Capítulo 12

Dormí trece horas seguidas en el sofá. Lo que me había sucedido con Endimión debió de ser el equivalente a una sobredosis de pastillas para dormir.

Me desperecé lentamente, intentando aliviar el tortícolis y los tirones del cuello y la espalda. Sami estaba sentado frente a la computadora y se limitó a sonreír socarronamente al ver mis esfuerzos por tratar de incorporarme.

—Buenos días, el sol ha salido hace un buen rato —canturreó alegremente. Parecía aún más animado que durante la noche.

—Calla —refunfuñé.

Acababa de despertarme y Endimión llenaba ya mi agotado y neblinoso cerebro. Como si tuviera resaca, me dolía todo y la cabeza me daba punzadas. Respiré hondo y recordé al instante su olor, a manzanas y a alguna cosa más que no conseguía ubicar.

— ¿Qué vas a hacer? —sami me despertó de mis ensoñaciones. Me miró como si fuera una causa perdida y decidí que tenía que ponerme en marcha.

—Nada —le respondí por decir algo.

Lo primero que hice cuando entré en el cuarto de baño fue buscar el teléfono en el bolsillo. Eran casi las cuatro de la tarde, por lo que era muy posible que Darién ya estuviera despierto. Cerré la puerta y, antes incluso de ir al baño, le escribí un mensaje.

«Necesito verte hoy», le puse, y a partir de ese instante se inició la agonizante espera de respuesta.

Cuando acabé de ducharme seguía sin haberme contestado. Empecé a notar un nudo nervioso en el estómago. A lo mejor había hecho algo mal y nunca jamás volverían a permitirme entrar en aquella casa.

O tal vez fuera que Darién se había cansado de mí. Seguramente estaba cabreado porque había estado tonteando con su hermano. Si yo hubiera estado en el lugar de Darién, me odiaría.

Durante aquella conversación con Andreu habían mencionado que no podían dejarme a solas con Endimión. A lo mejor eso significaba que no podría volver a verlos nunca más. Es decir, que de un modo u otro lo había mandado todo a paseo.

No aguantaba más, por lo que tomé la decisión de llamar a Darién y averiguar qué sucedía. Cuando me respondió el buzón de voz y no él, estuve a punto de echarme a llorar.

—Darién, soy yo. Serena. Un… Solo quería disculparme por lo de anoche. Sé que… reacciono de forma exagerada a todo, y lo siento de verdad. Solo que…, en realidad, necesito verte hoy. Tenemos que hablar. De acuerdo…, llámame cuando puedas. Adiós.

Esforzándome por seguir la rutina diaria, conseguí vestirme y maquillarme, pero nada de aquello me parecía real. Era como un cascarón de mí misma dejándose llevar por la inercia. Tenía la cabeza completamente cautivada por el olor de Endimión, por su forma de mirarme y por el modo en que mi cuerpo se había sentido atraído hacia él.

Una vez acicalada, me senté de nuevo en el sofá, con la mirada perdida, e intenté pensar qué sería de mí si nunca más volvía a hablar con Endimión o con Darién.

— ¿Qué te pasa? —sami continuaba sentado ante la computadora, pero no podía seguir ignorando mi mirada de zombi. Negué con la cabeza y tragué saliva. Al verme de aquella manera, mi hermano dejó lo que tenía entre manos, se levantó y vino a sentarse a mi lado—. ¿Qué pasó anoche?

—Nada —murmuré.

—Vamos, serena. —Me miró fijamente, con unos ojos que decían «te conozco mejor que nadie y, por lo tanto, no tiene sentido que continúes mintiéndome»—. ¿Te hizo algo el hermano de Darién?

—No. —Me mordí el labio y me pregunté si me habría hecho algo. ¿Por qué no podía quitármelo de la cabeza? Era como si se me hubiese metido debajo de la piel, aunque no de forma desagradable—. Lo que ocurre es que me gusta

De verdad. Más de lo que nunca haya podido gustarme alguien. Es completamente… visceral.

— ¿Abusó de ti?

No estaba segura del todo de si el hecho de que Endimión me hubiera expulsado de su habitación era un rechazo o lo había hecho para protegerme. Notaba el peso del teléfono en mi mano y bajé la vista, esperando ansiosa que Darién me llamara y lo solucionara todo.

—No lo sé —respondí con sinceridad—. Darién no ha respondido el mensaje que le he enviado. A lo mejor se ha enfadado conmigo. Me da la impresión de que he cometido algún error.

—Tú no has hecho nada malo. —sami se mostraba tan incrédulo que me quedé mirándolo—. Allí te adoran, están locamente enamorados de ti. Lita no dejó de hablar de ti en ningún momento y Darién te mira como si fueses capaz de caminar sobre las aguas. En realidad, da asco.

— ¿De verdad? —Me sentí un poco mejor, pero Darién seguía sin llamarme, por lo que no podía decirse que estuviera desmesuradamente mejor.

—Sí. —Hizo un gesto afirmativo y se quedó mirando mis manos. Arrugó la nariz—. Tienes la pintura de las uñas descascarillada. ¿Por qué no te las repasas mientras esperas a que Darién se despierte?

— ¿Crees que sigue durmiendo? —pregunté esperanzada, y dejé que mi hermano me tomara las manos.

Había dejado mi neceser con el maquillaje encima de la mesita y sami se inclinó para sacar el quitaesmalte, unas bolitas de algodón y un botecillo de laca de uñas de color azul oscuro.

—Piensa que cuando nos marchamos debían de ser las dos y media de la mañana, y que allí todo el mundo estaba aún despierto. Además, es un playboy rico y joven que no trabaja en nada. ¿Por qué tendría que levantarse temprano? —sami tenía razón, de modo que empecé a relajarme.

—Si me paro a pensar que no es la primera vez que me pintas las uñas, creo que debería haber adivinado antes que eras gay —le dije en broma. Sami llevaba pintándome las uñas desde que era capaz de pintar algo. Considerando

en retrospectiva mi vida a su lado, me daba cuenta de que había muchas pistas evidentes que debería haber captado.

—Supongo —dijo.

Cuando terminó de pintarme las uñas, se sentó a mi lado en el sofá. Habló un rato de lo mucho que le habían gustado lita y todos los demás y me dijo que confiaba en que no me importara si volvía a acompañarme allí algún día. La verdad era que no me importaba en absoluto. Me gustaba poder estar con él y con Darién a la vez.

Sami destacó el hecho de que no había conocido a Endimión, y ambos lo encontramos extraño. No había salido de su habitación en toda la noche y lita no le había enseñado a sami la planta superior de la casa. Como si intencionalmente hubieran decidido que no coincidieran.

El corazón me latió con una fuerza casi dolorosa cuando me di cuenta de que Endimión podía ser peligroso y que quizá ir a aquella casa no fuera seguro para sami. Estaba planteándome decirle alguna cosa al respecto cuando sonó el teléfono.

—Hola, siento no haberte llamado antes —dijo Darién. Me puse eufórica solo de oírlo, pero noté cierta tensión en su voz. Estaba preocupado por algo—. Anoche me fui a dormir muy tarde y acabo de despertarme.

—Lo siento. Espero que no fuera por mi culpa. —Pero sabía que había sido por mi culpa. Sabía que anoche había cometido algún tipo de error.

—No, no. —dijo Darién para tranquilizarme—. Fue simplemente… una pequeña crisis familiar, podría decirse.

— ¿Qué pasó? —La ansiedad se apoderó de mí. Sami me lanzó una mirada confusa y preocupada y le respondí negando con la cabeza, para que se

Calmara.

—Bueno... Te lo cuento cuando te recoja, ¿de acuerdo? ¿Tardarás mucho en estar lista? —Era evidente que me ocultaba algo.

—Ya lo estoy. —Me alegré de haberme arreglado con tiempo. De haber oído todo aquello recién levantada, habría salido corriendo hacia su casa vestida igual que la noche anterior y con el pelo sucio.

—De acuerdo. Enseguida estoy ahí. —Colgó, seguramente para impedirme que siguiera formulando más preguntas. Cerré el teléfono.

— ¿Qué ha pasado? —La cara de preocupación de sami era un reflejo de la mía, pero estaba demasiado destrozada como para responderle. Me calcé a toda prisa y tomé mi chaqueta tejida azul marino para echármela por encima—. ¿Serena?

—No lo sé. No me lo ha dicho.

¿Por qué tenía ganas de llorar? Juro que no suelo llorar tanto. Yo era una persona sana y normal. Pero Darién y Endimión tenían alguna cosa que me hacía romper a llorar a la primera de cambio.

Tenía las emociones a flor de piel. Era como si hubiera pasado toda mi vida explotándolas al mínimo y su familia las hubiera proyectado al máximo de sus posibilidades.

— ¿Sabes si todo el mundo está bien? —sami se inclinó sobre el respaldo del sofá y observó mi deambular de un lado a otro. Seguramente había levantado todo lo que necesitaba, pero tenía la sensación de que me dejaba algo y volví a buscarlo.

— ¡No lo sé, sami! —le solté—. ¡No me ha contado nada!

—Lo siento. —Estaba dolido. Me habría gustado disculparme, pero no tenía tiempo. Darién había dicho que estaría en casa «pronto», lo que significaba que podía presentarse entre los próximos cinco segundos y no mucho más de quince minutos—. ¿Quieres que vaya contigo?

—No, hoy no. —Conseguí por fin esbozar una sonrisa y mi hermano se dejó caer en el sofá—. Otro día, te lo prometo. Pero… hoy no, ¿de acuerdo?

—Bueno, anda, vete ya.

—Lo siento. Hablamos luego. —Y salí por la puerta.

Tendría que haberle dicho algo más, pero ni siquiera esperé a que llegara el ascensor. Pulsé el botón, pero al ver que las puertas no se abrían enseguida, decidí bajar por la escalera.

Y aun corriendo como había corrido, Darién consiguió superarme una vez más. Había venido con el Jeep, y prácticamente me zambullí en su interior. Lo miré con expectación, y él se limitó a saludarme con una triste sonrisa.

— ¿Qué ha pasado? —le pregunté en cuanto puso el coche en marcha.

«Yo muy bien, gracias» —respondió secamente Darién.

— ¡Darién!

—Lo siento. —Tenía los ojos fijos en la calzada pero me miraba de vez en cuando de reojo—. Pues resulta que anoche, después de que nos fuéramos… Endimión también se fue.

— ¿Qué quieres decir con eso de que «se fue»? —El corazón había empezado ya a latirme con fuerza y tenía un nudo en el estómago. Darién se limitó a refunfuñar—. ¿Darién? ¿Adónde se fue? ¿Por qué se marchó? ¿Por culpa mía?

—Tranquilízate —dijo Darién con un suspiro—. Por eso no he querido explicártelo por teléfono. Aunque quizá debería haberlo hecho. —Me lanzó una lúgubre mirada con sus ojos suplicantes—. Tranquilízate, por favor.

— ¡Lo haré cuando me cuentes qué es todo esto! —dije. Intenté respirar más despacio y aminorar mi descontrolado ritmo cardiaco.

—No sabemos adónde ha ido. —Había esperado a que me tranquilizara un poco pero mantenía la mirada fija en la calzada, como si le costara concentrarse y no distraerse con mi presencia. Agarraba con tanta fuerza el volante, que tenía los nudillos blancos—. Andreu tiene algunas hipótesis ya que… —Se interrumpió y se rascó la sien—. Se fue debido a… No me malinterpretes. Aunque sé que lo harás igualmente. Siempre me malinterpretas. Si te dijera: «Hoy estás preciosa», tú me dirías: « ¿Y qué? ¿Acaso no estoy preciosa cada día? ».

—No divagues, Darién, por favor. —Deseaba gritarle, pedirle que me dijera de una vez lo que sucedía.

—Sí. —Me miró, pero no entendí qué quería decirme con aquello, de modo que le devolví la mirada—. Sí. Endimión se fue debido a ti. Por lo que pasó ayer…, o por lo que estuvo a punto de pasar. Pero no es porque tú hicieras nada malo, ni porque tengas alguna cosa mala. Endimión tiene sus propias ideas, que yo

Desconozco. Personalmente, creo que es un estúpido, pero Andreu dice que… —Se interrumpió, a lo mejor porque se había dado cuenta de que sin decir nada tal vez había dicho demasiado.

Se me habían llenado de nuevo los ojos de lágrimas. Por mucho que dijera Darién, la realidad era que Endimión se había marchado por mi culpa, por algo que yo había o no había hecho, y la idea me resultaba devastadora. Deseaba a Endimión, y lo único que había conseguido era que se fuera.

— ¿Qué fue lo que estuvo a punto de pasar ayer? —pregunté en voz baja.

—Veamos… —Darién soltó una carcajada vacía y agarró el volante con más fuerza si cabía—. ¿Tú qué crees que pasó?

—No lo sé. La verdad es que me cuesta recordarlo. Cuanto intento pensar en ello, lo único que recuerdo es que estaba en su habitación y que me sentía increíblemente atraída hacia él y aquel… deseo.

Me esforcé en recordar qué era lo que me había provocado aquel colapso emocional, pero todo estaba muy confuso. Recordaba los ojos de Endimión, su olor, un deseo tan fuerte que resultaba incluso doloroso. Recordaba el latido acelerado de mi corazón, las terribles palpitaciones, que me costaba respirar.

—Para, serena, por favor —gimoteó Darién, sumido en la más completa agonía. Sus ojos azules se habían vuelto casi transparentes y mostraban una mirada hambrienta que evocaba la que Endimión tenía la noche anterior.

— ¿Qué pare qué? —le pregunté, casi sin aliento. Darién gruñó y apartó la vista, y estaba a punto de insistir más cuando el Jeep empezó a derrapar de forma horrorosa.

—Mierda. —Darién agarró con fuerza el volante e intentó corregir la trayectoria, pero me di cuenta de que el coche empezaba a ladearse y Darién me miró con desesperación.

Y antes de que me diera tiempo a asimilar qué sucedía, Darién se abalanzó sobre mí, me rodeó con sus brazos y me atrajo hacia sí. Cerré los ojos, pegué la cabeza a su pecho y noté su cuerpo doblándose para protegerme.

La sensación de movimiento era impresionante y percibí el aire frío agitándome el pelo. Me vi envuelta por el crujido del metal, el sonido del cristal haciéndose añicos y un escalofriante batacazo, pero nada de aquello superaba el retumbar del latido de mi corazón.

El abrazo de Darién se relajó por fin y levanté la cabeza. Su expresión reflejaba preocupación y miedo, pero el hambre seguía allí.

— ¿Estás bien? —me preguntó Darién, retirándome el pelo de la cara para examinar mis heridas.

—Creo que sí —dije. Estaba aturdida y asustada, pero no me dolía nada.

—Perfecto. En ese caso, necesito que te alejes de mí un minuto —dijo Darién con amabilidad.

Hice rápidamente lo que me pedía: me aparté de él y me incorporé. Darién también se levantó y se alejó unos pasos de mí.

Miré a mí alrededor por primera vez. Estábamos en el arcén de la autopista y la calzada estaba repleta de fragmentos de cristal y de metal. Había otro coche empotrado en la mediana divisoria de hormigón y, más allá, un monovolumen que no había sufrido grandes daños. Los focos de los coches detenidos me cegaban.

De entrada, no vi el Jeep por ningún lado, pero entonces lo divisé: unos diez metros por detrás de nosotros, las llamas devoraban lo que quedaba de él.

Sofoqué un grito al comprender que si Darién no me hubiera sujetado, estaría dentro de aquel coche, ardiendo con él, o, yendo como íbamos a más de ciento sesenta kilómetros por hora, habría sido proyectada por los aires y habría impactado contra el asfalto.

— ¿Estás bien? —le pregunté a Darién, volviéndome hacia él.

Darién se había llevado lo peor del golpe y, de no haber sido por él, en aquel momento estaría muerta. Mi cuerpo era mucho más frágil que el suyo, que a buen seguro tenía que haber resultado herido.

—Sí, estoy perfectamente —respondió, observando aquella masacre e intentando recobrar la compostura.

Tenía cortes en el brazo y, mientras se apartaba de mí, había apreciado la espalda de su camisa rasgada y manchada de sangre. Había impactado de espaldas contra el asfalto y se había deslizado unos metros por él.

— ¡Estás lleno de sangre! —exclamé, e hice ademán de acercarme con la intención de examinarle las heridas, pero Darién me lo impidió con un gesto.

Recordé entonces el mordisco del perro, aquellas graves heridas que habían quedado en nada. En realidad no estaba preocupada por él, por mucho que acabara de salir proyectado de un coche.

—Estoy bien. —Extendió el brazo para que pudiera comprobarlo. Donde debería haber un corte profundo, había un hilillo de sangre, pero nada más. Ni siquiera había una marca.

— ¿Y la espalda? —pregunté, y Darién negó con la cabeza.

—Escuece. Pero en un minuto estaré bien. —Debería tener un desgarro muscular y la piel destrozada, pero afirmaba que en un momento estaría repuesto.

—Me has salvado la vida. Otra vez. —Crucé los brazos sobre mi pecho, apretando con fuerza.

Me sentía presa de la adrenalina, la confusión y el efecto sedante de Endimión, además del recelo de Darién y aquella sensación de hambre que había percibido en él y que iba desvaneciéndose. Estaba al borde de la histeria.

—Bueno, la verdad es que esta vez casi te mato también. De modo que más o menos queda compensado. —Darién se refería a que casi me mata con el Jeep, pero yo seguía notando su hambre. Recordé en aquel momento la inquietante conversación que había mantenido con Andreu y en la que habían mencionado que la actual situación no se prolongaría mucho tiempo.

— ¿Por qué sigues salvándome la vida? —Hablé con voz temblorosa y noté lágrimas calientes resbalando por mis mejillas. Darién me miró como si no comprendiera lo que estaba diciéndole, pero continué hablando, y cuanto más hablaba, con más ganas lloraba—. ¡No lo entiendo! ¿Por qué sigues salvándome si piensas matarme? ¿Por qué no te das prisa y acabas con esto de una vez? ¿Acaso es una especie de repugnante juego para ti? ¿Acaso tienes que jugar siempre con tu comida antes de devorarla?

Se quedó boquiabierto y con los ojos como platos, con una expresión conmocionada y dolida a la vez.

— ¿Sabes…? —Se interrumpió, intentando asimilar lo que acababa de decirle—. No vamos a matarte.

—Y entonces ¿qué es todo esto? —Estaba casi chillando—. ¿Qué demonios son y qué quieren de mí?

—Somos vampiros, serena.

Darién me miró sin alterarse, y yo casi rompo a reír a carcajadas, pero entonces me di cuenta de que hablaba completamente en serio. Caí en un aturdido silencio, muy oportuno, pues de repente empezaron a sonar las sirenas y a vislumbrarse las luces intermitentes de la policía y las ambulancias.