínimamente la compostura y me obligué a sonreírles a lita y a Andreu –Volveré. Lo prometo.

—Pues hasta la próxima –dijo Andreu con una sonrisa. Lita parecía a punto de explotar de júbilo y Andreu la rodeó con el brazo para impedir que eso sucediera.

—Ya te dije que le gustarías a Andreu –me comentó Darién cuando entramos en el garaje. Nos acercamos al Jeep. Yo tenía un cargamento de preguntas que formularle, pero decidí mantener la boca cerrada hasta que entráramos en el coche. No quería que nada interrumpiese mis pensamientos — ¿Acaso no estás de acuerdo?

—Tienes razón –respondí. Entré en el coche y esperé a que él se instalara. Apenas lo había cuando me volví por completo hacia él –Muy bien ¿Qué dominios quiere de mí tu familia?

— ¿A qué te refieres? –preguntó Darién con cautela. No quería irse de la lengua.

—No paran de adularme, como si yo fuese una piedra preciosa –No era la forma más adecuada de expresarlo, quizá, pues también ellos eran de mi agrado.

—No sé qué responder a eso –Puso el Jack en marcha y salió del garaje marcha atrás—

— ¡Darién! ¡Tengo derecho a saber qué están haciendo conmigo! –Mi voz sonó más estridente de lo que pretendía, pero la verdad era que una pequeña parte de mí sentía miedo. Eran poderosos, bellos y me querían. Resultaba elogioso y aterrador a la vez.

—No, si ya lo sé. Concédeme tan sólo un minuto para pensarlo –En la radio seguían sonando los Smashing Pumpkins y Darién bajó el volumen.

—En realidad no son hermanos, ¿verdad? Me refiero a que no son hermanos de sangre –Aquello era más que una afirmación, pero Darién rio y movió la cabeza — ¿No pretenderás decirme que son todos hijos del mismo padre y la misma madre?

—No, no lo somos –dijo Darién, riendo aún por mi pregunta.

— ¿Son como una hermandad o algo por el estilo? –pregunté

—Algo así, pero más –La respuesta fue vaga, como era habitual, y suspiré sin poder evitarlo.

— ¿Qué es todo esto, Darién? –le pregunté con impaciencia— ¿Qué es? ¿Por qué son tan distintos? ¿Y por qué piensas que soy especial?

— ¿No confías en mí? –Me miró muy serio.

—Sí, ya sabes que sí –El corazón me galopaba. Me di cuenta de que por fin iba a contarme algo.

—De acuerdo. Entonces… te lo contaré, muy pronto. Tendrás que esperar un poco más.

— ¿Por qué? ¿Qué tiene que pasar aún? –Exigí saber—he conocido a tu familia, salgo siempre contigo y sé que no eres del todo humano ¿Qué otra cosa falta?

—Es complicado –dijo Darién con un suspiro –Y…, y no quiero asustarte.

— ¿Qué crees tú que podría espantarme después de todo lo que he visto contigo? –insistí con incredulidad.

—Todavía hay partes de mí que no conoces –No alteró su tono de voz, pero me dio la impresión de que era una advertencia amenazadora. Me miró de soslayo para ver cómo respondía, y a pesar de que intenté adoptar una actitud valiente, Darién adivinó que me había puesto nerviosa –No se trata sólo de que confíes en mí, o de que confíes en mi familia. Tiene que ver con quién eres.

— ¿Y eso qué quiere decir? –Empezaba a sentirme asustada y confusa, y deseaba, por una vez, que fuese sincero conmigo.

—Cuando bailas con el diablo, no es el diablo el que cambia. El diablo te cambia a ti –Tal y como lo dijo, parecía que hubiese salido de él. Pero estaba citando a alguien, y decidí disparar a ciegas.

— ¿Qué? ¿Pretendes utilizar a Dylan Thomas para confundirme?

—No, es de Joaquín Phoenix, y no intento confundirte. Tan sólo trato de prepararte –No sé por qué, pero aquellas palabras me produjeron un escalofrío y me pregunté qué me tendría preparado.

—No has respondido a mi pregunta –le dije cuando por fin encontré fuerzas suficientes para hablar. Ya habíamos estacionado delante de mi casa y comprendí que no iba a responderme.

—No queremos nada de ti –Se mordió el labio y se quedó mirándome –Sólo queremos que seas uno de los nuestros.