Hola de nuevo. Casi un mes... No... Más de un mes sin la última actualización, aquí dejo un nuevo capi de la movida.
La canción que lo nombra, Barco a Venus pertenece a Mecano.
Los personajes pertenecen a Himaruya
La mitad de los lugares que se mencionan a Madrid. Y la Casita de Martín... Bueno, no sé si eso existió como tal.
Feliz lectura~~
Barco a Venus
Las primeras horas eran mortales para ella, tanto las del lunes como las del viernes, seguidas junto con el resto de la semana. A las nueve y veinticinco minutos, cuando la profesora en cuestión estaba hablando sobre materiales utilizados en la Antigua Grecia y los métodos que se empleaban para conseguirlos, Lovina Vargas dio una cabezada estando sentada en última fila, el lugar proclive para no hacer nada y que nadie se diera cuenta de ello. Cuando quiso despertarse, la profesora hacía tiempo que se había ido, y ahora un profesor con joroba le hablaba sobre el arte mozárabe. Se había perdido toda una clase y parte de la segundo.
Al menos ya había recuperado las horas de sueño.
Para sentirse mejor consigo misma, sacó de la mochila que llevaba siempre consigo la libreta de tapa dura y hojas de cuadro que utilizaba para todas las asignaturas, con solo poner el título de la materia en cuestión en la parte de arriba, y de un rojo que se vería hasta en un kilómetro de distancia, bastaba para diferenciar cada cosa.
Escribió un par de frases sueltas que decía el profesor y que una vez las leyó terminada la clase descubrió que no tenía ninguna relación entre sí, pero con ello ya estaba satisfecha de haber trabajado por aquel día, puesto que no tenía ganas de ir a la última clase. Lo que menos le apetecía a la una de la tarde era ponerse a identificar edificios de los años de Matusalén, y no era la única que hacía eso, puesto que aquella era la clase menos popular de toda la carrera. La que todo el mundo se preparaba por su cuenta y la que finalmente casi todos aprobaban.
Guardó la libreta y el bolígrafo en la mochila que llevaba desde que iba al instituto y salió de la clase a paso tranquilo mirando la hora en su reloj de muñeca. A esa hora Feliciana debería de estar en clase, puesto que, a diferencia de la hermana mayor, la menor era tan idiota, o lista según el punto de vista, que iba a todas las clases, incluso a esas que era un peñazo, tomaba apuntes de todo lo que decía el profesor, y, por supuesto, nunca se quedaba dormida en clase. Resultaba irónico que esa misma chica fuera la que luego se quedaba embobada mirando una mosca mientras estudiaba.
Lovina no pudo odiar más a su hermana en aquellos momentos, porque el que su hermana no saliera de clase era motivo por el cual ella no podía volver a su casa, ya que ambas tenían los mismos horarios y si su madre la veía llegar a ella, seguro que le montaba el pollo con eso de que no podía faltar a clase y toda una serie de discurso que hacía que Lovina siempre acabara desconectando del tema.
Se sentó en una de los bancos de madera que había por la facultad y abrazó su mochila para no tener que dejarla en el suelo ni que le molestara en la espalda. Tenía una hora y cuarto por delante y ningunas ganas de hacer algo productivo como podía ser meterse en la biblioteca o leer el libro ese que olía a peñazo. El profesor de la joroba les había mandado a leer un tocho sobre arquitectura que, casualmente, había sido publicado por él. El tocho era tan aburrido como las clases y eso que sólo llevaba dos páginas desde que lo había empezado en septiembre, y por el momento lo más interesante que había hecho con él había sido pasearlo de un lado a otro metido en la mochila.
Apoyó la cabeza en la pared con tan mala suerte que se dio un golpe más fuerte de lo que pretendía, por lo que no pudo evitar lanzar un quejido mientras entrecerraba los ojos. No había nadie con ella, puesto que ya habían empezado las clases y los que no iban a ir a clase, ya estaban en sus casas, o de camino a ellas.
Hubiera ido a la facultad de Geografía e Historia si supiera que la bastarda que la tomaba como amiga no estaba en clase, pero como no tenía certeza de aquello, puesto que no se conocía su horario, ni ganas tenía pues bastante tenía con el propio, no iba a recorrer aquel camino, aquel largo y tortuoso camino, para nada. Lovina no era de esas mujeres que hacían las cosas si no estaban seguras de que iban a obtener algo a cambio, y si ese algo era algo comestible, pues mejor.
Pero la suerte de la castaña parecía que estaba a punto de cambiar cuando vio que por el pasillo subía tranquilamente una chica que parecía casi tan perdida como ella cuando pisó aquella facultad la primera vez. La joven avanzaba con pasos dubitativos y con la mirada en un papel de color celeste que llevaba en sus manos, quizás por eso le costó reconocerla. Sin embargo cuando alzó la cabeza para mirar a su alrededor, aparentemente con la intención de ver el camino por el que iba, Lovina la reconoció, si bien no a la primera, sí cuando las dos mujeres se dedicaron miradas que evidenciaban que ambas se conocían.
La recién llegada fue la que se atrevió a tomar la primera palabra, pese a que aquello era extraño en ella, o al menos, en lo que Lovina recordaba de ella.
—¿Lovina?
Había perdido sólo un poco de ese acento que tenía en el instituto, donde ambas se conocieron, pero el tono era el mismo y la mirada azul, de un tono más intenso que el papel que llevaba, era inconfundibles.
—¡Jeanne!-Lovina se levantó corriendo del banco, aunque antes de lanzarse a sus brazos, tal y como haría su hermana, se contuvo y aguantó el tipo. Lo que no hizo fue negar el abrazo cuando fue la francesa quién se lo dio.
Había quedado claro que la que había empezado era la rubia y no ella.
La italiana y la francesa se conocieron haría ocho años cuando ambas empezaron los estudios superiores en el instituto. Ambas iban a uno de esos colegios que prometían una mejor educación por el simple motivo de ser de pago, concretamente compartían clase. Lovina llevaba ya varios años en España. Jeanne acababa de llegar aunque ya sabía hablar bastante español. Las dos fueron lo más parecido a amigas que tuvieron en que aquella época de estudios. Se dedicaban a compartir las tareas de los trabajos en grupo, y Lovina le tiene que agradecer a la rubia que le cubriera en varias ocasiones en las que se saltaba las clases porque sí. Porque no le apetecía ir.
Aunque ambas compartieran universidad, lo cierto es que ninguna sabía de la existencia de la otra, salvo algunas ocasiones en la que se topaban en el andén del metro de vuelta a casa, dado que vivían en la misma línea de metro. Aunque las ocasiones eran contadas, puesto que la rubia tenía una clara preferencia por irse a casa en autobús, aunque tardara más y tuviera que hacer más transbordos.
Hablaron de todo un poco. La rubia tomó asiento a su lado en el banco y le contó que había terminado sus clases y tenía que buscar un libro que según los registros, estaban en aquella facultad. Lovina echó un vistazo al papel que llevaba entre sus manos y en un primer momento no reconoció el título. Parecía un libro sobre la evolución del arte respecto a la sociedad. En vista de que no tenía nada mejor que hacer, la italiana se ofreció en acompañarla, ¡por supuesto que no tenía nada que ver con que hiciera tanto tiempo que no la veía! ¡O que su conversación sobre sus clases fuera interesante! Una charla que versara sobre materias nunca, y Lovina recalcaba de manera mental el nunca, podía ser interesante.
Sin que Jeanne se lo pidiera expresamente, Lovina hizo de guía turística por la facultad, mientras le contaba el por qué no había ido a clase, cosa que la chica sospechó, tal y como le había dicho, desde que la vio sentada en aquel banco. La conocía demasiado bien. Entrar en la biblioteca le hizo recordar a la italiana el encontronazo, porque aquello no podía tener nunca el nombre de encuentro, que hacía un par de semanas había tenido en la biblioteca de Bellas Artes.
Lovina le contó a la francesa con todo detalle, una vez habían salido del sitio, la situación vivida, según su punto de vista, poniendo a los dos chicos como horribles personas que no habían tenido consideración con dos pobres e inocentes estudiantes que sólo iban a coger un libro. Describió, además, como el malvado bibliotecario acabó echando a su inocente persona de la biblioteca.
—¿Empezaste a pelearte con uno de los dos chicos?—Preguntó Jeanne alzando una ceja, porque no se creía nada de esa versión de Lovina, puesto que sabía que ella no era ni inocente ni pobrecita. Sólo tenía que tener la versión de la italiana y darle la vuelta.
—En mi defensa diré que fue el otro cara patata quién había empezado—Y extrañamente, la francesa la creyó.
Podía suponer que Lovina la iba a matar por lo tarde que había salido aquel día de clase. Pero era necesario. Tenía muchas cosas que preguntarle a la profesora de Historia del Arte, y por ello se había quedado después de clase. La profesora se llevó a la pequeña de las hermanas italianas a su despacho y respondió aquellas dudas que su alumna preferida tenía. Feliciana sacó la libreta donde apuntaba las cosas que en las tardes de repaso y trascripción de apuntes a una nueva libreta donde los tenía todos con pulcra letra, se le pasaba por la cabeza.
Con su bolígrafo de tinta rosa, escribió las respuestas a las preguntas y una vez estuvo conforme con todo aquello, guardó la libreta en su mochila de cuero marrón y salió del despacho a pasó tranquilo tras despedirse y agradecer a la maestra aquella pequeña y corta tutoría.
Una vez dio la vuelta al pasillo, echó a correr hacia la salida de la facultad, la cual estaba casi vacía a excepción de algunos alumnos rezagados del turno de tarde que corrían al lado contrario de ella. Varios de ellos casi se chocan con ella por las esquinas de los pasillos.
Desde la planta baja del edificio podía ver a su hermana esperando mientras entablaba conversación con una chica. En un principio pensó que sería una compañera de la carrera de Arquitectura. Luego lo pensó mejor y Lovina pocas veces había entablado una conversación tan larga con sus compañeras, a las cual siempre ponía de pijas estiradas que no veían más allá del espejo que llevaban metido en el estuche y en el que se miraban, según ellas, disimuladamente. No. La chica debía de ser conocida de otra parte.
Y cuando estaba más cerca de la salida, pudo distinguir aquel cabello rubio, aunque lo llevaba más corto que en la época en la que la conoció en el instituto, cuando su hermana la llevaba a casa porque tenían trabajo en equipo que hacer y la rubia era la única persona que Lovina aguantaba medianamente.
—¡Jeanne!—Feliciana, al contrario de su hermana, si corrió hacia la joven y sí que fue la primera en abrazarla para sorpresa de la francesa.
La italiana no la soltó hasta que Lovina, al lado y farfullando cosas en italiano sólo inteligibles para su hermana, le acabó recordando a la joven que la rubia era muy poco dada a las muestras de afectos tan excesivas y sobre todo, públicas.
Hablaron de camino al metro de diversidad de cosas. Feliciana no dejó de parlotear acerca de los profesores tan simpáticos que tenían en su carrera, cosa que Lovina no dejaba de rebatir en tanto que varios de esos profesores los había tenido ella en calidad de que ambas carreras eran de la rama de artes.
La posibilidad de quedar en un futuro la dejó caer la más pequeña de las italianas, a la vez que entraban en la estación de metro, rompiendo con su rutina, la francesa las siguió. Ventaja de que ambas vivieran en la misma zona de la ciudad.
Finalmente esas cosas que se dicen por decir, como era la frase de "tenemos que vernos más a menudo" se hizo una realidad cuando fijaron fecha y hora. El viernes por la noche quedarían para salir por la zona donde vivían. Locales tranquilos por una buena zona de Madrid que haría que los padres de las tres criaturas no se desvelaran hasta altas horas de la noche, puesto que tenían a sus pequeñas cerca de casa.
Las calles del barrio de la Concepción no suelen tener mucha afluencia en los días de diario. Es miércoles, y la mayoría de las personas están trabajando o en sus casas. Sólo algunas madres que van o vienen con sus hijos a causa de las actividades extraescolares. Por eso Isabel ha aprovechado para recorrer las tiendas. Necesita comprar material para la universidad y antes de comprar, prefiere comparar precios, por ello, se pasea por todas las papelerías de la zona en busca de la más barata. No va sola. Francis la acompaña porque necesita comprar algunos libros de literatura clásica para sus clases.
También les hubiera acompañado Gilbert si se hubiera encontrado libre de clases, pero su horario no se lo permite, y hasta las siete de la tarde no sale de sus clases, por no hablar del trayecto de vuelta a casa.
Viven por esa zona, calles les separa. Por lo que sólo tienen que caminar, sin detenerse mucho para buscar. Hablan de temas triviales, de lo que han escuchado en la radio y de las últimas noticias. Isabel le habla del nuevo grupo que arrasa en la radio, Nacha Pop, el cual tenía una canción muy pegadiza que al parecer la española se vio tarareándola durante las clases, hasta que su atención fue llamada por un par de profesores, Chica de ayer. Francis sólo puede reírse por la suerte de su amiga, pues entre eso y la pillada que le hizo la profesora de Estadísticas cuando la descubrió en la cafetería tomando algo con una amiga, Isabel se puede decir que no ha tenido un comienzo de curso favorable.
Amiga que al francés no se le pasa el hecho de que no conoce, y la seña de "la chica que en la Sala Carolina me llamó bastarda", no ayuda en lo más mínimo a que sepa quién es, salvo por el hecho de que considera que su mejor amiga no puede estar bien de la cabeza si se junta con una persona que sin conocerla de nada ya la llama con aquellos "cariñosos apelativos".
—Tú tampoco puedes hablar mucho—Le suelta Isabel cuando han salido de la tercera papelería. Isabel opina que la primera de todas es la que tiene mejores precios—Últimamente te veo mucho por mi facultad, pero no es porque hayamos quedado y no me creo que te pasees hasta el infierno por gusto.
Con cariño, la española solía denominar a su facultad "el infierno" por encontrarse al final de unas enormes escaleras que descendían y que costaba demasiado subir para salir de allí, justo como en el infierno.
—No sé a qué te refieres—Con un meneo de mano, Francis se colocó una de las bolsas que llevaba sobre la camisa para evitar que le quedaran marcas en la muñeca. Debería de haberse llevado consigo la mochila de clase para echarlos allí todos en lugar de tener que ir cargando con aquello. Era peor que cuando su madre le obligaba a acompañarle a hacer la compra. Luego volvía él cargado de bolsas y su madre portando sólo el papel higiénico, cosa que poco le gustaba al Francis. No podía meter aquello en una bolsa, no. Debían de ir mostrando a todos el mundo aquello.
—¡Oh, vamos! ¿Hay alguien?—El francés no respondió a aquella pregunta, mirando al frente mientras Isabel revoloteaba a su lado con una sonrisa que presagiaba que no iba a detenerse hasta que supiera todo.—Claro que hay alguien.—Lo dio por sentado cuando vio la expresión de Francis que evitaba poner cualquier gesto en su rostro. Esa expresión que en realidad lo decía todo aun cuando no lo deseaba. Porque a veces aquello era lo peor que alguien podía hacer.—Pese a que no quieras decírmelo, te he visto con una chica muy mona hablando en varias ocasiones.—Isabel se detuvo cruzándose de brazos, mientras Francis seguía caminando, quizás para evitar escuchar a la joven. Pero era imposible.—Va a historia, ¿verdad?
Aunque las palabras de la joven parecían presagiar que en cualquier momento podría acercarse a ella, Francis sabía que no sería capaz de hacer una cosa así. Porque era su amiga y la conocía desde hacía varios años. Aun así, como la posibilidad se le cruzó por un instante en la mente, y en cualquier momento, si bien no acercase a ella en solitario, pero sí cuando él estuviera presente, Isabel podría llegar y decir cosas que pusiera en vergüenza a ambos. Sobretodo a él. Como la vez que le dijo a aquella belga que hacía poco que había sido operado de fimosis. Nunca pasó tanta vergüenza.
—Se llama Jeanne. Está en segundo de historia. La conocí cuando volvía a casa de fiesta con Gilbert. El día de la Sala Carolina.—Lo suelta de golpe, volviéndose a la chica antes de revolverse el cabello con una mano
Con asentimientos de cabeza, Isabel asimila la información. Escucha a su mejor amigo y para cuando es consciente de aquello alza una ceja.
—¿Te ha conocido borracho y no ha salido corriendo? Cásate con ella. No creo que nadie más pueda aguantarte de esa guisa.—Afirmó Isa caminando hacia el francés para darle unas palmaditas en el hombro, corroborando aquella información.—Anda, vamos a terminar con estas compras que tengo deberes que hacer.—Le cogió de la muñeca y tiró de ella para llegar cuanto antes al destino y evitar, de ese modo, que Francis se pusiera irónico y sarcástico con ella.
Sale de clase todos los días a las tres de la tarde. Se despide de sus compañeros de clase, los cuales son mayormente hombres que mujeres, y sale de clase colocándose la mochila al hombro. No le importa que haya más hombres que mujeres en su clase, ni que tenga más profesores hombres que mujeres. Lo que le molesta es que haya ciertos compañeros que le digan que el derecho no es cosa de mujeres. Elizabeta Héderváry ha sido una mujer de fuertes ideales y de las que nadie le ha dicho nunca que hay cosas que no puede hacer.
Baja corriendo las escaleras hasta llegar a la cafetería. Su madre no llegará a casa hasta tarde y prefiere llevarse comida de la facultad aunque sea un bocadillo de queso. Los camareros ya la conocen, es la chica que todas las mañanas conforme llega a la facultad se pide un café el cual se bebe durante la primera clase. Siempre se deja un trago que se toma, frío, cuando el profesor ya se ha ido y ella termina de redactar la última frase del profesor. Mientras apaga la grabadora que siempre utiliza para coger aquellas cosas que se le han escapado.
Elizabeta, al contrario de otras compañeras de clase, acude a clase con pantalones y chaquetas de vestir. Quizás para hacerse más de respetar entre sus compañeros. Para acostumbrarse a llevar trajes para cuando tenga que ir a los juzgados. Se lo recomendaron hace años. El Vaticano era como un juzgado. Y nadie lucía tobillos en el Vaticano.
Subió corriendo las escaleras que llevaban a la planta principal, y con ello a la entrada. No quería hacer esperar a Roderich, quien, como siempre, mostrándose amable con ella la pasaba a recoger y siempre la llevaba hasta la puerta de su casa desde que comenzaron a salir, para evitar que cogiera el metro y para que llegara antes.
Era el primero de sus amigos que tenía tanto carnet de conducir como coche para poner en práctica esa licencia. Al resto le faltaba una de las dos cosas. Y sí, Elizabeta tenía compañeros en clase que tenían coche pero no tenían el carnet, sus padres se habían adelantado con algún regalo prometido, la mayoría de ellos de graduación del instituto.
Salió a la calle y tras bajar la escalinata de la facultad buscando con la mirada el Volkswagen Golf negro que llevaba el austriaco. Estaba aparcado en doble fila a un par de metros de la facultad. Sin perder el tiempo, caminó hacia él dejando que bolso cayera hasta su codo para dejarlo en el asiento trasero del coche, junto a la bolsa de plástico blanca que llevaba su comida para aquel día.
—Hola, ¿llevas mucho tiempo esperando?—Le saludó cuando ya estaba sentada en el coche, antes de darle un corto beso en los labios, como se había hecho habitual en ellos.
—Apenas llegué. Supuse que estabas a punto de salir y por eso no busqué aparcamiento. ¿Nos vamos?—Arrancó el coche con un movimiento de muñeca y metió la primera antes cuando vio el asentimiento de la chica, dirigiéndose, con la precaución habitual en él, hacia la salida de los aparcamientos.
Aquella era hora punta entre los alumnos, por lo que había una pequeña cola que Roderich aprovechó para preguntarle por su día a la chica.
—El profesor de Derecho Romano quiere llevarnos a un juicio de verdad para que lo comparemos a cómo era en la época antigua.—Contó abriendo la ventanilla del vehículo porque le gustaba sentir el viento sobre su cara cuando iba en coche.
—¿Un juicio? No me gusta cómo suena. No quiero que estés cerca de gente peligrosa—Giró hacia la derecha cuando por fin le tocaba salir a él de aquel sitio tras esperar a que el semáforo se pusiera en verde, se dirigió hacia Moncloa.
—Lo sé, pero no me pasará nada. No estaré sola. Y es sólo un juicio. Ni siquiera será un interrogatorio—Le prometió la chica cruzándose de piernas mirando por la ventanilla abierta.
Roderich no se quedó más tranquilo.
Con cuatro años quería ser maestra de escuela. Con diez años quería médico. Cuando llegó a España tenía doce años y por entonces prefería ser diplomática o embajadora de Francia en algún lugar importante. Prácticamente la historia nunca se le había pasado por la cabeza hasta que no tenía la universidad a las puertas de su vida. Aun así le encantaba su carrera.
Hacía un año que no se había planteado tal cosa, hasta que cierto francés que se había dedicado a acompañarla hasta la parada del autobús casi todos los días desde que se conocían se lo había preguntado mientras esperaban a que el vehículo llegara.
—Creo que fue la curiosidad por quién escribe la historia—Había meditado sentada en el banco de piedra. Tenía la cabeza apoyada en el poste de hierro que sujetaba el techo que protegía a los viajantes durante los días de lluvia.
El mismo poste en el que tenía apoyado Francis el cuerpo, mirando la rubia cabellera de Jeanne, la cual estaba con la mirada hacia la entrada de metro, la cual tenía justo en frente.
—Ya veo—Guardó las manos en los bolsillos, nervioso por aquello que iba a hacer, o más bien a pedir—Oye, Jeanne… ¿Te apetecería que fuéramos el viernes a tomar algo?
Las palabras de Francis hicieron que la rubia se tensara de inmediato, cosa que no pasó desapercibida para el gabacho, quien concentró la mirada en el mismo punto que ella, la parada de metro.
Se había precipitado, cruzó la mente de Francis. Se había precipitado y mucho. Seguro que había pensado mal de él. Seguro que pensaba que era un… bueno, vale, todas esas cosas, puede que fuera un salido, un pervertido y todas esas cosas que tanto le decían sus dos mejores amigos decía. Seguro que Dios se lo estaba haciendo pagar porque aquella era una vez que no tenía malas ideas para con una mujer.
—Me encantaría—la voz de la francesa era titubeante y logró que el francés se sienta eufórico—pero…—¿Por qué demonios siempre tenía que haber un pero?—Ya tengo planes—Su voz era dulce mientras alzaba la mirada. Francis comprobó que tenía las mejillas teñidas de rojo—Con unas amigas que no veo hace tiempo—Acabó con una sonrisa que logró que las mejillas del francés se tiñeran de manera suave
—¿Y por dónde habéis quedado? Quizás pueda recomendarte algunos locales—Francis vio a lo lejos como se acercaba el autobús y como la rubia se levantaba de su asiento buscando en su bolsa el bono de transporte
—Vamos a ir a un local por Goya—Respondió tranquilamente haciéndole una seña al autobús para que parara—Pues ya me voy. Muchas gracias por quedarte conmigo siempre, Francis—Le dijo sin borrar la sonrisa mientras entraba en el vehículo.
Sentada desde su asiento en la parte trasera, la joven saludó con la mano al francés quién respondió de igual modo antes de cruzar la calle para meterse en la estación de metro, una vez el bus se perdió en la carretera.
No sabía si la negativa de Jeanne era cierta o solo una excusa para no quedar con él, pero ya tenía u modo para descubrirlo.
Gilbert escuchó a su mejor amigo. Y solo puede pensar que se ha vuelto loco. Y el que Francis se haya vuelto loco es un grave problema, porque es el más cuerdo de sus amigos. Amigos masculinos. Isabel es una chica y por lo tanto no entra. Isa es la persona más cuerda que conoce, incluidos sus padres, su primo e incluso su primo Roderich. Sobretodo ese último.
Salir por el pijo barrio de Goya es una soberana estupidez. Más grande incluso que cuando dijo a Elizabeta que golpeaba como una chica. Puede que la joven fuera una chica, pero el chichón que le hizo no fue chico.
Y cuando entre Francis e Isabel le confirman lo que él sospecha, porque no es tan tonto como la gente cree que es, que aquello es por una chica, entonces confirma lo que viene pensando de un tiempo a esta parte. Todos locos.
Su primo saliendo con Elizabeta. Y durando más de una semana con ella.
Isabel haciendo buenas migas con completas desconocidas.
Su hermano quedando con agradables y adorables italianas que tenían hermanas parecidas a basiliscos.
Y ahora Francis, su Francis, su colega del alma y con el que se media las partes nobles cuando empezaban la adolescencia, cosa que siempre acababa, por supuesto, con él como macho dominante. Ese Francis perdía los calzones por una niña pija, cuando normalmente la historia se daba al revés.
Pero podía comprobar que tanto Isa como el francés tenían intenciones de ir a ninguna parte, puesto que no tenían lugar fijo, ni ellos conocían nada del sitio, salvo las sucursales de marcas sabidas por todos. Y él no se había vestido con la ropa de los viernes, esa que pide ser testigo de un desfase mayor que el anterior, para nada.
—¿Negarme me servirá para algo?—Preguntó quizás para asegurarse.
—No—Ambos negaron con la cabeza al unísono, como si lo hubieran ensayado antes.
—Pues a tomar por culo. Mientras haya cerveza, seré feliz.
Por mucho que sonase a cliché, la madre de Feliciana y Lovina revoloteaba alrededor de sus hijos cuando las vio llegar el viernes tras las clases y anunciar que se iban. Hacía tiempo que ninguna de las dos salía a ningún sitio que no fuera a clase o a hacer trabajos para clase. Toda una vida de monotonía que le hicieron pensar a Chiara Gorlani, la madre de las criaturas, que sus dos niñas se quedarían en casa hasta los cuarenta. Bueno, podía pensar que su hija más pequeñas podría conocer a alguien en la facultad, o en el metro, o en la cola del supermercado… lo complicado sería con su hija mayor…
Pero iban a salir con la joven que conocieran en el instituto. Posiblemente seguiría siendo tan tranquila o más, que cuando iba la conoció en los días que le tocaba a ella ir a recoger a las niñas a clase.
Chiara no dejaba de aconsejar que ropa debían de ponerse. Las sacaba del armario y les insistía en que se lo probaran todo. Solo Feliciana accedió a tal plan mientas Lovina permaneció todo aquel tiempo sentada viendo la televisión. Chiara no quiso insistir puesto que posiblemente aquello acabaría con la mayor de las niñas diciendo que ya no salía. Y para una noche que parecía predispuesta a poner un pie en la calle por voluntad propia, sin que aquello implicase tirar la basura o pedirle al bar de enfrente que si les podían preparar la cena, porque la cabeza de familia, la propia Chiara, había vuelto a quemar la comida. Podía ser la mejor diseñadora de moda, pero también era la mejor en prenderle fuego a una tostadora. Al contrario de su esposo, y padre de las niñas, que trabajaba como jefe de cocina de un importante restaurante de Madrid.
Tras estar conforme con la ropa de Feliciana y arreglarle el pelo con cierta habilidad, observó a su otra hija. El cabello suelto y una vulgar felpa. Al menos el reto de la ropa, aunque era parte de un look mucho más informal que el de la pequeña de las hermanas, al menos había sacado la soltura para vestir de Chiara y lucía un modelito que recibía la aprobación materna.
Un sonoro "hasta luego" y una respuesta "si necesitáis cualquier cosa, llamáis a casa", ambas hermanas salieron a la calle. El lugar donde habían quedado con Jeanne se encontraba cerca de casa y podrían llegar en cinco minutos como mucho. Ventajas de vivir a una calle de distancia.
—¿Sabes lo grande que es Goya?—Refunfuñó Isabel cuando pasaban por cuarta vez frente al metro de Lista.
Los tres habían pensado en encontrar pensado que encontrar a un grupo de muchachitas que tomaban algo en un bar iba a ser más fácil de lo que de verdad era. Francis iba adelantado y miraba en todo local que se encontraba por el escaparate y a veces entrando en el bar en cuestión y mirando en el interior. De vez en cuando algún camarero le miraba de mala manera. Pero eso era algo que Francis no notaba. Estaba más atento a otras cosas.
—Francis—Empezó a decir Gilbert que lo único que deseaba era sentarse en un bar y tomarse una cerveza, a ser posible que estuviera fresquita y fuera de barril.—¿Te has parado a pensar que estén en casa de alguien? ¿O que hayan decidido cambiar de lugar para salir?—Gilbert comenzó a enumerar una serie de posibilidades alternativas a seguir buscando local por local a una misteriosa chica que en la mente del albino se tornaba a una mujer inventada.
—Cierto. ¿Qué vas a hacer si la tal chica está en casa de unos amigos? ¿O con unos amigos? ¿Llamar puerta por puerta?
La mirada que Francis le dedicó a Isabel fue la de alguien que estaba a punto de llamar al primer portal que vio. Cuando el alemán y la española pensaron que acababan de perder la cordura del francés. Éste se detuvo con la mano a medio camino del interfono.
—Es ella.—No miraba al portal sino al local cercano. Un bar de tapas llamado "La casita de Martín".
Tanto Isa como Gilbert miraron al lugar y una expresión de sorpresa se adueñó de los rostros de ambos al reconocer a alguien entre las chicas del local.
Francis fue el primero en salir corriendo calle arriba. El local que hacía esquina con la calle Ortega y Gasset tenía grandes ventanales e iluminación cálida. Parecía más bien una cafetería que un sitio en el que se pudiera encontrar cerveza de alta calidad, lejos de las típicas, cosa que molestó a Gilbert. Aunque todavía tenía que llegar al sitio.
Tras el francés, iban sus dos amigos corriendo de igual manera, la española mostraba una expresión amplia sino fuera porque Francis le había asegurado que "su chica" era francesa, pensaría que la persona de la que hablaban era la misma. La italiana que ella conocía desde hacía varias semanas estaba sentada enfrente de una chica rubia y otra castaña de un tono más claro, aunque con físico semejante a la primera. Por lo que conocía, debía de ser la rubia la famosa francesa.
El primero en entrar al local fue el rubio, quien entró y dejó que la puerta se cerrara en las narices de Gilbert, quien maldijo en su lengua natal.
—¡Vaya! ¡Qué sorpresa!—Escucharon una vez estaban dentro del local. Francis avanzaba por el sitio con un gesto despreocupado, logrando que las tres chicas se volvieran a los recién llegados con extrañas expresiones en sus rostros en un primer momento.
Cuando se vio quien hablaba, un sonrojo amplio inundó las mejillas de la rubia, sin embargo habló una de las chicas semejantes.
—¡Bastarda!—La más castaña se levantó del asiento casi tirando la silla por la brusquedad del acto, mientras señalaba con dedo acusador a la española, quien no había borrado esa sonrisa y la mostraba tras el alemán—¿Por qué no me extraña que os conozcáis?—Se cruzó de brazos mirando de manera despectiva a ambos, dejando tanto al francés como a las chicas perplejas.—Es tan idiota como tú.
—¡Cómo que idiota, idiota!—Gritó el albino.
Contra todo pronóstico, La casita de Martín tenía cerveza importada de Alemania, y contra todo pronóstico, Francis no pidió alcohol, diciendo algo por el estilo de que no tenía muchas ganas o se encontraba mal. Todo excusas que sus dos mejores amigas conocían a qué se debían.
Isabel se sentó al lado de Lovina, en aquel asiento libre que quedaba en la mesa de cuatro, mientras que los dos hombres tuvieron que buscar sillas libres, que en un local casi vacío era tarea fácil y ocupar los lados de la mesa. Gilbert acabó situándose entre su mejor amiga y la italiana con la que su hermano ligaba, aunque él dijera que no, de nombre Feliciana. Mientras que Francis se las apañó para sentarse al lado de la francesa, de nombre Jeanne, y Lovina, quien le dedicaba miradas de odios que no entendía muya bien a qué se debía.
Poco alcohol se movió por esa mesa aquella noche. Los únicos que bebieron fueron Gilbert e Isabel. Aunque mientras la segunda se mantuvo con una cerveza toda la noche, el primero bebió por todos los demás, por lo que acabó por contarle a Feliciana anécdotas de su hermano de cuando era pequeño y preguntándole a jeanne cosas sobre los franceses; "¿Y tú también eres una liberal sexual?" "¿Te sueles desnudar con facilidad?" "¿Te han operado de fimosis?". Preguntas que avergonzaban a la chica y lograban que Francis sintiera ganas de lanzarle una de las jarras vacías que se había acumulado en la mesa a la cabeza.
—Todos locos—Acabó diciendo Lovina con los brazos cruzados mirando a la mesa.
Estaba sentada algo alejada de la mesa y miraba toda la escena como si fuera una espectadora a otro nivel de aquella especie de reunión en la que se había tornado aquello. No iba a decir reunión de amigos porque a la mitad de aquellos no los conocía. Y la española sólo contaba como conocida. Era una simple reunión de personas que se habían encontrado por casualidad, aunque algo le decía que tan "casual" no había sido.
—Vamos, Lovi, no digas eso—La sonrisa de la española se hizo amplia, mientras abrazaba a la italiana con gesto natural.
Lovina se tensó de manera rápida e intentó apartar a la española de su lado con ambas manos, cosa que no consiguió. Isabel era más alta, con más fuerza y con menos cerebro, cosa que según la italiana, ayudaba a que no pudiera con ella.
—¡No me llames Lovi, bastarda!—Chilló removiéndose, mientras Isabel no borraba su sonrisa de idiota—¡Y suéltame!—Lanzó un gruñido que hizo reír al resto e la mesa, en tanto que se escuchó en todo el local en el momento propicio, puesto que se quedó en silencio por obra y gracia de un ente superior desconocido, y según la experiencia de la italiana, nacido para dejarla en ridículo siempre que pudiera y hacerle la vida imposible.
Miró de reojo a Isabel, que ahora le abrazaba con más fuerzas. Quizás ella fuera su ente desconocido hecho humano.
—¿Ya se ha acabado la cerveza?—Gritó Gilbert sacándola de su ensimismamiento.
Martín, el dueño del local, le dedicó una mala mirada, mientras sacaba una nueva jarra para llenarla. Cuando bebía al albino se le marcaba el acento alemán que tenía, cosa que Martín, republicano y contrario a todo aquello que proviniera de la zona alemana de Europa, no le gustaba en absoluto. Pero regentaba un lugar, quizás por ello no le tiró la jarra, sino que se la dejó en la mesa tranquilamente, antes de quitar los recipientes vacíos mientras anotaba mentalmente el pedido que les hacía el resto de la mesa.
Mientras volvía a la barra, la puerta del local se abrió. Con la mejor de sus sonrisas, Martín miró a los recién llegados, quienes tras mirar el lugar, se acercaron a la mesa que tanto jaleo armaba.
—Ya decía yo que esto estaba más animado que de costumbre—Habló la mujer. Alta, castaña y de buen porte. Iba del brazo de un chico de cabello más oscuro y cuyo rasgo más destacable era sus ojos color violeta y su figura aristócrata que acompañaba las ropas que llevaba.—¿Ya os han echado de todos lo bares de Tribunal y San Bernardo?—Volvió a hablar , cuando ya se había ganado las miradas de toda la mesa.
Nuevos idiotas, pensó Lovina mirando a ambos de arriba abajo. En especial él. Si Lovina no hubiera sido la señorita que tenía que demostrar ser, y no hubiera delante tantos desconocidos, lo más seguro es que hubiera comentado en un tono que no hubiera sido disimulado "valiente sopla pollas". Pero se cayó. Quizás de haberlo soltado, Gilbert hubiera festejado con más cerveza.
En lugar de eso, el albino miró a la pareja con las mejillas sonrojadas a causa del alcohol, la boca seca por la cantidad de cerveza que llevaba ya en el cuerpo y con los ojos vidriosos por el cigarro que se había fumado en medio de las cervezas, y cuyo olor delataba que era algo más que nicotina.
—¿Qué demonios hacéis aquí?—Preguntó buscándose por los bolsillos el mechero.—Francis, dame fuego—Pidió con un grito al rubio, quien le lanzó el objeto metálico, el cual acabó en el suelo, por los malos reflejos que el alemán tenía en aquellos momentos. Una vez encendió un nuevo cigarro, miró a ambos de nuevo, como si no recordara que hacía instantes había estado hablando con ellos.—Sentaos y pediros algo—Y extrañamente añadió, para sorpresa de sus dos mejores amigos—Yo invito a la primera.
El frío se hizo más notable cuando salieron del local. El fino cárdigan blanco que la francesa se había llevado como abrigo no fue suficiente, y junto a una proposición de acompañarla a casa, el francés le ofreció su chaqueta ante la atenta mirada de todos los presentes.
—Ni se te ocurra meterle mano, francés pervertido.—Lovina miró de mala manera al rubio, mientras dirigía sus pasos hacia la calle que iba hacia el oeste, junto a su hermana.
—No te preocupes, Lovi—Isabel esbozó su típica sonrisa.
—¡No me llames Lovi, bastarda!
Roderich y Elizabeta hacía tiempo que se habían marchado a causa de que estar en el local era algo que no entraban en sus planes. Según pudieron escuchar, aquel día hacían un aniversario, aunque no se habían enterado muy bien del número.
—Ha sido un gusto conoceros a todos—Feliciana hablaba justo al lado de su hermana con tono educado y emocionado por aquel evento.
—¡Que mona como siempre, Feli!—Habló el albino siendo detenido por Isabel en su intento décimo de dirigir sus manos hacia las mejillas de la italiana y pellizcarlas.
Tras despedirse definitivamente y que Francis dirigiera una mirada llena de complicidad a sus dos mejores amigos cuando mencionaron el hecho de acompañar a la francesa a su casa y luego volverse los tres juntos en el autobús nocturnos, cada uno se fue por su camino.
Aunque Jeanne le había asegurado al francés que no vivía muy lejos del local, y que podía volver sola, lo cierto es que no le importó la compañía hasta que se vio caminando por una calle en un silencio solo roto por el sonido de los zapatos golpeando el suelo al pisarlo.
—No vivimos tan lejos como parece—Acabó declarando Francis tras meditarlo unos instantes—Por lo que no te preocupes. No me cuesta nada.
La rubia le miró de reojo mientras se abrigaba mejor con la chaqueta.
—¿De verdad que no tienes frío?—Se mordió el labio con suavidad, para luego soltarlo lanzando un suspiro.
—Estoy muy bien
Por un momento, el francés buscó la mano de la francesa, pegada a su cuerpo, pero la encontró dentro de los bolsillos de la chaqueta y apartó la mirada con resignación.
—¿Tienes hora de llegada?—Preguntó él mirando al frente. Según le había dicho, quedaba dos o tres edificios para llegar a casad e la chica. Debía de aprovechar.
Ella negó con la cabeza y el ruido de su cuello al rozar la chaqueta fue lo que hizo que el francés se volviera a mirarla.
—Mis padres saben que estaba con Lovi y Feli y que estábamos cerca de casa—Respondió, sintiéndose por un instante una niña de quince años.
Si ella saliera como lo hacía Isabel, por locales lejos del barrio, lo más seguro es que su padre le pusiera toques de queda para llegar a casa y desde luego, como llegase al amanecer le caería una buena en casa.
—Entonces supongo que no te importará tomar la última. Yo invito.—Señaló un bar bastante más pequeño que la casita de Martín.
—He llegado a casa—Murmuró ella apoyando una mano en la puerta de la entrada al edificio, mientras la otra estaba en su bolso.
La mirada que le dedicaba el francés le hubiera convencido de acercarse a aquel local que tenía frente de casa y que cada noche veía desde su balcón. Pero fue algo más lo que influyó en que tuviera que subir corriendo a casa.
—Jeannette!—Una voz se escuchó desde uno de los ventanales. Un señor cercano a los cuarenta años, sino los tenía ya, estaba asomado en pijama y miraba enfadado como su única hija estaba en el portal de casa con un hombre desconocido. Y él había visto demasiadas películas como para saber cómo solían acabar esas escenas. Besuqueos y magroteos en el descansillo.
—Es mi padre—La joven estaba enrojecida mientras sacaba de su bolso las llaves de casa y abría el portal corriendo. Asustada, como buena hija cuyo padre le daba una voz y encima con la versión larga de su nombre—Te veo el lunes en la universidad—Entró corriendo y subió las escaleras con velocidad.
Francis se quedó parado en la puerta y parpadeó varias veces.
—Mi chaqueta.—Murmuró antes de echar a caminar por la calle hacia el bus con las manos en los bolsillos. Se quería haber hecho el fuerte, pero lo cierto es que tenía frío en aquellos momentos.
—¡Francis!—Reconoció la voz a la primera. Jeanne llegaba corriendo con su chaqueta en la mano. Cuando pensaba que seiba a quedar sin ella hasta el principio de semana.—Muchas gracias, de verdad—Con cierto atrevimiento y un enorme sonrojo le dio un beso en la mejilla antes de volver a subir la calle hasta el portal.
—Buenas noches. Descansa—Le dijo mientras la veía abrir el portal. Ella por su parte le dedicó una sonrisa antes de entrar.
Detuvo su camino para ponerse la chaqueta y no pudo evitar sonreír como idiota al notar el perfume de ella.
—¿Qué tal?—Preguntó una voz que salió de una de las calles.
—¿No se suponía que os ibais a casa?—Replicó el francés fulminando con la mirada a sus dos mejores amigos.
—¿Y perdernos esa cara de pánfilo? Estoy borracho, no soy gilipollas—Habló el alemán pasándole un brazo por el hombro al francés.
—Anda, vamos—Murmuró pasándole el brazo contrario al que estaba Gilbert, por los hombros a Isabel, antes de echar a caminar por la acera.
