Capítulo 11
—Puedes hacerme lo que quieras—susurré, y Endimión se estremeció al escuchar mis palabras.
— ¡Vete!—rugió.
Su voz era hiriente, pero consiguió ponerme en movimiento. Haciendo acopio de todas mis fuerzas, aparté la vista de él y me levanté. Él seguía sin moverse, pero los tendones de su cuello, y de sus brazos sobresalían de forma extraordinaria.
Hasta que empecé a descender la escalera y fui capaz de respirar de nuevo no comprendí por qué se había puesto tan tenso. Estaba utilizando todos sus poderes para no moverse.
Llegué abajo aturdida y jadeante. Existía una probabilidad muy real de que acabara de librarme por los pelos de un tremendo peligro. Y lo peor era que una parte de mí seguía deseando volver a subir corriendo y dejar que Endimión hiciera conmigo lo que quisiera con tal de estar con él.
— ¿Serena?—dijo sami. Darién y mi hermano estaban en el centro de la sala de estar con sus guitarras de plástico, pero yo ni los veía. El mundo se había vuelto nebuloso y no sabía muy bien si aquello era o no un sueño. — ¿Te encuentras bien?
— ¿Has estado con Endimión?— Darién dejó el juego y se volvió hacia mí. Me recorrió con la mirada y vio algo que endureció su expresión—. Ven aquí. —Me había quedado paralizada, de modo que Darién repitió su orden—: Ven aquí.
Esta vez me acerqué a él caminando como un zombi.
— ¿Le ha pasado alguna cosa?—La voz de sami se tornaba aguda cuando estaba asustado.
Darién no respondió, sino que siguió mirándome con aquella extraña expresión, una mezcla de preocupación y celos. Pasó dos dedos por debajo de mi barbilla para empujarla hacia arriba, dejando al descubierto mi cuello. Me obligó a volver la cabeza hacia uno y otro lado y me examinó detenidamente.
—Ven aquí— repitió, pero esta vez me pasó un brazo por los hombros y me atrajo hacia él—. Veo que estás bien.
Lo rodeé con mis brazos y lo estreché con fuerza, entregándome a la sensación de seguridad que me ofrecía. Sollocé pegada a su pecho, incapaz de contenerme por más tiempo, y él me besó en la frente.
— ¿Qué ha pasado?— Oí entonces la melodiosa voz de Andreu a mis espaldas, aunque no lo había visto entrar. Era como si se hubiera materializado al oírme llorar.
— ¡No lo sé! ¡Ha bajado llorando!— le explicó sami quejumbroso. Estaba turbado y me habría gustado que alguien le hubiera dicho que todo iría bien. ¿Por qué no estaría allí lita cuando tanto la necesitaba?
— ¿Ha pasado algo?— preguntó Andreu, con un tono de voz muy curioso.
—No— respondió Darién en voz baja, mientras me acariciaba el pelo.
— ¿Estás seguro?— insistió Andreu.
—Sí, estoy seguro— afirmó Darién, nervioso.
—Voy a hablar con Endimión. —No oí a Andreu marcharse, pero supe que se había ido.
— ¿Qué le pasa?—preguntó sami, presa del pánico.
—Nada. —Me aparté un poco de Darién, pero intentando que no me soltara. Sin el apoyo de su brazo no me sentía ni fuerte ni segura. Me sequé las lágrimas de las mejillas y me obligué a sonreír a sami—. Estoy bien.
— ¡Tú no estás bien! —insistió sami, con los ojos abiertos de par en par de pura preocupación.
—No son más que…cosas de chicas. —intenté restarle importancia, y no tengo ni idea de si creyó o no.
Era una explicación perfectamente razonable: mientras estaba arriba a solas con Endimión, un chico de lo más atractivo, este me había dicho o hecho algo que me había ofendido y por eso estaba tan perturbada.
De hecho, esta explicación era mucho más creíble que lo que había sucedido en realidad, que no era otra cosa que haber entrado en una especie de trance y haber estado a punto de dejar que Endimión me hiciera…no sé muy bien qué.
Y estaba casi segura de que me había echado de su habitación no porque me odiara, sino porque se sentía atraído hacia mí.
— ¿Cómo qué? —sami me miró entrecerrando los ojos.
—No quiero hablar del tema. —Negué con la cabeza y aparté la vista.
— ¡¿Qué sucede?! —gritó la voz de lita de repente, y el corazón se me disparó al verla en el umbral de la puerta. Vino enseguida corriendo hacia mí. Posó las manos en mis hombros y me miró a los ojos.
—Ha estado arriba con Endimión —le explicó Darién. La expresión de lita pasó de la inquietud a la conmoción y se volvió para mirar directamente a Darién—. No ha pasado nada.
El rostro de lita se dulcificó y me miró con compasión. Y antes de que me abrazara, caí en la cuenta.
Todos ellos sabían lo que había pasado, o había estado a punto de pasar, con Peter. Andréu me había enviado a su habitación sabiendo exactamente lo que iba a suceder. Me refiero a que me había mandado arriba sabiendo que probablemente yo sufriría algún daño.
¿Qué demonios pasaba allí? ¿Y por qué no me sentía aterrada, como sería lo normal? De hecho, mientras lita me acariciaba el pelo y me murmuraba palabras de consuelo con su dulce acento británico, me sentía perfectamente segura. ¿Qué me pasaba?
—Estoy bien, de verdad —insistí, y lita me soltó por fin.
—Espero que lo digas en serio. —Me sonrió con tristeza y apartó los mechones de pelo que me caían sobre la cara. A continuación se enderezó.
—Lo digo en serio —asentí con firmeza y Darién me alborotó el pelo en plan de broma, como si con ese gesto quisiera reafirmar que todo iba bien.
— ¿Y este quién es? —lita se volvió hacia sami. La ansiedad de mi hermano desapareció solo con mirarla, y la saludó con una sonrisa.
—Soy sami, el hermano de serena. —Se lo veía un poco incómodo por la mirada de lita y comprendí a la perfección cómo debía de sentirse mi hermano en aquel momento. Lita le acarició la cara con delicadeza (sus mofletes de querubín eran irresistibles) y le obsequió con una cariñosa sonrisa.
—Yo soy lita, la mujer de Andréu. Eres mucho más lindo de lo que imaginaba.
—Gracias —respondió sami con cierta inseguridad.
— ¿Te han enseñado la casa? —lita lo había enlazado por el brazo. Se me ocurrió que había errado la carrera, pues habría sido una agente inmobiliaria excelente. Sami negó con la cabeza y lita rio. Y con eso, se lo llevó con ella.
En cuanto comprendí que ya no podían oírnos, me volví hacia Darién y le dije entre dientes:
— ¿Qué demonios ha pasado?
—Cuéntamelo tú —contraatacó él, sin alterarse. Tal vez había sobreestimado lo mucho que lo conocía.
—Alguna idea tendrás sobre lo que ha pasado, ¿no? —le pregunté. Viendo que no me respondía, proseguí—: O por lo menos lo sospechas. Se trata de algo que temías que sucediera.
—Yo no temía nada —respondió en voz baja, pero la confusión en la que me había sumido Endimión empezaba a disiparse y podía darme perfecta cuenta de lo nervioso que en realidad estaba Darién.
—Darién, yo confío en ti —le susurré—. No traiciones la confianza que he depositado en ti. —Por su expresión adiviné que lo que acababa de decirle le había gustado, pero a la vez lo atormentaba. Negó con la cabeza.
—No te hará ningún daño, serena. —Me miró fijamente—. Ninguno de nosotros te hará daño alguno.
—Entonces… —Me interrumpí, tratando de comprender lo que había pasado—. Endimión me dijo que me marchar antes de que acabara haciéndome algo muy malo. —Darién soltó el aire entre dientes y se quedó con la mirada perdida en algún punto por encima de mi cabeza.
—Pues… me imagino que cada uno de nosotros tiene una definición distinta sobre lo que significa hacerte daño.
— ¿Se supone que lo que acabas de decirme debería servirme de consuelo? Porque no es que me haya servido de mucho —le dije, cruzándome de brazos.
—Veamos, digámoslo de otra manera: tú eres la máxima prioridad para mi familia —dijo Darién, dando con ello por finalizada la conversación.
Seguía con la guitarra de plástico colgada al hombro. Canceló la pausa en la que había dejado el juego y desactivó el nivel para dos jugadores con el que había estado jugando con sami. Se puso a tocar una canción y cuando le pregunté qué significaba lo que acababa de decir, me ignoró.
Me dejé caer en el sofá al lado de luna y empecé a acariciar su largo pelaje blanco. Todo lo relacionado con Endimión me dejaba agotada. Me ruboricé solo de pensar que prácticamente me había lanzado a sus brazos. Había hecho el ridículo y me había metido en un buen lío con Andréu.
Pero incluso con todo eso, seguía deseando volver a verlo. Toda mi persona deseaba estar a su lado, y haría cualquier cosa por lograrlo.
Como era de esperar, lita embelesó por completo a sami. Era como si estuvieran hechos el uno para el otro: ella, todo amor maternal; él, un niño sin madre.
Cuando regresaron al salón, sami fue directamente a jugar con Darién. Y yo seguí acurrucada en el sofá. Lita se sentó a mi lado, descansé entonces mi cabeza en su regazo y le dejé que jugara con mi pelo.
—Sé que ahora estás dolida, pero al final todo tendrá sentido, cariño —murmuró lita, apartándome el pelo de los ojos—. Todo tiene su razón de ser.
Las noches de insomnio empezaban a hacer mella en mí y el relajante consuelo que me ofrecía lita era demasiado. Acabé dejándome arrastrar hacia
Un sueño repleto de imágenes de Endimión. A buen seguro, eran los mejores sueños que había tenido en mi vida.
Cuando me desperté, me sentía bien pero terriblemente desorientada. El salón estaba oscuro y no había nadie, con la excepción de luna, que roncaba con ganas acostada en el suelo a mi lado.
Me agité un poco sin llegar a levantarme, con la intención de llamar a Darién o a sami, pero entonces oí unas voces que conversaban bajitos. A continuación escuché la mención de mi nombre. Decidí no moverme más y aguzar el oído.
—Es evidente que no podemos volver a dejar a serena a solas con él. —Ese era Darién, intentando protegerme de Endimión.
—Sí, tienes razón. —La voz profunda de Andréu sonaba como una canción de cuna cuando hablaba bajito. Me imaginé que si me cantara una nana, me quedaría dormida—. Aunque al final tendrán que estarlo.
—No está preparada —dijo Darién—. Y él tampoco.
—El que no está preparado eres tú —contraatacó Andréu.
—Tal vez no —reconoció Darién—. Pero Endimión tiene demasiados conflictos para que esto funcione. Está poniéndole a serena las cosas más difíciles de lo necesario. Ya la has visto hoy.
—Rechazarlo resulta increíblemente doloroso —dijo Andréu, con tranquilidad—. Endimión está haciendo gala de una fuerza de voluntad tremenda negándose a ello, pero al final acabará claudicando. Es imposible. Por mucho dolor que piense que está evitando al comportarse así, esto resulta mucho peor.
— ¿Y tú cómo lo sabes? —Le preguntó Darién con recelo—. Tú nunca lo has rechazado.
—Lo hice al principio —confesó Andréu, aunque luego se desdijo—. Intenté ignorarlo, y fue brutal. He visto a Endimión después de lo sucedido con serena.
— ¿Y? —Darién presionó a Andréu al ver que no añadía nada más.
—No lo lleva nada bien —respondió simplemente Andréu.
— ¿Cuánto tiempo más va a durar esto? —preguntó Darién, y no pude evitar percatarme de cierto matiz de tristeza en su voz.
—No mucho más. —Andréu respiró hondo—. Tendremos que vigilarlos a los dos.
— ¡Andréu!—gritó lita desde otra habitación, al otro extremo del pasillo—. ¡Ven! ¡Sami ya me ha ganado dos veces al ajedrez! ¡Ahora tienes que probarlo tú! ¡Este chico es fabuloso!
— ¡Enseguida voy! —le gritó Andréu y a continuación siguió hablando con Darién, más bajito—. ¿Lo has entendido?
—Sí —dijo Darién con desgana.
No oí los pasos de Andréu al marcharse, pero aquello ya no me sorprendía. Y entonces se perfiló en el umbral la silueta de Darién. Cerré enseguida los ojos para fingir que continuaba durmiendo.
Luna gimoteó cuando Darién pasó por su lado y él le dio unos golpecitos cariñosos en la cabeza antes de sentarse en el sofá a mi lado. En cuanto el sofá se movió, me desperecé como si acabara de despertarme.
— ¿Has dormido bien?
—Sí. —Asentí y me incorporé hasta quedarme sentada con las rodillas dobladas y de cara a él. Mi voz sonaba rara a causa del llanto, pero confiaba en que Darién pensara que se debía a que estaba aún medio dormida.
— ¿Oye? ¿Estás bien? —Parecía triste y preocupado. Mis ojos se adaptaron poco a poco a la penumbra y vislumbré la expresión de inquietud de su rostro.
—Sí, solo estoy cansada.
—Me lo he imaginado cuando te has quedado dormida. —Me di cuenta de que trataba de mantener un tono informal, pero le costaba.
Lo que Andréu le había dicho le había impactado, y cuando Darién se sentía ansioso, yo me sentía aún peor. Tardaría poquísimo en echarme a llorar.
—Pareces preocupado —dije.
—No, estoy bien —insistió Darién, negando con la cabeza en la penumbra.
—Darién, prométeme que no me pasará nada. Sabes que creeré todo lo que me digas, de modo que tienes que prometerme que todo irá bien. —Mi voz evidenciaba mucho mayor nerviosismo del que me habría gustado.
—Sé que en estos momentos es imposible que lo entiendas, pero no tienes de qué preocuparte. —Me rodeó con el brazo y me atrajo hacia él, apoyando acto seguido la barbilla sobre mi cabeza—. Estoy preocupado porque me importas mucho. El problema soy yo, no tú. Tú estarás mejor que bien. Te lo prometo.
—Tienes razón. No entiendo nada —dije. Me acarició el pelo y moví la cabeza, que tenía pegada a su pecho. Y entonces me di cuenta de algo muy extraño—. No oigo latir tu corazón.
—Aguza el oído.
Presioné la oreja con más fuerza contra su pecho, agucé el oído y lo encontré, un sonido muy débil e increíblemente lento. No lo cronometré, pero no emitía más que diez o veinte pulsaciones por minuto.
— ¡Va lentísimo! —Eché la cabeza hacia atrás para mirarlo—. ¿Te encuentras bien? No te irá a dar un infarto, ¿verdad?
—Qué va —dijo Darién riendo, esta vez ya más como era habitual en él—. Mi corazón late siempre así.
—Pues eso no es normal. —Fruncí el ceño, intentando comprender aquello—. Mi corazón no late así, ni mucho menos.
—Lo sé. —Vi que mis comentarios le hacían gracia, como siempre que me sentía confusa—. Oigo tus latidos.
— ¿Cómo? Estás muy lejos. —De hecho, estaba sentado justo delante de mí, pero demasiado lejos para poder escucharlo—. No puedes oírlos bien.
—Es por esto. —Extendió el brazo y me puso con cautela los dedos en el cuello.
Al principio no entendí qué hacía, pero entonces noté su dedo pulgar acariciando mi yugular. Estaba palpando mi pulso y una expresión de puro placer cruzó su rostro. Irradiaba una cálida voracidad que yo no alcanzaba a comprender.
— ¡Darién! —La voz de Andréu irrumpió en la estancia y Darién retiró la mano al instante, como si lo hubieran sorprendido con la mano en mi camiseta y no en mi garganta—. Es tarde. Sami está cansado. Quizá deberías llevarlos ya a casa. A menos que no te sientas con fuerzas, en cuyo caso los acompañaré yo encantado.
—No, ya voy yo —replicó Darién a regañadientes, y se levantó del sofá.
Andréu le lanzó una mirada de desaprobación al salir del salón, pero Darién se negó a mirarlo. A mí me dirigió una sonrisa tranquilizadora y me dijo que esperaba volver a verme pronto. Lita se despidió de mí con un fuerte abrazo, y abrazó a sami con mayor ímpetu si cabía.
Durante el recorrido de vuelta a casa, sami charló sin parar sobre la fabulosa casa de Darién, sobre lo estupenda que era lita y sobre todas las cosas divertidísimas que había hecho mientras yo dormía. Me limité a apoyar la cabeza contra la frialdad de la ventanilla y, por una vez, no tuve ganas de decir nada.
Seguía sin saber qué eran Darién y su familia, pero era evidente que no podía confiar en ellos. Endimión se había mostrado maleducado conmigo y había mantenido las distancias porque no quería hacerme daño. Intentaba protegerme.
A pesar de ello, yo amaba a Darién, a lita, e incluso a Andréu, y sin duda alguna sentía algo muy fuerte por Endimión. Y sabía que, aunque estar con ellos significara morir, seguiría viéndolos. Sería aún peor vivir sin ellos.
Cuando sami y yo subimos a casa, estaba completamente aturdida. En parte se debía a mi resignación ante una muerte inminente, pero principalmente era consecuencia del efecto de haber estado con Endimión. Endimión era como una droga, y estaba aún medio colgada.
Me derrumbé en el sofá mientras sami trajinaba por la cocina. La visita había tenido en sami el efecto contrario, pues rebosaba energía.
— ¿No tienes hambre? —me preguntó desde la cocina. A pesar de que oía ruido de cacerolas, me hundí más en el sofá—. Me muero de hambre. ¿Sabes lo que me parece extraño? Hemos estado allí desde las cinco de la tarde hasta las dos de la mañana, y no les he visto ni comer ni beber algo ni una sola vez. De hecho, cuando les he pedido algo de beber, lita ha tenido que rebuscar por
Toda la cocina hasta dar con un vaso y una botella de agua —prosiguió sami, sin detenerse ni a respirar—. ¿Sabes? Me parece que en esa casa no tienen ni comida. Deben de comprarla siempre preparada. Lo que resulta extraño, pues lita parece una auténtica ama de casa. Sami continuó divagando, pero yo me moría de sueño. Y entonces, de repente, todo cobró sentido. Comprendí exactamente lo que eran Darién y Endimión.
Pero antes de conseguir pronunciar la palabra, caí dormida y me olvidé de ella por completo.
N/A! ¡Hola!... les deseo un feliz día de la amistad ¡que la pase genial en compañía de sus amigos/as!
