Capítulo 14

— ¿Oyes mi sangre? —dije en voz baja. No respondió, pero apartó poco a poco la vista de mi cuello para volver a mirarme a los ojos. Seguía desprendiendo aquella sensación de hambre que me llenaba de un extraño deseo—. ¿Cómo suena?

—Suena a…—Soltó el aire de un modo que me recordó sospechosamente un gemido—. Música.

— ¿Y qué se siente —susurré—. Si me mordieras… ¿qué sentiría?

Sus ojos adquirieron aquella mirada nostálgica, parecida a la adoptada Andreu cuando pensaba en lita, y el corazón me palpitó con fuerza. Una expresión de placer cruzó el rostro de Darién y me ruboricé por un instante ante la evidencia del deseo y la adoración que Darién me profesaba.

—Creo… —Soltó el aire y sonrió con amargura—. Creo que deberíamos ir regresando. —Se apartó de mí con brusquedad y se volvió. Aquel repentino cambio, aunado con el deseo que seguía flotando en el ambiente, me sorprendió.

— ¿Qué? ¿Por qué? —Salté del taburete y correteé tras él—.

Aún no es muy tarde.

—No, no lo es —reconoció Darién. Crucé la puerta antes de que se cerrara y corrí tras él—. Pero me queda poca fuerza de voluntad.

—Puedes morderme si quieres —me ofrecí servicialmente. Sabía que deseaba hacerlo, y tampoco me parecía gran cosa que lo hiciera—. Quiero que lo hagas.

Se detuvo al llegar al Jetta y me quedé a escasos metros de él, observándolo. Entonces Darién rio de una forma misteriosa y se volvió hacía mí, rascándose la cabeza y con una increíble sonrisa.

— ¡Ahora sí que me has matado! —dijo, moviendo la cabeza de un lado a otro. Y cuando me acerqué a la puerta del coche me señaló con las llaves y añadió—: ¡Eres más peligrosa que yo!

— ¿Qué? —le pregunté. Él estaba de pie junto a la puerta del conductor y yo al otro lado del coche. Lo miré por encima del techo del vehículo—. ¿Por qué no lo haces? —Su desesperación me inducía a desearlo también y no alcanzaba a comprender por qué no me mordía.

—Porque no puedo, serena —respondió muy serio. Apartó la mirada, avergonzado casi—. Y si no paras con esto, tendré que pedirle a lita que sea ella quien te acompañe a casa. —Movió la cabeza—. Acabaré siendo incapaz de negarme.

—De acuerdo, ya me callo.

Abrí la puerta del coche a regañadientes y entré. Darién entró unos segundos más tarde y puso el coche en marcha. Percibía hasta qué punto me deseaba. La intensa hambre que hervía dolorosamente en su interior y la vergüenza que le provocaba sentirse así. Permanecí sentada en silencio; unas incómodas lágrimas asomaban otra vez en mis ojos.

— ¿Estás llorando? —Le costaba incluso hablar—. ¿Por qué lloras?

— ¿Qué tengo yo de malo? —le dije, secándome los ojos.

— ¿De qué me hablas?

—Debo de tener algo de malo. Endimión ni siquiera soporta estar a mi lado, y tú tampoco. ¿Acaso mi sangre es un veneno o algo por el estilo?

—Oh, serena. —Se rascó la sien; su risa era vacía—. No tienes ni idea de lo que provocas en mí. —Volvió a mirarme e hizo un gesto negativo con la cabeza—. Ni siquiera puedo llevarte a casa. Ni siquiera eso. —Y entonces salió del coche.

— ¿Qué? —Salí corriendo tras él, preguntándome qué habría hecho para que se comportase de aquel modo. Darién se había quedado junto al coche, intentando calmarse—. ¿Qué es lo que he hecho?

— ¡No eres ningún veneno! ¡Eres todo lo contrario a un veneno! —Darién soltó el aire con fuerza, aunque más bien daba la impresión de que estuviera ahogándose—. No puedo meterme en este coche contigo. Después de esto necesito bajarme, pero eres tan… —Negó con la cabeza. Incapaz de pronunciarlo en voz alta.

—No entiendo nada. Si tanto me deseas, ¿por qué no actúas? —Sentía lo que él sentía y, por lo tanto, deseaba lo que él deseaba. Era crudo, puro y tan intenso que resultaba asfixiante.

—Serena… —Tenía las manos en las caderas y soltó el aire, temblando—. Endimión me mataría. Me haría pedazos, literalmente. Por mucho que no quisiera hacerlo, lo haría.

— ¿Qué? ¿Qué tiene que ver Endimión con esto?

Pensé en Endimión, sintiéndome extrañamente excitada por el hecho de que se mostrase celoso por mí causa, y mi corazón se aceleró. El rostro de Darién se contorsionó de angustia y siguió negando con la cabeza.

— ¡Estás pensando en él! ¡Estás pensando en él! —Cerró las manos en puños.

— ¡Lo siento! —grité, esforzándome por ralentizar mis pulsaciones. Parecía como si estuviera matándolo de verdad y su agonía me desgarraba—. ¿No puedes morderme para que esto termine de una vez?

— ¡serena! —Se lamentó Darién—. ¡Es mi hermano! ¡Y tú eres suya! ¡Perteneces a Endimión, no a mí!

—Pero ¿de qué hablas? —Pese a lo estimulante de sus palabras, era como si acabasen de darme un bofetón—. ¿Quieres decir que me elegiste para Endimión?

—No, yo no tuve nada que ver con el tema. Ni nadie. —Apartó la vista, pero sabía que estaba destrozado—. Es a sangre. Tu sangre, la sangre de Endimión. Reaccionan entre sí. Por eso te vuelves loca cuando piensas en él. Y yo también me vuelvo loco porque corre también por mi sangre.

Lo que me sucedía con Endimión era una cuestión de física. Entre nosotros se producía una reacción química que yo era incapaz de explicar. Empecé a darle vueltas al asunto y Darién ya no pudo más. Pasó corriendo por mi lado en mi dirección a la puerta de acceso a la casa.

— ¡lita! —gritó al entrar. Lo seguí como una estúpida. Darién quería en parte que lo siguiera, porque continuaba deseándome —. ¡Lita!

— ¿Qué pasa? —lita apareció rápidamente en el vestíbulo, cubriéndose con un albornoz. Vio la expresión atormentada de Darién y se quedó blanca como el papel—. Darién, ¿no habrás…?

— ¡Aléjala de mí! —explotó él, llorando también, pero Darién ya había desaparecido.

— ¿Te ha mordido? —me preguntó lita, y acto seguido empezó a examinarme el cuello de un modo muy similar como lo había hecho Darién el día anterior.

—No —negué con rotundidad. Arriba se oyeron golpes y portazos y lita miró el techo con recelo.

—Vamos. Tenemos que sacarte de aquí. —Me rodeó con el brazo y me condujo hacía el garaje.

—Si sólo llevas un albornoz…

—Ya no puede más, cariño —susurró lita. El Jetta seguía en marcha, entramos en él y salimos del garaje.

—Lo siento —repetí.

—Oh, cariño, si tú no tienes la culpa de nada —me dijo lita con una reconfortante sonrisa—. Darién debería tener más cabeza, es todavía muy joven. —Separó la mano de volante para acariciarme el pelo—. La cosa no está tan mal. De verdad.

—Es que yo siento todo lo que él siente —dije en voz baja—. Sé lo duro que es para él. Siento cómo me desea, por eso quería que…, que lo hiciera, y no hago más que complicarlo todo.

— ¿Qué tu qué? —lita me miró perpleja —. ¿Dices que sientes todo lo que sientes todo lo que él siente?

—Sí —dije, asintiendo—. ¿Es eso malo?

—Da igual si lo es, si es eso lo que sucede —respondió lita distraídamente y fijó la mirada en la carretera.

—Me ha explicado que estoy destinada a Endimión.

—Es lo que me imaginaba —dijo lita con un suspiro. Y volvió a sonreírme—. Lo habrías acabado descubriendo igualmente. Pero pensábamos que no era bueno sorprenderte con tanta información nueva, sobre todo teniendo en cuenta que Endimión es como es.

Endimión es un hombre muy complicado, pero es bueno.

—Tragó saliva con ese gesto adiviné que aún me escondía cosas—. Y Darién es muy joven. Y aunque últimamente no lo parezca, han estado siempre muy unidos.

— ¿Es verdad que Endimión mataría a Darién si se entera de que me ha mordido?

—Sí. —lita se mordió el labio y se negó a mirarme—. Y se enteraría. Son cosas que no puede mantenerse en secreto. Captaría tu olor en Darién. —Y se

Volvió entonces hacía mí—. Por lo tanto, si ha pasado alguna cosa es mejor que yo esté al corriente, para tratar de protegerlo a los dos.

— ¿Qué quieres decir? ¿Qué Endimión nos mataría a los dos?

—Por primera vez desde que conocía a Darién empecé a temer por mi seguridad—. No lo entiendo. Si estoy destinada a Endimión… ¡Nada de esto tiene sentido, lita!

—En cuanto te haya dejado en casa, llamaré a Andreu para pedirle que venga a casa en seguida y lo solucione todo. —Tenía los ojos llenos de lágrimas y sujetaba el volante con fuerza—. Nunca tendría que haberte dejado a solas con Darién. Ya sé que ha estado contigo muchas veces, pero tenía que haberme dado cuenta de que la situación estaba cambiando.

—No me ha mordido, de verdad —dije, en un intento de tranquilizarla

—Todo está descontrolándose. Le dije a Andreu que no se fuera y que esta vez todo sería distinto.

— ¿Esta vez? —pregunte.

—Ahora no, serena. —El coche se detuvo en seco y me di cuenta de que habíamos llegado a mi casa. Estaba tan sumida en mis pensamientos que el tiempo me había pasado volando—. Ve a casa y mañana ya se podrá en contacto contigo Andreu, Darién o quien sea.

— ¿Cómo sabías mi dirección? —Miré a lita, que tenía la vista fija en la calle.

—Tengo que volver a casa y encargarme de Darién antes de que se autolesione.

— ¿Estás insinuando que podría autolesionarse? —dije, casi jadeando.

—Tengo que irme —suplicó lita—. Mañana hablamos. ¿Entendido?

— ¡Entendido, vete! —Salí corriendo del coche y la vi arrancar a toda velocidad. Recé para que Darién no cometiera ninguna estupidez.

Sentía que todo en mi vida era confusión y caos. Me dejé caer en la fría acera y lloré.

Y entonces pensé (Un baño caliente, un par de analgésicos y un té caliente con coñac cortesía de sami y del mueble bar de mi madre) después, conseguí dormirme. Sami me

Vio hecha una piltrafa al llegar a casa y le prometí que se lo contaría todo otro día, pues en aquel momento no tenía fuerzas necesarias para hacerlo.

Cuando me desperté, encontré mi almohada empapada y comprendí que había estado llorando en mis sueños. Sami me informó que me había pasado la noche gimoteando aunque, por suerte, no había entendido nada de lo que murmuraba.

Me pasé el día dando tumbos por casa y me sorprende que no acabara rompiendo nada. Sami me obligó a comer, pero tragar me resultaba prácticamente imposible.

Me vestí con un pantalón de chándal cómodo y una camiseta y ni tan sólo me tomé la molestia de ducharme. Me parecía una tarea excesiva y ni siquiera sabía si iba a encontrarme ese día con Darién o con Endimión. Había enormes probabilidades de que jamás volviera a verlos. Endimión se había ido y Darién…

—Me parece, serena, que no tendrías que volver por allí —me dijo sami. Estaba de pie junto al sofá, mirándome con mala cara. Yo seguía acurrucada, hecha un auténtico ovillo, con la mirada fija en el televisor y el teléfono en la mano—. Llegas a casa exhausta, no sé qué hacen, pero no puede ser bueno.

—Pues tendría que ver lo que yo les hago a ellos.

— ¿Qué? —Vi la preocupación reflejada en sus ojos castaños y aparté la vista.

—Nada.

—serena, lo digo en serio. —sami siempre tenía un espíritu paternal y, en condiciones normales, yo sucumbía a él, pero ese día estaba demasiado aletargada para reaccionar. Me limité a cubrirme la cabeza con la manta para no tener que mirarlo.

Al final, mi hermano me dejó por inútil y yo continué allí tapada bajo la manta. La horrible verdad era que no quería seguir viviendo. Lo de la noche anterior me había dejado completamente destrozada.

Todo era confuso y doloroso y era incapaz de quitarme de encima la sensación de estar viviendo una pesadilla.

Justo en aquel momento sonó en mi teléfono la melodía de Time Warp y abrí los ojos de golpe.

«Andreu ha vuelto. Te recogerá en quince minutos.»

« ¿Por qué no vienes tú? ¿Estás bien? ¿Va todo bien?», le pregunté, notando que mi corazón se aceleraba dolorosamente.

«Estoy bien. Andreu te lo explicara mejor. Hasta pronto.», me escribió Darién, y me sentí más aliviada.

— ¡No quiero que vayas allí —me dijo sami al ver que me ponía mi sudadera con capucha favorita, la que llevaba el día que Darién sufrió el ataque del perro.

—Pienso ir —repliqué sin alterarme mientras buscaba mis zapatos.

— ¿Vestida así? —preguntó sami con incredulidad.

—Sí. —Por fin encontré los zapatos y me calcé—. La situación ha cambiado. Ya no tengo que impresionarlos.

— ¿Piensas romper con ellos?

—No lo sé. —En realidad no había pensado tomar la decisión de no verlo más, pero la descarté al instante. Jamás podría dar por terminada mi relación con ellos. Estaba ineludiblemente unida a Endimión y, con toda probabilidad, enamorada de Darién.

— ¡Mañana tenemos clase! —grito sami cuando abrí la puerta.

—Me da igual —le respondí, y me marché.