Amor y Lujuria

El rey del infierno se hace el desentendido con respecto al tema del amor, pues es algo que trae consigo incomodas sensaciones y pensamientos a todos los demonios.

Se supone que no pueden, no deben ni sentirlo ni recibirlo. Seria una locura.

Pero Crowley recuerda bien ese desastroso momento en el que, lleno de una cochina humanidad impuesta por Sam Winchester Aka. El alce, se había quebrado emocionalmente.

Vaya…eso si que había sido incomodo.

Recuerda haberse desgarrado la garganta gritando que el merecía ser amado y también recuerda el sabor de sus propias lagrimas.

Se supone que los demonios no han de llorar.

Diablos, ellos han de hacer llorar a otros mal nacidos, pero nada de dejar escapar una lagrimita ellos mismos.

En todo caso, desde entonces, Crowley había mantenido oculto debajo de su usual personalidad narcisa, egocéntrica, sarcástica e irónica, un pequeño secreto.

Que a el le gustaría saber que se siente ser amado.

No alabado, ni admirado (aunque eso no le desagrada en lo absoluto), sino amado, realmente amado.

Para Crowley todo eso era absurdo y estúpido.

Y cruel.

Porque eso nunca, nunca, jamás le sucedería a el, y lo sabia.

¿Quién amaría a un demonio?

Nadie cuerdo.

O simplemente: Nadie.

Al menos se conformaba con lo más cercano.

El sexo.

Como buen demonio que era, se le daba muy bien eso de hacer de los pecados capitales un disfrute total.

Y por supuesto que su favorito era la lujuria. Que para el era fácil de alimentar, porque el sexo resultaba en una buena forma de pasar el tiempo, la eternidad.

Como rey del infierno siempre tenia a su disposición demonios femeninos que lo satisfacían, claro que el no era quisquilloso y también aceptaba gustoso a los masculinos.

Siempre y cuando todos tuviesen vasijas sexys.

Tan sexys como el.

El podía estar conforme con muchas cosas.

Era el maldito rey del infierno, tenia a todos a sus pies, tenia alma, admiradores, trabajadores…

Pero ¿Por qué al final del día siempre sentía que algo le faltaba?

Le echaba la culpa al alce, y a su sangre. Toda la humanidad que se desbordó de el en esos momentos antes de casi volverse humano lo había hecho sensible, susceptible…un poco mas humano.

Por suerte los efectos no debían durar mucho, al menos eso creía. Pero al final, el tenia toda la eternidad por delante para deshacerse de toda esa innecesaria, molesta, inútil y sobrevalorada humanidad.

Podía asegurar que tenía más diversión sin ella. Que todos en la tierra tendrían más diversión sin ella.

Sin culpas, sin remordimientos, sin sentimientos…

Buena existencia para todos.

El no quería sentir amor, ni siquiera quería intentarlo. ¿Por qué perder el tiempo? Podría aprovecharlo mejor atormentando a los Winchester, o atormentando a otras personas… torturando o adquiriendo almas, dirigiendo el infierno o…teniendo sexo.

Si…así de simple.

Era el rey del infierno, no tenia nada de que preocuparse.

Excepto los malditos Winchester…

Bueno… siempre podía ocuparse de ellos mas adelante.

El podía ocuparse de todo.

Es Crowley, después de todo.