note. esto es para mi yo del futuro. te quiero, perra.

Empiezo a descontrolarme, pero supongo que quedan aún dos capítulos más La musa es (muy puta) caprichosa.

esto empieza ya;

2.

—A veces respirar es más difícil que vivir sin soltar el aliento.

"Bésame, mi segundo nombre es problemas"

.

Give me love like her,
'Cause lately I've been waking up alone.
Paint splatted tear drops on my shirt,
Told you I'd let them go.
And that I'll find my corner,
Maybe tonight I'll call ya,
After my blood turns into alcohol,
No I just wanna hold ya.

.

.

—Oye, Zanahoria —la voz burbujeante y ácida de Suigetsu la hace volver a la realidad y levantar la vista de su lectura doce segundos exactos. Le gruñe clavando sus ojos en los de él—. Eso no es nada femenino, que lo sepas.

—No pretendo ser nada frente a ti, cabeza de pescado —se abstuvo de sacarle la lengua, eso solo haría que las burlas se acrecentaran. Karin no tardó en escuchar su risita ahogada, que la hizo estremecerse y leer varias veces, sin quererlo, la misma palabra: vergüenza, vergüenza. Sus mejillas se tornaban rojas por momentos, y la incomodidad de tenerlo a él, sentado en su cama, era casi insoportable (¿qué mierdas me pasa). Karin volvió a gruñir, tornándose hacia lo que era, su dolor de culo oficial—. Si no dejas de interrumpir, haz el favor de irte si no te importa, hay gente que quiere leer.

Suigetsu sonríe pero al instante cambia la mueca a una de dolor, cuando sus cejas se tocan, lanza un quejido lastimoso y engarza sus ojos con los de Karin.

—Me importa, Zanahoria. ¿No se nota? —Karin se siente levemente culpable por aquello, pero su orgullo (y su timidez) la impiden acercarse y cambiarle el vendaje, decirle que esos cortes y magulladuras deben doler mucho, acariciarle el pelo como cuando eran niños, y tal vez, —ahora no tan de críos— plantarle un beso en esa boca sucia y palabrotera que tiene.

—¿Importarme qué? Si te han partido la cara ha sido porque te lo has buscado. No me vengas lloriqueando y exigiendo algo a cambio por un favor que no te he pedido.

—Auch.

Suigetu sonríe más ampliamente aún y se estira sobre la cama, haciéndola crujir y revolviendo los cojines sobre la colcha. Lo está desarmando todo y arrugándole la ropa sobre las mantas, pero se alegra de que al menos lleve pantalones limpios. La camiseta blanca de manga corta se le pega de manera indeseable y sexual a la piel, y Karin nota, desestabilizada, que ha vuelto a leer de más dos palabras esta vez: autoconvicción, autoconvicción.

Maldice mientras se caga en la puta madre que parió a Kawabata antes de cerrar el libro y encarar a Suigetsu.

—¿Tienes algo más que añadir? ¿O me vas a dejar en paz de una santa vez?

Gira el cuello muy despacio, hasta encararla completamente. Karin escucha el latido asqueroso y húmedo de su corazón salírsele por la boca. Suelta un gemido ahogado cuando Suigetsu se incorpora y de manera poco sutil, se acerca sobre la cama y aprieta su frente contra el brazo de Karin.

—¿Q-qué haces, estúpido cabeza de pez? —traga saliva, porque desde allí arriba puede ver perfectamente la nuca, blanca e impoluta, de Suigetsu. Entre los mechones algo más oscuros que su piel, Karin adivina la forma frágil y tenue del hueso bajo la carne y el músculo. Parpadea mientras tiene sentimientos encontrados, sobre si partirle el cuello, o si mordérselo.

—Zanahoria, Zanahoria —el aliento le pega en la parte blanda del brazo. Karin reprime un escalofrío. Cuando quiere darse cuenta, los ojos de Suigetsu están a su misma altura—. ¿Es que no te has dado cuenta ya de que no quiero dejarte en paz?

Esa sonrisa.

E-S-A. MALDITA, PUTA SONRISA.

Karin se queda sin habla, la respiración se le atraganta y siente que su cuerpo le va a explotar. De repente la cabeza le quema y tiene ganas de hacer muchas cosas imposibles, como besarlo. Como besarlo mucho y muy fuerte y—medalomismoquesealelputocaradepez— ¿qué más?

—Y-Yo…—para porque no puede respirar, y por primera vez en los 21 años que lo conoce, no sabe cómo responderle.

Suelta una ligera carcajada.

—Vamos, di algo Zanahoria. ¿Se te ha comido la lengua el gato? Ack, que gato con el gusto tan asqueroso. Tal vez lo mate.

Suigetsu se marcha de la habitación cuando el reloj de mesa de Karin marca la hora en punto, con un pitido repulsivo y penetrante.

—Mañana me pasaré a verte Zanahoria, cuidado con los gatos.

Ella no puede responder, y cuando sale por la puerta, Sakura la mira con tanta ternura y compasión, que quiere apalearla.

—Ni una puta palabra —es monocrómica. De un rojo que a Sakura le parece encantador.

.

Todo empieza cuando Sakura busca la palabra entropía en el diccionario de sinónimos. Al principio se desespera tan enérgicamente que cree que va a morirse de tanto sudar, y luego, tras beberse una cola de cereza el mundo vuelve a ponerse en su sitio. Trabaja metida en el cuarto de las camas gemelas, sentada con la colcha echada hacia atrás, las piernas cruzadas y el ordenador sobre las rodillas, preguntándose no muy secretamente sobre porqué la carencia de coca cola de cereza en su cuerpo la deja tan adormilada. Desde el salón la voz sensual y grave de Edwin Collins con "A girl like you" la estremece, casi puede imaginarse a Ino bailando con las pulseras de plata y zafiros en sus tobillos y el pelo como un manto dorado por los hombros.

Karin estará (seguramente) limpiando las agujas de su máquina de tatuar mientras no aparta los ojos de Ino soltando alguna que otra carcajada condescendiente. Sonríe casi sintiéndose desamparada dentro de su propio hogar, cuando recuerda que eso es lo que es ella, lo que va inherente en su naturaleza, y lo que en definitiva, todo el mundo que se jacta de conocerla espera saber.

Todos creen saber que conocen a Sakura Haruno la buena samaritana que se ha ido de casa para no molestar a su padre recién casado. O, en su defecto a Sakura Haruno la estudiante brillante de medicina que cuida perros abandonados y viste como una hipster vagabunda porque no tiene dinero para comprarse unos Manolo´s o unas gafas de Dolce&Gavanna. Una gota gruesa y salada de sudor cae por la frente redonda de Sakura Haruno la que no es como todos creen que es, y su pelo color de fresa se le pega a la frente. El teclado de su ordenador está estallando en llamas con una mezcla de ira contenida y ese refreno recatado que tan bien aprendido tiene. Su vida no es del color de su cabello, pero ese pequeño dato solo lo conocen tres personas en su vida, y dos de ellas no pueden permitirse ir diciendo cosas indecorosas pues sus propias vidas son casi peores. Mientras teclea, Sakura sigue muy consciente de que si hablara más de la cuenta, podría terminar casi peor que Keira Knightley en Anna Kareninna. Por eso prefiere mantenerse silente, con el dolor y la voz cadenciosa de Cole Bringston susurrando como banda sonora de su biografía.

El padre de Sakura se enamoró de la inocente y brillante Misako Namikawa a la edad de diecinueve años. La familia de su padre estaba en la cúspide de la medicina, con tres brillantes y precoces jefes de las plantas de Cirugía de los hospitales más importantes de la región, y las ganancias de la familia no hicieron más que aumentar cuando su padre (con sus tiernos 25 años y un cuarto, su perilla rubia y sus ojos claros) había tendido una red densa y sobre su madre, apenas una becaria de medicina en prácticas. Se habían casado pronto y mal. Y a los cuatro años de matrimonio y con la planta de Cirugía del Hamilton´s Garden llena de pequeños bastardos de su marido con las enfermeras, Misako se había quitado de en medio saltando desde la última planta del hotel Richmond aún embarazada de Sakura.

Milagrosamente la niña nonata no sufrió daño, pero su madre no sobrevivió al impacto y Sakura salió pataleando y con la cara enrojecida del cuerpo ya muerto de su madre.

La prensa sensacionalista había tomado aquella noticia como si el vellocino de oro se le hubiera caído en las puertas de casa. Se tiraron como hienas hambrientas sobre aquella escandalosa noticia y, aún siendo un inocente bebé, Sakura recibió el impacto de la noticia como el choque de un meteoro.

Sakura era la viva imagen de su madre, su pelo era un manto fantasmal, que suave y sedoso, le caía en la frente a capas densas. Siempre mantenía una expresión semi desinteresada, ausente. Sus ojos de espesas pestañas miraban al vacío en un intento de parecer desapegada de la realidad (—Señorita no debe mirar así, es de mala educación, su padre se enfadará de nuevo). Y Sakura asentía, sonreía y luego, cuando nadie la miraba, volvía a perder la vista en el infinito.

—Tienes los ojos de la muerte.

Esa noche llovía a ráfagas, el agua estaba oscurecida y solo durante medio instante, las gotas suspendidas brillaban entre los jirones de tiniebla que se le escapaban a la luz de la luna. Sakura con doce años recientes recordaba como había entrado en aquel instituto pudiendo decir ya que Ino era su mejor amiga.

—Esos ojos tuyos son como espejos Sakura, corazón.

Sonriendo se percató de una figura sinuosa de largo cabello negro, como alas de cuervo, que en la entrada de la casa se mantenía imperecedera y gallarda, Sakura supo que, de alguna manera, aquella sombra tenía algo de macabro. El cielo se abría cuando el perfil calcáreo de una mujer muy bella se recortó contra la puerta negra.

—Tienes los ojos de la muerte, Sakura.

De alguna manera aquella noche el frío helador del desconocimiento y la certeza se juntaron dentro del corazón de la Sakura de quince años.

—Es usted tan buena niña.

Cuando la ama de cría dejo el cuarto, Sakura ya había florecido, sus pechos habían comenzado a crecer y sus caderas se ensancharon hasta que su cuerpo era un amasijo de pecas y carne blanca. Por las mañanas, antes de ir a clase, se acordaba de la mujer tenebrosa que todas las noches de lluvia esperaba en la puerta de entrada, y Sakura tendía a creer que era una figura fantasmal, salida del infierno y el corazón del fin del mundo, una parca o un ángel perdido. Algo que descompondría y rompería esa quietud incierta y quebradiza de (Sakura, qué buena eres. Muy bien Sakura, tus notas son dignas de tu padre. Oh, la pequeña del Señor Haruno es un prodigio, ¡toda una señorita! Que bien educada, que delicadeza, que corazón tan gentil) mentiras en las que se había criado.

—Sakura, que nombre tan bonito.

Su cara estaba cincelada en roca lunar, y sus ojos eran dos estrellas oscuras y radiantes a la misma vez. ¿Quién era aquella mujer?

—Hola.

La respuesta llegó sola, cuando su padre la echó del cuarto, y Sakura fue vagamente consciente de que la mujer no llevaba ropa encima.

(—Tiene los ojos de la muerte, señorita).

Su ama de llaves murió de un infarto, y Sakura supo que esa mujer estaba cincuenta por ciento equivocada.

(Yo)Sakura Haruno es la muerte.

.

Las gafas de vinilo le quedaban perfectas. Llevaba casi doce meses sin salir de su casa y su piel parecía sacada de la lavadora, impoluta, blanca y tan suave que si la tocabas más de la cuenta podría partirse. Unos leggins negros que eran como una segunda piel, unos tacones de quince centímetros y una capa espesa y suave de pintalabios rojo era todo lo que podría haber querido nunca.

—¡Corazón! —era Ino con dieciséis años. Sakura estaba recordando (de nuevo) la primera vez y la última que el corazón se le saltó del pecho—. ¿Y el mensaje de esta camiseta?

I´m entropy —leyó, despacio y algo embriagada. Ino soltó una risita baja mientras los pendientes de sus orejas se balanceaban—. Quiere decir que tiendo al caos.

—Nunca lo hubiera pensado de ti —Ino comenzó a morderse el labio inferior mientras su caderas se mecían al son de una melodía estremecedora y "i wanna do bad things with you" —. Ven Sakura, vamos a calentar a estos capullos hasta que les estallen los pantalones.

—Ino…—era una especie de advertencia, e implícito quedaba que Sakura no pretendía seguirle la corriente, pero de nuevo se preguntó ese "¿Qué quiero hacer de verdad"?

—Nadie nos conoce aquí, déjate de máscaras y baila conmigo —Ino se había quitado el collar y lo había colocado en sus brazos como un brazalete. Su pelo largo y rubio le barría la cara y marcaba el ahumado argénteo de sus ojos semi cerrados. Algo le palpitó a Sakura entre las piernas cuando Ino le lanzó un beso. Tragó saliva despacio y luego, siguiendo el ejemplo de Ino dejó de lado esa pantalla que llevaba encima (—Que buena niña es usted, señorita). Quería gritar que no había nadie allí que la conociera, que estaba empezando a gustarle dejarse llevar, y que no quería que nadie pensara que hacía lo que hacía porque lo esperaban de ella.

Sakura se besó con tres desconocidos mientras bailaba en la pista. Llevaba los tacones amarrados a las muñecas y el pelo le colgaba hasta la mitad de la espalda. Deslizó las manos por la espalda de Ino y la agarró de las caderas mientras se movían sumergidas en una neblina de humo de tabaco y perfume caro, al son de la música y el latido lento y pesado de sus corazones. Las respiraciones bajas y suaves de Ino le acariciaban el cuello, sus manos blancas como mariposas la recorrían desde el ombligo has los labios en un caos ordenado de suspiros. Sus ojos estaban clavados los unos en los otros, y el secreto implícito de estar haciendo algo prohibido no hacía más que acrecentar la adrenalina, el siseo de la piel blanca contra la dorada de Ino, sus labios soltando bocanadas cálidas de humo perfumado, y los huesos, la sangre y los músculos tensándose al son de las notas graves de la canción en una tonada que prometía ser peligrosa. Casi ronroneaba embriagada por el ambiente cuando una mano helada la agarró de la muñeca y se dio de bruces contra unos ojos negros.

—Es usted la señorita más hermosa que he visto nunca —la boca del desconocido era más pálida que un suspiro, y sus dientes tan bonitos que Sakura no pudo evitar querer besarlos.

Las manos del tipo le bajaron hasta los codos, y apartándola de la pista, dieron contra el muro de ladrillo negro.

—¿No te dan miedo mis ojos? —sus pestañas oscuras estaban teñidas de rojo intenso, con grumos de negro y azul, un caleidoscopio infinito de colores dispares que se mezclaban.

—Son oscuros.

Sakura bizqueó soltando una risita.

—Son verdes.

El chico le alzó la barbilla y después le dio un beso suave entre las cejas.

—Son ojos que han visto la muerte —la voz suave y pausada del desconocido se le filtró por los oídos, estremeciéndola desde la las yemas de los dedos hasta los talones. Su respiración se amagó cuando, de forma casi inocente, acarició el puente de la nariz del chico, temblando. Tragó grueso cuando notó la carne blanda de los labios formar una media sonrisa. Aquella nariz tendría al menos cuatro inviernos más que ella— ¿Me equivoco?

La boca de Sakura se abrió, dibujando una perfecta "o". El cuerpo se le tensó desde el talón, en un escalofrío helador que llegó hasta su nuca. Se le escapó un quejido ahogado cuando el desconocido se inclinó más de dos palmos hasta sus mejillas y las besó.

—Tú… —el aire se le quedó en un limbo entre el pulmón derecho y la base de la lengua. Su cerebro, en cambio, operó a la velocidad del rayo.

Lo sabe.

—Encantado de conocerla.

Cuando Ino encontró a Sakura, su maquillaje estaba esparcido por la cara, y tenía dos marcas preocupantes en los labios, como si se los hubiera mordido muy fuerte.

—Sabe quién soy

Ino solo pudo abrazarla, segundos antes de que empezara a llorar.

.

Sakura dejó la conclusión de la tesis terminada sobre la mesita supletoria del cuarto de las camas gemelas.

Ino y Karin estaban de nuevo con la música a todo volumen, bailando y con el suelo del salón lleno de botellas vacías de cerveza Doble Dumm.

—¡Corazón! —Ino le tiró del brazo mientras daban suaves vueltas en círculo—. Terroncito me dijo que su amigo el dientes había venido a verla, ¿no fue que los pillaste antes de que la cosa se pusiera turbia?

—¡Ino joder! —Karin volvía a ser un tornado de color rojo, le echó a Ino la mano al cuello y la hizo girar hasta que cayeron en el sofá—. Ya te he dicho que no ha pasado nada de eso.

Sakura se lanzó al sofá, cayendo sobre ellas como un aguacero.

—Karin, si se pegó con aquellos tipos fue por defender tu honor, todo un caballero. No lo habría esperado jamás de alguien como él.

—¡Un Hozûki de caballero de brillante armadura! Nadie lo diría conociendo su actitud —secundó Ino entre risas.

—¡¿Pero que brillante armadura ni qué niño muerto!? No os inventéis gilipolleces, si el cabeza de pez se ha peleado con ellos es porque le ha salido de las narices, no busquéis segundas intenciones.

—Querida mía, se le cae la baba cada vez que le devuelves la vista, en clase de Fundamentos la frentuda me dijo que no te quitaba los ojos de encima.

—Eso es muy cierto —Sakura alcanzó una de las botellas vacías mientras se acomodaban mejor en el sofá—. Y ese no fue el único momento, ¿te acuerdas cuando tu madre quemó la ropa que te dejaste en casa y solo te pudiste poner los pantalones de cuero aquellos?

Karin enrojecía por momentos.

—¿Esos que me hacían parecer un tonel de cherrios?

—Ajá.

—¿Y bien?

—No te quitaba ojo, y cuando terminó la clase, se fue corriendo al servicio, Naruto me contó que se metió en un compartimiento privado, y eso no es normal. Yahiko me contó que se siente muy orgulloso de sus partes privadas y que si puede, presume de ellas.

—Eso no quiere decir nada —Karin se elevó las gafas sobre el puente de la nariz—. Además, puede que una de esas tías a las que se tira estuviera esperándolo dentro.

Ino negó con la cabeza, suspirando.

—Naruto me aseguró que no, que estuvo, ya sabes —Sakura simuló el gesto de estar acariciando algo de forma cilíndrica—. Cascándosela.

Ino soltó una estruendosa carcajada que pronto contagió a Karin, hasta que la propia Sakura terminó en el suelo conteniéndose la risa.

—De todas formas cariño, deberías darle una oportunidad al pobre chico. Vale que de un poco de grima con esos dientes que tiene, pero es mono y se nota que se preocupa por ti.

Karin se secó las lágrimas de risa.

—Es mi amigo de la infancia, no puedo imaginarme teniendo algo con él… .

Sakura enarcó una ceja, dudosa.

—Tal vez te atrae pero aún no lo sabes…quiero decir, un sentimiento latente.

—¡Já! Mis sentimientos por él se basan en querer partirle la cara a golpes. Desde que éramos niños siempre nos hemos llevado a matar.

—¿No sabes eso de "los que se pelean se desean"?

Karin negó con la cabeza.

—Lo que yo deseo es patearle las tripas. Siempre se mete con lo que hago, llevo puesto o pienso. Y no hace más que llamarme Zanahoria, y fea, y horrible. A veces quiero matarlo tanto que me da hasta miedo.

Sakura sonrió de medio lado.

—Corazón, los tíos son seres tan sencillos que te sorprendería lo idiotas que pueden llegar a ser —Ino rebuscó en su bolsillo del pantalón hasta dar con el encendedor—. Son tan fáciles como este mechero, ¿ves?

Ino prendió el aparato y una ligera llama salió del interior.

—Si lo tocas un poco y se enciende…lo tienes en el bolsillo. Tan fácil como eso.

—Por eso la cerda sacó un diez en clase de Gramática. Las alusiones sexuales se le dan de lujo.

—¡Oye! —sonó ofendida…y la vez, muy halagada. Se volvió hacia Karin—. ¿Entiendes ahora Terroncito? Si le tocas y se "enciende" sabrás que siente algo por ti. Al menos sexualmente, y créeme que si atraes de esa forma a algún tío, tendrás al menos un setenta por ciento de sus sentimientos en tu vagina.

—Mierda, me duele decirlo, pero la cerda es toda una experta en estas cosas.

Karin suspiró.

—Hasta me lo he creído y todo… .

—No te cuesta nada probarlo, Karin. Puede que si lo intentas con él y responde favorablemente, termine gustándote.

—No te pases Sakura… . Eso ya son palabras mayores.

—No, no. Tú piénsalo bien, si tienes algo con Suigetsu, siendo un amigo de hace tanto, te sentirás más cómoda con él y recuperes algo de tu auto estima.

—Muy cierto, corazón. Además, no estaríamos discutiendo este asunto si no te molestara, y si te molesta es que te hace sentirte insegura…lo que me lleva a preguntarme si de verdad ese Suigetsu te resulta tan insoportable como nos haces creer.

—¿Qué?

—Tal vez no le soportas porque lo que te dice te dice te jode de verdad.

Karin reflexionó sus palabras con cuidado. Suigetsu había estado en su vida desde que tenía memoria, y siempre, siempre la había estado estorbando. Cuando estaban en segundo grado la había manchado el vestido nuevo y la había chillado delante de toda la clase que parecía una cerda embutida y gorda. Karin le había cruzado la cara de un guantazo tan fuerte que le había sentado de culo en el suelo. La segunda gran humillación fue cuando el primer curso de preparatoria le había robado su carta de confesión de amor para un chico de otro curso, y la había pegado en el tablón de anuncio de notas del colegio. Cuando se recuperó de las lágrimas le había buscado y al encontrarle le había pegado tan fuerte que se había roto los nudillos de la mano derecha. Karin estaba tan enfadada que no le volvió a hablar hasta dos años después, a pesar de las disculpas que le había estado pidiendo. Por su decimosexto cumpleaños le había hecho una tarta que, a pesar del horrible sabor, los había reconciliado. Karin pensó de que ahí en adelante no volvería a insultarla, pero sus palabras burlonas no había hecho más que aumentar y aumentar con el paso de los años, y cuando Karin pensaba que se libraba de él para entrar en la universidad, casi se tira por un acantilado al saber que su maldito tormento estaba matriculado en su mismo grado. Con los años pasando tan rápido y de manera tan cercana, Karin apenas había apreciado los cambios de Suigetsu, era obvio que había crecido y que, según sus compañeras de clase, estaba bueno, pero Karin no se veía capaz de apreciar este dato con toda la objetividad que el asunto requería, tal vez porque cada vez que lo miraba no veía más que a un niñato malcriado y burlón, y no al hombre que había tras esa percepción. Por eso, aquella noche cuando se metió en la cama y los brazos de Ino la rodearon, sintió el doloroso peso de la verdad cuando, al imaginar que esos brazos pertenecían a su peor pesadilla, el corazón se le aceleraba y el hueco entre sus piernas casi rugía.

Karin tragó pesado antes quitarse las gafas.

—Estoy jodida.

Aún no era consciente de hasta qué punto.

.

.

Fin 3/?