Subo ésto en el momento en el que me tendría que estar yendo a clase, pero veo que sino lo subo hoy, como que varias personas me matarán entre terribles sufrimientos... Y todo por quedarme charlando y bebiendo cervezas, sí, igual que en este capítulo, con unos amigos, que por desgracía no son ni alemanes ni franceses... ¡Mierda!
El título hace referencia a la conocidísima canción de Mecano, que creo que no hace faltar decir mucho más.
Los personajes son de Himaruya y a mi me van a matar como haya el profesor hecho firmar...
Disfruten de la lectura~ Como yo hice mientras lo escribía.
Me colé en una fiesta
Isabel terminó de darse los últimos retoques: lápiz de ojos y pinta labios, nunca utilizaba colorete. Se había soltado el pelo que llevaba con espuma para mantener los rizos que ya de por sí estaban bien definidos tras la ducha que se había dado.
Llevaba un vestido por encima de las rodillas de encaje negro y se había permitido ponerse los tacones altos, aunque apenas supiera andar con ellos, lo cierto es que tenía suerte si podía moverse en la Sala Carolina. No. Tenía suerte si lograban entrar al lugar.
Isabel no tenía amigos que tuvieran conocidos que trabajaran en aquel lugar, ojala, ella tenía amigos que eran capaces de colarse en cualquier parte.
Se puso una chaqueta con estampado militar y le prometió a su madre que si veía que llegaba más tarde de lo normal, se quedaba a dormir en casa de algunos de sus amigos. Sabía que a su padre no le gustaba que saliera por la noche, y menos que regresara tarde a casa, así que en vez de llegar a casa a las tantas, arriesgándose a que su padre la descubriera mientras pasaba por el pasillo de casa con los tacones en una mano y de puntillas y se armara la de Dios es Cristo, prefería hacer aquello y llegar para el desayuno que sabía que su padre no estaba en casa.
Además de que sabían que a sus amigos aquello no les importaba, más bien al revés, permitía alarga la fiesta hasta el amanecer aunque significase volver a casa con los tacones asomando del bolso desde la tercera ronda de "Queremos saber si Isa es amiga"
Tomó el mismo camino que cuando iba a la universidad, solo que con varios kilos menos de peso a causa de la carpeta, el bolso y aquellos manuales que ya se había tenido que comprar, y que seguramente pesaban más que los pechos de la empollona de clase.
Llegó al metro puntual y por ello le tocó esperar sentada en el escalón. Se entretuvo contando cuántos coches rojos pasaban, aunque al final acabó pensando que era una injusticia que los coches rojos pagaran más seguro que otros de diferente color. Ella quería tener un coche rojo
El primero en hacer acto de presencia fue Francis. A Isa no le pareció extraño que su amigo gabacho fuera más puntual que Gilbert. Seguro que este estaba perdiendo el tiempo mirándose al espejo mientras se decía una y otra vez lo perfecto que era. A veces isa pensaba que Gilbert seguía todos los pasos de libros de autoayuda para conseguir más confianza. Luego pensaba que si Gilbert cogiera un libro de esos diría que era demasiado perfecto como para que un libro le dijera que tenía que hacer con su vida.
Suspiró y se volvió al francés entrecerrando la mirada.
—¿No crees que vas demasiado arreglado?—Osó preguntarle.
El hombre se miró. Pantalones vaqueros negros, camisa de mangas largas negra y zapatos de vestir. No veía el "demasiado arreglado" por ninguna parte.
—Habló la que se ha puesto tacones.—Señaló él mientras se recogía el cabello rubio en una coleta.
—Sólo es por una noche—Le hizo un gesto de burla—Tú siempre vas así.
—Querida, nunca se sabe qué puede ocurrir. Prefiero ir siempre preparado para cualquier cosa.—Acabó tomando asiento al lado de la española, apoyando los codos en los muslos.
—¿Y si tienes que salir corriendo?—No había que olvidar que iban a ir a colarse a un local.
Francis enarcó una ceja suspiró y acabó riéndose, aunque fue capaz de responder a la cuestión que le acaban de plantear.
—Los vaqueros no son tan pegados como para no poder correr y los zapatos son cómodos. En tu caso—la señaló con el índice—te acabarías matando por el camino por llevar esos tacones y ser tú.
—Pero yo no soy la que va preparada para cualquier cosa.—Puntualizó ella y ambos no pudieron evitar echarse a reír.
—¿Se ha perdido el grandioso yo algún chiste?
Ambos se volvieron para ver a Gilbert detrás de ellos con los brazos cruzados. El claro contraste entre ambos hombres era evidente. Gilbert llevaba un look mucho más de calle y, como diría Isabel, más de salir corriendo en cualquier momento si la ocasión lo pidiese. Vaqueros azules que parecían una talla más grande y camiseta negra con un águila imperial en blanco a la espalda. Como siempre, llevaba el blanco pelo desordenado.
—Simplemente que Francis siempre va preparado por si tiene que irse corriendo para casarse en las Vegas—Habló la española haciendo que Gilbert diera una sonora carcajada y el francés le diera levemente en el brazo.
—Muy graciosa, mon amie, pero tengo yo tengo mucha más clase como para casarme en las Vegas—Suspiró mientras se levantaba y se sacudía el pantalón—Será mejor que vayamos yendo.
Bajó dos peldaños y ambos acabaron imitándole antes de que bajara más.
La parada seleccionada para empezar aquella noche fue Tribunal, desde donde se llegaban a todos los locales de moda. Chicas de cortos vestidos y altos tacones recorrían las calles en pequeños grupos y algunas pandillas, en las que los chicos vestían de manera sencilla en contraposición a ellas. Algunos se habían pasado en el uso de la gomina, pero igual que algunas de ellas habían gastado seguramente todo un bote de laca en hacer que el peinado que querían lucir quedara así. A Isabel le causaba risa todos ellos que se escondían detrás de fachadas creadas con maquillajes y otros útiles artificiales que solo servían para que a la mañana siguiente uno (o una) se asustara por su compañía en la cama.
Y aquello no lo decía por experiencia propia, que tenía poca o ninguna, ella tenía suficiente con Francis que le contaba todas las aventuras que había tenido de ese tipo, con lo que se echaban unas risas algunas tardes de sábados en las que no había nada mejor que hacer.
El camino por la calle fría se le hizo eterno a la chica, quien sabía que ya estaba llegando al antro por los comentarios de dúos o grupos que se iban escuchando de manera aleatoria en las aceras. La mayoría de ellos pocos disimulados como la chica pelirroja con extensiones que agarrada al brazo de un chico, por la forma Isabel estaba segura de que era su novio, chillaba y saltaba al ritmo de "¡Alaska!". A la castaña le hubiera gustado saber como no se había caído y matado por los andamios que llevaba por tacones.
Francis fue quién anunció que habían llegado al sitio. Isabel solo vio una enorme cola que no tenía fin, aparentemente.
—El concierto será dentro de un local, no al aire libre—Le recordó ella intentando ver dónde acababa la fila, o más bien dónde empezaba.
—Esta, querida, es la cola para las personas que quieren entrar y no están en lista.
—Pero nosotros somos VIP, vais con el grandioso yo. No hay cola que impida que entre en sitio alguno.
E Isabel detuvo a Gilbert del cuello de la camiseta antes de que tuviera pensado adelantarse en la cola y evitando así que una tropa enfurecida se lanzara hacia él y no precisamente para aclamarle por ser asombroso.
—Podrías haber dejado que se lo comieran—le susurró Francis mientras el albino estaba ocupado atándose los cordones de las deportivas—y haber aprovechado el desconcierto para entrar.
Como respuesta, Isabel chasqueó la lengua aunque en su cara no se borraba la sonrisa.
Y Gilbert los miró de reojo por que sabía que hablaban de él y no alcanzó a escuchar qué era.
—Deberíamos de buscar otra entrada—Señaló mientras se levantaba del suelo dónde tenía hincada la rodilla—Puerta trasera o algo—Miró hacia los lados esperando que nadie le hubiera escuchado.
—¿Vamos tú y yo?—Preguntó Francis poniendo los brazos en las cintura.
—Vale, dejemos a Cenicienta y sus tacones en la fila.
Ambos chicos dejaron a Isabel en la cola, que había crecido aun más. No supo cuánto tuvo que esperar, solo que dio un par de pasos y acabó sentándose en el suelo colocando la chaqueta en medio para no mancharse con algo que no viera en la oscuridad de la noche. Y no volvieron ambos, Gilbert apareció desde los comienzos de la cola con esa actitud despreocupada que siempre llevaba consigo, silbando algo que Isabel no era capaz de escuchar. Se preguntó por su otro amigo y si había sido pillado y retenido en el intento de entrar en el local.
El albino se acercó a la española y rápidamente le susurró en el oído.
—Vamos, no creo que Francis pueda retener mucho a uno de los trabajadores.
Y supo que aquella actitud era solamente para no llamar la atención de los demás clientes que esperaban un milagro para poder entrar.
Antes de salirse de la cola, se quitó los zapatos que guardó en el bolso y caminó al ritmo de Gilbert, siguiéndole por la parte trasera del local. Una puerta de solo personal les recibió. Una puerta que había sido manipulada por la manera en la que se abrió desde afuera, Isabel pudo intuir que había sido cosa de Gilbert, por que fue él quien se volvió a buscarla y seguro que era él que sabía como hacer que volviera a hacer una puerta de seguridad.
Una vez que ambos estaban dentro, el alemán cerró la puerta que un sonido, "clic", de lo que seguro era que había dejado de estar amañada, como la española había supuesto.
Llegados a ese punto, el chico le hizo un gesto a la chica de que no hiciera mucho ruido mientras avanzaban por lo que parecía ser un almacén, aunque estaba demasiado oscuro como para poder asegurarlo a ciencia cierta. A lo lejos se escuchaban a dos personas hablar, cuanto más avanzaban, más podía asegurar la castaña que una de esas personas era Francis.
Gilbert le hizo un gesto para que se quedará allí antes de perderse en la oscuridad por unos instantes antes de hacer que echara a correr hacia la salida del almacén, o entrada según el punto de vista de la persona, y llegarán al interior del local el cual se reconocía por el tono violeta que tenía, gracias a las luces, y los sofás blancos en las paredes donde se solía sentar la gente "guay" y el ambiente que tenía una niebla permanente producto de los fumadores y de la poca ventilación del local, una de las causas por las que aquel sitio no era frecuentado por la española que era anti-cigarrillos.
En aquel momento se escuchaba grupos aleatorios aunque el escenario estaba preparado para la actuación de directo que estaba planeada.
Francis estaba hablando de temas que no alcanzaba a saber con el señor que seguro era trabajador del lugar, el cual estaba de espalda al almacén. Cuando les vio, el rubio les hizo un gesto de alegría, que aparentemente pasó desapercibido por el otro.
Sin perder el tiempo, Gilbert llevó a Isabel al interior del local y en especial a que se pusiera los zapatos, no iba a estar bien visto ver a alguien descalzo por el interior. Lo que menos necesitaban era llamar atención.
Se sentó en un taburete para ponerse los tacones, el sitio todavía estaba demasiado vacío para el concierto que se iba a celebrar. Según los carteles que adornaban el lugar todavía faltaban como casi una hora para que el show comenzara, por suerte habían llegado antes. Isabel hubiera matado a alguien de no haber sido así.
Gilbert, a su lado, no perdió el tiempo y pidió una cerveza al camarero de detrás de la barra, un joven repeinado y con el cuello de la camiseta reglamentaria levantado. El albino esperó tamborileando los dedos de su manos sobre la barra de manera a un ritmo completamente descompasado de la música que sonaba en aquel momento, un grupo inglés que hizo que Isabel se acordara de cierto compañero de instituto.
El camarero acabó dejando la botella, de la que caían gotitas de agua fría, en la barra junto a un vaso que al chico no le hacía falta. Tras limpiar la boquilla con la palma de la mano, le dio un trago largo, para a continuación lanzar un sonido gutural que él siempre describe como "asombrosamente varonil", pero que a Isabel simplemente le parece un berrido animal.
Tras dejar la caña en la madera, la chica la coge para darle un sorbo, más pequeño que el del chico y que deja la boquilla manchada de carmín, a la vez que le escucha decir lo de siempre.
—Esas no son cervezas de verdad. Espérate a que estas vacaciones vaya a Alemania. Te traeré la última que han sacado.
Y aunque Isa no sea muy aficionada a la cerveza, lo cierto es que debe de reconocer que la cerveza importada que siempre le lleva Gilbert está mejor que aquello que toman siempre que salen.
Francis vuelve cuando la cerveza está por la mitad e Isabel ha pedido la suya. Regresa resoplando y pasándose una mano por el cabello. Parece algo cansado o molesto.
—El tipo no me quería dejar en paz.—Declara apoyándose en la barra y llamando al camarero para pedir otra cerveza.
—Seguro que estaba ligando contigo.—Picó Gilbert dándole unos codazos mientras reía.
—Si al menos fuera eso—Le dio un largo trago a la cerveza que le acababan de traer y puso cara de asco. Prefería el vino. Todos lo sabían. Pero siguió bebiendo.—Tiene novia, vive con su madre y los cuatro gatos de ésta. Dejó los estudios y esto es lo máximo que podía aspirar en la vida—Suspiró antes de seguir hablando—A veces pienso que me tendría que haber metido en psicología.
—Quizás simplemente tuvo un mal día…—Habló Isabel con un dedo en la barbilla.
—Trabaja aquí. Creo que eso ya hace que cualquiera esté deprimido de manera crónica—Respondió Gilbert tras haberse terminado su botella y cogiendo la de Francis que le tendía diciendo que buscaría cualquier otra cosa para beber que estuviera a la altura de su paladar.
Gilbert solo se burló del paladar del francés de manera socarrona.
—Deberíamos de buscar sitio cerca del escenario—La española tenía la mirada puesta en la batería donde estaba dibujado el logo de la banda que iba a tocar.
—¿Puedes caminar?—Le preguntó el albino que todavía tenía ganas de seguir bromeando y veía en la chica un segundo objetivo para proyectar sus bromas.
Ella simplemente le ignoró levantándose del taburete, cogiendo el bolso con una mano y el abrigo con otra antes de echar a andar con extraño equilibrio que consiguió con muchos esfuerzos.
Los dos chicos se miraron intentando aguantarse la risa antes de echar a caminar hacia donde se posicionó la chica. Imitándola, varios grupitos habían empezado a guardarse los sitios y apenas quedaba hueco en la primera fila.
No supieron cuánto tiempo estuvieron parados en aquel sitio, viendo a Francis balancearse de un lado a otro, siguiendo el ritmo de la música que Isabel tarareaba y a veces directamente cantaba cuando se emocionaba y la canción le gustaba especialmente. Y Gilbert. Gilbert solo bebía cerveza, cualquier intento por parte de sus amigos de que bailara era nulo. Gilbert no se mecía de un lado a otro, Gilbert si bailaba lo hacía asombrosamente, ocupando el centro de la pista y de las miradas, y en aquel hueco no había espacio ni para mover los brazos al ritmo de un "¡Uh, uh!" con una vocecita algo aguda y que posiblemente en su origen hubiera pertenecido a una mujer, o a un hombre castrado.
En lugar de aumentar el espacio, este se fue reduciendo abruptamente a medida que las luces se fueron apagando y la música enlatada fue perdiendo voz. Poco a poco no había hueco ni para poder agacharse a atarse uno sus propios cordones de los zapatos.
Isabel no fue consciente de ello hasta que chocó con un hombre que tenía detrás suya. Hasta haría un instante no había ningún hombre ocupando su zona trasera.
El escenario también se apagó aunque por el juego de sombras se podía ver como los músicos iban entrando al escenario y tomaban posición en los instrumentos. Los ojos verdes españoles miraban a todos los lados, mientras intentaban adaptarse a la oscuridad lo más rápido posible a su ídola.
Los primeros acordes de la música de presentación se hicieron notar. Una música propia de los conciertos que no estaban en las maquetas grabadas y que a Isabel le hubiera gustado guardar en la grabadora que a veces utilizaba en clase, pero que a la vez sabía que podía ser algo ilegal.
Se había volado en un local, se dijo a si misma, puestos a hacer cosas ilegales…
Ver como se iluminaba el escenario le hizo perder cualquier pensamiento poco ético que pudiera tener. Los músicos siguieron tocando, lo que más se escuchaba era la batería. Isabel buscaba a la cantante aunque de momento no había hecho aparición.
Una columna de humo inundó el escenario, por una vez no era a causa de los cigarros de los fumadores, algunos de ellos compulsivos, que abundaban por la zona, y la voz de la cantante que salía del blanquecino humo y que logró que el corazón español comenzara a latir con más fuerza de la propia emoción que en aquellos momentos sentía.
La música cambió de manera radical dando inicio a una de las canciones de la banda que no hacía falta que sonara mucho para que se supiera cual era, Odio. Isabel cantó la letra y su voz se perdió entre la del resto del público, que al igual que ella, conocían la letra.
Se hizo el primer descanso del concierto, la cantante se metió por donde había salido con el resto del grupo y el resto de los asistentes aprovecharon para acudir al baño o a la barra a pedir algo para refrescar las gargantas a causa de los gritos proferidos en las canciones y en los simples chillidos de emoción. A ambos grupos pertenecía Isabel.
Como pudo caminó a la barra que en aquellos momentos estaba atestada de gente. Los camareros, que eran tres, iban de un lado a otro llevando distintas bebidas. Todos querían estar en sus sitios cuando se reanudara el concierto.
Cuando uno de los camareros le tendió un cubata a un chaval que estaba al lado de la española, esta aprovechó para hacerle su pedido.
—¡Una cerveza!
Sin embargo no fue la única. Al otro lado del chico que se iba con su bebida, había una chica que había hecho el mismo pedido. De un tono más claro de castaño que el de la española y unos ojos marrón verdosos. A simple vista, más baja que la española, pero claro, llevaba tacones.
Al parecer también se había dado cuenta de que había coincidido en el pedido con la madrileña, puesto que se volvió hacia ella mostrándole el rizo que le sobresalía y que a Isabel se le hizo la mar de gracioso.
—¡Cuánta gente, ¿eh?!—Isabel intentaba ser simpática, nunca se sabía cuándo podías conseguirte una nueva amiga, aunque la otra solo dio un bufido que hizo que la primera riera—¿Qué te parece el concierto?
—No está mal—Parecía algo molesta por el simple hecho de estar hablando con ella, lo que le causó risa a la española, mientras le daban la cerveza que había pedido, hecho que no pasó desapercibido por ella—¡Yo también te pedí una! Che palle!—Le gritó al camarero mientras Isabel le pagaba con el dinero justo.
—Seguro que se le pasó… Con tanta gente—Luego calló en algo y la miró con una amplia sonrisa, que a la chica le pareció casi estúpida.—¿Eres italiana?
Por un primero momento, la extranjera se quedó mirándola como si en un primero momento pensara que ya se tenía que haber ido de allí.
—¿A ti que te importa?
—Tienes un bonito acento—Ignoró el tono hosco de la pregunta sin borrar la sonrisa.
Sin esperarse tal respuesta, la italiana se sonrojó mientras le daban su bebida. Prácticamente tiró las monedas, pagando más de la cuenta sin darse cuenta, y salió de entre la multitud diciendo algo parecido a "Españoles bastardos", pero Isabel no estaba muy segura de ello puesto que hablaba en italiano.
Con la cerveza en mano, volvió a donde estaban sus amigos con una extraña sonrisa.
—¿Qué ocurre?—Preguntó el francés, ambos, él y Gilbert, se habían ido acercando a la barra durante el concierto, por lo que en aquellos momentos tenían sus bebidas casi enteras y no se tuvieron que comer la cola, cosa que hubiera hecho también Isa, pero no quiso perderse nada del concierto.
—Creo que me acaban de llamar bastarda—Respondió ella dándole un trago a la cerveza, tras haber limpiado la boquilla. Estaba muy fría.
—Tú como siempre haciendo amigos—Habló Gilbert riendo.
—Pero si no hice nada. Era una chica muy extraña.
—Querida, todas las mujeres sois raras.
Y Gilbert aseguró con varios asentimientos de cabeza las palabras del rubio.
El concierto retomó varios instantes después. No solo tocaron las canciones grabadas en el EP, sino también algunos tributos a grupos que ya no estaban pero que eran grandes éxitos del ayer y que la mayoría conocían porque prácticamente los sacaban a diario por la radio.
Cuando la medianoche haría casi media hora que había pasado y ya habían cantado varios bis, el concierto dio su fin, y tras agradecer la participación del público, el grupo salió del escenario. Isabel sabía que sería mucho pedir que sus amigos la colaran en los camerinos, por lo que tras tomarse una última cerveza, decidió poner fin a su noche, todavía que estaba el metro abierto y que sus pies eran capaces de caminar sin sangrar o torcerse por el camino.
Los dos chicos intentaron convencer a la española de que no lo hiciera con promesas que equivalían a x rondas de cervezas pagadas por ellos si se quedaba. Ella logró eludir la tentación, no por nada era la que tenía por costumbre mantenerse medio sobria y obrar el milagro de que ambos chicos lograran llegar a casa sin matarse por el camino. Aquella noche iban a tener que confiar sus vidas en un ente astral.
En medio del camino de regreso al metro, se acabó quitando los zapatos de lo incómoda que estaba y volvió al camino de puntillas. Ante todo debía de mantener la postura, además de que a aquellas horas, con los que se cruzase, seguro que no serían capaces de ver si llevaba o no zapatos.
Entró en el metro y cruzó los tronos para encaminarse al andén que la llevaría a casa… Sino moría antes.
Sentada en uno de los bancos, se encontraba la italiana que le había llamado bastarda. Aunque apenas pudo verla en el antro, el rizo era inconfundible.
—Le distes una buena propina al camarero—Dijo acercándose.
Ella clavó la mirada en la española el tiempo que taró en tomar asiento a su lado, entonces la apartó rápidamente, mientras decía algo parecido a "¡Chigi!"
—¿No te han enseñado que no se debe hablar con desconocidos?—Tenía un fuerte acento italiano que hizo que Isabel pensara que lo estaba forzando a posta.
—Me llamo Isabel. Ya no somos desconocidos—La sonrisa amplia que mostró hizo que la otra arrugara los labios cruzándose de brazos.
Por un momento pensaba que la iba a ignorar, que se levantaría y se iría al final del andén, pero acabó pronunciando de manera casi inaudible.
—Lovina
