nota. antes que nada, siento el retraso, pero las partes de Ino me hacen quebrar la cabeza más de lo que desearía. estoy a reventar de trabajos y estudios y aún no llega lo peor. ethereal my love, aquí está, mas vale tarde que nunca, dicen.
Disfrutadlo.
Dedicado especialmente a: Sadie Perdida Malfoy, lixy-chan, , Annie Yue y Llanca. Por ser unos amores enormes y leeros esta mierda mental.
3.
—Quiero quererte en un mundo sin fin, ni principio. Pero el querer es el principio, y el fin es querer saltar al abismo.
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It's in the water baby,
It's in the pills that pick you up,
It's in the water baby,
It's in the special way we fuck,
It's in the water baby,
It's in your family tree,
It's in the water baby,
It's between you and me.
.
.
La neblina era espesa y aromática. El suelo helado y húmedo sonaba cada vez que Ino caminaba sobre él, despacio, deslizándose. Sus huesos de pájaro pendían colgados de una cuerda invisible, y atada al cielo, Ino Yamanaka escuchaba el timbre nostálgico de la que sería su última canción. Su boca entreabierta, sonriente, bullía con una sonrisa que condenaría al desastre a toda civilización moderna. El dorado de su piel destellaba en la suave penumbra como el velo de una diosa ignota, sus uñas de un verde musgo, se definían con trazos gruesos y luego, despacio y casi con tino, perfilaban el delicado contorno de su figura: costilla, codo, costilla. En un rítmico tintineo sin principio ni fin, que las inducía a la somnolencia y la dejadez.
Observarla así, tan fuera de si misma que casi no la reconocían, producía en Karin una sensación de desazón y en Sakura, una de contento absoluto. La voz cadenciosa y espesa de Marina Diamondis inundaba el baño del tercer piso mientras Ino, hipnotizada, bailaba.
—No entiendo nada —Karin flotaba en la enorme bañera, el aire aromático por los cosmétidos de Sakura impregnaban hasta el tuétano, y así, tan relajada, era capaz de canalizar mejor sus pensamientos—. Os juro que vendería mi riñón para averiguar que se le pasa por la cabeza al idiota de Suigetsu.
A unos pocos metros de Ino, enjabonándose el pelo, Sakura escuchaba la letra de la canción, inmersa en una reflexión bastante inocua e infantil sobre Karin y sus problemas afectivos.
—Quieres decir, ¿a parte de tu vagina? —Ino parecía de vuelta en el mundo real. Una película brillante recubría su desnudez, y esa sonrisa de "me sé el mundo de memoria" cincelada en sus rasgos neblinosos—. Porque cariño, eso es obvio que lo tiene bien en mente.
Ino simuló el movimiento de una mano masturbando un pene imaginario.
—Joder…
—¿Qué pasa? Es obvio que si anda detrás de ti y tú no le cedes terreno, el pobre tendrá que matarse a pajas, ¿me equivoco?
—Ino —Sakura no pudo evitar regañarla.
—No, si yo no digo que no tengas razón y tal vez solo quiere…ya sabes —soltando otro suspiro frustrado, Karin se sumergió en el agua en un movimiento.
Ino se desplazó cual fantasma hasta alcanzar a Sakura, y sacándole una sonrisa asustada, le masajeó la espalda y el cuero cabelludo, deslizando sus manos por la tierna piel de la clavícula, más blanca de lo que debería ser legal.
—El Terroncito está por los huesos de ese dientes —Ino apoyó la cabeza en el hueco del cuello de Sakura, abatida—. Nuestra ex—virgen se nos hace mayor, ¿qué vamos a hacer cuando se vaya de aquí? No habrá nadie que me preste lencería…y la tuya es horrenda, no te ofendas querida.
—No me ofendo Cerda, tranquila —desembarazándose de ella, Sakura se incorporó metiéndose bajo la lluvia helada que caía desde la alcachofa de ducha sobre su cabeza—. Y eso de que es horrible, creo que Sasuke no estaría de acuerdo.
Ino arrugó los labios.
—¡Já! Lo que diga el depravado de tu novio me lo paso yo por las narices, corazón —y cruzándose de brazos, Ino saltó a la bañera dónde Karin remaba a la deriva, perdida en sus pensamientos.
—¡Ino joder! Me ha entrado agua en los ojos, ¡escuece de la re ostia! —el grito angustiado de Karin resonó por todo el baño.
—¡Ay lo siento Terroncito! Ven, ven, que te aclaro enseguida.
Sakura repasó la silueta de las burbujas de jabón que se borraban sobre su piel, temerosa de que cuando desaparecieran, también ella lo haría. El miedo visceral a desaparecer siempre había estado ahí, latente en su pecho, esperando el momento propicio aparecer y desequilibrarla. Destruirla porque al fin y al cabo, ella venía del vacío, de la muerte. Se repasó los labios con la lengua, despacio, dándose cuenta de que poco le importaba ya tragarse el jabón que allí pudiera haberse quedado, tal vez si comía demasiado moriría.
Agitó la cabeza y salió de la sala de baños, con una toalla enroscada al cuerpo, su lata de cocacola de cereza en la otra, y el móvil metido en el escote. Fuera, en la azotea del edificio a las doce menos veinte de la noche, el aire caliente le despejó las ideas muy despacio. Decir que Sakura era propensa a la melancolía sería ser demasiado ingenuo, ella tendía a perderse en un futuro no muy lejano, más alagueño y en definitiva, un sitio que pudiera decir quién era ella sin etiquetas. Un sitio en el que pudiera hacer de Sakura Haruno sin temer a que la tacharan de ser buena niña, buena aprendiza, buena novia, excéntrica. Le dio un sorbo largo a su cocacola, sintiendo el burbujeo intenso del líquido deslizársele por la garganta, con un murmullo que iría a morir en su estómago.
Sakura quería ser ella sin que nadie esperase algo de sus formas.
El móvil vibró despacio entre sus pechos aún húmedos. Sorbió el último resto del bote y respondió sin mirar el número. Sabía de sobra quién estaría al otro lado del teléfono.
—¿Se puede saber qué te pasa ahora?
Al otro lado de la línea, Sakura escuchó una risa grave y casi gutural.
—Si te lo dijera, no me creerías.
Sakura le sonrió a la noche estrellada con los ojos entrecerrados.
—Sorpréndeme.
Se hizo un silencio largo y elocuente. Casi compacto.
—Quería escuchar tu voz.
Ante aquello, Sakura sintió una chispa incómoda a la altura de sus costillas.
—Oh.
Se sintió súbitamente pequeña, frágil. Como si de repente volviera a tener quince años, y estuviera un poco bebida, con los tacones en las muñecas y la sonrisa inmadura pintada en la cara. Sakura quería ver esos dientes tan perfectos, quería acariciarle la cara despacio, y deslizar su manos por una espalda que prometía ser más cálida que en su recuerdo.
La Sakura que recordaba era lánguida como un suspiro y ligera como un pensamiento. Ese era el tipo de mujer que no esperaba de calificativos, y que las expectativas ajenas le caían resbalando por la piel hasta el suelo.
Él no volvió a hablar, pero Sakura podía escuchar su respiración lenta y calmada al otro lado de la línea telefónica.
—Buenas noches, y gracias por llamar. Sé que estás muy ocupado.
Sakura podía imaginarle sonriéndole al teléfono.
—Nunca es un problema llamar, lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé —pestañeó de más cuando aquella última frase salió de su garganta, arañándola—. No trabajes demasiado.
—Que descanses.
Después ya hubo silencio. Ni respiración ni pensamiento huecos, Sakura supo que el había colgado, que siempre colgaba tras desearla que descansara, pero aún y así, aquella vez estaba doliendo de verdad.
Las estrellas la vieron llorar, silente y estática, su rosto un imperecedero retrato del más profundo anhelo, pero sobre todo (y más que nada), esas palabras tan devastadoras.
—Que descanses (buenas noches, Sakura).
Sonaban tan diferentes.
.
Ino padecía una dolencia cuya certeza radicaba en el tiempo atmosférico. El sol del verano pegaba bien fuerte dentro de su cuerpo vaporoso, y era tan delgada y transparente como una espiga de trigo, por eso, Ino vencía al viento doblándose, deformándose ante su fuerza. Recuperándose segundos después y dejando de ser un monstruo precioso que no tenía cosas mejores que hacer que pinchar la superficie de tu coherencia con un alfiler maldito. Ino era indescifrable e independiente de una manera terrible y confusa. Había aprendido de nena chica que en la vida, las medias tintas no te llevaban a ninguna parte y que los problemas, por otro lado, parecían surgirte de la nada al menor descuido. Por eso cuando su madre cayó enferma después de que se fuera mayo, la Ino niña, con sus muñecas, sus magulladuras y sus traumas, había decidido que ya era hora de que la castigaran.
Rompió el jarrón de la entrada de la casa, y diez millones de dólares se fueron aleteando entre porcelana y cristal de bohemia.
Paf.
Una bofetada y después, por la noche, un mimo desgarrado y quebrado en su oído (amore, eres tan bonita). Ino se dormía escuchando una perorata quimérica y tenebrosa, que, incluso en las noches más calientes, lograba dejarla helada. Su mamá había sido bailarina de ballet y fumaba como una obsesa porque decía que así podía bailar más bonito. Por eso siempre que su mama la besaba en la mejilla, una mezcla entre perfume de bergamota y tabaco, la penetraba en la nariz y nunca la abandonaba. El día que la dijeron que no era muy normal haberse roto el tobillo siete veces en dos años, la mamá de Ino comenzó a irse desvaneciendo, poco a poco, como papel mojado por la lluvia. Hasta que el cáncer devoró sus huesos y la carne blanda y frágil se agrietaba inexorable sobre el colchón de plumas.
Paf. Paf.
Las dos bofetadas siguientes fueron un día antes de que su mamá muriera. Quemó la biblioteca porque no le gustaba que su papá le hiciera aquellas cosas horribles a las limpiadoras y mucamas. (¿Sabes, Sakura? Puedo pegarte sin remordimientos porque tu entiendes esta ira tan zorra que tengo dentro. Y bueno, nuestros padres son horribles, ¿cierto?). La pillaron y aquellos dos golpes no fueron ni la mitad de horribles que las noches que los continuaron. En la penumbra de su cuarto de azúcar, sedas y tules, Ino dormitaba con el susurro ahogado de un monstruo más horrible que su reflejo acechándola. El aliento espeso y blando le caía como una lluvia desconcertante sobre el estómago y ni cerrando los ojos podía evitar sentirse como vomitando toda la galaxia. Un hedor a piel descompuesta y cuerno quemado le erizaba la piel y le marcaba los huesos de la mandíbula hasta que, muy de mañana, el sol rayaba el cristal y aquel monstruo horrendo se retornaba a su caparazón, con la muda promesa del retorno pintado en los rasgos.
Su madre se llamaba Evangeline Boubert, y era francesa y muy, muy rica. Su padre se había encaprichado de ella y después de seducirla, la había dejado un regalito en la tripa con el nombre de Ino. Le pusieron ese nombre horrendo porque así contrastrastaría con su seguro, hermoso rosto. Ino era bonita por dentro y por fuera hasta que un día decidió que ella quería ser como su madre.
—¿Sabes, tesoro? —le dijo su madre un día en que la luna entraba por la ventana. Su cara estaba abotargada, y sobre el mueble había una capa de plumas—. Mami tiene un nombre hermoso, pero en verdad es muy fea por dentro. Quiero que cuando yo ya no esté seas mala, muy mala, ¿me oyes? Así nadie querrá hacerte daño jamás. ¿Entiendes vida mía?
—¿Cosas malas mami?
—Si, cosas malas. Tan malas como puedas imaginarlas.
Y de alguna forma idiota, aquello llevó a que Ino tomara la costumbre de castigar a todos los que la rodeaban.
La tercera vez que su padre la abofeteó, fue la ve en que Ino se durmió en el salón de clases y le dieron un par de besos inocentes entre las piernas.
—Papa, ¡no mires! —se tapaba la cara con una mano, y debajo sonreía solo de pensar en lo que aquello acarrearía.
Por la noche se abrió de piernas, pero cuando la espuma le salía por la boca y su cuerpo se tensó tanto que pensó que iba a romperse y morir, un señor con barba y bata dijo que ella estaba defectuosa.
—Adiós papa —tenía doce años y medio—. Te odio.
Tenía mucho camino por andar, y Sakura aún no era parte de su mundo.
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Cuando Sakura la pegó y la tiró al suelo en noveno grado, Ino ya había tenido la primera regla, y sus pechos estaban más crecidos que los de las niñas de otras clases. Luego pasó algo dudoso, y Sakura lloraba porque era una idiota y ella pensaba que era muy bonita y quería ser su amiga, así que dejara por favor de ser una perra con ella.
Ino se recogió el pelo detrás de la oreja derecha, se limpió la sangre del labio inferior, y le arrancó un diente de león a la madre tierra para dárselo a Sakura.
—Vale Sakura, seremos amigas. Pero seguiré siendo mala con todo el resto del planeta, ¿vale?
Un sollozo ahogado.
—No te voy a dejar, que lo sepas, Cerdita.
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Ino no pudo evitar sentirse atraída de manera sexual por Sakura. Siempre la había observado sentarse en la silla y se sabía el número exacto de segundos y centésimas en los que sus tendones y músculos se agitaban, eléctricos y precisos, y la movía con ese tic nerviosos de saberse observada. Ino había estado concebida para existir y que su pensamiento postrero pasara a formar parte de la memoria de desconocidos con fajos de billetes en los bolsillos y ningún escrúpulo en su mente. Fue por eso que decidió, en algún punto de su vida, acoger a Sakura y así, poder ambas aprender lo puta que podía ser la vida sin alguien a quien aferrarte. Empezó a sentarse junto a ella y la manía de soplarle la nuca antes de buscar la carne blanda de su cuello se hizo preludio de todo un ritual en el que, la aún inocente Sakura, fingía no enterarse de que su amiga cruzaba las piernas para evitar buscar ese punto caliente y húmeda entre ellas. Las mejillas de Ino se tornaban rojas y sus dientes formaban una sonrisa prístina que deslumbraría al sol. Pero es por eso que el tiempo atmosférico era parte vital de su anatomía.
—¿Sabes, Sakura? Algún día te contaré cómo devoré al sol —y se hundía en su pelo para desear aún más fuerte en respirarla—. Hasta entonces, no tienes permitido dejarme, ¿vale?
Un día después Sakura conoció a ese tipo que tenía ropa mortuoria sobre la viva imagen de sus ojos, como tizones oscuros. Ino quiso morirse un poco cuando Sakura le puso el ojo encima y sus mejillas se tornaron color manzana de Blancanieves.
Ino quemó todos los libros sobre princesas en la biblioteca y la expulsaron por un mes del instituto. Cuando se durmió pensando en el monstruo y de una manera horrible, añorando el calor de otro cuerpo sobre el suyo, anhelando un aliento quebrado que beberse en la penumbra. Una mano tibia a la que agarrarse.
Aquella noche, Ino juró que nunca dejaría sola a Sakura.
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Que Ino odiara a Sasuke no era nada nuevo para Karin, ella misma le tenía un poco de ojeriza a aquel sujeto. Después de que primero la rechazara y después lamiera sus heridas, no gustó a ninguna, pero ambas tuvieron que tragar el que aquel sujeto se pasara el 36% del tiempo dentro del apartamento. Ino estaba celosa de manera irracional, y un día entró en cólera porque Sasuke se había comido sus frijoles y había dejado la mantequilla destapada.
—¿Qué tipo de problema mental tienes, estúpido? —le señaló acusadoramente con el dedo—. Si vuelves a tocar algo de esta puta nevera, te juro que te mato, ¿me oyes?
Sasuke tenía esa pansimornia típica de los que se creen capaces de todo.
—Tranquilízate.
Aquello solo la exaltó, y cuando estaba por saltarle a la yugular y masacrarlo, Sakura estaba con sus stockings y esa falda diminuta sobre las piernas y una pose de "mama ha llegado, prepárense" pintada en las facciones.
Las gafas de Karin le resbalaban por la nariz y su aliento olía a cocacola de cereza.
—Ino, tranquila —y luego le susurraba palabras dulces en el oído y le acariciaba el pelo. Aquella era su arma mortal. Luego Karin se aparecía apoyada en el quicio de la puerta y su maldito pelo rojo la sumía de nuevo el dolor creciente de saberse entre dos paredes ineludibles. Ellas eran su refugio seguro—. Karin, llévate a Ino a dar un paseo, creo que no se encuentra bien.
—Terroncito, mejor vámonos —alzaba la barbilla despacio y segura, y le echaba a Sasuke una MIRADA abrasadora—. No queremos molestar, ¿verdad que no, corazón?
Karin soltaba un gruñido ininteligible y después entrelazaba su brazo al de Ino para salir de la cocina.
Ino quería gritarle a aquel estúpido prepotente que él no era quien creía que era para Sakura, pero entonces recordaba que había prometido no inmiscuirse en sus asuntos, y le volvía a doler el corazón como el infierno.
—Ese tipo es un idiota —el sol del verano pegaba sobre sus cabezas cuando salieron a la calle a dar un paseo—. Te juro que no sé que mierdas le vi, en serio. Tiene un puñetero palo de tres metros metido por el culo.
Ino rió ante la ocurrencia de Karin, y le apretó un moflete con la mano libre.
—No sé. Solo te puedo decir que algún día encontrará la horma de su zapato, y créeme que estaré ahí para verlo caer.
—Ack, eso suena justo como tú —comentó Karin.
—Tesoro —Ino se abanicó el pelo rubio—. Eso es exactamente lo que soy.
Karin sabía de sobra que sus palabras eran verdaderas, y por eso no pudo evitar sentir un escalofrío penetrarle por la espina.
Ino era aterradora, y sabía que podía ser inclemente y cruel si se lo proponía.
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Era casi mediados de septiembre y el sol se iba tornando cada vez más débil, y aún así Ino sudaba, con las manos metidas en de la tierra húmeda de la enorme jardinera en la que dos frondosos brotes de orquídeas le acariciaban la piel. El pelo largo y rubio estaba recogido en lo alto de su cabeza, llevaba unos pantalones de lino azules, unas tenis blancas y una camiseta de mangas cortas también blanca. El delantal de la Floristería Seventh Heaven, de un azul pálido, estaba manchado de tierra, y sus mejillas y su frente tenían gruesas gotas de sudor, que salado, bajaba hasta su barbilla redonda. Estar en contacto con la tierra mojada siempre la despejaba la mente. Le gustaba el ambiente amigable y el aroma de las flores de la tienda, y aunque el trabajo era a tiempo parcial y la paga no muy jugosa, Ino se pasaba las mañanas hundida entre flores, esquejes, arbustos y frondosas plantas de hojas multicolores y espesas. Su mente divergente se centraba en la tierra y su imaginación volátil pasaba a condensarse, formando volutas de felicidad en las que lo único que necesitaba era su boca para atrapar el aire, y las plantas y su tacto sedoso para sonreir.
Escucha un carraspeo tímido.
—¿Si, puedo ayudarle? —se levanta secándose las manos en el delantal. Entonces levanta la vista y tuerce un poco la cabeza—. ¿Qué desea?
Es un chico con gafas de sol con la postura arqueada y las manos delicadas, cayendo laxas sobre el tronco de su cuerpo. Los ojos de Ino lo catalogan como interesantemente asocial, pues el temblequeo incierto de sus músculos delata vergüenza oculta bajo una aparente estoicidad de la que obvio carece.
—Um.
Ino duda y da medio paso atrás, busca el dispensador de toallitas para los trabajadores y se limpia las manos aún sin perder la sonrisa.
—¿No sabe que flores quiere? Tal vez estas sean de su gusto —señala una pequeña maceta con geranios—. Son resistentes y sus flores son hermosas, ¿le gustan?
El chico se hunde por lo hombros y se recoloca las gafas con nerviosismo.
—N-No…verás, yo buscaba una muy concreta —esas manos tan bonitas que tenía comenzaron a moverse nerviosas, de un lado a otro—. L-la flor de la mostaza…
Los ojos de Ino brillaron con algo de interés.
—Nos quedan dos, ¿quiere la que está por florecer, o quiere esta que ya tiene flores?
El desconocido tiene una mano hacia Ino, ella parpadea de confusión y deja que un setenta por ciento de su fuerza se desvanezca ante el gélido frescor de aquella otra mano, grande. La palma de la mano de Ino queda boca arriba y el desconocido le traza unas líneas tenues y suaves desde la punta de los dedos, hasta dónde comienza la muñeca.
El aire la abandona medio instante, y fija sus ojos en las gafas oscuras.
—Me llevo ambas.
Ino tiembla cuando le suelta la mano.
—M-muy bien —se gira preguntándose qué maldita sea ha sido aquello, y que si aquel tipo con manos expertas y maneras trémulas volverá a la tienda.
—Que tenga un buen día —su voz es débil cuando habla.
El desconocido inclina levemente la cabeza.
—Gracias.
Se encuentra a si misma queriendo que vuelva tan fuerte, que ni la tierra la saca de sus pensamientos.
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Baby, you´ve forgetten to breath and now your entirely dead.
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Los recuerdos de Sakura eran una mezcla semi caótica de polvo, marfil y perfume de mujer. Pasó sus primeros doce años de vida viviendo en una mansión apartada del mundo, con las flores del jardín y una mucama llamada Alexia que le guardaba la espalda en la noche. Mientras recuerda lánguidamente, Sakura se mete el cigarro en la boca y le deja una indeleble marca de carmín rojo en la culata. Se pierde dentro de su memoria, sumergida, recuerda de nuevo los ojos como tizones en una cara blanca, con una sonrisa culpable, de saberse en el momento menos indicado y con las manos manchadas. Se ve a si misma con siete años y un vestido plumoso y de blanco impoluto, con la música rota del piano aún batiendo en el silencio, en ese imperecedero segundo en que el infinito y la quietud se besan la boca. El chico con las manos de fantasma se levanta del sillón y se desplaza hasta dos metros los separan.
—Hola —Sakura lo dice tan bajito que apenas se escucha a si misma. Tiene esa cortesía propia de las nenas tímidas y bien criadas. Levanta una mano y le ofrece una golosina—. ¿Quieres? Son de fresa y arándano.
Y cuando el niño hace un gesto y le brillan los dientes, Sakura piensa que qué bonitos son, y que graciosos.
—Gracias, señorita es usted muy amable.
Y la Sakura de siete años se sonroja y se esconde dentro de las pompas del vestido, toda inmadurez y algarabía, que se reflejan en las mejillas coloreadas de intenso rojo. Se le aparece un ángel entre los ojos cuando la mano del niño que no es tan niño le acaricia la mejilla con la yema del dedo.
Entonces es cuando es inevitable que se acaba de enamorar por el resto de su vida.
—Hijo —es la señora del pelo como alas de cuervo y los ojos como caparazones de escarabajo. La está mirando bonito, desde su vestido negro y sus tacones de terciopelo—. Despídete, nos marchamos ya.
Le sonríe a Sakura, y luego el niño con los dientes más bonitos del planeta, se inclina por esa cintura que parece a punto de quebrarse, le agarra la mano diminuta y sudorosa, y le planta un beso ligero sobre la piel vibrante.
—Un placer, señorita —le enseña la golosina roja, impoluta y brillante. Luego se la guarda en el bolsillo— Que pase usted un buen día.
La actual Sakura de veinte años sigue fumando cuando la mano de Sasuke se le cuela por debajo del pañuelo del cuello.
—Sa-ku-ra —un beso poco premeditado se le calza en la coronilla cuando aún percibe esos dientes blancos tan lejos que apenas puede perfilarlos, y tan cerca que sentirlos es un dolor amargo.
Se ha puesto uno de esos vestidos beige de Ino, y unas romanas sin tacón y de tiras hasta las rodillas. Tiene el cuello con marcas de dedos y por eso usa el pañuelo, como venganza contra su propio karma por joderla en las mañanas. Sakura y su pitillera forrada en cuero marrón, fuma agitando un café macchiato con los pensamientos perdidos en su infancia.
Sasuke la mira como si quisiera atravesar ese barrera polvorosa y comerse los pensamientos que la fluyen desde el cuello (bombom, su corazón late) hasta el cráneo, rodeado de mullido y suave cabello rosado.
—Hoy leí a Nietzsche y creo que ese cabrón tiene toda la razón del mundo —el humo nacarado del tabaco sale de entre los dientes de Sakura, y sonríe de lado, con el dolor aún latiéndole en la sien—.Ne, Sasuke-kun, ¿Cuándo me dirás la verdad?
—¿Sobre qué en concreto? —es de una sutileza nata aquella red que Sasuke tiende con soltura, casi parece haber nacido para embaucar y mentir, sus ojos son ilegales y de una manera que a Sakura se le hace difícil poder resistirse.
Su relación es difusa y se cimenta en una inexorable y densa atracción sexual. Son absorbentes el uno con el otro, y en la cama implosionan como una bomba de neutrógeno. Se destrozan el uno al otro, muerden rompen y desgarran, es una pasión que erosiona y revienta lo que toca. A Sasuke le gusta que Sakura parezca dulce e inocente, pero que arañe como una tigresa en la cama, y a Sakura que Sasuke se de aires y que luego siempre se quede debajo le toca la fibra sensible. Encajan de una manera poco previsible y muy candente, pero sus personalidades fuera del catre van por senderos diferentes, y su relación queda desdibujada de manera imprecisa tanto en espacio como en tiempo. Sería mentira de las gordas decir que Sasuke no disfruta de las conversaciones largas y tendidas sobre la metafísica del caos que le puebla la cabeza, o que Sakura reniegue de leer juntos a Faoucault como si no hubiera mañana junto a las farolas de cristal del parque Oeste, pero ahí termina el prisma perfecto. Falta esa chispa que toda relación tiene, ese candor al final del túnel, una luz distinta y sin duda el fragor de una buena discusión.
Porque Sasuke y Sakura no discuten. Se acuestan y con eso parece ser suficiente, se gritan en silencio y después, de mañana y con el sol colándose por la ventana, todo el rencor y la ira acumulados se diluyen hasta ser una certeza etérea sobre la que pensar entre tedio y locura.
—¿Quieres saber? —los ojos de Sakura, tan verdes, tan tibios y blandos, parecen contener toda la incertidumbre del mundo, y a la par, ser tan certeros como una bala de estaño directa a la sien. De un cariz aterrador y pulsante que enerva y confunde. Sakura tiene tantas cara que apenas sabe si es ella la misma que la miró desde el espejo el día anterior—. No me creo que te estés haciendo el tonto, de verdad que no.
Sasuke no sabe negar, y Sakura es uno de sus pocos puntos flacos. Es su dolor y su placer, y piensa que sin un poco de ambos, se habría ido al extranjero a ser una maldito cabrón antes que quedarse de brazos echados en su casa. Pero Sakura está al tanto de todo y le da caprichos y lo malcría tanto, que al fin del día se siente tan dolido y asqueado de si mismo, que quiere matarse contra el asfalto. La sociopatía de Sasuke delimita la zona de confort en la que se mueve en su día a día. Es una delgada línea entre el contacto físico con desconocidos, y que le miren demasiado fijamente. Termina a golpes y siempre lo sacan de los apuros los amigos cercanos. Naruto suele comerse sus golpes errados en las peleas, pero el estúpido dobe siempre le devuelve una sonrisa de "soy tu puto mejor amigo, y aguantar tus mariconadas es mi deber, idiota". Sasuke piensa que Naruto debe ser gay, porque no es normal tener tantas amigas y seguir siendo virgen con 21 años. Una vez le Naruto le dio un beso en la boca y estuviero sin hablarle dos meses. Sasuke no había puesto pegas ni había reaccionado asqueado ante aquello a aquello, pero Naruto parecía consciente de sus acciones perturbadas, y lo rehuía con dolor y las mejillas coloreadas como manzanas.
Naruto era gay. (y él un maldito hipster bisexual). Tal vez.
Se centró de nuevo en la conversación cuando el perfume de Sakura se pareció demasiado al de otra mujer.
—Te juro, Sakura.
Siente un pánico abrumador durante medio segundo, y se replantea por primera vez porqué ella lo ha llamado a esa hora, ese día y en ese preciso término inconcluso de su existencia. Recuerda que hace exactamente siete meses de aquel incidente, del suceso que lo llevó a buscar a Sakura y meterse entre sus bragas buscando algo más que calor humano.
Autosatisfacción y nada menos que doce mil asqueroso dólares.
Oh, pero Sakura es tan bonita, delicada y trémula, que casi se sabe el mundo como la palma de su mano.
Sasuke sabe de alguna forma lo que Sakura le está preguntando, pero se niega a creer que haya descubierto sus maquinaciones.
Duele cuando ve ese amargo destello de reconocimiento en sus ojos negros. Sasuke nunca ha sabido jactarse de sus demencias con educación, el prefiere chillárselas a algún pobre diablo a la cara, mientras se inclina sobre sus huesos pálidos y le sacude hasta amoratarse los nudillos y sentir la cara tibia de Sakura sobre su faz descompuesta.
—No sabes mentir, Sasuke-kun.
Sakura sonrió porque las ganas de llorar estaban llamando muy fuerte, y afuera el día se tornaba oscuro por momentos.
(Era la tercera vez en su vida que se alegraba de saber mentir.)
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—Follemos, Zanahoria —lo dice tan serio, que Karin no puede creerse que de verdad haya dicho aquello… . Eso. Eso que la da tanto miedo porque en verdad se muere porque pase pero ella es demasiado "voy a patearte como me toques asqueroso" y lleva rímel caro y ese lápiz de labios marrones y las mejillas como dos manzanas tupidas y aterciopeladas. El libro yace sobre sus manos, sus dedos largos de uñas rojas se crispan cuando duda entre desgarrarlo o taparse con la vergüenza que se la está devorando entera. Pero es real, tan real como que están respirando y la cara de Suigetsu está tan cerca que podría levantar la mano y perfilar su barbilla, blanca y tersa sobre el hueso. Tiembla como una maldita hoja cuando la cama cruje y la cara (aldhfajhsgdf) se acerca hasta que cuenta las pestañas (una, dos, tres…mil una), se atraganta con el aire y bate los párpados contra el vacío. Quiere cerrar los ojos y que al menos alguien la bese en condiciones pero—eres el maldito cara de Pez, ¡Por Jesús Cristo—pero la voz se le ha ido de vacaciones y no quiere volver. Se ha llevado su razón, y ahora está hecha un ovillo de nervios, le duele el corazón y le tiembla hasta la maldita sangre. Pero no la besa, y cuando Karin abre los ojos y se fija en la cicatriz del labio superior de Suigetu (esa que le hizo ella cuando estaban en décimo grado y él la había llamado vaca) sabe que está perdida. Así que se resigna y no espera bajo ningún concepto que él vuelva a hablar, así. Tan bajo, tan delicado, como si temiera asustarla o quebrarla con palabras (Idiota, ya lo hiciste, jódeme de una puta vez –oh, pero no lo dice.) —. ¿Sabes Zanahoria? Si yo hubiera sido el primero habría sido distinto.
—Ahck —Karin suelta un gorjeo bajo y atragantado cuando la boca húmeda de Suigetsu le baja por el hueso de la barbilla y se queda en el cuello vagando, despacio, dejando un rastro salado y perturbador. Karin casi ronronea cuando sube hasta su oreja, y luego, se pone rígida cuando la lengua se le cuela en el hueco tras la oreja. Le agarra del hombro con mano lánguida y se queja con voz queda—. Q-que coño es esto, cara de pez.
Levita hasta el techo cuando escucha su risa grave y cavernosa rebotarle contra las costillas, una por una y sin olvidarse notas graves en el camino.
—Esto, Zanahoria —levanta las manos hasta su cara, y desde aquella perspectiva percibe a la perfección el hueso de su clavícula trasnlucir sobre la piel (fuck). "Esto es lo peor". No recuerda que su cara fuera tan chico-sexy-con-ojos-bonitos, y Karin pasa a darse cuenta de que puede, y tal vez sea irrevocable, que siempre ha estado prendada de ese capullo y que no hay manera de que pueda sacárselo de la cabeza porque entonces ella ya estaría echada a perder hasta el fin del mundo. Karin vuelve a parpadear rápido cuando le quita las gafas y las deja sobre la mesita de . es su cerebro dándose cuenta de que lo que viene a continuación no estaba en sus planes—. Esto, es una décima parte de lo que siempre he querido hacerte, ¿vale? Así que no huyas de mi, por favor. Solo te pido que por una vez, dejes de escapar cuando te das cuenta de que le interesas de verdad a alguien.
Karin entra en un estado de lo que Sakura definiría como "catarsis existencial".
—N-no sé de que hablas idiota —Suigetsu se sorprende cuando ella le apoya la frente en esa jodidaputamaldita clavícula tan sexy y sus manos se colocan sobre las costillas de líquido hueso bajo la camiseta—. No eres más que un capullo que siempre ha estado estorbándome, ¿o es que te excita tirarte a tías a las que odias?
Vuelve a reírse y ambos retumban.
—Joder Zanahoria, eres la ostia ¿eh? No pillas nada coño —Suigetsu levanta la barbilla y le dá un beso de los que hacen que te tiemble las rodillas. Karin cree que si hubiera estado en pie, se habría caído al suelo de la impresión. Suigetsu sabe a mar y un poco a tierra desconocida cuando planta los labios sobre los suyos, y no se mueve, simplemente se aprietan, como si se estuvieran abrazando con la boca. A Karin se le suben los pulmones a la tráquea y quiere desgarrarlo por capullo y por que está hasta las putas trancas por él y no puede evitarlo. Y quiere besarle más, quiere que le meta la lengua hasta dentro y que la pula con esas manos ásperas y marinas que tiene, que la parta por la mitad, pero que luego la vuelva a montar para poder repetir el proceso una y otra vez… . Se le escapa una lágrima cuando siente que se aparte—. ¿Tan bien beso que lloras de la emoción? Joder, porque espero que sea eso.
Karin abre los ojos como un resorte, la cama cruje cuando se echa sobre él y le agarra del cuello.
—¡Cállate de una vez maricón! —le aprieta las mejillas mientras vuelve a llorar, esta vez sacudiendo el cuerpo entero—. ¡Eres lo puto peor del mundo! ¿Por qué tienes que venir ahora a decirme toda esa mierda? ¿Es que acaso has tenido que esperar a que ese mamón de Kashiwa y yo nos enrolláramos para abrir los ojos y darte cuenta de que me quieres o algo así? ¡No me jodas! No soy idiota, ¡No lo soy! Así que no me trates como a una de tus zorras y me vengas a decir mariconadas de amor y…y, ¡Joder! Ya no sé ni lo que digo, así que o te largas ahora o follamos de una maldita vez —se quiebra cuando la voz se le ahoga en la garganta. El despecho y el dolor de sentirse usada y víctima de su propia debilidad es lo que más teme en el mundo. A Karin nunca nadie la había querido de verdad hasta que Sakura le dio un beso y una venda para sus heridas abiertas, y luego estaba Ino con sus risa tranquila y conciliadora, sus caricias esponjosas y ese olor delicado entre tierra húmeda y perfume de importación. Y ahora venía el puñetero de Suigetsu a joderle su fantástico mundo de voyeurismo, masturbación ensoñada y lesbianismo finjido. Él. Y le odiaba por ello… .
Por eso, y por que la abraza y la aprieta contra él cuando continúa llorando, Karin se calma a medias, le humedece la camisa y luego se bebe su risa cuando la acaricia el pelo.
—Escúchame Zanahoria, le pegué a ese hijo de puta porque te hizo daño, le pegué tan fuerte que me dolio hasta a mi, ¿sabes por qué? —le sube la lengua por el pómulo recogiendo las lágrimas. Karin oscila medio grado a la derecha—. Lo hice porque no pude soportar que fuera diciendo que eras una fácil y que encima lo hacías fatal. Me tocó los cojones y el amor propio, maldita sea y le habría matado a golpes de no ser por sus amigos chupa pollas…
Karin entrecerró los ojos.
—Puto desgraciado mal parido…
Otra carcajada.
—Y también porque yo sabía que tu no podrías ser así. No te enfades por lo que te voy a decir, pero que sepas que siempre me imaginé que serías una leona en la cama —le dio otro beso corto en los labios. Karin buscó su lengua pero él se apartó con una sonrisa altanera—. Siempre lo he imaginado contigo Zanahoria. Con ese pelo rojo precioso que tienes, la piel blanca tan sexy, ese puto ombligo enloquecedor y tu cara apretada —hizo una pausa y se inclinó en su oído, susurrando—. A punto de correrte…y diciendo mi nombre.
Ahí fue cuando Karin se dio cuenta de manera superficial, que la excitaba que la hablaran sucio…(más bien que el cara de pez la hablara guarro, todo sea dicho).
—Eres un cerdo asqueroso, que lo sepas.
—¿Por qué? ¿Por qué me masturbo pensando en ti y en mi follando? —agitó la cabeza algo divertido—. No me seas frígida Zanahoria, creéme si te digo que no hay nada que me estimule tanto como imaginarte desnuda bailando para mi.
Karin frunció tanto los ojos que pensó que le iban a estallar.
—Bailar —Karin recuerda cuando hicieron aquel cabaret en el instituto y el muy cabrón del cara pez había terminado gritándola que se bajara porque iba a romper el escenario con su enorme culo—. Creo recordar que me llamaste bola sebosa.
—Oh, vamos. Si eras una monada…flacucha y desgarbada, pero una monada. Lo dije para llamar tu atención.
—No me creo que estemos teniendo esta conversación tan cliché.
—¿Cliché? Zanahoria nuestra relación es un puto canon.
—Mejor me lo pones…¿amigos de la infancia que se odia pero que luego acaban juntos? Por favor, si decirlo en voz alta lo hace incluso más patético… .
—¿Eso quiere decir que vamos a fo—
Karin le asesta un puñetazo flojo en el estómago desde su posición privilegiada, rompiendo el momento retrospectivo de la infancia, y Suigetsu siente que le van a explotar los pantalones, y que tal vez sea un puto masoquista.
—Deja de ser un cerdo y tal vez no te mate.
—Venga ya Zanahoria….Si lo estas deseando. Aquella vez en la que me besaste después de que te llamase vacaburra…
—¡No te besé! La idiota de Misako me empujó cuando subiste entre bastidores para seguir insultándome.
—Oh, y te empujó con la intención de que me pegaras. La muy zorrita se me había declarado el día anterior.
—¿En serio?
—Si
—Pero si era una pechugona de las que te gustan a ti…
—Bueno —Suigetsu toma aire y frunce levemente el ceño. La tal Misako tenía unas tetas para parar un tren, y una boquita de piñón casi sensual, pero sin duda consideraba y considera, que Karin tiene el factor de ser cien millones de veces más atractiva en lo que respecta a feminidad, por eso, y porque está hasta las trancas por ella. Le lanza una miradita de perfil, entre parpadeo y parpadeo, que, tras los cristales de los anteojos que se escurren, son cien veces más intensos. Le quita las gafas de pasta y las deja sobre la mesa en un gesto rápido, luego la mira—. Le dije que no me gustaba la leche, y que por eso no salía con una vaca como ella.
Karin no puede evitar regodearse momentaneamente en la imagen mental de un Suigetsu de catorce primaveras, con la cara torcida en un gesto de repugna, y esas malditas palabras saliendo casi con pereza de sus labios poco asertivos para ir a estrellarse en la cara de Misako.
Para haberlo grabado en vídeo...
—Eres cruel.
—Contigo más.
—Ya…pero, en serio. ¿Le dijiste eso? Creo recordar que era ella la que siempre me decía que eras un asqueroso y que perseguías a las de cuarto para violarlas o no se qué. Igual, yo nunca me creí lo que decía, aunque fueras un idiota pervertido y psicótico, jamás le harías algo sí a nadie.
—¿Tan segura estás? No habría sido violación, pero si me hubieras dejado, me habría asegurado de que no te arrepintieras de nada.
Silencio incómodo.
—Vamos Zanahoria, follemos. Dime que si, te trataré como te mereces.
—¿Y como es eso?
—Como la Zanahoria sexy y gritona que eres.
—Así no vamos a ningún sitio.
—Nunca has sido de las que se dejan camelar con piropos…una de las cosas que me gustan de ti.
—Idiota cara pez…
—¿Si te hago un baile sensual me dejas meterme en tus bragas?
—¡Deja de ser tan cerdo, joder ostia ya!
—Vaca palabrotera.
—Te odio.
—Te lo pasarías mejor si me dejaras quererte.
Karin permaneció muda sumergiéndose en sus ojos. La palabra querer había sido desconcertante, pero no parecía seleccionada al azar. Había sonado tan certero y seguro de si mismo, que el dolor y la incertidumbre había crecido hasta hacerse insoportables. Si dejaba que Suigetsu se saliera con la suya, no estaba segura de que volviera a querer abrazarla. Y el miedo, el posible rechazo que él pudiera generar después de acostarse, la hacía temblar de terror. Suigetsu era voluble como el maldito mar, intocable e irreverente. Tan pronto te quería, y al segundo te estaba tirando por el retrete.
La palabra aterrorizada era un símil bastante exacto respecto a sus sentimientos.
Temblaba como una hoja cuando Suigetsu la abrazó, la meció en los brazos muy despacio, tanto, que sus latidos se ralentizaron y se tornaron serenos y blandos. Rítmicos.
—Zanahoria, no quiero adelantarme a los acontecimientos, pero te puedo asegurar algo: no voy a dejarte tirada como hizo ese hijo de puta. No voy a largarme de casa como hizo tu padre, y no voy a echarte fuera de mi lado como hizo tu madre.
Karin se retorció entre sus brazos. Tenía los ojos encharcados
—Estúpido idiota retrasado.
—O-oye…—Suigetsu parecía confuso, y una sombra de duda quebró la seguridad con la que había estado llevando la sitación, parecía confuso, desconcertado y terriblemente… .La palabra le oscilaba en la punta de la lengua, parpadea trece veces y media antes de que se le aparezca flotando delante de los ojos, entre la ceja derecha de Suigetsu y esa mata de pelo suave que le cubre el cráneo de pez idiota que tiene.
Es... .
Indefenso.
Una lágrima gruesa se le resbaló por la mejilla.
—El que no se entera eres tú —Karin le dio tres besos rápidos en los labios abiertos.
La cara de estupefacción era para retratarla.
—¿Entonces?
—Tal vez baile para ti.
—¿Solo bailar?
—Si te portas bien, tal vez te deje tocarme un poquito.
Suigetsu se revolvió el pelo, derrotado.
—No me jodas Zanahoria…
Karin descubre que le gusta ser cruel, se aprieta contra él más aún, y observa con diversión como Suigetsu traga grueso antes de note algo duro y caliente golpeándola en el muslo.
—¿No quieres entonces?
—¡NO, NO! C-claro que quiero que…¿te estás riendo de mi?
Lo dice como si no lo creyera del todo.
—Idiota.
—Espero que no me llames así cuando estés a punto de correrte…
—¡Gilipollas!
Le da un golpe con la manto hueca sobre la cabeza, y se echa aún más en su regazo, con las rodillas pegadas a sus costados y ese punto caliente y húmedo estremecido, por la presión de una bomba que está por estallar.
—Ni así tampoco.
—Te quedas sin baile.
—Mi fantasía sexual siempre has sido tu, que lo sepas. Soy un triste y un asqueroso, pero que se le va a hacer.
Karin sonrió de lado, luego decidió que el tema del baile le daba demasiada vergüenza, así que su buena memoria le trajo el recuerdo de algo sobre un ombligo y se inclinó un poco hasta alcanzar su oreja.
—¿Ombligo? ¿En serio?
Suigtsu tuerce la cabeza y la mira de medio lado, sopesando su respuesta y algo más animado.
—Si, ¿por qué no? Tus tetas no son para tirar cohetes, y no tengo nada en contra de tu precioso culo. Pero amigo, ese ombligo tuyo me pone muy cachondo —hace una pausa dramática muy consciente de que la cara de Karin se va tornando roja por momento. Suigetsu se vuelve hacia ella, retador y sonriente. Karin traga grueso—. ¿Te acuerdas cuando teníamos quince y el profesor de educación física nos mandó a Tsuda y a mi al despacho de la directora?
—Ajá.
—Bien, pues resulta que fue porque pillé a ese cabrón robándote la ropa interior, y cuando le perseguí no pude evitar echarle un vistazo a los cambiadores y verte.
—¿Eras tú el mirón de aquella vez? —su voz tomó dos octavas más cuando la lengua de Suigetsu le subió por el cuello—. Y pensar que Sakura apaleó a Kiba por aquello…
—Nada que ese capullo de Inuzuka no se mereciera…pero vamos al tema, ¿sabes por qué tuve que salir corriendo perdiendo el culo Zanahoria? —Karin le aparta hacia un lado, se está descentrando de tanta lengua por todas partes. Carraspea un poco cuando niega con la cabeza—. Pues resulta que al mirarte y ver esa monada de ombligo que tienes, se me puso tan dura que pensé que iba a morirme de dolor.
Seguía sonriendo cuando soltó aquello, sus dientes malditos sacaron un brillo desteñido a su ropa oscura.
—Ahora eres un depravado —masculló hundiendo la cara en su hombro.
—En fin Zanahoria, después de contarte ese relato vergonzoso, ¿no crees que me merezco una recompensa?—le levantó la barbilla y se encontraron ojos morados-ojos rojos. Había un abismo de lava separándolos, y era tan doloroso y caliente, que nunca en su vida había pensado sentirse así. Deseada, porque sentía aquello golpeándola en el trasero, y ella misma no estaba demasiado serena con las bragas peligrosamente mojadas.
Con mano rápida deslizó los dedos por los botones de la camisa, bajo la atenta y turbada mirada de Suigetsu, que confuso, dudaba sobre si ayudarla o preparase para que lo abriera en canal de un movimiento.
—No sé qué dices, cara pez —cuando le besa y se aprieta contra él, la piel chispea y los huesos le chirrían. El hueco entre sus piernas grita de dolor cuando los dientes de Suigetsu le cortan los labios, como si estuviera bebiendo un batido de acero y marfil.
Karin gime descontrolada, las manos de Suigetsu aprietan la tela de sus bragas negras cuando las mete bajo la falda corta, se retuerce y estalla mordiéndose el labio.
Se cae sobre él y ruedan en la cama deshecha.
—Karin.
Los dedos de los pies se le congelan cuando el aliento se pierde entre sus pechos y nota como baja hasta el ombligo, mete los dedos negros en el pelo y acaricia despacio, crispada, nerviosa, aterrorizada porque aquello es tan distinto a lo del…(no recuerda su nombre y…). Karin es vagamente consciente de lo que está haciendo Suigetsu, pero cuando nota la lengua acariciarla se le corta la respiración. Recuerda vagamente y entre niebla a Sakura mencionar que el sexo oral es muchas veces, mejor que el sexo en si, pero cuando se le escapa de la garganta un quejido ronco y desesperado, Karin se reafirma y acepta que está perdida.
Torna los ojos en blanco cuando la lengua entra, despacio, acariciando a conciencia en rítmicos movimientos, la noche en penumbra refracta al calor y los ruidos húmedos de la boca de Suigetsu, perturbándola y haciendo que sus quejas no sean solo de placer.
—E-ey…ahí —se atraganta cuando la lengua la raspa muy hondo. Arquea la espalda y los ojos se le vuelve hacia atrás, su nombre se escapa en suspiros ahogado y detrás de sus párpados se dibujan estrellas, toda una galaxia, que se mezcla y revuelve, se expande y termina explotando con un suspiro pesado y gutural—. Sui-Suigetsu.
Le ve retorcerse sobre sus rodillas, las besa despacio y luego, en un parpadeo, lo tiene sobre los ojos, escrutándola y sonriendo como el maldito estúpido sensual que es.
—Zanahoria, Zanahoria —no deja de mirarla cuando mete las manos de nuevo entre sus piernas, y sus dedos tibios la acarician los muslos. Karin vuelve a estremecerse, perpleja y avergonzada a partes iguales—. Esto es mucho mejor de lo que pensaba. Tú eres mucho mejor de lo que pensaba.
Vuelve a besarla y Karin no sabe ya cuantas veces lo ha hecho en lo que va de día, porque ese no es cara de pez, cuando repasa su ombligo y sus hombros con la lengua, y la besa hondo como si de repente fuera Humphrey Bogart en Tener y no Tener y le duelen las costillas cuando le busca entre su pelo y la agarra de las caderas susurrando "Zanahoria me vuelves loco" entre jadeos. No quiere separase de él cuando se hunde y de repente algo duro y suave la acaricia. Es una extraña e invasiva sensación, pero pronto se acostumbra, y le recoge entre los brazos y con las piernas enroscadas como una enredadera, sudorosa con las gafas en un lugar que no recuerda, y el corazón latiéndole en el puño cerrado
Se miran a los ojos, Karin le aprieta el hombro y estrecha el lazo de las piernas encima para atraerlo y él como "Qué caliente, Zanahoria".
Puede leerlo en sus ojos, cuando empuja, una, dos, tres veces... .
Karin ya no es Karin, y Suigetsu aprieta sus dientes de depredador, porque sería mentir decir que aquello es mucho mejor de lo que creía.
Porque no tiene forma de explicar como se siente, su nombre le sabe a poco cuando la muerde la oreja y se bebe los gritos de éxtasis que suelta entre suspiro y suspiro, le ruega que para, y le araña la espalda. Le susurra que siga, porque en aquel momento es más honesta de lo que nunca será con nadie.
Nadie excepto él, sonríe contra su cuello, y cuando Karin comienza a tensarse y plegarse, le agarra el pelo y la mira sin parpadear, gruñendo y relamiéndose.
Karin hasta los doce había leído sobre orgasmos, libros y libros, toneladas de tinta y palabras idiotas para describirlo, por eso, cuando llega y se la traga sin avisar y con los ojos semi abiertos, solo puede asociarlo con una palabra que escuece y sabe a mar y sonrisas cortantes. Un morado trémulo en la niebla de la noche.
Suigetsu.
Que es a lo que se agarra para no caer.
.
End chapter 4/?
nota. seguramente habrá un episodio más y un epílogo, haciendo un total de seis episodios. pero aún no se si cabrá todo lo que aún me queda por explicar. ya veremos
