Aquí traigo, después de tanto tiempo, un nuevo capítulo. Sinceramente, no es que se me hubiera olvidado, simplemente es que no tenía ni tiempo para escribirlo, ni tiempo para pasarlo al ordenador, (aquí, la escritora finolis necesita escribirlo de primeras en una libreta para luego pasarlo al ordenador, sino, no es feliz). Aunque creo que es mejor. El ordenador lo veo de Pascuas a Ramos, por lo que tardaría aun más, si es que es posible, en subir nuevo capítulo.

En resumen, que no os hago esperar más. El capítulo se lo dedico a Mix, que la puta ha pasado unos días en Austria y cierto señorito podrido hace su primera aparición... ¡Ya estoy dando spoilers!

La canción de este capítulo, Peligrosos sociales, es del grupo Kaka de Luxe. Y los personajes pertenecen a Himaruya.

Buena lectura


Peligrosos sociales

En un abrir y cerrar de ojos estaba sentado en un vagón de metro. Lo último que recordaba era haberse despedido de Gilbert tras salir del sexto bar dando fin a su noche.

El albino quería seguir buscando fiesta pese a que eran las cinco y media de la mañana. El francés por su parte decidió volverse a casa tambaleándose por las calles que recién se levantaban. Y eso es lo último que recuerda. A aquella señora que se le queda mirando cuando se tiene que sujetar a una farola para no caer al suelo por que el sol le ha dado de lleno en la cara y le ha, literalmente, deslumbrado.

Por ejemplo no tiene en su mente la pelea que tuvo con la puerta de la estación. Golpeó el cristal al grito de "¡Esto debería estar abierto ya!", con un acento francés que solo le sale cuando el alcohol es mayor en las venas que la propia sangre.

Realmente faltaban quince minutos para que las estaciones tuvieran que abrir, pero que tras ver el estado del primero de los clientes de aquel largo día, decidieron abrir con antelación antes de que saltaran las alarmas, o alguien llamara directamente a la policía por desorden civil, por no hablar de que aquel desquiciado, como denominó el guardia de seguridad al francés hablando junto a uno de los trabajadores mientras se acercaba a la puerta, tenía pinta de que rompería el cristal si hiciera falta antes de mirar la hora.

Balanceándose frente a los tornos, comenzó a buscar la cartera y finalmente se peleó con el interior de ésta buscando el abono de transporte. Una de las muchachas trabajadoras del metro salió de su puesto de trabajo, detrás de la ventanilla, como servicio de atención al cliente, información y venta de tickets, para ofrecer su ayuda al rubio gabacho, quien se negó lo más caballerosamente posible que podía hacerlo cuando estaba en aquel estado. Con un gesto de mano que hizo que volviera a tambalearse y teniendo que apoyarse en el torno con aquella misma mano a la vez que murmuraba algo parecido a "Déjalo, puedo yo solo" o al menos, eso entendió la chica, quien se retiró, más por su gesto, por el temor de que el joven se le cayera encima, o peor, que acabará todo el alcohol que había bebido en sus ropas. Y era demasiado pronto como para que su look se viera ensombrecido, por utilizar un término "fino".

Finalmente acabó cruzándose los tornos como pudo. Caminó hasta las escaleras mecánicas y esperó a que las propias escaleras le expulsaran de ellas al llegar al final para encaminarse al andén maldiciendo las escaleras. Suspiró con pesadez sentándose en uno de los banquitos de mármol que había en la parada y esperó a que el tren llegara.

Realmente no tuvo que esperar tanto, pero el que estuviera tan cansado por toda la noche de fiesta hizo que se quedara dormido con la cabeza apoyada en la pared y los brazos cruzados con pose estoica.

Varios trenes cruzaron el andén y se fueron antes de que Francis se levantara cuando dio una cabezada. Salió corriendo hacia el tres que le esperaba abierto de par en par pero que no iba a durar aquello por mucho tiempo, o al menos eso le decían las alarmas que sonaban antes de que se cerrarán las puertas.

Por los pelos, logró entrar en el tren aunque casi se choca con la puerta del otro lado. Bostezó de manera descarada y se sentó en aquel vagón con aspecto cansado. Despeinado. Se rascó la mejilla mirándose en el cristal que tenía en frente. La barba le empezaba a salir, lo que ocasionó que se quedará más tiempo acariciándosela. El look de don Juan que llevaba el día anterior al salir de casa había dado lugar a un aspecto de callejero que hacía que las mujeres que aquella mañana tomaban aquel vagón le miraran de reojo preguntándose si aquellas ropas eran producto de alguna nueva moda que desconocían. Como los jóvenes cambiaban más de modas que de ropa interior y ellas estaban tan poco puesta en lo que llevaban o no los jóvenes… Francis las ignoraban. Estaba más ocupado evitando quedarse dormido, actividad que ni siquiera supo llevar a cabo. A la tercera estación ya estaba dormido profundamente.

Como aquella línea era denominada la circular, Francis dio vueltas por el metro sin despertarse y logrando atraer las miradas de todos. Si hubiera llevado un cartelito de falta de trabajo, de dinero y con bocas que alimentar lleno de faltas de ortografía, seguro que la gente le hubiera acabado echando dinero.

En cambio, o incluso se podía decir, "además", se topó con ella. La joven volvía de misa en el centro, había tomado el metro, aunque ella siempre prefería el autobús, y casualmente dio a dar en el vagón de él, por que era el que siempre daba a la salida que ella cogía.

Al principio no le reconoció, -¡cómo para hacerlo! El francés llevaba la boca abierta, las piernas abiertas, la izquierda estirada y las manos sobre los muslos. La ropa completamente arrugada y los zapatos que el día anterior habían estado tan pulcros, en aquellos momentos los llevaba llenos de barro. Desde luego no era aquel chaval que se encontraba "de vez" en cuando en la facultad.-

Sin embargo acabó por saber quién era y el sonrojo tiñó las mejillas de la joven mientras tomaba asiento en el sitio vacío que quedó al lado del susodicho cuando el hombre que lo ocupaba bajó en su estación correspondiente.

No era capaz de controlarse y acababa mirándole de reojo. Debía de despertarle. Pero sería extraño. Ni siquiera se conocían. Pero era un deber moral y cristiano el hacerlo, estaba segura que en alguna parte de la Biblia hacía referencia a aquello.

Acabó girando su cuerpo hacia el joven y alzó una mano que se quedó en el aire, a medio camino hacia su brazo. Respiró hondo y cruzó aquel espacio para comenzar a zarandearle de manera leve.

—¡Eh!—Su voz estaba cargada de nerviosismos y las mejillas se tiñeron aun más—¡D-despierta! ¡P-por favor!—Le acabó pidiendo.

Tras un par de segundos, Francis acabó abriendo los ojos, haciendo que la joven se quedara petrificada. El rubio miró a los lados antes de concentrar su mirada en la mano de la joven, la cual seguía posada sobre su brazo, para irla subiendo por el brazo femenino hasta posara en sus ojos, ahogando un bostezo.

Al notar su mirada de manera directa sobre su persona, ella se volvió rápidamente al frente rompiendo el contacto físico y roja hasta la raíz de su propio cabello.

—¡P-p-perdón!—Tartamudeó mirando de reojo como el chico se pasaba una mano por el cabello y volvía a la realidad.

—¿Qué ha…?—La pregunta se quedó a medio formular cuando se dio cuenta de donde estaba y no pudo evitar lanzar una exclamación—¡Me he dormido!

El metro estaba entrando en la estación y aprovechó para levantarse y acercarse a la puerta. Se volvió a la joven, notando como el tren se iba deteniendo progresivamente, ella apartó corriendo la mirada de él, puesto que había estado siguiendo todos sus movimientos.

—Muchas gracias, mademoiselle—Dijo haciéndole un leve gesto de caballerosidad mientras veía como la rubia jugaba con la manga de su abrigo blanco, quitando y poniendo un botón que era de adorno.

—D-de rien…—Pudo alcanzar a escuchar el francés como le susurraba, y como estaba tan habituado al francés, como lengua materna suya que era, no se percató del uso del idioma que había utilizado la joven hasta que no estaba ya en la estación y el metro se había ido.

Igual que ni siquiera se había percatado de que aquella no era su parada. Tendría que haber continuado como cuatro paradas más.

¡Podía haber seguido hablando con tal bella rubia!, meditó mientras caminaba hacia uno de los bancos. Encima francesa.

Suspiró tomando asiento. En aquel momento no había problemas con que se quedara dormido. Tenía sueño mas podía aguantar, encima no dejaba de darle vueltas al aparente hecho de que la chica le sonaba. Aunque en aquellos momento no lograba ubicarla o siquiera que ese pensamiento suyo fuera verdad y no un engaño de su mente entorpecida por el sueño y el poco alcohol que le quedará en las venas.

Debía esperar cinco minutos para el siguiente tren. Seguro que su madre le armaba un pollo. Encima no podía llegar con el desayuno, por que ni siquiera sabía si era hora de desayunar. ¿Habría encontrado Gilbert un local que le sirviera algo más que churros con chocolate? Por que Francis todavía no había encontrado la diferencia entre las porras y los churros. Seguro que la española había dormido como una lirona…

Un haz de luz se hizo en la mente del francés. Ya sabía de donde le sonaba la francesa. La había visto en varias ocasiones en la facultad en la que estudiaba Isabel. Si tenía suerte, seguro que estudiaba allí, y si era una visitante en la facultad, al igual que él, entonces tendría que hacerle una visita a la suerte para que se topara con ella. ¡Seguro que le había dado mala impresión! Un nuevo suspiro salió de entre sus labios mientras entraba en el metro.


Isabel paseaba por la casa con una taza de cola cao con dibujitos de tomates en la que mojaba galletas que tenía encima de la mesa. Estaba sola en casa y por ello todavía seguía en pijama. Uno de dos partes de tela de franela con dibujitos de ovejitas. El pantalón, según la española, le quedaba grande, ya que al parecer "no le hacía el buen culo que tenía". La parte de arriba, una camisa, le quedaba como un guante por que no le apretaba, en su opinión, la zona del pecho "que tan bien puesto tenía". La bata roja y los calcetines de lana completaban el atuendo que la española llevaba todas las mañanas y si fuera por ella, todo el día.

La televisión estaba encendida aunque en aquellos instantes no echaban nada interesante, por ello, no le prestaba atención. Una repetición de un concurso del día de entre semana llenaba la pantalla. Un concurso que ni en el día en el que lo estrenaban, Isa lo vio, pero era eso o un programa sobre actualidad.

Mojó una nueva galleta en la taza pensando en el concierto de Alaska. Apoyada en la mesa todavía podía sentir que no se había ido de la Sala Carolina, que el humo la envolvía y que los acordes de música en directo hacían que sus tímpanos vibrarán. Y no solo veía a su diosa de la música.

En su recreación de la noche anterior, su repetición persona del que si fuera comerciable sería un extraño programa posiblemente líder de audiencias, no podía faltar la arisca italiana. Su solo pensamiento en ella, con la música de fondo de Odio logró que la galleta se partiera dentro de la taza y permaneciera flotando en el cola cao. Se metió el trozo seco de galleta en la boca y miró el interior de la taza con carita triste antes de dejarla en la mesa para caminar hacia la cocina. En un alarde de inteligencia había tirado la cucharilla con la que había removido el cola cao en el fregadero.

Cogió una limpia y volvió al salón arrastrando los pies por el suelo, por el simple placer de hacer en aquellos esplendidos momentos en los que no había una madre gruñona que gritara "¡Isabel Almudena, no me arrastres los pies por el suelo!". Ella incluso se sentía malvada al romper aquellas normas y reía de manera interior y jocosa como si todavía tuviera cinco años.

Cogió de nuevo la taza y buscó la galleta. Tuvo que mover un poco la taza pero finalmente la galleta salió a flote, la cogió con la cucharilla y se la metió en la boca de una vez.

El programa de la televisión terminó y dio paso a una serie de anuncios. Isabel se cansó de la programación y tras buscar el mando de la televisión por el sofá, donde lo había lanzado, apagó el aparato y se bebió de un trago la bebida. Se le estaba quedando fría y no le gustaba.

Ya sabía lo que iba a hacer.

Tras dejar la taza en el fregadero con varios vasos de la noche anterior, corrió a su cuarto dejando que la bata se le abriera por el camino. Rebuscó en su habitual bolso para sacar una libreta telefónica donde apuntaba todos los números de todos sus conocidos, junto con otros teléfonos de interés, como el del asador de pollos, y papeles de publicidad que ni siquiera sabia por que los seguía conservando, pero allí estaban y nunca hacía limpieza de ellos.

Volvió al salón ojeando la agenda, mirando los teléfonos. No se acordaba donde había apuntado el susodicho. Se sentó en el apoya brazos del sofá, frente al teléfono fijo, y lo descolgó para marcar el número, ahogando una risa.

Sabía que al otro lado, si acababan cogiendo el teléfono, se acordaría de la madre que la parió, pero la simple idea hacía más emocionante la llamada.


Un perro que pasaba y le olisqueó la mano fue lo que le despertó, se restregó con una mano los ojos incorporándose para darse cuenta que estaba echado en un banco, la cabeza le dolía, estaba cansado y la espalda le crujió en el primer movimiento por la mala postura. Farfulló una maldición en alemán.

Con pesadez y apoyándose en una mano, se pasó la otra por el cabello haciendo caer las hojas que tenía a causa del árbol que tenía encima.

Estaba en un parque, hizo memoria. Era domingo y supuestamente volvía de fiesta, no, mentira, seguía buscando fiesta, aunque el soso de Francis le hubiera dejado tirado cuando mejor lo estaban pasando. Hombre de poco aguante. Isa tenía excusa, era mujer y llevaba tacones. Isa bebida y con tacones era un arma arrojadiza: se dedicaba a arrojar sus tacones a todos los lados y a todo el mundo, conocido o no.

El caso es que él, que no llevaba tacones y su cuerpo tenía marcha de sobra, no iba a volver a casa tan pronto, y siguió buscando la fiesta por su cuenta. Durante tres minutos. Lo que tardó en llegar a ese parque con el que atajaba, o eso decía él, se sentó en aquel banco para abrocharse los cordones y se quedó dormido, abrochándose los cordones. Hasta que casi se cae de cabeza al suelo y pasó de estar sentado a tumbarse y taparse la cabeza con la chaqueta por que comenzaba a amanecer y el sol le daba en toda la cara. Maldito astro solar, recordó.

Y ahora, según el reloj que está cerca de la parada de autobús, cinco o seis horas después, estaba sentado en el mismo banco y los cordones seguían desabrochados, aunque la predisposición para recorrerse Madrid en busca de un afterhour ahora ni siquiera estaba por la labor de caminar hacia el metro, o hacia aquella parada de bus, si por un casual fuera la que le llevaba a casa.

Aunque estuvo tentando de hacerlo al ver las dos figuras empalagosas que se acercaban a él. Precisamente se tenía que topar con ellos. Puso una cara de asco, volviendo el rostro hacia el lado contrario de los susodichos, para que no le reconocieran, pero ya era demasiado tarde.

—Gilbert, extraño en ti que hayas madrugado—Saludó el hombre, aunque para el susodicho, él siempre había sido la mujer en aquella relación. Roderich Edelstein.

—Directamente no he ido a dormir—Repuso él acomodándose en el banco, estirando los brazos por madera para que no pudiera sentarse.

—¿Por qué no me extraña?—Murmuró la mujer, por naturaleza, y no como la metáfora que Gilbert le dedica a Roderich, para la cual, Elizabeta Hedervary era el hombre en la pareja.

Si la chica no estuviera saliendo con un señorito tan podrido como lo era Edelstein, probablemente Gilbert le dejara un asiento a su lado. Todo un honor.

—No todos somos tan aristocabritos como mi primo—Masculla el albino poniendo los ojos en blanco.

Y es que en efecto, Roderich Edelstein era primo por parte de padre, el cual era tan estirado como la madre de Roderich, su tía, la cual, según Gilbert, siempre tenía pinta de que le estuvieran tirando del pelo más largo que tenía en el culo, de forma permanente.

Por suerte para él, para Gilbert, él había salido a su madre. Por suerte. En cambio, su hermano pequeño –el hermano pequeño que le sacaba una cabeza- era tan estirado como el padre de las criaturas. Aunque Gilbert le ha educado bien. Le gustan las fiestas en las que hay cerveza.

—Gilbert, no te metas con Roderich—La chica le dio un manotazo al albino en el brazo.

—Déjale, Eli—Le susurró el señorito con voz dulce, acariciando el brazo de la muchacha.

—Estúpidos—Masculla el alemán, levantándose del banco y alejándose de la feliz pareja a causa de la punzada de algo que él nunca denominaría "celos", era demasiado asombroso como para tener celos, no mejor otra cosa. Sí, hambre. Gilbert tenía hambre, no celos.

Sabía que como siguiera teniendo "hambre", acabaría metiéndose más con Roderich y Elizabeta le golpearía cada vez más hasta que se terminara enfadando.

Y Gilbert no quiere que la marimacho se enfade con él.


N/A: El que Isa se llame de segundo nombre Almudena es por la patrona de Madrid. Sinceramente, pensando que la madre de la chica es muy religiosa, debía de tener un nombre de ese tipo, y aprovechando que estamos en Madrid, ya hago otro "homenaje" de ese tipo.