this. para los de siempre y los que nunca leerán esto. El siguiente será el epílogo.

gracias por aguantar mi mierda mental. sois adorables.

nota. no sé que más decir, a aparte de que creo que es más corto y mejor de lo que habría supuesto.

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Seré el profeta de mis propios errores

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Question Mum and Question Dad
Question Good and Question Bad

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Había días en los que Sakura tenía ganas de portarse mal. Días en los que se despertaba con un ojo ardiendo en ira, y con el escozor pulsante en los puños de romper, golpear y quebrar. Algunos días Sakura no quería ser Sakura, y en su lugar deseaba ser la persona más malvada del planeta y matar. Porque si, el ser humano estaba hecho para vivir en sociedad, le gustaba la compañía de otros y el disfrute del calor suave y tentador del roce de pieles, pero también, pensaba Sakura, el ser humano estaba hecho para destruir, destrozar y pulverizar. Reventar y no dejar nada con vida.

Porque eras un hijo de puta más o menos consciente de ello y eh, simplemente querías desquitarte de un ex novio o de la maldita frustración producto de una pelea. Un corte suave en la superficie pulida de una preciosa manzana, tu pecado capital y la liberación que, de manera desesperada, has estado buscando por milenios sin saber que era ese clic de conciencia que te restaba para estar loco de atar. Luego Sakura templaba su cabeza, escuchaba Mirrors de Natalia Kills y se tranquilizaba, y llamaba a Sasuke y se pasaban la noche follando, porque solo así se le pasaba la quemazón en el pecho, la ira durmiente y que rugía como un dragón, sedienta. De sangre, de dolor, de lágrimas escondidas que por temor a parecer frágil se comía, hasta que su corazón moría de asfixia y solo había agua en sus pulmones.

Sakura era mala más veces de las querría, pero menos de las que deseaba y tal vez las suficientes para esconder ese oscuro dolor entre la falsedad abstracta detrás de una sonrisa deficiente y petulante. Se metía en la cama y mordía con el corazón sangrante y los dientes apretados, deseando más, y muriendo a cada golpe entre las piernas. Eran una bomba de vanidad y control dentro de una batidora enorme y dislocada, un calor amargo y la falsa satisfacción de saberse perteneciente a un mundo real.

Que apestaba y dolía como una patada en la boca, y casi igual que ver a Edward Norton en aquella película partiendo una mandíbula porque quería hacer gala de ese desparpajo propio de los fuertes. De los que están por encima.

Se siente miserable cuando termina la canción y solo un amargo vacío y tres latas de coca-cola descansan sobre el alféizar de la embotada ventana. Y Sasuke durmiendo con la espalda decorada con rayas de rojo y blanco, piel desgarrada y la pálida insinuación de hueso.

La saliva caliente, y la desgarradora sensación de tocar carne muerta.

Entonces caía en la cuenta absurda de que aquello que fenecía como flor bajo escarcha era su propio reflejo, que somnoliento de vivir, sonreía detrás del espejo.


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Por las diminutas rendijas de la persiana echada, se colaba ese tipo de luz mañanera que a uno, por un lado le agrada, y por el otro le jode porque se presenta otro día, y las probabilidades de que duela más que ese ayer que se marcha sin apenas haberte percatado te pesan como el infierno. Siente una mano caliente en su cadera, y esa sensación de mera desnudez que por un segundo, la deja helada y con la piel erizada. Parpadea y se asegura poco a poco que es ella misma y que el dolor de su cuerpo es sufrimiento dulce que cosquillea por cada centímetro de piel. Primero agita los dedos de los pies sintiéndose como Uma Thurman en Kill Bill, pero con una mente levemente más coherente y pasiva. Después los tobillos enterrados en las sábanas y en esa manta verde tan calentita en la que llora cada vez que retrasmite Un paseo para Recordar en la cadena 2. Después nota un quedo ronroneo sobre su ombligo y una arrolladora vergüenza la devora cuando nota un dolor entre las piernas. Karin jadea cuando llega a los hombros y de manera automática agita los dedos de las manos y hace crujir sus muñecas, el cuello gira a la derecha y ve algo que la deja desconcertada y le enciende una chispa malévola en la parte derecha del cráneo.

Suigetsu está echado de lado junto a ella, con los ojos cerrados y la boca semi abierta, parece profundamente dormido. Karin siente un rubor casi visceral cuando pasea la vista sin temor por el cuerpo desnudo, desde el hueco tras la oreja, pasando por el cuello lleno de ronchas rojas y sangrantes. Se da cuenta no demasiado tarde que está tapado hasta la rodilla, y que todo lo demás queda al descubierto. Traga saliva entre jadeos de sorpresa. No es que sea una mojigata o una virgen, por no mencionar que la noche pasada había visto más y de forma más embarazosa de lo que estaba presenciando, pero no podía evitar sentir caliente el vientre y el aliento al poder observarle sin prejuicios, sin temor a una mirada burlona o unas palabras que, para variar, darían en el blanco con demasiada certeza. Karin estira el brazo sobre el espacio infinito que lo separa de la piel del durmiente Suigetsu, que con respiración lenta y pesada, reposa la cabeza sobre la almohada. Parecía tranquilo, Karin desliza los dedos hasta su boca y, aún sin tocarle, el aliento cálido de Suigetsu le acaricia las yemas de los dedos. NO puede evitar sonreír al darse cuenta finalmente que no lo ha soñado, y que de verdad se había acostado con el alrededor de (Karin frunce el ceño, pero no recuerda exactamente cuantas)… . Pasa los dedos por la barbilla con cuidado, y se detiene en el corte en el labio, y en el leve moretón que aún tiene bajo el ojo derecho. Producto de los golpes de la pelea. La pelea por su honor, o eso es lo que el idiota había dicho. Karin vuelve a ruborizarse cuando sus manos tocan las ojeras bajo los parpados cerrados. Las pestañas le hacen cosquillas cuando retira las manos y baja despacio por el cuello y el pecho hasta alcanzar el ombligo, pequeño y redondeado de Suigetsu.

Recuerda su conversación del día anterior y arruga la nariz, sin comprender que clase de enfermo se excita por un ombligo. Sonrie otra vez y baja las manos hasta la cintura, toca el hueso y llega hasta el muslo. La piel de Suigetsu tiene un tacto absorbente y delicado. Como si fuera satén y alguna clase desconocida de pegamento, pues una vez la tocas, ya no quieres despegarte de ella nunca más. Karin sigue centrada en acariciar la piel, y no se percata de la mirada entrecerrada de Suigetsu, que tan absorto con las reacciones de Karin esta, que apenas se da cuenta de que lleva observándola tanto tiempo que ya ni recuerda. Hacerse el dormido definitivamente ha sido una buena idea. Verle la cara a la Zanahoria nada más despertarse ha sido una de las mejores cosas que le hayan pasado en la vida, y que ella, en un descuido delicioso, no esté tapada nada más que hasta los tobillos, pues como que le viene de perlas. Karin suspira largo y tendido, y cuando le echa los brazos al cuello para abrazarle, ya no tiene motivo para seguir haciéndose el dormido.

—¿Sabes que no me había fijado en eso? —Karin suelta un jadeo ahogado y se encoge sobre si misma, pero Suigetsu se enrosca a su cadera con el brazo y la impide cubrir la desnudez. Forcejean aún sin mediar palabra, luego Karin asoma la cara congestionada entre sus pelo rojo, con las mejillas coloreadas—. No me hagas eso, ¿quieres Zanahoria? Ya te he visto desnuda, además, ese lunar del muslo es bien precioso. Raro que ayer no me percatara cuando estaba entre tus piernas. Lo cual es normal, tenía los ojos centrados en otro sitio.

Karin nota un picazón agudo de vergüenza en la garganta, y cuando le va a echar las manos al cuello, cambia de rumbo y le agarra por las muñecas.

Suigetsu está inmovilizado antes de pestañear dos veces.

—No-vuelvas-a-decir-más-guarradas. ¿ME HAS ENTENDIDO? —Suigetsu nota vagamente sus palabras, está más ocupado mirándole las tetas, la verdad. Karin le agarra la cara con la mano libre y le obliga a mirarla a los ojos, que chispean como fuego líquido—. Te he preguntado que si has escuchado, paramecio idiota.

Suigestu suspira.

—Y yo que había jurado que te gustaba que te hablara guarro —lo dice con total decepción, acabando de perfilar con pesadez ardiente el hueco diminuto entre su oreja y el hueso de la mandíbula.

Definitivamente la próxima vez iba a proponerla follar con la luz encendida…había tantas cosas que había pasado por alto, que casi se quiere tirar de los pelos.

—Ni una palabra sobre eso…era, cosa del calor, ¡exacto! Si —Karin suelta sus muñecas, y tan rápido como una centella se mete en la cama y se tapa hasta la barbilla. Suigetsu sonríe destapándose por completo y no puede evitar soltar una carcajada al ver el rubor doloroso en las orejas y la frente de Karin antes de que separe los ojos de él—. I-idiota subnormal, ¿quieres hacer el puto favor de taparte?

Levanta una ceja.

—¿Por qué? Ya me has visto antes, ¿cierto? No veo problema en estar desnudo en tu cama.

—¿¡Y si entran de repente Sakura o Ino!?

Suigetsu abre los ojos de perplejidad.

—Vaya, no lo había pensado —se frota la barbilla y luego rueda hasta quedar a dos centímetros de Karin—. Que se unan, ¿te parece?

Karin aprieta el puño y se lo estrella en la cabeza.

Tock.

Suena a una mezlca extraña entre húmedo y hueco.

—¡Asqueroso de los huevos!

—¡Oye, oye! Cálmate, era broma. Broma de verdad, Zanahoria te tengo en mi punto de mira desde hace milenios, ¿crees que voy a arriesgarme a morir castrado si intento algo con Ojazos o con la Rubita?

—Te capo y me los pongo de corbata —por alguna razón aquello termina de relajar el ambiente.

Suigetsu abre los brazos mirando a Karin.

Ella mira el reloj, algo reticente.

Karin se mueve y va en pos de sus brazos cuando le ve negando con la cabeza.

—No, no. Sin la manta —hay burla en su voz, pero también un deje cálido y algo retador, como si creyera que ella fuese a acercarse a él completamente desnuda y a la vista. Karin retuerce los labios y levanta el mentón.

Suigetsu sabe que ha ganado, es consciente de que Karin no soporta que la infravaloren, y por eso, y por el amor propio como hombre, se relame con mueca risueña al notar el cuerpo caliente de Karin apretarle, con un brazo en su cuello y el otro acariciando despacio la piel doliente de su espalda.

El olor denso de su pelo le inunda las fosas nasales, cuando por decimomillonésima vez en su vida, sonríe.

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En la nevera diminuta solo hay seis posibles variantes de comestibles. En la balda superior hay tomates de todas las clases imaginables. Queso fresco de cabra, oveja y vaca y dos frascos pequeños de aceite de colza y menta. Ino está inmersa en su bi dieta de después de los exámenes, y su maldita bebida es zumo de limones, los mismos que le roba a la vecina del bajo cuando se despista y se pasa con el vodka por las madrugadas heladoras. La segunda balda huele a fuego y solo tiene chocolate negro y cuatro latas de cerveza rubia alemana. Karin lleva impregnado el maldito chocolate, tanto que Sakura e Ino piensan que lo que le fluye por las venas es hierro caliente y por eso es tan calmada a veces, y tan irascible en otras. Finalmente, la balda de abajo está llena de paquetes de nubes de azúcar "Little Beam" y latas de cocacola sabor cereza. Ino suele llamar a Sakura de formas muy diferentes, pero cuando le dio por escuchar The Runnaways, cada vez que Cherry Bomb sonaba, Sakura tenía que masacrarla por llamarla "Cerecita". Y las golosinas era todo el pecado que necesitaba tomar para sentirse minimamente humana.

—Tu novio es una bestia —Ino repasaba las líneas pálidas en la espalda de Karin, que ruborizada, se retuerce sobre su espalda y mira a Ino con recelo—. ¿Qué? No me mires así, la frentona ya me dijo que os revolcásteis el otro día.

—Lo siento —pero en la voz de Sakura no hay ni pizca de arrepentimiento.

Karin reflexionó durante dos segundos. Decidiendo que no tenía forma de enfadarse con ella.

—No pasa nada.

Sakura cierra su libro con un crujido hueco de hojas de papel abrazándose, se sube las gafas de pasta viejas de Karin sobre el puente de la nariz, y sonríe porque va a ser mala.

Muy, muy mala.

—Eres de lo más elocuente en la cama, que lo sepas.

El tiempo se hiela.

—¡No me digas que eres de las que—

—¡NI UNA PUTA PALABRA MÁS SOBRE ESTO! —Karin es una fiesta furibunda de rojo y plateado. Los pendientes en sus orejas tintinean de manera terrible sobre la penumbra de las velas aromáticas colgadas en sus candelabros.

—Oh vamos, no es para tanto.

—¡Corazón! —Ino se levanta del sillón en un intento de atrapar a Karin—, cada vez que escuchamos Sakura con el frígido del novio se lo restregamos también, ¿Qué hay de malo en que seas grandilocuente en la cama? Si folla como un pez asqueroso, tendrás que buscar una forma de que crea que es un fiera, ¿cierto, Cerecita?

—Llámame así otra vez y te arranco los ovarios —Sakura sonríe desde el sillón—. Por la boca.

—Qué miedo das, de verdad.

Miran a Karin, que sigue estática en el sillón sonrojada como un tomate.

—N-no es ese el problema —balbucea sin levantar los ojos.

—Oh.

—¿Dices que el dientes es un fiera en el catre? Nadie lo diría…

—Bueno…no sé si será bueno o malo, solo me he acostado con él —miró al techo—. Y me niego a incluir al "engendro" en el grupo, eso no cuenta como hombre.

—Ummm, ¿dices entonces que te hizo…? —Ino colocó dos dedos delante de su boca y sacó la lengua de manera obscena varias veces.

Sakura estalló en carcajadas cuando Karin se lanzó al sillón hecha una furia, buscando masacrar a Ino, que risueña, evitaba sus golpes con la maestría de una profesora de judo.

Sakura mira hacia el techo mientras recuerda la madrugada con el ceño levemente torcido.

-Flash back-

El reloj de la cocina marcaba las tres y cuarto de la mañana, cuando una figura gris y plateada se refleja en sus iris cansados.

Suigetsu tiene el cuello y los brazos con marcas dolorosamente rojas, alrededor de trece millones de mordiscos en el cuello, y le sangra el labio. Parece salido de una contienda militar, y no de una sexual.

Sakura le tiende una de sus latas de cocacola de cereza, y él, al notar su presencia, sonríe de medio lado y la alcanza.

No pensé que te hubieras quedado a escuchar —la voz de Suigetsu siempre le ha resultado calmante, incluso cuando empleaba un tono tan cabrón como el de aquel momento—. No sabía de tu voyeurismo, Sakura.

Bueno, ya sabes lo que dicen sobre las pasiones ocultas—,toma un sorbo de cocacola mientras continuaba evaluando las marcas enrojecidas en la piel de alrededor de la clavícula. Karin era toda una fierecilla, casi se ríe de más al pensar aquello—. Siempre sorprenden.

Suigetsu suelta una risa gutural y retumbante.

Suigetsu está por marcharse, pero la mano de Sakura lo detiene.

¿Cómo está? —no hace falta decir el nombre.

El rostro de Suigetsu se endurece.

No deberías preguntármelo a mi, Ojazos. Lo sabes mejor que yo.

Sakura retrocedió medio paso y se perdió en su burbujeante bebida durante un tiempo indefinido.

Solo era—

Estás jugando con fuego, espero que seas consciente de ello.

Los ojos de Sakura brillan antes de devolverle la mirada torva a Suigetsu.

Me pregunto si seré solo yo.

Suigetsu dejó la cocina sin saber muy bien de qué lado debería ponerse cuando llegara el momento oportuno, sin querer percatarse de la sonrisa tenue en los labios de Sakura, que, con la lata en la mano, contaba los segundos para que cayera el telón.

3…

2…

1…

-Fin del flash back-


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Funcionan como un mecanismo de reloj antiguo, y por eso, cuando empieza a llover como si el cielo se rompiera, Ino decide ponerse aquel vestido de flores diminutas y salir a mojarse al patio delantero. Las miradas nulas de los apresurados ciudadanos paran solo trece segundos y medio en detenerse en sus piernas blancas y suaves como el satén, cuando ella les devuelve una mirada ácida y les saca el dedo corazón como advirtiéndoles de sus probabilidades bajo cero de tocarla. El peso de las nubes plomizas sobre su corazón la hacen vibrar de felicidad, con un febril golpeteo de pies sobre los charcos, puede dejar de pensar en que hará mañana, de estar atascada en un segundo que no termina, es como dormir, piensa ella mientras gira y gira y gira… . Ino se da cuenta de que se está derritiendo, como un helado en verano, y es gélida por fuera, pero por los bordes y en la superficie es como una tórrida lengua de fuego. Serpentea, quema, absorbe, retuerce y muere silenciosamente. Es diecisiete de septiembre y cuando entra en la cafetería todo el mundo se le queda mirando como si fuera un monstruo que los fuera a devorar. Ha tenido la decencia de agarrar los zapatos de la entrada antes de que Sakura al reprendiera por ir descalza por la calle, cuando sin avisar medio tiempo antes, ha vuelto a escaparse por el quicio de la puerta. Se ha vuelto como con vendaval y ahora nadie puede alcanzarla. Sus ojos perfilan el contorno irreal de la cafetería mientras la recorre a pasos breves, cortos, de hada extraviada. Alcanza a reconocer al chico de las gafas y el abrigo largo y mullido un par de mesas más allá.

Y se presenta como salida de un cuento para niños, toda mojada, con el pelo chorreando agua y una sonrisa galáctica hecha de mil estrellas.

—Hola —de su boca parece la palabras más extraordinaria del mundo. Él estaba por comerse un pedazo diminuto de sándwich mixto con lechuga cuando repara en la forma difusa de Ino tras el cristal de sus gafas. Ino no espera a que le responda nada, y se siente como si aquella silla fuera de su propiedad—. No te importa que me siente aquí, ¿cierto?

—No —cuando habla parece que la voz le saliera desde lo profundo del pecho, del corazón. Está fresco cuando Ino le tiende una mano por encima de la mesa, mientras que con la otra avisa al camarero de que se acerque. Levanta la vista de su comida y la clava en Ino, que permanece con esa sonrisa de fotografía antigua—. Vas a resfriarte.

Es una apreciación inteligente.

—¿Me cuidarás si eso sucede? —hay una pregunta más cercana velada de aquel intento tan descarado de coqueteo. Pasea su mano etérea por el plato de porcelana cuando alcanza la piel, y despacio, asciende por el dedo anular hasta la muñeca y rozando de camino la tela de la chaqueta-abrigo del chico de las flores de mostaza que huele bonito y sonríe aún más precioso.

No contesta, pero asiente un poco cuando la mano de Ino termina de viajar directa a su cara y se queda en la barbilla. Un dedo trémulo al que le sigue toda la mano.

—¿Cómo es tu nombre? —ella ya lo sabe incluso antes de decirle así de bajito, con todo convincente y casi culpable de seguir viviendo, porque debería ser ilegal ser tan adorable y caminar impunemente como si fuera normal.

—Shino.

Ino suelta una risita y aparta la mano, pero él la alcanza como un meteoro cuando se inclina sobre la mesa y le da un beso plano y casi vacilante en la mejilla derecha.

Se colorea como la grana y ella sonríe ahora más fuerte. Como si acabara de encontrar el corazón de una selva perdida y tuviera que cuidarlo para el resto de su vida.

—¿Quieres café?

Es tan banal que el quiere morirse y ella solo atina a enmarcarle la cara con las manos, pequeñas, diminutas, blancas como un rayo de luna y el polvo de perlas marinas. Ino se siente menos lengua de fuego que nunca, y está blanda, floja, lánguida, se diluye durante dos fracciones de segundo cuando él vuelve a colorearse de rojo.

—Si.

Vuelve a aparecer la palabra más genuina del mundo, por eso cuando se marchan y su casa está tan cerca que parece una broma, las palabras se quedan mudas y la ropa de ella está regada por la habitación. Parece una estatua de cal, salida del mar y con el pelo revuelto y mojado. La lluvia se le transparenta en los huesos cuando la abraza y se sumerge entre su cuello y su hombro derecho.

Ino suspira como cien ángeles, y a la vez, se mueve como un demonio.

Nunca antes había comido hasta quedar tan satisfecha, y el sabor de Shino, salado y un poco picante, le escuece en la nariz cuando la hunde en su pelo suave.

Arraiga en el suelo cuando se mete entre sus piernas, y el sol que entra por la ventana nunca le ha parecido tan bonito.


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Suena como a Sex Yeah de Marina, pero un tanto diferente. Ino no está en casa y Karin está metida en el cuarto jugando con Suigetsu a algo que por lo visto requiere que grites cosas como "deja de matar niños de una puta vez o te largas" y "Zanahoria no me explico que me hagas pajas tan bien y que no sepas pulsar dos putos botones a la vez". Sakura decidió que había llegado la hora de dejar sus aficiones voyeuristicas cuando escuchó a Karin desenchufando el televisor y acto seguido, a Suigetsu llamándola demente y un montón de golpes de sonido doloroso. No había pensado en Sasuke hasta que se puso los pantalones llenos de rasgaduras y la blusa vaporosa verde sobre la constitución casi de papel de sus huesos.

—Sakura —sonó como pasando por un hilo fino, y debajo de el hubieran cientos de agujas punzantes—.Mi mamá organizó una fiesta enorme en mi, uh, ¿honor? Qué se yo, tienes que venir.

Pareció dudar cuatro segundos.

—Um.

Más silencio.

—¿Y bien? —sonaba desesperado y Sakura se temió lo peor. Sasuke nunca se desesperaba, bajo ningún concepto. Y bueno, el hecho de que madre lo hubiera desheredado tampoco era un gesto demasiado alagüeño. ¿Honor? ¡Por el amor de Dios! ¿Tan idiota pensaban que era?

Casi sintió ganas de reírse de alegría.

—¿Por qué no? Tengo un vestido de cocktel por ahí que me irá como un guante. Dime lugar y hora y allí estaré.

—Hotel Ritchmond a las siete y media, te mandaré por correo la invitación. Oh y eh, lleva el DNI. Ya sabes como son esos pijos.

Exactamente lo que más asco me da pensó.

—Claro.

Colgó.

Sakura sentía un nudo de gusanos en la garganta, se tuvo que agarrar a la puerta de salida cuando una violenta sacudida la hizo temblar el estómago. Oh dios, podría correrse en ese instante.

Los ojos de Sakura se cerraron despacio cuando echó la cabeza hacia atrás y una cascada carcajada le surgió de la garganta. Le dolían todos los tendones del cuello cuando terminó su espectáculo. Era todo tan jodidamente perfecto…¡Sublime!

No esperó a que Karin o Suigetsu salieran del cuarto a comprobar su estado mental. Definitivamente, debería haber sido actriz.

Su sonrisa se tornaba más negra que el cielo amenazando tormenta cuando atravesó el umbral de la puerta.

Un trueno rasgó el cielo cuando pisaba la calle.

Que se preparen.

Ya estoy llegando.

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end chapter 5/6.