Capitulo 21

Me había cubierto por completo la cabeza con el edredón para que no me molestase la luz del día, pero cuando finalmente asomé la nariz, vi que no entraba luz por ningún lado. En parte se debía a las gruesas cortinas que cubrían todas las ventanas de la casa, pero el principal motivo, según el reloj de la mesita de noche, era que ya eran más de las seis de la tarde y ya debía de haber anochecido.

Por la noche me había quedado despierta hasta tarde con Darién, viendo DVD de series de ciencia ficción y cuidándonos muy mucho de hablar sobre el problemón que nos había

caído encima: si tomaba la decisión de convertirme en vampira.

Me resultaba imposible comprender todas las posibles consecuencias de aquello cuando ni siquiera lograba creerme por completo que fuera cierto. Había pasado la velada viendo una vieja serie de televisión en DVD e intentando que el vampiro que tenía a mi lado no sucumbiera a la tentación de morderme.

¿Cómo iba a ser capaz de conciliar esos dos conceptos, lo más normal del mundo con lo sobrenatural? Algo de aquello no cuadraba.

Pero en lugar de seguir dándole vueltas al tema, me revolví en la cama y levanté el teléfono de la mesita de noche. Recordaba vagamente que el sonido del teléfono había interrumpido mis sueños y que en aquel momento estaba tan agotada que no había tenido ni fuerzas para responder. Cuando sigues siendo humano, pasarte la noche en vela puede resultar extenuante.

«¿Qué pasa? ¿Estás de verdad enferma? » Era un mensaje de Mina. Junto con un «¿Hola? ¿Me ignoras o qué? ». Como mínimo seguía preocupándose por mí, un detalle que me dejó pasmada.

Había tres mensajes de Sami y la verdad es que no me interesaba leerlos. No quería pensar que estaba solo todo el día en casa. En realidad no tenía amigos y se enfrentaba además al problema relacionado con sus tendencias sexuales. Era un momento muy cruel para dejarlo solo.

«¿No piensas volver al instituto? »

«Mamá ha preguntado por ti. Está preocupada. Quizá deberías pedirle perdón. »

«Yo también estoy preocupado. ¿Cuándo vendrás a casa? »

Refunfuñé y volví a taparme con el edredón hasta la cabeza.

¿Cómo podía responder a aquello? Seguramente nunca volvería a casa y seguramente nunca volvería a hablar con él.

Pero eso no podía decírselo. No quería. Justo el día anterior acababa de prometerle que siempre formaría parte de mi vida y, por lo visto, era una enorme mentira.

—¿Estás ya en este mundo?—preguntó Darién, muy dicharachero. Me imaginé que estaría en la puerta.

—Defíneme eso de «estar en este mundo».

—Lo tomaré como un sí.—La cama se movió de un lado a otro cuando Darién saltó sobre ella, y bajé el edredón lo suficiente para asomar la nariz y verlo. La habitación estaba completamente a oscuras y apenas podía discernir su sonrisa de gallito—. Buenos días, preciosidad.

—Si piensas estar tan alegre, ya puedes largarte —gruñí, y Darién se echó a reír.

Odiaba el sonido maravilloso de sus carcajadas y los escalofríos de placer que me provocaban. No tenía ganas de mostrarme agradable. Deseaba ser una cascarrabias y pasarme el día metida en la cama, evitando el mundo hasta que otro tomara la decisión por mí.

Tener que elegir sobre algo tan importante como el resto de mi vida era una responsabilidad excesivamente grande para mí.

—Me parece que no has dormido bien. —Se apoyó sobre un codo y me sonrió bobamente.

—De hecho, he dormido de maravilla. —Aún tenía el teléfono en la mano, de modo que estiré el brazo y le mostré la pantalla—. Sami me ha enviado un mensaje.

—¿A ver? —Me tomó el teléfono y buscó los mensajes entrantes—. ¿Todavía te hablas con Mina? Pensaba que te la habías quitado de encima.

—Nunca la tuve encima. Simplemente comemos juntas en el instituto y esas cosas. —Le resté importancia a su tono de desaprobación—. Pero Mina me da igual. Ella no es el motivo por el que me siento deprimida.

—¿No has respondido a Sami?

—¿Y qué quieres que le diga? —pregunté con sinceridad.

—Lo que te parezca. —Se encogió de hombros y me devolvió el teléfono —. Es tu hermano.

—¡Desde luego, no sirves de gran ayuda!

—¿Piensas volver a casa? —me preguntó Darién en un susurro.

—No. No lo sé. —Aparté la vista—. ¡No tengo ni idea de lo que voy a hacer!

—¿Por qué no te levantas y te das una buena ducha? Seguro que te sentirás mejor. Además, nadie te obliga a decidir nada ahora mismo. —Saltó de la cama y me miró expectante—. Vamos. Levántate.

—Sí. Seguro que tienes razón —reconocí, y abandoné poco a poco las sábanas.

—¿Sabes una cosa? Me gustaría de verdad que captaras de una vez el hecho de que yo siempre tengo razón. —Para animarme a ponerme en marcha, encendió las luces y la repentina luminosidad me obligó a parpadear.

—Lárgate de aquí para que pueda ducharme.

La habitación tenía baño y eché a Darién antes de empezar a preparar la ropa que me iba a poner. Como todos los demás dormitorios, el mío tenía un vestidor gigantesco y mi insignificante guardarropa resultaba patético en su interior. Lita se había ofrecido a llevarme de compras, pero ante una generosidad tan abrumadora, había declinado la invitación.

Cuando estuve lista, volví a tumbarme en la cama e intenté pensar en la mejor manera de responder a Sami. Aun cuando era posible que llegara un día en que tuviera que alejarlo de mí vida, no estaba preparada para que ese día fuera aquél.

Pero eso no significaba que estuviera dispuesta a volver a casa y fingir que había pasado. La vida que conocía hasta ahora había cambiado por completo y no podía regresar y simular que ciertas cosas me importaban cuando en realidad no era así. Sami seguía importándome, pero el instituto y los horarios impuestos no.

—¿Has acabado? —Darién llamó a la puerta y la abrió sin esperar respuesta. Se apoyó en el umbral y me sonrió—. ¿Ya vuelves a estar en la cama? Si acabas de despertarte...

—No estoy durmiendo. Simplemente pensaba. —Tenía el teléfono en la mano y lo miraba embelesada, como si por arte de magia aquel artilugio pudiera dar respuesta a todos los problemas de mi vida.

—Pues espero que no te importe, pero he venido a interrumpir tus pensamientos. —Abrió más la puerta y entró un poco en mi cuarto, dejándome ver lo que había tras él. Sami, con esa habitual timidez, estaba en la puerta y me saludaba con la mano—. He pensado que la compañía te iría bien.

—¡Sami! —Me senté en la cama y le sonreí—. ¿Qué haces aquí?

—Darién me ha llamado y me ha preguntado si me gustaría pasar un rato contigo. —Sami hizo un gesto de indiferencia y entró en la habitación—. Espero que no te moleste.

—¡No! ¡Es estupendo! —No fue hasta que lo vi, hasta que contemplé de nuevo sus nerviosos ojos castaños y sus regordetas mejillas, que me di cuenta de cuánto lo echaba de menos.

Sólo llevaba dos días fuera, pero como apenas lo veía cuando estaba en casa, me daba la impresión de que era mucho más tiempo.

—Creo que los voy a dejar un rato a solas. —Darién se dispuso a retirarse de la habitación y le regalé antes una sonrisa de agradecimiento. Él se limitó a asentir y cerró la puerta.

—¡Qué linda habitación! —dijo Sami, que estaba admirando mis aposentos, y comprendí que estaba pensando lo mismo que pensé yo al llegar: que era la habitación perfecta para mí—.¿La han decorado expresamente para ti?

—Me parece que Lita ha cambiado cuatro cosas —dije, encogiéndome de hombros.

—¿Y qué tal te tratan? —Se sentó con cierta indecisión en el borde de la cama, a buen seguro temeroso de que fuera a echarlo de un puntapié por haber invadido mi privacidad.

—Estupendamente bien. Creo que se sienten felices de tenerme aquí. —Jugueteé con el teléfono, observando a Sami con atención—. ¿Qué tal está mamá?

—Bien. Te echa de menos, me parece. Me refiero a que no lo dice. Pero quiere que vuelvas a casa. —Cuando me miró, sus ojos preocupados tenían una expresión muy triste—.¿Vas a volver a casa? —Lanzó entonces una mirada desdeñosa a la habitación—. No, supongo que no. Seguramente esto es demasiado en comparación con nuestro cuchitril. Allí sólo estoy yo. Y aquí tienes a Darién.

—No es eso. —Me asoló un enorme sentimiento de culpa.

Me imaginé a Sami sentado en casa y sumido en la tristeza, preparando comidas exóticas sólo para uno, y me entraron ganas de llorar.

—Entonces ¿qué es? —preguntó Sami. No estaba enfadado, sólo quería saber qué me pasaba—. La verdad es que me ha sorprendido comprobar que Darién y tú tienen habitaciones separadas. ¿O es sólo de cara a la galería?

—Aquí no hay ninguna galería —refunfuñé, evitando su mirada insistente.

—Serena, ¿por qué estás aquí? —me preguntó ya cansado.

Ésa era la pregunta alrededor de la cual giraba todo, precisamente la que menos podía responder. Por mucho que ellos le hubieran dado vueltas y vueltas el asunto contándome que yo estaba «destinada» a Endimión y «vinculada» con Darién, y en menor grado con Andreu, nada de aquello era una respuesta adecuada para Sami. Se trataba, simplemente, de que yo tenía que

estar en esa casa, con ellos, pero una respuesta de ese estilo sólo daría lugar a más preguntas.

—Porque es donde deseo estar en este momento —respondí finalmente. No sonó muy convincente, y por la expresión de Sami adiviné que no lo era—. Son muy amables conmigo.

—¿Acaso yo no lo soy? —replicó él, dolido e incrédulo al mismo tiempo—. Si no estás con Darién, y si no es sólo por el dinero, entonces... ¿Qué haces aquí durante la noche? ¿Bebes? ¿Te drogas?

—No, no, no es nada de eso. —Negué con la cabeza y tuve que reprimir la sonrisa que amenazaba con asomar después de escuchar la palabra «bebes».

—Simplemente intento comprender por qué no vuelves a casa. —Estaba casi suplicándome y me partía el corazón—.Puedo sacarte a mamá de encima, siempre y cuando intentes regresar a casa antes que ella. Y no tienes por qué estar todo el rato pegada a mí, pero te ayudaré con los deberes y prepararé la cena. Y luego puedes venir a esta casa y estar con ellos. Pero no tienes ninguna necesidad de vivir aquí.

—Yo no vivo aquí. —Tragué saliva e intenté no mirarlo, cuando se ponía triste parecía un chiquillo. Sus ojos castaños eran enormes e inocentes, y su aspecto era de niño desamparado—. Sólo necesito algo de tiempo para aclarar ciertos temas, ¿entendido? Y no pienses ni por un segundo que tengo intención de abandonarte. Significas demasiado para mí para alejarme de ti, ni siquiera por un tipo bueno y una cantidad impresionante de dinero.

—¿Y qué es lo que tienes que aclarar? —Sami arrugó la frente, aunque adiviné que se había relajado un poco.

Decidí responder con sinceridad a esta pregunta.—Lo que voy a hacer el resto de mi vida.

—¿Estás planteándote lo de la universidad? —Su mirada se iluminó y comprendí que sin darme cuenta había abierto la puerta a todo tipo de discursos sobre la universidad que no me apetecía en absoluto escuchar.

—Entre otras cosas por la cabeza, pero en el sentido de que ya que sería una vampira rica no tendría ninguna necesidad de estudiar.

—Sé que lo dices en plan irónico, pero he empezado a hacer un poco de búsqueda de facultades de medicina y psiquiatría para ti y hay muchísimas oportunidades fabulosas gracias a que estamos muy cerca de la Clínica Mayo. —Había conseguido salirme por la tangente y mi hermano empezaba a hablar gesticulando y con emoción.

—Conoces de sobra mis notas, Sami —dije, en un intento por cortar de raíz su entusiasmo—.Es imposible que consiga entrar en una facultad de medicina.

—Aún tienes tiempo para mejorarlas —dijo, restando importancia a mis palabras—. La Universidad de Minnesota también tiene programas estupendos y si de verdad te esforzaras durante los dos primeros años, sería fantástico para ti.

—Seguro que sí —murmuré.

Decidí dejar que continuara, limitándome a asentir y a mostrarme de acuerdo cuando la conversación lo exigiera. Mi hermano disfrutaba hablando sobre un tema que dominaba y sobre algo que, además, continuaba incluyéndome en su futuro.

Al cabo de un rato consiguió por fin quedarse sin fuelle y me informó de que me había traído lo que había sobrado de la comida. Lita había ido a la compra el día anterior, por lo que algo de comida había en la casa, pero a buen seguro era incomparable con cualquier cosa que Sami pudiera preparar, sobre todo teniendo en cuenta que allí nadie cocinaba.

Darién se sumó a nosotros cuando bajamos a comer y se excusó, por supuesto, diciendo que ya lo había hecho. Se sentó con nosotros a la mesa y, mientras yo comía, se dedicó a rascarle la cabeza a Luna y a charlar con sami.

Hacía días que Sami no tenía una conversación de verdad y, en consecuencia, tenía muchas cosas que contarnos. Como la imposibilidad de superar un nivel de World of Warcraft (algo relacionado con orcos y siglas que ni a Darién ni a mí nos sonaba de nada pero que parecía un tema muy serio cuando lo explicaba Sami) y la mala leche de la que hacía gala Mina en el instituto desde que yo no estaba.

En el instituto corrían además rumores subidos de tono acerca de un chico, Peruru, del que Sami dijo que estaba «buenísimo». Y luego se puso colorado como si se hubiese quemado.

Al parecer, el chico en cuestión había intentado relacionarse con Sami en clase de gimnasia y él no sabía cómo responderle.

Darién le aconsejó que en el Instituto no hiciera nada de nada pues, en el caso de que las cosas se tergiversaran, era mejor que nadie se enterara del asunto. Sami dijo que haría primero algunas comprobaciones a través de Twitter y Facebook y que quizá, a partir de ahí, pasaría a enviarle algún mensaje de texto.

Empezaba a hacerse tarde y Sami mencionó varias veces que tenía que estudiar para un examen de Introducción a los negocios que tenía al día siguiente, de modo que Darién decidió acompañarlo a casa. Fui con ellos, simplemente para entretenerme un poco, y Sami no paró de charlar durante todo el trayecto. Nos explicó los puntos esenciales de la dirección de una empresa y Darién consiguió con éxito mostrarse interesado en el tema.

—Ha sido divertido —me dijo Darién con una sonrisa después de que Sami saliera del coche.

—No sé si lo dices en plan sarcástico o no, pero yo sí me he divertido. —Le sonreí agradecida—. Gracias. La verdad es que lo echaba de menos.

—Me parece que él a ti también. —Suspiró con tristeza, y de entrada no comprendí por qué. Todos lo habíamos pasado bien y no entendía por qué le resultaba deprimente—. Esto no será una ruptura fácil, como lo fue para mí.

—¿Te refieres a abandonar a mi familia? —Le pregunté. Hasta que Lita me habló el otro día sobre la familia de Darién, no le había oído mencionar el tema. Lo único que Darién me había contado había sido que era originario de Stillwater.

—Sí. Mi padre era un cabrón, aunque había muerto hacía un tiempo. Mi madre me odiaba porque odiaba a los hombres en general, y mi hermana apenas me conocía. No tenía nada

que echar de menos, nada que dejar atrás. —Hizo una mueca y me miró—. A diferencia de ti. Se quedará destrozado cuando te marches.

—Lo sé. —Se me llenaron los ojos de lágrimas y pestañeé para evitarlas.

—No pienses que te digo esto porque no quiero que te conviertas. Sabes lo mucho que lo deseo. —Lo dijo como si ansiara desesperadamente que lo hiciera, pero lo entendí—. Pero sé que no va a ser fácil para ti. Y no quiero que tomes tus decisiones por lo que yo o cualquiera de nosotros pueda decirte.

—No lo haré.

Mi corazón tiraba de mí en direcciones distintas y la única solución aparente era partirlo por la mitad.

Endimión no había regresado aún de su viaje de negocios y yo seguía sin tomar una decisión. Tenía la sensación de que mi vida entera se encontraba en una situación de punto muerto. Para mantenerme ocupada, Darién me había llevado al cine y al zoo, pero nada de aquello conseguía aliviar el caos en el que estaba sumida. Todo colgaba de un hilo y era consciente de que tenía que afrontar el tema antes de que la incertidumbre acabara matándome.

En cuanto me desperté, bajé en pijama, con el cabello alborotado y los ojos legañosos. Andreu estaba recostado en el diván leyendo un libro y Lita estaba sentada casi a sus pies, entretenida haciendo un puzzle gigantesco sobre el suelo de parquet.

Había oído la ducha en el cuarto de Darién y debía de seguir allí pues, de lo contrario, estaría ocupado facilitándome la conversación.

—¿Pasa algo? —me preguntó Andreu, a la vez que levantaba la vista del libro.

—¿Va todo bien, cariño? —intervino Lita, que también me miró con cara de preocupación.

—¿Cuándo regresa Endimión? —pregunté.

—No lo sé. —Andreu se incorporó hasta quedarse bien sentado —. ¿Quieres que lo llame para averiguarlo?

—¿Qué pasará cuando vuelva a casa? —Me crucé de brazos, intentando hacerme la dura aun siendo consciente de que tal vez estaba haciendo el ridículo—. ¿Qué pasará?

—No lo sabemos con exactitud —respondió Andreu con cautela.

—Me odia. —Me dolió el simple hecho de pronunciarlo en voz alta, pero eso no cambiaba nada—. O, si lo prefieren, odia lo que siente por mí. Y su actitud no cambiará cuando vuelva a casa, ¿verdad?

—La verdad es que no entendemos lo que sucede entre ustedes. No sé qué decirte —respondió Andreu de manera evasiva.

—¿Qué intentas averiguar? —preguntó Lita.

—Si Endimión no me quiere, ¿qué sentido tiene convertirme en vampira? —pregunté. Intercambiaron miradas pero ninguno de los dos me ofreció una respuesta inmediata—. ¿Esperan que haya cambiado de idea como por arte de magia cuando regrese?

—No, la verdad es que no —reconoció Andreu con sinceridad.

—Entonces ¿qué sentido tiene todo esto? —Hice un gesto señalando mi entorno, preguntándome qué sacarían ellos alojándome en su casa y paseándome por ahí.

—¿Todo el qué? —Darién acababa de bajar la escalera saltando y había entrado en el salón, pasándose la mano por el pelo mojado. Dibujé interiormente una mueca de fastidio. Si había iniciado aquella conversación en ese momento era porque él no estaba presente.

—Quiere saber qué pasará cuando regrese Endimión —le explicó Andreu al ver que yo no tenía intención de responderle.

Inquieta, cambié de posición y miré a Darién, que de pronto se había puesto muy nervioso. Me miró de arriba abajo con sus ojos azules y se volvió hacia Andreu y Lita en busca de ayuda.

Andreu había dejado el libro sobre el diván y Lita sonreía sin saber muy bien qué decirnos. Era evidente que carecían de una buena respuesta. Todo aquel asunto se había puesto en marcha solo y, aunque en realidad no habían urdido ningún plan para alterarlo, no existís un motivo concreto para seguir adelante con ello.

—No me querrá, Darién —dije, compungida—. ¿Qué sentido tiene mi cambio?

—¿Y qué sentido tiene el cambio de cualquiera, en general?—espetó Darién, y apartó la vista—. Vamos, Serena. ¡Nada de todo esto tiene sentido!

—¡Debe tener un sentido! —grité, sorprendida por el temblor de mi voz. Empezaba a comprender lo que estaba diciendo, lo que estaba rechazando, y por la expresión de asombro y dolor de Darién, adiviné que también él estaba cayendo en la cuenta—. ¡Si todo esto va a destruir la vida de mi hermano, tiene que haber un motivo!

—¡No vas a destruir su vida! —Darién se rascó la frente y cerró los ojos—. ¿Y si Endimión no cambia nunca de idea? ¡Espero que no sea así! ¡Ellos te quieren aquí! ¡Yo te quiero aquí!

—¿Y es ése un motivo más para someterme al cambio? —Le lancé una dura mirada. Mi cabeza deseaba recordar el beso con Darién, pero no se lo permití, pues cabía la posibilidad de que Darién reaccionara a la alteración en el ritmo de mi corazón.

—Eso no tiene sentido.

Darién fingía no entender nada, pero el rápido movimiento de sus ojos acabó convenciéndome de que lo pensaba de verdad.

Aquel beso había sido increíble, y el riesgo de repetirlo era enorme. De no haber entrado Lita en la habitación, Darién habría acabado mordiéndome, y no podíamos contar con que, cada vez que estuviéramos solos, ella fuera a entrar en el momento justo.

—Darién, que me quede aquí no es bueno para ninguno de los dos —le dije, con lágrimas en los ojos.

—¡No! —insistió con pasión Darién—. ¡Eso es una estupidez! No tengo ni idea de qué pasa. ¡No tengo ni idea de por qué tu sangre está destinada a él, pero es un error! ¿Entendido? ¡No tienes por qué ser para él! ¡Y tiene que haber un modo de solucionarlo! ¡Llevará su tiempo, pero disponemos de toda la eternidad para encontrarlo! ¿De verdad deseas echar todo esto por la borda porque en este momento no tengo la respuesta?

—¿Por qué me lo presentaste? ¡Esto no habría sucedido si no lo hubiera conocido! ¡Todo esto habría carecido de importancia! ¿Por qué me empujaste hacia él?

—¡Nunca te empujé hacia él, jamás! —Dio un paso hacia mí pero al instante cambio de idea y entonces fui yo la que retrocedió. Darién respiró hondo—. Yo no tenía ni idea de que sucedería todo esto. Sabía que no estaba reaccionando correctamente contigo y que ellos creían que estabas destinada a Endimión. Y no me di cuenta de que yo...—Se interrumpió y se quedó con la vista fija en el suelo.

—Los dos conectaron de un modo especial y nadie se dio cuenta de ello —explicó Andreu—. Hasta que Darién empezó a sentirse amenazado por Endimión no nos

dimos cuenta de lo que estaba pasando, y por entonces ya era demasiado tarde. Se levantó poco a poco y se acercó a nosotros con la intención de aminorar la tensión. —Aquí nadie intenta presionarte para que tomes la decisión, pero Darién ha dicho cosas que son muy ciertas —prosiguió Andreu—. Tu cambio no tiene que ver con Endimión, y tampoco tendría que ver con él. Si así lo decides, tienes un futuro a nuestro lado.

Movió afirmativamente la cabeza, mirándome, y acto seguido dirigió a Lita un leve ademán. Lita se levantó y abandonaron el salón, dejándonos a Darién y a mí a solas.

Se suponía que teníamos que discutir el tema y llegar a algún tipo de conclusión, aunque no tenía ni idea de cómo conseguirlo. De hecho, hasta hacía un momento, mientras estaba gritándole a Darién, no me había dado cuenta de lo mucho que me dolía que él no quisiera verme con Endimión.

Había empezado a dudar de todo desde el instante en que Andreu había afirmado que Darién se había enamorado de mí. Puesto que si de verdad me quería, ¿por qué había querido en su

momento que yo estuviera con su hermano?

—He cometido muchos errores contigo —reconoció Darién, sin levantar mucho la voz—. Pero necesito que me des una oportunidad de enmendarlos. Si me concedes tiempo, te juro que te lo compensaré. —Se quedó mirándome, sus heridos ojos azules me suplicaban que me quedara.

Si me concedes tiempo, sé que entre Andreu, Endimión y yo encontraremos la solución a todo esto. —Darién dio un paso hacia mí, tratando de comprender si haría bien tocándome, y al final decidió no hacerlo—. Te lo prometo. Tiene que existir un modo de que funcione.

—Eso no me responde nada —dije. Y era cierto, no me servía como respuesta. No era más que una vaga promesa de que algún día todo se solucionaría, pero aún así era una oferta a la que costaba resistirse.

—Sami es tu hermano y es un chico brillante. No te necesitará toda la vida —resaltó con mucha educación—. De aquí a pocos años, en cuanto empiece a salir en pareja e ir a la universidad, ni siquiera querrá verte. Sólo te necesita ahora.

—Es posible. —Estaba a punto de contraatacar diciéndole que aquello no cambiaba nada, pero entonces comprendí adónde quería llegar—. La verdad es que soy todavía muy joven. Podría quedarme con Sami tres o cuatro años más. Luego podría hacer el cambio y con todo y con eso seguiría siendo menor que tú.

—Y nosotros no vamos a cambiar de domicilio hasta de aquí a unos tres años, aproximadamente —dijo Darién, asintiendo—. Hasta entonces, podrías seguir viviendo con Sami, mientras Andreu y yo intentamos comprender cómo solucionar todo este embrollo.

—¿Crees que saldría bien? —le pregunté, mirándolo fijamente.

—¿Y por qué no? —Se encogió de hombros. Se había tranquilizado lo bastante como para sonreír mientras le daba vueltas a la idea—. No son más que un par de años. Eso no es nada para nosotros.

—Me parece que te da lo mismo lo que yo opine mientras esté de acuerdo contigo —dije.

—Seguramente es verdad.

—¿Y si decido no hacer el cambio? ¿Y si me convierto en una vieja arrugada? ¿Querrías seguir conmigo?

—¿De cuántas arrugas estamos hablando? —dijo Darién en broma.

Intenté darle un bofetón de mentira, pero me agarró por el brazo y me atrajo hacía sí. Sus brazos eran fuertes y reconfortantes. Me tomó por la barbilla y me obligó con delicadeza a mirarlo a los ojos. Su piel empezaba a subir de temperatura, pero intenté hacer caso omiso a aquel detalle.

—Esto saldrá bien. No sé cómo, pero saldrá bien —me prometió.

Después de hablarlo con Lita y con Andreu, se mostraron de acuerdo con mi decisión. Para ellos el tiempo era irrelevante y Lita quería que yo dispusiera de más tiempo para considerar todos los factores.

Llegaron asimismo a la conclusión de que, tanto por el bien de Darién como por el mío, era mejor que yo siguiese viviendo en mi casa hasta que se aclararan las cosas en cuanto a Endimión. Lita había informado a Andreu sobre lo del beso y él

nos llamó la atención por nuestra conducta arriesgada. Endimión era un vampiro mucho más fuerte que Darién y una amenaza impresionante para nosotros dos.

Cuando entré en casa cargada con mi abultada mochila, me encontré a sami sentado ante su computadora. Su cara se iluminó nada más de verme y corrió a abrazarme, y casi me hace perder el equilibrio y caer al suelo.

—¡Has vuelto! —chilló.

—Pues claro que sí. —Me lo quité de encima, sin poder evitar sonreír ante su muestra de pasión—. ¿Crees que mamá se enfadará?

—¡No sé por qué tendría que enfadarse! —Parecía que sami estuviera a punto de explotar. Había creído que nunca volvería a casa, y la verdad, también yo—. Está trabajando, pero estoy segurísimo de que no se enfadará.

—Espero que no. —Mi madre me haría cumplir algún tipo de penitencia y no me apetecía en lo absoluto. Y también se me hacía una montaña tener que levantarme al día siguiente para ir a clase, sobre todo después de haber pasado los últimos noches en vela siguiendo el horario de los vampiros.

—¿Por qué has vuelto?

—He pensado que alguien tenía que estar en casa para cuidar de ti. —Le alboroté el pelo y sami se apartó, justo como había pensado que haría.

—No soy un niño pequeño. —Se repeinó, aunque en realidad tampoco se lo había alborotado tanto—. Y además, dedico yo más tiempo a cuidar de ti que tú de mí.

—Eso es verdad —confirmé con una sonrisa.

En realidad sami nunca había necesitado a nadie. Simplemente deseaba tener a alguien en casa con él, y eso al menos podía proporcionárselo.

—Y a propósito del tema, me imagino que debería empezar a preparar algo de cena. —Abrió la nevera y continuó charlando sobre la extravagante comida que acababa de ocurrírsele. Me quedé apoyada en la encimera, viéndolo trabajar en sus cosas, consciente de que mi decisión de permanecer a su lado había sido la correcta.

Cuando al día siguiente llegué al instituto, mina se mostró encantada de verme. Estaba junto a mi taquilla, cogiendo mis libros, cuando pasó por mi lado

luciendo su habitual sonrisa seductora y murmuró:—Me alegro de que estés de vuelta, Serena.

Debo reconocer que sólo había pasado tres días sin ir al instituto, pero hacía mucho más que no salía con ella, ya que apenas había tenido actividad en el tipo de vida que había llevado hasta ahora. Tanto en el instituto como en casa me había comportado como un zombi.

Pero la separación entre esas dos vidas no existía. Ambas formaban parte de mí y de lo que hacía. Iba al instituto, pasaba el rato con mi hermano, conversaba con mina y, en mi tiempo libre, me veía con vampiros.

En realidad nada de mi persona había cambiado, y por muy alucinantes que hubieran sido los acontecimientos del último mes, yo continuaba siendo la serena tsukino de siempre, una chica normal y corriente, y así seguiría siendo. Al menos durante unos años.

De manera que cuando mina pasó por mi lado, recogí los libros y corrí tras ella. Debía de haberme echado mucho de menos porque, en cuanto la llamé para que me esperase, me hizo caso y se detuvo. Después de algunos comentarios amigables y simpáticos interesándose por el porqué de mi desaparición en combate, la puse al corriente lo mejor que pude sobre lo que había sucedido últimamente en mi vida, omitiendo, como es natural, todo lo relacionado con los vampiros.

En casa, dejé que sami me ayudara con los deberes de cálculo, unos conocimientos que me parecían del todo innecesarios.

Decidí convertir en la misión de mi vida no tener que utilizar nunca jamás ese tipo de información. sami preparó un salmón delicioso para cenar y me puso al corriente de sus avances (o más bien, la ausencia de los mismos) con su nueva chifladura: Peruru.

En conjunto, mi vida parecía haber adquirido cierto ritmo y tal vez consiguiera sentirme cómoda con ella.

Darién me envió un mensaje diciéndome que pasaría a recogerme en veinte minutos. Me preparé y sami me recordó que al día siguiente tenía que levantarme temprano para ir al instituto, por lo que le prometí que estaría de vuelta antes de la una.

A mi hermano seguía pareciéndole tarde, y la verdad es que seis horas de sueño tampoco a mí me parecían suficientes, pero tendría que aprender a encontrar el equilibrio.

Mientras esperaba en la calle a que Darién pasara a recogerme, me sorprendió de repente un detalle. Estaba esperando a Darién.

Por mucho que yo corriera para arreglarme, siempre era él quien esperaba. Pero en esta ocasión llevaba tanto tiempo esperando que incluso había empezado a sentir frío. Apreté el jersey contra mi cuerpo.

Saqué el teléfono con la intención de escribirle un mensaje justo en el momento en que un Audi plateado se detenía delante de mí. El corazón me dio un vuelco.

Vi los abrasadores ojos azules de Endimión aun con el cristal tintando de las ventanillas. Y aquel tirón incesante, que en el transcurso de los últimos días había ido desvaneciéndose lentamente, regresó con aires de venganza.

Empecé a temblar, pero no precisamente de frío. Mi corazón se aceleró hasta alcanzar el ritmo de pulsaciones que volvía loco a Darién y me pregunté si Endimión reaccionaría igual. Abrí la puerta del coche y entré, dispuesta a averiguarlo.