Capitulo 16

Sin previo, Darién atacó con violencia a Endimión y lo mandó volando al otro extremo de la cocina. Mis pulmones ardieron al llenarse de nuevo de aire y quedé apoyada en la pared. Respirando con dificultad.

Endimión tropezó de espaldas con la nevera, pero recuperó al instante el equilibrio y contraatacó a Darién, que esperaba esa respuesta y se abalanzo de nuevo sobre Endimión, apartándolo una vez más de mí.

– ¡Darién! –chillo lita, presa del pánico.

Andreu dio un paso al frente dispuesto a intervenir y Endimión, al verlo, hizo un amago de calmarse. Darién se interponía entre Endimión y yo, y su cuerpo me protegía insufriblemente de Endimión.

Una rabia a duras penas controlada contraía las bellas facciones de Endimión. Tenía las manos cerradas en un puño a ambos lados de su cuerpo y su mirada pasada por encima de Darién para clavarse en mí.

– ¡No le hará daño! –le dijo Andreu a Darién, y ambos retrocedieron un poco, aunque ninguno de los dos estaba dispuesto a abandonar del todo su posición.

– ¡La ha agarrado por el cuello! ¡No podía respirar! –vociferó Darién.

– ¡Jamás la habría dejado morir! –Grito Endimión–. ¡Oía su latido y en ningún momento ha flaqueado! –Pero entonces algo le pasó por la cabeza y se acercó a Darién–. ¿Y a ti que te importa? ¿Cómo sabías tú que no respiraba? ¿Qué has hecho? – ¡Parad! –lita corrió a interponerse entre ellos. Extendió el brazo para posar las manos en sus pechos y así detenerlos, mientras Andreu se hacía a un lado.

– ¿Qué demonios pasa aquí? –Endimión miró a Andreu en busca de una explicación–. ¿Por qué le importa tanto a Darién?

–La verdad es que no sabemos qué sucede –reconoció Andreu, manteniendo la calma y mirándome de reojo–. Nunca había visto nada igual.

Endimión me estudió con curiosidad y mi corazón empezó a acelerarse. Vi en su mirada que lo había captado y escuché en aquel momento un gemido de Darién. Al instante, Endimión le clavó los ojos.

– ¡Reaccionas a ella! –Endimión no hablaba con rabia, sino con perplejidad. Se inclinó sobre Darién, mirándolo a los ojos–. ¿La has mordido?

– ¡No! –gimió Darién, exasperado.

–Y entonces ¿cómo es posible? –Endimión estaba asombrado. Cuando volvió a mirarme, sus ojos se habían dulcificado, lo que me dejo más confusa si cabía y no sirvió en absoluto para ralentizar mí ya acelerado pulso.

– ¡serena! –explotó Darién.

– ¡No puedo evitarlo! –dije, lamentándome.

–Ven aquí, Darién –le ordenó lita, señalando un rincón de la zona destinada a comedor. Darién murmuró una protesta pero hizo lo que se le decía. Lita se acercó a mí y me abrazó.

–Debe de… debe de haberse vinculado con Darién de alguna manera –explicó lentamente Andreu. La cara de Endimión era todo dolor y confusión cuando se volvió para mirarnos a Andreu y a mí–. Contigo es con quien reacciona más fuerte, pero por lo que parece ha habido cierto grado de transferencia.

– ¿Cómo es posible? –repitió Endimión, y Darién respondió casi mofándose de él

– ¿Y a ti qué te importa? –preguntó rabioso–. ¡Si ni siquiera la quieres!

Sus palabras me atravesaron como un cuchillo y me estremecí. Lita me abrazó con más fuerza. Lo que más me dolía era saber que Darién tenía razón. Endimión sólo sentía algo por mí porque su cuerpo le obligaba a sentirlo.

Endimión gruño y Andreu dio un paso hacia él para asegurarse de que no fuera a abalanzarse de nuevo contra Darién.

– ¡Ya basta! –grité–No pienso permitir que se maten por algo tan estúpido como mi persona. Si alguno de ustedes pudiera llevarme a casa, por favor, estaré encantada de dejarlos en paz de una vez por todas.

–serena, nadie desea eso que acabas de decir. –lita me acarició el pelo y me abrazó tanto como lo permití–. No queremos que te marches.

–Estamos tratando de solucionar este asunto –añadió Andreu.

–Me largo a dar una vuelta en coche–anunció de repente Darién, atravesando la cocina–. Me llevo el Lamborghini.

– ¡Ve con cuidado! –gritó Andreu a modo de despedida. Se oyó un portazo en el garaje por toda respuesta y Andreu se quedó indeciso–. Tal vez debería ir con él. –Miró a lita, que movió afirmativamente la cabeza dándole su aprobación. Andreu hecho a correr enseguida tras Darién.

Lita seguía rodeándome con un brazo. Era como una de esas madres que nunca te abandonan.

Una de las ventajas de ser un vampiro era no tener que sufrir nunca síndrome de nido vacío, aunque, en realidad tampoco podía afirmarse que lita tuviera el nido lleno. Jugaba a ser la madre y la niñera de los chicos pero, en realidad, eran hombres hechos y derechos que no la necesitaban para nada en ese sentido.

Yo la atraía porque era tremendamente frágil y dependiente y, además, era chica. Para ella era como una deliciosa muñeca y eso explicaba la inmensa cantidad de tiempo que se pasaba jugueteando con mi pelo.

–Pero ¡si todavía tengo que prepararte la cena! –lita cobró vida de repente y se separó de mí para atender corriendo los fogones. Por suerte no los había encendido porque, de haberlo hecho, se le habría quemado lo que fuera que estuviera preparándome.

–En realidad no tengo mucha hambre –repetí por décima vez.

– ¡Tonterías! –Exclamo lita dándome la espalda mientras empezaba a pelearse de nuevo con los ingredientes–. ¿Por qué no vas al salón y te relajas un poco? Te llamaré en cuanto tenga la cena a punto.

–Es más fácil hacer lo que ella quiere me dijo Endimión. Echó a andar en dirección al salón pero se detuvo para esperarme–. Vamos tenemos que hablar.

Entre con él en la sala de estar, aspirando su maravilloso olor. Mi cuerpo se sentía aliviado por el simple hecho de tenerlo cerca. Por otro lado, mantenerse lejos de él resultaba agotador. Me sentía atraída irremediablemente

Hacia Endimión y me vi obligada a recurrir a todas mis fuerzas para guardar las distancias.

– ¿Cómo tienes el cuello? –preguntó Endimión con tristeza mirándome.

–Bien –le mentí. Era como si tuviese las cervicales completamente desplazadas, pero no quería que se sintiera mal por haberme hecho daño. Me senté en el sofá y él, con toda la intención, tomó asiento en un sillón enfrente de mí.

–Lo siento. –Me miró con pesar y bajó a continuación la vista–. No debería haber hecho eso. Pero ya sabes cómo soy. –Cuando volvió a hablar, lo hizo con una voz apenas audible–. No soy muy agradable.

–No te creo.

–Pues deberías. –Nuestros ojos se encontraron –. Estarías mucho mejor con Darién. Yo soy un… –Movió negativamente la cabeza, incapaz o reacio a explicar con exactitud lo que era.

Endimión sabía lo que yo sentía por él, sabía que era incapaz de controlar mis sentimientos, y con todo y con eso estaba tratando de convencerme de que era una mala persona. La decisión tomada y que él fuera bueno o malo carecía de importancia.

–Quiero estar contigo –insistí, y algo hubo con mi tono de voz que lo sorprendió y lo dulcificó un poco. Pero enseguida se recuperó y sus facciones se endurecieron de nuevo.

–Tú no sabes quién soy. Yo no soy como ellos. Yo no soy bueno.

– ¿Qué te diferencia de ellos?–le pregunté.

Odiaba la sensación de tenerlo tan lejos de mí, y al final acabó siendo demasiado. Me levanté, me acerqué al sillón y me arrodille delante de él.

Me sonrió con una sonrisa dulce y sincera, después me acarició con delicadeza la mejilla y me retiró el pelo de la cara. Sentí un escalofrió de placer y me esforcé por mantener los ojos abiertos y no despegarlos de los suyos.

–Deberías tenerme miedo, pero veo que no es así –murmuró, estupefacto. Estudió mi cara sin separar en ningún momento su maravillosa mano de mí

Mejilla–. Si no fueras… –Se mordió el labio y suspiro–. Si no sintiera lo que siento por ti. No dudaría ni un momento en matarte. ¿Entiendes lo que te digo?

No estoy segura de sí le habría respondido que sí o que no pues se apoderó de mí un temblor impresionante que me hacía imposible hablar. Se inclinó hacia mí y retiró la mano para enterrarla en mi cabello.

–Soy un vampiro de verdad. He matado gente.

– ¿Tú…, tú has…? –musité. Mi corazón, que seguía retumbando de forma desesperada, se tensó de puro miedo y repulsión.

–Hummm…–volvió a suspirar, esta vez con cierta resignación–. No te lo han contado. Me sorprende que Darién no lo hiciera, aunque Andreu siempre intenta protegerme. Después…

–Su mirada se llenó de dolor, puro y duro–. Rey murió, y después de aquello me hundí en un frenesí de violencia. Al final logré controlarme, pero esa sed sigue ahí.

–Pero de eso hace ya mucho tiempo –dije en voz baja.

–No quiero hacerte daño.

–No me lo harás –le prometí.

Toda su resistencia se tambaleó, su vulnerabilidad le otorgaba un aspecto imposiblemente joven. Se quedó mirándome un instante y, de la forma más inesperada, me besó.

Su boca presionó la mía con intensidad y su mano se enmaraño entre mi pelo. Me explotó el cuerpo de placer. La insistencia de su gesto me volvió loca.

Y con la misma brusquedad con la que inició el beso, lo dio por terminado. Endimión se apartó con un gemido. Y antes de que me diera tiempo de decir algo, desapareció de allí.

Me moría por seguirlo, pero me limité a dejarme caer sobre el duro suelo de madera y a mirar el techo. Aunque la cabeza me daba todavía vueltas como consecuencia del éxtasis en el que me había sumido el beso, no quería sentir aquello por él. Sabía que Endimión me haría daño y que me presionaría hasta acabar conmigo.

Había algo en mí que al parecer estaba destinado a él, pero empezaba a preguntarme si todo aquello sería un error.

Lita apareció unos minutos después para anunciarme que la cena estaba a punto. La vi consternada, pero no sorprendida por encontrarme sola. Había preparado una pasta en la que reconocí reminiscencias de una receta de sami, aunque la versión de lita no le hacía en absoluto justicia.

Cuando termine de comer, lita arregló la cocina y la ayudé en lo que pude. De vez en cuando oía a Endimión arriba. Lo que me provocaba una aguda sensación de dolor en el costado. El hecho de tenerlo tan cerca y de que se negara a verme resultaba devastador.

En el salón, lita puso los Beatles, afirmando que su música era capaz de remediar cualquier mal humor, y se sentó en el sofá. Yo tomé asiento en el suelo delante de ella y dejé que jugara con mi pelo. La intención de aquel gesto era, en teoría, consolarme, pero al igual que la comida que acababa de prepararme, era más bien una manera de dar rienda suelta a su instinto maternal.

Me sentí aliviada cuando Andreu entró en el salón al cabo de un rato. Le dio un cariñoso beso a lita y decidí que era el momento oportuno para escaparme de allí.

Fui en busca de Darién. Estaba de cuclillas en la zona destinada a comedor, rascándole la barriga a luna. Me planté delante de él, con los brazos cruzados.

– ¿Lo has pasado bien dando vueltas por ahí con el coche? –le pregunté.

Levanto la vista y miró a lita y a Andreu, que estaban en su mundo, murmurándose cosas al oído. En aquel momento, viéndolos tan enamorados, casi los odié.

–Sí. ¿Y tú lo has pasado bien con Endimión? –Darién enarcó una ceja, fingiendo hacer una broma, pero vi que estaba dolido. Y era mucho más que eso, lo intuí, como un ardiente rencor en el fondo de mi garganta.

–Podría haber estado –dije

Su sonrisa me pareció más natural después de aquello y noté que la tensión amainaba. Después de darle a luna una palmadita, se incorporó y se quedó mirándome.

– ¿Puedes acompañarme a casa? –le pregunté.

–Creo…–Darién se interrumpió y movió la cabeza en dirección a la habitación de Endimión. A continuación hizo un gesto negativo–, creo que no debería. O, como mínimo, no en este momento.

– ¿Te han prohibido llevarme en coche? –Jamás me habría imaginado que fuera a echar de menos sus acelerados paseos por la ciudad, sobre todo después de que el último hubiera estado a punto de matarme, y me entristecía pensar que tal vez todo aquello nunca volvería a repetirse.

–No –respondió Darién en un tono burlón, como si a él nadie pudiera prohibirle nada–. Simplemente pienso que sería mejor que no lo hiciera por un tiempo. Endimión necesita comprender lo que está haciendo y tú también.

–Creo que no tengo ni voz ni voto en este tema –reconocí con sinceridad.

Tal como veía la situación, estaba completamente a merced de lo que decidieran Endimión y Darién. Por lo que a su vida se refería, yo sería tan solo aquello que me permitieran ser.

–Todo el mundo tiene derecho a decidir. –Se acercó un poco, mirándome con ansiedad–. Incluso tú.

– ¿De verdad lo crees?

–Tengo que creerlo. –Su sonrisa esperanzada titubeo y entonces le dijo a Andreu–: serena ya está preparada para irse a casa.

–Perfecto. –Andreu se levantó del sofá y me sonrió–. A veces me olvido por completo que no vives aquí

Andreu me posó la mano en la nuca y me apartó de allí. Miré a Darién por encima del hombro deseando que todo volviera a ser como antes, deseando no saber nada sobre vampiros, ni sobre Endimión, ni sobre que mi sangre estuviera destinada a quien estuviera que estar destinada.