Tras mucho tiempo sin actualizar, a causa de los exámenes, las navidades y todas esas cosas que impiden a una poder concentrarse en escribir, traigo el nuevo capítulo de La Movida.
Lo cierto es que en mi cabeza quería haberlo subido mañana, soy una zorra que iba a subirlo mientras ciertas personitas *guiño, guiño* estaban disfrutando de... ¿la chibi Japan? No sé, algo por el estilo en Madrid. Pero no soy tan zorra.
La canción con la que se abre este capítulo, Por qué no ser amigos, pertenece a los Hombres G.
Los personajes pertenecen a Himaruya y los escenarios creo que pertenecerán a la Comunidad de Madrid.
Por qué no ser amigos
Un bostezo se escapa de entre sus labios, fiel a sus costumbres, la española no se tapa la boca para contenerlo, de todas formas, no hay cerca suya para que pueda mirarla mal. Bueno, quizás ese profesor que sube las escaleras por el otro lado la ha mirado, pero no le da clases, por lo que no le importa en lo más mínimo. Termina de bajar las interminables escaleras que unen la facultad de Filología con la de Historia e Isabel piensa el por qué debe de seguirle siempre la conversación a Francis para que la lleve por ese camino. ¡Con lo feliz que es ella dando el rodeo y pasando por la facultad de Caminos, canales y puertos! No había ninguna sola escalera, salvo los tres escalones de entrada. Pero esos escalones son fáciles de cruzar.
La mochila se le cae por le brazo, pero no tiene ganas de ponérsela bien. Sus manos están demasiado ocupadas en coger calor dentro de los bolsillos de la chaqueta que lleva. Aunque esté a comienzo de octubre, por las mañanas ya comenzaba a hacer frío. Isabel odiaba con todas sus ganas las mañanas en el campus de Moncloa por culpa de ese frío.
Parada en el paso de peatones que tiene que cruzar para llegar al edificio se encuentra con la profesora de Hidrogeografía que va en su coche. Con una sonrisa Isabel la saluda antes de cruzar, puesto que se ha parado cediéndole el paso. En su furo interno desea que se le pinchen las ruedas porque el primer día de clase les hizo un examen y el resultado no fue el esperado por la española. Lleva dos días de clase y todavía no sabe de qué va esa asignatura. Pero está en su temario.
Una vez llega a la puerta entrada de la facultad, y observa como algunos sentados en el césped fuman cosas que un policía podría requisar, nota la presencia de una persona que no debería de estar en esa facultad. Altura media tirando a baja. Ojos marrones verdosos. Cabello castaño oscuro largo y con un extraño rizo en el flequillo. Mueca torcida en los labios que tiene fruncido. Brazos cruzados y pie enfundado en zapatos de vestir marrones que no dejan de chocar contra el suelo en un gesto de desespero.
Claramente reconocible para la española quien no puede evitar esbozar una amplia sonrisa. Una sonrisa que a la intrusa en aquella facultad le parece de idiota, como la persona que la lleva. Nunca había pisado aquella facultad y ahora por culpa de aquella maldita española se ha tenido que recorrer toda la Avenida Complutense y preguntarle a, nada más y nada menos que, tres personas por la dichosa facultad que está ubicada en el culo del mundo.
—¡Lovi!—El extraño apelativo que Isabel le ha puesto a Lovina sale de sus labios con el mismo tono idiota que tenía su sonrisa.
Aquel mismo apelativo que hace que la italiana frunza el ceño porque no le gusta como no le gusta ningún apelativo. Su nombre es Lovina. No una versión más corta que al final sólo es una burla de su nombre.
—¡Bastarda, deja de llamarme de esa forma!—Para compensarlo, cada vez que Isa le llama de tal forma, ella la llama bastarda y ya están en paz. O al menos aparentemente, porque ser llamada Lovi es peor que el llama a aquella chica extraña Bastarda, que hasta parece que le gusta puesto que no borra la sonrisa de su rostro.
—Lovi—Y encima para más mosqueo de la italiana vuelve a utilizarlo. El pensamiento de que sólo lo haga para joderla pasa por su mente, pero no cree que la mujer sea tan inteligente como para que piense en joderla. No cree ni que sea inteligente como para que piense en general.
La de los ojos marrones maldice en italiano pisando con fuerza el suelo una vez. Luego suspira al ver que ha llamado la atención del resto de bastardos que entran en aquella facultad y sólo es capaz de retomar la postura inicial con un fuerte sonrojo en sus mejillas.
—¿Has venido a verme?—Isabel que no tiene ni idea de maldiciones italianas, decide cambiar de tema a uno que hace que la italiana la mire aun de peor forma. ¿Verla a ella? ¿Pero quién se había creído que era? ¡Vale, sí! ¡La había ido a ver! ¡Pero para nada como amiga! ¡Le iba a poner los puntos sobre las ies!
—No me vuelvas a llamar a casa. ¡No tienes derecho a hacerlo!—Se apoya en la pared de la entrada a la facultad con los brazos cruzados y chasqueando la lengua, entrecerrando los ojos.
—¿Entonces para qué me has dado tu teléfono?—Ahora sí que se pone bien la mochila puesto que se ha sacado las manos de los bolsillos para gesticular con ellas, una manía que tiene.
—¡Por cortesía! No para que me llamas porque te aburras.
—Se dice llames.—La corrige la española volviendo a poner aquella sonrisa bobalicona que hace que la italiana sienta ganas de golpearla sólo para que la borre. ¿Quién puede estar tan contento de buena mañana? Sólo una idiota como ella.
—¡Llames, llamas! ¡Estúpido idioma!—El apuro de que la sigan corrigiendo después de llevar en el país hispano varios hace que el sonroja tiña aun más sus mejillas mientras aparta el rostro de la mujer.
—El idioma no es estúpido. Además, no lo manejas nada mal—La felicita con una sonrisa, que hace que Lovina vuelva a chasquear la lengua de puro orgullo. Por supuesto que no lo maneja mal. ¡Y si lo maneja mal es que es culpa del idioma y no de ella!—¿Tienes clase ahora?
Realmente Lovina no tiene clase aquel día y sólo ha acudido a la facultad para decirle esas cuatro cosas a la mujer, pero como no ha querido que parezca eso, se ha llevado la mochila cargada de libros que sólo va a pasear. No quería haber quedado como una idiota al acudir a una facultad con las manos vacías. La idiota no es ella.
—No, pero quería ir a la biblioteca—Pone la primera excusa que se le viene a la cabeza. ¿La biblioteca? ¿Ella? La biblioteca siempre estaba llena de gente que hacía ruido, como los bibliotecarios al ordenar los libros o los estudiantes que se preguntaban cosas los unos a los otros y los estudiantes, aun más idiota que la española que tenía delante, que mandaban a callar a los otros con un sonido aun más molesto que le escuchar los murmullos.
No. Ella no estudiaba en la biblioteca. Ella prefería meterse en su cuarto, echar a su hermana, ponerse lo tapones de cera y estudiar hasta que se le quedaba el culo pegado en la silla.
—¿Quieres que tomemos algo antes?—Señala el interior de la facultad. Lovina no ha estado nunca y piensa que es una buena oportunidad para ello.
—¿Tú no tienes clases?—Le pregunta mirándola de reojo de mala manera. No tiene ganas de tener que tomarse algo deprisa y corriendo sólo porque la española tenga que irse a una clase y fuera a llegar tarde.
La idea de ir a clase en aquellos momentos no era precisamente lo que tenía Isabel en la cabeza. Además, a primera hora tenía Geografía española que se le daba bien. Demasiado bien. Y después tenía Estadísticas con Sila, la profesora turca que tenía muy mala leche. No. Prefería quedarse en la cafetería charlando un rato con la chica que era bastante graciosa.
—Ninguna importante—Se encoge de hombros antes de entrar en la facultad.
Lovina tras pensarlo sólo unos instantes, la sigue dentro con cara de entrar en un nuevo mundo, desconocido y lleno de gente idiota como la española, porque para algo estudiaban lo mismo que ella.
Acababa de salir de la clase de Escrituras antiguas y testimonios históricos con un profesor soporífero que no había hecho otra que mandar bibliografía recomendada con carácter obligatorio. La joven odiaba esa clase de bibliografía porque casi siempre tenía que acabar comprándose los libros para poder leerlo las veces que quisiera y no tener que estar pendiente de la fecha de devolución de la biblioteca o en su defecto, de que el tomo estuviera manoseado, subrayado o con cualquier otro desperfecto.
Sentada en uno de los banquitos que había pegados la pared por toda la facultad de Geografía e historia, echó un vistazo a los distintos libros para hacer una selección antes de escribir sus títulos en los papelitos que debía de entregar en la biblioteca. Escogió aquellos que más le llamó la atención por el título o por la explicación que había dado el profesor. En total cinco de los dieciséis que había dicho, sólo como bibliografía para todo el curso, sin contar los que irían saliendo a medida que fuera avanzando las clases.
Se preguntó si estaría en la biblioteca normal o en la de textos antiguos. No quería hacer un viaje para nada aunque tenía la extraña intuición de que unos estarían en una y otros en otra. Tras debatirse mentalmente en qué iba a hacer, se levantó del banco y se puso la mochila antes de volver a contar las papeletas de la biblioteca.
Se dirigió hacia las escaleras y tomó las que iban hacia arriba, debía de subir dos plantas para llegar a la biblioteca especializada en textos antiguos. Prefería ir a esa y luego bajar hasta la general para luego salir por la puerta que estaba al lado de la biblioteca. Ya no tenía más clases aquel día.
Sin embargo, al llegar al descansillo del primer tramo de escalera, se encontró con una figura masculina, alta, rubia que no se esperaba. No al menos en aquella zona de la facultad. Y sola. Rápidamente se dio la vuelta y comenzó a rezar para que no se diera cuenta de su presencia mientras bajaba de nuevo, pero Dios debía de estar ocupado en otras cosas, puesto que sus rezos no fueron escuchados.
—¡Espera!—Se detuvo al momento de escuchar la voz del hombre y se replanteó si darse la vuelta o irse como si no hubiera escuchado nada. Luego pensó que era demasiado tarde para la segunda opción y se volvió con una sonrisa de circunstancia en su rostro y sin atreverse a mirar más arriba del cuello de la camiseta que llevaba.—Así que no me equivoqué al pensar que estudiabas aquí—¿La estaba buscando? ¡Pero sino había hecho nada para ello! Durante unos instantes se atrevió a mirarle un poco por encima del hombro, nunca a los ojos—Creo que el otro día no estaba demasiado centrado y no te agradecí lo suficiente el haberme despertado—¿Todavía seguía con eso? Ella sólo había hecho lo que cualquier cristiano decente habría hecho. Lo que cualquiera debería de haber hecho—Hubiera estado dando vueltas en esa línea por quién sabe cuantas horas sino me hubieras despertado—No pudo evitar reír negando con la cabeza antes de fijarse en ella. Apenas se había movido desde que comenzó a hablar. Ni siquiera la había escuchado—¿Te encuentras bien?
La vio parpadear un par de veces antes de verla asentir con la cabeza de un modo casi imperceptible.
—Aja—Murmuró para luego morderse el labio. Ahora su mirada estaba pendiente del suelo que tenía a su derecha, el cual miraba de reojo. Aparentemente eso parecía mucho más interesante que la conversación que pudiera mantener con aquel hombre. Aparentemente.
El joven la miró por unos instantes extrañado, pensando que quizás la estaba molestando con su presencia, pero antes de decirlo se decidió a dar un último primer paso a una conversación con ella. El otro día no parecía haberse mostrado tan cortada, o quizás era cosa de su mente resacosa. No confiaba ni un pelo en ese estado de su mente.
—Me llamo Francis—Se presentó y aunque estuvo bastante tentado a darle los dos besos que siempre daba de cortesía pero se contuvo en el último momento en el que ya se estaba inclinando hacia ella y el delicado perfume que llevaba a lirios rozó su nariz. Tuvo que contenerse mucho para apartarse y no quedarse embriagado con el aroma de la chica y con la curiosidad de si procedía de su cabello o de su cuello.
—Yo soy Jeanne—No estarle mirando directamente hizo posible que se presentara sin titubear en ningún momento. De haber sido testigo de la cercanía, posiblemente hubiera enrojecido hasta la raíz del cabello y hubiera sido incapaz de hablar hasta pasado un rato. Un rato largo puesto que la joven era un círculo. Enrojecer, avergonzarse por enrojecer y enrojecer aun más.
Observó la mano que finalmente le había extendido el joven y que estrechó con cierto reparo. Estaba cálida, al contrario de la suya que casi siempre estaba fría.
—¿Ibas a clase, Jeanne?—Le había gustado el nombre de la chica y por ello se dio el lujo de pronunciarlo, logrando que por primera vez en aquella conversación la rubia alzara la mirada hacia los ojos azules de él, un par de tonos más oscuros que los de ella. Aunque rápidamente volvió a bajarla. Al menos había logrado algo.
—No. A la biblioteca. A sacar unos libros—Usaba frases cortas para asegurarse de no titubear en medio de ellas y le mostró las papeletas de libros que llevaba en la mano agitándolos de un lado a otro.
—Voy contigo—Decidió encogiéndose de hombros y haciéndole un gesto para que comenzara a subir las escaleras de nuevo.
—¿No tienes nada que hacer?—Le pregunta algo sorprendida mientras vuelve a mirarle, no directamente, pero Francis lo nota y sólo puede evitar reír tapándose la boca con el dorso de la mano para evitar que la rubia crea que se estaba riendo de ella.
—En absoluto. Ya he terminado mis clases e Isabel no sale hasta mucho más tarde.—Por un momento, en la mente de la chica, pasa la posibilidad de que la mencionada Isabel pueda ser la novia del francés, por eso de que parezca que la espera. Sin embargo la frase que añade a continuación hace que cualquier pensamiento que pueda tener se esfume de golpe—Así que soy todo tuyo.
Se plantea la posibilidad de que el francés esté haciendo eso que suele ver en las series americanas y no se puede evitar sentir como Nellie Oleson, de la Casa de la Pradera, siendo cortejada por Percival Dalton. Sólo que después recuerda que los chicos no suelen hacer esas cosas con ella y por tanto se avergüenza aun más siendo incapaz de decir nada mientras sube las escaleras, adelantando en un par de escalones a Francis que se queda detrás volviendo a reír por lo tímida que denota ser la chica.
—¿Qué estudias?—Decide preguntarle cuando llega a la planta. Nunca ha estado en aquella zona de la facultad y por ello tiene curiosidad. Sabe lo enorme que es el edificio y la infinidad de carreras que tiene.
—Historia—La voz de ella ha subido un par de tonos y ya ha dejado de ser un murmullo mientras le mira de reojo para asegurarse de que le sigue por los pasillos.—¿Y tú?—No sabe si siente verdadera curiosidad o si sólo lo ha preguntado por cumplir, pero el caso es que le sale la pregunta antes de que pueda siquiera pensarla.
—Filología hispánica—Responde leyendo al final del pasillo el nombre de la biblioteca y adelantándose para abrirle la puerta.
Un sencillo "gracias" mientras cruza el umbral de la biblioteca sale de sus labios mientras se acerca al mostrador donde el bibliotecario está colocando tejuelos en libros recién llegados a aquel sitio recóndito.
Es la biblioteca más pequeña de la facultad y no suele tener muchos alumnos. Además el sitio huele a libros viejos, como puede notar Francis, quien se tiene que pasar una mano por la nariz puesto que el aroma mezclado con el polvillo que desprende los ejemplares antiguos, hacen que le pique.
Hay algunos ejemplares en unos estantes cercanos que ojea mientras espera, de vez en cuando mira hacia la rubia que espera pacientemente jugando con las papeletas de libros que no pertenecen a aquel sitio. De vez en cuando la mira como si creyera que se fuera a ir dejándole a él en aquel sitio perdido. Isabel tiene razón. Aquella facultad es como el culo del mundo y a su vez posee sitios que están más perdidos de la mano de Dios que otra cosa.
El último libro del estante habla sobre historia druida y aunque en un principio le ha parecido un poco tostón, acaba cogiéndolo y leyendo el capítulo que habla de rituales druidas. ¿Esas cosas se veían en la facultad de Historia? Una mano sobre su brazo provoca que se estremezca del susto, puesto que estaba leyendo acerca de los rituales de sangre humana, aunque antes de que el libro se le caiga de sus manos, es capaz de cogerlo antes de volverse a la persona que ha interrumpido su lectura. Jeanne.
—Lo siento—Se disculpa velozmente antes de mordisquear su labio suavemente. El gesto le empieza a poner algo nervioso al francés y no sabe porqué.
—¿Todo listo?—Pregunta poniendo el tomo en su sitio con cuidado puesto que las páginas son viejas y el bibliotecario le está mirando con mala cara desde que ha visto que casi se le cae al suelo. No sabe cuánto deben de costar esos libros, pero no tiene ganas de saberlo.
—Tengo que ir a la biblioteca que está en el sótano—Responde jugando con su pelo algo nerviosa.
Puede notar como la mochila que lleva está más cargada que cuando habían entrado y se pregunta cómo de gordos son los tomos que tiene que cargar. Para suerte de él, Filología, aparte de la RAE no necesita muchos libros excesivamente cargantes que llevar. O al menos en dos años que lleva así es.
La posibilidad de acompañarla hacia esa misteriosa biblioteca que se oculta en un sótano, casi tan misteriosa como aquella que está perdida en un pasillo mal iluminado, es bastante tentadora como para poder resistirse. Ahora, no sabe si es incapaz de resistirse a la parte de ir a una biblioteca en el sótano o a acompañarla. Debería de pensarlo durante un momento, cosa que no hace.
—Voy contigo.
No sabía por qué, pero esperaba que el chico respondiera algo así y por ello, se empezó a poner nerviosa antes de tiempo.
La cafetería de la facultad de Geografía e Historia no estaba mal si se tenía en cuenta que tenía buenos precios y que la música no estaba demasiado mal para su gusto. Música actual encabezada por el grupo Tos.
Finalmente aquello para tomar que había propuesto Isabel se convirtió en dos coca-colas para cada una y un par de pinchos de tortilla para comer. La española empezó a despotricar de sus profesores, ninguno se libró de la criba, a la que Lovina alimentaba con fuego al decirle ella, por su parte, lo pésimos que eran los profesores en Arquitectura, que era lo que ella estudiaba.
El tema de los profesores pasó a un lado cuando en la radio sonó una canción que Isabel se sabía de memoria y la cual comenzó a cantar primero sólo para ellas dos, aunque con el estribillo media cafetería se unió a ella incluidos algunos camareros. Lovina simplemente se dejó caer por la silla avergonzada y completamente segura que si la española estaba en aquella facultad no era por casualidad. Ella jamás, ni en un millón de años, se hubiera atrevido a cantar de esa forma en un lugar público. Y encima después de aquello, tuvo la osadía de decirle.
—Lovi, tenemos que ir a un karaoke.
¡A un karaoke! Obviando el hecho de que la había llamado Lovi, cosa que ella detestaba y detestaría cada vez más cuanto más se lo dijera, lo cierto es que la italiana nunca cantaba. Nunca. Ni cuando tenía que hacer limpieza en su casa y su hermana ponía la radio. Nunca. Salvo cuando estaba cien por cien segura de que nadie la escucharía, porcentaje que en su caso nunca podía tener seguro puesto que su casa era, como el refrán español que nunca entendía, como el coño de la Bernarda Alba.
Por lo que se negó rápidamente y en rotundo. Esa bastarda nunca la escucharía cantar. Tras decir de todas las formas que conocía algo tan sencillo como "no", la española la miró de una forma que Lovina no sabía si interpretar como de cordero degollado o de burra con la regla.
—¿Qué haces?—Le preguntó alzando una ceja mientras cogía el vaso de coca-cola para llevárselo a los labios y ocultar la sonrisa que la cara de Isabel le había provocado.
—¿Por qué no quieres ir a un karaoke?—¿Ahora la bastarda utilizaba un tono de voz aniñado? Además, ¿qué idiota respondía a una pregunta con otra pregunta? Había que ser idiota.
—Yo no canto—Responde tranquilamente acomodándose en la silla de la cafetería con un brazo sobre el reposabrazos y el codo sobre el otro.
De nuevo Isabel tenía esa cara de burra reglosa que le daba risa a la italiana. ¿Acaso no se había visto en un espejo? Daba pena, daba tanta pena que tenía que reír para no llorar. Y en eso estaba cuando vio que la española había perdido el color de la cara y miraba fijamente hacia un punto que claramente no era ella.
—Oye, bastarda…
—¡Escóndeme!—Le exigió de manera rápida mientras miraba hacia los lados. Desde luego no le podía estar pasando eso. ¡No podía tener tan mala suerte! Pensó en esconderse debajo de la mesa, pero recordó que aun tenía algo de orgullo.
Y es que no podía ser cierto que la mujer que acaba de aparecer por la puerta de la cafetería fuera la profesora de Estadística, Sila, con la que supuestamente acabaría de tener una clase en aquellos momentos. Mientras la turca caminaba por el lugar, Isabel se planteó muy seriamente que la profesora, pese a reconocerla y saber que se había saltado la clase, pasara de ella y luego le echara la bronca. Isabel no iba a tener tanta suerte. Cuando se detuvo frente a la mesa que ambas ocupaban, la española supo que tenía una profesora muy hija de la gran puta.
—Vaya, Isabel.—La española intuía que se había aprendido su nombre sólo para joder.—Yo que pensaba que no habías venido a clase porque te había ocurrido un percance y mira por donde te encuentro.
Isabel sabía que debía de decir algo mas no se le ocurría que podía decir y que no le diera pie a la profesora de responderle con cualquier cosa. Simplemente la miró notando como Lovina alternaba su mirada de una mujer a otra.
—Lo siento, profesora. Llegaba tarde y preferí no entrar para no molestar—Su voz no tenía ningún tono. Como si quisiera de esa forma eliminar cualquier rastro de mentira o superioridad. No quería malos rollos con esa profesora que tenía pinta de ir a pillar siempre, y no sólo en los exámenes.
La mirada inquisidora de la profesora turca se concentró en los ojos verdes de Isabel quién le sostuvo la mirada. Solamente debía de aguantar unos segundos. Estaba demasiado cerca de poder saborear una breve victoria.
—La próxima vez entra.—Y cuando Isabel creía que ya se iba a ir y continuar con su camino, dejando tranquila su vida, añadió—Para la próxima clase quiero un trabajo sobre la tendencia que tiene Burkina Faso en cuanto a natalidad. Con gráficos.—Para Isabel le faltaba añadir que la próxima clase era al día siguiente, pero sólo sonrió a la profesora.—Hasta mañana.
—Hasta mañana.—Su sonrisa se esfumó en cuanto la profesora salió de la cafetería—Puta—Añadió cruzándose de brazos y piernas.
Lovina estaba alucinando puesto que de verdad creía que la española no tenía clases y ahora se presentaba aquella profesora que, según lo que ha podido entender, debe de ser esa profesora que para Isabel viste tan bien como hija de puta es. Y en efecto así es.
—Creía que no tenías clase—Lovina también se cruza de piernas dándole con la punta del zapato de manera leve en la pierna de ella. En señal de que está ofendida por haber sido engañada de aquella manera.
—Ya… Bueno… No tenía muchas ganas de ir a clase—Apoya la cabeza en la mesa lanzando un suspiro mientras observa como las burbujas de la coca-cola suben por el vaso golpeando con el pie una de las patas de la mesa.
La italiana se queda mirando por un momento a la española y no puede contener más la risa que se torna a carcajada en una milésima de segundo.
—¡Y ahora tienes que hacer un trabajo!—No puede contener la risa por más que puede. Al menos se ha aguantado lo de llamarla "pringada" que era lo que tenía pensado. Para que luego diga que es mala.
—No te rías, Lovi… Que me voy a tener que pasar toda la tarde en la biblioteca para poder entregarlo mañana…—Habla con voz aniñada, mientras la mira con ojitos.—Y creo que ya para la hora que es, como aquí.
La mención a la hora hace que la italiana se ponga rígida por unos momentos y mire hacia el reloj que había en la cafetería colgado en la pared. El típico reloj blanco de con los números grandes en negro. ¡Sino se daba prisa iba a llegar tarde! Corriendo se levantó de la silla y cogió su mochila, Isabel la miró extrañada.
—¿A dónde vas?—Le pregunta alzando una ceja.
—¡Había quedado con mi hermana y voy a llegar tarde! ¡Y todo por tu culpa, bastarda!—Le aseguró intentando meter la silla debajo de la mesa, pero al final la acabó dejando como estaba por no poder. Estúpida silla.
—Ah—Y de nuevo aquella cara de idiota que Isabel siempre según opinaba la italiana.—Salúdala de mi parte.
—¡Pero si ni siquiera la conoces!—Chasqueó la lengua en un gesto de molestia por ese comentario.
—Ya, pero era por cortesía—Y la sonrisa de la española volvía a estar allí.
Sin despedirse ni nada, Lovina salió por la puerta por la que en su momento saldría la profesora de Isabel, aunque pudo escucharla reír cuando cruzaba el umbral de la puerta. Sino fuera porque estaba llegando tarde, se enteraría de lo que vale un peine, otra expresión española que no entendía. ¡Nadie se reía de Lovina Vargas y salía inmune! ¿O era impune? Estúpido idioma castizo.
Al otro lado del Campus Moncloa, más cerca del centro de la ciudad, se encontraba las facultades relacionadas con el arte, como puede ser la facultad de Arquitectura, la de Bellas Artes y ya está.
Una italiana, semejante a la primera de la que se ha hablado, paseaba de un lado a otro delante de la segunda facultad mencionada. Su tono de pelo era más claro y sus ojos más ámbares que los de su hermana, pero el rostro y el rizo del pelo eran los mismo, bueno, el rizo no tanto. Y la personalidad menos.
Cada vez que esta segunda italiana, denominémosla por el momento italiana B, miraba el reloj que estaba en su muñeca y veía que su hermana, Lovina, se retrasaba a cada minuto que pasaba, de sus labios no podía evitar que saliera una muletilla bastante característica de ella.
—Veee—Aparentemente sin significado, la italiana B la utilizaba, en aquellos momentos, para un equivalente de "Seguro que Lovina se ha quedado dormida".
Porque técnicamente su hermana no tenía que ir a clase aquel día, por lo que cuando la vio aparecer, diez minutos tarde, con la mochila llena de libros, los ojos de la italiana B se iluminaron.
—Lovi—¿Por qué aquel día todos se empeñaban en llamarla Lovi? Al próximo sujeto que le dijera Lovi se iba a tragar el suelo.—¿Te has ido a estudiar a la biblioteca?
—¡Pero qué dices idiota!—Entonces recordó que llevaba la mochila colgada en la espalda. Sería muy raro que le dijera lo que de verdad le había ocurrido. Dudaba que la inteligencia de su hermana, Feliciana, fuera mayor que la de la española que acababa de dejar haciendo un trabajo en la biblioteca.—Es para acostumbrarme al peso de la mochila. El viernes me dolía la espalda—Y claramente esa era una mejor excusa que la realidad de los hechos.
Feliciana no pudo evitar mirarla con cara sorprendida, aunque para Lovina era cara de idiota. La misma cara de idiota que la de la española. Seguro que ambas se llevarían bien. Nunca se las presentaría a menos que fuera necesario.
—Veee—Aunque esa vez la muletilla sonó a un "No te creo ni en lo más mínimo", el caso es que antes de que Lovina fuera capaz de inventar otra excusa, Feliciana ya estaba hablando de nuevo—Anda, vamos a la biblioteca. No quiero que se lleven el libro que necesito. Este trabajo es importante—Acomodándose su bolso, Feliciana entró en la facultad de Bellas Artes, de la que había salido sólo para esperar a su hermana, y se encaminó hacia la biblioteca.
Grafitis de diversos tonos, modalidad y diseño adornaban las paredes del interior de la facultad y aunque no era la primera vez que Lovina acudía a aquella facultad, siempre se quedaba asombrada con los grafitis, puesto que siempre que iba había alguno que era nuevo. No se imaginaba a su hermana haciendo grafitis por más que quisiera.
La biblioteca estaba en la segunda planta y el típico cartelito de silencio adornaba la puerta que Feliciana abrió y dejó abierta para que entrara su hermana. En el mostrador había un par de chicos que esperaban ser atendidos. El más alto era rubio, tenía los ojos azules y, para Lovina, cara de patata cuadrada. El otro tenía la piel blanca, igual que el cabello, los ojos rojos, y la misma cara de patata. Estaba apoyado en el mostrador de madera oscura mirando toda la biblioteca con curiosidad. A ninguna de las dos hermanas le hicieron falta pensar mucho para saber que ambos eran intrusos en aquella facultad. Las caras y el aspecto lo decían todo. No solía haber chicos de aspecto de gimnasio por aquellos lugares.
Feliciana, tranquilamente, caminó hacia ellos dos, seguida muy cerca de su hermana que miraba con desconfianza a los dos extraños, el mayor parecía que estuviera a punto de liarse a golpes con cualquier que se le cruzase. Esperaron tras ellos, hasta que llegó el bibliotecario cruzando la misma puerta por las que ellas, segundos atrás, habían entrado.
Se situó detrás del mostrador y cogió la papeleta que le dio el rubio y miró a las dos chicas esperando a que le dieran su papeleta. El del cabello blanco se apartó un poco para que Feliciana pudiera darle el papelito antes de volver a situarse junto a su hermana con una sonrisa en el rostro. Lovina se preguntaba que podían tener las personas en la cabeza para sonreír todo el día. Seguro que nada.
El señor bibliotecario entró en los almacenes, o lo que propiamente era la biblioteca, y al cabo de un rato, volvió a aparecer con un solo libro. Algo iba mal. Algo iba muy mal.
—Lo siento, chicos. Ambos habéis pedido el mismo libro y sólo me queda uno…—Se disculpó el bibliotecario mirando las cuatro caras que se habían vuelto a él.
El chico de los ojos rojos saltó primero a hablar usando un tono no muy adecuado tratándose de que estaban en una biblioteca.
—Nosotros hemos llegado primero, por lo tanto el libro es para nosotros—Y si hubiera podido, le hubiera quitado al bibliotecario el libro de la mano, pero éste no se dejó.
Lovina le respondió en vista de que sabía que si fuera por su hermana, dejaría que se lo llevaran y hasta se lo envolvería en una cajita con terciopelo por dentro.
—¡Ja! ¡Nosotras tenemos prioridad, por algo somos de esta facultad!—En realidad ella no era de aquella facultad, pero eso al cara patata no le interesaba.
Sin esperar un segundo más, ambos se enzarzaron en una trifulca verbal que no gustó nada al bibliotecario. Vale que fuera principio de curso y la biblioteca estuviera vacía de personas que necesitaban estudiar, pero una cosa era esa y otra que ignoraran un cartel que estaba en la puerta y que era una norma básica. Por lo consiguiente, ambos fueron expulsados en aquel momento de la biblioteca, dejando en el interior a los dos que verdaderamente necesitaban el libro y que no habían hablado en ningún momento.
Los dos se miraron por un instante, y aunque a Feliciana le imponía mucho respeto el hombre que le sacaba más de una cabeza, finalmente fue la primera en hablar
—Veee—El significado más claro era el de una especie de saludo que el rubio no supo cómo tendría que responder—¿Te hace falta de manera urgente? Yo es que tengo que hacer un trabajo—Sin pretenderlo, puso ojitos de cordero que hizo enrojecer al chico—Si quieres, me puedes dar tu número de teléfono y cuando lo vaya a devolver, te llamo para que lo saques y no te lo quiten—Propuso.
El rubio se limitó a asentir una vez con la cabeza y se arrepintió de ella cuando la italiana le abrazó.
Aprovechó el ir a guardar el libro para sacar un bloc de notas que le tendió a rubio para que escribiera su teléfono junto con un bolígrafo.
—Yo me llamo Feliciana, mucho gusto.
—Ludwig—Respondió él mientras escribía el teléfono con perfecta caligrafía numérica antes de tenderle la libreta.
Feliciana miró el teléfono antes de asentir con la cabeza y guardarlo en la mochila sin borrar aquella sonrisa de su rostro.
—Pues muchas gracias, Ludwig. Ciao—Se despidió con la mano antes de salir corriendo hacia la salida, quizás temiendo que Lovina hubiera acabado a golpes con el otro chico.
El mismo pensamiento cruzó la mente del alemán, porque la siguió casi a la misma velocidad. Aunque para suerte de ambos hermanos, el rapapolvo del bibliotecario había ocasionado que ahora ambos estuvieran en una esquina distinta, y avergonzados por sus actos. Al ver aparecer a ambos, se levantaron y se acercaron corriendo.
—Dime que tienes el libro, Feli—Le preguntó Lovina mirando de reojo al otro par.
Feliciana afirmó con la cabeza antes de escuchar la voz del chico de los ojos rojos, que no era estridente, era lo siguiente.
—¡¿Cómo que ellas tienen el libro, West?! Que poca sangre tienes. Como se nota que yo soy el hermano mayor.
Ambas ahora miraron a los dos hermanos diréctamente. ¿El rubio, alto y fuertote era el hermano pequeño del chico escuchimizado y con pinta de fantasma? El mundo se había vuelto loco. Definitivamente.
Como nota aclaratoria. Las asignaturas me las estoy sacando de debajo de la manga. Es decir, estamos situados en un contexto en el que, creo, no se había llevado a cabo ningún proceso educacional. Tanto Isabel, como los demás, estudian licenciaturas, y no sé qué asignaturas de licenciatura había por aquella época, por lo que estoy haciendo es recopilando asignaturas de licenciaturas de otras universidades. Gracias.
