Capítulo 22

En lugar de decirme hola, Endimión arrancó el coche de repente haciendo rechinar los neumáticos sobre el asfalto, y sin separar en ningún instante los ojos de la calzada. Tenía la mandíbula tensa y sujetaba el volante con fuerza.

El coche estaba inundado de su seductor aroma y, sin poder evitarlo, empecé a salivar. Nunca habíamos estado tan cerca el uno del otro, me parecía muy mala idea.

Y pese a la proximidad, mi corazón presionaba para que me acercara aún más a él, para que extendiera el brazo y acariciara su piel impoluta, de modo que decidí juntar las manos.

—Acabo de regresar —dijo por fin Endimión.

El silencio abrumador nos envolvía podía incluso cortarse y no se me ocurría nada para llenarlo. La cabeza me daba vueltas. Percibía su hambre, ardiente y frenética, como una oleada de adrenalina, sólo que mucho más embriagadora. Para cuando llegáramos a su casa, me habría vuelto loca.

—Tenemos que hablar —murmuró con voz ronca, posando en mí por un segundo su mirada acechante.

—Lo sé.

Me había imaginado aquella conversación una y otra vez. Aunque desde mi beso con Darién me visualizaba siempre rechazándolo, en lugar de tratando de convencerlo de que estuviese conmigo.

Pero a su lado, inmersa en la vorágine de su deseo, no me imaginaba de otro modo que no fuera con Endimión. Por mucho que mi corazón me indicara lo contrario cuando no estaba con él, mi cuerpo me decía a gritos que estaba hecha para Endimión.

Y a pesar de haber anunciado que teníamos que hablar, no dijo nada más durante el resto del trayecto.

Me resultaba imposible despegar los ojos de él y apenas percibí la poca atención que me prestaba. Aquellos días sin verlo me habían hecho olvidar lo tremendamente impresionante que era.

Cuando llegamos a su casa, la diminuta parte de mí que no estaba locamente enamorada de Endimión empezó a sentir inquietud ante la expectativa de encontrarse con Darién. No tenía ni idea de cómo reaccionaría él pero, por suerte, no estaba allí. Me imaginé que debía de estar en algún lugar de la casa, pero estaba tan eclipsada por Endimión que no logré percibir si estaba escondido y esperaba ansioso mi llegada.

Lita y Andreu estaban en el salón y apenas me fijé en lo vacilante de su mirada cuando nos vieron subir la escalera en dirección a la habitación de Endimión. Sin que me dijera nada, seguí sus pasos como una marioneta guiada por su titiritero.

—No sé qué te habrán estado contando durante mi ausencia —me dijo por fin. Me había sentado en un extremo de su cama y él se había quedado de pie en el lado opuesto de la habitación, cruzado de brazos, negándose a mirarme—. Pero esto no funcionará.

—¿El qué?

Intente hacerme la ingenua, pero la desesperación empezaba a hacer mella en mí. Y me parecía ridículo después de haber sobrevivido todo aquel tiempo sin él. Había sentido constantemente, eso sí, un dolor amortiguado, pero nada que fuera insufrible.

Sin embargo, cuando estaba a su lado, la idea de no tenerlo se me hacía insoportable.

—No es lo mismo que antes —me explicó sin levantar mucho la voz—. Lo que siento por ti no es correcto. Mi cuerpo insiste en qué eres tú, pero el resto de mi persona… —Negó con la cabeza—. No creo que pueda seguir viéndote.

—¿Estás prohibiéndome la entrada a tu casa? —Acababa de encontrar la solución a mis problemas y ahora él pretendía echarlo por tierra.

—Creo que es una situación imposible. —Se quedó mirándome, sus ojos traicionaban el dolor y deseo que sentía por mí—. Yo no puedo estar contigo, y Darién tampoco. Ha intentado ocultarme sus sentimientos hacia ti, pero sé que

siente algo. Ninguno de los dos puede estar contigo y, en consecuencia, tenerte en esta casa supondría una tortura para todos.

—¡Eso no es justo! —Me levante de un brinco, las lágrimas resbalaban ya por mis mejillas. El carácter definitivo de su tono de voz me estaba destrozando—. ¿Están todos los demás de acuerdo contigo? ¡No es posible! Andreu…

—Apoya mi decisión —dijo Endimión, interrumpiéndome con contundencia—. Todos te tienen mucho cariño, pero no funcionaría. Y teniendo en cuenta que eres «mía», lo que hagamos contigo depende de mí.

—¿Lo que hagan conmigo? —Cuestioné entre sollozos—. ¡Se trata de mi vida! ¿Por qué tienes tú que decidir qué se hace conmigo?

—Porque tu vida es mi vida. Así es como funcionan las cosas.

—¿Y tu vida no es mía, entonces? —Apreté los dientes, tratando con desesperación de encontrar algo a lo que poder aferrarme.

—Esto no funciona así—dijo Endimión, con un gesto de negación—. Tú eres humana. En ningún caso estás por encima de nosotros.

—De modo que están todos…

La habitación me daba vueltas y me apoyé en la cama para no caerme. Endimión iba quitándome todo: la insistencia con que mi cuerpo suplicaba estar con él, el deseo que mi corazón sentía por Darién, el consuelo que me proporcionaban Lita y Andreu, y el glorioso futuro que acababa de abrirse ante mí.

Con aquellas palabras, simples y frías, iba a arrancármelo todo. Noté que el suelo cedía bajo mis pies y me vi obligada a tragar saliva para combatir las náuseas.

—Nunca hemos pretendido hacerte daño, Serena. —su voz sonaba triste, pero las lágrimas me impedían ver su cara. En parte deseaba salir a buscar a Darién por toda la casa. Sabía que él lucharía por mí, que les haría cambiar de idea, pero me sentía muy débil. Más que eso; si Endimión no me quería, no tenía sentido luchando seguir con ellos.

—Me estas matando —murmuré.

Y entonces caí en la cuenta. Era como si me estuviera matando, literalmente. Me dolía todo, tanto física como espiritualmente. Sabía que Endimión sentía un hambre voraz que lo empujaba hacía mí. Había podido ver la intensidad de esa ansia en los ojos de Darién e imaginaba que en Endimión tenía que ser más fuerte si cabía.

—¿Por qué no me muerdes, Endimión? —le pregunté, casi sin aliento.

—No —respondió él con voz ronca—. Me parece una idea terrible.

—¡No, Endimión! ¡Escúchame! —Me acerqué a él, permitiendo que mi corazón latiera con más fuerza y a mayor velocidad, confiando en que ese sonido lo abrumara—. ¡Sé que lo deseas! Muérdeme y todo habrá terminado. Saldré de vuestras vidas para siempre, dejaré de importante. Aunque, de todas maneras, ¿te he importado alguna vez? No soy más que una humana, débil y estúpida. Y de ésas debes de haber matado muchas.

—No pienso matarte. —Fingió sentirse indignado, pero la sensación de hambre podía con él. Viendo que apartaba la vista, lo agarré por el brazo y lo obligue a seguir mirándome.

—Por favor —le supliqué.

Seguía resistiéndose a la idea, y entonces recordé el detalle que había hecho sucumbir a Darién. Me mordí el labio, con fuerza, y antes de que me diera cuenta de que había empezado a sangrar, vi los ojos de Endimión abrirse de par en par. Mi olor y sabor eran irresistibles para él.

—¿De verdad es esto lo que quieres? —murmuró Endimión con voz ronca. Su mirada era un conflicto, triste y voraz a la vez—. ¿Comprendes de verdad lo que me estás pidiendo?

—Lo que sé es que no puedo pasar el resto de mi vida sin ti. De no haber estado mi cabeza hecha un caos por culpa de aquel estado de embriaguez en el que me sumía Endimión, habría gestionado mucho mejor la situación. Pero aunque mi cuerpo no hubiera estado insistiendo en que yo era incapaz de sobrevivir sin Endimión, habría sido igualmente devastador.

Tenía pensado pasar la eternidad junto a Darién. La idea de ir al instituto, a la universidad, de seguir adelante con mi vida insignificante y aburrida,

envejecer, enfermar, morir e intentar olvidarlos, me resultaba inconcebible. No podía hacerlo, y ni siquiera quería intentarlo. Era demasiado doloroso.

—Perdóname —musitó Endimión.

Y antes de que me diera tiempo a decir algo, sentí el calor de sus labios en mi cuello y, acto seguido, una aguda punzada de dolor, como el pinchazo de una aguja. Pero el dolor fue reemplazado al instante por una maravillosa y cálida sensación de placer que se extendió por todo mi cuerpo. Era tan intensamente fabulosa que se me hacía imposible recordar que sólo unos segundos antes había sentido dolor.

Mi cuerpo empezó a temblar y se deshizo entre sus brazos. Me oí gemir. Una oleada de éxtasis se apoderó de mí y deseé que aquel momento durara eternamente.

Empecé a ser vagamente consciente de mi debilidad. Al principio era únicamente por la intensidad de aquel placer,, que aun así seguía resultando asombroso. Pero poco a poco sentí que la vida me abandonaba.

Pese a saber que estaba muriendo, no tenía miedo ni me sentía mal. Estaba curiosamente en paz y sucumbí a aquella perfección somnolienta que iba apoderándose de mí.

Las ideas se difuminaban. Veía imágenes incoherentes del sol asomándose por encima del edificio, los ojos azules de Endimión, la risa de Darién. Pensé en mi hermano y confié en que lo comprendiera.

Y luego ya no hubo nada, excepto una sensación como de estar enterrada bajo el calor de una manta. El corazón había aminorado su ritmo de forma considerable y notaba los pulmones vacíos.

Me impactó de repente el agudo dolor de la separación, junto con un frío intenso, mi cabeza estaba sumida en un misterioso estado de alerta, pero no tenía fuerzas ni para separar los párpados.

Oía jaleo a mí alrededor. Ya no estaba en brazos de Endimión, pero ignoraba donde me encontraba. Lo único que captaba era que sus brazos ya no estaban allí y que su boca no estaba pegada a mi cuello. Se había detenido a tiempo y yo seguía viva.

Oí ruidos de golpes, sonidos de pies arrastrándose. Oí también gritos y necesité un tiempo para concentrarme en ellos e identificarlos.

Darién estaba gritándole a Endimión, llamándole de todo, y Endimión apenas se defendía. Irrumpió la voz atronadora de Andreu y los gritos cesaron. Había conseguido separarlos.

—¡Ha intentado matarla! —gritó Darién, y capté la aterrada desesperación de su voz.

—Pero no ha muerto —le dijo Andreu, tranquilizándolo. Noté sus fuertes manos palpándome la cara, buscándome el pulso y evaluando los daños. Deseaba gritarles, decirles que me dejaran morir, pero apenas tenía fuerzas para respirar, y mucho menos para hablar—. Ha perdido mucha sangre.

—Serena quería que lo hiciese —murmuró Endimión, y se oyó a continuación un potente bofetón.

—¡Darién! ¡Endimión! —rugió Andreu—. ¡Si quieren salvarle la vida, tienen que escucharme!

—No sé si quiero salvarle la vida —les dijo Endimión sin levantar la voz.

Andreu dejó de palparme para separarlos de la pelea en la que había vuelto a enzarzarse. Oía los golpes de sus cuerpos, a Darién gruñendo como un salvaje.

—Para ya, Endimión —le ordenó Andreu—. Corre a decirle a Lita que necesitamos sangre del tipo AB positivo. Tienen que haber reservas en la nevera del sótano.

—¿Se pondrá bien? —gimoteo Darién.

—Lo que dice Endimión es cierto… —conseguí murmurar.

Darién se arrodilló a mi lado y noté que estaba destrozado y que se sentía impotente. Empezó a decirme alguna cosa, pero lo que me quedaba de energía se había agotado al pronunciar aquellas palabras. La oscuridad y el silencio se apoderaron de mí.

Muy poco a poco, y casi a regañadientes, noté que ascendía a la superficie. Pestañeé varias veces, dejando que mis ojos se acostumbraran a la penumbra

de la estancia. Casi esperaba que al abrir los ojos me encontrara en el purgatorio.

Pero estaba en la habitación del torreón, en el cuarto que me habían destinado. Una tenebrosa debilidad me desbordaba, era como si estuviese bajo una pesada manta. Percibía aún los residuos del intenso placer que me había provocado el mordisco de Endimión.

Me sentía también aliviada y recelosa, aunque no entendía por qué. Ellos parecían fuera de lugar después de todo lo sucedido, pero entonces fui despertándome y encontré el origen de las emociones.

—Hola —susurro Darién. Estaba sentado en una silla en la esquina, pero en cuanto vio que me despertaba, se acercó y se sentó en la cama al lado—. ¿Cómo te encuentras?

—Muy, pero muy cansada —dije, adormilada, y cuando sonrió, vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.

Me apartó el pelo de los ojos y me acarició la cara, recorrió el perfil de mi mandíbula y se detuvo en la marca que había dejado en el cuello la mordedura de Endimión. Sus rasgos se endurecieron de dolor, y al ver aquella expresión, tragué saliva y aparté la vista.

—¿Tendré que irme? —pregunté.

—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras. —Retiro la mano de mi cuello y la deslizó por encima del edredón hasta mi vientre.

—Endimión ha dicho que no me dejará volver a verlos —le expliqué con voz poco clara. Sentí un intenso dolor en el pecho al pensarlo, e incluso sin Endimión confundiéndome las ideas, el suicidio no me parecía una alternativa descabellada.

—No, eso no pasara —dijo Darién con firmeza—. Accedí a ello como solución temporal, hasta que arregláramos las cosas. Endimión estaba convencido de que no podía estar a tu lado y, por lo que se ve no andaba muy desencaminado. —La voz de Darién se llenó de rabia con solo mencionar a Endimión; irradiaba celos y deseo de protegerme—. Después de lo que ha pasado, hemos llegado a la conclusión de que habíamos tomado una decisión completamente equivocada. Y Endimión se ha marchado.

—¿A qué te refieres con eso de que se ha marchado? —Lo miré con expresión quejumbrosa y Darién trató de esconder lo mucho que le dolía que yo le preguntase por Endimión.

—Vivirá por su cuenta durante una temporada. Ya lo ha hecho en otras ocasiones. —Darién hizo un gesto de indiferencia, como si aquello no fuera asunto de mi incumbencia—. Todos creemos que es mejor que no esté en contacto contigo, al menos mientras sigas siendo humana.

—¿Y no los veré durante tres o cuatro años? —La familia se iba a romper por mi culpa y aquello no me ayudaba precisamente a sentirme mejor. Hay que reconocer que prefería estar con Darién y su familia a estar muerta, pero no a costa de destrozarles la vida.

—No, él no te verá a ti durante tres o cuatro años —me corrigió—. Y tal vez tampoco a mí. Aunque, si quieres que te diga la verdad, no tengo ningunas ganas de verlo.

—No es culpa suya —Insistí. Darién me miró burlón y apartó la vista—. En realidad no lo es. Fui yo quien le pedí que lo hiciera.

—Él sabía lo que hacía. —Movió la cabeza de un lado a otro, muy serio—. Endimión sabe perfectamente… —Pensar en mi muerte era una agonía para Darién—. Si hubieses muerto, lo habría matado. Endimión habría destruido todo lo que hemos construido aquí, y lo sabía.

—No puedes matarlo por mi culpa —dije—. No quiero ser la causa de la destrucción de tu familia.

—Entonces no cometas la estupidez de dejarte matar. —Pretendía que sonara a broma, pero su voz sonó suplicante—. Es demasiado tarde, Serena. Significas ya demasiado para todos nosotros. Y morir no cambiará nada de todo eso.

—¿Cómo es que sigo aún con vida? —pregunté, tratando de cambiar de tema.

—Andreu te hizo una transfusión con sangre de las bolsas que guardamos en el sótano —me explicó con despreocupación.

—¿Y sabe hacerlo? —Noté mis ojos abiertos como platos. Una transfusión de sangre tal vez no fuera lo más complicado del mundo pero, aun así, Andreu me había salvado la vida con ello.

—Andreu puede hacer cualquier cosa. —Me sonrió, restándole importancia al asunto—. Cuando tienes cerca de trescientos años y tu vida depende de la sangre, acabas conociendo un par de cosillas sobre el tema

—¿Y ahora qué pasará?

—Tienes que reposar un poco; la pérdida de sangre te ha dejado agotada y débil. Por la mañana te llevare a casa para que puedas ir al instituto. —sus ojos azules me miraban con cariño.

Por primera vez sentí de verdad hasta qué punto me quería Darién. Era como estar envuelta en una cálida mantita de seguridad y me esforcé por ignorar el intenso dolor en el pecho que me provocaba la ausencia de Endimión.

—Gracias —musité.

—No hay nada que agradecer.

Se acomodó mejor en la cama y me atrajo hacia él. Recostada entre sus brazos, apoyé la cabeza sobre su pecho y escuché el débil y lento latido de su corazón.

A su lado me sentía completamente segura y deseé permanecer así para siempre.

Nada estaba resuelto. Por ahora, la mejor solución era simplemente apartar a Endimión de nosotros, pero ¿quién sabía cuánto tiempo permanecería ausente?

Hasta que las cosas volvieran a su lugar, tendría que seguir llevando una vida de lo más normal posible. Tendría que seguir yendo al instituto porque con ello mi madre se sentía feliz y Sami se sentía feliz, y tendría que seguir saliendo con Mina para que mi felicidad no dependiera tanto de Darién aunque tenía la sensación de que ya era demasiado tarde para eso. Mientras tuviera aún la oportunidad, pasaría el máximo del tiempo posible con Sami.

Pero en realidad, era sólo cuestión de tiempo que todo cambiara. Me acurruqué entre los brazos de Darién e intenté no preocuparme todavía por nada de todo aquello.

« fin de la primera parte»