Disclaimer: Los personajes de South Park no me pertenecen. Son propiedad de Trey Parker y Matt Stone. Ni ninguna marca registrada que aparezca a lo largo de la historia.
ADVERTENCIAS: Ver capitulo anterior.
Notas de la autora: Supongo que nada que decir más que ¡Gracias por leer!.
- CAPITULO 2 -
"Lo conocí en una fiesta y me dijo cómo llevarle a casa.
Él dijo que le gustaba hacerlo al revés.
Le dije; "Eso está bien conmigo,
De esa forma podemos follar y ver la televisión."
Eran las cuatro a.m y la luz era gris, como siempre es en los libros de bolsillo.
Preguntó si me gustaba jugar a los jacks.
Le dije que era buena con seis.
Pero maldición, todo se rompió después de eso.
Le dije que conocí a Julia Roberts cuando tenía doce años e iba al campamento de verano.
No dijimos nada después de eso.
Lo dejé y me fui a casa.
Porque secretamente soy tímida."
Chopsticks - Liz Phair.
Los castigos eran un tabú en la familia McCormick. Así que Kenny no había recibido más que una simple reprimenda por sus acciones, incluso sí Carol parecía estar más enfadada que nunca. Sus hijos no entendían las razones, sin embargo jamás se atrevieron a preguntar. Nadie tenía las agallas, y a otros tales como Kevin McCormick no le interesaban lo suficiente los asuntos íntimos de sus parientes más cercanos como para inmiscuirse en la situación. Por lo que cuando Stan le mando un mensaje de texto a Kenny el sábado por la mañana para quedar a jugar vídeo juegos en su casa nadie le prohibió ir.
En el fondo, Kenneth lo agradeció profundamente. Necesitaba despejarse.
-Tú te lo ganaste.- Había dicho Kyle en medio de una partida de Resident Evil 6, sin siquiera mirarle a los ojos, ocupado mientras volaba sesos zombies virtuales en el juego.
-Él tiene razón, hermano.- Como no. Stan siempre tenía que lamer el suelo que pisaba su súper-mejor amigo. McCormick guardó silencio, como era costumbre, sin levantar la mirada del trozo de pizza a medio devorar que Sharon Marsh le había ofrecido tan amablemente. Desde que tenía memoria la madre de Stanley siempre se había preocupado por él, incluso quizás más que sus propios padres. Debía tener alguna especie de empatía por los pobres que él jamás lograría comprender.
-¡Demonios!- Kyle había perdido la partida, mientras Marsh se revolcaba como cerdo en su propio charco de alegría, era malo jugando a la consola y ganar le solía subir los ánimos. -¿Entonces quién va a ser tú tutor?- Preguntó el pelirrojo pasándole el control de la PlayStation. Kenny tuvo que encogerse de hombros, ignorante de la respuesta.
-No tengo ni idea, pero espero que seas tú, Kahl. Me muero de ganas por observar a Stan armando una escenita de celos. Siempre es divertido de ver los dramas que monta por estupideces.- Sonrió abiertamente, intentando patearle el culo a Marsh en el juego. Los otros dos fruncieron el ceño. -Y hablando de peleas... ¿Dónde está Cartman?.- Cuestiono sin apartar la mirada del bonito televisor pantalla plana último modelo del moreno. Esta vez Kyle no solo acentuó su ceño fruncido, sino que se coloro de la ira.
-El muy cabrón intento hacer que le lamiera las bolas, de nuevo.- Ah, con que por eso nadie lo había citado. Kenny debía admitir que Cartman era realmente insistente con esa clase de cosas, y podía entender a la perfección porque Kyle Broflovski lo odiaba tanto. Aun así no pudo evitar soltar una risita repleta de sorna, mientras Stanley les dedicaba una mirada de asco.
-No entiendo por qué sigue con eso, han pasado años desde lo de Imaginaciónlandia. Es repugnante.- Fiel a sus costumbres, Marsh no tardó en apretar su tabique nasal con fuerza, haciéndole perder la partida.
-Oye, pensé que eras tú el que defendía los derechos de los maricas.- Kenny dejo el control a un lado, no tenía ganas de seguir jugando, así que con descaro, y como si aquel cuarto fuese de su propiedad, se echó sobre la (sumamente) cómoda cama de Marsh. -Además, no puedes culpar al gordo. Kahl está bueno.-
-¡Kenny!- Gritaron sus dos amigos, completamente horrorizados. McCormick les devolvió una mirada perversa, cargada de picardía.
-¿Qué? Tienes tremendo culo, Broflovski. Yo te hago. Y también a Stan, desde que se convirtió en el capitán de fútbol americano de la escuela y practica soccer en su tiempo libre se ha puesto bastante bueno.- Ni Broflovski ni Marsh estaban interesados en saber qué es lo que el rubio les haría con exactitud.
-Tú te follarías hasta a Sparky si pudieras.- Se burló Broflovski, mientras masticaba un pedazo de su propia rebanada de pizza. Todos sonrieron y el rubio levanto las manos, en señal de rendición.
-En mi defensa; el perro de Stan es tan gay como su dueño.- Se justificó, medio en broma, medio enserio. Kyle y Kenny rieron a todo pulmón, mientras Stanley se hacía el ofendido.
-Dicen que cuando señalas los defectos ajenos intentas encubrir el tuyo propio.- Los amigos de Marsh quisieron picarle los cachetes cuando este hizo un puchero de lo más infantil para acompañar su débil defensa. Stanley levanto la comisura de sus labios de repente, formando en su rostro una sonrisa maliciosa, para luego preguntar; -¿Te gustan los hombres, Kenny?- Todos sabían que aquello era una de sus bromas intimas más comunes, pero esta vez algo estaba fallando. No había respuestas obscenas o llenas de sarcasmo por parte de nadie, sino un silencio incomodo, ahogado por la música del menú de la consola de vídeo juegos. Dos de ellos empezaban a ponerse incómodos, y ninguno era McCormick. Quien se limitó a mirar a la nada dentro de la habitación, tendido sobre la cama, completamente parsimonioso.
Stan todavía tenía de aquellas estúpidas estrellas de plástico que brillaban de noche pegadas al techo. Pff, que infantil.
-Tal vez.- Soltó con simpleza al aire. No es que Stan o Kyle fuesen unos energúmenos intolerantes, simplemente no esperaban esa respuesta por parte de su amigo. Ni siquiera los chicos más 'gay-friendly', como se denominaban a sí mismos, del pueblo estaban preparados para escuchar aquello. Marsh no dejaba de removerse, entre nervioso e incómodo por la seriedad del asunto, Broflovski por su lado se había quedado callado, no tenía nada que comentar al respecto. De todas formas Kenny jamás le había importado demasiado. Sí por cuestiones del destino él chico más pobre de Colorado llegaba a sentir alguna clase de atracción por él, siempre podría ignorarlo, como hacía con los coqueteos de Bebé a diario.
-No vamos a dejar de ser amigos por eso, ¿Cierto?- El moreno había intentado romper aquella pesada atmósfera que se había formado alrededor de los tres, sin resultado alguno.
-Tengo que irme.- McCormick se incorporó, cubriendo su rostro con la misma parka naranja de todos los días. Nadie impidió su salida, pero eso ya se lo veía venir. La empatía no era el punto fuerte del grupo, ni siquiera del sensiblón de Stanley. De todas formas no había ido allí por compasión.
-Que dramático.- Escucho decir al pelirrojo desde el pasillo -Pensé que ibas a apoyarlo más, viejo.- Admitió. Kenny podía imaginarse la cara de remordimiento y culpa del azabache en ese preciso instante.
-Es Kenny, sabes que no le gusta que sientan lastima por él.- Punto para Stanley.
Los sábados eran días aburridos en el hogar de los Tucker. Sobre todo cuando el primogénito de la misma se encontraba castigado. No fiestas, no computadora, no teléfono celular y mucho menos visitas de 'los amigos vagabundos de Craig'.
Quiso suspirar con aparente apatía, pero de él solo había salido un lastimero intento de gemido en protesta al verificar, que efectivamente, la programación de los fines de semana era una mierda. Como odiaba las repeticiones de películas baratas los fines de semana.
Estúpida TV.
Gruño semi-recostado en el viejo sofá negro del recinto, mientras masticaba las hojuelas azucaradas de una caja vencida de celereales que había encontrado escondida en la parte trasera de la alacena. Sin leche porque, maldición, nadie hacía mercado en su jodida casa.
El ruido de unas fuertes pisadas le distrajo. Ruby se encontraba parada en la mitad de las escaleras con cara de pocos amigos.
-¿Dónde pusiste mis plataformas?- Preguntó su hermana, conteniendo la rabia. Sabía que Craig tenía la mala costumbre de esconder sus cosas. El mayor rodó los ojos, exasperado. Borrando de su rostro cualquier rastro de indiferencia.
-No sé, deja llamo a la CSI a ver si pueden ayudarte, tal vez algún travestí se las llevo mientras dormías.- Acto seguido, Tucker reconoció la desagradable sensación de una bota impactando su nariz. Empezó a sangrar. -¡Maldita mocosa, espera a que lleguen mamá y Thomas, te haré sufrir!- Exclamo, mientras ella se perdía de camino a su habitación, ignorando la amenaza.
"Creo que lo nuestro no va a ningún lugar. Necesito mi espacio, dame tiempo, Stan."
-Nuestra relación apenas comienza a terminar.- Murmuro Stanley, completamente abatido, luego de releer el último mensaje de texto que Wendy le había enviado aquella tarde. Kyle no despego su mirada del televisor en ningún momento, incluso si la voz de Stan parecía quebrarse entre oraciones incongruentes.
-No sería la primera vez.- Rebatió el pelirrojo con monotonía, y un toque de sarcasmo muy propio de él. Marsh lo califico como algo tan cínico de su parte que ni se molestó en reprocharle.
-Dice que quiere que le dé un tiempo. Quizás esta sea nuestra quinta ruptura en lo que va de año.-
-Viejo, podrías tener el record guiness del hombre con más rupturas amorosas en una misma relación del mundo.- Le fastidio su amigo, mientras acababa con el último capítulo de The Walking Death. -Wendy y tú son más dramáticos que esta serie de mierda.-
-¡Deja de burlarte, Kyle!- Broflovski no comprendía aquel ataque de ira por parte de su amigo, a fin de cuentas, aquello no era novedad; Stan y Wendy siempre habían tenido aquella clase de relación conflictiva en la que no podían dejar de depender uno del otro, por más daño que se hiciesen en el proceso. Tenían ocho años juntos, de los cuales quizás solo habrían pasado como novios unos quince o dieciséis meses, tomando en cuenta los enormes periodos de tiempo en los que alguno de los dos decidía terminar.
-Deberías regalarle un gato, señor defensor de los animales. A ver si le da por tenerte compasión esta vez. Antes de que vaya y se acueste con cualquier pendejo en tanto tú ahogas tus penas en jugo de ciruela.- El azabache se hallaba fúrico ante aquella respuesta, su ceño fruncido solo competía con la tensión de sus palmas, dispuesto a darle un bonito puñetazo al rostro de su amigo. Broflovski podía llegar a ser insufrible cuando se trataba de Wendy Testaburger.
-Wen es virgen.- Aseguró Stan entre dientes, conteniéndose de hacer algo que iba en contra de su propia ética; Lastimar a un igual. La carcajada del pelirrojo resonó en toda la habitación.
-¡Por Moisés, Stan, escúchate!- Exclamo divertido el judío. -¡Quizás hasta Kenny ya se la haya tirado mientras tú lloriqueabas por ahí!- La visión de Marsh empezaba a tornarse rojiza, cegado de cólera.
-¡No, ella jamás me engañaría!, ¡además, tú escuchaste a Kenny, él es gay!- Stan experimento una especie de retorcijón incomodo en el estómago al percatarse de que, tal vez, McCormick habría hecho algo así de no ser por su supuesta nueva sexualidad, incluso si iba en contra de los códigos implícitos y silenciosos de la amistad.
Broflovski, que se había puesto a su altura desde hacía segundos, solo rió con más fuerza. -Lo haría, y lo sabes. Todos lo harían, para ellos no eres más que un cornudo cualquiera, un simple toro.- La repentina mirada apagada que él de ojos azules le había enviado fue suficiente como para callar sus mofas, haciéndole sentir una verdadera basura.
-¿También lo soy para ti, Kyle...?.- Broflovski mordió sus labios con dureza, no quería tener que responder aquella amarga pregunta, sobre todo en su condición personal de mejor amigo, y porque, en el fondo, a veces le ponía feliz saber que Wendy no tomaba en serio a Stanley.
-Stan, yo...- Pero no pudo continuar, la puerta de la habitación de Marsh fue abierta de golpe por el dueño de la casa, quien ahora le observaba decepcionado.
-Vete.- Demando con voz ronca. Kyle obedeció, cabeza bajo, sin el valor de ver directamente a los ojos de su amigo. No deseaba lidiar con todas las sensaciones que le producía un Stan despechado.
Era lunes, y con más desgano que pereza, Butters despertó. Notando la desagradable y viscosa sensación del barro húmedo y helado producto de la llovizna, pegarse a su rostro. El putrefacto olor a tierra, seguramente mezclada con estiércol, inundo sus fosas nasales. Él mismo olía a demonios.
En otoño la lluvia no menguaba, desde hacía un par de días el clima era un desastre, sin embargo, Butters no lograba librarse de los bravucones a la hora de la salida, principalmente de los deportistas, que le asaltaban a toda hora luego de clases. Esta vez se habían llevado su paraguas con ellos, mientras él se quedaba allí, abandonado, a su suerte, a un par de cuadras de distancia del instituto al que asistía.
El cuerpo entero le dolía horrores, sin embargo se las arregló para impulsarse sobre sí con ambas manos y ponerse de pie como mejor se lo permitía su estado. Hacia tanto frío que no se preocupó por buscar sus pertenecías, de todas formas no las iba a encontrar en ninguna cuadra a la redonda. Claramente las habían escondido muy bien. Su mochila, y todo lo que se hallaba dentro de ella.
Suspiro pesadamente, intentando dar los primeros pasos rumbo a su hogar, donde una enorme reprimenda de parte de sus padres le esperaba; Otra vez su madre tendría que lavar sus andrajosas ropas empapadas en tierra y restos de asfalto, y su padre tendría que darle otra de esas charlas motivacionales en la que ninguno de los dos sabría exactamente que decir luego de terminada, para culminar con un castigo justificado con la excusa de que, como decían sus padres, era provocar a los rufianes que le acosaban.
La lluvia dio de lleno contra su ser, provocándole leves espasmos. ¡Hamburguesas, no! Eso es lo último que Butters quería, una pulmonía causada por el espantoso clima. Como si no estuviese suficientemente jodido ya. Definitivamente le tocaba una ducha con agua caliente al llegar a casa, sus mechones de cabello goteaban mugre y una hilera de arañazos, un poco más profundos de lo que deberían ser, en sus brazos, le saludaban. Podrían llegar a infectarse si no los cuidaba con detenimiento.
Butters incluso podía divisar la sangre carmesí brotando de ellas, y otras tantas manchas de la misma pegadas a los restos de lo que antes, fue su suéter azul celeste preferido. Lástima que ahora, ni su suéter, ni el pálido y grisáceo cielo eran azules.
Un estridente sonido le distrajo de sus cavilaciones, y se obligó a sí mismo a levantar la mirada. Su magullado y menudo cuerpo era apenas lo suficientemente hábil como para moverse un par de centímetros en tanto que olas de aguas con tonalidades marrón porquería se avecinan hacía él.
Una camioneta roja, que logro reconocer como una Explorer 2013, frena con un brutal chirrido ante su persona. Uno de los vidrios del vehículo se deslizo lentamente, mientras que la voz del conductor sonaba gruesa y burlona, mientras preguntaba;
-¿Necesitas que el grandioso yo te lleve, perdedor?- Butters se encoge de hombros. No tenía otra opción más que aceptar, deseaba llegar lo más rápido posible a casa y sus débiles piernas no podían dar ni un solo paso sin tropezar torpemente la una con la otra.
-Gracias, Eric.- Contestó en un susurro a la arrogante sonrisa de su compañero, mientras tomaba asiento como copiloto del imponente vehículo. Tan imponente como su dueño.
No es que Eric Cartman fuese una persona servicial o alguna mierda de esas, mucho menos con los maricas que no merecían de su especial atención, como Butters, por ejemplo. Pero el pobre diablo se veía tan demacrado y patético vagando entre las calles de South Park en medio de lo que pudo haber sido catalogada como una tormenta menor, que ni siquiera él había tenido corazón para dejarlo ahí, a su suerte. Menos aun sabiendo que había recibido su paliza semanal bajo aquellas condiciones. Ni un tipo como Stoch se merecía algo así. Aunque Cartman preferiría cortarse la lengua antes que admitirlo en público.
El viaje a casa de los Stoch se tornó en un lúgubre silencio angustioso entre ambos. De esos que ponen los nervios de Eric a prueba.
Cartman no era alguien especialmente escandaloso, o de esas personas que necesitasen del sonido para coexistir, pero el rubio se notaba tan ido que él conductor saboreo el ligero pánico de su ser, puesto que intuía que Buttes había sufrido una especie de contusión cerebral. Dios le librase de que los neuróticos señores Stoch le descubrieran a su lado y colocasen una jodida demanda en su contra bajo quien sabe qué clase de acciones legales.
Leopold, por otro lado, se limitaba a mirar por la ventana a su derecha. Todo estaba vació. Y no se refería precisamente a las calles del pueblo.
Aquella noche Stoch no logró conciliar el sueño. Sus padres se encargaron de gritarle lo suficiente justo después de llegar a casa, pero corrió la suerte de salvarse de un tortuoso y extenso castigo. Ellos irían a Denver toda la semana por asuntos de negocios, ya que al parecer existían un par de familias americanas en la capital de Colorado que necesitaban un seguro nuevo, y la corredora de seguros, Linda Stoch, estaba dispuesta a venderles una económica póliza a módicas cuotas, por lo que no podían darse el lujo de dejarlo castigado y solo en su hogar.
Leopold Stoch era un buen chico, lo suficientemente bueno como para que le apodasen Butters. Por eso no fumaba, ni bebía alcohol, no iba a fiestas, ni se drogaba, y a los ojos de los demás prospectos a adultos de su instituto era el epítome de un completo pelele.
Así que en vez de bajar a buscar una cerveza fría en la despensa a medianoche, robarle un cigarrillo a su madre o beberse la botella entera de Coca-Cola Zero sin dejarle ni un sorbo a los demás, decidió que la mejor forma de pasar la noche era encerrándose en el baño y acomodarse como mejor podía en la tina de porcelana de la inmaculada habitación.
Con una camiseta blanca, un par de pantaloncillos negros y sus tobilleras de Hello Kitty, decidió que dormir allí era bastante más cómodo que llorar en cama y ensuciar las sabanas de sangre que a él mismo le tocaba lavar a fin de mes. De todas formas, las heridas aún habían cicatrizado.
Tenía la mirada perdida en algún punto ciego del mórbido sitio en el que se encontraba. No recordaba demasiado; Las estridentes risas de un grupo de muchachos cuyos rostros no distinguía demasiado bien y que por sus apariencias rondaban su edad, llevándole por lo menos, una cabeza de altura, luego su propio rostro siendo introducido en el inodoro del W.C y después... Nada. Tal vez golpes, quizás. Eso podría explicar el dolor en sus costillas.
Pero no explicaba la cinta adhesiva sobre sus labios, ni por qué su cuerpo se hallaba pegado al mismo inodoro de antes. Philip levanto la vista, solo un par de centímetros. Estaba en el segundo cubículo a la izquierda del baño de chicos, pudo intuirlo por los garabatos hechos a marcador permanente que pintan "Para un buen rato, llamar a Kenny McCormick al 0800-576..." seguido de un número, probablemente falso, o tratándose de Kenny, real. Un poco más abajo los rallones de alguna especie de juego inconcluso, y tachones a navaja que expresaban su odio por Eric Cartman y a su lado, con letra cursiva, un incómodo "Pip es un marica." en tinta negra. El putrefacto olor de recinto también era una pista.
Sus parpados pesaban, y la boca le sabía a metal. Sangre. Debía estar sangrando. Por otro lado, su reloj interno le informaba que aún era horario escolar, y que puede que estuviese perdiéndose Economía. Por suerte, la borrosa figura de un extraño abre la puerta ante él. Phillip casi quiso gritar de alegría, y lo hubiese hecho de no ser porque sus labios se encontraban sellados, así que solo logra soltar un par de gemidos ahogados que claman por ayuda.
Craig Tucker le dedico una mirada aburrida y desinteresada al enclenque frente suyo, suficiente como para que Philip supiese que no se encontraba cara a cara con un héroe. Sin delicadeza, Tucker le arranco la cinta de la piel con esos pálidos y delgados dedos suyos. Philip tuvo que aullar de dolor, para luego sumirse en silencio absoluto. Nadie supo exactamente qué decir, pese a la efusividad inicial del pequeño rubio.
Los ojos de Tucker eran planos. Fríos como el hielo y penetrantes como una daga, impartían el terror con su seño de indiferencia. Un nuevo y desagradable olor se hizo presente. Philip contrajo el rostro, poco acostumbrado al humo del tabaco. Craig había encendido un cigarrillo con descaro.
-Eh... Uh...- Titubeo el británico, con nerviosismo -Es ilegal fumar en los baños...- Susurro, intimidado, con la voz un poco más aguda de lo normal. Ese chico podía meterle una segunda paliza si no se andaba con cuidado. El moreno alzo una ceja, sin dejar de fumar. Se limitó a hacerle un corte de manga.
-Demandame, francesito.- Reto, con ese tono nasal y monótono suyo. Philip habría rebatido sus palabras, argumentando que era inglés y no un maldito francés y que estaba harto de esa clase de confusiones nacionalistas, de no ser porque Tucker le pego nuevamente la cinta a la boca, con un movimiento brusco de muñecas. -Ahora deja de hacer tanto escándalo, podrían encontrarme. Cuando termine, vengo por ti.- De un portazo, Craig cerró la puerta en las narices de Philip. Llevaba una cajetilla entera en el bolsillo de sus jeans negros, que había robado de su bolso al mequetrefe de Trent mientras él y su pandilla metían a Pip en uno de los inodoros del baño, no pensaba desaprovecharla así como así.
Philip Pirrup sintió marearse cuando el humo del cubículo a su derecha se coló por debajo de las divisiones de madera. Comienzo a contar los cuadros de la cerámica curtida del baño para pasar el rato, Craig tardaría un par de minutos con lo suyo y él debía encontrar una forma de distraerse mientras le esperaba.
"1... 2... 3... 4..." Comenzó, mentalmente.
Los tonos anaranjados se mezclaban con el amarillo chillón de las tardes a las que Craig estaba tan acostumbrado. El enorme ventanal de la entrada a la oficina del consejero escolar siempre había tenido una vista más o menos decente en lo que a Tucker respectaba. El chico amaba, de una manera bastante cínica, sentarse ahí a esperar por su sentencia. Quizás era solo la costumbre de incluir aquellas charlas con el Sr. Mackey a su horario escolar personal o el paso de los años le había enseñado al azabache que aunque pudiese salirse con la suya cada que lo deseara, siempre estaría presente ese lado ineficiente de la justicia que insista en hacerlo pagar por lo que sea que hubiese hecho en su momento.
Mackay no solía citar a más estudiantes que a él mismo. Ni siquiera lo intentaba con Trent y su pandilla, o con Cartman. La violencia de esos jóvenes era proporcional a la resignación de Tucker, quien gustoso, prefería quedarse escuchando la cháchara del consejero que llegar a casa a discutir con el pesado de Thomás Tucker o con la agobiante de su madre.
El sonido de la puerta abriéndose de par en par llamo su atención. Una hilera de cuatro figuras se deslizo fuera, haciendo una gala de rostros especialmente hastiados.
-Ya saben chicos, no los quiero volver a ver haciendo rituales satánicos en el patio trasero del instituto ¿Mmmkay? ¿De acuerdo?- La irritante voz de un hombre que rondaba entre los cuarenta y cincuenta años reprendió a las figuras de los freaks que le observan con odio.
-Como sea.- Musito con rencor la única fémina del grupo. Sin despedirse, los chicos góticos se alejaron con paso pesado. Mackey dirigió entonces su mirada a Tucker, quien entiendo entonces que era su turno de sufrir.
-Así que, señor Tucker, mhm...- Empezó Mackey con cautela, ligeramente irritado con la posición de Craig. Nunca había sido un alumno especialmente educado, pero poner los pies sobre el escritorio del consejero es un nuevo nivel de rebeldía, incluso para Craig. Usualmente solo se sentaba ahí, haciendo como que escuchaba, con la barbilla apoyada sobre la palma de alguna de sus manos y respondiendo monosílabas de tales como; Sí, No, Tal vez y Jodase. -Dígame como puede explicar que un maestro lo encontrara fumando en los baños con un alumno pegado al excusado justo a un cubículo de distancia.-
El chico jadeo, desagradado. Miro el reloj plateado al fondo de la habitación, que marcaba las 2:45 p.m.
Faltaban solo quince minutos para poder largarse de allí, y por alguna razón Craig prefería el fallido intento de interrogatorio acusativo de Mackey que ir al infierno que era su hogar. O lo que se supone, debería ser su hogar.
-Le repito que solo lo encontré ahí. Iba a sacarlo.- Insistió, aunque sin demasiado entusiasmo. El consejero le dio una mirada extrañada, pero reprobatoria.
-Tucker.- Pronuncio, más serio que de costumbre. Sin percatarse de inmediato, Tucker comienzo a experimentar la misma sensación de ansiedad que le producía su madre cada vez que le escondía los cigarrillos. Sus labios estaban resecos y su pie parecía haber cobrado vida propia, moviéndose frenéticamente en todas direcciones, incluso luego de haber bajado sus piernas del escritorio de su docente. -Tú caso es bastante serio. Ya no se trata de lo que haces, sino de cómo lo haces. Ni siquiera usas los recreos para cometer tus fechorías. Te saltas las clases e insistes en ir...- Mackey hizo una larga pausa, ahogado, no quería tener que emplear esa palabra, pero con Tucker no tenía otra opción -Drogado a clases. Es tú último año ¿Mmmkay? No debes desperdiciarlo ¿De acuerdo? No sería la primera vez que repites, pero sé que quieres graduarte con tu grupo.-
No, Mackey no sabía una reverenda mierda. A Craig realmente le da lo mismo con quien se gradué o no, pero el consejero estaba tocando puntos sensibles en un chico problemático que pueden despertar toda la violencia que su estudiante ha intentado reprimir desde la vez que le rompió la nariz a un profesor de Historia en tercer grado por reprobarlo. Cierra los puños.
-No soy el único que lo hace.- Respondió atropelladamente. Su respiración se tornó irregular y sus molares torcidos y amarillentos, probablemente por la nicotina, comenzaron a chocar entre sí. -¿Por qué nunca los suspende a ellos?- Gruño, entre dientes. Su tono de voz aumentaba con cada palabra, haciéndole perder el control -¿¡Por qué ninguno de ellos debe soportar toda esta mierda!?- Exclamo finalmente, cabreado.
-Seré sincero. Es por que ninguno de ellos tiene su expediente, señor Tucker.- Contesto Mackey, apenado por la situación. Craig detestaba ese halo de compasión y lástima que destilaban las palabras de aquel hombre.
El cielo lo ve todo. Y para la suerte del Anticristo, el infierno también.
-Sal de ahí, Damien.- Había dicho su padre en tono condescendiente. Él lo ignoro. Llevaba días contemplando lo ocurrido en un pueblito remoto de Colorado, haciendo caso omiso a sus responsabilidades en los confines del averno.
-¡Ya dejame en paz, viejo de mierda!.- Exclamo cabreado, encerrado en lo que vendría siendo su habitación dentro del macabro lugar en el que residían él y Lucifer. Refunfuño un par de versos indescifrables para Satanás y se concentro en las imágenes que su mente le propiciaban.
Cada tanto su retorcido ser disfrutaba de observar la desgracia de los futuros condenados en un plano dimensional distinto al propio, pero en aquel entonces se hallaba específicamente ocupado espiando a un humano que distaba mucho de encontrarse corrupto.
Phillip Pirrup era un alma bendecida. Que con diecisietes años aun mantenía la pureza de un niño y al que él, como demonio, le resultaba casi imposible tocar por la misma razón.
-Es hora de cenar, cariño.- Llamó la madre del muchacho, que se encontraba haciendo sus deberes sobre un escritorio al azar, en su hogar, en la tierra. La menuda figura sonrió genuinamente, pese a tener su hermoso rostro magullado. Damien había ardido en cólera cuando, aquel mismo día en la mañana, un grupo de idiotas se había dedicado a usar a Pirrup como saco de boxeo personal. El Anticristo detestaba que jugaran con sus juguetes, y en eso se había convertido aquel mocoso hacia años, desde el momento en que su piel había sido quemada por el fuego del infierno cuando niños. Tal vez Philip ni siquiera recordara la razón por la cual las profundas cicatrices de sus brazos se extendían hasta la espalda baja de su cuerpo. Pero Damien, el causante de las mismas, lo recordaba a la perfección.
-Ya voy, madre.- Contesto con ese acento britanico tan suyo. Se levanto del asiento y se dirigió al comedor, allí estaban sus padres adoptivos, quienes le recibían sonrientes, repletos de amor. Un hombre canoso, de mediana edad, quien leía el periodico escudado tras unas enormes gafas pasadas de moda, junto a una hermosa mujer caucasica no demasiado menor, ni demasiado mayor, la cual servía la cena de aquel día.
Damien no pudo evitar que su cuerpo se impregnara de un pecados capital que rallaba en lo vergonzoso; La envidia. Ni mucho menos el peor sentimiento de todos según las convicciones de su creador; La empatía.
Con reticencia, las comisuras de sus labios se levantaron de a poco. Formando un amago de sonrisa sobre su rostro. Una que estaría dispuesto a negar ante cualquiera que le viera en ese momento. Pero él era una criatura afortunada, nadie le asechaba en aquel preciso instante.
...Continuará...
Notas finales: Decidí que voy a contestar los review's por acá en vez de por PM. Espero que no les moleste, de ser así por favor haganmelo saber. Por cierto, se que no hubo demasiado "Romance" en este capitulo, y que prometí que habría más Bunny/Creek/Dip/Crenny, pero era necesario explicar todo lo que ocurría en este capitulo para que la historia tomara sentido, lo siento mucho u.u, también lamento la tardanza, pero falta poco para salir de vacaciones (Yeeey, este año entro a la universidad), no publique el capitulo antes porque sucedieron muchas cosas (Obtuve una suspensión escolar por ponerme otro piercing -El septum-, ejem...) y blablabla.
Luis Carlos: No voy a contestar a esa duda xD Mantendré el suspenso(?), pero muchísimas gracias por contestar y por decir que no estoy oxidada :'D aunque aun pienso que es la verdad, las palabras de aliento son un gran apoyo para mi.
Johana: Gracias por el comentario, me hace muy feliz saber que te gusto ;-; aunque la verdad no pretendía meter al Style como una pareja constituida porque iba en contra de mi política como autora volver a todos los personajes homosexuales (Me agradan las historias realistas en ese aspecto...), pero veré que puedo hacer para complacerte c: por ahora espero que sea suficiente la introducción de los dos personajes.
¡Hasta la próxima!.
