Capítulo 10
— ¿Y eso qué quiere decir? — Era consciente de que, a pesar de mis esfuerzos, mi expresión era de horror, pero Darién me sonrío.
—Ya he respondido a tu pregunta. — Hizo un gesto en dirección a mi portal—. Duerme. Mañana hablamos.
—Si, como si yo pudiera dormir después de esto— murmure mientras abrí la puerta—. ¿Desde cuándo eres tan siniestro? ¿Acaso estuviste anoche viendo alguna película de Vencen Price?
Darién se limitó a reír y salí del Jeep. Después de que se alejara me quede un minuto delante del portal, dejando que el aire fresco penetrara en mi piel. Mi vida estaba cambiando. Lo notaba. Todo en mí iba a ser distinto y no tenía ni idea de en qué iba a convertirme.
Por primera vez en mi vida me desperté antes que sami, pero no por decisión propia. Había estado soñando con los ojos azules de Endimión y sus rechinantes dientes, pero cuando me desperté, empapada en un sudor frío, fui incapaz de darle sentido.
El corazón me latía con fuerza y era como si mi cabeza flotara. Anoche había tardado un montón en dormirme y no conseguía quitarme de encima aquella sensación de fatalidad inminente.
¿Querían que fuese uno de ellos? ¿Qué tipo de película mala de terror era ésa? ¿Pretendían que me casase con algún miembro de la familia? Y de ser así, ¿se suponía que tenía que casarme con Darién… o con Endimión?
¿O se trataba de algo más horrendo? ¿Serían miembros de un culto o de alguna cosa similar? ¿Me utilizarían como virgen para celebrar un sacrificio?
Intente librarme de aquella turbación dándome una ducha. A pesar de todos los sucesos inusuales e incluso aterradores que había presenciado, no podía imaginarme que Darién fuera a hacerme daño. Lita y Andreu parecían sinceros con sus inexplicables muestras de cariño, e incluso Endimión había dejado claro que no quería hacerme daño.
Todo aquello me recordaba una historia que había leído en su día. La historia de una chica más bien fea que, yendo de excursión por la montaña, tropezó casualmente con un pueblo habitado por la gente más bella que había visto en su vida.
Todos sus habitantes eran perfectos y maravillosos, pero, puesto que todos eran así, se habían llegado incluso a aburrir del tema. Ser perfectos era lo normal, y todo lo que la chica tenia de fea en su antigua vida resultada destacable y adorable para aquella gente. Todo el mundo se enamoró y mantuvo relaciones sexuales con ella, y la chica acabo muriendo como consecuencia del agotamiento y la depresión.
La historia tenía cierta moraleja: aquella gente se había fijado en la chica simplemente por su aspecto, y ser amado por el aspecto exterior es peor que no ser amado.
Pero no era aquello lo que más me llamaba ahora la atención. Darién y su familia eran impecables, y yo era una chica normal y aburrida. A lo mejor pasaban demasiado tiempo solo y mi simplicidad les resultaba novedosa y estimulante. Era la única explicación que lograba encontrarle a que desearan de aquel modo mi presencia.
¿Y cómo iba yo a convertirme en uno de ellos? ¿Y por qué querían ellos que lo fuera? ¿Qué demonios querían decir con eso de «uno de ellos»? ¿Qué era ser «uno de ellos»?
Salí de la ducha después de agotar el agua caliente. Me disculpé con sami, que se limitó a encogerse de hombros y a comentar que no le importaba ducharse con agua fría.
Ir al instituto nunca me había resultado tan duro, pero al menos ya era viernes. Esa noche podría salir hasta tarde y, si era necesario, dedicaría hasta el último segundo a interrogar a Darién. No pararía hasta que me lo hubiera contado todo.
El día transcurrió sorprendentemente rápido, en gran parte porque dormí durante las tres primeras horas de clase. Durante la pausa de la comida, le envié un mensaje a Darién preguntándole si íbamos a salir.
Normalmente me respondía en cuestión de segundo, pero no fue el caso esta vez, aunque podría decirse que casi me lo esperaba, pues sabía que tenía la costumbre de quedarse despierto hasta altas horas de la noche. Pero aun así, no pude evitar mirar el teléfono cada diez minutos y sentir una punzada de decepción al ver que no recibía respuesta.
Al llegar a casa puse la tele para ver la reposición de la vieja serie de dibujos «Meteoro», pero la verdad es que ni siquiera le preste atención. Había dejado el teléfono en mi regazo con el volumen al máximo y no podía parar de mover los pies de puro nerviosismo. Me cruce de brazos para no morderme las uñas. Una complicada batalla.
— ¿Piensas ir a casa de Darién esta noche? – sami estaba sentado en el sofá, mirando los dibujos sin hacerles tampoco mucho caso. Me miró de reojo y capte la expresión dolorida de su rostro, pese a lo desconcentrada que estaba.
—Seguramente. —Miré el teléfono y entonces suspira—. O quizás no.
—Si te quedas, podría prepararte una buena cena —sugirió sami esperanzado.
Aunque su voz ya había cambiado, su cara conservaba unos mofletes de bebé que le proporcionaban un aspecto infantil. Tenía ganas de que creciese. Entonces ya no le dolería tanto cuando le partiesen el corazón.
La verdad era que últimamente lo tenía abandonado y debía ser horrible estar noche tras noche solo en aquel minúsculo apartamento. Pero necesitaba llegar al fondo de la cuestión con Darién.
—Me encanta la idea, pero no esta noche. — Lo desilusione de la forma más delicada posible, pero vi que se desmoronaba y apartaba la vista — Tal vez otro día, este fin de semana.
—Estarás fuera toda la noche con Darién. —Sami intentaba mostrarse indiferentes, pero su tono de vos transmitía amargura—. Es fin de semana y tienes 17 años. En realidad es lo normal. Y muy pronto vivirás sola y llevaras tu propia vida y esas cosas. Tengo que ir acostumbrándome.
—Vamos, sami. Sabes que siempre formaras parte de mi vida. —Antes de conocer a Darién habría afirmado aquello al cien por ciento. Sami era mi hermano y constituía una parte enorme de mi vida, y eso nada podía cambiarlo.
O al menos eso pensaba antes de que Darién me hubiera medio advertido, medio prometido, que mi vida iba a cambiar, que yo iba a cambiar. Tal vez se trataba de ir a algún lugar adonde sami no podría seguirme. Y por mucho que me destruyera tener que abandonarlo, pensar en una vida sin Darién y sin Endimión me parecía mucho peor.
—Lo que tú digas —replico sami sin la más mínima convicción. Tal vez empezara a notarse en la cara que ya tenía un pie fuera de su vida.
Me planteé seguir discutiendo con sami sobre el tema. Pero ¿qué sentido tendría? Se había iniciado un proceso de cambio y ambos lo intuíamos. No
Quería mentirle, de manera que continuamos sentados sin decir nada, viendo simplemente la televisión. Supuse que sami acabaría levantándose y yéndose a su habitación o a cualquier otra parte donde poder llorar mi inminente ausencia, pero se quedó conmigo.
Cuando el teléfono emitió por fin el tono de Darién, el corazón se me detuvo por un segundo y di un brinco. Sami se limitó a poner los ojos en blanco.
« ¿Cuándo quieres quedar? », decía el mensaje de Darién.
«Lo más pronto posible. »
« ¿Sabes qué he pensado que sería divertido? ¿Por qué no le dices a sami que venga también? », Escribió Darién. Una oleada de emociones contradictorias se apodero de mí.
Llevarlo conmigo apaciguaría mi sentimiento de culpa, sin lugar a dudas, pero significaba también disponer de menos tiempo para interrogar a Darién. Además, no había conseguido averiguar todavía qué querían de mí, y mucho menos qué querían ahora de sami. Pero estaba segura de que a mi hermano le gustarían, sobre todo lita.
Al final decidí que sólo había una manera de tomar aquella decisión.
—sami, ¿te gustaría venir conmigo esta noche a casa de Darién? —Intenté que no se me notara que era reacia a preguntárselo, e incluso me dirigí a él con una sonrisa, tratando de que la oferta le resultara atractiva.
— ¿A qué te refieres exactamente? —Sus ojos se iluminaron y su tono de voz subió una octava. Pero comprendí que antes de acceder quería tener claro qué era todo aquello.
—A ir a casa de Darién a pasar el rato. Tiene el Guitar Hero y otros juegos. —Un beneficio adicional para Darién. Así tendría alguien con quien jugar que no se cabreara ni se hartara de aquello.
— ¿De verdad quieres que vaya? —me pregunto sami, dubitativo. Le sonreí para tranquilizarlo.
—Sí, claro que sí. —Me agrada esta con él, aunque no sabía si era muy buena idea.
Pero era la mejor que se me podía ocurrir y, además, estando Darién nunca me había pasado nada malo. De hecho, me había salvado la vida dos veces. No había de qué preocuparse. ¿Por qué estaba entonces tan nerviosa?
—Entonces sí. Será estupendo. —sami se levantó de un salto y corrió a su habitación para cambiarse. Tenía aun que lidiar con la chifladura que sentía por Darién, que seguro olvidaría en cuanto conociera a Endimión y a Andreu.
«Dice que está bien. ¿Cuándo nos buscas? »
«En cinco minutos. Ya voy en camino. » Ése era Darién, clarividente.
— ¡Será mejor que te apures! —le grite a sami, y entre en el baño para retocarme el maquillaje. Tendría que conformarme con ir vestida tal y como iba, pero no pensaba permitir que me viera con la raya corrida—. ¡Llegara en cinco minutos!
— ¡Ya casi estoy listo! —respondió sami al cabo de un segundo. Asome la cabeza por la puerta del cuarto de baño y lo vi vestido casi igual que antes:
Camisa blanca de manga larga con un polo verde por encima y vaqueros.
— ¿Estás seguro de que quieres venir? —le pregunte en cuanto termine de arreglarme.
Salimos de casa y sami verifico dos veces que la puerta quedara bien cerrada y que llevara las llaves en el bolsillo, algo que yo jamás hacía.
—Sí, ¿por qué no iba a querer ir? —Y me lanzó entonces una mirada nerviosa —. ¿Es que no quieres que vaya?
— ¡No, no me refería a eso! —replique en seguida, y le sonreí—. Claro que quiero que vengas. —Pulse el botón de llamada del ascensor y me volví hacia él—. Pero antes quiero que estés al corriente de algunas cosas.
— ¿Si?— sami me miro levantando una ceja. Me pareció que sería mejor que estuvieras preparado. En aquel momento se abrieron las puertas y entramos en el ascensor. Por suerte no había nadie, ya que me habría sentido de más entupida contando aquellas cosas delante de perfectos desconocidos.
—En primer lugar, sus hermanos son hermosos de verdad… y me refiero con ello a que son tan lindos que parecen estrellas de cine. Sé que Darién te parece fabuloso, pero sus hermanos lo superan de largo. —Me quede mirándolo para calibrar su respuesta y me pareció que, sobre todo, su cara era de escepticismo.
—En segundo lugar, su familia es superrica. Uno de los coches que tienen debe de costar el doble de lo que mamá gana en todo un año… y tiene cinco, además de una casa superfluos. Resulta intimidante.
— ¿Cómo de ricos? —sami empezaba a ponerse nerviosos y comprendí que estaba captando lo que trataba de decirle—. ¿Ricos como Bill Gates?
—No lo sé. No se lo he preguntado —dije. Su riqueza me tenía sin cuidado.
— ¿Y de dónde sacan tanto dinero? —Naturalmente, sami quería conocer los detalles prácticos de todo. Siempre había querido preguntar a Darién a que se dedicaban, pero siempre habían surgido algunas cosas que me desviaba del tema.
—Tampoco se le he preguntado —dije con un suspiro. Las puertas del ascensor se abrieron, dándonos acceso al vestíbulo.
— ¿Hay alguna otra cosa que debería saber a cerca de ellos? –me pregunto sami antes de salir a la calle.
—Veamos… sí, que Darién conduce supe rápido, pero muy seguro. —Empuje las puertas de cristal para salir del edificio.
— ¿De verdad? —Sami arrugo su nariz—. ¿Cómo cuánto de rápido?
—Ya lo veras —dije para acabar con el tema, y eche a correr hacia el Jeep de Darién para entrar en el vehículo antes de que sami pudiera formularme más preguntas.
En cuanto me di cuenta de lo que pasaba, comprendí por que Darién había invitado a sami: sabía que no diría nada delante de mi hermano. Darién estaba intentando salir del atolladero en el que lo había puesto la noche anterior.
Seguramente llegaría un día en que tendría que contárselo todo a sami, pero estaba claro que ese no era precisamente el día. Tal vez, cuando yo estuviera las respuestas, podría explicárselo todo. Pero hasta entonces, no quería revelar nada.
—Hola —dijo Darién, sonriéndome, y a continuación se volvió hacia sami—. Hola, sami. Me alegro de volver a verte.
—Sí, yo también —replico sami. Se quedó un instante mirando a Darién, y me di cuenta de que controlaba la atracción que sentía hacia el mucho mejor que otras personas. Me pregunté si tendría algo que ver con el hecho de ser gay. Aunque quizá fuera simplemente porque mi hermano tenía un control asombros de sí mismo.
— ¿Qué tienes pensado para esta noche? — le pregunte a Darién en cuanto puso el coche en marcha y se incorporó a la autopista en dirección a su casa.
—Nada en concreto —respondió, encogiéndose de hombros—. Simplemente se me ha ocurrido que era el momento de que tu familia conociese a mi familia.
— ¿Por qué? —le pregunté.
— ¿Y por qué no? —contraataco Darién.
—No lo sé. Tampoco hace tanto que nos conocemos, ni vamos a casarnos ni nada por el estilo. —Ese sería el momento lógico para que las familias empezaran a relacionarse, no cuando dos personas se conocen desde hace solo unas semanas y no son más que amigos.
—No, la verdad es que nuestra situación no es esa. —Darién respiro hondo y puso música. Violenta Femmes empezaron a sonar a todo volumen.
El breve trayecto transcurrió en silencio, y cuando llegamos a su casa oí que sami contenía el aliento en el asiento de atrás y susurraba:
—Parece un castillo.
A pesar de haber estado allí un par de veces, me seguía resultando impactante. El torreón, a pesar de ser tan prominente, encajaba por completo con ellos. Después de haber conocido a Andreu y enterarme de que era él quien lo había hecho construir, todo parecía más perfecto si cabía.
— ¿No esta lita en casa? —pregunte.
Acabamos de estacionar en el garaje y vi que el jetta negro no estaba. Las otras veces que había estado allí, el garaje estaba lleno, y ver una plaza vacía llamaba la atención.
—Pues veo que no, aunque pensaba que ya estaría de vuelta. —Darién me pareció confuso y preocupado por un momento, aunque al instante su rostro se tranquilizó y nos regaló a sami y a mí una de sus sonrisas—. En seguida vendrá. Y Andreu y Endimión están en casa. —Salió del coche y seguimos su ejemplo.
—Oye, espera. —Bajé la voz y agarre a Darién por el brazo para detenerlo. Sami se había quedado algo rezagado, admirando el Lamborghini. Nunca había sido un chico muy de coches, pero el Lamborghini atraía a todo el mundo—. ¿Se mostrara amable Endimión con sami?
—Oh, claro que sí —dijo Darién con su gesto de asentimiento.
—Entonces ¿sólo tiene problemas conmigo? —pregunte tensa.
En cierto modo esperaba que la conducta gélida de Endimión tuviera algo que ver con el hecho de que yo era una desconocida, pero según Darién no iba a tener ningún problema con sami, eso quería decir que era una cuestión que me atañía personalmente.
—Es mucho más complicado que eso —respondió Darién en voz baja.
— ¿Será tal vez que «complicado» es tu palabra preferida? —murmure, haciéndole reír con mi sugerencia.
— ¿Por qué nos quedamos en el garaje? —intervino sami. Los coches no le entusiasmaban y, por tanto, no habían conseguido retener su atención durante mucho tiempo. Me di cuenta de que estaba justo detrás de nosotros, con una expresión confusa en la cara.
—Tranquilo, que no nos quedaremos aquí. —Y con esto, acelero en dirección a la puerta de acceso a la casa, y sami y yo lo seguimos a un paso más lento.
Darién abrió la puerta y fue recibido al instante por luna, que le saltó encima. Sin lita presente para retenerla o aplacar su entusiasmo, la perra era libre para saltar y lamer a Darién hasta hartarse.
—Oh, y además tienen un perro —le dije a sami, señalando la gigantesca bola de pelo blanco que se agitaba entre los brazos de Darién. Darién recordó entonces la presencia de sami y dejó a luna en el suelo antes de lo que lo habría hecho de no haber estado allí el invitado.
—Sí, ya me lo he imaginado —dijo secamente sami.
— ¡Ésta es luna! —Anuncio Darién, rascándole la cabeza a luna—. Es una buena chica. No es más que un bebe grande.
—Ya se ve. —sami se quedó a un lado, observando el forcejeo de Darién y la perra.
Y entonces Andreu apareció como por arte de magia, y después de consagrar un instante a admirarlo, miré hacia atrás para ver la reacción de sami. Tenía los ojos abiertos como platos y la mandíbula casi floja. Me pregunte si yo también puse aquella cara al conocerlo.
—Oh, sólo eres tú —dijo Andreu.
—Gracias —respondió Darién con sarcasmo. Se incorporó, dando temporalmente por finalizado su brusco juego con luna.
—Lo siento, no quería decir eso. —En el rostro de Andreu se dibujó una sonrisa y me di cuenta de que le costaba incluso respirar—. Creí que sería lita. —Al mencionarla, su boca se tensó y Darién y él intercambiaron una mirada de sufrimiento—. Pero ya veo que todavía no ha vuelto.
—No sé qué estará entreteniéndola tanto —Añadió Darién, enfadándose. Andreu ignoro el comentario y se volvió hacia sami.
—Tú debes de ser el hermano de serena. —Andreu recupero la sonrisa y se acercó a sami para estrecharle la mano. Observe a Milo por si reaccionaba de alguna manera al tacto extraño (pero agradable) de su piel. Si lo sobresalto, no se le notó en la cara, pues se limitó a sonreír sin decir nada—. Encantado de conocerte. Soy Andreu.
—Y yo soy sami. —Me di cuenta de que le costaba hablar y de que parecía como si le faltase el aire. Por una vez, no era la única presente con cara de tonta.
— ¿Sabes, Darién? —Dije, interrumpiendo la incómoda situación en que se encontraba mi hermano—. A sami le encantan los videos juegos.
— ¿De verdad? —El rostro de Darién se ilumino. Casi esperaba que agarrase a sami del brazo y lo arrastrase hacia el salón—. Ven. Tengo de todo, y con eso me refiero a «de todo».Desde Grand Theft Auto a Pong, para todos los gustos. —Echo a correr hacia el salón y sami lanzo una última y prolongada mirada a Andreu antes de seguirlo.
— ¿De verdad tienes el Pong? ¿Por qué?
— ¡Porque es fabuloso! —Darién parecía algo ofendido por la pregunta.
—Por fin tiene alguien con quien jugar. —Andreu me sonrío agradecido, y aparte la vista para no ruborizarme—. Es increíble el tiempo que pasa con esas condenadas cosas. Lita intenta siempre que salga y haga algo, lo que sea, pero es prácticamente imposible. Se sintió tan aliviada cuando te conoció y empezó a salir de esta casa.
—Me alegro de haber servido de alguna ayuda —replique con timidez —.Dónde está lita?
—Ha salido. —Las facciones normalmente sinceras de Andreu se encerraron en sí misma, una expresión que ya había visto escrita en la cara de Darién siempre que se negaba a darme explicaciones—. Tiene que estar por llegar.
—Sólo quería asegurarme de que sami la conociera. —Me rasque el brazo, temerosa de haberme adentrado en un territorio que ellos consideraban privado—. Sé que mi hermano la encontrará encantadora.
—Todo el mundo la encuentra encantadora —dijo Andreu con una sonrisa, y entonces me di cuenta de que había quedado como una tonta. Era evidente que lita gustaba a todo el mundo y sacarlo a relucir había sido una estupidez.
—Sí, claro —farfulle. Andreu se echó a reír con una risa tremenda, pero no tan espectacular como la de Darién. Dudaba que hubiera alguien capaz de igualarla, ni siquiera un ser tan perfecto como Andreu.
—Soy un hombre afortunado. — Se quedó melancólico un instante, pensando en lita, y desee poder sentirme igual. Era un amor puro, impoluto. Pero entonces su expresión cambio, como si acabara de ocurrírsele alguna cosa—. Endimión está arriba si quieres hablar con él.
—Oh. —Hablar con Endimión, con aquella forma tan horrible que tenia de hacerme desear a la vez entregarme a sus brazos y huir llorando de él, no entraba precisamente en mis planes. Pero Andreu lo dijo de tal manera que me sentí obligada a hacerlo. Una parte de mí, de todos modos, disfrutaba con su compañía, aunque implicara dolor y confusión—. Subiré a verlo.
—Yo esperare aquí abajo hasta que llegue lita. —Andreu se quedó junto a la puerta, y su aspecto me recordó al de un cachorrillo extraviado.
Atravesé el salón, pero Darién y sami estaban tan absortos en un videojuego de guerra que ni siquiera se percataron de mi presencia. Mientras subía las escaleras, recordé la primera vez que había visto a Endimión y como me había mirado por encima del libro que estaba leyendo. No quería vivir una repetición de la escena y esperaba, ya que era Andreu quien me había dicho que subiera, que no fuera así.
La puerta de la habitación de Endimión estaba abierta y me asome para ver si él se encontraba allí. Cuando lo localice, se me cortó la respiración y una oleada de auténtico fuego se apodero de mí.
Iba vestido solo con unos vaqueros y se estaba secando el pelo con una toalla blanca. No era excesivamente musculoso, pero lucia unos pectorales duros y bien definidos. Justo debajo de su ombligo se iniciaba un hilillo de vello oscuro. Mis ojos jamás se habían visto tan seducidos por la perspectiva de lo que pudiera haber debajo de la cintura del pantalón.
Cuando se percató de que lo estaba observando, tiro la toalla en la cama y se quedó mirándome a su vez, atravesándome con sus ojos azules. Lo deseaba como nunca me hubiera imaginado que pudiera desear a alguien.
—Acabo de ducharme —dijo Endimión.
Su voz lírica consiguió apaciguar el trance en el que estaba sumida, aunque sin romperlo del todo. Endimión aparto la vista, tomo una camisa blanca que tenía sobre el sillón y, para mi consternación, se la puso.
—No pretendía molestarte —murmuré. Me costaba hablar con claridad.
—No, no pasa nada. —Se sentó en la cama y agito la cabeza con fuerza para alborotarse el pelo.
Permanecí en la puerta a la espera de que digiera algo más, sumida en un debate interno. Era como si tirara de mí y quisiera arrastrarme hacia él. Como si tuviera una cuerda atada al corazón y alguien estuviera tirando físicamente de ella. Endimión me miraba con una expresión que no fui capaz de interpretar; su mirada parecía atormentada, sin lugar a dudas.
—Puedes pasar si quieres —dijo por fin.
Tuve la sensación no tanto de caminar hasta su cama, como de darme por vencida y dejarme arrastrar hacia él. Y de pronto me encontré sentada peligrosamente cerca de él.
Tomé aire, olía a manzanas dulces. Seguro que era de jabón, pero debajo de aquel aroma había algo penetrante y maravilloso que era suyo.
Como una idiota rematada dije:
—Hueles bien.
Me sonrío con sinceridad por primera vez, una sonrisa que me sorprendió por su inmensa perfección. Entonces, río con suavidad, provocándome un hormigueo en todo el cuerpo. Casi me estremecí de placer.
— ¿A qué huelo? —Endimión se acercó a mí, como si quisiera compartir un secreto.
Lo tenía tan cerca que cuando soltó el aire, un mechón de su cabello húmedo me rozo la mejilla. Me tembló la piel con expectación, exigiendo más.
— ¿A manzanas? —Me pregunte como había reunido fuerzas suficientes para poder responderle.
Sabía que aquella conversación no tenía sentido y era aburrida, pero no podía evitar que la mayor parte de mi cerebro estuviera ocupada en él. Y no me refiero a pensamientos relacionados con él, sino a él. Era como si hubiera penetrado en mi interior y formara parte de mí. Y eso me bastaba. Estaba desesperada por tenerlo entero.
—Sí. –Me regalo una sonrisa torcida y se apartó un poco de mí.
Sin pensamiento alguno por mi parte, mi cuerpo se movió para corregir la distancia entre nosotros. Habría preferido quedarme donde estaba, pero mi cuerpo insistió en acercarse a él.
— ¿Por qué me odias? —Oí las palabras saliendo de mi boca, si poder creer que las estuviera pronunciando.
Grité mentalmente: « ¡Calla! ¡Calla! ¡No puedes decirle esto ¡ ». Pero era como si Endimión hubiese cortado el riego sanguíneo de la parte de mi cerebro que controla mi inhibición. Si no iba con cuidado, acabar confesándole mis más íntimos secretos.
—No te odio. —Estaba azorado, y bajo la vista.
Me dolía terriblemente no poder verle los ojos, aunque por otra parte era un consuelo, como si de este modo pudiera pensar con mayor claridad.
—Entonces ¿por qué actúas así? —insistí.
¿Qué demonios está haciendo? Normalmente era una cobarde y ahora, en el peor momento posible, me daba de pronto por ser valiente y por acorralar a aquel hombre tan impresionante diciéndole que me odiaba. Él lo negaba, pero está segura de que después de avergonzarlo y molestarlo de aquella manera, me odiaría.
—No lo sé. —Levanto la vista y se quedó mirando al frente, a nada en concreto. Sus bellas facciones adoptaran la rígida forma de una atormentada máscara.
—Pero quieres odiarme. —Mi voz era casi inaudible, pero él me había oído. Aunque no tenía fuerzas suficientes para hablar, las palabras seguían saliendo sin cesar de mi boca.
—Eso no es del todo cierto. —Sus facciones se suavizaron de nuevo y se volvió para mirarme.
Sus ojos me abrasaban y noté el corazón retumbando en mi pecho. Con una delicadeza enorme, posó su mano sobre la mía y volví a sentir la descarga eléctrica del día anterior, más intenso esta vez. Una oleada de placer me recorrió por entero y cerré los ojos.
Entonces, de repente, retiro la mano y abrí los ojos. Su cara estaba a escasos centímetros de la mía y su expresión era tremendamente voraz. Ni titubeo ni se movió, pero cuando hablo lo hizo con su voz transformada en un ronco gruñido.
—Vete antes de que te haga algo muy malo.
